derribará a sus pies a los bandidos que se atrevan a atacarle.
--¡Oh! exclamó el arriero con alegría, ¿está usted seguro de lo que me
dice?
--Tan seguro como de mi salvación en el otro mundo, respondió el
capitán santiguándose devotamente.
El arriero tenía una fe profunda en las palabras del capitán, a quien
profesaba suma estimación por su probada superioridad; así pues, ni
siquiera pensó en poner en duda la seguridad que le daba acerca del
error que había cometido en la interpretación del presagio que tanta
inquietud le causara. Recobró instantáneamente su buen humor, y pegando
un estallido con los dedos, dijo:
--¡Cáspita! Puesto que es así, a nada me expongo. ¿Entonces será
inútil que yo dé a Nuestra Señora de la Soledad el cirio que le había
prometido?
--Completamente inútil, contestó el capitán.
El arriero enteramente tranquilizado ya, se apresuró a dedicarse a
sus faenas habituales. Así el capitán, fingiendo admitir las ideas
de aquel indio ignorante, había sabido arrastrarle suavemente a
abandonarlas.
Entre tanto todo estaba ya en movimiento en el campamento; los arrieros
aparejaban y cargaban las mulas, mientras que los dragones se ocupaban
con actividad en ensillar sus caballos y prepararlos todos para la
marcha.
El capitán vigilaba los movimientos de todos con una impaciencia
febril, metiendo prisa a unos, riñendo a otros y cerciorándose de que
sus órdenes se ejecutaban con puntualidad.
Cuando todos los preparativos hubieron terminado, el oficial mandó que
almorzasen de pie y con los caballos del diestro, a fin de perder menos
tiempo, y en seguida dio la orden de marcha.
Los soldados montaron a caballo; pero en el momento en que la escolta
se ponía en movimiento, oyóse un gran estrépito en los jarales, las
ramas se apartaron bruscamente, y de improviso apareció a corta
distancia un jinete que vestía el uniforme de dragón mejicano y que
corría a rienda suelta hacia la tropa.
Cuando hubo llegado cerca del capitán, por un prodigio de equitación
paró de golpe su caballo, hizo respetuosamente el saludo militar, y
dijo:
--Dios guarde a V. ¿Es al capitán D. Juan Melendez a quien tengo la
honra de hablar?
--Al mismo, respondió el oficial sorprendido. ¿Qué me quiere V.?
--Tengo que entregar a V. un pliego en mano propia, repuso el soldado.
--¡Un pliego! ¿De parte de quién?
--De parte del Excmo. Sr. General D. José María Rubio, y lo que
contiene este pliego debe ser importante, porque el general me mandó
que me diese mucha prisa, y he anclado cuarenta y siete leguas en
diecinueve horas.
--Bueno, démelo V., contestó el capitán.
El dragón sacó del pecho un pliego grande con un sello de lacre
encarnado, y se le presentó respetuosamente al capitán.
Éste lo cogió y lo abrió; pero antes de leerlo dirigió al soldado, que
estaba inmóvil e impasible delante de él, una mirada recelosa que el
dragón sostuvo con imperturbable aplomo.
Aquel hombre parecía que tenía a lo más treinta años; su estatura
era elevada y bien proporcionada; llevaba con cierto desembarazo el
uniforme que vestía; sus facciones inteligentes tenían cierta expresión
de astucia y de malicia, que hacían fuese aún más marcada sus ojos
negros y de continuo movimiento que no se fijaban en el capitán sino
con visible vacilación.
Aquel individuo se parecía en conjunto a todos los demás soldados
mejicanos, y nada había en él que pudiese llamar la atención ni excitar
sospechas.
Sin embargo, solo con suma repugnancia fue como el capitán consintió
en entablar relaciones con él. De seguro que le habría sido difícil,
ya que no imposible, explicar la razón de aquel sentimiento; pero hay
en la naturaleza ciertas leyes cuya fuerza no puede ponerse en duda, y
ellas hacen que desde luego, y solo con ver a una persona, aún antes
de dirigirle la palabra, esta persona nos sea simpática o antipática,
y que instintivamente lleguemos a sentirnos bien o mal predispuestos
respecto de ella. ¿De dónde procede esa especie de presentimiento
secreto que nunca se engaña en sus apreciaciones? No acertaríamos a
explicarlo; únicamente nos limitamos a consignar un hecho positivo, del
cual nosotros mismos con suma frecuencia, durante el curso de nuestra
azarosa vida, hemos sufrido la influencia y reconocido la eficacia.
Debemos confesar que el capitán no sentía la más leve simpatía hacia
el hombre de quien hablamos, y que, por el contrario, se hallaba muy
dispuesto a no tener la más mínima confianza en él.
--¿En qué paraje se separó V. del general? preguntó dando vueltas
maquinalmente al pliego que tenía abierto en la mano, pero en el cual
no había fijado aún la vista.
--En Pozo Redondo, mi Capitán, un poco antes de llegar a la Noria de
Guadalupe.
--¡Ah! ¿Quién es V.? ¿Cómo se llama V.?
--Soy asistente del señor General, y me llamo Gregorio Felpa.
--¿Conoce V. el contenido de este despacho?
--No; únicamente supongo que debe ser importante.
El soldado había respondido a las preguntas del capitán con entero
desembarazo y con una franqueza de buena ley. Era evidente que no
mentía.
D. Juan, después de vacilar todavía un momento, se decidió a leer; pero
muy luego se frunció su entrecejo, y una expresión de mal humor nubló
su semblante.
He aquí lo que contenía aquel despacho:
«POZO REDONDO, a.... de 18......
»El general D. José María Rubio, comandante general del
estado de Tejas, tiene la honra de poner en conocimiento
del capitán don Juan Melendez de Góngora que han estallado
nuevos disturbios en el Estado; varias gavillas de
ladrones y de merodeadores de fronteras, bajo las órdenes
de diferentes jefes, recorren el campo, saqueando e
incendiando las haciendas, deteniendo los convoyes e
interceptando las comunicaciones. Ante hechos tan graves,
que comprometen la fortuna pública y la seguridad de los
habitantes, el gobierno, según su deber se lo impone de una
manera imperiosa, ha tenido que adoptar medidas generales
en interés de todos con el fin de reprimir esos desórdenes
antes que se extiendan en mayor escala. Por consiguiente,
el estado de Tejas queda declarado en estado de sitio, etc.
(Aquí seguían las medidas adoptadas por el general para
sofocar la rebelión, y luego el despacho continuaba en
estos términos): El general D. José María Rubio, enterado
por algunos espías con cuya lealtad puede contar, de que
uno de los jefes principales de los insurgentes a quien sus
compañeros han puesto el sobrenombre de Jaguar, se dispone
a arrebatar la conducta de plata confiada a la custodia
del capitán D. Juan Melendez de Góngora, y de que con este
objeto el referido cabecilla se propone emboscarse en Río
Seco, paraje muy favorable para una sorpresa, el general
Rubio ordena al capitán Melendez que se deje guiar por el
portador del presente despacho, hombre seguro y fiel, quien
llevará la conducta de plata a la laguna del Venado, en
donde verificará su unión con un destacamento de caballería
enviado al efecto por el general, y cuya fuerza numérica
pondrá a la conducta de plata al abrigo de todo ataque.
El capitán Melendez tomará el mando superior de todas las
tropas, y en el más breve espacio de tiempo posible se
reunirá con el infrascrito en su cuartel general.
»¡Dios y libertad!
»-El Comandante general del estado de Tejas,-
«JOSÉ MARÍA RUBIO.»
El capitán, después de haber leído atentamente este despacho, levantó
la cabeza y examinó un instante al soldado con profunda y sostenida
atención.
El dragón, con la mano apoyada en la empuñadura de su sable, jugaba
indolentemente con la borla de su dragona, sin que al parecer se
cuidase en manera alguna de lo que pasaba en torno suyo.
--La orden es formal y terminante, murmuró por dos veces el capitán;
debo conformarme con ella, y sin embargo, todo me dice que este hombre
es un traidor.
Luego añadió en alta voz:
--¿Conoce V. bien esta comarca?
--Soy hijo del país, mi Capitán, respondió el dragón, y no hay por
aquí senda ni atajo que yo no recorriese cien veces siendo niño.
--¿Sabe V. que me tiene que servir de guía?
--El señor general me dispensó la honra de decírmelo.
--¿Y cree V. estar seguro de podernos conducir sanos y salvos al sitio
en que nos esperan?
--Al menos pondré cuanto esté de mi parte para conseguirlo.
--Bueno. ¿Está V. cansado?
--Mi caballo lo está más que yo. Si mandase usted que me diesen otro,
inmediatamente estaría en disposición de obedecer las órdenes de V.,
porque veo que tiene prisa de ponerse en marcha.
--Corriente. Escoja V. un caballo.
El soldado no dio lugar a que le repitiesen la orden. Varios caballos
de repuesto seguían a la escolta, y cogió uno de ellos sobre el cual
colocó el equipo del que dejaba. Al cabo de breves instantes estaba
hecho el cambio, y el jinete colocado en la silla.
--Estoy a las órdenes de V., mi Capitán, dijo el dragón.
--En marcha, respondió el oficial.
Y en seguida añadió mentalmente:
--¡No perderé de vista a este tuno!
XXVII.
EL GUÍA.
La ley militar es inflexible y tiene reglas de las cuales nunca se
aparta, pues la disciplina no admite vacilaciones ni tergiversaciones.
El axioma despótico que tan en boga está en las cortes orientales:
«Entender es obedecer», es vigorosamente cierto bajo el punto de vista
militar. Seguramente, por muy duro que esto pueda parecer al pronto,
es indudable que debe ser así, porque si a los inferiores se les
concediese el derecho de discusión respecto de las órdenes que reciben
de sus superiores, toda disciplina quedaría destruida; los soldados, no
obedeciendo ya más que a su capricho, llegarían a ser ingobernables, y
el ejército, en vez de prestar a su país los servicios que éste tiene
derecho a exigir, llegaría a ser una verdadera calamidad para él.
Estas reflexiones y muchas más se agolpaban en confuso tropel a la
mente del capitán, mientras iba siguiendo muy pensativo al guía que el
despacho de su general le había impuesto de una manera tan singular.
Pero la orden era clara, terminante; se veía obligado a obedecer y así
lo hacía, aunque en su interior se hallaba convencido de que el hombre
en quien le obligaban a fiar, era, si no completamente un traidor, al
menos indigno de la confianza que en él se depositaba.
En cuanto al soldado, galopaba con la mayor indiferencia a la cabeza
del convoy, fumando, riendo y cantando, sin que pareciese que recelaba
en manera alguna las sospechas que sobre él recaían.
Verdad es que el capitán había ocultado con el mayor cuidado en el
fondo de su corazón la mala opinión que formara respecto de su guía, y
que ostensiblemente parecía que tenía en él la mayor confianza. En la
situación crítica en que se hallaba el convoy, la prudencia exigía que
los que de él formaban parte no sospechasen la inquietud de su jefe, a
fin de que no se desmoralizasen con el temor de una traición próxima.
El capitán, antes de ponerse en marcha, había dado con cierta
afectación las órdenes más severas para que las armas se tuviesen en
buen estado, había mandado una descubierta a vanguardia y flanqueadores
a los costados, con el fin de explorar las cercanías y cerciorarse de
que el paso estaba libre y no tenía que recelar peligro alguno. En fin,
había adoptado con el mayor esmero todas las medidas que la prudencia
exigía para garantizar el buen éxito del viaje.
El guía, testigo impasible de estas precauciones, y por quien se
habían adoptado todas con tanta ostentación, pareció que las aplaudía,
apoyando las órdenes del capitán y haciendo observar la habilidad
que tenían los merodeadores de fronteras para deslizarse entre los
matorrales y las yerbas sin dejar rastro alguno, y la atención que
debía consagrar la descubierta al cumplimiento del encargo que se le
confiaba.
Cuanto más avanzaba el convoy hacia la parte de las montañas, más
difícil y peligrosa se tornaba la marcha. Los árboles, que al pronto
estaban desparramados en mayor espacio de terreno, se habían ido
acercando unos a otros insensiblemente; a la sazón formaban un poblado
bosque, en cuyo centro era preciso abrirse paso con el hacha en
muchos sitios por razón de las guirnaldas de plantas trepadoras que
se enredaban unas con otras y algunas veces formaban un laberinto
impenetrable; además se encontraban riachuelos que solían ser bastante
anchos y de orillas escabrosas y de difícil acceso, que los caballos y
las mulas tenían que vadear por medio de las iguanas y los aligátores,
muchas veces con el agua hasta las cinchas.
La espesa bóveda de ramas bajo la cual avanzaba penosamente el convoy,
ocultaba por completo el cielo, y solo con sumo trabajo dejaba que se
filtrasen algunos rayos de sol que no bastaban del todo para disipar
la oscuridad que reina casi de continuo en las selvas vírgenes aun en
mitad del día.
Los europeos que, en materia de bosques, no conocen más que los del
viejo mundo, no pueden formarse una idea, ni siquiera remota, de lo que
son aquellos inmensos océanos de verdor que en América denominan selvas
vírgenes.
Allí parece que todos los árboles se sostienen unos a otros, tanto es
lo enredados y mezclados que están, atados y unidos entre sí por redes
de plantas trepadoras que enlazan sus troncos, se retuercen en torno
de sus ramas, se introducen en el suelo para surgir de nuevo como los
tubos de un órgano inmenso, unas veces formando caprichosas parábolas,
otras subiendo y bajando sin cesar en medio de los inmensos grupos
de esa especie de muérdago parásito, denominado tilansia, que cae en
anchos ramilletes del extremo de las ramas de todos los árboles. El
suelo cubierto de detritos de todas clases y del humus formado por los
árboles que se secan y perecen, se esconde bajo una alfombra de yerba
abundante y de muchos pies de altura. Los árboles, casi todos de la
misma clase, ofrecen tan poca variedad, que cada uno de ellos parece
que es una mera repetición de todos los demás.
Estos bosques se hallan cruzados en todas direcciones por sendas
trazadas desde hace siglos por los pies de las fieras, y que conducen a
sus misteriosos abrevaderos: en diferentes puntos, y perdidos bajo la
enramada, varios pantanos infectos sobre los cuales revolotean nubes de
mosquitos, producen densas nieblas que se alzan de su seno y llenan la
selva de tinieblas; reptiles e insectos de todas clases se arrastran
silenciosos por el suelo, mientras que el canto de los pájaros y los
roncos gritos de las fieras forman un concierto aterrador que los ecos
de las lagunas repiten simultáneamente.
Los más aguerridos cazadores de los bosques solo temblando es como se
aventuran en las selvas vírgenes, porque es casi imposible orientarse
en ellas con certidumbre y no se puede fiar en las sendas que a cada
instante se mezclan y se confunden. Los cazadores saben por experiencia
que un hombre perdido en una de esas sendas, a no ser por algún
milagro, tiene que perecer en ella, encerrado entre las murallas que
forman la crecida yerba y los cortinajes de plantas trepadoras, sin
esperanza de verse socorrido ni salvado por un ser de su especie.
En una selva virgen era donde el convoy se había internado en aquel
momento.
El guía, siempre tranquilo y descuidado, continuaba avanzando sin
vacilar lo más mínimo, como si estuviese completamente seguro del
camino que seguía, y contentándose, muy de tarde en tarde, con dirigir
una mirada distraída a la derecha o a la izquierda, pero sin contener
por eso el paso de su cabalgadura.
Sin embargo, era cerca del mediodía, el calor iba siendo sofocante; los
caballos y los hombres, que estaban en marcha desde las cuatro de la
madrugada, por senderos en extremo dificultosos, se hallaban abrumados
de cansancio y reclamaban imperiosamente algunas horas de un descanso
indispensable para poder seguir adelante.
El capitán se decidió a hacer acampar a su gente en una de esas
plazoletas bastante extensas que con tanta frecuencia se encuentran
en aquellos parajes, y que están formadas por la caída de árboles
derribados por los huracanes o muertos de vejez.
Sonó la voz de «¡Alto!» Los soldados y los arrieros lanzaron un suspiro
de satisfacción, y se detuvieron en seguida.
El capitán, cuyos ojos se hallaban fijos casualmente en aquel momento
en el guía, vio en su frente una nube de descontento; sin embargo, el
soldado, conociendo que le observaban, se serenó en seguida, fingió
compartir la general alegría, y echó pie a tierra.
Quitáronse las sillas y aparejos a los caballos y las mulas, a fin de
que pudiesen pastar con entera libertad los retoños de los árboles y la
abundante yerba que crecía por todas partes.
Los soldados tomaron su frugal comida y se tendieron sobre sus capotes
para dormir la siesta.
Muy luego estuvieron sepultados en el más profundo sueño todos los
individuos que formaban parte del convoy; solo dos hombres velaban:
eran el capitán y el guía.
Probablemente cada uno de ellos se hallaba atormentado por reflexiones
bastante graves para desterrar el sueño y mantenerlos despiertos cuando
todo les convidaba al descanso.
A pocos pasos de la explanada, monstruosos iguanas estaban tendidos al
sol revolcándose en el fango ceniciento de un arroyo cuya agua corría
blandamente, con un murmullo leve, por entre los obstáculos de todas
clases que entorpecían su curso. Nubes de insectos llenaban el aire
con el continuo zumbido de sus alas; las ardillas saltaban alegremente
de rama en rama; los pájaros, ocultos en la enramada, cantaban con
todas sus fuerzas, y algunas veces por encima de la crecida yerba se
veía aparecer la cabeza fina y los ojos asustados de un gamo o de un
-ashata- que se lanzaba de pronto a la espesura con bramidos de terror.
Pero los dos hombres estaban sobrado preocupados por sus pensamientos
para observar lo que pasaba en torno suyo.
El capitán levantó la cabeza: en aquel momento el guía clavaba en él
una mirada de singular fijeza. Avergonzado al verse sorprendido así
de improviso, procuró desorientar al oficial dirigiéndole la palabra,
táctica antigua por la cual no se dejó éste engañar.
--¡Qué día de calor! dijo el soldado con tono indiferente.
--Sí, contestó lacónicamente el capitán.
--¿No tiene V. ganas de dormir?
--No.
--Pues yo siento mis párpados muy pesados, se me cierran los ojos sin
querer. Con permiso de V. voy a hacer como mis compañeros y a disfrutar
algunos instantes del excelente sueño que ellos están saboreando con
tanta delicia.
--Aguarde V. un momento que tengo que decirle algunas palabras.
--¿A mí?
--Sí.
--Corriente, dijo el soldado con la más completa indiferencia.
Se levantó ahogando un suspiro de pesadumbre, y fue a colocarse
junto al capitán, quien se apartó para hacerle sitio bajo la sombra
protectora del árbol corpulento y frondoso que extendía por encima de
sus cabezas sus brazos de gigante cargados de pámpanos y de tilansia.
--Tenemos que hablar seriamente, repuso el capitán.
--Como V. guste.
--¿Puede V. ser franco?
--¿Cómo? dijo el dragón desconcertado por aquella pregunta a quemarropa.
--O si V. lo prefiere, ¿puede V. ser leal?
--Según.
El capitán le miró.
--¿Responderá V. a mis preguntas?
--No lo sé.
--¿Cómo que no lo sabe V.?
--Escuche V., mi Capitán, dijo el guía en tono inocentón: mi madre,
la buena mujer, me encargó siempre que desconfiase de dos clases de
personas: de los que piden prestado y de los que hacen preguntas;
porque decía, y con mucha razón, que los primeros atentan a nuestra
bolsa y los segundos a nuestro secreto.
--¿Tiene V. un secreto según eso?
--¡Yo! No por cierto.
--Pues entonces ¿qué teme V.?
--No mucho, en verdad. Vamos, pregúnteme V., mi Capitán, que yo
procuraré responder.
El campesino mejicano, indio manso o civilizado, se parece mucho al
labriego normando en que es casi imposible obtener de él una respuesta
positiva a la pregunta que se le dirige. El capitán se vio obligado a
contentarse con la semipromesa del guía, y repuso:
--¿Quién es V.?
--¡Yo!
--Sí.
El guía se echó a reír y dijo:
--Ya lo ve V.
El capitán movió la cabeza y replicó:
--No le pregunto a V. lo que parece ser, sino lo que es en realidad.
--¡Eh! mi Capitán, ¿quién puede responder de sí y saber positivamente
lo que es?
--Escuche V., tuno, repuso el capitán con tono amenazador, no quiero
perder mi tiempo en seguir a V. en todos los circunloquios que se le
antoje inventar. Responda V. categóricamente a mis preguntas, o si no...
--¿Si no? repitió el guía con tono de zumba.
--¡Le levanto a V. la tapa de los sesos como a un perro! replicó el
capitán sacando una pistola de su cinto y amartillándola con rapidez.
Los ojos del soldado lanzaron un relámpago, pero sus facciones
permanecieron impasibles, y ni un músculo de su rostro se movió.
--¡Oh! ¡Oh! ¡Señor Capitán! tiene V. una manera singular de hacer
preguntas a sus amigos, dijo con voz sombría.
--¿Quién me asegura que V. lo es mío? No le conozco a V.
--Es verdad; pero conoce V. a la persona que me ha enviado; esa persona
es jefe de V. lo mismo que mío, y al venir aquí, he obedecido su
mandato como V. debe obedecerle conformándose con las órdenes que le ha
enviado.
--Sí; pero esas órdenes me han sido trasmitidas por V.
--¿Qué importa eso?
--¿Quién me asegura que ese despacho que he recibido ha sido entregado
realmente a V.?
--¡Cáspita! mi Capitán, ¡lo que está V. diciendo nada tiene de
lisonjero para mí! repuso el guía con tono ofendido.
--Lo sé; desgraciadamente vivimos en un tiempo en que es tan difícil
distinguir a los amigos de los enemigos, que nunca pueden adoptarse
sobradas precauciones para evitar el caer en un lazo. Estoy encargado
por el gobierno de desempeñar una misión en extremo delicada, y más que
nadie debo obrar con reserva respecto de gentes que me son desconocidas.
--Tiene V. razón, mi Capitán; por eso, no obstante lo injuriosas
que sus sospechas son para mí, no me enfado por lo que V. me dice:
las posiciones excepcionales exigen medidas excepcionales también.
Únicamente procuraré probar a V. con mi conducta que se ha equivocado
respecto de mí.
--Me alegraré infinito de haberme equivocado; ¡pero tenga V. cuidado!
Si observo la más mínima cosa sospechosa, ya sea en los movimientos o
en las palabras de V., no vacilaré en levantarle la tapa de los sesos.
Ahora ya está usted avisado, y puede obrar con arreglo a ello.
--Corriente, mi Capitán, correré ese riesgo. Suceda lo que quiera,
estoy seguro de que mi conciencia me absolverá, porque habré puesto
cuanto esté de mi parte para cumplir con mi deber.
Y esto lo dijo con tal aspecto de franqueza, que impuso al capitán a
pesar de sus sospechas.
--Veremos, dijo este. ¿Saldremos pronto del bosque infernal en que
estamos?
--Ya no nos quedan más que dos horas de marcha: a la puesta del sol nos
reuniremos con los que nos aguardan.
--¡Dios lo quiera! murmuró el capitán.
--¡Amén! dijo el soldado con tono burlón.
--Pero como ha juzgado V. conveniente no responder a ninguna de mis
preguntas, repuso el oficial, no llevará V. a mal que desde este
momento no le pierda de vista, y que cuando volvamos a ponernos en
marcha, le conserve a mi lado.
--Como V. guste, mi Capitán; tiene V. de su parte la fuerza, ya que no
el derecho, y me veo obligado a conformarme con su voluntad.
--Muy bien; ahora puede V. dormir si así le parece.
--Según eso, ¿nada más tiene V. que decirme?
--Nada.
--Pues entonces voy a aprovechar el permiso que V. se sirve darme y a
tratar de recuperar el tiempo perdido.
Entonces el soldado se levantó ahogando un bostezo prolongado, se alejó
algunos pasos, se tendió en el suelo, cerró los ojos; y al cabo de
algunos minutos pareció que se hallaba sepultado en un sueño profundo.
El capitán continuó velando. La conversación que acababa de tener con
el guía no había hecho sino aumentar su inquietud, probándole que
aquel hombre ocultaba una gran astucia bajo una forma tosca y trivial.
En efecto, no había respondido a ninguna de las preguntas que le
dirigiera, y al cabo de algunos instantes logró obligar al capitán a
dejar el ataque por la defensa, dándole razones muy lógicas contra las
cuales nada se podía alegar.
Así pues, en aquel momento se hallaba don Juan en la peor disposición
de ánimo en que puede encontrarse un hombre de corazón, descontento de
sí mismo y de los demás, íntimamente persuadido de que tiene razón,
pero obligado, en cierto modo, a confesar que ésta no está de su parte.
Como sucede siempre en tales casos, los soldados fueron quienes
sufrieron las consecuencias del mal humor de su jefe, porque el
oficial, temiendo agregar las tinieblas de la noche a las malas
probabilidades que se figuraba tener contra sí, y deseando en extremo
no ser sorprendido por la oscuridad en medio del intrincado laberinto
de la selva, abrevió el alto mucho más de lo que lo habría hecho en
cualquiera otra ocasión.
A las dos de la tarde próximamente, hizo tocar el botasillas, y dio la
orden de marcha.
Sin embargo, ya había cedido el calor más fuerte del día; los rayos
del sol, más oblicuos, habían perdido una parte considerable de su
intensidad, y la marcha se continuó bajo condiciones comparativamente
mejores que antes.
El capitán, según lo había prevenido, intimó al guía la orden de
colocarse a su lado, y en cuanto le era posible, no le perdía de vista
ni un segundo.
El dragón parecía que no se cuidaba en manera alguna de esta vigilancia
molesta; seguía caminando, en la apariencia, con la misma indiferencia
que antes, fumando su cigarrillo de papel y tarareando a media voz
algunos trozos de -jarabes.-
El bosque comenzaba a aclararse poco a poco; las explanadas o
plazoletas iban siendo más frecuentes, y la vista abarcaba un horizonte
más vasto. Todo inducía a presumir que no se tardaría en llegar al
lindero de la selva.
Sin embargo, a derecha e izquierda se veían movimientos de terreno; el
suelo comenzaba a elevarse insensiblemente, y la senda que seguía el
convoy, se encajonaba cada vez más a medida que iba avanzando.
--¿Llegamos ya a los estribos de la montaña? preguntó el capitán.
--¡Oh! No, todavía no, respondió el guía.
--Sin embargo, muy pronto vamos a estar entre dos colinas.
--Sí, pero de poca elevación.
--Es verdad; sin embargo, si no me engaño, vamos a pasar un desfiladero.
--Pero tiene poca extensión.
--Debiera V. habérmelo advertido.
--¿Para qué?
--Para haber destacado una descubierta a vanguardia.
--Es cierto; pero aún es tiempo de hacerlo si V. quiere: al extremo de
este desfiladero es donde se encuentran los que nos están aguardando.
--Según eso, ¿llegamos ya?
--Casi, casi.
--Entonces apresuremos el paso.
--Con mucho gusto.
Y continuaron marchando.
De pronto el guía se detuvo y dijo:
--¡Eh! mi Capitán, mire V. allí: ¿no es un cañón de fusil lo que brilla
a la luz del sol?
El capitán alzó los ojos con viveza hacia el sitio que le señalaba el
soldado.
En el mismo instante estalló una descarga espantosa en ambos lados del
camino, y una granizada de balas llovió sobre el convoy.
Antes de que el capitán, furioso al ver aquella traición indigna,
hubiese podido sacar una pistola de su cinto, cayó al suelo arrastrado
por su caballo al que un balazo había herido en el corazón.
El guía acababa de desaparecer sin que fuese posible saber cómo se
había fugado.
XXVIII.
JOHN DAVIS.
John Davis, el mercader de esclavos, tenía un temple sobrado fuerte
para que las escenas que había presenciado durante aquel día, y en las
que en cierto momento representó él también un papel bastante activo,
hubiesen dejado en su mente una impresión muy duradera.
Después de haberse separado del Zorro-Azul continuó bastante tiempo
galopando y orientándose en dirección del sitio en que debía reunirse
con el Jaguar; pero poco a poco fue entregándose por completo a
sus cavilaciones, y como el caballo, con el instinto admirable que
distingue a estos nobles animales, comprendió que su jinete ya no se
cuidaba de él, fue disminuyendo gradualmente la rapidez de su marcha,
pasando del galope rápido a una media rienda, de ésta al trote, y por
fin al paso, llevando la cabeza baja y cogiendo con el extremo del
hocico algunos bocados de yerba o algunas hojas.
John Davis sentía su curiosidad muy excitada por la conducta de uno de
los personajes con quienes la casualidad le había puesto en contacto
en aquella mañana tan fértil en sucesos de todas clases. El personaje
que tenía el privilegio de llamar en tan sumo grado la atención del
americano, era el Desollador-Blanco.
La lucha heroica sostenida por aquel hombre solo contra una nube
de enemigos encarnizados, su fuerza hercúlea, la destreza con que
manejaba su caballo, todo le parecía prodigioso en aquel individuo
singular.
Muchas veces, en las veladas del vivac, había oído hacer, acerca de
aquel cazador, los relatos más extraordinarios y exagerados, sobre
todo a los indios a quienes inspiraba un terror cuya razón comprendía
ya desde que había visto al hombre, porque éste se reía de las armas
dirigidas contra su pecho, y siempre salía sano y salvo de los combates
que empeñaba, fuese el que quisiera el número de sus adversarios, y
parecía más bien un demonio que una criatura humana. John Davis, a
pesar suyo, se estremecía con aquellos pensamientos y se felicitaba
por haberse librado tan milagrosamente del peligro que corrió en su
encuentro con el Desollador.
Consignaremos de paso que no hay en el mundo pueblo alguno más
supersticioso que el norteamericano. Esto es muy fácil comprenderlo:
aquella nación, verdadera capa de arlequín, es un compuesto heterogéneo
de todas las razas que pueblan al antiguo mundo; cada uno de los
representantes de estas razas llegó a América llevando en su equipaje
de emigrado, no solo sus vicios y sus pasiones, sino también sus
creencias y sus supersticiones de todas clases, las más locas, las más
pueriles y las más absurdas, con tanto más motivo cuanto que la masa
de los emigrados que en diferentes épocas se refugiaron en América, se
componía de gentes en su mayor parte desprovistas de toda instrucción:
bajo este punto de vista los norteamericanos, debemos hacerles esta
justicia, no han degenerado en manera alguna: hoy son por lo menos tan
groseros y tan brutales como lo eran sus antepasados.
Fácil será imaginar la cantidad notable de leyendas de brujas, de
fantasmas, etc., que circulan por la América del Norte, y lo mucho que
esas leyendas, conservadas por la tradición, pasando de boca en boca, y
con el tiempo mezclándose unas con otras, han debido acrecentarse aún
en un país en que los aspectos grandiosos de la naturaleza arrastran de
por sí la imaginación a la melancolía.
Por eso John Davis, aunque se jactaba de ser hombre despreocupado, no
dejaba de poseer, como todos sus compatriotas, una fuerte dosis de
credulidad, y aquel hombre, que sin duda no habría retrocedido, aunque
viese varios fusiles dirigidos contra su pecho, se estremecía de miedo
al oír el ruido de una hoja que caía por la noche sobre su hombro.
Por lo demás, tan luego como a John Davis se le ocurrió la idea de
que el Desollador-Blanco era un demonio, o cuando menos un brujo, se
apoderó de ella, y esta suposición llego a ser inmediatamente para él
un artículo de fe. Como es natural, al instante se sintió tranquilizado
por este descubrimiento; sus ideas volvieron a tomar su curso
ordinario, y la preocupación que atormentaba a su mente desapareció
como por encanto; su opinión se hallaba ya completamente formada
respecto de aquel hombre, y si otra vez volvía la casualidad a ponerlos
frente a frente, ya sabría cómo había de proceder con él.
Juzgándose dichoso porque al fin había encontrado aquella solución,
levantó alegremente la cabeza y dirigió en torno suyo una mirada
investigadora con el fin de enterarse de los sitios por donde iba
pasando.
Hallábase próximamente en el centro de una llanura extensa y poco
accidentada, cubierta de una yerba crecida, y sombreada en algunos
puntos por pequeños grupos de árboles.
Pero de improviso se empinó sobre los estribos, colocó su mano derecha
sobre sus ojos a manera de pantalla, y miró atentamente.
A media milla, sobre poco más o menos, del sitio en que estaba parado,
un poco hacia la derecha, es decir, precisamente en la dirección que
John se disponía a seguir, veía una delgada columna de humo que se
alzaba del centro de unos matorrales.
En el desierto un poco de humo que se vea en el camino, da siempre
amplio motivo de reflexión.
El humo se alza, por lo general, de un fuego en torno del cual se
hallan sentados varios individuos.
Ahora bien, el hombre, más desgraciado en esto que las fieras, teme
siempre en la pradera el encuentro de su semejante, porque siempre hay
cien probabilidades contra una de que el individuo a quien llegue a ver
sea un enemigo.
Sin embargo, John Davis, después de reflexionar maduramente, resolvió
avanzar hacia el humo que estaba viendo; desde la madrugada se hallaba
casi en ayunas, el hambre comenzaba a hostigarle, y además sentía gran
cansancio. Examinó, pues, sus armas con la mayor atención con el fin de
poder recurrir a ellas si era necesario, y clavando las espuelas a su
caballo, se encaminó resueltamente hacia el humo, aunque vigilando con
esmero los alrededores por temor de ser sorprendido.
Al cabo de diez minutos llegó al sitio que se proponía; pero como
a unos cincuenta pasos del grupo de árboles contuvo la carrera de
su caballo, volvió a colocar su rifle atravesado sobre el arzón de
su silla, su semblante perdió la expresión recelosa que tenía, y se
adelantó hacia la hoguera con la sonrisa en los labios y con el aspecto
más pacífico y amistoso que pudo imaginar.
En medio de una espesura cuya sombra protectora ofrecía cómodo abrigo
al viajero cansado, un hombre que vestía el uniforme de los dragones
mejicanos se hallaba indolentemente sentado delante de una hoguera que
le servía para condimentar su comida, mientras fumaba una pajilla. Una
larga lanza guarnecida de su banderola estaba apoyada cerca de él en el
tronco de un árbol, y un caballo completamente aparejado, pero al cual
habían quitado el freno, comía con la mayor tranquilidad los retoños de
los árboles y la tierna yerba de la pradera.
Aquel hombre parecía que tenía veintisiete o veintiocho años; su astuto
rostro estaba animado por unos ojillos vivos, y el color cobrizo de su
piel revelaba su origen indio.
Hacía mucho tiempo que había visto al jinete que se acercaba; pero
no pareció que le daba gran importancia, y con la mayor tranquilidad
continuó fumando y vigilando su comida, sin adoptar contra la visita
imprevista que le llegaba más precaución que la de cerciorarse de si
su sable salía bien de su vaina. John Davis, cuando ya distó pocos
pasos del soldado, se detuvo, y llevándose la mano al sombrero, dijo:
--¡Ave María Purísima!
--¡Sin pecado concebida! respondió el dragón correspondiendo al saludo
del americano.
--Santas tardes, repuso John.
--Dios se las dé a V. muy buenas, respondió inmediatamente el soldado.
Apuradas ya estas fórmulas sacramentales de todo encuentro, se
prescindió de toda ceremonia y quedó hecho el conocimiento.
--Eche V. pie a tierra, caballero, dijo el dragón; el calor es
sofocante en la pradera; tengo aquí una sombra excelente, y en este
momento estoy cociendo un pedazo de cecina con habichuelas encarnadas,
sazonadas con pimentón, que le han de gustar a V. mucho si quiere
hacerme el favor de participar de mi comida.
--Acepto con mucho gusto su amable convite, respondió el americano
sonriendo, y con tanto más motivo, cuanto que confieso a V. que me
estoy muriendo de hambre y cayendo de cansancio.
--¡Cáspita! Entonces me felicito de la afortunada casualidad que nos
reúne. Eche V. pie a tierra sin más tardanza.
--Eso mismo voy a hacer.
En efecto, el americano se apeó de su caballo, le quitó el freno, y
el noble animal fue al instante a reunirse con su compañero, mientras
que su amo, lanzando un suspiro de satisfacción, se tendió en el suelo
junto al dragón.
--¿Parece que ha andado V. una jornada muy larga? preguntó el soldado.
--Sí Señor, respondió el americano, hace diez horas que estoy a
caballo, sin contar con que he pasado la mañana batiéndome.
--¡Cuerpo de Cristo! Rudo trabajo ha hecho usted.
--Bien puede V. decirlo sin temor de equivocarse, porque, a fe de
cazador, que nunca he tenido tanto que hacer.
--¿Es V. cazador?
--Para servir a V.
--¡Hermoso oficio! dijo el soldado lanzando un suspiro. Yo también lo
he sido.
--¿Y le echa V. de menos?
--¡Cada día más!
--Comprendo eso. Cuando se ha llegado a probar la vida del desierto,
siempre se quiere volver a ella.
--¡Ay! Sí por cierto.
--¿Por qué la abandonó V., puesto que tanto le gustaba?
--¡Ah! Ahí tiene V., dijo el soldado, el amor.
--¿Cómo el amor?
--Sí, cometí la tontería de enamorarme de una muchacha que me hizo
sentar plaza.
--¡Diablo!
--Sí, y luego apenas me hube puesto el uniforme, me dijo que se había
equivocado respecto de mí, y que vestido de soldado estaba aún más feo
de lo que ella había creído. En resumen, me dejó plantado sin ceremonia
para irse con un arriero.
El americano no pudo menos de reírse al oír tan singular historia.
--Es triste cosa, ¿verdad? repuso el soldado.
--Muy triste, replicó John Davis procurando en vano recobrar su
seriedad.
--¡Qué quiere V.! añadió melancólicamente el soldado, ¡el mundo no
es más que un continuo engaño! Pero creo que nuestra comida está ya
en sazón, exclamó variando de tono; percibo cierto olorcillo que me
advierte que es ya tiempo de quitarle del fuego.
Como John Davis ninguna objeción tenía que oponer al dictamen del
soldado, éste llevó a cabo en seguida su determinación; retiróse la
comida del fuego y fue puesta delante de los dos hombres, quienes
comenzaron a atacarla con tanto vigor, que muy luego quedó agotada, a
pesar de que era abundante.
Aquel manjar suculento había sido rociado con sendos tragos de refino
de Cataluña, del que parecía que el soldado se hallaba abundantemente
provisto.
Todo ello concluyó con el cigarrillo de rigor, ese complemento
indispensable de toda comida hispano-americana, y los dos hombres,
fortalecidos por el buen alimento con que habían provisto sus
estómagos, se encontraron muy contentos y en la mejor disposición para
conversar con entera franqueza.
--Me parece V. hombre muy precavido, dijo el americano echando una
cantidad enorme de humo, de la que una parte salía por la boca y la
otra por la nariz.
--Es una reminiscencia de mi antigua vida de cazador. Los soldados,
por lo general, no suelen ser tan cuidadosos como yo, ni con mucho.
--Cuanto más le observo a V., repuso John Davis, más extraño me parece
que haya V. podido decidirse a adoptar un género de vida tan poco
lucrativo como el de soldado.
--¡Qué quiere V.! La fatalidad, y luego la imposibilidad en que me
encuentro de mandar el uniforme al diablo. Al menos tengo la esperanza
de ascender a cabo antes de un año.
--¡Eh! No es mal grado, según he oído decir; la paga debe ser buena.
--No sería mala si nos la diesen.
--¿Cómo es eso?
--Sí, parece que el gobierno no está muy holgado de dinero.
--Según eso, ¿sirven VV. al fiado?
--No hay otro remedio.
--¡Diablo! Pero perdóneme V. si le hago todas estas preguntas, que
deben parecerle indiscretas.
--Nada de eso, no se contenga V., estamos hablando como dos amigos.
--¿Cómo se mantienen VV.?
--¡Ah! De una manera muy sencilla: tenemos lo casual.
--¡Lo casual! ¿Y qué es eso?
--¿No lo entiende V.?
--Confieso que no.
--Pues voy a explicárselo
--Me dará V. mucho gusto.
--Sucede de vez en cuando que nuestro capitán o nuestro general nos
confía una misión.
--Muy bien.
--Y eso se paga aparte: cuanto mayor es el peligro, mayor es también la
recompensa.
--¿Siempre al fiado, por supuesto?
--¡No, diablo! Pagada de antemano.
--¿Y suelen VV. tener algunas veces encargos de esa especie?
--Muy a menudo, sobre todo en tiempo de pronunciamientos.
--Sí; pero hace cerca de un año que ningún general se ha pronunciado.
--¡Desgraciadamente!
--¿De modo que estará V. exhausto de fondos?
--No del todo.
--¿Ha tenido V. alguna de esas misiones?
--Tengo una en este momento.
--¿Bien pagada?
--Regular.
--¿Habrá indiscreción en preguntar a V. cuánto le han dado?
--Nada de eso: he recibido veinticinco onzas de oro.
--¡Cáspita! La cantidad es bonita. Peligrosa debe ser el encargo para
haberle tasado tan alto.
--No deja de serlo.
--¡Ah! ¡Pues entonces tenga V. cuidado!
--Gracias, pero no corro gran riesgo; solo se trata de entregar un
oficio.
--Verdad es que un oficio, repuso el americano con la mayor
indiferencia.
--¡Oh! Éste es más importante de lo que V. supone.
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