--¡Hola, caballeros! exclamó con voz altanera, ¿qué significa esto y
por qué me obligan Vds. a interrumpir de esta suerte mi viaje?
--Va V. a saberlo, querido señor, respondió con zumba el guerrillero,
y para que desde luego sepa a qué atenerse, en nombre de la patria le
arresto.
--¿Que V. me arresta? ¿Usted? exclamó el anciano; ¿y con qué derecho?
--¿Con qué derecho? repuso el coronel con fisga de mal agüero. ¡Vive
Cristo! que de convenirme podría responder a V. que es con el derecho
del más fuerte, y me parece que la razón sería perentoria.
--Efectivamente, replicó el viejo con voz burlona, y supongo que es la
única que puede V. invocar.
--Pues se equivoca V., señor mío; no la invocaré; si le arresto es por
espía y reo de alta traición.
--¿Está V. en su juicio, señor coronel? ¡Yo, espía y traidor!
--Hace ya mucho tiempo que el gobierno del excelentísimo señor
presidente Juárez no le pierde a V. de vista, y como le han vigilado
todos los pasos, se sabe por qué ha salido V. tan precipitadamente de
Veracruz y qué le lleva a Méjico.
--Me dirijo a Méjico para asuntos comerciales, y esto lo sabe el
presidente, como lo demuestra él que de propio puño haya firmado mi
salvoconducto y él que voluntariamente y sin que yo la solicitase me
haya cedido la escolta que me acompaña.
--Verdad es cuanto V. dice, señor; nuestro magnánimo presidente,
a quien siempre repugnan las medidas rigurosas, no quería hacerle
arrestar, sino que en consideración a las canas que V. peina, prefería
dejarle los medios de escaparse; pero la última traición de V. ha
llenado la medida, y aunque de mala gana ha conocido la necesidad de
obrar con mano fuerte. Aquí donde me ve, yo he recibido la orden de
perseguir y arrestar a V., y le arresto.
--¿Y podría saber de qué traición se me acusa?
--Señor don Andrés de la Cruz, respondió el coronel, nadie como V. debe
saber los motivos que le han inducido a sustituir su nombre con él de
don Antonio de Carrera.
Don Andrés, pues tal era en realidad su nombre, quedó aterrado al oír
a don Felipe Neri Irzabal; pero no porque se sintiese culpado, pues la
sustitución se había efectuado con el consentimiento del presidente;
le perturbó la doblez de los hombres que le detenían, los cuales, a
falta de otras razones, echaban mano de ésta para hacerle caer en un
lazo infame a fin de apoderarse de una fortuna que hacía mucho tiempo
codiciaban.
Con todo, don Andrés recobró su presencia de ánimo, y dirigiéndose de
nuevo al guerrillero, dijo:
--Mire V. lo que hace, señor coronel; yo no soy un cualquiera, y no
dejaré que se me expolie impunemente; en Méjico hay un embajador
español que me amparará en mis derechos.
--No sé qué quiere V. decir, contestó imperturbablemente don Felipe;
si se refiere V. al señor Pacheco, me parece que su protección le
reportará poco provecho, ya que el caballero ese que se da el título de
embajador extraordinario de la reina de España ha juzgado conveniente
reconocer el gobierno del traidor Miramón. Nosotros, pues, nada tenemos
que ver con él; su influjo con el presidente nacional es completamente
nulo. Demás, no he venido para discutir con V., sino para arrestarle,
y le arresto sobrevenga lo que sobreviniere. ¿Quiere V. rendirse o
pretende acaso oponer una resistencia inútil? Responda V.
Don Andrés fijó la mirada en los hombres que le rodeaban, y
comprendiendo que fuera de sus criados no podría esperar socorro o
apoyo de nadie, dejó caer sus revólveres a sus pies, cruzó los brazos y
dijo con voz firme:
--Cedo a la fuerza; pero ante todos los que me rodean protesto contra
el acto de violencia de que soy víctima.
--Dueño es V., mi querido señor, de protestar cuanto quiera, repuso
el coronel; a mí poco me importa. Luego dirigiéndose a don Jesús
Domínguez, que tranquilo, impasible e indiferente había asistido a
la escena que hemos descrito, añadió: sin pérdida de tiempo hay que
registrar minuciosamente el equipaje y sobre todo los papeles del
prisionero.
--Muy bien urdido, dijo el anciano encogiendo los hombros; por
desgracia tarde piache, caballero.
--¿Qué quiere V. decir? preguntó don Felipe.
--Nada, sino que el dinero y los valores que Vds., pensaban hallar en
mis maletas, no están; les conozco a Vds. demasiado, señor, para no
haberme prevenido contra lo que en este instante me está pasando.
--¡Maldición! exclamó el guerrillero golpeando con el puño el pomo de
su arzón; pero oye, gachupín del diablo, no creas que vas a salir
librado a tan poca costa, pues aun cuando deba desollarte vivo, sabré
dónde has escondido tus tesoros, te lo juro.
--Pruébelo V., replicó con ironía don Andrés volviéndose de espaldas al
guerrillero.
El bandido acababa de revelarse; el coronel, después del exabrupto a
que le llevara su avaricia, ya no tenía que guardar miramiento alguno
para con aquel a quien pretendía despojar por modo tan audazmente
cínico.
--Ello lo veremos, dijo; e inclinándose hasta el oído de don Jesús, le
estuvo hablando durante algunos minutos.
Indudablemente los dos bandidos estaban concertando entre sí las
medidas más eficaces para constreñir al español a revelar su secreto y
a someterse a su voluntad.
--Don Andrés, dijo el coronel al cabo de un instante y con fisga
nerviosa, ya que es como V. dice, sería para mí cargo de conciencia
interrumpir su viaje; antes de tomar la vuelta de Veracruz iremos
juntos hasta su hacienda del Arenal, donde podremos hablar de negocios
más cómodamente que en este sitio; lo ruego pues se sirva subirse otra
vez a la berlina, y anudar la marcha, máxime cuando su hechicera hija
de V., Dolores, indudablemente necesita tranquilizarse.
El anciano, que comprendió el terrible alcance de la amenaza que
acababa de dirigirle el bandido, palideció, fijó la mirada en el
cielo e hizo un movimiento como para acercarse al coche; pero en el
instante mismo se oyó un galope furioso, los soldados abrieron filas
despavoridos y un jinete penetró a escape y como el huracán en medio
del círculo que se había formado alrededor de la berlina.
Dicho jinete, que llevaba el rostro completamente cubierto con un velo
negro, detuvo prontamente a su caballo, y fijando en el guerrillero los
ojos, que brillaban cual encendidas brasas al través de los agujeros
del velo que le ocultaba, preguntó con voz lacónica y amenazadora:
--¿Qué pasa aquí?
Con arranque instintivo el guerrillero tiró de la brida a su
cabalgadura y, sin responder palabra, la hizo retroceder; los soldados
y don Jesús Domínguez se santiguaron con terror y murmuraron:
--¡El Rayo! ¡El Rayo!
--Les interrogué a Vds., dijo el desconocido después de algunos
segundos de espera.
Los cuarenta y tantos hombres que le rodeaban inclinaron la frente,
y haciéndose atrás poco a poco ensancharon considerablemente el
círculo, al parecer no muy deseosos de entablar conversación con aquel
misterioso personaje.
Don Andrés recobró la esperanza: un presentimiento íntimo le advertía
que la súbita llegada del enmascarado iba a cambiar sino del todo su
posición, a lo menos a hacerla entrar en una fase más ventajosa para
él; demás, le parecía, si bien no le era posible recordar dónde la
oyera, conocer la voz del desconocido; así es que mientras los otros
iban retrocediendo con temor, él, al contrario, se acercaba al recién
llegado con solicitud instintiva, inconsciente.
El jefe de la escolta, don Jesús Domínguez, había desaparecido,
emprendiendo vergonzosamente la fuga.
IV
EL RAYO
Por los días en que se desenvuelve la presente historia, vivía en
Méjico un hombre que gozaba del privilegio de llamar sobre sí la
curiosidad general, de atemorizar a todos, y lo que es más notable, de
disfrutar de las simpatías de todos. Este hombre era el Rayo.
¿Quién era el Rayo? ¿de dónde venía? ¿qué hacía?
Nadie era capaz de responder con certeza a estas preguntas, sin embargo
de lo lacónicas; y esto que Dios sabe el prodigioso número de leyendas
que respecto de él corrían de boca en boca.
Ahí en pocas palabras lo que de semejante individuo se sabía con más
fijeza:
Hacia fines de 1857, el Rayo había parecido de improviso en la
carretera que conduce de Méjico a Veracruz y encargándose de mantener
el orden en ella, a su modo, se entiende. Detenía los convoyes y las
diligencias, y protegía o ponía a contribución a los viajeros; es
decir, en el segundo caso obligaba a los ricos a practicar una ligera
sangría a su bolsillo a favor de sus compañeros menos favorecidos
de la suerte y constreñía a los jefes de escolta a defender contra
los ataques de los salteadores a los individuos a quienes estaban
encargados de acompañar.
No había quien pudiese decir si el Rayo era joven o viejo, guapo o feo,
castaño o rubio, pues nadie había visto nunca su rostro al descubierto.
Por lo que hace a su nacionalidad, era imposible de todo punto
adivinarla, pues con igual facilidad y elegancia hablaba el castellano
y el francés, como el alemán, el inglés y el italiano.
Aquel misterioso personaje estaba perfectamente informado de todo
cuanto ocurría en el territorio de la república; no sólo conocía
los nombres y la representación social de los viajeros a quienes le
placía detener, sino que respecto de ellos estaba al tanto de ciertas
particularidades secretas que muy a menudo les ponían en zozobra.
Con todo, lo más singular del caso, mucho más de lo que hemos expuesto,
es que el Rayo iba siempre solo y nunca vacilaba en cerrar el paso
a sus adversarios, fuese cual fuese su número. El influjo que sobre
éstos ejercía era tal, que su presencia era bastante para cortar
toda intención de resistencia y una amenaza de él hacía correr un
estremecimiento de terror por las venas de aquéllos a quienes iba
dirigida.
Los dos presidentes de la república, mientras se hacían una guerra sin
cuartel para suplantarse mutuamente, cada uno por sí había ensayado
repetidas veces librar de caballero tan incómodo, y a su parecer
competidor peligroso, los caminos; pero todas sus tentativas fueron
vanas: el Rayo, no se sabe como, prevenido y perfectamente informado
de los movimientos de los soldados enviados en su busca, se presentaba
siempre de improviso delante de éstos, desbarataba sus ardides y les
forzaba a retirarse vergonzosamente.
Sin embargo, una vez el gobierno de Juárez creyó haber acorralado al
Rayo.
Supo dicho gobierno que el misterioso personaje hacía algunas noches
las pasaba en un rancho no muy distante del Paso del Macho, y a este
punto expidió inmediatamente y con el mayor sigilo un destacamento de
veinte dragones, al mando de Carvajal, uno de los guerrilleros más
sanguinarios y osados.
Carvajal tenía la orden de fusilar a su prisionero en cuanto le echara
el guante, sin duda con el fin de no darle tiempo de intentar una
evasión durante el trayecto del Paso del Macho a Veracruz.
EL destacamento partió rápido; los dragones, a quienes se les
prometiera una cuantiosa recompensa si lograban llevar a buen fin la
escabrosa expedición, iban dispuestos a cumplir con su deber, corridos
de que por tan dilatado espacio de tiempo un sólo hombre les hubiese
tenido en jaque y ardiendo en deseos de tomar el desquite.
No dos leguas del Paso del Macho los soldados encontraron un fraile
jinete en mísera mula, el cual llevaba el capuchón derribado sobre el
rostro, y al compás del trote de su montura mascullaba el rosario.
El jefe de la fuerza armada invitó al fraile a que se reuniese con los
dragones, invitación que el religioso aceptó no de muy buena gana.
En el instante en que el destacamento, que caminaba un poco a la
desbandada, iba a llegar al rancho, el fraile echó pie a tierra.
--¿Qué hace V., padre? le preguntó el jefe.
--Ya lo ve V., hijo mío, respondió aquél, me bajo de mi mula; mis
negocios me llaman a un rancho más lejano; siga V. adelante; yo con
su permiso me voy a mis quehaceres, dándole las gracias por haberse
dignado honrarme con su compañía desde nuestro encuentro.
--Eso no, padre mío, dijo el jefe riendo cavernosamente; no podemos
separarnos de esta suerte.
--¿Por qué, hijo mío? preguntó el fraile acercándose al oficial,
mientras tiraba de la brida a su mula.
--Es muy sencillo, fray...
--Pancracio, para servir a V., dijo el religioso inclinándose.
--Pues bien, fray Pancracio, necesito de V., o más bien dicho, de su
ministerio; en una palabra, se trata de confesar a un hombre que va a
morir.
--¿Quién es?
--¿Conoce V. al Rayo?
--¡Virgen santa! ¿que si conozco al Rayo, señor oficial?
--Pues él es quien va a morir.
--¿Le han cogido Vds.?
--Todavía no, pero dentro de pocos minutos le habremos echado la garra;
le estoy buscando.
--¿Y dónde se encuentra, si puede saberse?
--Allí, en aquel rancho que desde acá divisamos, respondió el oficial,
inclinándose con agrado hasta el fraile y tendiendo el brazo en la
dirección que indicaba a su interlocutor.
--¿Está V. seguro de lo que dice, ilustre señor?
--¡Que si lo estoy!
--Pues me parece que V. se equivoca.
--¿Qué quiere V. decir? ¿Acaso V. sabe algo?
--Sí sé, respondió el encapuchado, pues el Rayo soy yo, ladrón maldito.
Y antes que el oficial, aterrado por esta súbita e inesperada
revelación, hubiese recobrado su presencia de ánimo, el Rayo le
había cogido por una pierna, derribándole al suelo, se subió sobre
su caballo, y empuñando dos revólveres de seis tiros cada uno que
llevaba ocultos bajo sus hábitos, se precipitaba a escape sobre el
destacamento, haciendo fuego con ambas manos a la vez y dando su
terrible grito de guerra: ¡El Rayo! ¡El Rayo!
Los soldados, tanto y más sorprendidos que su jefe ante un ataque tan
recio y tan imprevisto, se desbandaron y emprendieron la fuga en todas
direcciones.
El Rayo, después de haber pasado por en medio de todo el destacamento,
del que mató siete hombres y derribó el octavo de un pechugón de su
caballo, paró de improviso a su cabalgadura, y después de haberse
detenido por espacio de algunos minutos con ademán de reto a un
centenar de pasos, al ver que los dragones no le perseguían y que lejos
de acudir en auxilio de su jefe no pensaban sino en la fuga, volvió
grupas y se encaminó hacia el sitio donde éste yacía tendido e inmóvil
como un difunto.
--¡Eh! ¡señor oficial! le dijo apeándose, aquí está su caballo de V.;
recóbrele, que le servirá para unirse a los suyos; en cuanto a mí ya
no lo necesito, pues me voy al rancho, donde le aguardo si todavía
conserva V. el deseo de prenderme y hacerme fusilar. Hasta mañana a
las ocho de la mañana me encontrará V. a su disposición: adiós.
El Rayo saludó con la mano al oficial, se subió sobre su mula y se
encaminó hacia el rancho, en él que efectivamente entró.
No es del caso añadir que el famoso personaje durmió a pierna tendida
hasta que amaneció, sin que el oficial y los soldados, tan encarnizados
en la persecución del mismo, se hubiesen atrevido a interrumpir su
reposo; lo que hicieron éstos fue tomar la vuelta de Veracruz, sin
mirar ni una vez hacia atrás.
Ahí quien era el hombre cuya imprevista aparición en medio de la
escolta de la berlina había por tal modo despavorido y amilanado a los
soldados.
Por un instante el Rayo permaneció impasible y sombrío frente a los
soldados reunidos delante de él, y luego con voz enérgica y clara, dijo:
--Señores, me parece que Vds. han olvidado que nadie sino yo tiene
derecho a obrar a su antojo en los caminos de la república.
Y volviéndose hacia el coronel, que se encontraba a algunos pasos
inmóvil como una estatua, añadió:
--Señor don Felipe Neri, vuelva V. pies atrás con los suyos; el camino
está completamente libre hasta Puebla. ¿Me comprende usted?
--Sí, señor; sin embargo, replicó el coronel titubeando, me parece que
mi deber me ordena escoltar...
--¡Cállese V.! exclamó con arrebato el Rayo; escuche V. bien lo que
voy a decirle y sobre todo saque provecho de mis palabras: aquéllos a
quienes esperaba V. encontrar no lejos de este sitio, no existen ya;
casi todos sus cadáveres son en este instante pasto de los buitres. Por
hoy han perdido Vds. la partida; créanme pues, vuelvan grupas.
El coronel titubeó espacio de un segundo, luego hizo avanzar algunos
pasos a su caballo, y con voz entrecortada por la emoción, dijo:
--Señor, no sé si es V. hombre o demonio para imponer de esta suerte,
solo contra todos, su voluntad a hombres valientes; para un soldado
nada significa la muerte, cuando al frente del enemigo recibe una bala
en medio del pecho; ya una vez he retrocedido delante de V., y no
quiero hacerlo otra; máteme V. pues, pero no me deshonre.
--Me place oírlo hablar este lenguaje, don Felipe, replicó con
frialdad el Rayo; el valor sienta bien en un militar; a pesar de sus
instintos rapaces y de sus hábitos de bandido, veo con gusto que no
carece V. de ánimo; no desespero pues de que tarde o temprano me quepa
proporcionarle ocasión de desquitarse conmigo, si una bala, al cortar
el hilo de su existencia, no interrumpe súbito la corriente de sus
buenas intenciones. Ea, añadió el Rayo como tomando una resolución
repentina, ordene V. a sus soldados, que están temblando como unas
gallinas, que retrocedan una docena de pasos; voy a darle en el acto la
satisfacción que desea.
--¡Ah! caballero, exclamó el coronel, ¿consentiría V...?
--¿En jugar mi vida contra la de V.? ¿por qué no? dijo el Rayo con voz
zumbona. Usted desea una lección y voy a dársela.
Inmediatamente don Felipe Neri volvió grupas, y dirigiéndose a sus
soldados les hizo retroceder, maniobra que éstos ejecutaron con la más
laudable solicitud.
Don Andrés de la Cruz, que así llamaremos en adelante al anciano,
dándole su verdadero nombre, había asistido como espectador íntimamente
interesado a la escena que hemos descrito y en la cual hasta entonces
no se atreviera a tomar parte.
Con todo, al ver el cariz que tomaban las cosas, se creyó en el deber
de aventurar algunas observaciones.
--Dispense V., caballero, dijo dirigiéndose al misterioso incógnito,
le agradezco en el alma su intervención en mi pro, pero permítame
le advierta que hace ya sobrado tiempo que estoy detenido en este
desfiladero y que desearía continuar mi viaje a fin de poner cuanto
antes a mi hija a cubierto de todo peligro.
--Ningún peligro amenaza a doña Dolores, señor, repuso con frialdad
el Rayo; este corto retardo no puede en modo alguno acarrearla malas
consecuencias; por otra parte, deseo que usted presencie el duelo que
va a verificarse aquí y que hasta cierto punto es en pro de su causa;
le ruego pues que tenga paciencia. Pero ahí está de regreso don Felipe;
pronto estaremos listos. Figúrese V. que apuesta en una riña de gallos;
créame, va V. a divertirse.
--Sin embargo..., arguyó don Andrés.
--De insistir va V. a disgustarme, caballero, interrumpió con aspereza
el Rayo. A ver, preste usted a don Felipe uno de los magníficos
revólveres que consigo trae y sé se los ha remitido desde París el
armero Devisme. Supongo que están cargados ¿eh?
--Sí, señor; lo están, respondió don Andrés entregando una de sus
pistolas.
Don Felipe tomó el arma, la volvió entre los dedos, y levantando la
cabeza con ademán contrariado, dijo:
--No sé servirme de esta clase de armas.
--Pues son muy sencillas, contestó cortésmente el Rayo, y va a conocer
perfectamente su mecanismo dentro de un par de segundos; señor don
Andrés, hágame V. el obsequio de explicar a don Felipe el sencillísimo
manejo de estas armas.
El español explicó el modo de usar el revólver al coronel, quien desde
luego se puso al cabo.
--Ahora, señor don Felipe, continuó el Rayo, siempre sereno e
impasible, escúcheme V. bien: consiento en darle la satisfacción que
de mí solicita, con tal que, sea cual fuere el resultado del duelo que
vamos a empeñar, se comprometa a volver grupas al instante dejando a
don Andrés y a su hija en libertad de continuar su viaje como más les
convenga: ¿acepta V.?
--Acepto, señor.
--Perfectamente; ahora lo que vamos a hacer es echar pie a tierra y
colocarnos a veinte pasos uno de otro; ¿le conviene a V. esta distancia?
--Sí, señor.
--Está bien; a una señal mía, pues, dispare V. sobre mí los seis tiros
de revólver; yo tiraré luego, pero una sola vez, porque el tiempo
apremia.
--Dispense V., señoría, ¿pero si le mato a V. de uno de los seis
disparos?
--¡Quía! señor, no va V. a matarme, respondió con frialdad el Rayo.
--¿Usted cree?
--Estoy seguro de ello; para matar a un hombre de mi temple, señor don
Felipe, respondió el Rayo con acento de ironía mordaz, es menester un
corazón animoso y una mano de bronce, y V. carece de ambas cosas.
Don Felipe no replicó, pero dominado por rabia sorda, pálida la frente
y las cejas juntas, fue a colocarse resueltamente a veinte pasos de su
adversario.
El Rayo echó pie a tierra, se plantó con arrogancia, irguió la cabeza,
avanzó la pierna derecha y cruzó los brazos a la espalda.
En esta posición y enfrente del coronel, dirigió a éste las siguientes
palabras:
--Procure V. apuntar bien; los revólveres, por buenos que sean, suelen
tener el defecto de enviar las balas un poco altas; no se apresure
usted. ¿Está ya? Bravo; puede V. disparar.
Don Felipe no aguardó a que se lo dijeran dos veces, sino que,
apretando el gatillo, hizo tres disparos seguidos.
--Demasiado aprisa, demasiado aprisa, gritó el Rayo al coronel, ni
siquiera he oído silbar las balas. No se apresure V. tanto y vea de
aprovechar las tres balas que le quedan.
Todos tenían la mirada fija en los duelistas y el corazón pendiente
de un hilo. Don Felipe Neri, desmoralizado por la impasibilidad de
su adversario y el mal éxito de sus disparos, a pesar suyo se sentía
fascinado por la negra estatua que ante él se erguía serena y de la
que solamente veía, al través de la máscara, brillar los ojos cual
ardientes brasas; de cada uno de sus cabellos, erizados de espanto,
pendía una gota de sudor; en una palabra, había perdido el ánimo.
Con todo, la cólera y el orgullo devolvieron al coronel la fuerza
necesaria para ocultar a los ojos de los asistentes la espantosa agonía
que estaba sufriendo; por un supremo esfuerzo de voluntad recobró
aparentemente la calma y disparó la cuarta bala.
--Esta vez lo ha hecho V. más bien, dijo con zumba el Rayo, pero
todavía ha pasado demasiado alta; a ver la otra.
Exasperado por esta última burla, don Felipe apretó el gatillo, y la
bala fue a dar contra la peña escasamente a una pulgada encima de la
cabeza del desconocido.
No quedaba sino una bala en el revólver.
--Adelante V. cinco pasos, dijo el Rayo; puede que así no desaproveche
el último tiro.
Don Felipe no contestó a este último sarcasmo, pero saltó como una
fiera, se colocó a quince pasos e hizo fuego.
--Ahora me toca a mí, dijo con toda tranquilidad el desconocido,
retrocediendo para restablecer la distancia primera; pero observo,
caballero, que se ha descuidado V. de descubrirse, y ésta es una falta
de cortesía que no tolero de ningún modo.
En pronunciando estas palabras, el Rayo empuñó una de las dos pistolas
que llevaba al cinto, la amartilló, tendió el brazo, disparó sin
tomarse la molestia de apuntar, y el sombrero del coronel, arrebatado
por el proyectil, cayó rodando por el polvo.
Don Felipe dio un rugido salvaje y exclamó:
--¡Es V. un demonio!
--No, replicó el Rayo, soy un hombre de alma. Ahora márchese V., le
perdono la vida.
--Parto, sí, dijo el coronel; pero sea usted quien sea, hombre
o demonio, juro matarle, aun cuando deba perseguirle hasta las
profundidades del averno.
El Rayo se acercó a don Felipe, le llevó violentamente aparte asido del
brazo, y levantando la máscara que le cubría el rostro le mostró sus
facciones, diciendo con voz reconcentrada:
--Va V. a conocerme ¿no es verdad? Lo único que le encargo ahora que
me ha visto cara a cara, es que no olvide que nuestro primer encuentro
puede ser mortal; márchese V.
Don Felipe se subió a caballo sin replicar palabra, se puso a la cabeza
de sus despavoridos soldados, y al galope tomó de nuevo el camino de
Orizaba.
Cinco minutos después, en la meseta no quedaban sino los viajeros y
sus criados. El Rayo, aprovechando sin duda el momento de desorden y
sorpresa producido por el final de la escena que hemos narrado, había
desaparecido.
V
LA HACIENDA DEL ARENAL
Cuatro días después de ocurridos los acontecimientos de que se hace
mérito en el anterior capítulo, el conde Luis del Saulay y Oliverio
todavía viajaban mano a mano, pero el lugar de la escena había cambiado
por completo. Alrededor de ellos se extendía una inmensa llanura
cubierta de feraz vegetación y regada por algunos ríos, en las márgenes
de los cuales estaban asentadas las humildes chozas de muchos pueblos
de escasa o ninguna importancia; acá y allá estaban pastando algunos
rebaños vigilados por vaqueros montados que llevaban la reata en la
silla, el machete al cinto y la larga pica en el descanso. En el
camino, cuyas amarillentas revueltas resaltaban sobre el color verde
del llano, se veían negruzcas manchas, que no eran sino recuas de mulas
que se dirigían hacia las nevadas montañas que limitan el horizonte;
grupos de árboles gigantescos daban variedad a la perspectiva, y algo
a la derecha, en la cúspide de una colina bastante elevada, se erguían
orgullosamente los robustos muros de una importante hacienda.
Los viajeros avanzaban a paso corto por las últimas sinuosidades de
angosta senda que suavemente bajaba al llano, y al llegar a un sitio en
que la cortina de árboles que les interceptaba la vista se separó a uno
y otro lado, la perspectiva pareció de repente ante ellos, cual si de
súbito la hubiese hecho surgir la prodigiosa varita de un mago.
Al ver el magnífico caleidoscopio que a sus miradas se ofrecía, el
conde lanzó un grito de admiración.
--Como sé que es V. hombre de gusto, le preparé esta sorpresa, dijo
Oliverio. ¿Qué le parece?
--Admirable; nunca he visto una perspectiva tan hermosa, exclamó el
joven con entusiasmo.
--Sí, dijo el aventurero ahogando un suspiro, para una perspectiva
echada a perder por la mano del hombre no está del todo mal; pero le
repito lo que tantas veces le he manifestado: solamente en las altas
sabanas del gran desierto mejicano es posible ver la naturaleza tal
cual Dios la ha creado; esto, en comparación, no es sino una decoración
de ópera, una naturaleza convencional que no tiene razón de ser y nada
significa.
--Convencional o no, replicó el conde riéndose de la humorada de su
interlocutor, yo hallo admirable la perspectiva.
--Ya le he dicho que no está del todo mal; pero imagine V. cuan hermoso
debió ser este paisaje en los primitivos días del mundo, cuando a
pesar de los torpes conatos de los hombres éstos no han conseguido aún
echarlo a perder enteramente.
--Por mi vida que es V. un compañero inapreciable, repuso el joven
redoblando la risa al escuchar lo que acababa de decir Oliverio; le
aseguro que una vez nos hayamos separado, a menudo echaré de menos su
agradable compañía.
--Pues prepárese V. a ello, señor conde, contestó el aventurero
sonriendo, porque pronto vamos a separarnos.
--¿Cómo se entiende?
--A lo sumo dentro de una hora; pero continuemos andando; el sol
empieza a calentar y la sombra de los árboles que se ven allá abajo nos
vendrá de perlas.
Los dos viandantes soltaron las riendas a sus caballos y anudaron al
paso el descenso casi insensible que debía conducirles al llano.
--¿No siente V. todavía necesidad de dar un poco de reposo al cuerpo,
señor conde? preguntó el aventurero mientras liaba con indolencia un
cigarrillo.
--De veras, no; gracias a V., este viaje, si bien algo monótono, me ha
parecido delicioso.
--¿Monótono ha dicho V.?
--¡Caramba! en Francia se cuentan hechos tan espeluznantes de las
tierras de ultramar, donde, según dicen, se encuentra uno con bandidos
emboscados a cada paso y no es posible andar diez leguas sin exponer
veinte veces la vida, que no sin aprensión desembarcamos los europeos
en estas playas. A mí me habían llenado la cabeza de historias
capaces de hacer poner de punta los cabellos, y francamente, esperaba
sorpresas, emboscadas, combates encarnizados y qué sé yo cuantas cosas
más. Pero ya ve V., nada, absolutamente nada ha ocurrido; he hecho el
viaje más prosaico del mundo, sin que durante él haya sobrevenido el
más leve accidente para poderlo yo referir más adelante.
--Todavía no ha salido V. de Méjico.
--Es cierto, pero esto no quita que vea desvanecidas mis ilusiones; ya
no creo en los bandidos mejicanos, ni en los feroces indios; no vale la
pena venir de tan lejos para no ver más de lo que uno ve en su propia
tierra. ¡Vayan al diablo los viajes! Hace cuatro días íbamos a vernos
en un lance, y tan es así, que cuando V. me dejaba a solas, forjaba en
mi imaginación los más belicosos proyectos; luego volvía V., al cabo
de dos largas horas, y me anunciaba sonriendo que se había equivocado,
que nada había visto. No me ha cabido sino tragarme todos mis designios
bélicos. Si esto es estar de chiripa, que venga Dios y lo vea.
--¿Qué quiere V.? replicó el aventurero con acento de imperceptible
ironía, la civilización se va infiltrando por tal modo entre nosotros,
que, salvo algunas ligeras diferencias, hoy nos paremos a las viejas
naciones de Europa.
--Chancéese V. y búrlese de mí cuanto quiera, dijo el conde; pero
volvamos al asunto.
--Esto pido, señor, replicó el aventurero. ¿Entre otras cosas no me
dijo V. que tenía el designio de dirigirse a la hacienda del Arenal,
y que si no se desviaba de su camino que conduce directamente hacia
Méjico, era porque temía extraviarse en una tierra a la que V. no
conocía y en la que dudaba encontrar quien fuese capaz de ponerle
nuevamente sobre la pista?
--Efectivamente, caballero.
--Pues bien, las cosas se simplifican extraordinariamente.
--¿Y eso?
--Mire enfrente de V., señor conde, ¿qué ve V.?
--Un magnífico edificio con todo el aspecto de una fortaleza.
--Pues el edificio ese es la hacienda del Arenal.
--¿De veras? ¿No me engaña V.? preguntó el conde.
--¡Para qué! respondió suavemente el aventurero.
--¡Oh! de esta suerte la sorpresa resulta buena cosa más agradable que
no supuse.
--A propósito, me olvidaba de una circunstancia que no deja de ser
importante para V.: hace ya dos días que sus criados y sus equipajes
están en la hacienda.
--Pero ¿quién puso en antecedentes a mis criados?
--Yo.
--¡Cómo V.! si puede decirse que no se ha movido de mi lado.
--Cortos fueron los momentos en que me separé de V., es verdad, pero
tuve lo bastante.
--Es V. un amabilísimo compañero, don Oliverio, y le agradezco en el
alma las atenciones de que me rodea.
--¡Bah! V. se chancea.
--¿Conoce V. al propietario de la hacienda esa?
--¿A don Andrés de la Cruz? ¡ya lo creo!
--¿Qué tal es?
--¿En lo moral o en lo físico?
--En lo moral.
--Un sujeto de gran corazón y clara inteligencia; prodiga el bien, y
atiende a pobres y a ricos.
--Magnífico es el retrato.
--Y me quedo corto. ¡Ah! se me olvidaba decir a V. que don Andrés tiene
muchos enemigos.
--¡Enemigos!
--Sí, todos los bribones de la comarca, y a Dios gracias abundan en
esta bendita tierra.
--¿Y su hija doña Dolores?
--Es una deliciosa niña de dieciséis años, todavía más buena que
hermosa; inocente y pura, sus ojos reflejan el cielo; es un ángel a
quien ha placido a Dios colocar en la tierra, sin duda para vergüenza
de los hombres.
--V. va a venirse conmigo a la hacienda, ¿no es eso? preguntó el conde.
--No; dentro de algunos minutos tendré el honor de despedirme de V.
--Supongo que para vernos de nuevo cuanto antes.
--No me atrevo a prometérselo a V., señor conde.
Oliverio y el joven caminaron algunos instantes más mano a mano,
guardando el más profundo silencio y aguijando a sus cabalgaduras, con
lo que se iban acercando rápidamente a la hacienda, cuyos edificios
aparecían ya por completo.
Era la del Arenal una de esas magníficas residencias construidas
durante los primeros años de la conquista, entre palacio y fortaleza,
semejante a las que los españoles levantaban por aquellos tiempos en
sus dominios, a fin de mantener a raya a los indios y resistir a las
continuas y sangrientas revueltas de éstos.
Las almenas que coronaban los muros de la hacienda proclamaban la
nobleza de su propietario, ya que únicamente los nobles gozaban del
derecho de almenar sus moradas y de cuyo derecho se mostraban por demás
celosos.
La cúpula de la capilla de la hacienda, que sobresalía de las murallas,
brillaba a los ardorosos rayos del sol.
A medida que los viajeros iban acercándose, el paisaje iba cobrando
nueva vida; a cada paso se encontraban con jinetes, arrieros guiando
sus recuas de mulas, indios que corrían llevando bultos a cuestas
suspendidos de una correa que les pasaba alrededor de la frente,
rebaños conducidos por vaqueros y que iban en busca de nuevo pasto,
frailes trotando sobre sendas mulas, mujeres, niños, en una palabra,
gente atareada de todos estados y de uno y otro sexo que iban, venían y
se cruzaban en todas direcciones.
Al llegar al pie de la colina sobre la cual se asentaba la hacienda
y en el instante en que iba a penetrar en la senda que conducía a la
puerta principal del edificio, el aventurero detuvo a su caballo, y
volviéndose hacia el joven, le dijo:
--Señor conde, hemos llegado al término de nuestro viaje; con su
permiso pues me retiro.
--No sin prometerme antes que vamos a vernos de nuevo.
--Me es imposible empeñar tal promesa, señor conde; nuestros caminos
son diametralmente opuestos, y por otra parte quizá valdría más que no
volviésemos a vernos.
--¿Qué quiere V. decir?
--Nada personal ni ofensivo para V.; permítame que le estreche la mano
antes de separarnos.
--De todo corazón, exclamó el joven tendiéndole efusivamente la diestra.
--Adiós, dijo Oliverio; el tiempo vuela y a estas horas debía
encontrarme ya muy lejos de aquí.
El aventurero se inclinó sobre el cuello de su caballo y con la
rapidez de la flecha se internó en un sendero por él que no tardó en
desaparecer.
--¡Vaya un carácter singular! murmuró el joven. ¡Oh! volveré a verle,
es menester que así sea.
El conde oprimió suavemente los ijares de su cabalgadura y penetró en
el sendero que en pocos minutos debía conducirle a la cúspide de la
colina y a la puerta principal de la hacienda.
Oliverio anduvo acertado al decir que al conde le estaban esperando en
la hacienda; en efecto, éste vio dos criados que, de pie en la puerta,
al parecer acechaban su llegada.
El joven se apeó en el primer patio y abandonó su caballo en manos de
un palafrenero que lo condujo a la caballeriza.
En el instante en que el conde se encaminaba hacia una gran puerta
sombrada por una marquesina y que daba paso a las habitaciones, don
Andrés salió por ella, voló solícito a su encuentro, le estrechó
efusivamente contra su corazón, y después de besarle repetidas veces,
dijo:
--¡Alabado sea Dios! por fin ha llegado V.; ya empezábamos a estar
cuidadosos.
El conde, cogido de improviso, se dejó abrazar y besar sin darse cuenta
cabal de lo que le pasaba, ni atinando con quién se las había; pero el
anciano, advirtiendo la admiración de su huésped y que éste a pesar de
sus esfuerzos no conseguía disimularla del todo, le sacó del aprieto
nombrándose y añadiendo:
--Soy su pariente cercano, mi querido conde; su primo; así pues no
tenga V. empacho, obre con entera libertad; esta casa y cuanto en ella
se encierra está a su disposición.
El joven se deshizo en excusas; pero don Andrés le interrumpió,
diciendo en tono festivo:
--¡Válgame Dios! ¿dónde tengo la cabeza? le entretengo aquí contándole
mis chocheces y me olvido de que acaba de hacer V. un largo viaje a
caballo y por consiguiente de que necesita reposo. Venga V., quiero
darme la satisfacción de conducirle yo mismo a sus habitaciones; hace
ya muchos días que están dispuestas.
--Mi querido primo, contestó el conde, le agradezco en el alma los
agasajos de que me colma, pero creo sería conveniente que me presentase
V. a mi prima antes de retirarme.
--Esto no corre priesa, mi querido conde; mi hija se encuentra ahora en
su tocador con sus doncellas. Primeramente deje que le anuncie; sé más
bien que V. lo que conviene hacer en estas circunstancias. Vaya V. a
descansar.
--Como V. quiera, primo; por otra parte le confieso, ya que me hace el
favor de dejarme en completa libertad, que no sentiré tomar algunas
horas de reposo.
--¿No decía yo? repuso alegremente don Andrés, todos los jóvenes son
iguales: no saben de la misa la media.
El hacendero condujo entonces a su huésped a una habitación previamente
dispuesta y amueblada con gusto bajo la inmediata inspección de don
Andrés; la cual estaba destinada al conde para todo el tiempo que a
éste le pluguiese permanecer en la hacienda, y a la que habían sido ya
transportadas sus maletas.
Al conde le estaba aguardando su ayuda de cámara.
La habitación que hemos dicho, no era espaciosa, pero estaba muy
bien distribuida y, atendidos los recursos del país, ofrecía muchas
comodidades. Se componía de cuatro piezas: el dormitorio del conde con
su gabinete tocador y cuarto de baños anejo, un estudio que hacía las
veces de salón, antecámara y un aposento para los criados, a fin de
que aquél pudiese utilizarlos de día y de noche. Por medio de algunos
tabiques, la habían separado, hecha del todo independiente de las demás
habitaciones de la hacienda, y en ella se penetraba por tres puertas:
una que daba al vestíbulo, otra al patio común y otra, de la que
partían algunos escalones, que daba acceso a la magnífica huerta de la
hacienda, huerta que por lo vasta merecía el título de parque.
El conde, recién desembarcado en Méjico, y que al igual que todos los
extranjeros tenía una idea errónea de un país al que no conocía, estaba
muy lejos de presumir que en la hacienda del Arenal iba a encontrar una
instalación tan cómoda y por tal modo adaptaba a sus gustos y a sus
costumbres un tanto graves; así es que se sintió enajenado y dio a don
Andrés las más calurosas gracias por la molestia que se tomara para
hacerle agradable su estancia en la hacienda, y aun le significó cuan
distante estaba de esperar un recibimiento tan amable.
Don Andrés de la Cruz, hondamente satisfecho de este cumplido, se frotó
las manos con alegría y se retiró, dejando a su pariente en libertad de
entregarse al reposo.
Una vez a solas con su ayuda de cámara, el conde, después de cambiar el
traje que llevaba por otro más adecuado a la vida de campo, interrogó
a su criado respecto del modo como había efectuado su viaje desde
Veracruz y como le recibieran a su llegada a la hacienda.
El mencionado ayudante de cámara, hermano de leche del conde, de quien
era devotísimo, tenía poco más o menos la misma edad que éste, y sobre
ser robusto, bien formado, de presencia agradable y valeroso, le
adornaba una cualidad preciosa en un criado, la de ser ciego, sordo y
mudo. Efectivamente, no hablaba sino conminado por orden expresa y aun
en este caso era por demás lacónico. El conde le quería mucho y tenía
en él ilimitada confianza.
Raimbaut, que así se llamaba el criado, sentía por su amo un respeto
profundo, y, siempre esclavo de la etiqueta, no le hablaba nunca sino,
en tercera persona. Fuese cual fuese la hora del día o de la noche
que el conde le llamase, se presentaba ante él ostentando el severo
traje que había adoptado, compuesto de casaca negra, a la francesa,
de cuello recto y botonadura de oro, chupa y calzones negros, medias
de seda blancas, zapatos con hebilla y corbata blanca. Excepto los
polvos, que no llevaba, vestido de esta suerte Raimbaut asumía todas
las apariencias de un intendente de encopetado señor del pasado siglo.
El otro criado del conde era un mocetón de unos veinte años, robusto y
de musculatura atlética. Ahijado de Raimbaut, que se había encargado
de instruirle en las prácticas del servicio, desempeñaba las mecánicas
más pesadas y vestía la librea del conde, azul y plata; se llamaba
Lanca Ibarru, era adicto a su amo y temía como al fuego a su padrino, a
quien profesaba una veneración profunda. Valiente si los hay, astuto
e inteligente, empañaban un tanto estas cualidades su glotonería y su
afición al dolce far niente.
Corto fue el relato de Raimbaut: nada absolutamente le había pasado
sino recibir por conducto de un desconocido una orden de su amo para
que en vez de continuar su viaje hasta Méjico se hiciese conducir al
Arenal, como así lo había efectuado.
El conde, que vio era cierto lo que el aventurero le dijera, despidió a
su ayuda de cámara, se arrellanó en una butaca y abrió un libro; pero a
no tardar y apoderándose de él el sueño, se durmió.
A eso de las cuatro de la tarde y en el preciso instante en que el
conde se despertaba, Raimbaut entró en el dormitorio de éste y le
anunció que don Andrés de la Cruz le estaba aguardando para comer.
El conde dirigió una mirada a su tocado y precedido de Raimbaut, que le
servía de guía, se encaminó hacia el comedor.
VI
POR LA VENTANA
El comedor de la hacienda del Arenal, espacioso y largo, recibía luz
por ventanas ojivales de pintadas vidrieras, sus paredes estaban
cubiertas de ensambladuras de roble ennegrecido por los años, que le
daban el aspecto de un refectorio de Cartujos del siglo XV, y en medio
de él había una gran mesa en forma de herradura, rodeada de bancos
excepto en la testera.
Al penetrar el conde del Saulay en la mencionada pieza, casi todos los
comensales, unos veinticinco, se encontraban ya reunidos en ella.
Don Andrés, al igual que muchos de los grandes propietarios mejicanos,
había conservado en sus posesiones la costumbre de hacer comer con él a
sus criados.
Esta costumbre patriarcal, largos años ha caído en desuso en Francia,
a nuestro modo de ver era una de las mejores que nos legaron nuestros
padres, pues la vida en común estrechaba los lazos que unían los amos a
los criados y enfeudaba a éstos, por decirlo así, a la familia, con la
que hasta cierto punto compartían la vida íntima.
Don Andrés de la Cruz estaba en pie en la testera del comedor, entre
sus hijos Melchor y Dolores.
Respecto de esta última nada diremos, pues el lector ya la conoce;
por lo que hace a don Melchor, que vestía el traje mejicano en toda
su pureza, tenía poco más o menos la misma edad que el conde, y su
aventajada estatura y complexión robusta hacían de él un buen tipo
en la acepción vulgar de la palabra. Tenía las facciones varoniles y
distinguidas, negra y poblada la barba, grandes los ojos y de mirar
fijo y perspicaz, color moreno subido ligeramente aceitunado, voz un
tanto áspera y rostro sombrío, que a la más leve emoción cobraba una
expresión de amenaza y de altivez terribles. Por lo demás su ademán era
noble y exquisitos sus modales.
Una vez el señor de la Cruz hubo hecho las presentaciones, los
comensales se sentaron alrededor de la mesa; luego el hacendero hizo
colocar al conde a su derecha, al lado de doña Dolores, dirigió una
seña a ésta, que dijo el -Benedicite,- los convidados contestaron
-amén,- y empezó la comida.
Al igual que sus antepasados los españoles, los mejicanos son muy
sobrios y no beben durante la comida; únicamente a los postres, cuando
sirven los dulces, colocan vasos de agua en la mesa.
Don Andrés de la Cruz, por un exceso de cortesanía, había mandado que
sirviesen vino a su huésped francés, el cual era atendido por su ayuda
de cámara, que, con grande admiración de los circunstantes, estaba de
pie detrás de él.
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