--¡Zambomba! mucho era para un hombre solo. --No mucho, excelentísimo señor, pues apenas reciben a nadie. --¿Y desde cuándo desempeñas tan honroso oficio, canalla? --Desde hace doce días. --¿Así pues formabas parte de la gavilla que intentó penetrar a viva fuerza en casa de esas señoras? --Sí, excelentísimo señor; pero no logramos nuestro objeto. --Lo sé; pero dime, ¿a lo menos te pagan bien? --Don Melchor no me ha dado todavía dinero alguno, pero me ha prometido cincuenta onzas. --Nada le cuestan las promesas a tu capitán: le es más fácil prometer cincuenta onzas que dar diez pesos. --¿Vuecencia lo cree así? Don Melchor está rico. --¿Quién, él? está más pobre que tú. --¡Malo! lo siento, pues todavía no he conseguido economizar sino deudas. --Como eres un botarate; mereces lo que te está pasando. --¿Yo, excelentísimo señor? --¿Quién pues? En lugar de ponerte al servicio de los que podrían pagarte, te afilias a un miserable que no posee donde caerse muerto. --¿A quiénes se refiere vuecencia? Confieso que tengo los colmillos muy aguzados y que les serviré con entusiasmo. --¡Lo creo! ¿Pero tú te imaginas que voy a perder el tiempo dándote consejos? --Sí vuecencia quisiese le serviría a las mil maravillas. --¿Tú? ¡quita allá! --¿Por qué no? --Siendo, como eres, enemigo de las personas a quienes quiero, debes serlo mío. --¡Cómo yo lo hubiese sabido! --¿Qué hubieras hecho? --No lo sé, pero de fijo que no las habría espiado; empléeme vuecencia, se lo ruego. --Maldito si sirves para cosa buena. --Sujéteme vuecencia a prueba. El aventurero hizo como que reflexionaba. Jesús Domínguez aguardaba con ansiedad. --No, dijo por fin don Jaime, no puedo contar contigo. --¡Qué poco me conoce vuecencia! ¡Si vuecencia supiese cuán devoto le soy! --Ahí una devoción que te nació de repente, profirió don Jaime dando una carcajada. Sin embargo me avengo a hacer un ensayo; pero como me engañes... --No diga vuecencia una palabra más, le conozco. Nada tema vuecencia, quedará satisfecho de mí. ¿De qué se trata? --Sencillamente de cambiar de casaca. --Comprendo; es fácil. Mi amo no dará paso que vuecencia no lo sepa. --Está bien. ¿No tiene un amigo íntimo don Melchor de la Cruz? --Sí, excelentísimo, señor, un tal don Antonio Cacerbar: están unidos como los dedos de la mano. --No harás mal en vigilarle al mismo tiempo. --Perfectamente. --Y como todo trabajo merece recompensa, ahí va media onza. --¡Media onza! profirió Domínguez con gesto radioso. --Pero como necesitas dinero, voy a adelantarte la paga de veinte días. --¡Diez onzas! ¡Vuecencia va a darme diez onzas! ¡Oh, es imposible! --Mira si es posible que ahora mismo voy a dártelas, repuso don Jaime sacándoselas del bolsillo y poniéndolas en la mano de Domínguez, que se apoderó de ellas trémulo de gozo y exclamando: --Ya pueden despabilarse don Melchor y su amigo. --Sobre todo sé diestro, pues los dos son muy astutos. --Ya les conozco; pero se las han con uno más astuto que no ellos; fíe V. en mí. --Esto te atañe a ti; lo que te digo es que al menor descuido te mando a paseo. --No habrá para qué. --Si no recuerdo mal, me has dicho que eres listo de manos. --En efecto lo soy, excelentísimo señor. --Pues bien, si por acaso a esos caballeros se les caen algunos papeles importantes, cógelos y tráemelos inmediatamente; porque has de saber que soy muy curioso. --Basta; si no los hallo en el suelo los buscaré en otra parte. --Aprobado; pero oye, los papeles te los pagaré aparte; te daré tres onzas por cada uno de ellos si valen la pena. Como te equivoques, peor para ti, pues no cobrarás nada. --Ya me las compondré para que los dos quedemos satisfechos, excelentísimo señor. ¿Quiere vuecencia decirme ahora dónde le encontraré cuando se me ocurra comunicarle algo o entregarle algún documento? --De tres a cinco de la tarde me paseo todos los días por las inmediaciones del canal de las Vigas. --Allá iré. --Sobre todo sé prudente. --Como una zorra. --Adiós y ojo al Cristo. --Tengo el honor de saludar a vuecencia. Los dos interlocutores se separaron. Don Jaime, después de haber ordenado al viejo criado de su hermana, el cual durante la conversación que acabamos de transcribir había tenido la puerta abierta, que entrase y la atrancase fuertemente, se dirigió hacia la vivienda de los jóvenes, frotándose las manos. El conde y su amigo, inquietos por la larga ausencia de don Jaime, le estaban aguardando llenos de ansiedad, y ya se disponían a salir en su busca cuando éste entró. Domingo y Luis recibieron al aventurero con muestras del más vivo gozo y le pidieron les enterase de lo que acababa de ocurrir. Don Jaime, que vio no existía razón alguna para callar a sus amigos lo que pasara, les contó por menudo la conversación que había sostenido con Domínguez y como por fin indujera a éste a traicionar a su amo para servirle a él de espía. Don Jaime, el conde y Domingo permanecieron reunidos hasta la llegada del día, y al separarse dijo aquél: --Amigos míos, por singular que les parezca a Vds. mi conducta, no la juzguen todavía; sólo me faltan algunos días para dar fin a la obra que desde hace tantos estoy preparando; suceda lo que quiera, en el momento decisivo lo comprenderán Vds., todo. Tengan pues paciencia, máxime cuando están Vds. más interesados que no suponen en el buen éxito de este negocio, y no olviden que me han jurado estar prontos a prestarme su ayuda en cuanto yo la reclame. El aventurero estrechó afectuosamente la mano a sus amigos y se fue. Durante la semana que siguió a aquel día no ocurrió hecho alguno digno de mención. Sin embargo, en la capital reinaba una inquietud sorda; en calles y plazas se formaban numerosos grupos en los que se comentaban las noticias políticas. En los barrios comerciales las tiendas se abrían sólo por espacio de algunas horas, y como los indios no acudían sino en muy escaso número a proveer la plaza y aun éstos traían poquísimo, cada día era mayor la escasez de víveres, y más elevado el precio de éstos. La población era pábulo de una zozobra que nadie acertaba a explicarse claramente; cada uno por sí sentía que la crisis avanzaba a pasos agigantados y que no tardaría en reventar con furor terrible la tempestad tanto tiempo hacía suspendida sobre Méjico. Don Jaime, aparentemente a lo menos, llevaba la vida ociosa del hombre a quien sus bienes de fortuna ponen a cubierto de todas las eventualidades y para el cual ninguna importancia asumen los acontecimientos políticos; iba y venía de acá para allá por plazas y calles, fumando y prestando oído atento a todas las conversaciones como un papamoscas y aceptando por buenas las monstruosas necedades que propalaban los noticieros de encrucijada, aunque sin decir esta boca es mía. Luego, de tres a cinco de la tarde, se iba a dar una vuelta por las inmediaciones del canal de las Vigas, donde se encontraba con Jesús Domínguez, con quien conversaba largo rato mano a mano, para separarse después mutuamente satisfechos. No obstante hacía dos o tres días que don Jaime parecía no estar tan contento de su espía, con quien había cruzado palabras mordaces y amenazas encubiertas. --Amigo Domínguez, dijo el aventurero a su espía a la sexta o séptima entrevista celebrada con él, váyase V. con tiento, pues por lo que husmeo quiere V. jugar con dos barajas; ya sabe V. que tengo buen olfato. --Señor, profirió Domínguez, le soy a V. fidelísimo; soy incapaz de traicionar a un caballero tan generoso como V. --Puede; como quiera que sea dese V. por advertido y proceda como tal, y sobre todo no deje de traerme mañana los papeles que me promete hace tres días. Dicho esto, don Jaime se separó del espía dejando a éste todo atarugado con tal fraterna y sobre todo muy desasosegado respecto del modo como, de no obrar con prudencia, podían revolverse contra él las circunstancias. Porque, hay que confesarlo, el señor Jesús Domínguez no tenía muy tranquila la conciencia: las sospechas de don Jaime no estaban destituidas de fundamento; si el espía no había aún vendida a su generoso protector, no era porque no hubiese pensado en hacerlo, y para un hombre como el guerrillero; del plan a la ejecución no había sino un paso. Así es que Jesús Domínguez resolvió rehabilitarse en el ánimo de don Jaime por medio de un acto sonado a fin de reconquistar su confianza, dejando para más adelante el abusar de ella. A este efecto se decidió a apoderarse de los papeles que el aventurero le reclamaba y traérselos al día siguiente, resuelto, no obstante, como en ello saliese ganando un buen pico, a robárselos después. A la tarde siguiente y a la hora convenida, don Jaime se encontraba en el lugar de la cita, y a poco se le reunió Domínguez, quien con los grandes alardes de devoción que tenía por costumbre, le entregó un mazo de papeles bastante voluminoso. El aventurero dirigió una rápida mirada al mazo, lo hizo desaparecer debajo de su capa, y en poniendo una pesada bolsa en la mano del guerrillero, volvió prontamente la espalda a éste sin dignarse escuchar sus protestas de adhesión. --¡Demonios! murmuró Domínguez, no parece estar hoy muy blando; no le dejemos tiempo de que tome precaución alguna. Por chiripa descubrí donde vive. No hay que perder minuto; voy a contárselo todo a don Melchor, a quien daré a entender que hice lo que hice para inspirar confianza a su enemigo y entregárselo más fácilmente; y como en efecto se lo entregaré, no podrá menos de quedar satisfecho y de felicitarme por mi destreza, ¡Vive Dios! no hay como tener talento, y yo le tengo de veras. Mientras se dirigía a sí mismo estas alabanzas, Jesús Domínguez, que iba con la cabeza gacha como las gentes que se entregan a la meditación, fue a dar contra dos individuos que caminaban delante de él cogidos del brazo y hablando de sus negocios. Dichos individuos eran probablemente de carácter poco sufrido porque se volvieron con viveza y dirigieron algunas palabras bastante duras al guerrillero. El cual, conociendo que era culpado y trayendo como traía consigo una cantidad de dinero considerable, no tenía ganas de hacer un mal negocio, se excusó del mejor modo que supo; pero los desconocidos no quisieron atender razón alguna y continuaron apellidándole bruto, animal y otras lindezas por el estilo. Por mucha que fuese la paciencia del guerrillero, acabó por perderla, y dejándose llevar de la cólera, echó mano a su cuchillo. Este gesto imprudente fue causa de su perdición; los desconocidos se abalanzaron a él, le derribaron y le mataron a puñaladas; luego, como la calle teatro de tan poco edificante escena estaba desierta y por consiguiente nadie la había presenciado, los homicidas se alejaron con toda tranquilidad, no empero sin antes haber desvalijado al difunto, al que no dejaron objeto alguno que pudiese identificarle. Tal fue el fin del señor Jesús Domínguez. Dos horas después los celadores levantaron el envarado cuerpo del guerrillero, y como nadie le conocía, lo arrojaron sin ceremonia alguna a una hoya abierta en un cementerio, y aquí paz y después gloria. A don Melchor tal vez le admiró no ver más al guerrillero, pero como era muy problemática la confianza que éste le inspiraba, supuso que Jesús, después de haberse hecho culpado de alguna sustracción, había creído conveniente poner tierra de por medio, y no pensó más en él. XVIII PRINCIPIO DEL FIN Miramón no había desperdiciado los contados días transcurridos desde su última entrevista con don Jaime. Decidido a jugar el todo por el todo, no quiso arriesgarse antes de haber puesto de su lado sino todas las probabilidades de éxito, a lo menos igualado el partido para que la lucha, que debía ser decisiva fuere cual fuese su resultado, favoreciese lo más posible sus proyectos. No sólo el presidente se ocupaba con actividad suma en reclutar y organizar su ejército y en armarlo de un modo formidable, sino que también, comprendiendo cuan perjudicial le era la sustracción de los seiscientos sesenta mil pesos de la Convención inglesa, efectuada en la casa misma del cónsul de S. M. británica, hacía enérgicos esfuerzos para remediar el mal que le causara este golpe de mano, a cuyo efecto estaba negociando un arreglo por el cual se comprometía a devolver en Londres mismo el dinero de que tan malhadadamente se apoderara; alegando, para paliar esta acción atrevida, que no había sido sino un acto de represalias contra Mr. Mathew, representante del gobierno británico, cuyas incesantes maquinaciones y no interrumpidas demostraciones hostiles contra el gobierno reconocido de Méjico habían colocado al presidente en la situación crítica en que se hallaba; y en prueba de lo que decía citaba el hecho de haberse encontrado, después de la batalla de Toluca, en los equipajes del general Degollado, un plan de ataque de Méjico, escrito de puño propio de Mr. Mathew, acto que por parte del representante de un gobierno amigo constituía una felonía. El presidente, para dar más fuerza a esta declaración, había mostrado el mencionado plan a los representantes extranjeros que residían en Méjico, y luego hecho traducir y publicar en el diario oficial, lo que produjo todo el efecto que aquél esperaba, esto es, aumentó el odio instintivo de la población contra los ingleses y a él le restituyó algunas simpatías. Miramón, tras prodigiosos esfuerzos, logró reunir un ejército de ocho mil hombres, pocos por cierto contra los veinticuatro mil que le amenazaban; porque es de saber que el general Huerta, cuya conducta había sido indecisa de algún tiempo a aquella parte, por fin decidiera salir de Morella al frente de cuatro mil hombres, que unidos a los once mil de González Ortega, a los cinco mil de Gazza Amondia y a los cuatro mil de Aureliano Carvajal y de Cuéllar, formaban un efectivo de veinticuatro mil hombres que, en efecto, se encaminaban a marchas forzadas contra la capital, ante cuyos muros no tardarían en presentarse. La situación iba siendo más y más crítica por momentos. Los vecinos de Méjico, que ignoraban los proyectos de Miramón, eran pábulo del terror más vivo y a cada instante temían ver desembocar las cabezas de las columnas juaristas y sufrir los horrores de un sitio. Miramón, que ante todo deseaba no perder el aprecio de sus conciudadanos y calmar los exagerados temores de la población, resolvió convocar al ayuntamiento, al cual se esforzó en dar a comprender, en un sentido discurso, que su intención no había sido nunca aguardar al enemigo tras los muros de la ciudad, sino que, por el contrario, estaba resuelto a atacarle en campo raso, y que cualquiera que fuese el resultado de la batalla que se proponía librar, la ciudad no tenía que temer un sitio. Esta seguridad calmó un tanto los temores de los vecinos de Méjico y detuvo como por arte de magia las tentativas de desorden y los gritos sediciosos que los partidarios de Juárez, escondidos en la ciudad, avivaban en los grupos reunidos en las plazas. Una vez el presidente creyó haber tomado todas las precauciones que las circunstancias exigían, para atacar al enemigo sin demasiada desventaja, y al mismo tiempo dejar en Méjico las fuerzas necesarias para mantenerla sujeta al deber, reunió un nuevo consejo de guerra a fin de discutir el plan más conveniente para sorprender y derrotar al enemigo. Este consejo de guerra duró muchas horas, y en él se formularon gran número de proyectos, unos, como acontece siempre en tales circunstancias, impracticables, y otros, que de adoptarlos, podían haber salvado al gobierno. Por desgracia en aquella ocasión el presidente, por lo común tan sensato y prudente, se dejó dominar por su resentimiento personal en lugar de atender al verdadero interés de la nación. Don Benito Juárez, primer presidente de la república mejicana que desde la proclamación de la independencia haya pertenecido al elemento civil, era abogado. Ahora bien, como éste no era militar y por lo tanto no podía ponerse al frente de su ejército, había fijado su residencia en Veracruz, a la que provisionalmente hiciera su capital, y nombrado a González Ortega general en jefe, confiriéndole latísimos poderes en lo que se refería a la estrategia militar, y reservándose para sí y en absoluto la parte diplomática. Ortega fue quien venció a Miramón en Silao, y como el presidente no olvidó nunca esta derrota y ardía en deseos de lavar la afrenta que en tal circunstancia recibiera, olvidando su habitual prudencia, contra el parecer de sus más discretos consejeros insistió para que el primer ataque fuese dirigido contra el ejército de Ortega. Por lo demás, aunque las causas que el presidente alegaba para hacer adoptar semejante resolución eran bastante especiosas, no estaban destituidas de lógica: pretendía que siendo como era Ortega general en jefe y encontrándose al frente del cuerpo de ejército más numeroso, de derrotarle conseguía introducir la desmoralización en el campo enemigo y acabar con éste. Con tanta elocuencia y obstinación sostuvo el presidente su parecer, que acabó por vencer la oposición de los miembros del consejo y hacer adoptar el plan que él concibiera. Miramón, no queriendo entonces perder tiempo en poner en ejecución su plan, ordenó lo necesario para que al día siguiente pudiese revistar las tropas y fijó la partida para el mismo día a fin de no dejar que se entibiara el entusiasmo de los soldados. Una vez levantado el consejo de guerra, el presidente se retiró a sus habitaciones, con objeto de tomar sus disposiciones postreras, poner en orden sus asuntos personales y quemar algunos papeles comprometedores que no quería fuesen a parar a manos ajenas. Algunas horas hacía ya que Miramón estaba encerrado en su gabinete, cuando en hora avanzada de la noche el ujier de servicio le anunció la visita de don Jaime. --Que entre inmediatamente, dijo Miramón. El cual, una vez el ujier hubo introducido al aventurero, dijo a éste: --¿Me permite V. continuar? No me falta sino ordenar algunos papeles. --Haga V., mi general, respondió don Jaime sentándose en una butaca. El presidente anudó su por un instante interrumpido trabajo, mientras don Jaime le contemplaba con indecible melancolía. --¿Conque está V. definitivamente resuelto, mi general? preguntó el aventurero al cabo de un rato. --Sí, echada está la suerte; y si no fuese ridículo compararme a César, diría que he pasado el Rubicón; voy a presentar batalla a mis enemigos. --No repruebo la resolución; es digna de V., mi general; pero permítame que le pregunte cuando decide emprender la marcha. --Mañana, en terminando la revista que he ordenado. --Bien está, me sobra tiempo para expedir tres exploradores inteligentes que le informarán a usted exactamente de la posición del enemigo. --Aunque ya se han puesto muchos en camino, dijo Miramón, acepto con gratitud su ofrecimiento, don Jaime. --Ahora dígame qué dirección piensa V. tomar y el cuerpo de ejército que ha resuelto V. atacar el primero. --Voy a coger el toro por las astas, respondió Miramón; mi resolución es atacar a González Ortega. El aventurero movió a un lado y a otro la cabeza; pero no atreviéndose a oponer reparo, se limitó a murmurar: --Está bien. El presidente se levantó entonces de su bufete, y yendo a sentarse al lado de don Jaime, dijo con acento jovial: --Ya he concluido. ¡Ea! adivino que quiere V. hacerme una comunicación importante. Diga usted. --No se equivoca V., general; hágame V. el favor de enterarse de este papel. El presidente tomó uno doblado en cuarto que don Jaime le tendió, y después de leerlo sin manifestar la más leve sorpresa, lo devolvió a éste, quien le preguntó: --¿Ha leído V. la firma? --Sí, respondió fríamente Miramón, es una carta credencial de don Benito Juárez para que sus secuaces atiendan a Antonio Cacerbar, a cuyo favor está expedida. --Esto es. ¿Le queda a V. todavía alguna duda respecto de la traición de ese hombre? --Ninguna. --Perdóneme V. que le interrogue, general; pero ¿qué determina V. hacer? --Nada. --¡Cómo nada! exclamó don Jaime con no fingida sorpresa. --Nada, lo repito. --No le comprendo a V., mi general, murmuró el aventurero lleno de estupor. --Escúcheme V. don Jaime, dijo Miramón con voz suave y penetrante; don Francisco Pacheco, embajador extraordinario de S. M. la reina de España, desde su llegada a Méjico me ha prestado señaladísimos servicios. Después de la rota de Silao, cuando mi situación era de las más precarias, no vaciló en reconocer mi gobierno; después me ha prodigado los más sanos consejos y dado las mayores pruebas de simpatía; su conducta ha sido tan benévola para conmigo, que ha comprometido su posición diplomática, y tan pronto Juárez en el poder, éste le expedirá sus pasaportes. El señor Pacheco sabe esto perfectamente, y sin embargo, ni aun en este instante en que estoy casi perdido ha variado su proceder. Confieso a usted que sólo cuento con él para, en el caso probable de una derrota, conseguir del enemigo buenas condiciones, no para mí, sino para los desgraciados habitantes de esta ciudad y para aquéllos que por amistad hacia mí han arrostrado mayores compromisos últimamente. Ahora bien, el hombre cuya traición me denuncia usted, traición flagrante y que no admite réplica, no sólo es español y ostenta un apellido ilustre, sino que me lo recomendó personalmente el embajador, cuya buena fe indudablemente sorprendieron y que en esta circunstancia ha salido engañado el primero. El objeto primordial del cometido del señor Pacheco, como V. no ignora, es pedir satisfacción de las muchas injurias inferidas a sus compatriotas, y reparación de los vejámenes de que éstos han sido víctimas durante largos años. --Lo sé, mi general, profirió don Jaime. --Bien; ¿qué pensaría ahora el embajador si yo sumariase por crimen de alta traición, no sólo a un español perteneciente a la más encumbrada nobleza del reino, sino a un hombre de quien él me ha salido fiador? ¿Cree V. que le halagaría tal procedimiento por mi parte, después de los favores que me ha prestado y de los que pronto tal vez puede aún prestarme? Quizá me diga V. que yo podría hacer uso de esa carta y tratar confidencialmente de este asunto con el embajador; pero el insulto sería aún más grave como obrase yo de esta suerte, como voy a demostrárselo: don Francisco Pacheco es el representante de un gobierno europeo y pertenece a la antigua escuela diplomática de los comienzos de este siglo; por estas y otras razones que me callo, nos tiene a los diplomáticos y gobernantes americanos en un muy mediano concepto: y tan pagado está de su valer, que si yo fuese bastante cándido para demostrarle que se ha dejado burlar por un pillo, se pondría furioso, no porque le hubiesen engañado, sino porque yo habría desenmascarado al engañador, y herido en su amor propio nunca me perdonaría la ventaja que el acaso me daría sobre él. ¿Y qué saldría yo ganando con ello? que convertiría un amigo útil en enemigo irreconciliable. --Atendibles sondas razones que se digna V. darme, mi general, dijo don Jaime; pero esto no quita que ese hombre sea un traidor. --Lo es, pero; no tonto; como mañana libre yo batalla y quede vencedor, esté V. persuadido de que continuará siéndome, fiel, como lo hizo ya en Toluca. --Fiel hasta que se le presente ocasión propicia de traicionarlo a V. definitivamente. --¿Quién sabe? tal vez de aquí a entonces hallemos como deshacernos de él sin publicidades ni ruidos. El aventurero reflexionó por espacio de unos segundos, y luego dijo prontamente: --Me parece haber dado con el modo. --Deje que primeramente le dirija a V. una pregunta y prométame que va a responderme a ella. --Se lo prometo a V. --¿Usted conoce al hombre ese y es su enemigo personal? --Es verdad. --Me lo temí; su tenacidad de V. en perderle no me parecía natural. Vamos a ver, dígame V. ahora cuál es su plan. --Lo único que le detiene a V., según V. mismo me ha confesado, es el temor de indisponerse con el embajador de S. M. católica. --El único, en efecto. --Pues, bien ¿y si el señor Pacheco consintiese en abandonar a ese hombre? --¿Usted lograría semejante? --Y más si conviniese; haré que me entregue una carta en la cual no sólo abandonará a don Antonio Cacerbar, como éste hace que le llamen, sino que le autorizará a V. para que le encause. --Me parece que se las promete V. demasiado felices, don Jaime, dijo el presidente con gesto de duda. --Esto es incumbencia mía, profirió el aventurero; lo principal es que V. no se comprometa para nada y permanezca neutral. --Tal es mi deseo, y V. comprenderá las graves razones en que me apoyo para ello. --Sí, mi general, y le doy palabra de que ni siquiera sonará su nombre de V. --Y a mi vez yo le doy mi palabra de soldado, de que si V. consigue la carta que me ofrece, el traidor será fusilado por la espalda, en medio de la plaza Mayor, aun cuando no me quede sino una hora de poder. --Se la cojo a V., mi general; por otra parte tengo la firma en blanco que se sirvió V. darme, y yo mismo detendré al canalla tan pronto llegue el momento oportuno. --¿Tiene V. que comunicarme algo más? --Usted dispense, todavía tengo que pedirle algo: deseo acompañarle en su expedición. --Le doy a V. las gracias, acepto con gozo. --Tendré la honra de reunirme a V. en el momento de ponerse en marcha el ejército. --Le agrego a V. a mi estado mayor. --Me es imposible aceptar favor tan señalado, mi general, repuso don Jaime. --¿Por qué? --Porque no iré solo, sino que me acompañarán los trescientos jinetes que ya estuvieron conmigo en Toluca; pero a los míos y a mí nos tendrá V. a su lado durante la batalla. --Desisto de comprenderle a V., amigo mío, dijo Miramón; goza V. del privilegio de obrar milagros. --Pronto se convencerá V. de la verdad de estas palabras. Ahora, mi general, con su permiso me retiro. --Vaya V., amigo mío. Después de haberse ambos interlocutores estrechado afectuosamente las manos, don Jaime se retiró, se reunió a López, que le estaba aguardando a la puerta de palacio, y subiéndose sobre su caballo se fue en derechura a su casa, donde escribió algunas cartas, que mandó inmediatamente a su destino por su peón, y mudando luego de traje, tomó algunos papeles que estaban encerrados en una caja de bronce, consultó su reloj, y al ver que no eran sino las diez de la noche, se encaminó apresuradamente hacia la embajada de España, no muy distante de la casa donde él moraba. La puerta del palacio del embajador estaba todavía abierta; algunos criados de gran librea iban y venían por los pasillos y por el peristilo, y a la entrada del zaguán estaba de guardia un suizo armado de una alabarda. Don Jaime se dirigió al suizo este, quien llamó a un lacayo y le indicó que condujese al recién llegado. El aventurero siguió a su guía, y una vez en una antesala, aquél entregó a un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello y se le había acercado, una carta metida en un sobre con una oblea sólo pegada de un lado, y le dijo: --Ponga V. esta carta en manos de su excelencia. Poco después reapareció el ujier, y levantando una cortina invitó al aventurero a que pasase adelante. Don Jaime siguió a su nuevo conductor, y después de atravesar gran número de salones, penetró en un gabinete donde estaba el embajador, don Francisco Pacheco, el cual salió al encuentro de su visitante, le saludó con galantería suma, y le preguntó: --¿A qué debo su amable visita, caballero? --Ruego a vuecencia me dispense, respondió don Jaime haciendo una reverencia, pero no ha dependido de mí el escoger otra hora más a propósito. --A cualquier hora le plazca a V. venir no me proporcionará sino satisfacciones, profirió Pacheco. Luego hizo seña al ujier de que acercase asiento a don Jaime y se marchase, y una vez a solas los dos personajes y sentados después de saludarse nuevamente, dijo el embajador: --Sírvase V. explicarse, señor. --Ruego a vuecencia me permita conservar el incógnito, aun aquí. --Enhorabuena, respeto su deseo. Don Jaime abrió su cartera, sacó de ella un papel y lo entregó abierto al diplomático, diciéndole: --Dígnese vuecencia enterarse de esta real orden. Pacheco tomó el papel, y después de haberse inclinado ante su visitante, empezó a leer con la atención más profunda; luego, una vez hubo terminado, devolvió el papel a don Jaime, quien lo dobló y lo metió de nuevo en su cartera. --¿Lo que V. exige es la ejecución de esta real orden? preguntó el embajador. Don Jaime, por toda respuesta, movió la cabeza en señal afirmativa. --Está bien, profirió don Francisco Pacheco. El diplomático se levantó, se fue a su escritorio, escribió algunas palabras en una hoja de papel autorizada con el escudo de armas de España y el timbre de la embajada, firmó, estampó su sello, y entregando abierto el documento a don Jaime, le preguntó: --Ahí tiene V. una carta para el excelentísimo señor presidente; ¿quiere V. llevarla V. mismo o prefiere que yo la envíe a su destino? --Si a vuecencia le es igual, yo me encargo de ponerla en manos del general Miramón. El embajador dobló la carta, la metió en un sobre y la entregó a su interlocutor, diciendo: --Quisiera poder dar a V. otras pruebas de mi deseo de servirle. --Tengo el honor de significar a vuecencia mi gratitud, profirió don Jaime haciendo una respetuosa reverencia. --¿Me cabrá la satisfacción de verle a V. de nuevo? --Tendré a mucha honra el volver para ofrecer mis respetos a vuecencia. El embajador tocó un timbre, a cuyo son apareció el ujier. Don Jaime y Pacheco cruzaron un nuevo y ceremonioso saludo, y aquél se retiró. XIX GOLPE DE GRACIA Al día siguiente el sol se levantó radiante entre oleadas de oro y de púrpura. Méjico estaba de fiesta, parecía haber vuelto a los hermosos tiempos en que se disfrutaba de calma y tranquilidad; toda la población se había echado a la calle y se encaminaba al paseo Bucareli, profiriendo gritos, entonando canciones y riendo a más y mejor. En direcciones distintas se oían resonar músicas militares, tambores y trompetas, y continuamente cruzaban galopando por en medio de la multitud oficiales de estado mayor ostentando uniforme lleno de bordados de oro y sombrero de picos adornado de plumas. Las tropas salían de los cuarteles y se dirigían hacia el paseo, a ambos lados del cual iban formando. La artillería tomó posiciones frente a la estatua ecuestre de Carlos IV, al que los léperos se obstinan en confundir con Hernán Cortés, y la caballería, fuerte de unos mil cien hombres, se alineó en la Alameda. Los léperos y los pilluelos se aprovechaban de las circunstancias para distraerse arrojando petardos entre los pies de los paseantes. A eso de las diez de la mañana se oyó gran clamoreo de voces, que fue acercándose rápidamente al paseo. Era el pueblo que aclamaba al presidente de la república. El general Miramón, que llegó rodeado de un lúcido estado mayor, parecía estar satisfecho de la ovación de que era objeto, pues sobre patentizarle que el pueblo seguía queriéndole, le demostraba que éste, con sus aclamaciones, le daba las gracias por la heroica determinación que acababa de tomar, de librar una batalla definitiva en campo raso, en vez de aguardar al enemigo en la ciudad. Miramón avanzó saludando y sonriendo a derecha y a izquierda, y una vez a la entrada del paseo, los veinte cañones situados en él dispararon a un tiempo, anunciando de esta suerte la presencia de aquél a las tropas que estaban congregadas en aquel sitio. Entonces se comunicaron de fila en fila y con rapidez algunas órdenes, los soldados se alinearon, las músicas de los regimientos y las bandas de tambores y cornetas dejaron oír sus acordes, el presidente pasó con lentitud por el frente de banderas y empezó la revista. Los soldados, a quienes la muchedumbre había comunicado su entusiasmo, parecían estar llenos de ardor, y al paso del presidente le adamaban a porfía. La inspección que pasó el general fue severa y concienzuda; no fue una de esas revistas de parada que los gobernantes ofrecen de cuando en cuando al pueblo para divertirle; al salir de la ciudad, aquellas tropas iban a marchar en derechura al campo de batalla, y de consiguiente se trataba de saber si estaban realmente en estado de hacer frente al enemigo ante el cual debían encontrarse pocas horas después. Las órdenes de Miramón habían sido ejecutadas con toda escrupulosidad; los soldados estaban bien armados y daba gusto ver su actitud marcial. Una vez el presidente hubo pasado por delante de las filas dirigiendo acá y allá la palabra a los soldados a quienes conocía o simulaba conocer, antiguo ardid que siempre da buenos resultados porque halaga el amor propio del soldado, se colocó en una de las plazoletas del paseo y ordenó varías maniobras a fin de cerciorarse del grado de instrucción de las tropas, y aun cuando algunas de ellas eran difíciles, tuvo la satisfacción de verlas ejecutadas con una precisión de conjunto por demás satisfactorio. El presidente felicitó calurosamente a los jefes de los cuerpos, y luego empezó el desfile, yendo las tropas a ocupar sus primeras posiciones, donde levantaron un campamento provisional. Miramón, que no quería fatigar inútilmente a sus soldados obligándoles a marchar expuestos a los ardorosos rayos del sol, resolvió no salir de Méjico hasta la caída de la tarde. Entre los oficiales que componían el estado mayor del presidente y que con él regresaron a palacio, estaban don Melchor de la Cruz, don Antonio Cacerbar y don Jaime. Don Melchor, por más que se admirara de ver en uniforme militar a aquél a quien conocía solamente por don Adolfo, y al cual hasta entonces le supusiera ocupado en hacer el contrabando, le saludó sonriendo con ironía, a cuyo saludo correspondió don Jaime por modo serio y apartándose para no trabar conversación con semejante individuo. En cuanto a don Antonio, como nunca había visto a don Jaime a rostro descubierto, no reparó en él. Mientras el presidente entraba en palacio, el aventurero, que se detuviera en la plaza Mayor, se había apeado y reunido al conde del Saulay y a Domingo, a quienes citara para aquel punto, y los cuales no le hubieran conocido a no tomar aquél la precaución de encaminarse a su encuentro. --¿Sale V. con el ejército? le preguntaron los dos jóvenes. --Sí, amigos míos, pero pronto estaré de vuelta, respondió don Jaime; por desgracia la campaña será corta. Durante mi ausencia, les recomiendo que redoblen la vigilancia; no pierdan de vista la casa de mi hermana, pues uno de nuestros enemigos se queda aquí. --¿Solamente uno? preguntó Domingo. --Sí, pero es el más temible de los dos: aquel a quien tan torpemente salvaste la vida. --Le conozco; pero que se vaya con mucho tiento, repuso el joven. --¿Y don Melchor? preguntó el conde. --Este no nos molestará más, respondió don Jaime con acento singular. ¡Ea! mis queridos amigos, velen Vds. atentamente y no se dejen sorprender. --En caso necesario recabaremos la ayuda de León Carral y la de nuestros criados. --Será lo más acertado, y tal vez obrarían ustedes más cuerdamente todavía alojándoles en la casa de doña María. Ahora separémonos, tengo que hacer en palacio. Hasta la vista. Los tres amigos se separaron. Don Jaime entró en palacio y se encaminó directamente al gabinete de Miramón, sin que el ujier de guardia, que le conocía, opusiese obstáculo alguno a su paso. El presidente estaba hablando con varios exploradores, que le daban noticias acerca de los movimientos del enemigo. Don Jaime se sentó y aguardó con calma a que el presidente hubiese dado fin a su interrogatorio. Por fin el último explorador terminó su relación y se retiró. --¿Qué hay, mi amigo? ¿ha visto V. al embajador? preguntó Miramón a don Jaime. --Sí, mi general; le vi ayer al salir de aquí. --¿Y la famosa carta? --Ahí está. El general hizo un gesto de sorpresa, tomó el papel y lo leyó con rapidez. --¿Qué tal? preguntó don Jaime. --No sólo me dejan libre la acción, sino que aun me ruegan que trate con todo rigor a ese individuo. Es maravilloso. Por mi honor le juro que me da V. más que no me ofrecía. Pero dígame, ¿cómo se las ha compuesto V.? --Sencillamente he solicitado la carta esta, y nada más. --Es V. el hombre más misterioso que conozco. Ahora me corresponde a mí el cumplir mi promesa. --Nada apresura. --¿No quiere V. ya hacerlo prender? --Al contrario, pero lo aplazo para cuando regresemos. --Como V. quiera; mas ¿qué vamos a hacer con él de aquí a entonces? --Le dejaremos aquí, a las órdenes del jefe de plaza. --Tiene V. razón, repuso el presidente. El cual extendió una orden, la selló, y llamando al ujier se la entregó a éste, a quien preguntó: --¿Está ahí el coronel Cacerbar? --Sí, excelentísimo señor. --Que lleve esta orden al jefe de la plaza. El ujier tomó la orden y partió. --Ya está, dijo Miramón. Don Jaime estuvo con el presidente hasta la hora de la partida. A la caída de la tarde, las tropas empezaron el desfile por la plaza, rodeadas por el pueblo, que no cesaba de aclamarlas, y una vez hubieron desfilado, el general Miramón salió de palacio seguido de su estado mayor. En la plaza estaba formado un numeroso escuadrón de caballería. --¿Qué jinetes son esos? preguntó el presidente. --Mi cuadrilla, respondió don Jaime inclinándose. Dichos jinetes, que eran en número de trescientos, iban envueltos en gruesas capas y llevaban sombreros de anchas alas que sólo dejaban en descubierto la parte inferior del rostro, cubierta de barba. En vano el presidente los examinó para descubrir sus facciones. --No los conocerá V., dijo don Jaime en voz baja a Miramón; las barbas que usan son postizas y el traje que ostentan, un disfraz; pero esté V. seguro de que no por esto dejarán de portarse como buenos en la batalla. --Lo creo, y le doy a V. las gracias por su ayuda. El presidente y su estado mayor emprendieron la marcha. Don Jaime blandió entonces su espada, y los jinetes evolucionaron; y se colocaron a retaguardia. Al revés de la caballería mejicana, cuya arma predilecta es la lanza, los soldados de don Jaime, llevaban carabina, el sable recto de los cazadores de África franceses y pistolas en las fundas. A media noche el ejército acampó en medio de la obscuridad, obedeciendo a la orden que de no encender fogata alguna se había circulado. Tres horas después llegó un explorador, que inmediatamente fue conducido a presencia de Miramón. --¡Hola! ¿eres tú, López? dijo el presidente conociendo al explorador. --Sí, mi general, respondió el interpelado dirigiendo una risueña mirada a don Jaime, que estaba sentado al lado de Miramón y fumaba con indolencia un cigarrillo. --¿Qué novedades ocurren? ¿Traes noticias del enemigo? preguntó el presidente. --Sí, mi general, y muy frescas. --Mejor; ¿dónde se encuentra? --A cuatro leguas de aquí. --Entonces no tardaremos en verle. ¿Qué cuerpo de ejército es ése? --Él del general don Jesús González Ortega. --¡Bravo! profirió con satisfacción el presidente; vales un Perú, muchacho. Y poniendo algunas monedas de oro en la mano de López, Miramón añadió: --Toma. Ahora dame algunos pormenores. --El general Ortega, continuó López, trae consigo ocho mil infantes, tres mil caballos y treinta y cinco cañones. --¿Lo has visto tú? --Durante una hora marché con ellos. --¿En qué disposiciones se encuentran? 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000