de tanto tiempo temblaran, y a fin de no perder aquel espectáculo
para ellos tan atractivo, acampaban en calles y plazas, aguardando
con impaciencia la hora de la ejecución. El conde dio poquísima o
ninguna importancia a tales noticias, y como estaba fatigado de un
viaje de dos días seguidos por caminos intransitables, en cenando se
dispuso a acostarse; pero en el preciso instante en que entraba en el
dormitorio, pareció un criado que cruzó en voz baja algunas palabras
con el ayuda de cámara de aquél.
--¿Qué ocurre? preguntó Octavio, volviendo el rostro.
--Perdone, señor conde, respondió respetuosamente el criado; pero ahí
fuera está un hombre que desea hablar con vuecencia.
--¿A estas horas? profirió Octavio con extrañeza; es imposible: ¿apenas
llego y ya conocen mi llegada? Diga V. al sujeto ese que vuelva mañana;
ahora es demasiado tarde.
--Ya se lo he manifestado, señor conde, y me ha contestado que mañana
sería inútil que se viese con vuecencia.
--¡Es extraordinario! ¿qué clase de individuo es ése?
--Un sacerdote, señor conde, y ha añadido que lo que tiene que
comunicar a vuecencia es muy grave y que por lo tanto rogaba
encarecidamente que vuecencia le recibiese.
Octavio, por demás cuidadoso de tal visita y sobre todo de que se la
hicieran a hora tan avanzada, se arregló el traje y se encaminó al
salón, anheloso por conocer la clave del enigma. En efecto, en medio
del salón le estaba aguardando, en pie, un sacerdote, hombre ya de edad
provecta, de larga y cana cabellera que se le desparramaba por los
hombros, dándole un aspecto venerable, completado por la expresión de
bondad y de tranquila grandeza que se le reflejaba en el semblante. El
conde, al verle, le saludó respetuosamente y con el gesto le invitó a
que se sentase.
--Dispénseme V., señor conde, respondió el sacerdote inclinándose y
permaneciendo en pie. Soy capellán de la cárcel y... ¿V. habrá sin duda
oído hablar de la captura de ciertos malhechores?
--Sí, señor, me han dado algunas vagas noticias sobre el particular.
--Muchos de esos desventurados han recibido ya el terrible castigo a
que les condenó la justicia humana, y el más culpado de todos, su jefe,
debe ser ejecutado a su vez mañana al salir el sol.
--Lo sé, señor.
--El hombre ese, continuó el capellán, próximo a comparecer ante Dios,
su juez supremo, al que tiene que dar una cuenta terrible, gracias a
mis esfuerzos para inducirlo al arrepentimiento, ha sentido penetrar el
remordimiento en el corazón. El arribo de V. a la ciudad, cuya noticia
llegó hasta él ignoro como, le ha parecido un aviso de la Providencia,
y al punto me mandó a buscar para rogarme que viniese a verme con V.
--¡Conmigo! exclamó el joven lleno de pasmo; ¿Qué conexión puede haber
entre yo y ese bandido?
--Lo ignoro, señor conde; respecto del particular nada me ha dicho; lo
único que me encargó es que en su nombre le rogase a usted se sirviese
ir a verle en su calabozo para escuchar de sus labios la revelación de
un secreto de importancia grandísima.
--No sé qué pensar de lo que V. me dice, profirió Octavio, pues no
conociendo como no conozco al hombre ese, no comprendo qué punto de
contacto pueda tener con la suya mi existencia.
--Es indudable que él va a explicárselo, señor conde, repuso el
sacerdote. Si me permite usted un consejo, consienta V. en la
entrevista que solicita el reo. Hace muchos años que soy capellán de
la cárcel y he visto morir a muchos criminales. El hombre más fuerte y
más denodado, ante la muerte se achica y acobarda y tiembla, y perdida
toda esperanza en los hombres, la pone en Dios. El desdichado Brazo
Rojo, que debe morir mañana, sabe que nada puede sustraerlo al terrible
destino que le aguarda; de consiguiente ¿con qué objeto solicitaría,
en los umbrales de la muerte, la entrevista esa, si no fuese con él
de rescatar por medio de la revelación que quiere hacer a usted, tal
vez uno de sus más horrendos crímenes, por más que este crimen sea
quizás el más ignorado de todos? Créame V., señor conde, en esto está
el dedo de la Providencia; no es el acaso él que le trajo a V. a esta
ciudad en el preciso momento de expiación tan terrible; consienta V.
en seguirme y en bajar al calabozo donde este desdichado aguarda sin
duda con la más viva ansiedad y contando los minutos su llegada de V.
Aún suponiendo que esa revelación no asuma para V. la importancia que
pretende el reo, ¿se negaría V. a dar este último, consuelo a un hombre
que por modo tan fatal va a ser borrado del catálogo de los vivos?
Acceda V., señor conde, se lo suplico.
Octavio se decidió por fin, y envolviéndose en una capa se salió de su
casa en compañía del sacerdote.
A pesar de la hora avanzada, pues era poco más o menos la media noche,
la plaza estaba llena de una multitud que lejos de disminuir iba en
aumento con la llegada de nuevos individuos que acudían presurosos de
las aldeas circunvecinas.
Octavio y su guía se abrieron con grandes dificultades paso por entre
la muchedumbre, hasta llegar a la cárcel, frente a la cual había gran
número de centinelas.
El capellán dijo algunas palabras al que de éstos estaba más próximo
a la puerta, y él y el conde, seguidos de un carcelero, se dirigieron
hacia el calabozo del condenado a muerte. El carcelero, con un farol
en la mano, guió silenciosamente a los dos visitantes al través de una
larga serie de corredores, y una vez delante de una puerta forrada de
hierro, se detuvo y pronunció estas únicas palabras:
--Pueden Vds. entrar.
El capellán y el conde penetraron en el calabozo; y decimos calabozo
por ser palabra consagrada por el uso, ya que la pieza en la que
aquéllos entraron todo lo parecía menos tal. Era una celda bastante
capaz, iluminada por dos ventanas ojivales provistas de fuertes rejas
en la parte exterior, y en la cual había una cama, más bien dicho, un
catre sobre el que estaba tendido un cuero de vaca, una mesa, gran
número de sillas y un espejo colgado del muro. En la testera se veía un
altar cubierto de negro, en él que, desde que se dictó la sentencia, el
capellán rezaba una misa por la mañana y otra por la tarde.
El condenado estaba en capilla.
Al oír este pormenor, pues la costumbre de poner en capilla a los
reos de muerte sólo existe en España y sus colonias, los dos oyentes
cruzaron al soslayo una mirada de inteligencia, que pasó inadvertida
al aventurero. El cual, sin notar la falta que acababa de cometer,
continuó.
--El condenado, que estaba sentado en un taburete, con la cabeza en la
palma de la diestra y el codo apoyado en la mesa, y leyendo a la luz de
un humoso candil, al entrar los visitantes se levantó con diligencia, y
saludando con la cortesía más exquisita, dijo:
--Señores, sírvanse Vds. dispensarme la honra de molestarse unos
instantes; pronto van a llegar las personas a quienes mandé a buscar y
cuya presencia aquí es indispensable para que luego nadie pueda poner
en tela de juicio la veracidad de lo que voy a revelar.
El capellán y el conde hicieron un gesto de asentimiento y se sentaron
en las butacas que aquél les acercara.
Los circunstantes guardaron silencio por espacio de algunos minutos,
silencio sólo interrumpido por el cadencioso paso del centinela
colocado en el corredor para vigilar al condenado.
Brazo Rojo se había sentado de nuevo en su taburete y parecía meditar,
cuya circunstancia aprovechó el conde para examinarle detenidamente.
Era el bandido hombre de treinta y cinco a cuarenta años, alto y
bien formado y de gestos desembarazados y elegantes. Debido a la
costumbre del mando, tenía la cabeza un tanto echada hacia atrás, sus
facciones eran abultadas y simpáticas y en su mirada había una fijeza
extraordinaria; en cuanto a la fisonomía, es imposible describir
el singularísimo sello que imprimía en ella la notable expresión de
apacibilidad y de energía que la animaba. Cabellos azulados de puro
negros, espesos y ensortijados de suyo, que se le desparramaban por los
hombros, formaban marco a su hermoso rostro. El traje que llevaba el
reo, de terciopelo negro y de corte excepcional, hacía contraste con la
palidez mate de su dueño, y a ser posible realzaba el aspecto simpático
de éste.
Transcurridos algunos minutos se oyó ruido de pasos en el corredor,
rechinó una llave en la cerradura, se abrió la puerta, y parecieron
dos hombres guiados por el carcelero, el cual, después de haberles
introducido silenciosamente en el calabozo, volvió a salir, cerrando
tras sí la puerta.
El primero de los dos sujetos recién entrados era el director de
la cárcel, anciano todavía lozano a pesar de sus setenta años, de
facciones sosegadas, aspecto venerable, y cuyos cabellos, canos, poco
abundantes y cortados casi al rape en las sienes, por detrás le caían
sobre el cuello de su levita. El segundo, militar, un mayor, a juzgar
por sus charreteras, frisaba con los treinta, y nada de particular
ofrecían sus facciones; era uno de esos hombres nacidos para vestir el
uniforme y que en traje de paisano están ridículos.
Ambos saludaron cortésmente, y sin proferir palabra aguardaron a que se
la dirigieran explicándoles el porqué de haberles llamado a aquel sitio.
Comprendiéndolo así el reo, éste se apresuró a hacerles sabedores de
las causas que le habían obligado a suplicarles a que se presentasen
en el calabozo en el momento supremo en que nada debía esperar ya de
los hombres.
--Señores, dijo con voz firme Brazo Rojo, dentro de algunas horas habré
saldado mis cuentas con la justicia humana y compareceré ante la más
terrible de Dios. Desde el día en que empezó para mí la implacable
lucha que sostuve contra la sociedad, cometí muchos crímenes, serví
a muchos odios y convertí en cómplice de un número incalculable de
atentados a cual más odioso. La sentencia que me condena es justa, y
aunque resuelto a sobrellevarla con la fortaleza del hombre a quien
la muerte no ha arredrado nunca, creo deber confesar a Vds., con la
sinceridad más grande y la humildad más profunda, que me arrepiento de
mis crímenes, y que lejos de morir impenitente, los expiaré suplicando
a Dios, no que me perdone, sino que tome en cuenta mi arrepentimiento.
--Bien, hijo mío, bien, dijo con amor el capellán; refúgiese V. en
Dios, su bondad es infinita.
Por espacio de algunos segundos reinó el más profundo silencio.
--En este momento supremo, dijo por fin Brazo Rojo, querría haber
reparado los males que he causado; pero ¡ay! es imposible, mis víctimas
están muertas y poder alguno humano sería capaz de devolverles la
vida que tan traidoramente les quité. Sin embargo, entre los crímenes
que sobre mí pesan hay uno, tal vez de todos el más horrendo, que si
no puedo repararlo completamente, a lo menos espero neutralizar sus
efectos, revelando a Vds. sus siniestras peripecias y divulgando el
nombre de mi cómplice. Dios, al conducir de improviso a esta ciudad al
conde Octavio, quiso sin duda imponerme esta expiación; por lo tanto
me someto a su voluntad, esperando que en cambio de mi obediencia tal
vez se apiade de mí. Al suplicarles a Vds., señores, que viniesen aquí,
me guió la idea de que la persona más interesada en lo que voy a decir
contase con los testigos indispensables, para que después la justicia
humana pudiese, sin temor alguno, perseguir al culpado. Así pues,
señores, sírvanse Vds. tomar nota de mis palabras, que al umbral del
sepulcro les juro serán reflejo de la verdad más pura.
El condenado se calló y se entregó a la meditación como para recoger
sus recuerdos.
Los asistentes sentían la curiosidad más viva; el conde,
principalmente, ensayaba en vano, bajo una apariencia fría y
severa, disimular la ansiedad que le oprimía el corazón; tenía el
presentimiento de que por fin iba a ser dueño del impenetrable secreto
que hasta entonces envolvía a su familia y cuyo descubrimiento
persiguiera inútilmente por espacio de tanto tiempo.
Brazo Rojo escogió, entre los muchos papeles que cubrían su mesa, un
cuaderno bastante voluminoso, y después de abrirlo y colocarlo ante sí,
dijo:
--Aunque desde la fecha en que ocurrieron los sucesos que aquí se
narran, hayan transcurrido ocho años, están tan presentes en mi
memoria, que tan pronto supe la llegada del conde Octavio a esta
ciudad, me puse a escribirlos circunstanciadamente a vuela pluma. Esta
horrorosa historia es la que voy a leerles a Vds., señores; historia
a cuyo pie me harán ustedes luego el favor de echar su firma, a fin
de dar al manuscrito este la autenticidad indispensable para que el
señor conde haga de él el uso que juzgue más conveniente en pro de su
familia y para castigo del culpado. Yo no fui sino el cómplice pagado,
el instrumento de que se sirvieron para herir a la víctima.
--Esta precaución es muy buena, dijo entonces el director de la cárcel;
no hallaremos reparo en firmar esa revelación, sea la que fuere.
--Gracias, señores, profirió el conde; por más que yo ignore los hechos
que van a sernos revelados, me asisten sin embargo ciertas razones
particulares para tener la cuasi certeza de que lo que voy a saber
es de grandísima importancia para la dicha de algunas personas de mi
familia.
--Va V. a juzgar de ello, señor conde, dijo el reo, empezando a leer su
manuscrito, lo cual duró próximamente dos horas.
Del conjunto de los hechos resultaba: primeramente que la bala que
cortara la existencia del príncipe de Oppenheim-Schlewig había partido
del fusil de Brazo Rojo, quien al efecto se emboscara entre unas
matas, y que el segundogénito del príncipe había pagado al bandido
para que cometiera tal asesinato. Una vez en la resbaladiza pendiente
del crimen, el joven se había entregado a él en cuerpo y alma, sin
vacilación y sin remordimientos, para lograr el fin que se propusiera,
que no era sino él de apoderarse de la fortuna paterna. Después de un
parricidio, para él nada significaba un fratricidio, y lo llevó a cabo
con un lujo de precauciones atroz. Otros crímenes más horrorosos aún,
si es posible, los refería el manuscrito, con una verdad de pormenores
tal y con apoyo de pruebas tan irrecusables, que los testigos llamados
por el reo se preguntaban con espanto si era posible que existiese un
monstruo tan atroz y qué horrible castigo le reservaba la justicia
divina, de la que él se burlaba con tan horroroso cinismo hacía tantos
años. A la princesa, al saber la muerte de su esposo, le habían
sobrevenido los dolores del parto y dado a luz, no una niña, como todos
creían, sino dos gemelos, uno de los cuales, el niño, fue arrebatado
por orden del príncipe con objeto de anular la cláusula del testamento
de su padre que transmitía al hijo que debía nacer, caso de ser varón,
los títulos y toda la fortuna de la familia.
El conde Octavio, con el rostro sepultado entre las manos, se creía
pábulo de una terrible pesadilla; a pesar de las prevenciones que le
animaran siempre contra su cuñado, nunca se hubiera atrevido a creerle
capaz de cometer impasiblemente y a largos intervalos una serie de
crímenes odiosos pacientemente urdidos y meditados a impulsos de la más
vil, despreciable e inexcusable de todas las pasiones, la sed de oro.
El conde se preguntaba si no obstante las irrecusables pruebas que de
esta suerte y de improviso se le venían a las manos, hallaría en todo
el imperio un tribunal que se atreviese a asumir la responsabilidad
de perseguir tan vergonzosos e inhumanos crímenes. Además, como de
hacer pública tal revelación quedaba irremisiblemente deshonrada una
familia a la cual estaba entroncada la suya, ¿iba a refluir sobre ésta
la deshonra? Todos estos pensamientos bullían en la mente del conde,
causándole dolores agudísimos y acrecentando su perplejidad hasta el
extremo que no sabía que resolución tomar. En caso tan grave, no se
atrevía a pedir consejo a nadie ni buscar apoyo fuera de sí mismo.
--Caballero, dijo Brazo Rojo levantándose y acercándose al conde, tome
V. este manuscrito; desde ahora le pertenece.
El conde tomó maquinalmente el cuaderno que le entregaba el reo, quien
continuó en estos términos:
--Comprendo su admiración de V. y su espanto, señor; son tan horribles
los acontecimientos esos, que a pesar del sello de verdad que revisten,
de las circunstancias excepcionales en que han sido escritos, y de la
autoridad de las personas que los han firmado después de leídos, corren
peligro de ser puestos en duda; así pues quiero ponerlos al abrigo de
toda sospecha de impostura, añadiendo al manuscrito lo que se ha dado
en llamar piezas de autos y que yo llamaré pruebas irrecusables.
--¿Posee V. pruebas? preguntó el conde estremeciéndose.
--Sí, señor. Sírvase V. abrir esta cartera y en ella hallará
veintitantas cartas de su cuñado de usted dirigidas a mí, todas ellas
referentes a los hechos narrados en este manuscrito.
--¡Dios mío! ¡Dios mío! profirió el conde juntando las manos; pero
volviéndose prontamente hacia Brazo Rojo, dijo: es muy singular.
--Le comprendo a V., repuso el reo sonriendo.
V. se admira de que yo poseyese cartas tan comprometedoras para el
príncipe, sin que éste se haya servido de su poderío para hacerme
desaparecer y recuperarlas.
--En efecto, dijo el conde, admirado de que el reo hubiese adivinado
su pensamiento; el príncipe, mi cuñado, es hombre por todo extremo
prudente, y sobre esto tenía interés sumo en hacer desaparecer pruebas
tan abrumadoras para él.
--Así es, y no hubiera dejado de hacerlo aun cuando hubiese debido
apelar a los medios más expeditos para conseguirlo; pero el príncipe
ignora que tales pruebas hayan quedado en mis manos y por qué sucedió
así. Voy a explicárselo a V.: cada vez que por escrito me daba una
cita, en presencia de él quemaba yo una carta exacta a la que él
me había enviado, para demostrarle la buena fe de mi conducta y
la confianza que él me merecía; de modo que nunca sospechó que yo
las hubiese retenido en mi poder. Luego y en cuanto hubo parido la
princesa, suponiendo yo con fundamento que habiendo el príncipe logrado
sus propósitos desearía deshacerse de mí, le salí a camino abandonando
de repente el país, durando mi ausencia tres años, que los pasé en
el extranjero. Transcurrido este período de tiempo, hice circular la
voz de mi muerte, componiéndomelas para que esta noticia llegase a
oídos del príncipe, con visos de la más exacta verdad. Luego me vine
aquí. El príncipe nunca supo como me llamaba yo, porque nosotros,
los caballeros de carretera, no sólo tenemos la costumbre de cambiar
de seudónimo cada dos por tres, siendo como es para nosotros el
incógnito una salvaguardia, sino usar tres o cuatro a la par a fin de
establecer respecto de nosotros una confusión gracias a la cual nos
encontramos del todo seguros. Así pues, el príncipe, a pesar de todas
sus pesquisas, si, lo que ignoro, intentó llevarlas a cabo alguna vez,
no logró, no diré descubrir mi paradero, ni aun comprobar mi existencia.
--Pero ¿con qué objeto había V. conservado estas cartas? preguntó el
conde.
--Con el muy sencillo de servirme de ellas para obligar al príncipe,
por medio del temor a una revelación, a que me proporcionase el dinero
que me hiciese falta cuando se me antojase renunciar a mi peligroso
oficio; pero como me sorprendieron cuando menos lo esperaba, no pude
hacer uso de ellas; y ello no lo siento ahora, se lo aseguro a V.
--Gracias, dijo con efusión el conde; pero en cambio del inmenso
servicio que acaba V. de prestarme ¿no me sería dable hacer algo por V.
en la situación extrema en que se halla?
Brazo Rojo dirigió al soslayo una mirada en torno de sí, y vio que para
dejar al conde en completa libertad de hablar con él, el capellán y los
dos militares se habían retirado al rincón más distante del calabozo,
donde al parecer conversaban con mucha animación.
--¡Ah! señor conde, dijo el reo con voz apenas perceptible, es ya
demasiado tarde; yo hubiera querido...
--Diga V., tal vez pueda yo satisfacer su último deseo.
--No es la muerte lo que me espanta, señor, profirió Brazo Rojo, sino
subir al ignominioso cadalso, el verme expuesto en vida a la irrisión y
a los insultos de ese populacho al que por tanto tiempo vi temblar ante
mí; esto es lo que turba mis postreros instantes y me entristece. Lo
que yo quisiera es burlar la expectación de esa multitud frenética que
anticipadamente se recrea en mi suplicio, y que llegado el momento de
conducirme a él no encontrasen sino mi cadáver. Ya ve V., señor conde,
que nada puede hacer en mi favor.
--Se equivoca V., repuso Octavio con viveza; no sólo puedo evitarle
a V. el bochorno del cadalso, sino también a sus dos compañeros, si
quieren.
--¿No me engaña V.? preguntó el reo, por cuyos ojos pasó un rayo de
alegría.
--¡Silencio! profirió el conde; ¿qué interés tendría yo en engañarle,
cuando no deseo sino demostrarle mi agradecimiento?
--Dice V. bien; pero ¿de qué medio va V. a valerse?
--Escuche V., esta sortija que ostento en el dedo encierra un veneno
activísimo; basta abrir el engaste y aspirar su contenido para caer
muerto con la rapidez del rayo y sin padecimiento alguno. Uno de mis
antepasados trajo de Nueva España, de donde había sido virrey, esta
sortija. Ya sabe V. cuan inteligentes son los indios para componer
venenos. Tome V. la sortija.
--¡Oh! gracias, dijo Brazo Rojo, apoderándose de ella y escondiéndosela
en el pecho; gracias, señor conde, ha saldado V. sus cuentas conmigo,
nada me debe V. ya; al contrario, donándome esta sortija sale V.
acreditando. Gracias, gracias; de esta suerte mis pobres amigos y yo
evitaremos la suerte ignominiosa que nos espera.
El conde y Brazo Rojo se acercaron entonces a los demás personajes
que concurrieran al calabozo, los cuales, al ver que el coloquio que
aquéllos sostenían había terminado, cesaron de hablar.
--Caballeros, dijo el reo, con toda el alma les agradezco a Vds. que
se hayan dignado asistir a la revelación que mi conciencia me ordenaba
hacer; ahora me siento más sosegado, y puedo aguardar tranquilamente
los brevísimos instantes que me separan de la muerte. Quisiera pedir a
Vds. un nuevo favor, y es que me dejasen pasar los contados segundos
que de existencia me quedan, junto a mis dos compañeros que, cual yo,
deben morir hoy en el patíbulo.
--Es un consuelo supremo, repuso el capellán.
El director de la cárcel reflexionó por espacio de un minuto, y luego
dijo al reo:
--No hallo inconveniente en acceder a sus deseos; voy a dar las órdenes
necesarias para que conduzcan acá a sus compañeros y permanezcan Vds.
reunidos hasta el momento de la ejecución.
A una orden del director de la cárcel, el centinela llamó al carcelero,
que acudió a abrir la puerta del calabozo.
--Adiós, señores, dijo el reo. Él les acompañe.
El conde, después de haberse despedido del capellán y de las otras
dos personas, se salió de la cárcel, atravesó la plaza, llena de una
multitud inmensa, y se apresuró a entrar en su casa, donde llegó en
el preciso instante en que sonaban las seis, hora designada para la
ejecución.
De improviso y como por arte de magia imperó el más profundo silencio
entre la muchedumbre, un segundo antes tan bulliciosa y movediza; y es
que por fin iba a ver cumplida su venganza.
VII
EL VENGADOR
No bien hubo llegado a su casa, el conde dictó sus disposiciones para
partir inmediatamente, olvidándose por completo del asunto que le
llevara a Bruneck. Por otra parte, por muy importante que le hubiese
sido el asunto, no hubiera sido parte a retenerle; tal era la priesa
que de alejarse sentía aquél.
Sin embargo, no tuvo más remedio que permanecer todavía algunas horas
más en la ciudad, por no ser posible disponer de caballos hasta las
tres de la tarde.
Octavio se aprovechó de este contratiempo para tomar algún descanso,
pues en efecto le rendía la fatiga. A poco de haberse acostado dormía
tan profundamente, que no oyó siquiera las desaforadas y furiosas
voces que daba la multitud al ver que en lugar de los tres criminales
a quienes hacía tanto tiempo estaba aguardando para gozarse en su
suplicio y saborear con delicia una venganza tan anhelada, no le
entregaban sino tres cadáveres.
En el momento en que el carcelero y los agentes de la justicia entraron
en el calabozo de los condenados para conducir a éstos al patíbulo, no
hallaron sino tres cadáveres.
Cuando el conde despertó, todo había concluido; las tiendas estaban
abiertas y la ciudad ofrecía el aspecto normal.
Octavio preguntó si estaba dispuesto el coche, y al responderle que
éste le estaba aguardando a la puerta de la casa, apresuró los últimos
preparativos, que pronto estuvieron terminados, y bajó a la calle.
--¿A dónde vamos, excelentísimo señor? preguntó el lacayo
descubriéndose.
--A Viena, respondió el conde, acomodándose en el testero del carruaje.
El postillón esgrimió su látigo, y los caballos partieron a escape.
Octavio había reflexionado, y el resultado de sus reflexiones fueron
éste: sólo existía una persona bastante poderosa para hacer que le
administraran recta y pronta justicia: el emperador; así pues a éste
era a quien debía dirigirse. Ahí porque tomó el camino de Viena.
Larga es la distancia que separa a Bruneck de la capital del imperio;
así es que en aquellos tiempos en que los caminos de hierro estaban en
sus comienzos y no existían sino en ciertas líneas estratégicas muy
contadas, los viajes eran largos, incómodos y dispendiosos. Él del
conde duró veintisiete días. Lo primero que hizo Octavio al llegar al
término que se propusiera, fue informarse respecto de la residencia
del emperador, que en aquel entonces se encontraba en Schoenbrunn,
situado a una legua escasa de Viena. Para no perder un tiempo precioso,
empero, era menester recabar lo más pronto posible una audiencia del
emperador, y como Octavio pertenecía a una familia demasiado encumbrada
para que le hiciesen esperar, dos días después de su llegada a la
capital de Austria, fue recibido en audiencia.
Como ya he manifestado, el palacio de Schoenbrunn se levanta a legua o
legua y media de Viena, allende y un poco a la izquierda del arrabal
de Mariahilf. Dicho palacio imperial, empezado por José I y terminado
por María Teresa, es de construcción sencilla, elegante, graciosa,
sin embargo de lo cual no carece de majestad. Se compone de un gran
cuerpo con habitaciones del que parten dos alas circulares, y corona
el peristilo una escalinata de dos rampas que afluye al piso primero.
Paralelos al cuerpo principal del palacio hay algunos edificios bajos
destinados a la servidumbre y a las caballerizas, los cuales están
unidos a cada uno de los extremos de las alas, dejando únicamente en
el eje de la escalinata una abertura no de diez metros, a cada lado de
la que se levanta un obelisco. Se llega a Schoenbrunn por un puente
echado sobre el Viena, delgado hilo de agua que va a perderse en el
Danubio, y a espaldas del palacio se extiende un jardín semicircular
en el testero del cual se levanta un mirador situado en la cúspide de
un otero sembrado de césped rodeado de umbríos sotos, en los que se
disfruta de suavísimo ambiente y del armonioso gorjear de infinidad de
pájaros, Schoenbrunn, célebre por haber vivido en él Napoleón I y haber
muerto en él, tras dolorosa agonía, el duque de Reichstad, hijo de este
famoso capitán, ostenta un sello de indecible tristeza y de indefinible
languidez; todo en él es sombrío, melancólico y aflictivo; la corte,
con su rigurosa etiqueta y su fausto, apenas si logra de tiempo
en tiempo galvanizar aquel cadáver. Como el palacio de Versalles,
Schoenbrunn no es sino un cuerpo sin alma, incapaz de volver a la vida
bajo esfuerzo alguno.
El conde llegó a Schoenbrunn diez minutos antes de la hora de su
audiencia, fijada para mediodía, y una vez ésta hubo sonado, un
chambelán de servicio, que le estaba aguardando, le introdujo a
presencia del emperador, que se encontraba en un salón particular, en
pie y arrimado a una chimenea.
La acogida que el soberano reservó al conde, fue cordial en extremo.
La audiencia duró unas cuatro horas, y fue tan secreta, que nadie ha
sabido nunca qué pasó entre el emperador y el conde; lo único de que se
tiene noticia es que al despedirse los conferenciantes, S. M., en el
momento de tender la mano al conde para que éste se la besase, dijo:
--Creo que vale más obrar así; en pro de la nobleza toda, es menester
evitar a toda costa el horroroso escándalo que provocaría la publicidad
de tan espantosos hechos; no le faltará a V. nunca mi apoyo; vaya V.,
señor conde, y quiera Dios que con los elementos que pongo en sus manos
consiga V. sus propósitos.
El conde hizo una respetuosa reverencia y se volvió a Viena, de la que
salió aquella noche misma para tomar la vuelta de su casa.
Al par que Octavio, y por el mismo camino, salió un correo de gabinete,
expedido por el emperador.
El aventurero, al llegar aquí de su relato, hizo una nueva pausa, y
fijando los ojos en el conde del Saulay, le preguntó:
--¿V. sospecha lo que pasó entre el emperador y Octavio?
--Casi casi, respondió el joven.
--¡Ah! profirió el aventurero con admiración, me gustaría saber el
resultado de sus observaciones.
--¿Me permite V. que se lo diga?
--Pues sí.
--Mi querido don Adolfo, repuso Luis, como usted sabe, yo soy noble.
En Francia el rey es el primero entre la nobleza de su reino, el
-primus ínter pares-, y tal supongo sucede en todas partes. Ahora bien,
todo ataque contra alguno de los miembros de la nobleza hiere tan
profundamente al soberano como a los demás nobles del imperio. Cuando
el Regente de Francia condenó al conde de Horn a ser descuartizado en
la plaza de Greve, por haber robado y asesinado a un judío, respondió
a un señor de la corte que intercedió para con él a favor del culpado
recordándole que el conde de Horn estaba emparentado con familias
reinantes y que era pariente suyo: « Cuando tengo sangre mala me
la hago sacar. » Y se volvió de espaldas al solicitante. Esto no
obstante, la nobleza mandó sus carrozas a la ejecución del conde de
Horn. Lo que V. acaba de referir es poco más o menos lo mismo; la
única diferencia que existe es que el emperador, menos enérgico que el
Regente de Francia, al par que conocía que era menester administrar
justicia, retrocedió ante una publicidad que, según él, debía señalar
con un estigma infamante a la nobleza toda de su nación, y, como todos
los hombres débiles, se detuvo a la mitad del camino, esto es, dio
probablemente una autorización al conde para que éste pudiese valerse
de cualquier pretexto para matar o hacer asesinar a su noble pariente,
y, una vez suprimido su enemigo, obtener la justicia que reclamaba,
ya que, muerto el príncipe, sería fácil restituir a la viuda del
primogénito o a su hijo, caso de dar de nuevo con él, los títulos y
la fortuna que su tío le arrebatara por modo tan criminal. Esto, a mi
ver, es lo que se pactó entre el emperador y el conde en la conferencia
celebrada en Schoenbrunn.
--En efecto, señor conde, profirió don Adolfo, así pasó; con la única
diferencia que el emperador exigió que las hostilidades no empezasen
entre el príncipe y el conde hasta encontrarse ambos fuera del imperio,
y que el conde solicitó del emperador le proporcionase todos los medios
de acción de que dispusiese a fin de hallar a su sobrino, si por acaso
vivía aún, en lo que el soberano consintió. El conde se volvió pues a
su palacio, provisto de la autorización de S. M., en la que le confería
los poderes más amplios para que prosiguiese su venganza, y además una
orden hológrafa para que el conde pudiese reclamar siempre y cuando lo
exigiese, el auxilio de todos los agentes imperiales, así en Austria
como fuera de ella. Como V. comprenderá sin duda, el conde no estaba
del todo satisfecho de las condiciones que le impusiera el emperador;
pero conociendo la imposibilidad de conseguir más, tuvo que resignarse.
Octavio hubiera preferido el arrostrar todas las consecuencias de
un proceso escandaloso, a la venganza vergonzosa y mezquina que le
permitían; pero en provecho de su hermana y de su sobrino valía más que
hubiese obtenido esas semiconcesiones a haberse estrellado inútilmente
contra una resolución tomada de antemano y una negativa formal. El
conde tomó pues inmediatamente todas las providencias para buscar a su
sobrino, en cuyas pesquisas debían servirle grandemente las preciosas
noticias que contenían los papeles que Brazo Rojo le entregara, y
sin decir nada a su hermana, puso manos a la obra sin perder minuto.
¿Qué más les diré a Vds., amigos míos? Las pesquisas del conde fueron
largas, duran todavía; sin embargo, la situación empieza a aclararse,
ya que Octavio ha tenido la suerte de hallar a su sobrino, a quien
nunca más ha vuelto a perder de vista. Éste, aun en la hora presente,
ignora los lazos sagrados que le unen al hombre que le ha educado y le
ama como un padre; al hombre que ni aun a su propia hermana ha revelado
este secreto, por no querer descubrírselo sino en la ocasión misma en
que pueda anunciarle que la justicia queda por fin satisfecha y vengado
el marido a quien llora hace tantos años. Desde que el conde empezó
la persecución del príncipe, los dos enemigos se han encontrado cara
a cara, y más de dos veces Octavio ha podido matar al príncipe; pero
el vengador no se ha dejado llevar nunca del odio, más bien dicho,
su odio le ha dado fuerzas para esperar. El conde quiere, sí, matar a
su enemigo, pero antes quiere que éste se haya deshonrado y caiga, no
vencido en una lucha noble, sino como el criminal que por fin sufre el
castigo a sus maldades.
El aventurero se calló otra vez, y él y sus oyentes guardaron profundo
silencio.
La noche tocaba a su fin; al través de las entreabiertas ventanas
penetraban ya algunas ráfagas de blanquecina luz, que amortiguaban
la de las bujías; sordos rumores anunciaban que la ciudad empezaba a
despertarse, y las lejanas campanas de los conventos y de las iglesias
llamaban a los fieles a la misa del alba.
El aventurero se levantó y empezó a pasearse por el aposento,
dirigiendo de vez en cuando y al soslayo una mirada escrutadora a sus
compañeros.
Domingo, arrellanado en su butaca y con los ojos entornados, chupaba
maquinalmente una pipa india. El conde del Saulay repiqueteaba con
los dedos una tocata sobre la mesa, al par que con el rabillo del ojo
seguía las evoluciones del aventurero.
--Conque, dijo por fin e inopinadamente Luis, levantando la cabeza y
mirando de hito en hito a don Adolfo, ¿ha terminado V. su relato?
--Sí, respondió lacónicamente el aventurero.
--¿No tiene V. que añadir nada más?
--No.
--Me parece que se equivoca V., y dispénseme que se lo diga.
--No le comprendo a V., mi querido conde.
--Me explicaré, pero con una condición.
--¿Cuál?
--Que no me interrumpa V.
--Concedido; le escucho a V., dijo don Adolfo.
--Sepa, amigo mío, profirió el conde, que el primer rostro simpático
que vi al desembarcar en América, fue el de V. Aunque nuestra situación
respectiva era muy diferente, el acaso se ha complacido en acercarnos
uno a otro con tal persistencia, que lo que en un principio no era
entre los dos sino una amistad pasajera, sin saber como ni como no se
ha convertido en afecto sincero y profundo. Y aquí encaja decir que
un hombre no se une a otro como yo lo he hecho con V., sin estudiar
un poco el carácter del individuo que le atrae; tal me sucedió a mí
y tal creo le sucedió también a V. Ahora bien, tengo la pretensión
de conocerle a V. bastante íntimamente, para sustentar la convicción
de que no ha venido V. de improviso a nuestra casa, esta noche, con
el único objeto de cenar, más bien dicho, de hacer una francachela
impropia de su carácter y de sus costumbres; y digo esto, porque es V.
el hombre más sobrio que he conocido. Además, me llama la atención que
V., tan parco en el hablar y sobre todo tan celoso en sus secretos,
nos haya hecho un relato muy interesante, sí, pero que aparentemente
en nada le atañe y debe de tener una importancia muy secundaria para
V. Así pues, digo que si V. vino esta noche a pedirnos una cena de la
que pudiera haber prescindido perfectamente, aparte la satisfacción
que nos causó su visita, fue con el deliberado propósito de hacernos
este relato, relato que tal vez le interesa a V. más que a nosotros. De
todo lo cual deduzco que todavía tiene V. algo que decirnos, más claro,
pedirnos.
--Evidente es, por mí vida, profirió Domingo.
--Ea, sí, repuso el aventurero; todo cuanto sospecha V. es cierto; la
cena era un pretexto; no vine sino con el intento de contarles a Vds.
la historia que escucharon.
--Gracias a Dios, dijo gozosamente Domingo, a lo menos esto es hablar
con franqueza.
--Pero ahora les confieso a Vds. que vacilo; me ha entrado miedo,
repuso el aventurero con tristeza.
--¡Miedo V.! ¿y de quién? exclamaron los dos jóvenes llenos de sorpresa.
--Sí, le tengo, respondió don Adolfo, porque esta larga historia toca
a su desenlace y este desenlace va a ser terrible. Al venir aquí tenía
la intención de solicitar el concurso de Vds.; pero después reflexioné,
y al pensar en la juventud, en la dicha y en la indolencia de ustedes,
retrocedí ante la idea de envolverles indirectamente en ella, en esta
historia terrible, a la cual deben permanecer extraños. Por favor,
olviden Vds. cuanto les dije; tómenlo como un relato hecho después de
haber bebido.
--No, don Adolfo, exclamó Luis con energía, por mi honor le juro que no
sucederá así; y advierto que hablo en nombre mío y en él de Domingo, V.
necesita de nosotros; estamos aquí. Ignoro qué interés misterioso tiene
V. en ese negocio; ni aun quiero profundizar las causas que le mueven;
pero le repito que de prescindir de nosotros en el momento en que va V.
a correr un gran peligro que de compartirlo nosotros tal vez pudiera
evitarlo, nos demostrará que no siente por Domingo ni por mí afecto ni
amistad y que lejos de tenernos por hombres de corazón nos juzga V.
muñecos de alfeñique.
--V. exagera, señor conde, profirió don Adolfo; nunca he pensado tal.
Lo que hay y vuelvo a repetir, es que envolverles a Vds. en este asunto
que para nada les interesa, me hace estremecer.
--Dispense V., arguyó Luis, desde el momento que le interesa a V.,
también a nosotros; por tanto nos cabe el derecho de inmiscuirnos en él.
El aventurero bajó la cabeza y anudó sus paseos, hasta que
transcurridos algunos segundos se detuvo y dijo:
--Está bien, ya que Vds. lo exigen, obraremos de común acuerdo; van
Vds. a ayudarme en mi empresa, y espero que triunfaremos.
--¿V. lo espera? pues yo estoy convencido de ello, profirió el conde.
--Entonces partamos, repuso Domingo levantándose.
--Todavía no, dijo el aventurero, pero el momento se acerca; juro a
Vds. que no tendrán que aguardar mucho tiempo. Ahora bebamos otro
vaso de vino a nuestra salud, y adiós. ¡Ah! se me olvidaba; por si no
pudiese venir yo mismo, sepan ustedes que la consigna es ésta: -uno y
dos hacen tres.- ¿Se acordarán Vds.?
--Perfectamente.
--Adiós.
Cinco minutos después el aventurero estaba fuera de la casa.
VIII
HORAS DE SOL
La casita del Arrabal en la que doña Dolores había hallado tan
seguro patrocinio, entre doña María y doña Carmen, aunque modesta y
comparativamente muy poco importante, era una deliciosa habitación
alhajada con sencillez suma pero con gusto exquisito. En la parte de
atrás, cosa muy rara en la capital de Méjico, se extendía una pequeña,
pero bien distribuida huerta, poblada de frondosos árboles que daban
sombra y frescor y ofrecían gratísimo refugio contra los ardores del
sol de mediodía.
En el corazón de uno de los fragantes bosquecillos que sombraban el
huerto era donde se ocultaban las dos jovencitas para hablar con entera
libertad y acompañar con sus argentinas carcajadas los alegres gorjeos
de los pájaros.
Sólo tres personas habían entrado en aquella casa: el aventurero, el
conde y Domingo.
El aventurero, siempre absorto en sus misteriosas ocupaciones, aparecía
en ella rarísimas veces. No así los jóvenes. Éstos, durante los
primeros días, se habían conformado estrictamente a las recomendaciones
de su amigo, no haciendo a las damas sino muy contadas visitas, y aun,
puede decirse, de un modo furtivo; pero poquito a poco y arrastrados
por el hechizo invisible que les atraía inconscientemente, las
visitas fueron menudeando y haciéndose más largas, hasta el extremo
que, so pretexto de esto o de lo otro, llegaron a pasar los días casi
enteros al lado de las damas. Cierto día, mientras los habitantes de
la casita, retirados en el riñón de su jardín, estaban hablando entre
sí alegremente, se oyó en la calle un alboroto espantoso, y a poco el
anciano criado acudió presuroso y despavorido para advertir a su ama
que una gavilla de bandidos, reunidos delante de la casa, exigían que
les abriesen la puerta, amenazando con astillarla de no consentir en
ello. El conde tranquilizó a doña María, diciéndola que nada temiese, y
después de inducirla a que no se moviese del jardín, así como las dos
jóvenes, él y Domingo se encaminaron hacia la puerta de la casa. Por
casualidad Raimbaut había llegado algunos instantes hacía trayendo una
carta para su amo, y por lo tanto su presencia era por demás preciosa
en aquellas circunstancias. Los tres hombres se proveyeron de sendos
fusiles, y después de haberse puesto de acuerdo en pocas palabras, el
conde se acercó a la puerta, en la cual daban repetidos golpes desde
fuera, y ordenó al anciano criado que la abriese. Apenas entreabierta
ésta, se precipitaron como un alud, en el zaguán, unos diez hombres
profiriendo voces y aullidos furiosos; pero de improviso se detuvieron;
ante ellos, a unos diez pasos, estaban en pie, inmóviles, tres
hombres que les apuntaban las bocas de los fusiles. Los bandidos,
que en la confianza de no encontrar resistencia iban casi todos sin
más arma que un cuchillo sujeto al cinto, quedaron como clavados
en el sitio al ver los fusiles apuntados a sus pechos. La actitud
enérgica de aquellos tres hombres les impuso, y tras unos segundos de
vacilación se detuvieron cruzando entre sí despavoridas miradas. No
era aquello lo que les habían dicho; aquella casita, tan tranquila
en la apariencia, encerraba una guarnición formidable. El conde
entregó su fusil al anciano criado, y empuñando un revólver de seis
tiros, avanzó resueltamente al encuentro de los bandidos. Los cuales,
impulsados por un movimiento contrario, empezaron a retroceder paso a
paso, hasta que, llegado que hubieron a la puerta, volvieron grupas
de un brinco y pusieron pies en polvorosa. El conde cerró de nuevo y
con toda tranquilidad la puerta, y después de celebrar con francas
risotadas, junto con sus compañeros, la fácil victoria que acababan de
alcanzar, se reunieron a las damas, a quienes encontraron acurrucadas
y temblorosas en lo más retirado de la huerta. Esta lección había
bastado para que nunca más hubiesen vuelto a turbar la tranquilidad
de los habitantes de la casita. Sin embargo, doña María, agradecida
al servicio que le habían prestado los jóvenes, no sólo no halló ya
que éstos le hacían las visitas demasiado largas, sino que cuando
éstos, por urbanidad, manifestaban deseos de retirarse, les incitaba a
que todavía no se marchasen. A bien que las dos jovencitas unían sus
ruegos a los de la dama, con lo que Luis y Domingo se dejaban convencer
fácilmente.
A primeras horas de la tarde del día que siguió a la noche en que don
Adolfo cenó tan copiosamente con sus amigos, los dos jóvenes, que por
regla general se presentaban a las once de la mañana en casa de doña
María, todavía no habían parecido.
Doña Dolores y doña Carmen, reunidas en el comedor, hacían que
ordenaban y desempolvaban los muebles para no ir al jardín, donde hacía
largo rato las estaba aguardando doña María.
Aunque no hablasen, las jóvenes, mientras ordenaban, o más bien,
desordenaban los muebles, consultaban a cada punto el péndulo.
--¿V. se explica, Carmencita, dijo doña Dolores haciendo un gracioso
mohín, que mi primo no haya llegado todavía?
--Es inconcebible, querida, respondió al punto doña Carmen, y confieso
a V. que estoy en zozobra; dicen que en estos momentos la ciudad anda
revuelta. ¡Con tal que no les haya sucedido alguna desgracia!
--Sería horrible.
--¿Qué sería de nosotras solas y sin amparo en esta casa, en la que ya
hubiéramos perecido asesinadas a no ser ellos?
--Tanto más cuanto para nada podemos contar con don Jaime, que siempre
está ausente.
Las dos doncellas exhalaron un suspiro, cruzaron en silencio una larga
mirada, y echándose mutuamente los brazos al cuello rompieron a llorar.
Una y otra se habían comprendido: no era por ellas por quien temían.
--¡Ah! ¿conque le amas? preguntó por fin doña Dolores en voz baja y
entrecortada al oído de su amiga.
--¡Oh! sí, respondió suavemente doña Carmen, ¿y tú?
--También.
Hecha la confesión, las dos jóvenes nada tenían ya que ocultarse.
--¿Desde cuándo le amas? preguntó doña Carmen.
--No sé; me parece que le he amado siempre.
--¿Y él te ama? siguió preguntando la hija de doña María.
--¡Desde el momento que yo le amo!
--Tienes razón.
Lo que en sí tiene de adorable el amor, es que es esencialmente
ilógico; de lo contrario no sería tal.
De pronto las dos jóvenes se irguieron y se llevaron la diestra al
corazón.
--Aquí está, dijo doña Dolores.
--Viene, profirió doña Carmen.
¿Cómo lo sabían las jóvenes, cuando en el exterior reinaba el silencio
más profundo?
Doña Carmen y doña Dolores abandonaron entonces el comedor, y echaron a
correr hacia el jardín como dos palomas despavoridas.
Casi al punto llamaron a la puerta, y sin duda el anciano criado
conoció a quien llamaba, pues acudió inmediatamente al llamamiento.
El conde y su amigo entraron.
--¿Están las señoras? preguntó Luis.
--En la huerta, excelentísimo señor, respondió el criado cerrando la
puerta.
Las damas estaban sentadas en un bosquecillo: doña María, bordando;
las jóvenes, leyendo con mucha atención en la apariencia, con tanta
atención, que por más que se sonrojaron súbitamente, no oyeron chillar
sobre la arena de las alamedas las pisadas de los visitantes y
quedaron grandemente sorprendidas al verles.
Éstos se descubrieron al penetrar en el bosquecillo y saludaron
respetuosamente a las damas.
--Por fin han llegado Vds., señores, dijo doña María sonriendo; ¿saben
Vds. que estábamos en zozobra?
--¡Oh! repuso doña Carmen repulgando la boca.
--¡Bah! murmuró doña Dolores, esos caballeros habrán sin duda hallado
en otra parte ocasión de divertirse, y la aprovecharon.
El conde y Domingo, que no comprendían el lenguaje de las jóvenes, las
miraron con sorpresa.
--Ea, locuelas, dijo con blandura doña María, no martiricen Vds. a
esos caballeros; les tienen Vds. todos corridos y avergonzados. Si no
vinieron antes es porque les fueron imposible.
--Son completamente libres de venir cuando les plazca, profirió doña
Dolores con desdén.
--Nos guardaremos muy bien de buscarles quisquillas por tan poco,
añadió doña Carmen en el mismo tono.
Los jóvenes, para quien estas últimas palabras fueron el golpe de
gracia, perdieron la serenidad.
Las zumbonas jóvenes les miraron por un instante al soslayo, y luego
se echaron de improviso a reír de un modo tan franco, que el conde y
Domingo palidecieron de despecho.
--¡Vive Dios! exclamó el vaquero, que es demasiada crueldad castigarnos
de esta suerte por una falta que no hemos cometido.
--Don Adolfo nos ha retenido a su lado pese a nuestra voluntad, dijo el
conde.
--¡Ah! ¿han visto Vds. a don Jaime? preguntó doña María.
--Sí, señora, respondió Luis, ayer a las once de la noche vino a vernos.
Los dos jóvenes tomaron entonces asiento y la conversación continuó en
tono festivo.
Doña Carmen y doña Dolores, a quienes les placía apurar la paciencia
del conde y de Domingo, por más que en su interior sintiesen que éstos
no comprendiesen el sentimiento que dictaba sus reproches, no cesaron
en sus pullas.
En cuanto a Luis y al vaquero, no podían experimentar dicha mayor que
la de encontrarse al lado de aquellas hermosas y sencillas jóvenes;
les embriagaba el fuego de sus miradas; escuchaban con arrobo la suave
música de su voz, y no pensaban sino en gozar lo más posible de la
grata ventura que les deparaba a tan poca costa el destino.
De esta suerte y con la velocidad del sueño se deslizó la tarde y parte
de la noche; y al sonar las nueve, se retiraron a su casa, sin cruzar,
durante el camino, una sola palabra.
--¿Tienes sueño? preguntó el conde a su amigo, una vez en su habitación.
--No, respondió éste; ¿por qué me lo preguntas?
--Porque desearía hablar contigo.
--Magnífico; yo también tengo que hablarte.
--¡Ah! profirió el conde, pues mientras nos fumamos un puro cada uno y
remojamos las fauces con una botella de grog, podemos explicarnos.
--De mil amores.
Luis y Domingo se sentaron frontero uno de otro, y encendiendo sendos
puros, dijo el primero:
--¡Qué día más delicioso hemos pasado!
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