--¿De veras?
--Sí por cierto, pues se trata de varios millones.
--¿Qué está V. diciendo? exclamó John Davis estremeciéndose sin querer.
El cazador, desde su encuentro con el soldado, había maniobrado
astutamente para inducirle a revelar el motivo que le llevaba a
aquellos parajes desiertos, porque la presencia de un dragón aislado
así en la pradera le había parecido muy singular, y con razón. Así
pues, grande fue su alegría cuando vio al soldado caer por si mismo en
el lazo que le tendía.
--Sí, repuso el dragón, el general Rubio, de quien soy asistente, me ha
despachado con un parte para el capitán Melendez, que en este momento
va escoltando una conducta de plata.
--¿Lo cree V.?
--¡Cáspita si lo creo! Cuando le digo a V. que llevo yo el oficio.
--Es verdad. Pero ¿con qué objeto escribe el general al capitán?
El soldado miró un instante de soslayo al cazador, y luego, variando
repentinamente de tono y mirándole frente a frente, le dijo:
--¿Quiere V. que juguemos con cartas descubiertas?
John se sonrió y respondió:
--¡Bueno! Veo que podremos entendernos, ¿Por qué no? Entre caballeros,
las condiciones son las que lo hacen todo. Así pues, jugaremos con
entera franqueza, ¿eh?
--Queda convenido.
--Confiese V. que desearía en extremo conocer el contenido de este
oficio.
--¡Oh! Por mera curiosidad, se lo juro a V.
--¡Pardiez! Estoy convencido de ello. Pues bien, solo de V. depende el
lograrlo.
--Entonces no tardaré mucho. Veamos las condiciones de V.
--Son muy sencillas.
--Dígalas V.
--Míreme V. bien. ¿No me conoce V.?
--En verdad que no.
--Ya veo que tengo más memoria que V.
--Es muy posible.
--Yo le conozco a V.
--¿Sí?
--Sin duda alguna.
--Me habrá V. visto en alguna parte.
--Es probable. Pero esto importa muy poco: lo principal es que yo sepa
quién es V.
--¡Oh! Un simple cazador.
--Sí, y un amigo íntimo del Jaguar.
--¡Cómo! exclamó el cazador estremeciéndose de sorpresa.
--No se asuste V. por tan poco: respóndame tan solo si es verdad o no.
--Es verdad. De V. para mí no sé por qué habría de negarlo.
--Haría V. muy mal. ¿Dónde está el Jaguar en este momento?
--No lo sé.
--Es decir, no quiere V. revelármelo.
--Justamente.
--Bien; pero, si yo lo desease, ¿podría V. conducirme a su presencia?
--No veo en ello inconveniente alguno, si el asunto merece la pena.
--¿No he dicho ya que se trata de algunos millones?
--Sí por cierto, pero no me lo ha probado usted.
--¿Y esa prueba es la que V. exige?
--Nada más.
--Eso es bastante difícil.
--No por cierto.
--¿Cómo así?
--¡Pardiez! Yo soy buen compañero, y solo quiero poner a cubierto mi
responsabilidad: enséñeme V. el oficio y con eso me contento.
--¿Y quedará V. satisfecho?
--Con tanto más motivo cuanto que conozco la letra del general.
--¡Oh! Entonces está muy bien.
Y sacando el dragón de su pecho un ancho pliego, se lo enseñó al
americano, aunque sin soltarlo, y le dijo:
--Mire V.
John lo examinó atentamente durante algunos minutos.
--Es realmente la letra del general, ¿verdad? repuso el soldado.
--Sí.
--¿Consiente V. ahora en conducirme a donde se halle el Jaguar?
--Cuando V. quiera.
--Entonces al momento.
--Corriente, al momento.
Los dos hombres se levantaron a un tiempo, pusieron los frenos a sus
caballos, montaron y abandonaron a galope el sitio que, durante algunas
horas, les había ofrecido tan grata sombra.
XXIX.
EL TRATO.
Los dos aventureros caminaban alegremente al lado uno de otro,
charlando acerca de la lluvia y el buen tiempo, dándose mutuamente
malicias del desierto, es decir, de las cacerías y de las escaramuzas
con los indios, y hablando de los sucesos políticos que, desde hacía
algunos meses, habían adquirido cierta gravedad y una importancia
peligrosa para el gobierno mejicano.
Pero mientras charlaban así sin tino, dirigiéndose mutuamente preguntas
cuyas respuestas no se tomaban el trabajo de escuchar, su conversación
no tenía más objeto que el de ocultar la secreta preocupación que les
agitaba.
En su discusión precedente cada uno de ellos había querido andar con
astuciosas tretas, procurando arrancarse mutuamente sus secretos, el
cazador maniobrando para inducir al soldado a cometer una traición, y
éste deseando más que nada venderse y obrar en tal concepto. De esta
lucha de astucia resultó que los dos se encontraron de igual fuerza, y
que cada cual obtuvo el resultado que ambicionaba.
Pero, para ellos, la cuestión no estribaba precisamente en esto: como
sucede con todos los caracteres viciados, el buen éxito, en vez de
satisfacerles, suscitó en su mente una multitud de sospechas. John
Davis se preguntaba a sí mismo qué causa habría inducido al dragón a
hacer traición tan fácilmente a los suyos sin estipular desde luego
ventajas importantes para sí, porque en América todo se cotiza y la
infamia, sobre todo, produce mucho.
El dragón, por su parte, juzgaba que el cazador había creído con
sobrada facilidad sus palabras, y no obstante los modales afectuosos de
su compañero, cuanto más se acercaba al campamento de los merodeadores
de fronteras, más se aumentaba su malestar, porque comenzaba a
temer que había ido a dar de cabeza en un lazo y que se había fiado
con sobrada imprudencia de un hombre cuya fama estaba muy lejos de
tranquilizarle.
He ahí la disposición de ánimo en que los dos aventureros se hallaban
el uno respecto del otro una hora escasamente después de haber
abandonado el sitio en que se encontraron de un modo tan fortuito.
Sin embargo, cada cual ocultaba con el mayor cuidado sus recelos en
el fondo de su corazón; nada dejaban traslucir exteriormente. Por el
contrario, aumentaban su cortesía y su urbanidad el uno para con el
otro, tratándose más bien como hermanos queridos y gozosos por volver
a verse después de una ausencia prolongada, que como hombres que dos
horas antes se habían hablado por primera vez.
Hacía próximamente una hora que se había puesto el sol, y la noche
cerraba por completo cuando llegaron a poca distancia del campamento
del Jaguar, cuyas hogueras brillaban en medio de la oscuridad,
reflejándose con efectos de luz a cual más fantásticos sobre los
objetos inmediatos, y dando al paisaje agreste de la pradera un
carácter de salvaje majestad.
--Ya hemos llegado, dijo el cazador parando su caballo y volviéndose
hacia su compañero; nadie nos ha visto: todavía puede V. retroceder sin
temor de que nadie le persiga. ¿Qué decide usted?
--¡Canario! Compañero, respondió el soldado encogiéndose levemente de
hombros con expresión desdeñosa, no he venido hasta aquí para volverme
atrás desde la entrada del campamento. Permítame V. que le diga con el
debido respeto que su observación me parece cuando menos singular.
--Era deber mío hacérsela a V.: ¿quién sabe si mañana se arrepentirá V.
del paso aventurado que hoy Va a dar?
--Es muy posible; pero ¿qué quiere V.? Correré ese riesgo: mi
determinación está adoptada y es invariable. Así pues, sigamos adelante
en nombre de Dios.
--Como V. guste. Antes de un cuarto de hora estará V. en presencia del
hombre a quien desea ver; se explicará con él, y habré cumplido mi
cometido.
--Y solo me restará dar a V. infinitas gracias, dijo el soldado
interrumpiéndole con viveza. Pero no permanezcamos aquí más tiempo, que
podemos llamar la atención y convertirnos en blanco de alguna bala, lo
cual confieso a V. que me agradaría muy poco.
El cazador, sin responder, hizo sentir la espuela a su caballo, y
continuaron avanzando.
Al cabo de algunos instantes se encontraron en el círculo de luz
proyectado por la llama de las hogueras; casi en seguida se oyó el
ruido que se produce al amartillar un rifle, y una voz brusca les gritó
que se detuviesen al momento.
La intimación, a pesar de no ser del todo cortés, era, sin embargo, muy
perentoria, y los dos aventureros juzgaron prudente obedecerla.
Entonces salieron de los atrincheramientos varios hombres armados, y
uno de ellos, dirigiéndose a los dos forasteros, les preguntó, quiénes
eran y qué buscaban a una hora tan inoportuna.
--Somos amigos, respondió el cazador, y queremos entrar cuanto antes.
--Todo eso está muy bien, repuso el otro; pero si no dicen VV. sus
nombres, no entrarán tan pronto, y mucho más cuando uno de VV. viste un
uniforme que no está muy bien mirado entre nosotros.
--Está bien, Ruperto, respondió el americano; soy John Davis, y creo
que ya me conoce V. Así pues, franquéeme V. el paso sin más tardanza, y
yo respondo del señor, quien tiene que comunicar al jefe un asunto de
la mayor importancia.
--Sea V. muy bienvenido, John, y no se enfade: ya sabe V. que la
prudencia es la madre de la seguridad.
--Sí, sí, dijo el americano riendo, V. nunca se compromete por obrar de
ligero, compadre.
Entraron en el campamento sin encontrar más obstáculo.
La mayor parte de los merodeadores de fronteras dormían tendidos en
torno de las hogueras; únicamente unos cuantos centinelas vigilantes,
colocados en los límites del campamento, velaban por la común seguridad.
John Davis echó pie a tierra, invitando a su compañero a que le
imitase; luego, haciéndole una seña para que le siguiese, se adelantó
hacia una tienda de campaña, al través de cuya lona se veía brillar una
luz débil y temblorosa.
Cuando el cazador hubo llegado a la entrada de la tienda, se paró, y
después de dar dos palmadas, preguntó con voz contenida:
--¿Duerme V., Jaguar?
--¿Es V., John Davis, mi buen compañero? preguntaron en seguida desde
adentro.
--Sí Señor.
--Entonces entre V., que le aguardo con impaciencia.
El americano levantó la cortina que cubría la entrada y penetró en la
tienda; el soldado se deslizó detrás de él, y la cortina volvió a caer.
El Jaguar, sentado sobre un cráneo de bisonte, hojeaba una
correspondencia voluminosa a la luz de un candil; en un rincón de la
tienda se veían extendidas dos o tres pieles de oso, que sin duda
estaban destinadas a servirle de lecho. Al ver a los que llegaban, el
joven dobló sus papeles y los metió en una cajita de hierro cuya llave
se guardó en el pecho; en seguida levantó la cabeza y fijó una mirada
inquieta en el dragón.
--¿Qué es eso, John? dijo: ¿nos trae V. prisioneros?
--No, respondió el cazador; este soldado deseaba a toda costa ver a
V. por ciertas razones que él mismo explicará, y he creído que debía
complacerle.
--Bien, dentro de un momento nos entenderemos con él. Y V., ¿qué ha
hecho?
--Lo que V. me había encargado.
--Según eso, ¿ha alcanzado V. un completo buen éxito?
--Completo.
--¡Bravo! Amigo mío. Cuénteme V. eso.
--¿Para qué dar ahora pormenores? respondió el americano señalando con
una ojeada al dragón que permanecía inmóvil e impasible a pocos pasos
de distancia.
El Jaguar lo comprendió y dijo:
--Es cierto. Veamos ahora qué viene a ser este hombre.
Y dirigiéndose al soldado, añadió:
--Acérquese V., amigo.
--A la orden de V., mi Capitán.
--¿Cómo se llama V.?
--Gregorio Felpa. Soy dragón, como puede usted verlo por mi uniforme.
--¿Por qué motivo deseaba V. verme?
--Por el deseo de prestar a V. un servicio importante.
--Doy a V. gracias; pero, por lo general, los servicios cuestan
sumamente caros, y yo no soy rico.
--Llegará V. a serlo.
--Así lo deseo. Veamos, ¿cuál es ese gran servicio que intenta V.
prestarme?
--Voy a explicarme en pocas palabras. Toda cuestión política presenta
dos aspectos: esto depende del punto de vista bajo el cual se la
considere. Yo soy nacido en Tejas, e hijo de un norteamericano y de una
india, lo cual equivale a decir que aborrezco con toda mi alma a los
mejicanos.
--Al grano, al grano.
--A eso voy. Siendo soldado, aunque contra toda mi voluntad, el general
Rubio me ha encargado que lleve al capitán Melendez un despacho en el
cual le cita para un sitio en que debe reunirse con él a fin de evitar
el Río Seco, en donde dicen que tiene V. intención de emboscarse para
apoderarse de la conducta de plata.
--¡Hola! ¡Hola! dijo el Jaguar, quien escuchaba ya con suma atención;
pero ¿cómo conoce V. el contenido de ese despacho?
--De una manera muy sencilla. El general tiene en mí la mayor confianza
y me ha leído el despacho, porque a mí es a quien ha encargado que
sirva de guía al capitán Melendez para dirigirse al sitio de la cita.
--Según eso, ¿hace V. traición a su jefe?
--¿Es ese el nombre que da V. a mi acción?
--Hablo colocándome en el lugar del general.
--¿Y colocándose V. en el suyo?
--Cuando hayamos arreglado el asunto, se la diré a V.
--Bueno, respondió el dragón con tono indiferente.
--¿Tiene V. ahí ese despacho?
--Aquí está.
El Jaguar lo cogió, lo examinó atentamente dándole algunas vueltas, e
hizo el ademán de abrirlo.
--¡Deténgase V.! exclamó el soldado con viveza.
--¿Por qué?
--Porque si le abre V., ya no podré entregársele a la persona a quien
está destinado.
--¿Cómo dice V. eso?
--No me entiende V., replicó el soldado con una impaciencia mal
disimulada.
--Así lo creo, respondió el Jaguar.
--Solo le pido a V. que me escuche durante cinco minutos.
--Hable V.
--El punto en que el general cita al capitán Melendez es la laguna del
Venado. Antes de llegar a ese sitio hay un desfiladero bastante angosto
y muy fragoso.
--Le conozco, es el desfiladero del Palo Muerto.
--Bueno. Se emboscará V. en él, a la derecha y a la izquierda, entre
los matorrales, y cuando pase el convoy, le atacará V. por todos los
lados a la vez. Es imposible que se escape, si, como supongo, adopta V.
bien sus disposiciones.
--Sí, el sitio es muy favorable para un golpe de mano; pero ¿quién me
responde de que el convoy pasará por ese desfiladero y no por el del
Río Seco?
--Yo.
--¿Cómo V.?
--Sí por cierto, puesto que yo he de servir de guía.
--Ahora sí que ya no nos entendemos.
--Al contrario, nos entendemos muy bien. Voy a separarme de V.; iré
a reunirme con el capitán a quien entregaré el despacho del general;
que quiera que no, se verá obligado a tomarme por guía y le llevaré a
poder de V., con la misma seguridad con que se conduce a un novillo al
matadero.
El Jaguar dirigió al soldado una mirada que parecía que quería penetrar
hasta lo más profundo de su corazón.
--Es V. un mozo muy atrevido, le dijo por fin; pero, en concepto mío,
arregla V. demasiado bien las cosas a su antojo. Yo no le conozco a
V.: ésta es la primera vez que le veo y (perdóneme que le hable con
tanta franqueza) es para fraguar una traición. ¿Quién me responde
de la fidelidad de V.? Si soy bastante necio para dejarle marchar
tranquilamente, ¿quién me asegura que no se volverá contra mí?
--Mi propio interés ante todo: si merced a mi auxilio se apodera V. del
convoy, me pagará quinientas onzas de oro.
--No es demasiado caro. Sin embargo, permítame V. que le haga todavía
otra observación.
--Hágala V.
--Nada me prueba que no le hayan prometido a V. el doble por apoderarse
de mí.
--¡Oh! ¡No! dijo el soldado con energía.
--¡Cáspita! Oiga V., cosas más singulares se han visto, y por poco que
valga mi cabeza, confieso a V. mi debilidad de tenerla mucho apego. Así
pues, le advierto que si no tiene mejores garantías que darme, queda
deshecho el negocio.
--¡Sería lástima!
--Ya lo sé; pero la culpa es de V. y no mía. Debía V. haber adoptado
mejor sus medidas antes de venir a buscarme.
--¿Con que nada podrá convencerle a V. de mi buena fe?
--Nada.
--Veamos, es preciso concluir, exclamó el soldado con impaciencia.
--Eso es lo que más deseo.
--¿Queda bien convenido entre nosotros que me dará V. quinientas onzas
de oro?
--Sí, si por mediación de V. me apodero de la conducta de plata.
--Desde luego.
--Pues se las prometo a V.
--Basta; sé que nunca falta V. a su palabra.
Entonces se desabrochó el uniforme, cogió una bolsita colgada de
su cuello con una cadena de acero, y se la presentó al cabecilla
diciéndole:
--¿Conoce V. esto?
--Sí por cierto, respondió el Jaguar santiguándose devotamente, es una
reliquia.
--Bendecida por el Papa, como lo prueba este certificado.
--Es cierto.
El dragón se quitó la reliquia y la puso en manos del Jaguar; luego,
cruzando el pulgar de la mano derecha con el de la izquierda, dijo con
voz firme y acentuada:
--Yo, Gregorio Felpa, juro sobre esta reliquia cumplir fielmente todas
las cláusulas del trato que acabo de estipular con el noble capitán
denominado el Jaguar: si falto a mi juramento, renuncio desde hoy y
para siempre a la parte que espero tener en el paraíso, y me consagro a
las llamas eternas del infierno. Ahora, añadió, guarde V. esa reliquia
preciosa; a mi regreso me la devolverá.
El capitán, sin contestar, se la colgó inmediatamente al cuello.
¡Contradicción singular del corazón humano! ¡Anomalía inexplicable!
Esos hombres, esos indios, paganos en su mayor parte no obstante
el bautismo que han recibido, y que a pesar de fingir que observan
ostensiblemente las reglas de nuestra religión, practican en secreto
los ritos de su culto, tienen viva fe en las reliquias y los amuletos;
todos llevan alguna al cuello en una bolsita, y esos hombres disolutos
y perversos, para quienes nada hay sagrado, que se ríen de los
sentimientos más nobles, y cuya vida entera trascurre imaginando
picardías y maquinando traiciones, profesan tan profundo respeto a
aquellas reliquias, que no hay ejemplo alguno de que un juramento
prestado sobre una de ellas haya sido falseado nunca.
Explique quien quiera este hecho extraordinario: en cuanto a nosotros,
nos limitamos a consignarle.
Ante el juramento prestado por el dragón, las sospechas del Jaguar se
desvanecieron inmediatamente para ser sustituidas por la confianza más
completa.
La conversación perdió el tono ceremonioso que hasta entonces había
tenido; el soldado se sentó sobre un cráneo de bisonte, y los tres
hombres, puestos ya de acuerdo, discutieron en la mejor armonía los
medios más oportunos que debían emplearse para no sufrir un descalabro.
El plan propuesto por el soldado tenía una sencillez y una facilidad de
ejecución que garantizaban su buen éxito; por eso fue adoptado en su
totalidad, y la discusión solo versó ya sobre los pormenores.
Por último, a una hora bastante avanzada de la noche se separaron con
el objeto de disfrutar algunos momentos de un descanso indispensable
entre las fatigas del día que acababa de trascurrir y las que tendrían
que soportar en el siguiente.
Gregorio durmió, como suele decirse, a pierna suelta, es decir, sin
interrupción.
Unas dos horas antes de que saliese el sol, el Jaguar se inclinó hacia
el soldado y le despertó: éste se levantó en seguida, se restregó los
ojos, y al cabo de cinco minutos estaba tan ágil y dispuesto como si
hubiese dormido cuarenta y ocho horas seguidas.
--Ya es tiempo de marchar, le dijo el Jaguar a media voz; John Davis ha
cuidado y ensillado ya por sí mismo vuestro caballo. Venga V.
Salieron de la tienda. En efecto, el americano tenía de las riendas el
caballo del soldado. Éste se puso en la silla de un salto, sin valerse
de los estribos, para demostrar que estaba perfectamente descansado.
--Sobre todo, dijo el Jaguar, observe V. la mayor prudencia, tenga sumo
cuidado con sus palabras y con sus más mínimos gestos, porque va V. a
tener que habérselas con el oficial más valiente y más experimentado
del ejército mejicano.
--Fíe V. en mí, Señor Capitán. ¡Canario! La recompensa es demasiado
buena para que yo me exponga a echar a perder el negocio.
--Una palabra todavía.
--Diga V.
--Arréglese V. de modo que el convoy no llegue al desfiladero hasta el
anochecer, pues la oscuridad entra por mucho en el buen éxito de una
sorpresa. Y ahora, ¡adiós y buena suerte!
--Deseo a V. otro tanto.
El Jaguar y el americano escoltaron al dragón hasta los últimos
atrincheramientos con el fin de dar el santo y seña a los centinelas
avanzados, quienes, a no ser por esta precaución, y viendo el
uniforme que Gregorio vestía, sin duda alguna le habrían hecho fuego
desapiadadamente.
Cuando hubo salido del campamento, los dos hombres le siguieron con la
vista durante todo el tiempo que pudieron distinguir su negra silueta,
deslizándose como una sombra entre los árboles del bosque, en donde no
tardó en desaparecer.
--He ahí lo que se llama un pícaro redomado, dijo John Davis; es más
astuto que una zorra. ¡Vive Dios! ¡Qué tuno tan hediondo!
--¡Eh! Amigo mío, respondió el Jaguar, se necesitan hombres de ese
temple. Sin eso ¿qué sería de nosotros?
--¡Es verdad! Esos hombres son necesarios como la peste y la lepra.
Sin embargo, sostengo mis palabras: ¡es el pícaro más completo que
he visto en toda mi vida, y bien sabe Dios que en el curso de mi
existencia he visto desfilar por delante de mí una colección magnífica!
Algunos minutos después, los merodeadores de fronteras levantaban el
campo y montaban a caballo con el fin de dirigirse al desfiladero para
el cual habían dado cita a Gregorio Felpa, el asistente del general
Rubio, quien había depositado en él una confianza a que tan acreedor se
hacía en todos conceptos.
XXX.
LA EMBOSCADA.
El Jaguar adoptó tan bien sus medidas, y el traidor que guió la
conducta de plata maniobró tan bien, que los mejicanos habían caído
en una emboscada de la cual era muy difícil, ya que no imposible, que
saliesen.
Los soldados, atemorizados un instante por la caída de su jefe cuyo
caballo fue herido mortalmente en el principio de la acción, pero
dóciles, sin embargo, a la voz del capitán, quien por un esfuerzo
supremo había logrado levantarse casi en seguida, se agruparon en torno
de la recua, y haciendo frente con resolución a todos los costados a la
vez, se dispusieron a defender con valor el precioso depósito confiado
a su custodia.
La escolta mandada por el capitán Melendez, aunque poco numerosa,
se componía de soldados viejos y de experiencia, acostumbrados
hacía mucho tiempo a la guerra de guerrillas y para quienes nada
extraordinario ofrecía la posición crítica en que su mala estrella les
había colocado.
Los dragones echaron pie a tierra, y tirando sus largas lanzas que
les eran inútiles en una lucha como la que se preparaba, cogieron
sus carabinas, se las echaron a la cara, y con los ojos fijos en los
matorrales, aguardaron impasibles la orden de comenzar el fuego.
El capitán Melendez había estudiado el terreno con una ojeada rápida,
y vio que estaba muy lejos de serle favorable. A derecha e izquierda
había ásperas pendientes coronadas de enemigos; a retaguardia, una
partida numerosa de merodeadores de fronteras, emboscada detrás
de unos árboles caídos que, como por encanto, habían interceptado
súbitamente el camino y cortado la retirada; por último, a vanguardia,
un precipicio de cerca de veinte metros de anchura y de una profundidad
incalculable.
Así pues, parecía que a los mejicanos se les arrebataba toda esperanza
de salir sanos y salvos de la posición en que se hallaban acorralados,
no solo por razón del considerable número de enemigos que les cercaban
por todos lados, sino también por la disposición del sitio. Sin
embargo, después que el capitán hubo estudiado atentamente el terreno,
brilló en sus ojos un relámpago, y una sonrisa sombría iluminó su
semblante.
Hacía mucho tiempo que los dragones conocían a su jefe, tenían fe en
él, vieron aquella sonrisa y se acrecentó su valor.
El capitán se había sonreído, luego tenía esperanza.
Verdad es que ni un solo hombre, en toda la escolta, hubiera podido
decir en qué consistía aquella esperanza.
Después de la primera descarga, los merodeadores coronaron
inopinadamente las alturas, pero permanecieron inmóviles, contentándose
con vigilar con la mayor atención los movimientos de los mejicanos.
El capitán aprovechó este momento de tregua que tan generosamente le
ofrecía el enemigo, para adoptar algunas disposiciones defensivas y
corregir su plan de batalla.
Descargáronse las mulas, colocáronse los preciosos cajones enteramente
atrás, lo más lejos posible del enemigo; luego las mulas y los
caballos, llevados al frente de la línea de batalla del destacamento,
fueron colocados de modo que sus cuerpos sirviesen de parapetos a los
soldados, los cuales, con una rodilla en tierra y doblados detrás de
aquel atrincheramiento vivo, se encontraron guarecidos en cierto modo
contra las balas enemigas.
Cuando todas estas medidas estuvieron adoptadas y una ojeada postrera
cercioró al capitán de que sus órdenes se habían ejecutado con
puntualidad, se inclinó al oído del señor Bautista, arriero principal,
y le dijo algunas palabras en voz baja.
El arriero hizo un movimiento brusco de sorpresa al oír las palabras
del capitán; pero reanimándose en seguida, bajó afirmativamente la
cabeza.
--¿Obedecerá V.? preguntó D. Juan mirándole fijamente.
--Sí, mi Capitán; lo juro por mi honor, contestó el arriero.
--Pues entonces le respondo a V. de que vamos a reírnos, dijo
alegremente el joven.
El arriero se retiró, y el capitán fue a colocarse al frente de sus
soldados. Apenas había ocupado su puesto de combate cuando un hombre
apareció en la cumbre de la pendiente de la derecha: aquel hombre
llevaba en la mano una lanza en cuyo extremo flotaba un pedazo de tela
blanca.
--¡Oh! ¡Oh! murmuró el capitán, ¿qué significa eso? ¿Temen ya que se
les escape su presa?
--¡Eh! gritó con voz fuerte, ¿qué quieren VV.?
--Parlamentar, respondió lacónicamente el hombre de la bandera.
--¡Parlamentar! replicó el capitán, ¿para qué? Además, tengo la honra
de ser oficial en el ejército mejicano, y no puedo estipular tratos con
bandidos.
--Tenga V. cuidado, Capitán, un valor inoportuno suele degenerar en
fanfarronada; la posición de V. es desesperada.
--¿Lo cree V. así? respondió el joven con voz burlona.
--Está V. cercado por todas partes.
--Excepto por una.
--Sí; pero en esa hay un precipicio que no se puede pasar.
--¿Quién sabe? dijo el capitán, siempre en tono de sorna.
--En fin, ¿quiere V. escucharme, sí o no? repuso el otro a quien este
diálogo comenzaba a impacientar.
--Corriente, dijo el oficial, veamos las proposiciones de V., y después
le manifestaré mis condiciones.
--¿Qué condiciones? preguntó el parlamentario con sorpresa.
--¡Pardiez! Las que me propongo imponer a usted.
Una carcajada homérica de los merodeadores de fronteras acogió estas
palabras altaneras. El capitán permaneció impasible y frío.
--¿Quién es V.? preguntó.
--El jefe de la gente que les tiene a VV. cautivos.
--¡Cautivos! Creo que no; en fin, allá veremos. ¡Ah! ¿Con que es V.
el Jaguar, ese bandido feroz cuyo nombre es execrado en todas estas
fronteras?
--Yo soy el Jaguar, respondió éste sencillamente.
--Muy bien. ¿Qué me quiere V.? Hable, y sobre todo sea breve, replicó
el capitán apoyando la punta de su sable en el extremo de su bota.
--Quiero evitar la efusión de sangre, dijo el Jaguar.
--Eso está muy bien; pero me parece un poco tarde para adoptar una
resolución tan laudable, dijo el oficial con su voz burlona.
--Escuche V., Capitán; es V. un oficial valiente, y sentiría yo que
sucediese una desgracia; no se obstine V. en sostener una lucha
imposible, rodeado como lo está por fuerzas considerables; toda
tentativa de resistencia sería una locura imperdonable que no daría más
resultado que la muerte de todos los soldados que usted manda, sin que
le quede la menor esperanza de salvar el convoy confiado a su custodia.
Ríndase V., se lo repito, pues no le queda otro medio de salvación.
--Caballero, respondió el oficial hablando ya esta vez en tono muy
serio, doy a V. gracias por las palabras que acaba de pronunciar;
tengo cierta experiencia para conocer a los hombres, y veo que en este
momento habla V. lealmente.
--Sí, dijo el Jaguar.
--Desgraciadamente, prosiguió el capitán, me veo obligado a repetir
a V. que tengo la honra de ser oficial, y que nunca consentiré en
entregar mi espada a un jefe de partida cuya cabeza está a precio. Si
he sido bastante idiota y loco para dejarme atraer a un lazo, tanto
peor para mí; sufriré las consecuencias.
Los dos interlocutores se habían ido acercando uno a otro, y a la sazón
hablaban frente a frente.
--Comprendo, Capitán, que en ciertas y determinadas circunstancias
su honor militar le obligue a sostener una lucha, aún en condiciones
desfavorables; pero aquí el caso es muy distinto, todas las
probabilidades están contra V., y nada padecerá su honra con una
rendición que librará: la vida de tantos soldados valientes.
--Y que sin disparar un tiro le entregará a usted la rica presa que
tanto codicia, ¿no es verdad?
--Esa presa, por más que V. haga, no se nos puede escapar.
El capitán se encogió de hombros, y dijo:
--¡Está V. loco! Como todos los hombres acostumbrados a la guerra de
las praderas, ha querido V. ser sobrado astuto, y sus ardides han ido
demasiado lejos.
--¿Cómo así?
--Aprenda V. a conocerme, caballero: soy cristiano viejo, desciendo de
los antiguos conquistadores, y la sangre española corre por mis venas.
Todos mis soldados me son fieles y adictos: por orden mía se dejarán
matar todos sin vacilar lo más mínimo; y por muy ventajosas que sean
las posiciones que V. ocupa, por muy numerosa que sea su gente, se
necesita cierto espacio de tiempo para exterminar a cincuenta hombres
reducidos a la desesperación y resueltos a no pedir cuartel.
--Sí, dijo el Jaguar con voz sorda; pero se concluye por matarlos.
--Sin duda alguna, repuso tranquilamente el capitán; pero mientras V.
nos va degollando, los arrieros, que al efecto han recibido ya mis
órdenes terminantes, harán que las cajas de dinero vayan rodando unas
después de otras al fondo del abismo, en cuya orilla nos ha acorralado
V.
--¡Oh! exclamó el Jaguar con un ademán de amenaza mal entendido, no
hará V. eso, Capitán.
--¿Por qué no he de hacerlo, si V. gusta? respondió fríamente el
oficial. Sí que lo haré, se lo juro a V. por mi honor.
--¡Oh!
--Y entonces ¿qué sucederá? Que habrá V. asesinado cobardemente a
cincuenta hombres sin más resultado que el de saciarse en la sangre de
sus compatriotas.
--¡Rayo de Dios! ¡Eso es un delirio!
--No, no es más que la consecuencia lógica de la amenaza que V. me
dirige: moriremos, pero como valientes, y habremos cumplido con nuestro
deber hasta el fin, puesto que el dinero se salvará.
--Según eso, ¿serán inútiles todos mis esfuerzos para obtener una
solución pacífica?
--Todavía hay un medio.
--¿Cuál es?
--Déjenos V. pasar, comprometiéndose bajo palabra de honor a no
hostilizar nuestra retirada.
--¡Nunca! Ese dinero me es indispensable, lo necesito.
--Entonces venga V. a buscarle.
--Eso voy a hacer.
--Como V. guste.
--¡Que esa sangre, que he querido ahorrar, recaiga sobre la cabeza de
V.!
--O sobre la de V.
Y se separaron.
El capitán se volvió hacia sus soldados que, habiéndose acercado
bastante a los dos interlocutores, habían seguido atentamente la
discusión en todas sus peripecias, y les preguntó
--¿Qué queréis hacer, muchachos?
--¡Morir! contestaron todos con acento breve y enérgico.
--¡Corriente! ¡Moriremos juntos!
Y blandiendo su espada por encima de su cabeza, gritó:
--¡Dios y libertad! ¡Viva Méjico!
--¡Viva Méjico! repitieron los dragones con entusiasmo.
En este intermedio el sol había desaparecido en el horizonte, y las
tinieblas iban cubriendo la tierra cual un sudario sombrío.
El Jaguar, lleno de rabia por ver el mal resultado de su tentativa, se
había reunido con sus compañeros.
--¿Qué hay? le preguntó John Davis, que acechaba con ansiedad su
regreso; ¿qué ha obtenido V.?
--Nada. Ese hombre está endemoniado.
--Ya le advertí a V. que era un verdadero diablo. Afortunadamente, por
más que haga, no se nos puede escapar.
--En eso es en lo que está V. equivocado, respondió el Jaguar pateando
de rabia; que muera o viva, el dinero está perdido para nosotros.
--¿Cómo es eso?
El Jaguar refirió en breves palabras a su confidente lo que había
pasado entre el capitán y él.
--¡Maldición! exclamó el americano, entonces démonos prisa.
--Para colmo de males reina una oscuridad profunda.
--¡Vive Dios! Hagamos una iluminación, y quizás les dará en qué pensar
a esos demonios.
--Tiene V. razón: ¡vengan teas!
--Hagamos otra cosa mejor: incendiemos el bosque.
--¡Ja! ¡Ja! exclamó el Jaguar riendo, ¡bravo! ¡Vamos a ahumarlos como
si fuesen arenques!
Esta idea diabólica fue ejecutada al momento, y muy luego un cordón de
llamas brillantes ciñó la cumbre de la colina y corrió en torno del
desfiladero, en donde los mejicanos aguardaban impasibles el ataque de
sus enemigos.
No tuvieron que esperar mucho, pues muy pronto comenzó un vivo fuego de
fusilería mezclado con los gritos y los aullidos de los agresores.
--¡Ya es tiempo! gritó el capitán.
En seguida se oyó el ruido de la caída de una caja de dinero al
precipicio.
Merced al incendio había tanta claridad como si fuese de día; y ningún
movimiento de los mejicanos pasaba desapercibido para sus adversarios.
Los bandidos lanzaron un grito de furor al ver a las cajas rodar unas
en pos de otras al abismo.
Precipitáronse con furia sobre los soldados; pero estos los recibieron
con bayoneta calada y sin cejar lo más mínimo.
Una descarga hecha a quemarropa por los mejicanos, que habían reservado
su fuego, tendió en el suelo a un número considerable de enemigos e
introdujo el desorden en sus filas, obligándoles a retroceder a pesar
suyo.
--¡Adelante! gritó el Jaguar.
Sus compañeros volvieron a la carga con más furor que nunca.
--¡Manteneos firmes! ¡Es preciso morir! dijo el capitán.
--¡Moriremos! respondieron unánimes los soldados.
Entonces se empeñó la lucha cuerpo a cuerpo al arma blanca, mezclándose
los agresores con los atacados, empujándose unos a otros con sordos
rugidos de cólera, peleando más bien como fieras que como hombres.
Los arrieros, diezmados por los tiros que les asestaban, no por eso
dejaban de continuar con ardor su trabajo: tan luego como la palanca
se escapaba de las manos de uno de ellos que rodaba expirante por el
suelo, otro se apoderaba en seguida de la pesada barra de hierro, y las
cajas de dinero caían sin interrupción al precipicio no obstante las
rabiosas vociferaciones y los esfuerzos gigantescos de los enemigos,
que en vano se afanaban por derribar la muralla viva que les cerraba el
paso.
Era un espectáculo de horrible belleza el que ofrecía aquella lucha
encarnizada, aquel combate implacable que sostenían aquellos hombres al
resplandor brillante de un bosque entero que estaba ardiendo cual un
faro lúgubre y siniestro.
Los gritos habían cesado, la carnicería continuaba sorda y terrible, y
solo se oía de vez en cuando la voz del capitán que repetía con breve
acento:
--¡Estrechad las filas! ¡Estrechad las filas!
Y las filas se estrechaban, y los hombres caían sin quejarse, habiendo
hecho de antemano el sacrificio de su vida, y no peleando ya sino para
ganar las pocos minutos indispensables para que aquel sacrificio no
fuese estéril.
En vano los merodeadores de fronteras, excitados por la codicia,
procuraban destruir aquella resistencia enérgica que les oponía un
puñado de hombres: los heroicos soldados, apoyados unos en otros, con
los pies afirmados contra los cadáveres de los que les habían precedido
en la muerte, parecía que se multiplicaban para cerrar el desfiladero
en todos los puntos a la vez.
Sin embargo, el combate no podía durar ya mucho tiempo; de toda la
escolta del capitán, diez hombres cuando más permanecían todavía de
pie, los demás habían sucumbido, pero heridos todos por delante en
mitad del pecho.
Todos los arrieros habían muerto; dos cajas quedaban todavía en la
orilla del precipicio; el capitán dirigió una mirada rápida en torno
suyo, y exclamó:
--¡Un esfuerzo más, hijos míos! Cinco minutos tan solo bastan para
concluir nuestro trabajo.
--¡Dios y libertad! gritaron los soldados.
Y aunque estaban abrumados de cansancio, se arrojaron resueltos en lo
más espeso de la multitud de enemigos que les rodeaban.
Durante algunos minutos, aquellos diez hombres hicieron prodigios de
valor; pero al fin prevaleció el número: ¡todos cayeron!
¡Solo el capitán vivía aún!
Había aprovechado el sacrificio de sus soldados para coger una palanca
y hacer que una de las cajas rodase al precipicio; la segunda,
levantada con sumo trabajo, solo necesitaba ya un esfuerzo postrero
para desaparecer a su vez, cuando de improviso un «¡hurra!» terrible
hizo que el capitán levantase la cabeza.
Los merodeadores de fronteras acudían enfurecidos y anhelosos cual
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