--En efecto, era un espectáculo hermoso; pero ¿no teme V. que llegue a
vengarse? Esos frailes son rencorosos como demonios.
--¡Bah! ¿Qué podemos temer de semejante gusano? Nunca se atreverá a
mirarnos frente a frente.
--No importa; bueno es estar en guardia. Nuestro oficio es escabroso,
ya lo sabe V.; y puede suceder que algún día ese maldito animal nos
juegue una mala pasada.
--¡Bah! Déjese V. de eso, lo que hemos hecho ha sido propio de una
guerra de buena ley. Esté V. seguro de que el fraile, en una ocasión
análoga, no habría dejado de hacer lo propio con nosotros.
--Es verdad. Entonces, ¡vaya al diablo! y con tanto más motivo, cuanto
que la presa que codiciamos no podía llegar con más oportunidad para
nosotros. Nunca me hubiera perdonado el dejarla escapar.
--¿Permaneceremos emboscados aquí?
--Es lo más seguro. Siempre tendremos tiempo para reunirnos con
nuestros compañeros cuando veamos asomar la recua por la llanura.
Además, ¿no tenemos una cita en este sitio?
--Es verdad, ya no me acordaba.
--Y mire V., en hablando del lobo, ahí viene justamente nuestro hombre.
Los cazadores se levantaron con viveza; cogieron sus armas, y se
escondieron detrás de una roca con el fin de hallarse dispuestos para
cualquier evento.
Oíase el galope rápido de un caballo que se acercaba por momentos; muy
luego desembocó de la garganta un jinete, hizo saltar a su caballo
hacia adelante, y se detuvo tranquilo y altivo a dos pasos de distancia
de los cazadores.
Estos se lanzaron fuera de su escondite y se adelantaron hacia él con
el brazo derecho extendido y la mano abierta en señal de paz.
El jinete, que era un guerrero indio, correspondió a estas
demostraciones pacíficas haciendo flotar su manto de piel de bisonte;
en seguida echó pie a tierra, y sin más ceremonia fue a estrechar
amistosamente las manos que le tendían los cazadores.
--Bienvenido, jefe, dijo John; le aguardábamos a V. con impaciencia.
--Miren mis hermanos al sol, respondió el indio; el Zorro-Azul es
puntual.
--Es verdad, jefe, nada hay que decir: tiene usted una exactitud
notable.
--El tiempo a nadie aguarda; los guerreros no son mujeres: el
Zorro-Azul quisiera celebrar consejo con sus hermanos pálidos.
--Corriente, repuso John, la observación de V. es justa, jefe;
deliberemos. Anhelo ya entenderme definitivamente con V.
El indio saludó gravemente a su interlocutor, se sentó en el suelo,
encendió su pipa y comenzó a fumar con recogimiento; los cazadores se
colocaron a su lado, y como él permanecieron silenciosos todo el tiempo
que duró el tabaco contenido en sus pipas.
Al fin el jefe sacudió la ceniza de la suya en la uña del dedo pulgar y
se dispuso a hablar.
En el mismo instante se oyó una detonación, y una bala llegó silbando a
cortar una rama casi encima de la cabeza del jefe.
Los tres hombres se levantaron de un salto, y cogiendo sus armas
se dispusieron a rechazar valerosamente a los enemigos que tan de
improviso les atacaban.
XVII.
TRANQUILO.
Entre la hacienda del Mezquite y la venta del Potrero, próximamente a
mitad de camino entre aquellos dos puntos, es decir, a unas cuarenta
millas de uno y otro, en la noche del día en que comienza nuestra
historia, había dos hombres sentados a la orilla de un riachuelo
ignorado, y conversaban cenando un poco de carne tostada y manzanas
cocidas.
Aquellos dos hombres eran Tranquilo el canadiense y su amigo Quoniam el
negro.
A unos cincuenta pasos de ellos, en unos matorrales espesos, se veía un
potrillo de dos meses atado al pie de un catalpa gigantesco.
El pobre animal, después de haber hecho vanos esfuerzos para romper las
ligaduras que le sujetaban, concluyó por reconocer la inutilidad de sus
tentativas y se tendió tristemente en el suelo.
Los dos hombres a quienes dejamos jóvenes al fin de nuestro prólogo,
a la sazón habían llegado ya a la segunda mitad de su vida. Aunque
la edad había hecho poca impresión sobre sus cuerpos de hierro, sin
embargo algunas canas comenzaban a platear la cabellera del cazador, y
algunas arrugas precoces surcaban en varios puntos su rostro tostado
por la intemperie de las estaciones.
Sin embargo, fuera de estas leves señales que sirven como de sello a la
edad madura, nada denotaba en el canadiense la más mínima decadencia;
por el contrario, sus ojos seguían siendo vivos, su cuerpo estaba
derecho y sus miembros se mantenían tan musculosos como antes.
En cuanto al negro, nada, al parecer, había variado en su persona; no
había enrojecido lo más mínimo; solo que estaba bastante grueso y ya no
estaba esbelto, aunque nada había perdido de su sin igual agilidad.
El sitio en que se hallaban acampados los dos cazadores, de seguro era
uno de los más pintorescos de la pradera.
El viento de la noche había despejado el cielo cuya bóveda de un
azul oscuro aparecía entonces tachonada por innumerables estrellas
en cuyo centro aparecía la Cruz del Sur: la luna derramaba sus rayos
blanquecinos que prestaban a los objetos una apariencia fantástica;
la noche tenía esa transparencia suave peculiar de los resplandores
crepusculares; a cada ráfaga de la brisa, los árboles sacudían sus
húmedas copas y hacían llover perlas que esmaltaban los arbustos.
El río corría tranquilo entre sus fragosas orillas, extendiéndose
a lo lejos como una ancha cinta de plata y reflejando en su serena
superficie los rayos temblorosos de la luna, que había llegado casi a
los dos tercios de su carrera.
Tal era el silencio que reinaba en aquel desierto que en él se oía la
caída de una hoja seca o el estremecimiento de la rama agitada por el
paso de un reptil.
Los dos cazadores hablaban en voz baja; pero, ¡cosa singular en hombres
tan acostumbrados a la vida de los bosques! Su campamento nocturno, en
vez de estar establecido en la cumbre de una altura, según las reglas
invariables de la pradera, se hallaba, por el contrario, situado en el
borde de un talud que bajaba por una pendiente suave hasta el río y en
cuyo barro se veían impresas numerosas huellas más que sospechosas,
pues en su mayor parte eran de grandes fieras carnívoras.
A pesar del frío bastante penetrante de la noche y del abundante y
helado rocío, los cazadores no habían encendido lumbre; sin embargo,
era evidente que les hubiera agradado mucho calentarse a la llama
ardiente de una hoguera; el negro, sobre todo, que estaba vestido muy
ligeramente con un calzón que dejaba sus piernas descubiertas y con un
pedazo de zarapé lleno de agujeros, tiritaba dando diente con diente.
Tranquilo, que estaba mejor abrigado con el traje de los campesinos
mejicanos, parecía que no reparaba en el frío; con su rifle entre
las piernas, sondeando de vez en cuando las tinieblas con su mirada
infalible, o prestando atento oído a algún ruido que solo a él le era
dado percibir, hablaba con el negro sin dignarse parar mientes en sus
muecas ni en sus tiritones.
--¿Con que hoy no ha visto V. a la niña, Quoniam? dijo.
--No, hace ya dos días que no la veo, respondió el negro.
El canadiense suspiró y repuso:
--Yo debía de haber ido allá. Esa niña está muy aislada en la venta,
sobre todo ahora que la guerra ha desencadenado hacia aquella parte
a todas las gentes de mal vivir y a todos los merodeadores de las
fronteras.
--¡Bah! Carmela no es tonta y no se verá apurada para defenderse si la
insultan.
--¡Voto a bríos! exclamó el canadiense oprimiendo con ambas manos su
carabina, si alguno de esos malvados se atreviese con ella...
--No se atormente V. de esa manera, Tranquilo; ya sabe V. que si
alguien se atreviese a insultarle, la niña querida no carecería de
defensores. Además, Lanzi no se separa de ella un solo instante, y ya
sabe V. que es fiel.
--Sí, murmuró el cazador, pero al fin Lanzi no es más que un hombre.
--Es V. atroz con las ideas que se le meten en la cabeza sin razón.
--¡Quiero mucho a esa niña, Quoniam!
--¡Pardiez! ¡Vaya una cosa! Yo también la quiero. Mire V., si V.
quiere, en cuanto matemos al jaguar iremos al Potrero: ¿le conviene?
--Está muy lejos de aquí.
--¡Bah! Tres horas de marcha todo lo más. Diga V., Tranquilo, ¿sabe
V. que hace mucho frío y que materialmente me estoy helando? ¡Maldito
animal! ¿Qué estará haciendo ahora? De seguro anda rondando por ahí en
vez de venirse aquí en derechura.
--Para que le maten, ¿verdad? dijo Tranquilo sonriendo. ¿Quién sabe?
Acaso sospeche lo que le estamos preparando.
--Es muy posible: ¡esos diablos de animales son tan astutos! Mire V.,
ya se estremece el potro: de seguro ha olfateado algo.
El canadiense volvió un poco la cabeza y dijo:
--No, todavía no.
--¡Pues ya tenemos para toda la noche! murmuró el negro haciendo un
gesto de mal humor.
--¡Qué siempre ha de ser V. el mismo, Quoniam! ¡Impaciente y testarudo!
Por más que le digo, se ha de obstinar siempre en no entender: ¿cuántas
veces le he repetido que el jaguar es uno de los animales más astutos
que existen? Aunque nos hayamos colocado en dirección contraria al
viento, para mí es evidente que nos ha olfateado. Anda rondando
cautelosamente en torno nuestro, temiendo acercarse demasiado a nuestro
puesto; como V. dice, anda de un lado para otro sin objeto aparente.
--¡Ah! ¿Y cree V. que todavía durará mucho tiempo esta broma?
--No, porque ya debe comenzar a tener sed; en este momento lucha él con
tres sentimientos: el hambre, la sed y el miedo; esté V. seguro de que
este último será el más débil, no es más que cuestión de tiempo.
--Ya lo veo; hace cerca de cuatro horas que estamos aquí de plantón.
--Paciencia, que lo más ya está hecho, y estoy seguro de que no
tardaremos en tener noticias suyas.
--Dios le oiga a V., porque me estoy muriendo de frío. ¿Es grande al
menos el jaguar?
--Sí, sus huellas son anchas; pero, o mucho me engaño, o está apareado.
--¿Lo cree V.?
--Casi me atrevería a apostarlo. Es imposible que un solo jaguar haga
tantos destrozos en menos de ocho días. Según me lo ha asegurado don
Hilario, han desaparecido diez cabezas de ganado.
--¡Oh! exclamó Quoniam restregando alegremente las manos, entonces
vamos a hacer buena cacería, es evidente que tiene cría.
--Eso mismo he supuesto yo: preciso es que tengan hijuelos cuando tanto
se acercan a las haciendas.
En aquel momento, un rugido ronco que se parecía algún tanto al
maullido lastimero de un gato, turbó el silencio profundo del desierto.
--He ahí su primera voz de alarma, dijo Quoniam.
--Todavía está lejos.
--¡Oh! No tardará en acercarse.
--Todavía no; no es a nosotros a quienes quiere atacar en este momento.
--¡Calle! ¿Pues a quién?
--¡Escuche V.!
En aquel momento resonó a poca distancia un grito semejante al primero,
pero que procedía del lado opuesto.
--¡Cuando yo decía que estaba apareado! repuso pacíficamente el
canadiense.
--Yo no lo ponía en duda. Si V. no conoce las costumbres de los tigres,
¿quién va a saberlas?
El pobre potro se había levantado y todo su cuerpo temblaba; medio
muerto de miedo, con la cabeza oculta entre sus patas delanteras, se
mantenía firme sobre sus cuatro remos lanzando una especie de quejido.
--¡Pobre animal inocente! dijo Quoniam, comprende que está perdido.
--Espero que no.
--El jaguar le ahogará.
--Sí, si no le matamos antes.
--Confieso a V., dijo el negro, que me alegraría mucho de que ese
desgraciado potro pudiese librarse.
--Se librará, dijo el cazador; le he escogido para Carmela.
--¡Bah! Entonces ¿para qué le ha traído V. aquí?
--Para acostumbrarle al tigre.
--¡Calle! Es buena idea esa; entonces ¿no tengo yo que cuidarme de ese
lado?
--No; piense V. tan solo en el jaguar que ha de venir por su derecha,
que yo me encargo del otro.
--Queda convenido.
Casi al mismo tiempo resonaron otros dos rugidos más poderosos.
--Tiene sed, observó Tranquilo; se despierta su cólera y comienza a
acercarse.
--¡Bueno! ¿Debernos prepararnos ya?
--Aguarde V. todavía, que nuestros enemigos vacilan; aún no han llegado
al parasismo de la rabia que les hace olvidar toda prudencia.
El negro que se había levantado volvió a sentarse filosóficamente.
Así trascurrieron algunos minutos. De vez en cuando, una ráfaga
de viento nocturno, cargada de rumores vacilantes, pasaba como un
torbellino por encima de las cabezas de los cazadores y se perdía a lo
lejos como un suspiro.
Los dos hombres estaban serenos e inmóviles, con los ojos fijos en el
espacio, con el oído atento a los ruidos del desierto, con el dedo en
el gatillo del rifle, dispuestos a hacer frente a la primera señal al
enemigo invisible todavía, pero cuya aproximación y ataque inminentes
adivinaban instintivamente.
De pronto el canadiense se estremeció y se inclinó con viveza hacia el
suelo.
--¡Oh! exclamó enderezándose con ademan de terrible ansiedad, ¿qué
sucede en el bosque?
Los rugidos del tigre estallaron como un trueno.
A ellos contestó un grito terrible, y se oyó el galope furibundo de un
caballo que se acercaba con vertiginosa rapidez.
--¡Alerta! ¡Alerta! exclamó Tranquilo; alguien se halla en peligro de
muerte, el tigre le persigue.
Los dos cazadores se lanzaron intrépidamente en dirección del sitio en
que sonaban los rugidos.
El bosque entero parecía que se estremecía; ruidos inexplicables
salían de las ignoradas guaridas, asemejándose unas veces a carcajadas
burlonas, y otras a gritos de angustia.
Los roncos maullidos de los jaguares continuaban sin interrupción. El
galope del caballo que los cazadores oyeron primero parecía que se
había convertido en múltiple, y resonaba en puntos opuestos.
Los cazadores, anhelosos y fuera de sí, seguían corriendo en línea
recta, saltando barrancos y zanjas con una rapidez aterradora; el
terror que experimentaban por los desconocidos a quienes querían
socorrer les prestaba alas.
De pronto, un grito de angustia más estridente, más desesperado que el
primero, se oyó a corta distancia.
--¡Oh! ¡Es ella! ¡Es Carmela! exclamó Tranquilo poseído de una especie
de vértigo.
Y saltando como una fiera, se lanzó hacia adelante seguido de Quoniam,
quien durante toda aquella loca carrera no se había separado de él ni
una línea.
De pronto reinó en el desierto un silencio de muerte; todo ruido,
todo rumor había cesado como por encanto; solo se oía la respiración
anhelosa de los cazadores que seguían corriendo.
Alzóse un rugido de furor lanzado por los tigres; un crujido de ramas
agitó unos matorrales próximos, y una masa enorme, saltando desde lo
alto de un árbol, pasó por encima del canadiense y desapareció; en el
mismo instante un relámpago rasgó las tinieblas y sonó un tiro, al cual
respondieron casi en seguida un rugido de agonía y un grito de espanto.
--¡Ánimo, niña! ¡Ánimo! exclamó una voz varonil y acentuada a poca
distancia; ¡está V. salvada!
Los cazadores, por medio de un esfuerzo supremo de energía, apresuraron
más aún la rapidez casi increíble ya de su carrera, y al fin
desembocaron en el teatro de la lucha.
Entonces se ofreció ante su aterrada vista un espectáculo singular y
terrible.
En una explanada bastante pequeña, una mujer desmayada estaba tendida
en el suelo junto a un caballo herido que se agitaba en las últimas
convulsiones de la agonía.
Aquella mujer estaba inmóvil, como muerta.
Dos tigrecillos jóvenes, acurrucados como gatos, fijaban en ella sus
ojos ardientes y se disponían a atacarla; a pocos pasos de allí un
tigre herido se revolcaba en el suelo rugiendo con furor, y procuraba
arrojarse sobre un hombre que, con una rodilla en tierra, con el brazo
izquierdo envuelto en los numerosos pliegues de un zarapé, echado
hacia adelante y empuñando con la mano derecha un machete, esperaba
resueltamente su ataque.
Detrás de aquel hombre, un caballo, con el cuello estirado, el hocico
humeante y las orejas: tendidas hacia atrás, se estremecía lleno de
terror afirmándose en sus cuatro remos; otro tigre, encaramado en la
rama más fuerte de un árbol, fijaba una mirada ardiente en el jinete
desmontado, azotando el aire con su poderosa cola y lanzando sordos
maullidos.
Lo que hemos tardado tanto tiempo en describir lo vieron los cazadores
de una sola ojeada: con la rapidez del rayo y con un gesto de sublime
sencillez se repartieron los puestos los atrevidos aventureros.
Mientras Quoniam se precipitaba sobre los dos cachorros, y cogiéndolos
del cuello les estrellaba la cabeza en una roca, Tranquilo se echaba
el rifle a la cara y derribaba de un tiro a la hembra del tigre
precisamente en el momento en que desde el árbol se arrojaba sobre el
jinete; luego, volviéndose con extremada viveza, mató de un culatazo al
segundo tigre y lo tendió a sus pies.
--¡Ah! dijo el cazador con un sentimiento de orgullo, poniendo su rifle
en el suelo y enjugándose la frente bañada en sudor frío.
--¡Vive! exclamó Quoniam, quien comprendió toda la angustia que
encerraba la exclamación de su amigo; solo el terror la ha hecho
desmayarse; pero está salvada.
El cazador se quitó lentamente el gorro, y alzando los ojos al cielo,
murmuró con acento de indescriptible gratitud:
--¡Gracias! Dios mío.
Entre tanto, el jinete tan milagrosamente salvado por Tranquilo se
adelantó hacia él, y tendiéndole la mano, le dijo:
--A cargo de revancha.
--Yo soy quien quedo en deuda con V., respondió con franqueza el
cazador: a no ser por la sublime abnegación de V., hubiéramos llegado
demasiado tarde.
--No he hecho más de lo que hubiera ejecutado cualquier otro en mi
lugar.
--Puede ser. ¿El nombre de V., hermano?
--Corazón Leal[1]. ¿Y el de V.?
--Tranquilo. Desde hoy seremos amigos hasta la muerte.
--Acepto, hermano. Ahora pensemos en esa pobre joven.
Los dos hombres se estrecharon otra vez la mano y se acercaron a
Carmela, a quien Quoniam prodigaba todos los auxilios imaginables sin
lograr sacarla del profundo desmayo en que se hallaba sepultada.
Mientras Corazón Leal y Tranquilo sustituían a Quoniam junto a la
joven, el negro se apresuró a reunir leña seca y encender fuego.
Sin embargo, al cabo de algunos minutos Carmela entreabrió los ojos,
y muy luego se encontró bastante bien para explicar las causas de su
presencia en aquel bosque, en vez de estar tranquilamente dormida en la
venta del Potrero.
Este relato que, por razón de la debilidad de la joven y de las fuertes
emociones que había experimentado, exigió varias horas, se le haremos
nosotros al lector en breves palabras en el capítulo siguiente.
[1] Véanse los -Tramperos del Arkansas.-
XVIII.
LANZI.
Carmela siguió con la vista durante mucho tiempo la carrera desordenada
del Jaguar por el campo. Cuando por fin le vio desaparecer a lo lejos
en medio de un bosque, bajó tristemente la cabeza y volvió a entrar en
la venta con lento paso y muy pensativa.
--Le aborrece, murmuró en voz baja y muy conmovida; le aborrece;
¿querrá salvarle?
Se dejó caer sobre un asiento, y durante algunos momentos quedó sumida
en profundas reflexiones.
Al fin levantó la cabeza: un rubor febril teñía su rostro; sus ojos tan
dulces parecía que despedían relámpagos.
--¡Yo le salvaré! exclamó con soberana resolución.
Después de esta exclamación se levantó, y atravesando la sala con
presuroso paso, entreabrió la puerta del corral y gritó:
--¡Lanzi!
--¿Qué quiere V., niña? respondió el mestizo, que en aquel momento se
ocupaba en dar alfalfa a dos caballos de mucho precio pertenecientes a
la joven, y cuya custodia especial lo estaba confiada.
--Venga V.
--Allá voy al momento.
En efecto, al cabo de cinco minutos, todo lo más, apareció en la puerta
de la sala.
--¿Qué desea V., Señorita? dijo con esa obsequiosidad tranquila,
habitual en los criados mimados por sus amos; estoy muy ocupado en este
momento.
--Es muy posible, mi buen Lanzi, respondió Carmela con dulzura; pero lo
que tengo que decir a V. no admite dilación alguna.
--¡Oh! ¡Oh! dijo el mestizo con cierto tono de sorpresa, ¿pues qué
sucede?
--Nada de particular, amigo mío, todo está en orden en la venta, según
costumbre; solo que tengo que pedir a V. un favor.
--Un favor, ¿a mí?
--Sí.
--Hable V., Señorita; ya sabe V. que le pertenezco en cuerpo y alma.
--Va siendo tarde, y es probable que en una hora tan avanzada no se
detenga ningún viajero en la venta.
El mestizo levantó la cabeza, calculó mentalmente la marcha del sol, y
por fin dijo:
--No creo que vengan ya hoy viajeros; son cerca de las cuatro; sin
embargo, aún podría suceder que viniesen.
--No hay motivo alguno para suponerlo.
--Es verdad, Señorita.
--Pues bien, entonces quisiera que cerrase V. la venta.
--¡Que cierre la venta! ¿Por qué?
--Voy a decírselo a V.
--¿Es realmente muy importante?
--Sí por cierto.
--Entonces hable V., niña, soy todo oídos.
La joven lanzó una mirada profunda e interrogadora al mestizo, que
estaba de pie delante de ella, apoyó los codos con coquetería sobre una
mesa, y dijo con tono indiferente:
--Tengo inquietud, Lanzi.
--¡Inquietud! ¿Por qué?
--Por la prolongada ausencia de mi padre.
--¡Cómo! Pues si apenas hace cuatro días que estuvo aquí.
--Nunca me ha dejado sola tanto tiempo.
--Sin embargo... dijo el mestizo rascándose la cabeza algo confuso.
--En resumen, dijo la joven interrumpiéndole con resolución, tengo
inquietud por mi padre y quiero verle. Va V. a cerrar la venta y a
ensillar los caballos, y nos iremos a la hacienda del Mezquite; no está
lejos, y dentro de cuatro o cinco horas podremos hallarnos de regreso.
--Pero es muy tarde...
--Razón más para marcharnos al instante.
--Sin embargo...
--Nada de observaciones; haga V. lo que le mando.
El mestizo inclinó la cabeza sin responder; sabía que cuando su ama
hablaba así, era preciso obedecer.
La joven adelantó un paso, puso su mano blanca y delicada sobre el
hombro del mestizo, y acercándole su cara fresca y preciosa, añadió con
una sonrisa dulce que hizo estremecer de alegría al pobre diablo:
--No se incomode V. por este capricho, mi buen Lanzi: ¡sufro mucho!
--¡Incomodarme yo, niña! respondió el mestizo encogiéndose de hombros
de una manera significativa: ¡eh! ¿No sabe V. que yo me echaría al
fuego por V.? Con mayor motivo haré cuanto se le ponga en la cabeza.
Entonces se ocupó con la mayor celeridad en atrancar con cuidado las
puertas y las ventanas de la venta, y en seguida se volvió al corral a
ensillar los caballos, mientras que Carmela, poseída de una impaciencia
nerviosa, se quitaba el traje que tenía puesto y vestía otro más cómodo
para el viaje que proyectaba, porque había engañado al anciano criado:
no era al lado de Tranquilo a donde quería ir.
Pero Dios había resuelto que el proyecto que agitaba en su traviesa
cabeza rubia no alcanzase buen éxito.
En el momento en que Carmela, completamente vestida y dispuesta para
montar a caballo, entraba de nuevo en la sala, Lanzi apareció en la
puerta que daba al corral con el semblante trastornado por el terror.
Carmela corrió presurosa hacia él creyendo que se había hecho daño, y
le preguntó con interés:
--¿Qué tiene V.?
--¡Estamos perdidos! respondió Lanzi con voz sorda, dirigiendo en torno
suyo una mirada de espanto.
--¡Cómo, perdidos! exclamó la joven tornándose pálida como un cadáver;
¿qué quiere usted decir, amigo mío?
El mestizo apoyó un dedo en sus labios para: imponerla silencio; la
hizo seña de que le siguiese, y se deslizó al corral con cauteloso paso.
Carmela salió detrás de él.
El corral estaba rodeado por un cercado de tablas de unos dos metros de
altura. Lanzi se acercó a un sitio en que había una rendija bastante
ancha por donde se podía ver el campo, y señalándosela a su ama, le
dijo:
--¡Mire V.!
La joven obedeció y pegó su rostro a las tablas.
Comenzaba a anochecer, y las tinieblas, a cada momento más densas,
invadían rápidamente el campo. Sin embargo, la oscuridad no era todavía
suficiente para impedir que Carmela distinguiese a algunos centenares
de metros una tropa numerosa de jinetes que corrían a rienda suelta en
dirección a la venta.
Bastóle a la joven una simple ojeada para conocer que aquellos Jinetes
eran indios bravos.
Aquellos guerreros, en número de cincuenta, vestían su traje completo
de combate, e inclinados sobre el cuello de sus corceles, tan indómitos
como ellos, blandían sus largas lanzas por encima de sus cabezas en
señal de reto.
--¡Son los Apaches! exclamó Carmela retrocediendo llena de espanto.
¿Cómo es que han llegado hasta aquí sin que se haya tenido noticia de
su invasión?
El mestizo movió tristemente la cabeza, y dijo:
--Dentro de pocos minutos estarán aquí: ¿qué hacemos?
--¡Defendernos! exclamó resueltamente la joven. Parece que no tienen
armas de fuego; nosotros, guarecidos detrás de las paredes de nuestra
casa, podremos sostenernos fácilmente contra ellos hasta la salida del
sol.
--¿Y entonces? preguntó él mestizo en tono de duda.
--Entonces, repuso Carmela con exaltación, ¡Dios nos ayudará!
--¡Amén! respondió el mestizo menos convencido que nunca de la
posibilidad de tal milagro.
--Apresúrese V. a bajar a la sala todas las armas de fuego que hay en
casa, que quizás esos paganos retrocederán si se ven recibidos con
energía; además, ¿quién sabe si nos atacarán?
--¡Eh! Esos demonios son muy astutos, y saben muy bien la gente que hay
en la casa. No cuente V. con que se retiren sin haberse apoderado de la
venta.
--¡Pues bien! exclamó Carmela resueltamente, ¡sea lo que Dios quiera!
Moriremos peleando con valor, en vez de dejarnos coger cobardemente y
ser esclavos de esos miserables sin corazón y sin piedad.
--¡Corriente! respondió el mestizo electrizado por las palabras
entusiastas de su ama, ¡batalla! Ya sabe V., Señorita, que no me asusta
un combate; que se tengan firmes esos perros, porque si no se andan con
cuidado, ¡quizás les juegue yo una mala pasada de la cual se acuerden
durante toda su vida!
La conversación quedó en esto por el momento, en atención a la
necesidad en que nuestros personajes se encontraban de preparar
sus medios de defensa, lo cual verificaron con una celeridad y una
inteligencia, que demostraban que no era aquella la primera vez que se
encontraban en tan crítica posición.
No se sorprenda el lector al ver el viril entusiasmo desplegado en
aquella ocasión por Carmela: en las fronteras, en donde de continuo se
hallan expuestos a las incursiones de los indios y de los merodeadores
de todas clases, las mujeres pelean al lado de los hombres, y olvidando
la debilidad de su sexo, cuando llega la ocasión, saben mostrarse tan
valientes como sus hermanos y sus maridos.
Carmela no se había equivocado: era un destacamento de indios bravos
el que llegaba a galope. Muy pronto estuvieron junto a la casa y la
rodearon por completo.
Generalmente, los indios, en sus expediciones, proceden con suma
prudencia, sin mostrarse nunca a descubierto ni avanzar sino con
extremada circunspección: en esta ocasión fácil era conocer que se
juzgaban seguros del triunfo y que sabían perfectamente que la venta se
hallaba desprovista de defensores.
Cuando hubieron llegado a unos veinte metros de la casa, se detuvieron,
echaron pie a tierra, y pareció que se consultaban unos a otros un
instante.
Lanzi había aprovechado aquellos instantes de tregua para amontonar
sobre la mesa de la sala todas las armas de la casa, es decir, unas
diez carabinas.
Aunque las puertas y las ventanas estaban sólidamente atrancadas,
merced a las numerosas aspilleras abiertas de trecho en trecho, era
fácil observar los movimientos del enemigo.
Carmela, armada con una carabina, se había colocado con intrepidez
delante de la puerta, mientras que el mestizo, con semblante
preocupado, andaba de un lado para otro, entraba y salía, y parecía que
daba la última mano a un trabajo importante y misterioso.
--Vamos, dijo al cabo de un instante, ya está todo corriente. Vuelva V.
a poner esa carabina sobre la mesa, Señorita: no es con la fuerza, sino
únicamente por medio de la astucia como podemos vencer a esos demonios.
Déjeme V. obrar.
--¿Cuál es el proyecto de V.?
--Ya lo verá V. He serrado dos tablas del cercado del corral; monte
V. a caballo, y tan luego como me oiga abrir la puerta de la venta,
márchese a escape tendido.
--Pero ¿y V.?
--No se cuide V. de mí, sino clave las espuelas a su caballo.
--No quiero abandonar a V.
--¡Bah! ¡Bah! No andemos en tonterías; soy viejo, mi vida está ya en
un hilo, la de V. es preciosa, es menester salvarla. Déjeme obrar a mi
antojo, le digo.
--No, a no ser que me diga V...
--No diré nada. Encontrará V. a Tranquilo en el Vado del Venado. ¡Ni
una palabra más!
--¡Ah! ¿De veras? dijo Carmela. ¡Pues bien! juro que no me moveré de
junto a V., suceda lo que quiera.
--¡Está V. loca! ¿No la he dicho que quiero jugar una mala pasada a los
indios?
--Sí.
--Pues bien, ya lo verá V.: solo que, como temo alguna imprudencia por
parte de V., deseo verla marchar delante. No hay más que eso.
--¿Me dice V. la verdad?
--¡Sí por cierto! Dentro de cinco minutos me reuniré con V.
--¿Me lo promete V.?
--No crea V. que me voy a entretener en quedarme aquí.
--Pero ¿qué se propone V. hacer?
--Ahí están los indios. Salga V. y no olvide marchar a escape tendido
en cuanto yo abra la puerta, y dirigirse al Vado del Venado.
--Pero cuento con que...
--Ande V., ande V.; queda convenido, dijo Lanzi interrumpiéndola
bruscamente y empujándola hacia el corral.
La joven obedeció de muy mala gana; pero en aquel momento resonaron
en la puerta de la venta algunos golpes precipitados, y el mestizo
aprovechó esta demostración de los indios para cerrar la puerta del
corral.
--He jurado a Tranquilo protegerla, suceda lo que quiera, murmuró, y no
puedo salvarla sino muriendo por ella. Pues bien, ¡moriré! Pero vive
Dios que he de hacerme unos funerales magníficos.
Llamaron de nuevo en la puerta; pero esta vez con tal violencia, que
era fácil prever que no resistirían por mucho tiempo las tablas.
--¿Quién está ahí? preguntó el mestizo con voz serena.
--Gente de paz, respondieron desde fuera.
--¡Cáspita! dijo Lanzi, para ser gente de paz tienen VV. una manera
singular de anunciarse.
--¡Abra V.! ¡Abra V.! repuso la voz desde fuera.
--Con mucho gusto; pero ¿quién me asegura que no quieren VV. hacerme
daño?
--Abra V. o echamos la puerta abajo. Y se repitieron los golpes.
--¡Oh! ¡Oh! dijo el mestizo, ¡no se andan ustedes en chiquitas! Ea, no
se cansen más, que allá voy.
Cesaron los golpes.
El mestizo desatrancó la puerta y abrió.
Los indios se precipitaron dentro de la casa lanzando gritos y aullidos
de alegría.
Lanzi se había apartado para dejarles franco el paso. Hizo un gesto de
alegría al oír el galope de un caballo que se alejaba con rapidez.
Los indios no pararon mientes en aquel incidente.
--¡Queremos beber! exclamaron.
--¿Qué quieren VV. que les dé? preguntó el mestizo, quien procuraba
ganar tiempo.
--¡Agua de fuego! gritaron los indios.
Lanzi se apresuró a servirles. Comenzó la orgía.
Los pieles rojas, sabiendo que nada tenían que temer por parte de
los habitantes de la venta, tan luego como se abrió la puerta, se
precipitaron en tropel dentro de la sala, juzgando innecesario el
colocar centinelas: este descuido, con el cual contaba Lanzi, facilitó
a Carmela el que se alejase sin ser vista ni molestada.
Los indios, y sobre todo los Apaches, tienen una pasión desenfrenada
por los licores fuertes: entre todos ellos, solo los Comanches tienen
una sobriedad a toda prueba. Hasta ahora han sabido librarse de esa
tendencia funesta a la embriaguez, que diezma y embrutece a sus
compatriotas.
Lanzi observaba con sorna las evoluciones de los pieles rojas que,
aglomerados en torno de las mesas, bebían sendos tragos y vaciaban
a porfía las botas colocadas delante de ellos; los ojos de los
indios comenzaban a brillar; sus facciones se animaban; hablaban
desaforadamente todos a un tiempo sin saber ya lo que decían y sin
pensar más que en emborracharse.
De pronto el mestizo sintió que le ponían una mano en el hombro.
Se volvió.
Un indio estaba de pie en frente de él con los brazos cruzados sobre el
pecho.
--¿Qué quiere V.? le preguntó.
--El Zorro-Azul es un jefe, respondió el indio, y tiene que hablar con
el rostro pálido.
--¿No está satisfecho el Zorro-Azul acaso de la manera en que le he
recibido, así como a sus compañeros?
--No es eso; los guerreros beben, el jefe quiere otra cosa.
--¡Ah! dijo el mestizo, lo siento mucho, porque he dado cuanto tenía.
--No, respondió secamente el indio.
--¿Cómo que no?
--¿Dónde está la joven de cabellos de oro?
--No le entiendo a V., jefe, dijo el mestizo, quien, por el contrario,
comprendía perfectamente.
El indio se sonrió.
--Mire el rostro pálido al Zorro-Azul y verá que es un jefe y no un
niño a quien se puede entretener con mentiras. ¿Qué se ha hecho la
joven de cabellos de oro, la que habita aquí con mi hermano?
--La mujer de quien V. habla, si es la joven a quien pertenece esta
casa a la que V. se refiere...
--Sí.
--Pues bien, no está aquí.
El jefe le dirigió una mirada penetrante y dijo:
--El rostro pálido miente.
--Búsquela V.
--Estaba aquí hace una hora.
--Es muy posible.
--¿Dónde está?
--Búsquela V.
--El rosto pálido es un perro cuya cabellera he de arrancar.
--Buen provecho le haga a V., respondió el mestizo en tono de burla.
Desgraciadamente, Lanzi, al decir estas palabras, había dirigido una
mirada triunfante hacia la parte del corral; el jefe cogió esta mirada
al vuelo, se precipitó hacia el corral, abrió la puerta y lanzó un
grito de furor al ver la brecha practicada en el cercado: acababa de
comprender la verdad.
--¡Perro! exclamó, y cogiendo del cinto su cuchillo de desollar, lo
lanzó con rabia hacia su enemigo.
Pero el mestizo, que le vigilaba, esquivó el golpe, y el cuchillo fue a
clavarse en la pared a pocas pulgadas de su cabeza.
Lanzi se enderezó, y saltando por encima del mostrador, se precipitó
hacia el Zorro-Azul.
Los indios se levantaron tumultuosamente, y cogiendo sus armas saltaron
como fieras en persecución del mestizo.
Este, cuando hubo llegado al umbral de la puerta del corral, se volvió,
descargó sus pistolas en medio de la multitud, montó precipitadamente a
caballo, y clavándole las espuelas en los ijares, le hizo trasponer el
boquerón del cercado.
En el mismo instante se oyó detrás de él un estrépito terrible; tembló
la tierra, y una masa confusa de piedras, vigas y escombros de todas
clases fue a caer en derredor del jinete y de su caballo.
La venta del Potrero acababa de volarse, sepultando bajo sus ruinas a
los Apaches que la habían invadido.
He ahí la mala pasada que Lanzi se había propuesto jugar a los indios.
Ahora se comprenderá por qué había insistido para que Carmela se
alejase tan pronto.
Por una felicidad singular, ni el mestizo ni su caballo estaban
heridos; el -mustang-, con el hocico humeante, volaba por la pradera
como si hubiese tenido alas, hostigado de continuo por su jinete que le
estimulaba con el ademán y con la voz, porque le parecía oír a poca
distancia detrás de sí el galope de otro caballo que parecía que le
perseguía.
Desgraciadamente la noche estaba demasiado oscura para que le fuese
posible cerciorarse de que no se equivocaba.
XIX.
LA CAZA.
Según toda probabilidad, el lector juzgará que el medio empleado por
Lanzi para desembarazarse de los Apaches era un poco violento, y que
acaso no debiera haber recurrido a él sino en el último extremo.
La justificación del mestizo es tan sencilla como fácil de exponer:
los indios bravos, cuando pasan la frontera mejicana, se entregan sin
compasión a todo género de desórdenes, empleando la mayor crueldad
para con los desventurados blancos que caen en sus manos y a quienes
profesan un odio que nada puede saciar.
La posición de Lanzi, solo, sin poder esperar auxilio de nadie en
un sitio tan aislado, en poder de unos cincuenta demonios sin fe ni
ley, era en extremo crítica, y mucho más si se tiene en cuenta que
los Apaches, tan luego como hubiesen estado excitados por los licores
fuertes, cuyo abuso les produce una especie de locura furiosa, no
habrían reconocido ya freno alguno; su carácter sanguinario hubiera
prevalecido, y entonces se habrían entregado a las crueldades más
injustificables por el solo placer de hacer sufrir a un enemigo de su
raza.
Además, el mestizo tenía una razón perentoria para no guardar
consideración alguna: a toda costa era preciso asegurar, fuera como
quisiera, la salvación de Carmela; pues había hecho a Tranquilo el
juramento solemne de defenderla aún con peligro de su propia existencia.
En el caso presente sabía que su vida o su muerte dependían tan solo
del capricho de los indios, y por lo tanto no tenía que guardar
consideración alguna.
Lanzi era un hombre frío, positivista y metódico, que nunca obraba
sin haber reflexionado previamente y con madurez acerca de las
eventualidades probables del buen o mal éxito. En aquella ocasión el
mestizo nada aventuraba, pues sabía que de antemano estaba sentenciado
por los indios: si su proyecto alcanzaba buen éxito, quizás conseguiría
escaparse; si no, moriría, pero como un valiente habitante de las
fronteras, arrastrando consigo a la tumba a un número considerable de
sus implacables enemigos.
Una vez adoptada su resolución, la llevó a cabo con la sangre fría que
hemos referido; merced a su presencia de ánimo, había tenido suficiente
tiempo para saltar sobre su caballo y fugarse.
Sin embargo, aún no había concluido todo: el galope que el mestizo oía
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