--¡Hola, caballeros! exclamó con voz altanera, ¿qué significa esto y por qué me obligan Vds. a interrumpir de esta suerte mi viaje? --Va V. a saberlo, querido señor, respondió con zumba el guerrillero, y para que desde luego sepa a qué atenerse, en nombre de la patria le arresto. --¿Que V. me arresta? ¿Usted? exclamó el anciano; ¿y con qué derecho? --¿Con qué derecho? repuso el coronel con fisga de mal agüero. ¡Vive Cristo! que de convenirme podría responder a V. que es con el derecho del más fuerte, y me parece que la razón sería perentoria. --Efectivamente, replicó el viejo con voz burlona, y supongo que es la única que puede V. invocar. --Pues se equivoca V., señor mío; no la invocaré; si le arresto es por espía y reo de alta traición. --¿Está V. en su juicio, señor coronel? ¡Yo, espía y traidor! --Hace ya mucho tiempo que el gobierno del excelentísimo señor presidente Juárez no le pierde a V. de vista, y como le han vigilado todos los pasos, se sabe por qué ha salido V. tan precipitadamente de Veracruz y qué le lleva a Méjico. --Me dirijo a Méjico para asuntos comerciales, y esto lo sabe el presidente, como lo demuestra él que de propio puño haya firmado mi salvoconducto y él que voluntariamente y sin que yo la solicitase me haya cedido la escolta que me acompaña. --Verdad es cuanto V. dice, señor; nuestro magnánimo presidente, a quien siempre repugnan las medidas rigurosas, no quería hacerle arrestar, sino que en consideración a las canas que V. peina, prefería dejarle los medios de escaparse; pero la última traición de V. ha llenado la medida, y aunque de mala gana ha conocido la necesidad de obrar con mano fuerte. Aquí donde me ve, yo he recibido la orden de perseguir y arrestar a V., y le arresto. --¿Y podría saber de qué traición se me acusa? --Señor don Andrés de la Cruz, respondió el coronel, nadie como V. debe saber los motivos que le han inducido a sustituir su nombre con él de don Antonio de Carrera. Don Andrés, pues tal era en realidad su nombre, quedó aterrado al oír a don Felipe Neri Irzabal; pero no porque se sintiese culpado, pues la sustitución se había efectuado con el consentimiento del presidente; le perturbó la doblez de los hombres que le detenían, los cuales, a falta de otras razones, echaban mano de ésta para hacerle caer en un lazo infame a fin de apoderarse de una fortuna que hacía mucho tiempo codiciaban. Con todo, don Andrés recobró su presencia de ánimo, y dirigiéndose de nuevo al guerrillero, dijo: --Mire V. lo que hace, señor coronel; yo no soy un cualquiera, y no dejaré que se me expolie impunemente; en Méjico hay un embajador español que me amparará en mis derechos. --No sé qué quiere V. decir, contestó imperturbablemente don Felipe; si se refiere V. al señor Pacheco, me parece que su protección le reportará poco provecho, ya que el caballero ese que se da el título de embajador extraordinario de la reina de España ha juzgado conveniente reconocer el gobierno del traidor Miramón. Nosotros, pues, nada tenemos que ver con él; su influjo con el presidente nacional es completamente nulo. Demás, no he venido para discutir con V., sino para arrestarle, y le arresto sobrevenga lo que sobreviniere. ¿Quiere V. rendirse o pretende acaso oponer una resistencia inútil? Responda V. Don Andrés fijó la mirada en los hombres que le rodeaban, y comprendiendo que fuera de sus criados no podría esperar socorro o apoyo de nadie, dejó caer sus revólveres a sus pies, cruzó los brazos y dijo con voz firme: --Cedo a la fuerza; pero ante todos los que me rodean protesto contra el acto de violencia de que soy víctima. --Dueño es V., mi querido señor, de protestar cuanto quiera, repuso el coronel; a mí poco me importa. Luego dirigiéndose a don Jesús Domínguez, que tranquilo, impasible e indiferente había asistido a la escena que hemos descrito, añadió: sin pérdida de tiempo hay que registrar minuciosamente el equipaje y sobre todo los papeles del prisionero. --Muy bien urdido, dijo el anciano encogiendo los hombros; por desgracia tarde piache, caballero. --¿Qué quiere V. decir? preguntó don Felipe. --Nada, sino que el dinero y los valores que Vds., pensaban hallar en mis maletas, no están; les conozco a Vds. demasiado, señor, para no haberme prevenido contra lo que en este instante me está pasando. --¡Maldición! exclamó el guerrillero golpeando con el puño el pomo de su arzón; pero oye, gachupín del diablo, no creas que vas a salir librado a tan poca costa, pues aun cuando deba desollarte vivo, sabré dónde has escondido tus tesoros, te lo juro. --Pruébelo V., replicó con ironía don Andrés volviéndose de espaldas al guerrillero. El bandido acababa de revelarse; el coronel, después del exabrupto a que le llevara su avaricia, ya no tenía que guardar miramiento alguno para con aquel a quien pretendía despojar por modo tan audazmente cínico. --Ello lo veremos, dijo; e inclinándose hasta el oído de don Jesús, le estuvo hablando durante algunos minutos. Indudablemente los dos bandidos estaban concertando entre sí las medidas más eficaces para constreñir al español a revelar su secreto y a someterse a su voluntad. --Don Andrés, dijo el coronel al cabo de un instante y con fisga nerviosa, ya que es como V. dice, sería para mí cargo de conciencia interrumpir su viaje; antes de tomar la vuelta de Veracruz iremos juntos hasta su hacienda del Arenal, donde podremos hablar de negocios más cómodamente que en este sitio; lo ruego pues se sirva subirse otra vez a la berlina, y anudar la marcha, máxime cuando su hechicera hija de V., Dolores, indudablemente necesita tranquilizarse. El anciano, que comprendió el terrible alcance de la amenaza que acababa de dirigirle el bandido, palideció, fijó la mirada en el cielo e hizo un movimiento como para acercarse al coche; pero en el instante mismo se oyó un galope furioso, los soldados abrieron filas despavoridos y un jinete penetró a escape y como el huracán en medio del círculo que se había formado alrededor de la berlina. Dicho jinete, que llevaba el rostro completamente cubierto con un velo negro, detuvo prontamente a su caballo, y fijando en el guerrillero los ojos, que brillaban cual encendidas brasas al través de los agujeros del velo que le ocultaba, preguntó con voz lacónica y amenazadora: --¿Qué pasa aquí? Con arranque instintivo el guerrillero tiró de la brida a su cabalgadura y, sin responder palabra, la hizo retroceder; los soldados y don Jesús Domínguez se santiguaron con terror y murmuraron: --¡El Rayo! ¡El Rayo! --Les interrogué a Vds., dijo el desconocido después de algunos segundos de espera. Los cuarenta y tantos hombres que le rodeaban inclinaron la frente, y haciéndose atrás poco a poco ensancharon considerablemente el círculo, al parecer no muy deseosos de entablar conversación con aquel misterioso personaje. Don Andrés recobró la esperanza: un presentimiento íntimo le advertía que la súbita llegada del enmascarado iba a cambiar sino del todo su posición, a lo menos a hacerla entrar en una fase más ventajosa para él; demás, le parecía, si bien no le era posible recordar dónde la oyera, conocer la voz del desconocido; así es que mientras los otros iban retrocediendo con temor, él, al contrario, se acercaba al recién llegado con solicitud instintiva, inconsciente. El jefe de la escolta, don Jesús Domínguez, había desaparecido, emprendiendo vergonzosamente la fuga. IV EL RAYO Por los días en que se desenvuelve la presente historia, vivía en Méjico un hombre que gozaba del privilegio de llamar sobre sí la curiosidad general, de atemorizar a todos, y lo que es más notable, de disfrutar de las simpatías de todos. Este hombre era el Rayo. ¿Quién era el Rayo? ¿de dónde venía? ¿qué hacía? Nadie era capaz de responder con certeza a estas preguntas, sin embargo de lo lacónicas; y esto que Dios sabe el prodigioso número de leyendas que respecto de él corrían de boca en boca. Ahí en pocas palabras lo que de semejante individuo se sabía con más fijeza: Hacia fines de 1857, el Rayo había parecido de improviso en la carretera que conduce de Méjico a Veracruz y encargándose de mantener el orden en ella, a su modo, se entiende. Detenía los convoyes y las diligencias, y protegía o ponía a contribución a los viajeros; es decir, en el segundo caso obligaba a los ricos a practicar una ligera sangría a su bolsillo a favor de sus compañeros menos favorecidos de la suerte y constreñía a los jefes de escolta a defender contra los ataques de los salteadores a los individuos a quienes estaban encargados de acompañar. No había quien pudiese decir si el Rayo era joven o viejo, guapo o feo, castaño o rubio, pues nadie había visto nunca su rostro al descubierto. Por lo que hace a su nacionalidad, era imposible de todo punto adivinarla, pues con igual facilidad y elegancia hablaba el castellano y el francés, como el alemán, el inglés y el italiano. Aquel misterioso personaje estaba perfectamente informado de todo cuanto ocurría en el territorio de la república; no sólo conocía los nombres y la representación social de los viajeros a quienes le placía detener, sino que respecto de ellos estaba al tanto de ciertas particularidades secretas que muy a menudo les ponían en zozobra. Con todo, lo más singular del caso, mucho más de lo que hemos expuesto, es que el Rayo iba siempre solo y nunca vacilaba en cerrar el paso a sus adversarios, fuese cual fuese su número. El influjo que sobre éstos ejercía era tal, que su presencia era bastante para cortar toda intención de resistencia y una amenaza de él hacía correr un estremecimiento de terror por las venas de aquéllos a quienes iba dirigida. Los dos presidentes de la república, mientras se hacían una guerra sin cuartel para suplantarse mutuamente, cada uno por sí había ensayado repetidas veces librar de caballero tan incómodo, y a su parecer competidor peligroso, los caminos; pero todas sus tentativas fueron vanas: el Rayo, no se sabe como, prevenido y perfectamente informado de los movimientos de los soldados enviados en su busca, se presentaba siempre de improviso delante de éstos, desbarataba sus ardides y les forzaba a retirarse vergonzosamente. Sin embargo, una vez el gobierno de Juárez creyó haber acorralado al Rayo. Supo dicho gobierno que el misterioso personaje hacía algunas noches las pasaba en un rancho no muy distante del Paso del Macho, y a este punto expidió inmediatamente y con el mayor sigilo un destacamento de veinte dragones, al mando de Carvajal, uno de los guerrilleros más sanguinarios y osados. Carvajal tenía la orden de fusilar a su prisionero en cuanto le echara el guante, sin duda con el fin de no darle tiempo de intentar una evasión durante el trayecto del Paso del Macho a Veracruz. EL destacamento partió rápido; los dragones, a quienes se les prometiera una cuantiosa recompensa si lograban llevar a buen fin la escabrosa expedición, iban dispuestos a cumplir con su deber, corridos de que por tan dilatado espacio de tiempo un sólo hombre les hubiese tenido en jaque y ardiendo en deseos de tomar el desquite. No dos leguas del Paso del Macho los soldados encontraron un fraile jinete en mísera mula, el cual llevaba el capuchón derribado sobre el rostro, y al compás del trote de su montura mascullaba el rosario. El jefe de la fuerza armada invitó al fraile a que se reuniese con los dragones, invitación que el religioso aceptó no de muy buena gana. En el instante en que el destacamento, que caminaba un poco a la desbandada, iba a llegar al rancho, el fraile echó pie a tierra. --¿Qué hace V., padre? le preguntó el jefe. --Ya lo ve V., hijo mío, respondió aquél, me bajo de mi mula; mis negocios me llaman a un rancho más lejano; siga V. adelante; yo con su permiso me voy a mis quehaceres, dándole las gracias por haberse dignado honrarme con su compañía desde nuestro encuentro. --Eso no, padre mío, dijo el jefe riendo cavernosamente; no podemos separarnos de esta suerte. --¿Por qué, hijo mío? preguntó el fraile acercándose al oficial, mientras tiraba de la brida a su mula. --Es muy sencillo, fray... --Pancracio, para servir a V., dijo el religioso inclinándose. --Pues bien, fray Pancracio, necesito de V., o más bien dicho, de su ministerio; en una palabra, se trata de confesar a un hombre que va a morir. --¿Quién es? --¿Conoce V. al Rayo? --¡Virgen santa! ¿que si conozco al Rayo, señor oficial? --Pues él es quien va a morir. --¿Le han cogido Vds.? --Todavía no, pero dentro de pocos minutos le habremos echado la garra; le estoy buscando. --¿Y dónde se encuentra, si puede saberse? --Allí, en aquel rancho que desde acá divisamos, respondió el oficial, inclinándose con agrado hasta el fraile y tendiendo el brazo en la dirección que indicaba a su interlocutor. --¿Está V. seguro de lo que dice, ilustre señor? --¡Que si lo estoy! --Pues me parece que V. se equivoca. --¿Qué quiere V. decir? ¿Acaso V. sabe algo? --Sí sé, respondió el encapuchado, pues el Rayo soy yo, ladrón maldito. Y antes que el oficial, aterrado por esta súbita e inesperada revelación, hubiese recobrado su presencia de ánimo, el Rayo le había cogido por una pierna, derribándole al suelo, se subió sobre su caballo, y empuñando dos revólveres de seis tiros cada uno que llevaba ocultos bajo sus hábitos, se precipitaba a escape sobre el destacamento, haciendo fuego con ambas manos a la vez y dando su terrible grito de guerra: ¡El Rayo! ¡El Rayo! Los soldados, tanto y más sorprendidos que su jefe ante un ataque tan recio y tan imprevisto, se desbandaron y emprendieron la fuga en todas direcciones. El Rayo, después de haber pasado por en medio de todo el destacamento, del que mató siete hombres y derribó el octavo de un pechugón de su caballo, paró de improviso a su cabalgadura, y después de haberse detenido por espacio de algunos minutos con ademán de reto a un centenar de pasos, al ver que los dragones no le perseguían y que lejos de acudir en auxilio de su jefe no pensaban sino en la fuga, volvió grupas y se encaminó hacia el sitio donde éste yacía tendido e inmóvil como un difunto. --¡Eh! ¡señor oficial! le dijo apeándose, aquí está su caballo de V.; recóbrele, que le servirá para unirse a los suyos; en cuanto a mí ya no lo necesito, pues me voy al rancho, donde le aguardo si todavía conserva V. el deseo de prenderme y hacerme fusilar. Hasta mañana a las ocho de la mañana me encontrará V. a su disposición: adiós. El Rayo saludó con la mano al oficial, se subió sobre su mula y se encaminó hacia el rancho, en él que efectivamente entró. No es del caso añadir que el famoso personaje durmió a pierna tendida hasta que amaneció, sin que el oficial y los soldados, tan encarnizados en la persecución del mismo, se hubiesen atrevido a interrumpir su reposo; lo que hicieron éstos fue tomar la vuelta de Veracruz, sin mirar ni una vez hacia atrás. Ahí quien era el hombre cuya imprevista aparición en medio de la escolta de la berlina había por tal modo despavorido y amilanado a los soldados. Por un instante el Rayo permaneció impasible y sombrío frente a los soldados reunidos delante de él, y luego con voz enérgica y clara, dijo: --Señores, me parece que Vds. han olvidado que nadie sino yo tiene derecho a obrar a su antojo en los caminos de la república. Y volviéndose hacia el coronel, que se encontraba a algunos pasos inmóvil como una estatua, añadió: --Señor don Felipe Neri, vuelva V. pies atrás con los suyos; el camino está completamente libre hasta Puebla. ¿Me comprende usted? --Sí, señor; sin embargo, replicó el coronel titubeando, me parece que mi deber me ordena escoltar... --¡Cállese V.! exclamó con arrebato el Rayo; escuche V. bien lo que voy a decirle y sobre todo saque provecho de mis palabras: aquéllos a quienes esperaba V. encontrar no lejos de este sitio, no existen ya; casi todos sus cadáveres son en este instante pasto de los buitres. Por hoy han perdido Vds. la partida; créanme pues, vuelvan grupas. El coronel titubeó espacio de un segundo, luego hizo avanzar algunos pasos a su caballo, y con voz entrecortada por la emoción, dijo: --Señor, no sé si es V. hombre o demonio para imponer de esta suerte, solo contra todos, su voluntad a hombres valientes; para un soldado nada significa la muerte, cuando al frente del enemigo recibe una bala en medio del pecho; ya una vez he retrocedido delante de V., y no quiero hacerlo otra; máteme V. pues, pero no me deshonre. --Me place oírlo hablar este lenguaje, don Felipe, replicó con frialdad el Rayo; el valor sienta bien en un militar; a pesar de sus instintos rapaces y de sus hábitos de bandido, veo con gusto que no carece V. de ánimo; no desespero pues de que tarde o temprano me quepa proporcionarle ocasión de desquitarse conmigo, si una bala, al cortar el hilo de su existencia, no interrumpe súbito la corriente de sus buenas intenciones. Ea, añadió el Rayo como tomando una resolución repentina, ordene V. a sus soldados, que están temblando como unas gallinas, que retrocedan una docena de pasos; voy a darle en el acto la satisfacción que desea. --¡Ah! caballero, exclamó el coronel, ¿consentiría V...? --¿En jugar mi vida contra la de V.? ¿por qué no? dijo el Rayo con voz zumbona. Usted desea una lección y voy a dársela. Inmediatamente don Felipe Neri volvió grupas, y dirigiéndose a sus soldados les hizo retroceder, maniobra que éstos ejecutaron con la más laudable solicitud. Don Andrés de la Cruz, que así llamaremos en adelante al anciano, dándole su verdadero nombre, había asistido como espectador íntimamente interesado a la escena que hemos descrito y en la cual hasta entonces no se atreviera a tomar parte. Con todo, al ver el cariz que tomaban las cosas, se creyó en el deber de aventurar algunas observaciones. --Dispense V., caballero, dijo dirigiéndose al misterioso incógnito, le agradezco en el alma su intervención en mi pro, pero permítame le advierta que hace ya sobrado tiempo que estoy detenido en este desfiladero y que desearía continuar mi viaje a fin de poner cuanto antes a mi hija a cubierto de todo peligro. --Ningún peligro amenaza a doña Dolores, señor, repuso con frialdad el Rayo; este corto retardo no puede en modo alguno acarrearla malas consecuencias; por otra parte, deseo que usted presencie el duelo que va a verificarse aquí y que hasta cierto punto es en pro de su causa; le ruego pues que tenga paciencia. Pero ahí está de regreso don Felipe; pronto estaremos listos. Figúrese V. que apuesta en una riña de gallos; créame, va V. a divertirse. --Sin embargo..., arguyó don Andrés. --De insistir va V. a disgustarme, caballero, interrumpió con aspereza el Rayo. A ver, preste usted a don Felipe uno de los magníficos revólveres que consigo trae y sé se los ha remitido desde París el armero Devisme. Supongo que están cargados ¿eh? --Sí, señor; lo están, respondió don Andrés entregando una de sus pistolas. Don Felipe tomó el arma, la volvió entre los dedos, y levantando la cabeza con ademán contrariado, dijo: --No sé servirme de esta clase de armas. --Pues son muy sencillas, contestó cortésmente el Rayo, y va a conocer perfectamente su mecanismo dentro de un par de segundos; señor don Andrés, hágame V. el obsequio de explicar a don Felipe el sencillísimo manejo de estas armas. El español explicó el modo de usar el revólver al coronel, quien desde luego se puso al cabo. --Ahora, señor don Felipe, continuó el Rayo, siempre sereno e impasible, escúcheme V. bien: consiento en darle la satisfacción que de mí solicita, con tal que, sea cual fuere el resultado del duelo que vamos a empeñar, se comprometa a volver grupas al instante dejando a don Andrés y a su hija en libertad de continuar su viaje como más les convenga: ¿acepta V.? --Acepto, señor. --Perfectamente; ahora lo que vamos a hacer es echar pie a tierra y colocarnos a veinte pasos uno de otro; ¿le conviene a V. esta distancia? --Sí, señor. --Está bien; a una señal mía, pues, dispare V. sobre mí los seis tiros de revólver; yo tiraré luego, pero una sola vez, porque el tiempo apremia. --Dispense V., señoría, ¿pero si le mato a V. de uno de los seis disparos? --¡Quía! señor, no va V. a matarme, respondió con frialdad el Rayo. --¿Usted cree? --Estoy seguro de ello; para matar a un hombre de mi temple, señor don Felipe, respondió el Rayo con acento de ironía mordaz, es menester un corazón animoso y una mano de bronce, y V. carece de ambas cosas. Don Felipe no replicó, pero dominado por rabia sorda, pálida la frente y las cejas juntas, fue a colocarse resueltamente a veinte pasos de su adversario. El Rayo echó pie a tierra, se plantó con arrogancia, irguió la cabeza, avanzó la pierna derecha y cruzó los brazos a la espalda. En esta posición y enfrente del coronel, dirigió a éste las siguientes palabras: --Procure V. apuntar bien; los revólveres, por buenos que sean, suelen tener el defecto de enviar las balas un poco altas; no se apresure usted. ¿Está ya? Bravo; puede V. disparar. Don Felipe no aguardó a que se lo dijeran dos veces, sino que, apretando el gatillo, hizo tres disparos seguidos. --Demasiado aprisa, demasiado aprisa, gritó el Rayo al coronel, ni siquiera he oído silbar las balas. No se apresure V. tanto y vea de aprovechar las tres balas que le quedan. Todos tenían la mirada fija en los duelistas y el corazón pendiente de un hilo. Don Felipe Neri, desmoralizado por la impasibilidad de su adversario y el mal éxito de sus disparos, a pesar suyo se sentía fascinado por la negra estatua que ante él se erguía serena y de la que solamente veía, al través de la máscara, brillar los ojos cual ardientes brasas; de cada uno de sus cabellos, erizados de espanto, pendía una gota de sudor; en una palabra, había perdido el ánimo. Con todo, la cólera y el orgullo devolvieron al coronel la fuerza necesaria para ocultar a los ojos de los asistentes la espantosa agonía que estaba sufriendo; por un supremo esfuerzo de voluntad recobró aparentemente la calma y disparó la cuarta bala. --Esta vez lo ha hecho V. más bien, dijo con zumba el Rayo, pero todavía ha pasado demasiado alta; a ver la otra. Exasperado por esta última burla, don Felipe apretó el gatillo, y la bala fue a dar contra la peña escasamente a una pulgada encima de la cabeza del desconocido. No quedaba sino una bala en el revólver. --Adelante V. cinco pasos, dijo el Rayo; puede que así no desaproveche el último tiro. Don Felipe no contestó a este último sarcasmo, pero saltó como una fiera, se colocó a quince pasos e hizo fuego. --Ahora me toca a mí, dijo con toda tranquilidad el desconocido, retrocediendo para restablecer la distancia primera; pero observo, caballero, que se ha descuidado V. de descubrirse, y ésta es una falta de cortesía que no tolero de ningún modo. En pronunciando estas palabras, el Rayo empuñó una de las dos pistolas que llevaba al cinto, la amartilló, tendió el brazo, disparó sin tomarse la molestia de apuntar, y el sombrero del coronel, arrebatado por el proyectil, cayó rodando por el polvo. Don Felipe dio un rugido salvaje y exclamó: --¡Es V. un demonio! --No, replicó el Rayo, soy un hombre de alma. Ahora márchese V., le perdono la vida. --Parto, sí, dijo el coronel; pero sea usted quien sea, hombre o demonio, juro matarle, aun cuando deba perseguirle hasta las profundidades del averno. El Rayo se acercó a don Felipe, le llevó violentamente aparte asido del brazo, y levantando la máscara que le cubría el rostro le mostró sus facciones, diciendo con voz reconcentrada: --Va V. a conocerme ¿no es verdad? Lo único que le encargo ahora que me ha visto cara a cara, es que no olvide que nuestro primer encuentro puede ser mortal; márchese V. Don Felipe se subió a caballo sin replicar palabra, se puso a la cabeza de sus despavoridos soldados, y al galope tomó de nuevo el camino de Orizaba. Cinco minutos después, en la meseta no quedaban sino los viajeros y sus criados. El Rayo, aprovechando sin duda el momento de desorden y sorpresa producido por el final de la escena que hemos narrado, había desaparecido. V LA HACIENDA DEL ARENAL Cuatro días después de ocurridos los acontecimientos de que se hace mérito en el anterior capítulo, el conde Luis del Saulay y Oliverio todavía viajaban mano a mano, pero el lugar de la escena había cambiado por completo. Alrededor de ellos se extendía una inmensa llanura cubierta de feraz vegetación y regada por algunos ríos, en las márgenes de los cuales estaban asentadas las humildes chozas de muchos pueblos de escasa o ninguna importancia; acá y allá estaban pastando algunos rebaños vigilados por vaqueros montados que llevaban la reata en la silla, el machete al cinto y la larga pica en el descanso. En el camino, cuyas amarillentas revueltas resaltaban sobre el color verde del llano, se veían negruzcas manchas, que no eran sino recuas de mulas que se dirigían hacia las nevadas montañas que limitan el horizonte; grupos de árboles gigantescos daban variedad a la perspectiva, y algo a la derecha, en la cúspide de una colina bastante elevada, se erguían orgullosamente los robustos muros de una importante hacienda. Los viajeros avanzaban a paso corto por las últimas sinuosidades de angosta senda que suavemente bajaba al llano, y al llegar a un sitio en que la cortina de árboles que les interceptaba la vista se separó a uno y otro lado, la perspectiva pareció de repente ante ellos, cual si de súbito la hubiese hecho surgir la prodigiosa varita de un mago. Al ver el magnífico caleidoscopio que a sus miradas se ofrecía, el conde lanzó un grito de admiración. --Como sé que es V. hombre de gusto, le preparé esta sorpresa, dijo Oliverio. ¿Qué le parece? --Admirable; nunca he visto una perspectiva tan hermosa, exclamó el joven con entusiasmo. --Sí, dijo el aventurero ahogando un suspiro, para una perspectiva echada a perder por la mano del hombre no está del todo mal; pero le repito lo que tantas veces le he manifestado: solamente en las altas sabanas del gran desierto mejicano es posible ver la naturaleza tal cual Dios la ha creado; esto, en comparación, no es sino una decoración de ópera, una naturaleza convencional que no tiene razón de ser y nada significa. --Convencional o no, replicó el conde riéndose de la humorada de su interlocutor, yo hallo admirable la perspectiva. --Ya le he dicho que no está del todo mal; pero imagine V. cuan hermoso debió ser este paisaje en los primitivos días del mundo, cuando a pesar de los torpes conatos de los hombres éstos no han conseguido aún echarlo a perder enteramente. --Por mi vida que es V. un compañero inapreciable, repuso el joven redoblando la risa al escuchar lo que acababa de decir Oliverio; le aseguro que una vez nos hayamos separado, a menudo echaré de menos su agradable compañía. --Pues prepárese V. a ello, señor conde, contestó el aventurero sonriendo, porque pronto vamos a separarnos. --¿Cómo se entiende? --A lo sumo dentro de una hora; pero continuemos andando; el sol empieza a calentar y la sombra de los árboles que se ven allá abajo nos vendrá de perlas. Los dos viandantes soltaron las riendas a sus caballos y anudaron al paso el descenso casi insensible que debía conducirles al llano. --¿No siente V. todavía necesidad de dar un poco de reposo al cuerpo, señor conde? preguntó el aventurero mientras liaba con indolencia un cigarrillo. --De veras, no; gracias a V., este viaje, si bien algo monótono, me ha parecido delicioso. --¿Monótono ha dicho V.? --¡Caramba! en Francia se cuentan hechos tan espeluznantes de las tierras de ultramar, donde, según dicen, se encuentra uno con bandidos emboscados a cada paso y no es posible andar diez leguas sin exponer veinte veces la vida, que no sin aprensión desembarcamos los europeos en estas playas. A mí me habían llenado la cabeza de historias capaces de hacer poner de punta los cabellos, y francamente, esperaba sorpresas, emboscadas, combates encarnizados y qué sé yo cuantas cosas más. Pero ya ve V., nada, absolutamente nada ha ocurrido; he hecho el viaje más prosaico del mundo, sin que durante él haya sobrevenido el más leve accidente para poderlo yo referir más adelante. --Todavía no ha salido V. de Méjico. --Es cierto, pero esto no quita que vea desvanecidas mis ilusiones; ya no creo en los bandidos mejicanos, ni en los feroces indios; no vale la pena venir de tan lejos para no ver más de lo que uno ve en su propia tierra. ¡Vayan al diablo los viajes! Hace cuatro días íbamos a vernos en un lance, y tan es así, que cuando V. me dejaba a solas, forjaba en mi imaginación los más belicosos proyectos; luego volvía V., al cabo de dos largas horas, y me anunciaba sonriendo que se había equivocado, que nada había visto. No me ha cabido sino tragarme todos mis designios bélicos. Si esto es estar de chiripa, que venga Dios y lo vea. --¿Qué quiere V.? replicó el aventurero con acento de imperceptible ironía, la civilización se va infiltrando por tal modo entre nosotros, que, salvo algunas ligeras diferencias, hoy nos paremos a las viejas naciones de Europa. --Chancéese V. y búrlese de mí cuanto quiera, dijo el conde; pero volvamos al asunto. --Esto pido, señor, replicó el aventurero. ¿Entre otras cosas no me dijo V. que tenía el designio de dirigirse a la hacienda del Arenal, y que si no se desviaba de su camino que conduce directamente hacia Méjico, era porque temía extraviarse en una tierra a la que V. no conocía y en la que dudaba encontrar quien fuese capaz de ponerle nuevamente sobre la pista? --Efectivamente, caballero. --Pues bien, las cosas se simplifican extraordinariamente. --¿Y eso? --Mire enfrente de V., señor conde, ¿qué ve V.? --Un magnífico edificio con todo el aspecto de una fortaleza. --Pues el edificio ese es la hacienda del Arenal. --¿De veras? ¿No me engaña V.? preguntó el conde. --¡Para qué! respondió suavemente el aventurero. --¡Oh! de esta suerte la sorpresa resulta buena cosa más agradable que no supuse. --A propósito, me olvidaba de una circunstancia que no deja de ser importante para V.: hace ya dos días que sus criados y sus equipajes están en la hacienda. --Pero ¿quién puso en antecedentes a mis criados? --Yo. --¡Cómo V.! si puede decirse que no se ha movido de mi lado. --Cortos fueron los momentos en que me separé de V., es verdad, pero tuve lo bastante. --Es V. un amabilísimo compañero, don Oliverio, y le agradezco en el alma las atenciones de que me rodea. --¡Bah! V. se chancea. --¿Conoce V. al propietario de la hacienda esa? --¿A don Andrés de la Cruz? ¡ya lo creo! --¿Qué tal es? --¿En lo moral o en lo físico? --En lo moral. --Un sujeto de gran corazón y clara inteligencia; prodiga el bien, y atiende a pobres y a ricos. --Magnífico es el retrato. --Y me quedo corto. ¡Ah! se me olvidaba decir a V. que don Andrés tiene muchos enemigos. --¡Enemigos! --Sí, todos los bribones de la comarca, y a Dios gracias abundan en esta bendita tierra. --¿Y su hija doña Dolores? --Es una deliciosa niña de dieciséis años, todavía más buena que hermosa; inocente y pura, sus ojos reflejan el cielo; es un ángel a quien ha placido a Dios colocar en la tierra, sin duda para vergüenza de los hombres. --V. va a venirse conmigo a la hacienda, ¿no es eso? preguntó el conde. --No; dentro de algunos minutos tendré el honor de despedirme de V. --Supongo que para vernos de nuevo cuanto antes. --No me atrevo a prometérselo a V., señor conde. Oliverio y el joven caminaron algunos instantes más mano a mano, guardando el más profundo silencio y aguijando a sus cabalgaduras, con lo que se iban acercando rápidamente a la hacienda, cuyos edificios aparecían ya por completo. Era la del Arenal una de esas magníficas residencias construidas durante los primeros años de la conquista, entre palacio y fortaleza, semejante a las que los españoles levantaban por aquellos tiempos en sus dominios, a fin de mantener a raya a los indios y resistir a las continuas y sangrientas revueltas de éstos. Las almenas que coronaban los muros de la hacienda proclamaban la nobleza de su propietario, ya que únicamente los nobles gozaban del derecho de almenar sus moradas y de cuyo derecho se mostraban por demás celosos. La cúpula de la capilla de la hacienda, que sobresalía de las murallas, brillaba a los ardorosos rayos del sol. A medida que los viajeros iban acercándose, el paisaje iba cobrando nueva vida; a cada paso se encontraban con jinetes, arrieros guiando sus recuas de mulas, indios que corrían llevando bultos a cuestas suspendidos de una correa que les pasaba alrededor de la frente, rebaños conducidos por vaqueros y que iban en busca de nuevo pasto, frailes trotando sobre sendas mulas, mujeres, niños, en una palabra, gente atareada de todos estados y de uno y otro sexo que iban, venían y se cruzaban en todas direcciones. Al llegar al pie de la colina sobre la cual se asentaba la hacienda y en el instante en que iba a penetrar en la senda que conducía a la puerta principal del edificio, el aventurero detuvo a su caballo, y volviéndose hacia el joven, le dijo: --Señor conde, hemos llegado al término de nuestro viaje; con su permiso pues me retiro. --No sin prometerme antes que vamos a vernos de nuevo. --Me es imposible empeñar tal promesa, señor conde; nuestros caminos son diametralmente opuestos, y por otra parte quizá valdría más que no volviésemos a vernos. --¿Qué quiere V. decir? --Nada personal ni ofensivo para V.; permítame que le estreche la mano antes de separarnos. --De todo corazón, exclamó el joven tendiéndole efusivamente la diestra. --Adiós, dijo Oliverio; el tiempo vuela y a estas horas debía encontrarme ya muy lejos de aquí. El aventurero se inclinó sobre el cuello de su caballo y con la rapidez de la flecha se internó en un sendero por él que no tardó en desaparecer. --¡Vaya un carácter singular! murmuró el joven. ¡Oh! volveré a verle, es menester que así sea. El conde oprimió suavemente los ijares de su cabalgadura y penetró en el sendero que en pocos minutos debía conducirle a la cúspide de la colina y a la puerta principal de la hacienda. Oliverio anduvo acertado al decir que al conde le estaban esperando en la hacienda; en efecto, éste vio dos criados que, de pie en la puerta, al parecer acechaban su llegada. El joven se apeó en el primer patio y abandonó su caballo en manos de un palafrenero que lo condujo a la caballeriza. En el instante en que el conde se encaminaba hacia una gran puerta sombrada por una marquesina y que daba paso a las habitaciones, don Andrés salió por ella, voló solícito a su encuentro, le estrechó efusivamente contra su corazón, y después de besarle repetidas veces, dijo: --¡Alabado sea Dios! por fin ha llegado V.; ya empezábamos a estar cuidadosos. El conde, cogido de improviso, se dejó abrazar y besar sin darse cuenta cabal de lo que le pasaba, ni atinando con quién se las había; pero el anciano, advirtiendo la admiración de su huésped y que éste a pesar de sus esfuerzos no conseguía disimularla del todo, le sacó del aprieto nombrándose y añadiendo: --Soy su pariente cercano, mi querido conde; su primo; así pues no tenga V. empacho, obre con entera libertad; esta casa y cuanto en ella se encierra está a su disposición. El joven se deshizo en excusas; pero don Andrés le interrumpió, diciendo en tono festivo: --¡Válgame Dios! ¿dónde tengo la cabeza? le entretengo aquí contándole mis chocheces y me olvido de que acaba de hacer V. un largo viaje a caballo y por consiguiente de que necesita reposo. Venga V., quiero darme la satisfacción de conducirle yo mismo a sus habitaciones; hace ya muchos días que están dispuestas. --Mi querido primo, contestó el conde, le agradezco en el alma los agasajos de que me colma, pero creo sería conveniente que me presentase V. a mi prima antes de retirarme. --Esto no corre priesa, mi querido conde; mi hija se encuentra ahora en su tocador con sus doncellas. Primeramente deje que le anuncie; sé más bien que V. lo que conviene hacer en estas circunstancias. Vaya V. a descansar. --Como V. quiera, primo; por otra parte le confieso, ya que me hace el favor de dejarme en completa libertad, que no sentiré tomar algunas horas de reposo. --¿No decía yo? repuso alegremente don Andrés, todos los jóvenes son iguales: no saben de la misa la media. El hacendero condujo entonces a su huésped a una habitación previamente dispuesta y amueblada con gusto bajo la inmediata inspección de don Andrés; la cual estaba destinada al conde para todo el tiempo que a éste le pluguiese permanecer en la hacienda, y a la que habían sido ya transportadas sus maletas. Al conde le estaba aguardando su ayuda de cámara. La habitación que hemos dicho, no era espaciosa, pero estaba muy bien distribuida y, atendidos los recursos del país, ofrecía muchas comodidades. Se componía de cuatro piezas: el dormitorio del conde con su gabinete tocador y cuarto de baños anejo, un estudio que hacía las veces de salón, antecámara y un aposento para los criados, a fin de que aquél pudiese utilizarlos de día y de noche. Por medio de algunos tabiques, la habían separado, hecha del todo independiente de las demás habitaciones de la hacienda, y en ella se penetraba por tres puertas: una que daba al vestíbulo, otra al patio común y otra, de la que partían algunos escalones, que daba acceso a la magnífica huerta de la hacienda, huerta que por lo vasta merecía el título de parque. El conde, recién desembarcado en Méjico, y que al igual que todos los extranjeros tenía una idea errónea de un país al que no conocía, estaba muy lejos de presumir que en la hacienda del Arenal iba a encontrar una instalación tan cómoda y por tal modo adaptaba a sus gustos y a sus costumbres un tanto graves; así es que se sintió enajenado y dio a don Andrés las más calurosas gracias por la molestia que se tomara para hacerle agradable su estancia en la hacienda, y aun le significó cuan distante estaba de esperar un recibimiento tan amable. Don Andrés de la Cruz, hondamente satisfecho de este cumplido, se frotó las manos con alegría y se retiró, dejando a su pariente en libertad de entregarse al reposo. Una vez a solas con su ayuda de cámara, el conde, después de cambiar el traje que llevaba por otro más adecuado a la vida de campo, interrogó a su criado respecto del modo como había efectuado su viaje desde Veracruz y como le recibieran a su llegada a la hacienda. El mencionado ayudante de cámara, hermano de leche del conde, de quien era devotísimo, tenía poco más o menos la misma edad que éste, y sobre ser robusto, bien formado, de presencia agradable y valeroso, le adornaba una cualidad preciosa en un criado, la de ser ciego, sordo y mudo. Efectivamente, no hablaba sino conminado por orden expresa y aun en este caso era por demás lacónico. El conde le quería mucho y tenía en él ilimitada confianza. Raimbaut, que así se llamaba el criado, sentía por su amo un respeto profundo, y, siempre esclavo de la etiqueta, no le hablaba nunca sino, en tercera persona. Fuese cual fuese la hora del día o de la noche que el conde le llamase, se presentaba ante él ostentando el severo traje que había adoptado, compuesto de casaca negra, a la francesa, de cuello recto y botonadura de oro, chupa y calzones negros, medias de seda blancas, zapatos con hebilla y corbata blanca. Excepto los polvos, que no llevaba, vestido de esta suerte Raimbaut asumía todas las apariencias de un intendente de encopetado señor del pasado siglo. El otro criado del conde era un mocetón de unos veinte años, robusto y de musculatura atlética. Ahijado de Raimbaut, que se había encargado de instruirle en las prácticas del servicio, desempeñaba las mecánicas más pesadas y vestía la librea del conde, azul y plata; se llamaba Lanca Ibarru, era adicto a su amo y temía como al fuego a su padrino, a quien profesaba una veneración profunda. Valiente si los hay, astuto e inteligente, empañaban un tanto estas cualidades su glotonería y su afición al dolce far niente. Corto fue el relato de Raimbaut: nada absolutamente le había pasado sino recibir por conducto de un desconocido una orden de su amo para que en vez de continuar su viaje hasta Méjico se hiciese conducir al Arenal, como así lo había efectuado. El conde, que vio era cierto lo que el aventurero le dijera, despidió a su ayuda de cámara, se arrellanó en una butaca y abrió un libro; pero a no tardar y apoderándose de él el sueño, se durmió. A eso de las cuatro de la tarde y en el preciso instante en que el conde se despertaba, Raimbaut entró en el dormitorio de éste y le anunció que don Andrés de la Cruz le estaba aguardando para comer. El conde dirigió una mirada a su tocado y precedido de Raimbaut, que le servía de guía, se encaminó hacia el comedor. VI POR LA VENTANA El comedor de la hacienda del Arenal, espacioso y largo, recibía luz por ventanas ojivales de pintadas vidrieras, sus paredes estaban cubiertas de ensambladuras de roble ennegrecido por los años, que le daban el aspecto de un refectorio de Cartujos del siglo XV, y en medio de él había una gran mesa en forma de herradura, rodeada de bancos excepto en la testera. Al penetrar el conde del Saulay en la mencionada pieza, casi todos los comensales, unos veinticinco, se encontraban ya reunidos en ella. Don Andrés, al igual que muchos de los grandes propietarios mejicanos, había conservado en sus posesiones la costumbre de hacer comer con él a sus criados. Esta costumbre patriarcal, largos años ha caído en desuso en Francia, a nuestro modo de ver era una de las mejores que nos legaron nuestros padres, pues la vida en común estrechaba los lazos que unían los amos a los criados y enfeudaba a éstos, por decirlo así, a la familia, con la que hasta cierto punto compartían la vida íntima. Don Andrés de la Cruz estaba en pie en la testera del comedor, entre sus hijos Melchor y Dolores. Respecto de esta última nada diremos, pues el lector ya la conoce; por lo que hace a don Melchor, que vestía el traje mejicano en toda su pureza, tenía poco más o menos la misma edad que el conde, y su aventajada estatura y complexión robusta hacían de él un buen tipo en la acepción vulgar de la palabra. Tenía las facciones varoniles y distinguidas, negra y poblada la barba, grandes los ojos y de mirar fijo y perspicaz, color moreno subido ligeramente aceitunado, voz un tanto áspera y rostro sombrío, que a la más leve emoción cobraba una expresión de amenaza y de altivez terribles. Por lo demás su ademán era noble y exquisitos sus modales. Una vez el señor de la Cruz hubo hecho las presentaciones, los comensales se sentaron alrededor de la mesa; luego el hacendero hizo colocar al conde a su derecha, al lado de doña Dolores, dirigió una seña a ésta, que dijo el -Benedicite,- los convidados contestaron -amén,- y empezó la comida. Al igual que sus antepasados los españoles, los mejicanos son muy sobrios y no beben durante la comida; únicamente a los postres, cuando sirven los dulces, colocan vasos de agua en la mesa. Don Andrés de la Cruz, por un exceso de cortesanía, había mandado que sirviesen vino a su huésped francés, el cual era atendido por su ayuda de cámara, que, con grande admiración de los circunstantes, estaba de pie detrás de él. 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000