tigres sedientos de sangre.
--¡Ah! ¡Al menos esa la tendremos! exclamó alegremente Gregorio Felpa,
el guía traidor, precipitándose hacia adelante.
--¡Mientes, miserable! respondió el capitán.
Y alzando con ambas manos la pesada barra de hierro, rompió el cráneo
al soldado, quien cayó sin lanzar un grito, sin exhalar un suspiro.
--Ahora a otro, dijo el capitán volviendo a levantar la palanca.
Un aullido de horror resonó entre la multitud, que vaciló un momento.
El capitán bajó con viveza su palanca, y la caja se inclinó sobre el
borde del abismo.
Este movimiento restituyó a los bandidos toda su cólera y su rabia.
--¡Muera! ¡Muera! exclamaron precipitándose sobre el oficial.
--¡Deteneos! gritó el Jaguar lanzándose hacia adelante y derribando
cuanto se oponía a su paso. Nadie se mueva: ese hombre me pertenece.
Al oír esta voz bien conocida de todos, aquellos hombres se detuvieron.
El capitán tiró su palanca: la última caja acababa de caer al
precipicio.
--Ríndase V., Capitán Melendez, dijo el Jaguar adelantándose hacia el
oficial.
Éste había vuelto a coger su sable, y respondió:
--Ya no merece la pena: prefiero morir.
--Pues entonces defiéndase V.
Ambos enemigos se pusieron en guardia. Durante algunos segundos se
oyó el choque furioso de los aceros. De improviso y por un movimiento
brusco, el capitán hizo volar por el aire el arma de su adversario.
Antes que éste se hubiese repuesto de su sorpresa, el oficial se
precipitó sobre él y le enlazó con sus brazos como una serpiente.
Los dos hombres rodaron por el suelo.
A dos pasos detrás de ellos se hallaba el precipicio.
Todos los esfuerzos del capitán tendían a atraer al Jaguar al borde
del abismo; el cabecilla, por el contrario, procuraba librarse de la
presión terrible de su enemigo, cuyo siniestro proyecto había adivinado
sin duda alguna.
Por fin, después de una lucha de algunos minutos, los brazos que
oprimían el cuerpo del Jaguar se aflojaron poco a poco; las crispadas
manos del oficial se soltaron, y el cabecilla, reuniendo todas sus
fuerzas, logró desembarazarse de su enemigo y levantarse.
Pero apenas se hallaba de pie, cuando el capitán, que parecía estar
aniquilado y casi desmayado, saltó como un tigre, se agarró a brazo
partido con su enemigo, y le imprimió un sacudimiento terrible.
El Jaguar, que todavía estaba aturdido por la lucha que acababa de
sostener, y no esperaba aquel ataque brusco, se tambaleó y perdió el
equilibrio, lanzando un grito horroroso.
--¡Por fin! exclamó el capitán con feroz alegría.
Los circunstantes lanzaron una exclamación de horror y de desesperación.
Los dos enemigos habían desaparecido en el abismo.
FIN.
ÍNDICE DE MATERIAS.
I. El fugitivo.
II. Quoniam.
III. Negro y blanco.
IV. La manada.
V. El Ciervo-Negro.
VI. La concesión.
VII. Cara de Mono.
VIII. La declaración de guerra.
IX. Los Pawnees-Serpientes.
X. La batalla.
XI. La venta del Potrero.
XII. Conversación.
XIII. Carmela.
XIV. La conducta de plata.
XV. El alto.
XVI. Resumen político.
XVII. Tranquilo.
XVIII. Lanzi.
XIX. La caza.
XX. Confidencias.
XXI. El Jaguar.
XXII. El Zorro-Azul.
XXIII. El Desollador-Blanco.
XXIV. Después del combate.
XXV. Una explicación.
XXVI. El parte.
XXVII. El guía.
XXVIII. John Davis.
XXIX. El trato.
XXX. La emboscada.
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111