de tanto tiempo temblaran, y a fin de no perder aquel espectáculo para ellos tan atractivo, acampaban en calles y plazas, aguardando con impaciencia la hora de la ejecución. El conde dio poquísima o ninguna importancia a tales noticias, y como estaba fatigado de un viaje de dos días seguidos por caminos intransitables, en cenando se dispuso a acostarse; pero en el preciso instante en que entraba en el dormitorio, pareció un criado que cruzó en voz baja algunas palabras con el ayuda de cámara de aquél. --¿Qué ocurre? preguntó Octavio, volviendo el rostro. --Perdone, señor conde, respondió respetuosamente el criado; pero ahí fuera está un hombre que desea hablar con vuecencia. --¿A estas horas? profirió Octavio con extrañeza; es imposible: ¿apenas llego y ya conocen mi llegada? Diga V. al sujeto ese que vuelva mañana; ahora es demasiado tarde. --Ya se lo he manifestado, señor conde, y me ha contestado que mañana sería inútil que se viese con vuecencia. --¡Es extraordinario! ¿qué clase de individuo es ése? --Un sacerdote, señor conde, y ha añadido que lo que tiene que comunicar a vuecencia es muy grave y que por lo tanto rogaba encarecidamente que vuecencia le recibiese. Octavio, por demás cuidadoso de tal visita y sobre todo de que se la hicieran a hora tan avanzada, se arregló el traje y se encaminó al salón, anheloso por conocer la clave del enigma. En efecto, en medio del salón le estaba aguardando, en pie, un sacerdote, hombre ya de edad provecta, de larga y cana cabellera que se le desparramaba por los hombros, dándole un aspecto venerable, completado por la expresión de bondad y de tranquila grandeza que se le reflejaba en el semblante. El conde, al verle, le saludó respetuosamente y con el gesto le invitó a que se sentase. --Dispénseme V., señor conde, respondió el sacerdote inclinándose y permaneciendo en pie. Soy capellán de la cárcel y... ¿V. habrá sin duda oído hablar de la captura de ciertos malhechores? --Sí, señor, me han dado algunas vagas noticias sobre el particular. --Muchos de esos desventurados han recibido ya el terrible castigo a que les condenó la justicia humana, y el más culpado de todos, su jefe, debe ser ejecutado a su vez mañana al salir el sol. --Lo sé, señor. --El hombre ese, continuó el capellán, próximo a comparecer ante Dios, su juez supremo, al que tiene que dar una cuenta terrible, gracias a mis esfuerzos para inducirlo al arrepentimiento, ha sentido penetrar el remordimiento en el corazón. El arribo de V. a la ciudad, cuya noticia llegó hasta él ignoro como, le ha parecido un aviso de la Providencia, y al punto me mandó a buscar para rogarme que viniese a verme con V. --¡Conmigo! exclamó el joven lleno de pasmo; ¿Qué conexión puede haber entre yo y ese bandido? --Lo ignoro, señor conde; respecto del particular nada me ha dicho; lo único que me encargó es que en su nombre le rogase a usted se sirviese ir a verle en su calabozo para escuchar de sus labios la revelación de un secreto de importancia grandísima. --No sé qué pensar de lo que V. me dice, profirió Octavio, pues no conociendo como no conozco al hombre ese, no comprendo qué punto de contacto pueda tener con la suya mi existencia. --Es indudable que él va a explicárselo, señor conde, repuso el sacerdote. Si me permite usted un consejo, consienta V. en la entrevista que solicita el reo. Hace muchos años que soy capellán de la cárcel y he visto morir a muchos criminales. El hombre más fuerte y más denodado, ante la muerte se achica y acobarda y tiembla, y perdida toda esperanza en los hombres, la pone en Dios. El desdichado Brazo Rojo, que debe morir mañana, sabe que nada puede sustraerlo al terrible destino que le aguarda; de consiguiente ¿con qué objeto solicitaría, en los umbrales de la muerte, la entrevista esa, si no fuese con él de rescatar por medio de la revelación que quiere hacer a usted, tal vez uno de sus más horrendos crímenes, por más que este crimen sea quizás el más ignorado de todos? Créame V., señor conde, en esto está el dedo de la Providencia; no es el acaso él que le trajo a V. a esta ciudad en el preciso momento de expiación tan terrible; consienta V. en seguirme y en bajar al calabozo donde este desdichado aguarda sin duda con la más viva ansiedad y contando los minutos su llegada de V. Aún suponiendo que esa revelación no asuma para V. la importancia que pretende el reo, ¿se negaría V. a dar este último, consuelo a un hombre que por modo tan fatal va a ser borrado del catálogo de los vivos? Acceda V., señor conde, se lo suplico. Octavio se decidió por fin, y envolviéndose en una capa se salió de su casa en compañía del sacerdote. A pesar de la hora avanzada, pues era poco más o menos la media noche, la plaza estaba llena de una multitud que lejos de disminuir iba en aumento con la llegada de nuevos individuos que acudían presurosos de las aldeas circunvecinas. Octavio y su guía se abrieron con grandes dificultades paso por entre la muchedumbre, hasta llegar a la cárcel, frente a la cual había gran número de centinelas. El capellán dijo algunas palabras al que de éstos estaba más próximo a la puerta, y él y el conde, seguidos de un carcelero, se dirigieron hacia el calabozo del condenado a muerte. El carcelero, con un farol en la mano, guió silenciosamente a los dos visitantes al través de una larga serie de corredores, y una vez delante de una puerta forrada de hierro, se detuvo y pronunció estas únicas palabras: --Pueden Vds. entrar. El capellán y el conde penetraron en el calabozo; y decimos calabozo por ser palabra consagrada por el uso, ya que la pieza en la que aquéllos entraron todo lo parecía menos tal. Era una celda bastante capaz, iluminada por dos ventanas ojivales provistas de fuertes rejas en la parte exterior, y en la cual había una cama, más bien dicho, un catre sobre el que estaba tendido un cuero de vaca, una mesa, gran número de sillas y un espejo colgado del muro. En la testera se veía un altar cubierto de negro, en él que, desde que se dictó la sentencia, el capellán rezaba una misa por la mañana y otra por la tarde. El condenado estaba en capilla. Al oír este pormenor, pues la costumbre de poner en capilla a los reos de muerte sólo existe en España y sus colonias, los dos oyentes cruzaron al soslayo una mirada de inteligencia, que pasó inadvertida al aventurero. El cual, sin notar la falta que acababa de cometer, continuó. --El condenado, que estaba sentado en un taburete, con la cabeza en la palma de la diestra y el codo apoyado en la mesa, y leyendo a la luz de un humoso candil, al entrar los visitantes se levantó con diligencia, y saludando con la cortesía más exquisita, dijo: --Señores, sírvanse Vds. dispensarme la honra de molestarse unos instantes; pronto van a llegar las personas a quienes mandé a buscar y cuya presencia aquí es indispensable para que luego nadie pueda poner en tela de juicio la veracidad de lo que voy a revelar. El capellán y el conde hicieron un gesto de asentimiento y se sentaron en las butacas que aquél les acercara. Los circunstantes guardaron silencio por espacio de algunos minutos, silencio sólo interrumpido por el cadencioso paso del centinela colocado en el corredor para vigilar al condenado. Brazo Rojo se había sentado de nuevo en su taburete y parecía meditar, cuya circunstancia aprovechó el conde para examinarle detenidamente. Era el bandido hombre de treinta y cinco a cuarenta años, alto y bien formado y de gestos desembarazados y elegantes. Debido a la costumbre del mando, tenía la cabeza un tanto echada hacia atrás, sus facciones eran abultadas y simpáticas y en su mirada había una fijeza extraordinaria; en cuanto a la fisonomía, es imposible describir el singularísimo sello que imprimía en ella la notable expresión de apacibilidad y de energía que la animaba. Cabellos azulados de puro negros, espesos y ensortijados de suyo, que se le desparramaban por los hombros, formaban marco a su hermoso rostro. El traje que llevaba el reo, de terciopelo negro y de corte excepcional, hacía contraste con la palidez mate de su dueño, y a ser posible realzaba el aspecto simpático de éste. Transcurridos algunos minutos se oyó ruido de pasos en el corredor, rechinó una llave en la cerradura, se abrió la puerta, y parecieron dos hombres guiados por el carcelero, el cual, después de haberles introducido silenciosamente en el calabozo, volvió a salir, cerrando tras sí la puerta. El primero de los dos sujetos recién entrados era el director de la cárcel, anciano todavía lozano a pesar de sus setenta años, de facciones sosegadas, aspecto venerable, y cuyos cabellos, canos, poco abundantes y cortados casi al rape en las sienes, por detrás le caían sobre el cuello de su levita. El segundo, militar, un mayor, a juzgar por sus charreteras, frisaba con los treinta, y nada de particular ofrecían sus facciones; era uno de esos hombres nacidos para vestir el uniforme y que en traje de paisano están ridículos. Ambos saludaron cortésmente, y sin proferir palabra aguardaron a que se la dirigieran explicándoles el porqué de haberles llamado a aquel sitio. Comprendiéndolo así el reo, éste se apresuró a hacerles sabedores de las causas que le habían obligado a suplicarles a que se presentasen en el calabozo en el momento supremo en que nada debía esperar ya de los hombres. --Señores, dijo con voz firme Brazo Rojo, dentro de algunas horas habré saldado mis cuentas con la justicia humana y compareceré ante la más terrible de Dios. Desde el día en que empezó para mí la implacable lucha que sostuve contra la sociedad, cometí muchos crímenes, serví a muchos odios y convertí en cómplice de un número incalculable de atentados a cual más odioso. La sentencia que me condena es justa, y aunque resuelto a sobrellevarla con la fortaleza del hombre a quien la muerte no ha arredrado nunca, creo deber confesar a Vds., con la sinceridad más grande y la humildad más profunda, que me arrepiento de mis crímenes, y que lejos de morir impenitente, los expiaré suplicando a Dios, no que me perdone, sino que tome en cuenta mi arrepentimiento. --Bien, hijo mío, bien, dijo con amor el capellán; refúgiese V. en Dios, su bondad es infinita. Por espacio de algunos segundos reinó el más profundo silencio. --En este momento supremo, dijo por fin Brazo Rojo, querría haber reparado los males que he causado; pero ¡ay! es imposible, mis víctimas están muertas y poder alguno humano sería capaz de devolverles la vida que tan traidoramente les quité. Sin embargo, entre los crímenes que sobre mí pesan hay uno, tal vez de todos el más horrendo, que si no puedo repararlo completamente, a lo menos espero neutralizar sus efectos, revelando a Vds. sus siniestras peripecias y divulgando el nombre de mi cómplice. Dios, al conducir de improviso a esta ciudad al conde Octavio, quiso sin duda imponerme esta expiación; por lo tanto me someto a su voluntad, esperando que en cambio de mi obediencia tal vez se apiade de mí. Al suplicarles a Vds., señores, que viniesen aquí, me guió la idea de que la persona más interesada en lo que voy a decir contase con los testigos indispensables, para que después la justicia humana pudiese, sin temor alguno, perseguir al culpado. Así pues, señores, sírvanse Vds. tomar nota de mis palabras, que al umbral del sepulcro les juro serán reflejo de la verdad más pura. El condenado se calló y se entregó a la meditación como para recoger sus recuerdos. Los asistentes sentían la curiosidad más viva; el conde, principalmente, ensayaba en vano, bajo una apariencia fría y severa, disimular la ansiedad que le oprimía el corazón; tenía el presentimiento de que por fin iba a ser dueño del impenetrable secreto que hasta entonces envolvía a su familia y cuyo descubrimiento persiguiera inútilmente por espacio de tanto tiempo. Brazo Rojo escogió, entre los muchos papeles que cubrían su mesa, un cuaderno bastante voluminoso, y después de abrirlo y colocarlo ante sí, dijo: --Aunque desde la fecha en que ocurrieron los sucesos que aquí se narran, hayan transcurrido ocho años, están tan presentes en mi memoria, que tan pronto supe la llegada del conde Octavio a esta ciudad, me puse a escribirlos circunstanciadamente a vuela pluma. Esta horrorosa historia es la que voy a leerles a Vds., señores; historia a cuyo pie me harán ustedes luego el favor de echar su firma, a fin de dar al manuscrito este la autenticidad indispensable para que el señor conde haga de él el uso que juzgue más conveniente en pro de su familia y para castigo del culpado. Yo no fui sino el cómplice pagado, el instrumento de que se sirvieron para herir a la víctima. --Esta precaución es muy buena, dijo entonces el director de la cárcel; no hallaremos reparo en firmar esa revelación, sea la que fuere. --Gracias, señores, profirió el conde; por más que yo ignore los hechos que van a sernos revelados, me asisten sin embargo ciertas razones particulares para tener la cuasi certeza de que lo que voy a saber es de grandísima importancia para la dicha de algunas personas de mi familia. --Va V. a juzgar de ello, señor conde, dijo el reo, empezando a leer su manuscrito, lo cual duró próximamente dos horas. Del conjunto de los hechos resultaba: primeramente que la bala que cortara la existencia del príncipe de Oppenheim-Schlewig había partido del fusil de Brazo Rojo, quien al efecto se emboscara entre unas matas, y que el segundogénito del príncipe había pagado al bandido para que cometiera tal asesinato. Una vez en la resbaladiza pendiente del crimen, el joven se había entregado a él en cuerpo y alma, sin vacilación y sin remordimientos, para lograr el fin que se propusiera, que no era sino él de apoderarse de la fortuna paterna. Después de un parricidio, para él nada significaba un fratricidio, y lo llevó a cabo con un lujo de precauciones atroz. Otros crímenes más horrorosos aún, si es posible, los refería el manuscrito, con una verdad de pormenores tal y con apoyo de pruebas tan irrecusables, que los testigos llamados por el reo se preguntaban con espanto si era posible que existiese un monstruo tan atroz y qué horrible castigo le reservaba la justicia divina, de la que él se burlaba con tan horroroso cinismo hacía tantos años. A la princesa, al saber la muerte de su esposo, le habían sobrevenido los dolores del parto y dado a luz, no una niña, como todos creían, sino dos gemelos, uno de los cuales, el niño, fue arrebatado por orden del príncipe con objeto de anular la cláusula del testamento de su padre que transmitía al hijo que debía nacer, caso de ser varón, los títulos y toda la fortuna de la familia. El conde Octavio, con el rostro sepultado entre las manos, se creía pábulo de una terrible pesadilla; a pesar de las prevenciones que le animaran siempre contra su cuñado, nunca se hubiera atrevido a creerle capaz de cometer impasiblemente y a largos intervalos una serie de crímenes odiosos pacientemente urdidos y meditados a impulsos de la más vil, despreciable e inexcusable de todas las pasiones, la sed de oro. El conde se preguntaba si no obstante las irrecusables pruebas que de esta suerte y de improviso se le venían a las manos, hallaría en todo el imperio un tribunal que se atreviese a asumir la responsabilidad de perseguir tan vergonzosos e inhumanos crímenes. Además, como de hacer pública tal revelación quedaba irremisiblemente deshonrada una familia a la cual estaba entroncada la suya, ¿iba a refluir sobre ésta la deshonra? Todos estos pensamientos bullían en la mente del conde, causándole dolores agudísimos y acrecentando su perplejidad hasta el extremo que no sabía que resolución tomar. En caso tan grave, no se atrevía a pedir consejo a nadie ni buscar apoyo fuera de sí mismo. --Caballero, dijo Brazo Rojo levantándose y acercándose al conde, tome V. este manuscrito; desde ahora le pertenece. El conde tomó maquinalmente el cuaderno que le entregaba el reo, quien continuó en estos términos: --Comprendo su admiración de V. y su espanto, señor; son tan horribles los acontecimientos esos, que a pesar del sello de verdad que revisten, de las circunstancias excepcionales en que han sido escritos, y de la autoridad de las personas que los han firmado después de leídos, corren peligro de ser puestos en duda; así pues quiero ponerlos al abrigo de toda sospecha de impostura, añadiendo al manuscrito lo que se ha dado en llamar piezas de autos y que yo llamaré pruebas irrecusables. --¿Posee V. pruebas? preguntó el conde estremeciéndose. --Sí, señor. Sírvase V. abrir esta cartera y en ella hallará veintitantas cartas de su cuñado de usted dirigidas a mí, todas ellas referentes a los hechos narrados en este manuscrito. --¡Dios mío! ¡Dios mío! profirió el conde juntando las manos; pero volviéndose prontamente hacia Brazo Rojo, dijo: es muy singular. --Le comprendo a V., repuso el reo sonriendo. V. se admira de que yo poseyese cartas tan comprometedoras para el príncipe, sin que éste se haya servido de su poderío para hacerme desaparecer y recuperarlas. --En efecto, dijo el conde, admirado de que el reo hubiese adivinado su pensamiento; el príncipe, mi cuñado, es hombre por todo extremo prudente, y sobre esto tenía interés sumo en hacer desaparecer pruebas tan abrumadoras para él. --Así es, y no hubiera dejado de hacerlo aun cuando hubiese debido apelar a los medios más expeditos para conseguirlo; pero el príncipe ignora que tales pruebas hayan quedado en mis manos y por qué sucedió así. Voy a explicárselo a V.: cada vez que por escrito me daba una cita, en presencia de él quemaba yo una carta exacta a la que él me había enviado, para demostrarle la buena fe de mi conducta y la confianza que él me merecía; de modo que nunca sospechó que yo las hubiese retenido en mi poder. Luego y en cuanto hubo parido la princesa, suponiendo yo con fundamento que habiendo el príncipe logrado sus propósitos desearía deshacerse de mí, le salí a camino abandonando de repente el país, durando mi ausencia tres años, que los pasé en el extranjero. Transcurrido este período de tiempo, hice circular la voz de mi muerte, componiéndomelas para que esta noticia llegase a oídos del príncipe, con visos de la más exacta verdad. Luego me vine aquí. El príncipe nunca supo como me llamaba yo, porque nosotros, los caballeros de carretera, no sólo tenemos la costumbre de cambiar de seudónimo cada dos por tres, siendo como es para nosotros el incógnito una salvaguardia, sino usar tres o cuatro a la par a fin de establecer respecto de nosotros una confusión gracias a la cual nos encontramos del todo seguros. Así pues, el príncipe, a pesar de todas sus pesquisas, si, lo que ignoro, intentó llevarlas a cabo alguna vez, no logró, no diré descubrir mi paradero, ni aun comprobar mi existencia. --Pero ¿con qué objeto había V. conservado estas cartas? preguntó el conde. --Con el muy sencillo de servirme de ellas para obligar al príncipe, por medio del temor a una revelación, a que me proporcionase el dinero que me hiciese falta cuando se me antojase renunciar a mi peligroso oficio; pero como me sorprendieron cuando menos lo esperaba, no pude hacer uso de ellas; y ello no lo siento ahora, se lo aseguro a V. --Gracias, dijo con efusión el conde; pero en cambio del inmenso servicio que acaba V. de prestarme ¿no me sería dable hacer algo por V. en la situación extrema en que se halla? Brazo Rojo dirigió al soslayo una mirada en torno de sí, y vio que para dejar al conde en completa libertad de hablar con él, el capellán y los dos militares se habían retirado al rincón más distante del calabozo, donde al parecer conversaban con mucha animación. --¡Ah! señor conde, dijo el reo con voz apenas perceptible, es ya demasiado tarde; yo hubiera querido... --Diga V., tal vez pueda yo satisfacer su último deseo. --No es la muerte lo que me espanta, señor, profirió Brazo Rojo, sino subir al ignominioso cadalso, el verme expuesto en vida a la irrisión y a los insultos de ese populacho al que por tanto tiempo vi temblar ante mí; esto es lo que turba mis postreros instantes y me entristece. Lo que yo quisiera es burlar la expectación de esa multitud frenética que anticipadamente se recrea en mi suplicio, y que llegado el momento de conducirme a él no encontrasen sino mi cadáver. Ya ve V., señor conde, que nada puede hacer en mi favor. --Se equivoca V., repuso Octavio con viveza; no sólo puedo evitarle a V. el bochorno del cadalso, sino también a sus dos compañeros, si quieren. --¿No me engaña V.? preguntó el reo, por cuyos ojos pasó un rayo de alegría. --¡Silencio! profirió el conde; ¿qué interés tendría yo en engañarle, cuando no deseo sino demostrarle mi agradecimiento? --Dice V. bien; pero ¿de qué medio va V. a valerse? --Escuche V., esta sortija que ostento en el dedo encierra un veneno activísimo; basta abrir el engaste y aspirar su contenido para caer muerto con la rapidez del rayo y sin padecimiento alguno. Uno de mis antepasados trajo de Nueva España, de donde había sido virrey, esta sortija. Ya sabe V. cuan inteligentes son los indios para componer venenos. Tome V. la sortija. --¡Oh! gracias, dijo Brazo Rojo, apoderándose de ella y escondiéndosela en el pecho; gracias, señor conde, ha saldado V. sus cuentas conmigo, nada me debe V. ya; al contrario, donándome esta sortija sale V. acreditando. Gracias, gracias; de esta suerte mis pobres amigos y yo evitaremos la suerte ignominiosa que nos espera. El conde y Brazo Rojo se acercaron entonces a los demás personajes que concurrieran al calabozo, los cuales, al ver que el coloquio que aquéllos sostenían había terminado, cesaron de hablar. --Caballeros, dijo el reo, con toda el alma les agradezco a Vds. que se hayan dignado asistir a la revelación que mi conciencia me ordenaba hacer; ahora me siento más sosegado, y puedo aguardar tranquilamente los brevísimos instantes que me separan de la muerte. Quisiera pedir a Vds. un nuevo favor, y es que me dejasen pasar los contados segundos que de existencia me quedan, junto a mis dos compañeros que, cual yo, deben morir hoy en el patíbulo. --Es un consuelo supremo, repuso el capellán. El director de la cárcel reflexionó por espacio de un minuto, y luego dijo al reo: --No hallo inconveniente en acceder a sus deseos; voy a dar las órdenes necesarias para que conduzcan acá a sus compañeros y permanezcan Vds. reunidos hasta el momento de la ejecución. A una orden del director de la cárcel, el centinela llamó al carcelero, que acudió a abrir la puerta del calabozo. --Adiós, señores, dijo el reo. Él les acompañe. El conde, después de haberse despedido del capellán y de las otras dos personas, se salió de la cárcel, atravesó la plaza, llena de una multitud inmensa, y se apresuró a entrar en su casa, donde llegó en el preciso instante en que sonaban las seis, hora designada para la ejecución. De improviso y como por arte de magia imperó el más profundo silencio entre la muchedumbre, un segundo antes tan bulliciosa y movediza; y es que por fin iba a ver cumplida su venganza. VII EL VENGADOR No bien hubo llegado a su casa, el conde dictó sus disposiciones para partir inmediatamente, olvidándose por completo del asunto que le llevara a Bruneck. Por otra parte, por muy importante que le hubiese sido el asunto, no hubiera sido parte a retenerle; tal era la priesa que de alejarse sentía aquél. Sin embargo, no tuvo más remedio que permanecer todavía algunas horas más en la ciudad, por no ser posible disponer de caballos hasta las tres de la tarde. Octavio se aprovechó de este contratiempo para tomar algún descanso, pues en efecto le rendía la fatiga. A poco de haberse acostado dormía tan profundamente, que no oyó siquiera las desaforadas y furiosas voces que daba la multitud al ver que en lugar de los tres criminales a quienes hacía tanto tiempo estaba aguardando para gozarse en su suplicio y saborear con delicia una venganza tan anhelada, no le entregaban sino tres cadáveres. En el momento en que el carcelero y los agentes de la justicia entraron en el calabozo de los condenados para conducir a éstos al patíbulo, no hallaron sino tres cadáveres. Cuando el conde despertó, todo había concluido; las tiendas estaban abiertas y la ciudad ofrecía el aspecto normal. Octavio preguntó si estaba dispuesto el coche, y al responderle que éste le estaba aguardando a la puerta de la casa, apresuró los últimos preparativos, que pronto estuvieron terminados, y bajó a la calle. --¿A dónde vamos, excelentísimo señor? preguntó el lacayo descubriéndose. --A Viena, respondió el conde, acomodándose en el testero del carruaje. El postillón esgrimió su látigo, y los caballos partieron a escape. Octavio había reflexionado, y el resultado de sus reflexiones fueron éste: sólo existía una persona bastante poderosa para hacer que le administraran recta y pronta justicia: el emperador; así pues a éste era a quien debía dirigirse. Ahí porque tomó el camino de Viena. Larga es la distancia que separa a Bruneck de la capital del imperio; así es que en aquellos tiempos en que los caminos de hierro estaban en sus comienzos y no existían sino en ciertas líneas estratégicas muy contadas, los viajes eran largos, incómodos y dispendiosos. Él del conde duró veintisiete días. Lo primero que hizo Octavio al llegar al término que se propusiera, fue informarse respecto de la residencia del emperador, que en aquel entonces se encontraba en Schoenbrunn, situado a una legua escasa de Viena. Para no perder un tiempo precioso, empero, era menester recabar lo más pronto posible una audiencia del emperador, y como Octavio pertenecía a una familia demasiado encumbrada para que le hiciesen esperar, dos días después de su llegada a la capital de Austria, fue recibido en audiencia. Como ya he manifestado, el palacio de Schoenbrunn se levanta a legua o legua y media de Viena, allende y un poco a la izquierda del arrabal de Mariahilf. Dicho palacio imperial, empezado por José I y terminado por María Teresa, es de construcción sencilla, elegante, graciosa, sin embargo de lo cual no carece de majestad. Se compone de un gran cuerpo con habitaciones del que parten dos alas circulares, y corona el peristilo una escalinata de dos rampas que afluye al piso primero. Paralelos al cuerpo principal del palacio hay algunos edificios bajos destinados a la servidumbre y a las caballerizas, los cuales están unidos a cada uno de los extremos de las alas, dejando únicamente en el eje de la escalinata una abertura no de diez metros, a cada lado de la que se levanta un obelisco. Se llega a Schoenbrunn por un puente echado sobre el Viena, delgado hilo de agua que va a perderse en el Danubio, y a espaldas del palacio se extiende un jardín semicircular en el testero del cual se levanta un mirador situado en la cúspide de un otero sembrado de césped rodeado de umbríos sotos, en los que se disfruta de suavísimo ambiente y del armonioso gorjear de infinidad de pájaros, Schoenbrunn, célebre por haber vivido en él Napoleón I y haber muerto en él, tras dolorosa agonía, el duque de Reichstad, hijo de este famoso capitán, ostenta un sello de indecible tristeza y de indefinible languidez; todo en él es sombrío, melancólico y aflictivo; la corte, con su rigurosa etiqueta y su fausto, apenas si logra de tiempo en tiempo galvanizar aquel cadáver. Como el palacio de Versalles, Schoenbrunn no es sino un cuerpo sin alma, incapaz de volver a la vida bajo esfuerzo alguno. El conde llegó a Schoenbrunn diez minutos antes de la hora de su audiencia, fijada para mediodía, y una vez ésta hubo sonado, un chambelán de servicio, que le estaba aguardando, le introdujo a presencia del emperador, que se encontraba en un salón particular, en pie y arrimado a una chimenea. La acogida que el soberano reservó al conde, fue cordial en extremo. La audiencia duró unas cuatro horas, y fue tan secreta, que nadie ha sabido nunca qué pasó entre el emperador y el conde; lo único de que se tiene noticia es que al despedirse los conferenciantes, S. M., en el momento de tender la mano al conde para que éste se la besase, dijo: --Creo que vale más obrar así; en pro de la nobleza toda, es menester evitar a toda costa el horroroso escándalo que provocaría la publicidad de tan espantosos hechos; no le faltará a V. nunca mi apoyo; vaya V., señor conde, y quiera Dios que con los elementos que pongo en sus manos consiga V. sus propósitos. El conde hizo una respetuosa reverencia y se volvió a Viena, de la que salió aquella noche misma para tomar la vuelta de su casa. Al par que Octavio, y por el mismo camino, salió un correo de gabinete, expedido por el emperador. El aventurero, al llegar aquí de su relato, hizo una nueva pausa, y fijando los ojos en el conde del Saulay, le preguntó: --¿V. sospecha lo que pasó entre el emperador y Octavio? --Casi casi, respondió el joven. --¡Ah! profirió el aventurero con admiración, me gustaría saber el resultado de sus observaciones. --¿Me permite V. que se lo diga? --Pues sí. --Mi querido don Adolfo, repuso Luis, como usted sabe, yo soy noble. En Francia el rey es el primero entre la nobleza de su reino, el -primus ínter pares-, y tal supongo sucede en todas partes. Ahora bien, todo ataque contra alguno de los miembros de la nobleza hiere tan profundamente al soberano como a los demás nobles del imperio. Cuando el Regente de Francia condenó al conde de Horn a ser descuartizado en la plaza de Greve, por haber robado y asesinado a un judío, respondió a un señor de la corte que intercedió para con él a favor del culpado recordándole que el conde de Horn estaba emparentado con familias reinantes y que era pariente suyo: « Cuando tengo sangre mala me la hago sacar. » Y se volvió de espaldas al solicitante. Esto no obstante, la nobleza mandó sus carrozas a la ejecución del conde de Horn. Lo que V. acaba de referir es poco más o menos lo mismo; la única diferencia que existe es que el emperador, menos enérgico que el Regente de Francia, al par que conocía que era menester administrar justicia, retrocedió ante una publicidad que, según él, debía señalar con un estigma infamante a la nobleza toda de su nación, y, como todos los hombres débiles, se detuvo a la mitad del camino, esto es, dio probablemente una autorización al conde para que éste pudiese valerse de cualquier pretexto para matar o hacer asesinar a su noble pariente, y, una vez suprimido su enemigo, obtener la justicia que reclamaba, ya que, muerto el príncipe, sería fácil restituir a la viuda del primogénito o a su hijo, caso de dar de nuevo con él, los títulos y la fortuna que su tío le arrebatara por modo tan criminal. Esto, a mi ver, es lo que se pactó entre el emperador y el conde en la conferencia celebrada en Schoenbrunn. --En efecto, señor conde, profirió don Adolfo, así pasó; con la única diferencia que el emperador exigió que las hostilidades no empezasen entre el príncipe y el conde hasta encontrarse ambos fuera del imperio, y que el conde solicitó del emperador le proporcionase todos los medios de acción de que dispusiese a fin de hallar a su sobrino, si por acaso vivía aún, en lo que el soberano consintió. El conde se volvió pues a su palacio, provisto de la autorización de S. M., en la que le confería los poderes más amplios para que prosiguiese su venganza, y además una orden hológrafa para que el conde pudiese reclamar siempre y cuando lo exigiese, el auxilio de todos los agentes imperiales, así en Austria como fuera de ella. Como V. comprenderá sin duda, el conde no estaba del todo satisfecho de las condiciones que le impusiera el emperador; pero conociendo la imposibilidad de conseguir más, tuvo que resignarse. Octavio hubiera preferido el arrostrar todas las consecuencias de un proceso escandaloso, a la venganza vergonzosa y mezquina que le permitían; pero en provecho de su hermana y de su sobrino valía más que hubiese obtenido esas semiconcesiones a haberse estrellado inútilmente contra una resolución tomada de antemano y una negativa formal. El conde tomó pues inmediatamente todas las providencias para buscar a su sobrino, en cuyas pesquisas debían servirle grandemente las preciosas noticias que contenían los papeles que Brazo Rojo le entregara, y sin decir nada a su hermana, puso manos a la obra sin perder minuto. ¿Qué más les diré a Vds., amigos míos? Las pesquisas del conde fueron largas, duran todavía; sin embargo, la situación empieza a aclararse, ya que Octavio ha tenido la suerte de hallar a su sobrino, a quien nunca más ha vuelto a perder de vista. Éste, aun en la hora presente, ignora los lazos sagrados que le unen al hombre que le ha educado y le ama como un padre; al hombre que ni aun a su propia hermana ha revelado este secreto, por no querer descubrírselo sino en la ocasión misma en que pueda anunciarle que la justicia queda por fin satisfecha y vengado el marido a quien llora hace tantos años. Desde que el conde empezó la persecución del príncipe, los dos enemigos se han encontrado cara a cara, y más de dos veces Octavio ha podido matar al príncipe; pero el vengador no se ha dejado llevar nunca del odio, más bien dicho, su odio le ha dado fuerzas para esperar. El conde quiere, sí, matar a su enemigo, pero antes quiere que éste se haya deshonrado y caiga, no vencido en una lucha noble, sino como el criminal que por fin sufre el castigo a sus maldades. El aventurero se calló otra vez, y él y sus oyentes guardaron profundo silencio. La noche tocaba a su fin; al través de las entreabiertas ventanas penetraban ya algunas ráfagas de blanquecina luz, que amortiguaban la de las bujías; sordos rumores anunciaban que la ciudad empezaba a despertarse, y las lejanas campanas de los conventos y de las iglesias llamaban a los fieles a la misa del alba. El aventurero se levantó y empezó a pasearse por el aposento, dirigiendo de vez en cuando y al soslayo una mirada escrutadora a sus compañeros. Domingo, arrellanado en su butaca y con los ojos entornados, chupaba maquinalmente una pipa india. El conde del Saulay repiqueteaba con los dedos una tocata sobre la mesa, al par que con el rabillo del ojo seguía las evoluciones del aventurero. --Conque, dijo por fin e inopinadamente Luis, levantando la cabeza y mirando de hito en hito a don Adolfo, ¿ha terminado V. su relato? --Sí, respondió lacónicamente el aventurero. --¿No tiene V. que añadir nada más? --No. --Me parece que se equivoca V., y dispénseme que se lo diga. --No le comprendo a V., mi querido conde. --Me explicaré, pero con una condición. --¿Cuál? --Que no me interrumpa V. --Concedido; le escucho a V., dijo don Adolfo. --Sepa, amigo mío, profirió el conde, que el primer rostro simpático que vi al desembarcar en América, fue el de V. Aunque nuestra situación respectiva era muy diferente, el acaso se ha complacido en acercarnos uno a otro con tal persistencia, que lo que en un principio no era entre los dos sino una amistad pasajera, sin saber como ni como no se ha convertido en afecto sincero y profundo. Y aquí encaja decir que un hombre no se une a otro como yo lo he hecho con V., sin estudiar un poco el carácter del individuo que le atrae; tal me sucedió a mí y tal creo le sucedió también a V. Ahora bien, tengo la pretensión de conocerle a V. bastante íntimamente, para sustentar la convicción de que no ha venido V. de improviso a nuestra casa, esta noche, con el único objeto de cenar, más bien dicho, de hacer una francachela impropia de su carácter y de sus costumbres; y digo esto, porque es V. el hombre más sobrio que he conocido. Además, me llama la atención que V., tan parco en el hablar y sobre todo tan celoso en sus secretos, nos haya hecho un relato muy interesante, sí, pero que aparentemente en nada le atañe y debe de tener una importancia muy secundaria para V. Así pues, digo que si V. vino esta noche a pedirnos una cena de la que pudiera haber prescindido perfectamente, aparte la satisfacción que nos causó su visita, fue con el deliberado propósito de hacernos este relato, relato que tal vez le interesa a V. más que a nosotros. De todo lo cual deduzco que todavía tiene V. algo que decirnos, más claro, pedirnos. --Evidente es, por mí vida, profirió Domingo. --Ea, sí, repuso el aventurero; todo cuanto sospecha V. es cierto; la cena era un pretexto; no vine sino con el intento de contarles a Vds. la historia que escucharon. --Gracias a Dios, dijo gozosamente Domingo, a lo menos esto es hablar con franqueza. --Pero ahora les confieso a Vds. que vacilo; me ha entrado miedo, repuso el aventurero con tristeza. --¡Miedo V.! ¿y de quién? exclamaron los dos jóvenes llenos de sorpresa. --Sí, le tengo, respondió don Adolfo, porque esta larga historia toca a su desenlace y este desenlace va a ser terrible. Al venir aquí tenía la intención de solicitar el concurso de Vds.; pero después reflexioné, y al pensar en la juventud, en la dicha y en la indolencia de ustedes, retrocedí ante la idea de envolverles indirectamente en ella, en esta historia terrible, a la cual deben permanecer extraños. Por favor, olviden Vds. cuanto les dije; tómenlo como un relato hecho después de haber bebido. --No, don Adolfo, exclamó Luis con energía, por mi honor le juro que no sucederá así; y advierto que hablo en nombre mío y en él de Domingo, V. necesita de nosotros; estamos aquí. Ignoro qué interés misterioso tiene V. en ese negocio; ni aun quiero profundizar las causas que le mueven; pero le repito que de prescindir de nosotros en el momento en que va V. a correr un gran peligro que de compartirlo nosotros tal vez pudiera evitarlo, nos demostrará que no siente por Domingo ni por mí afecto ni amistad y que lejos de tenernos por hombres de corazón nos juzga V. muñecos de alfeñique. --V. exagera, señor conde, profirió don Adolfo; nunca he pensado tal. Lo que hay y vuelvo a repetir, es que envolverles a Vds. en este asunto que para nada les interesa, me hace estremecer. --Dispense V., arguyó Luis, desde el momento que le interesa a V., también a nosotros; por tanto nos cabe el derecho de inmiscuirnos en él. El aventurero bajó la cabeza y anudó sus paseos, hasta que transcurridos algunos segundos se detuvo y dijo: --Está bien, ya que Vds. lo exigen, obraremos de común acuerdo; van Vds. a ayudarme en mi empresa, y espero que triunfaremos. --¿V. lo espera? pues yo estoy convencido de ello, profirió el conde. --Entonces partamos, repuso Domingo levantándose. --Todavía no, dijo el aventurero, pero el momento se acerca; juro a Vds. que no tendrán que aguardar mucho tiempo. Ahora bebamos otro vaso de vino a nuestra salud, y adiós. ¡Ah! se me olvidaba; por si no pudiese venir yo mismo, sepan ustedes que la consigna es ésta: -uno y dos hacen tres.- ¿Se acordarán Vds.? --Perfectamente. --Adiós. Cinco minutos después el aventurero estaba fuera de la casa. VIII HORAS DE SOL La casita del Arrabal en la que doña Dolores había hallado tan seguro patrocinio, entre doña María y doña Carmen, aunque modesta y comparativamente muy poco importante, era una deliciosa habitación alhajada con sencillez suma pero con gusto exquisito. En la parte de atrás, cosa muy rara en la capital de Méjico, se extendía una pequeña, pero bien distribuida huerta, poblada de frondosos árboles que daban sombra y frescor y ofrecían gratísimo refugio contra los ardores del sol de mediodía. En el corazón de uno de los fragantes bosquecillos que sombraban el huerto era donde se ocultaban las dos jovencitas para hablar con entera libertad y acompañar con sus argentinas carcajadas los alegres gorjeos de los pájaros. Sólo tres personas habían entrado en aquella casa: el aventurero, el conde y Domingo. El aventurero, siempre absorto en sus misteriosas ocupaciones, aparecía en ella rarísimas veces. No así los jóvenes. Éstos, durante los primeros días, se habían conformado estrictamente a las recomendaciones de su amigo, no haciendo a las damas sino muy contadas visitas, y aun, puede decirse, de un modo furtivo; pero poquito a poco y arrastrados por el hechizo invisible que les atraía inconscientemente, las visitas fueron menudeando y haciéndose más largas, hasta el extremo que, so pretexto de esto o de lo otro, llegaron a pasar los días casi enteros al lado de las damas. Cierto día, mientras los habitantes de la casita, retirados en el riñón de su jardín, estaban hablando entre sí alegremente, se oyó en la calle un alboroto espantoso, y a poco el anciano criado acudió presuroso y despavorido para advertir a su ama que una gavilla de bandidos, reunidos delante de la casa, exigían que les abriesen la puerta, amenazando con astillarla de no consentir en ello. El conde tranquilizó a doña María, diciéndola que nada temiese, y después de inducirla a que no se moviese del jardín, así como las dos jóvenes, él y Domingo se encaminaron hacia la puerta de la casa. Por casualidad Raimbaut había llegado algunos instantes hacía trayendo una carta para su amo, y por lo tanto su presencia era por demás preciosa en aquellas circunstancias. Los tres hombres se proveyeron de sendos fusiles, y después de haberse puesto de acuerdo en pocas palabras, el conde se acercó a la puerta, en la cual daban repetidos golpes desde fuera, y ordenó al anciano criado que la abriese. Apenas entreabierta ésta, se precipitaron como un alud, en el zaguán, unos diez hombres profiriendo voces y aullidos furiosos; pero de improviso se detuvieron; ante ellos, a unos diez pasos, estaban en pie, inmóviles, tres hombres que les apuntaban las bocas de los fusiles. Los bandidos, que en la confianza de no encontrar resistencia iban casi todos sin más arma que un cuchillo sujeto al cinto, quedaron como clavados en el sitio al ver los fusiles apuntados a sus pechos. La actitud enérgica de aquellos tres hombres les impuso, y tras unos segundos de vacilación se detuvieron cruzando entre sí despavoridas miradas. No era aquello lo que les habían dicho; aquella casita, tan tranquila en la apariencia, encerraba una guarnición formidable. El conde entregó su fusil al anciano criado, y empuñando un revólver de seis tiros, avanzó resueltamente al encuentro de los bandidos. Los cuales, impulsados por un movimiento contrario, empezaron a retroceder paso a paso, hasta que, llegado que hubieron a la puerta, volvieron grupas de un brinco y pusieron pies en polvorosa. El conde cerró de nuevo y con toda tranquilidad la puerta, y después de celebrar con francas risotadas, junto con sus compañeros, la fácil victoria que acababan de alcanzar, se reunieron a las damas, a quienes encontraron acurrucadas y temblorosas en lo más retirado de la huerta. Esta lección había bastado para que nunca más hubiesen vuelto a turbar la tranquilidad de los habitantes de la casita. Sin embargo, doña María, agradecida al servicio que le habían prestado los jóvenes, no sólo no halló ya que éstos le hacían las visitas demasiado largas, sino que cuando éstos, por urbanidad, manifestaban deseos de retirarse, les incitaba a que todavía no se marchasen. A bien que las dos jovencitas unían sus ruegos a los de la dama, con lo que Luis y Domingo se dejaban convencer fácilmente. A primeras horas de la tarde del día que siguió a la noche en que don Adolfo cenó tan copiosamente con sus amigos, los dos jóvenes, que por regla general se presentaban a las once de la mañana en casa de doña María, todavía no habían parecido. Doña Dolores y doña Carmen, reunidas en el comedor, hacían que ordenaban y desempolvaban los muebles para no ir al jardín, donde hacía largo rato las estaba aguardando doña María. Aunque no hablasen, las jóvenes, mientras ordenaban, o más bien, desordenaban los muebles, consultaban a cada punto el péndulo. --¿V. se explica, Carmencita, dijo doña Dolores haciendo un gracioso mohín, que mi primo no haya llegado todavía? --Es inconcebible, querida, respondió al punto doña Carmen, y confieso a V. que estoy en zozobra; dicen que en estos momentos la ciudad anda revuelta. ¡Con tal que no les haya sucedido alguna desgracia! --Sería horrible. --¿Qué sería de nosotras solas y sin amparo en esta casa, en la que ya hubiéramos perecido asesinadas a no ser ellos? --Tanto más cuanto para nada podemos contar con don Jaime, que siempre está ausente. Las dos doncellas exhalaron un suspiro, cruzaron en silencio una larga mirada, y echándose mutuamente los brazos al cuello rompieron a llorar. Una y otra se habían comprendido: no era por ellas por quien temían. --¡Ah! ¿conque le amas? preguntó por fin doña Dolores en voz baja y entrecortada al oído de su amiga. --¡Oh! sí, respondió suavemente doña Carmen, ¿y tú? --También. Hecha la confesión, las dos jóvenes nada tenían ya que ocultarse. --¿Desde cuándo le amas? preguntó doña Carmen. --No sé; me parece que le he amado siempre. --¿Y él te ama? siguió preguntando la hija de doña María. --¡Desde el momento que yo le amo! --Tienes razón. Lo que en sí tiene de adorable el amor, es que es esencialmente ilógico; de lo contrario no sería tal. De pronto las dos jóvenes se irguieron y se llevaron la diestra al corazón. --Aquí está, dijo doña Dolores. --Viene, profirió doña Carmen. ¿Cómo lo sabían las jóvenes, cuando en el exterior reinaba el silencio más profundo? Doña Carmen y doña Dolores abandonaron entonces el comedor, y echaron a correr hacia el jardín como dos palomas despavoridas. Casi al punto llamaron a la puerta, y sin duda el anciano criado conoció a quien llamaba, pues acudió inmediatamente al llamamiento. El conde y su amigo entraron. --¿Están las señoras? preguntó Luis. --En la huerta, excelentísimo señor, respondió el criado cerrando la puerta. Las damas estaban sentadas en un bosquecillo: doña María, bordando; las jóvenes, leyendo con mucha atención en la apariencia, con tanta atención, que por más que se sonrojaron súbitamente, no oyeron chillar sobre la arena de las alamedas las pisadas de los visitantes y quedaron grandemente sorprendidas al verles. Éstos se descubrieron al penetrar en el bosquecillo y saludaron respetuosamente a las damas. --Por fin han llegado Vds., señores, dijo doña María sonriendo; ¿saben Vds. que estábamos en zozobra? --¡Oh! repuso doña Carmen repulgando la boca. --¡Bah! murmuró doña Dolores, esos caballeros habrán sin duda hallado en otra parte ocasión de divertirse, y la aprovecharon. El conde y Domingo, que no comprendían el lenguaje de las jóvenes, las miraron con sorpresa. --Ea, locuelas, dijo con blandura doña María, no martiricen Vds. a esos caballeros; les tienen Vds. todos corridos y avergonzados. Si no vinieron antes es porque les fueron imposible. --Son completamente libres de venir cuando les plazca, profirió doña Dolores con desdén. --Nos guardaremos muy bien de buscarles quisquillas por tan poco, añadió doña Carmen en el mismo tono. Los jóvenes, para quien estas últimas palabras fueron el golpe de gracia, perdieron la serenidad. Las zumbonas jóvenes les miraron por un instante al soslayo, y luego se echaron de improviso a reír de un modo tan franco, que el conde y Domingo palidecieron de despecho. --¡Vive Dios! exclamó el vaquero, que es demasiada crueldad castigarnos de esta suerte por una falta que no hemos cometido. --Don Adolfo nos ha retenido a su lado pese a nuestra voluntad, dijo el conde. --¡Ah! ¿han visto Vds. a don Jaime? preguntó doña María. --Sí, señora, respondió Luis, ayer a las once de la noche vino a vernos. Los dos jóvenes tomaron entonces asiento y la conversación continuó en tono festivo. Doña Carmen y doña Dolores, a quienes les placía apurar la paciencia del conde y de Domingo, por más que en su interior sintiesen que éstos no comprendiesen el sentimiento que dictaba sus reproches, no cesaron en sus pullas. En cuanto a Luis y al vaquero, no podían experimentar dicha mayor que la de encontrarse al lado de aquellas hermosas y sencillas jóvenes; les embriagaba el fuego de sus miradas; escuchaban con arrobo la suave música de su voz, y no pensaban sino en gozar lo más posible de la grata ventura que les deparaba a tan poca costa el destino. De esta suerte y con la velocidad del sueño se deslizó la tarde y parte de la noche; y al sonar las nueve, se retiraron a su casa, sin cruzar, durante el camino, una sola palabra. --¿Tienes sueño? preguntó el conde a su amigo, una vez en su habitación. --No, respondió éste; ¿por qué me lo preguntas? --Porque desearía hablar contigo. --Magnífico; yo también tengo que hablarte. --¡Ah! profirió el conde, pues mientras nos fumamos un puro cada uno y remojamos las fauces con una botella de grog, podemos explicarnos. --De mil amores. Luis y Domingo se sentaron frontero uno de otro, y encendiendo sendos puros, dijo el primero: --¡Qué día más delicioso hemos pasado! 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000