--Señor duque, las mujeres entre las cuales hace usted la injusticia de
colocarme, valen tanto más cuanto que son más ricas. Yo he heredado
cuatro millones; he ganado lo menos tres en los negocios y mi fortuna es
tan limpia que la podría realizar sin pérdida en un mes. Ya ve usted que
hay pocas mujeres en Francia que tengan derecho a ponerse un precio más
elevado. Esto le prueba a usted que también tengo el medio de darme por
nada. Si yo le llego a amar, lo que quizás ocurra, el dinero no será
nada entre nosotros. El hombre a quien yo dé mi corazón tendrá encima
todo lo demás.
El duque cayó desde lo más alto y dio rudamente contra el suelo. Era
tan desgraciado al guardar su millón como se había sentido feliz al
recibirlo. La señora Chermidy pareció tener piedad de él.
--Niño grande--le dijo--, no llore usted. He empezado por decirle que
aceptaba. Pero tenga usted cuidado; voy a hacerle mis condiciones.
El señor de La Tour de Embleuse sonrió como un moribundo que ve
entreabrirse el cielo.
--Soy yo quien ha enriquecido a usted--le dijo--. Le conocía de antiguo,
o por lo menos conocía su reputación. Usted se ha comido su fortuna con
una grandeza digna de los tiempos heroicos. Es usted el último
representante de la verdadera nobleza, en esta edad degenerada. También
es usted, sin saberlo, el único hombre de París capaz de interesar
seriamente el espíritu de las mujeres. Yo siempre he lamentado que usted
no tuviese una fortuna incalculable como la de don Diego: usted habría
sido más grande que Sardanápalo. A falta de otra cosa mejor, hice que le
diesen un millón; se hace lo que se puede. Pero he tomado mal mis
medidas y la cosa no ha respondido a mis esperanzas. Lo que tiene usted
en su cajón es un papelote que nunca le serviría para nada. El día 22 de
junio cobrará usted sus 25.000 francos; de aquí a entonces no hará más
que vegetar. Contraerá deudas y sus rentas no harían más que enriquecer
a los acreedores. Deme usted su inscripción de renta y yo haré que la
venda mi agente de cambio. Guardaré el capital, porque no me fío de
usted. En cambio es absolutamente preciso que acepte el producto. Y no
crea que éste será de cincuenta mil francos; serán ochenta mil o cien
mil, quizá más. Conozco la Bolsa a fondo, aunque nunca haya puesto los
pies allí; y sé que se gana todo lo que se quiere con algunos millones
en dinero contante y sonante. El papel del Estado es una admirable
invención para los burgueses que quieren vivir modestamente y sin
preocupaciones. Para las gentes de nuestra clase que no temen el peligro
ni el trabajo, ¡viva la especulación! Es lo mismo que el juego en gran
escala y usted es jugador, ¿no es cierto?
--Lo he sido.
--Y lo es aún. Correremos juntos el mismo albur; pondremos en común
nuestros intereses, nuestros placeres, nuestros temores, nuestras
esperanzas.
--Los dos formaremos como uno solo.
--En la Bolsa, al menos.
--¡Honorina!
Honorina pareció sumirse en una profunda reflexión y ocultó el rostro
entre sus manos. El duque se apoderó de ellas poniendo fin así a aquel
eclipse de belleza. La señora Chermidy le miró fijamente, sonrió con
melancolía y le dijo:
--Perdóneme usted, señor duque, y olvidemos nuestros castillos en el
aire. Nos extraviábamos en el porvenir como dos niños en el bosque. Era
un dulce sueño, pero no pensemos más en ello. No tengo el derecho de
despojarle, aunque sea para enriquecerle. ¿Qué dirían de mí? ¿Qué
pensarían de usted mismo? ¡Si la señora duquesa se enterase de lo que
habíamos hecho!
La señora Chermidy sabía perfectamente que para hacer odiosa a una mujer
ante su marido, es suficiente pronunciar su nombre en ciertos momentos.
El duque respondió altivamente que su mujer no se mezclaba nunca en sus
negocios y que además lo tenía prohibido.
--Pero--continuó la tentadora--usted tiene una hija; y todo lo que usted
posee debe volver a ella. No estaría bien.
--Pero--replicó el duque--mi hija tiene un hijo que es el de usted.
Nuestras fortunas irán juntas al pequeño marqués. ¿Acaso no somos de la
misma familia?
--Usted ya me dijo eso otra vez, señor duque; pero aquel día me causó
menos placer que hoy.
La señora Chermidy colocó la inscripción de renta en un cajón y se
guardó mucho de venderla. Aquella mujer tenía el instinto de lo sólido y
desconfiaba juiciosamente de la inestabilidad de las cosas humanas. El
duque fue, desde aquel momento, el asociado de su hermosa amiga. Le
quedaba el derecho de visitar su caja y encontró en ella, hasta nueva
orden, tanto dinero como quiso. Esto es todo lo que pudo obtener de
aquella generosa y sonriente virtud. Honorina se ocupaba del viejo con
una ternura minuciosa; le hizo abandonar el departamento que ocupaba; le
transportó a los Campos Elíseos con la duquesa y le compró muebles,
cuidando de que no faltase nada en la casa y preocupándose incluso de
los gastos de la cocina. Hecho esto, se frotó las manos y se dijo
riendo:
--Ya tengo al enemigo bloqueado, y si nunca llegara a declararse la
guerra, les mataría de hambre sin piedad.
VI
CARTAS DE CORFÚ
-El doctor Le Bris a la señora Chermidy.-
«Corfú, 20 abril 1853.
»Apreciable señora: Yo no podía prever, el día que me despedí de usted,
que nuestra correspondencia sería tan larga. Don Diego tampoco lo
esperaba. Si yo hubiese podido prevenirlo, no creo que él tomase la
resolución heroica de privarse de sus cartas ni del placer de
escribirle. Pero todos los hombres están sujetos al error, sobre todo
los médicos. No enseñe usted esta frase a mis colegas.
»Hicimos un viaje bien tonto de Malta a Corfú, en un vapor muy sucio,
cuya chimenea humeaba horriblemente. Teníamos el viento de proa; la
lluvia nos privaba con frecuencia de subir al puente y la niebla invadía
hasta nuestros camarotes. El mareo no perdonó más que al niño y a la
enferma; y es que hay estados de gracia para los que entran en la vida
y para los que se disponen a abandonarla. Teníamos por toda sociedad una
familia inglesa que regresaba de las Indias: un coronel al servicio de
la compañía y sus dos hijas, amarillas como la piel de Rusia. Unicamente
el vino de Burdeos gana con un viaje tan largo. Esas señoritas no nos
honraron ni con una palabra; lo que las excusa un poco es que no sabían
el francés. A la menor claridad subían al puente con sus álbumes para
dibujar unos paisajes que parecían -plum-puddings-. Después de una
eterna travesía de cinco días, el vapor nos condujo por fin a buen
puerto; no habíamos tenido siquiera la distracción de un naufragio. El
camino de la vida está empedrado de decepciones.
»Mientras nos proporcionamos una casa en el campo, nos hemos alojado en
la capital de la isla, en el hotel Victoria. Esperamos salir de aquí a
fines de semana, pero no me atrevo a asegurar si lo haremos todos con
nuestras piernas. Mi pobre enferma está cada vez peor; el viaje la ha
fatigado más aún que si se hubiese mareado. La señora de Villanera no la
abandona ni un instante; don Diego se porta admirablemente; en cuanto a
mí, hago todo lo posible, es decir, muy poco. Es inútil ensayar un
tratamiento que añadiría sufrimientos sin aumentar las probabilidades de
curación. ¡Es usted muy dichosa, señora, de tener tanta belleza como
salud!
»Si esta crisis no es la última, intentaré el amoníaco o el yodo. El
yodo triunfa en algunos casos; los señores Piorry y Chartroule lo
emplean con éxito. ¿Usted será tan amable que nos envíe el aparato del
doctor Chartroule y una provisión de cigarrillos yodados? Todo lo
encontrará en la farmacia Dublanc, calle del Temple, al lado del
bulevar. El amoníaco también da buenos resultados; pero el único remedio
con el que se pueda contar seriamente, es un milagro. Así, pues, viva
usted en paz, ténganos un poco de cariño y ayúdenos a cumplir nuestro
deber hasta el fin. El viejo Gil, que la condesa había traído para que
le sirviese, ha caído enfermo de las fiebres de Italia, aunque ésta no
sea la estación de las fiebres. Es un enfermo más y un servidor menos.
»La alegría y la salud tienen una magnífica representación en la casa:
el pequeño Gómez. El día que lo vuelva usted a ver será bien dichosa. Se
lo ve crecer y hasta creo ¡Dios me perdone! que está embellecido. Será
menos Villanera de lo que me figuraba al principio. La verdad es que
parecería cosa del diablo si no tuviese algo de su madre. Es menos
huraño; se deja besar y besa; alarga los labios hacia todas las caras
con una impetuosidad que sería inquietante en una niña.
»Don Diego está en negociaciones con un descendiente de un dux para
alquilar una casa que le convendría mucho. La campiña está dividida en
una multitud de propiedades agradables, adornadas con castillos
ruinosos. Yo he visitado algunos jardines; son generalmente más
habitables que las casas a que pertenecen. Esos chiribitiles
aristocráticos que conservan un aire de grandeza en medio de su
desolación, participan de granja, de castillo y de choza. Si conseguimos
alquilar la villa Dandolo, quizá no estaremos del todo mal. Bastará con
poner algunos vidrios en los balcones. La exposición es admirable, al
Mediodía, sobre el mar. El jardín, muy hermoso. Los vecinos son nobles y
dicen que algunos hablan el francés. ¿Pero quién sabe si tendremos
tiempo de entablar conocimiento con ellos?
»No echaré de menos la estancia en la ciudad, aunque en ella se viva
bien. Es muy linda y en ciertos aspectos me recuerda Nápoles. La
explanada, el palacio del lord comisario y los alrededores forman una
ciudad inglesa. Los ingleses han construido a expensas de los griegos
fortificaciones gigantescas que hacen de la plaza un pequeño Gibraltar.
Yo asisto todas las mañanas a las evoluciones de un regimiento de
escoceses que me divierten mucho con sus cornamusas. La ciudad griega es
antigua y curiosamente construida: casas altas, pequeñas arcadas y una
linda cabeza en cada balcón. El barrio judío es repugnante, pero se
encuentran perlas en aquel estercolero dignas del lápiz de Gavarni. La
población se compone de griegos, italianos, judíos y malteses, pero
todos hacen lo posible por parecer ingleses. Tenemos también un teatro
en el que dan representaciones de -Juana de Arco- del maestro Verdi. Yo
fui una noche, aprovechando que la enferma tenía menos de 120
pulsaciones por minuto. Al final del primer acto, toda la asamblea se
levantó respetuosamente, mientras que la orquesta tocaba el -God save
the Queen-. Es una costumbre establecida en todas las posesiones
inglesas. No le extrañe a usted que se represente la muerte de Juana de
Arco ante un público inglés; el autor del libreto ha tenido cuidado de
modificar la historia. Juana de Arco defiende a Francia contra un
enemigo cualquiera, los turcos, los abisinios o los chinos. Lleva una
coraza de papel de plata y agita una bandera del tamaño de un abanico
hasta el momento en que se presenta en escena un heraldo y dice al rey:
-Rotto e'l nemico, e Giovanna e stinta.-
»Llega la heroína sobre almohadones; una banda manchada de rojo indica
que está mortalmente herida. Se incorpora con gran esfuerzo, canta una
romanza con su voz más fuerte y expira entre los aplausos de la sala.
Todos los habitantes de Corfú están convencidos de que Juana ha muerto a
consecuencia, no sólo de una herida, sino también de una serie de
gorgoritos.
»El conde me ha dejado ir solo al teatro; y no obstante, ya sabe usted
si es apasionado de Verdi. ¿No fue en una representación del -Hernani-
cuando su mirada se encontró por primera vez con la de usted? Pero el
pobre muchacho se inmola materialmente a su deber. ¡Qué marido, señora,
para aquella que sea su esposa definitiva!
»Los periódicos nos han traído noticias de la China que usted ha debido
leer con tanto interés como nosotros. Parece que esa nación ha tratado
ligeramente a dos misioneros franceses y que la -Náyade- se ha puesto en
camino para castigar a los culpables. Si la -Náyade- no ha cambiado de
comandante, esperaremos con impaciencia las noticias de la expedición.
Cada uno para sí y Dios para todos. Yo deseo todas las prosperidades
imaginables a mis amigos, sin desear, no obstante, la muerte de nadie.
Se dice que los chinos son pésimos artilleros, aunque se alaben de haber
inventado la pólvora. Sin embargo, no hace falta más que un obús
clarividente para hacer la felicidad de muchas personas.
»Adiós, señora. Si yo le escribiese tanto como la amo, mi carta no
tendría fin. Pero, después del placer de conversar con usted, es
necesario que acuda al cumplimiento de mi deber, que me llama desde la
habitación vecina. ¡Placer, deber! dos caballos muy difíciles de uncir
juntos. Yo intento hacerlo lo mejor que puedo, y si no llego a conciliar
todas las cosas, es porque un hombre no puede maniobrar libremente entre
el yunque y el martillo. Aprécieme si puede, compadézcame si quiere, no
me maldiga, ocurra lo que ocurra, y si en el próximo correo recibe un
sobre orlado de negro, hágame el honor de creer firmemente que no tengo
ningún derecho a su reconocimiento.
»Beso la mano más linda de París.
»CARLOS LE BRIS.»
-La condesa viuda de Villanera a la señora de La Tour de Embleuse.-
«Villa Dandolo, 2 mayo 1853.
»Mi querida duquesa; No dudo ya de que Germana está mejor. Nos hemos
cambiado de casa esta mañana, o, mejor dicho, he sido yo quien lo he
tenido que hacer todo. Tenía que arreglar los baúles, envolver a la
enferma en algodón, vigilar al pequeño, buscar el coche y casi enganchar
los caballos. El conde no sirve para nada; es un talento de familia. En
España se dice torpe como un Villanera. El doctor revoloteaba a mi
alrededor como un moscardón; he tenido que hacerle sentar en un rincón.
Cuando tengo prisa, no puedo sufrir que la tengan los demás; el que me
ayuda me incomoda. ¡Y ese asno de Gil que se ha puesto enfermo en la
mejor ocasión! Voy a enviarle a París para que se cure, y le ruego que
me busque otro criado. Lo he hecho todo, prevenido todo y arreglado lo
mejor que he podido; he encontrado el medio de estar dentro y fuera, en
casa y en la calle. Afortunadamente las calles son magníficas; el
afirmado no tiene nada que envidiar al del bulevar. Hemos salido a las
diez, y ahora ya nos tiene usted instalados. He desembalado a mis
gentes, abierto mis paquetes, hecho mis camas, preparado la comida con
un cocinero indígena que quería echar pimienta en todo, incluso en las
sopas de leche. Han comido todos, paseado, vuelto a comer; ahora ya
duermen y yo le escribo sobre la almohada de Germana, como un soldado
sobre un tambor cuando ha terminado la batalla.
»La victoria es nuestra, a fe de viejo capitán. Nuestra hija se curará,
estoy segura. Me ha hecho pasar, no obstante, quince noches
desagradables en esta ciudad de Corfú. No se decidía a dormir y tenía
que mecerla como a un niño. Comía únicamente por darme gusto; nada le
apetecía, y cuando no se come, se acaban las fuerzas. No le quedaba más
que un soplo de vida presto a extinguirse a cada instante, pero yo no
desesperaba nunca. Tenga usted valor; esta noche ha cenado, ha bebido
dos dedos de vino de Chipre y ahora duerme.
»Había oído decir muchas veces que una madre quiere a sus hijos en razón
de los disgustos que le dan; esto no lo sabía por experiencia. Todos los
Villanera, de padre a hijo, son como los árboles que se plantan en el
campo y crecen. Pero desde que usted me confió el pobre cuerpo de esa
hermosa alma, desde que hago centinela alrededor de nuestra niña para
impedir que la muerte se aproxime, desde que he aprendido a sufrir, a
respirar y hasta a ahogarme con ella, siento latir mi corazón con una
fuerza inusitada. Yo no era madre más que a medias, puesto que no había
tenido ocasión de participar de los dolores de los otros. Ahora valgo
más que antes, soy mejor, me encuentro en un plano superior. Es el dolor
el que nos hace semejantes a la madre de Dios, ese modelo de todas las
madres. -¡Ave María, mater dolorosa!-
»No tema usted, mi pobre duquesa; Germana vivirá. Dios no me hubiera
dado este profundo amor por ella, si hubiese resuelto arrancarla de este
mundo. Aquel que gobierna los corazones mide la violencia de nuestros
sentimientos con arreglo a la duración de lo que amamos, y yo amo a
Germana como si hubiese de estar eternamente entre nosotros. La
Providencia se burla de la ambición, de la avaricia y de todas las
pasiones humanas, pero respeta los afectos legítimos y no separa nunca a
los que se aman piadosamente en el seno de la familia. ¿Por qué me
hubiera hecho conocer y amar a Germana si hubiese tenido el designio de
arrebatármela de entre los brazos? Sería un juego cruel e indigno de la
bondad de Dios. Además, el interés de nuestra raza está ligado a la vida
de esa niña. Si tuviésemos la desgracia de perderla, un día u otro
volvería a casarse don Diego. San Jaime, al que hemos dedicado dos
iglesias, no permitirá que un nombre como el nuestro sea llevado por la
señora Chermidy.
»No crea usted que espere nada del doctor Le Bris; los sabios no
entienden de esas cosas. El verdadero médico, es Dios en el cielo y el
amor en la tierra. Las consultas, los medicamentos y todo lo que
compramos con dinero, no aumentan la suma de nuestros días. Ya verá
usted lo que hemos imaginado para que viva. Todas las mañanas, mi hijo,
mi nieto y yo, rogamos a Dios que tome algo de nuestras vidas para
añadir a la de Germana. El pequeño une sus manos como nosotros; yo
pronuncio la oración y ha de ser el Cielo muy sordo si no nos oye.
»Don Diego ama a su mujer; ya se lo había dicho a usted. La ama con un
amor puro, desprovisto de todas las impurezas terrestres. Si la amase de
otro modo, en el estado en que ella se encuentra, me produciría horror.
Tiene por ella la adoración religiosa que un buen cristiano dedica a la
santa de su iglesia, a la Virgen de su capilla, a la imagen casta y
velada que resplandece en el fondo del santuario. Los españoles somos
así. Sabemos amar simplemente, heroicamente, sin ninguna esperanza
mundana, sin otra recompensa que el placer de caer de rodillas ante una
imagen venerada. Para nosotros, Germana no es otra cosa: la perfecta
imagen de las santas del Paraíso. Cuando San Ignacio y sus gloriosos
compañeros se alistaron bajo el estandarte de María, dieron a todos los
hombres el ejemplo caballeresco del amor puro.
»Cuando esté curada, ¡ah! entonces ya veremos. Espere usted solamente a
que la pobre virgencita pálida haya recobrado los colores de la
juventud. Su cuerpo, hoy, no es más que una urna de cristal transparente
con un alma en el fondo. Pero cuando la sangre regenerada circule por
sus venas, cuando el aire del cielo ensanche su pecho, cuando los
perfumes generosos de la campiña hablen a su corazón y hagan latir sus
sienes, cuando el pan y el vino, esos presentes de Dios, hayan reparado
sus fuerzas, cuando un ardor impaciente la haga correr desalentada bajo
los grandes naranjos del jardín, entonces entrará en una nueva
belleza... y don Diego tiene ojos. Sabrá establecer una diferencia entre
sus antiguos amores y su dicha presente. Seguramente no tendré que
mostrarle en qué grado una belleza noble y casta, realzada por todo el
brillo de la sangre y por todo el esplendor de la virtud, es superior a
los halagos impúdicos de una bribona. Mientras tanto, ya está en buen
camino. En casi cuatro meses que hemos abandonado París, no ha escrito
ni recibido una carta; el olvido se hace en su corazón lejos de la
indigna que le perdía. La ausencia que fortifica las pasiones honradas,
mata en muy poco tiempo aquellas que sólo subsisten por el hábito del
placer.
»Quizá también nuestra buena Germana llegue a participar de ese amor.
Hasta el presente es sólo a mí, de toda la familia, a quien quiere.
Claro está que no hablo del pequeño marqués: ya sabe usted que lo quiso
desde el primer día. En cambio manifiesta a mi pobre hijo una
indiferencia que se parece mucho al odio. También es verdad que ya no le
maltrata como antes y soporta sus atenciones con una especie de
resignación. Tolera su presencia, no se extraña de verle a su lado y se
va acostumbrando a él. Mas no es necesario ser un lince para leer en su
rostro una sorda impaciencia, un odio domado que se subleva a cada
instante, quizás el desprecio de una muchacha honrada por un hombre que
ha cometido faltas. ¡Ay, pobre amiga mía! la indulgencia es una virtud
propia de nuestra edad; los jóvenes no la practican. No obstante, debo
reconocer que Germana disimula con cuidado sus pequeños resentimientos.
Su cortesía con don Diego es irreprochable. Conversa con él horas
enteras sin dar muestras de cansancio; le escucha hasta con gusto; le
responde algunas veces y acoge sus ternezas con una dulzura fría y
resignada. Un hombre menos delicado no advertiría que es aborrecido; mi
hijo lo sabe y la perdona. Ayer me decía: «Es imposible detestar a los
amigos con más encanto y bondad. Es el ángel de la ingratitud.»
»¿Cómo acabará todo esto? Bien, créame usted. Tengo confianza en Dios,
tengo fe en mi hijo y esperanza en Germana. Nosotros la curaremos,
incluso de su ingratitud, sobre todo si usted viene a ayudarnos. Ya
estoy enterada de que el duque camina como un buen muchacho por el
sendero de la virtud y de que los padres lo ponen como ejemplo a sus
hijos. Si usted pudiese dejarlo por uno o dos meses, sería recibida aquí
con los brazos abiertos. En el caso en que el encantador convertido
quisiera también tomar los aires del campo, le podríamos preparar un
buen alojamiento.
»Hasta muy pronto, pues, mi excelente amiga, querida hermana de mis
afectos y de mis dolores. La quiero cada vez más, a medida que su hija
me va siendo más querida. La distancia que nos separa no podrá enfriar
una tan buena amistad; nos hemos visto poco y no nos escribimos mucho,
pero nuestras oraciones se confunden todos los días al pie del trono de
Dios.
»CONDESA DE VILLANERA.
»P. S. No se olvide usted de mi criado y sobre todo que sea joven.
Nuestros matusalenes del hotel Villanera no se aclimatarían aquí.»
-Germana a su madre.-
«Villa Dandolo, 7 mayo 1853.
»Mi querida mamá: El viejo Gil, que le entregará esta carta, le dirá lo
bien que se está aquí. No es en Corfú donde ha cogido las fiebres; fue
en la campiña de Roma; de modo que no tenga usted ningún cuidado.
»He estado bastante enferma después de mi última carta, pero mi segunda
madre ha debido decirle que ya estoy mucho mejor. El señor de Villanera
quizá también le ha escrito; no le pido cuenta de sus actos. En cuanto a
mí, estoy lo suficientemente fuerte desde hace algún tiempo para
emborronar cuatro carillas de papel; pero, ¿querrá usted creer que me
falta tiempo? Paso mi vida respirando; es una ocupación muy agradable en
la que empleo diez o doce horas diarias.
»Durante la crisis que he atravesado, he sufrido mucho. No recuerdo
haber estado tan mal en París. Puede usted creer que muchas personas en
mi lugar hubieran deseado la muerte. No obstante, yo me agarraba a la
vida con una obstinación increíble. ¡Cómo se cambia! ¿Y en qué consiste
que yo no vea las cosas con los mismos ojos?
»Indudablemente en que hubiera sido muy triste morir lejos de usted, sin
que sus queridas manos me pudiesen cerrar los ojos. Por lo demás, no son
cuidados los que me faltan. Si hubiese sucumbido, como el doctor casi
esperaba, podía usted haber tenido un consuelo. Lo más triste cuando
muere un ser querido lejos de nosotros debe ser el pensar que le habrán
faltado los cuidados que nosotros le hubiéramos prodigado. A mí, en
cambio, nada me falta y todos son muy buenos para mí, incluso el señor
de Villanera. Espero, querida mamá, que se repita usted esto muchas
veces si me ocurriese una desgracia.
»Quizá también la amistad y la compasión de los que me rodean han
contribuido un poco a hacerme amar la vida. El día en que me despedí de
usted y de mi padre, dije adiós a todo. Yo no sabía que los que me
acompañaban habían de ser para mí una verdadera familia. El doctor es
perfecto; me trata como si esperase curarme. La señora de Villanera (la
auténtica) es como usted misma. El marqués es un excelente hombrecito;
el viejo Gil me ha rodeado de atenciones. Yo no he querido entristecer a
todas esas gentes con el espectáculo de mi agonía y ya ve usted cómo he
salido del paso. Tanto peor para los que contaban con mi muerte; tendrán
que esperar bastante tiempo.
»Usted me había recomendado que le describiese nuestra casa para que su
pensamiento supiese dónde encontrarme cuando quisiera hacerme una
visita. El señor de Villanera, que dibuja bastante bien para ser un
gran señor, le enviará el plano del castillo y del jardín. Me he
atrevido a pedirle esta gracia; era preciso que fuese cosa de usted para
ello. Mientras tanto, conténtese usted con saber que habitamos unas
ruinas sumamente pintorescas. Desde lejos, la casa parece una vieja
iglesia demolida durante la Revolución. No hubiera podido creer nunca
que se pudiese vivir en su interior. Se llega al vestíbulo por cinco o
seis rampas practicables para los carruajes y con un piso desigual y
accidentado, que, si se sostiene, es por la fuerza de la costumbre,
porque el cemento hace mucho tiempo que falta. Los alelíes y las plantas
trepadoras se deslizan por todas las grietas y perfuman el camino como
un jardín. La casa está rodeada de árboles y a un cuarto de hora de la
población más próxima. No sé aún con exactitud de cuántos pisos se
compone; las habitaciones no están todas las unas encima de las otras;
se diría que el segundo piso ha bajado hasta el nivel del suelo a causa
de un temblor de tierra. Por un lado no hay que subir ni bajar
escaleras; por el otro hay que descender con peligro de la cabeza. Es en
este laberinto, querida mamá, donde tiene usted que buscar a su hija. Yo
misma me busco algunas veces y no me encuentro siempre.
»Tenemos por lo menos veinte habitaciones inútiles y una magnífica sala
de billar donde las golondrinas construyen sus nidos, pero no crea usted
que las haya arrojado de allí. ¿Qué soy aquí yo misma? Un pajarillo
lanzado de su nido por el frío. Mi habitación es la mejor acondicionada
de toda la casa. Es grande como la Cámara de los diputados y está
pintada al óleo de arriba abajo. Prefiero esto que el papel: es más
limpio y sobre todo más fresco. El señor de Villanera me ha hecho traer
de Corfú un mobiliario nuevo, de fabricación inglesa. Mi cama, mis
sillas y mis sillones se pasean a sus anchas en esta inmensidad. La
buena condesa duerme en una pieza inmediata, al lado del pequeño
marqués. Cuando digo que duerme, es para que no se enfade. La veo a mi
lado cuando me duermo, la encuentro en el mismo sitio al abrir los ojos,
pero me guardaré muy bien de decirle que ha pasado la noche fuera de su
cama. El doctor ocupa una habitación del mismo piso, pero más alejada.
Se le ha instalado lo más cómodamente que se ha podido. Los que cuidan a
los demás tienen la costumbre de cuidarse a sí mismos. El señor de
Villanera campa no sé dónde, bajo el tejado. ¿Es que la casa tiene
verdaderamente tejado? Nuestros criados griegos e italianos duermen al
aire libre: es la costumbre del país.
»Mis balcones, en número de cuatro, dan al Levante y al Mediodía. Desde
las nueve el aire y la luz inundan mi dormitorio. Me levantan, me visten
y abren los balcones uno a uno para que el aire del mar no me sorprenda
bruscamente. Hacia las diez, bajo a los jardines. Tengo dos a mi
disposición: el uno al norte de la casa, limitado por un muro más
complicado que la gran muralla de la China; el otro al Mediodía, bañado
por el mar. El jardín del norte está plantado de olivos, de azufaifos y
de nísperos del Japón. El otro es un enorme bosque de naranjos, de
higueras, de limoneros, de áloes, de chumberas y de parras gigantescas
que lo invaden todo, que trepan a todos los árboles y se encaraman en lo
más alto. El señor de Villanera decía ayer que la vid es la cabra del
reino vegetal. Es muy hermoso, mi pobre mamá, correr de un lado a otro,
ir a todas partes con completa libertad. Yo nunca había gozado de
semejante dicha. ¡Pero si viviese!...
»Comienzo ya a pasear valientemente por las alamedas. Hasta hace ocho
días eran impracticables, porque el jardinero del conde Dandolo es un
romántico puro, enamorado del hermoso desorden y de las gracias
melenudas. Hemos cortado los árboles a hachazos, ni más ni menos que en
una selva virgen. He pedido clemencia para los naranjos, porque ya sabrá
usted que me he reconciliado con el olor de las flores. Sin embargo, no
me las ponen en la habitación; sólo las tolero al aire libre. El perfume
que las flores cortadas exhalan en un lugar cerrado me sube al cerebro
como un olor de muerte, y esto me entristece. Pero cuando las plantas
florecen al sol, bajo la brisa del mar, yo me regocijo con ellas, tomo
parte en su dicha y se me ensancha el corazón. ¡Qué hermosa es la
tierra! ¡Y qué feliz todo el que vive! ¡Sería muy triste abandonar este
mundo delicioso que Dios ha creado para el placer del hombre! Y, sin
embargo, hay gentes que se matan. ¡Qué locos!
»Decían en París que yo no vería brotar las hojas. No me hubiera
consolado de morir tan pronto, sin haber podido ver la primavera. Han
brotado esas queridas hojas de abril y yo estoy aquí para verlas. Las
toco, las huelo, las estrujo entre mis manos y las digo: «Aun estoy
entre vosotras. Quizá me será dado ver el estío bajo vuestra sombra. Si
hemos de caer juntas, ¡ah! permaneced largo tiempo sobre esos hermosos
árboles, asíos sólidamente a las ramas y vivid para que yo viva.»
»¿Habrá algo más alegre, más vivo, más variado que los brotes nuevos?
Son blancos en los álamos y en los sauces, rojos en los granados, rubios
como mis cabellos en la copa de las verdes encinas, de color violeta en
las ramas de los limoneros. ¿De qué color serán dentro de seis meses? No
pensemos en eso. Los pajarillos hacen sus nidos en los árboles; el mar
azul acaricia dulcemente la arena de la orilla; el sol generoso deposita
sus bienhechores rayos sobre mis pobres manos pálidas y enflaquecidas;
siento circular en mis pulmones un aire dulce y penetrante como su voz
de usted, mi buena mamá. Hay instantes en que me figuro que ese buen
sol, esos árboles en flor, esos pájaros que cantan, son otros tantos
amigos que piden gracia para mí y que no me dejarán morir. Quisiera
tener amigos en toda la tierra, interesar a la Naturaleza entera en mi
suerte, emocionar hasta a las mismas piedras y que de los cuatro puntos
del mundo se elevase al cielo una tal lamentación y una tal plegaria,
que Dios se conmoviese. El es bueno, es justo; yo no le he desobedecido
jamás, nunca he hecho mal a nadie. No le costaría gran trabajo dejarme
vivir con los demás, confundida entre la multitud de los seres que
respiran. ¡Ocupo tan poco sitio! Y además, no soy muy cara de mantener.
»Por desgracia, hay gentes que se pondrían luto si yo curase y que no se
consolarían jamás si me viesen viva. ¿Qué le vamos a hacer? Están en su
derecho. He contraído una deuda y tengo el deber de pagarla.
»Mi querida mamá, ¿qué piensa usted del señor de Villanera? ¿Qué
concepto tienen de él en París? ¿Es posible que un hombre tan sencillo,
tan paciente y tan dulce, sea un mal hombre? Me he fijado en sus ojos
por primera ver hace poco días; son unos hermosos ojos capaces de
engañar al más listo.
»Adiós, mi buena madre; rece por mí y vea si puede obtener de mi padre
que vaya un día a la iglesia con usted. Si él hiciera eso por su pequeña
Germana, la conversión sería completa y yo quizá me salvaría. Debe haber
una recompensa allá arriba para los que conducen un alma a Dios. ¿Pero
quién podrá tener crédito en el cielo si no es usted, querida santa?
»Con una ternura infinita soy siempre su respetuosa hija
»GERMANA.
»P. S. Los besos para mi padre son los que hay a la derecha de la firma;
los de usted son los de la izquierda.»
VII
EL NUEVO DOMÉSTICO
El duque no enseñó a la señora Chermidy la carta de la condesa, pero le
hizo leer la de Germana.
--Ya ve usted--le dijo--; ha adelantado la mitad del camino en su
curación.
Ella se esforzó en sonreír y respondió:
--Usted es un hombre dichoso; todo le sale bien.
--Menos el amor.
--¡Paciencia!
--No se puede tener mucha a mi edad.
--¿Por qué?
--Porque no hay tiempo que perder.
--¿Quién es ese viejo Gil que le trae las cartas? ¿un correo?
--No; es un ayuda de cámara que pide un substituto. La señora de
Villanera encarga a la duquesa que le busque un buen criado.
--Eso no es fácil en París.
--Hablaré al mayordomo de mi amigo Sanglié.
--¿Quiere usted que yo, por mi parte, le ayude también? -Le Tas-[E]
tiene siempre media docena de criados en la manga; es una verdadera
agencia de colocaciones.
--Si -le Tas- tiene algún protegido que establecer, le tomaré de muy
buena gana. Pero tenga usted en cuenta que lo que necesitamos es un
hombre de confianza, un enfermero.
---Le Tas- debe tener enfermeros; tiene de todo.
-Le Tas- era la doncella de la señora Chermidy. No se la veía nunca en
el salón, ni siquiera por casualidad; pero los amigos íntimos de la casa
se sentían muy honrados de entablar conocimiento con ella. Era una
doméstica con sus 120 kilos de peso, compatriota y hasta algo pariente
de la dueña de la casa. Se llamaba Honorina Lavenaze, como su ama; pero
su deformidad hacía que todo el mundo la conociera por -le Tas-. Aquel
fenómeno viviente, aquel montón de grasa, aquel paquidermo femenino,
había seguido durante quince años a la señora Chermidy en la buena y en
la adversa fortuna. Había sido la cómplice de sus progresos, la
confidente de sus pecados, la encubridora de sus millones. Sentada en un
rincón del fuego, como un monstruo familiar, leía en las cartas el
porvenir de mamá; la prometía el reino de París, como una bruja de
Shakespeare; la animaba en sus desfallecimientos, consolaba sus
disgustos, arrancaba sus cabellos blancos y la servía con una devoción
canina. No había ganado nada a su servicio, ni rentas del Estado, ni
libreta en la Caja de ahorros, y no quería nada para sí. Tenía diez años
más que la señora Chermidy, y esto, así como su obesidad enfermiza, le
daba la seguridad de morir antes que ella y, desde luego, en su casa; no
se despide a un servidor que pueda llevarse nuestros secretos. Mientras
pudiese satisfacer sus necesidades, -le Tas- no tenía ni ambición, ni
codicia, ni vanidad personal; se consideraba rica, brillante y
triunfante en la persona de su bella prima. Aquellas dos mujeres,
estrechamente unidas por una amistad de quince años, formaban un solo
individuo. Era una cabeza con dos caras, como la máscara de los cómicos
de la antigüedad. De un lado, sonreía al amor, del otro hacía muecas al
crimen. La una se mostraba porque era hermosa; la otra se ocultaba
porque hubiera causado horror.
La señora Chermidy prometió al duque ocuparse en su asunto. Aquel mismo
día, efectivamente, habló con -le Tas- acerca del criado que se podría
enviar a Corfú.
La linda arlesiana estaba bien decidida a cortar en flor la curación de
Germana, pero era demasiado prudente para emprender nada por su cuenta y
riesgo. Sabía que un crimen es siempre una torpeza y su situación era
muy envidiable para que se expusiera a perderla en un mal negocio.
--Tienes razón--le dijo -le Tas---, nada de sangre. Hay que dejar eso.
Un crimen nunca aprovecha a su autor; sólo resulta útil a los otros. Se
mata a un rico en la carretera y se le encuentran cien sueldos en el
bolsillo. Todo lo demás va a parar a los herederos.
--¡Pero aquí soy yo la que hereda!
--No heredarías si te sorprendiesen en un delito. Por de pronto, ella
puede morir de muerte natural. Y si esto no bastase, puede haber alguien
que la ayude, pero sin nuestra intervención.
--¿Qué hacer, pues?
--Interesar a alguien en la muerte de Germana. Suponte un enfermo que
dijese a los que la asisten: muchachos, cuidadme bien; el día de mi
muerte tendréis todos mil francos de renta. ¿Crees tú que ese hombre
viviría mucho tiempo? Creo que sería fácil encontrar un mozo inteligente
que interpretase a su manera las órdenes del médico. Se le darían sus
mil francos de renta, y los herederos...
--Heredarían. Comprendo perfectamente. Pero, ¡es tan difícil la
elección! ¿Y si tropezásemos con un hombre honrado?
--¿Es que los hay?
---Le Tas-, calumnias al género humano. No hay muchos hombres capaces de
jugarse la cabeza por mil francos de renta.
--Estoy segura de que si enviásemos allá abajo un hombrecillo que yo
conozco, un verdadero bribón de París, pálido como una manzana que no ha
madurado, mimado por los otros criados, celoso de aquellos a quienes
sirve, envidioso del lujo que le rodea, vicioso como un sumiller, al
cabo de quince días se habría hecho cargo del porvenir que se le
ofrecía.
--Tal vez. ¿Pero y si erraba el golpe?
--Entonces habría que echar mano de un hombre de experiencia; buscar un
práctico que tenga costumbre de esas cosas.
--Veo que te acuerdas de Tolón, hija mía.
--¡Toma! allí hay sujetos muy a propósito para eso.
--¿Es que quieres que vaya a buscar un criado al presidio?
--Los hay que ya han cumplido.
--¿Dónde encontrarlos?
--Búscalos. Creo que vale la pena dar con el que nos hace falta.
Algunas horas después de esta conversación, la señora Chermidy, bella
como la virtud, hacía los honores de su salón a personas de las más
respetables de París.
Entre los concurrentes de su casa había un viejo solterón de humor
alegre, de conversación espiritual, gran aficionado a los libros nuevos,
asiduo a las primeras representaciones y muy conocedor de historias
inéditas; tan irreprochable en la elección de sus palabras como en la de
sus trajes, y fiel a las tradiciones de la antigua galantería francesa.
Era jefe de negociado en la prefectura de policía.
La señora Chermidy le sirvió con sus propias manos una taza de te, al
mismo tiempo que le dirigía una sonrisa inefable. Conversó largo tiempo
con él, le obligó a agotar su repertorio y oyó con el mayor interés
cuanto le plugo contarle. Por la primera vez, después de muchos años,
cometió una injusticia con sus amigos y se apartó de su imparcialidad
habitual.
El excelente hombre se creía estar en el cielo y tamborileaba con sus
dedos sobre la pechera de su camisa con una satisfacción visible.
No obstante, como no hay compañía, por buena que sea, a la que no haya
que dejar, el señor Domet se dirigió discretamente hacia la puerta
cuando faltaban pocos minutos para media noche. Aun quedaban veinte
personas en el salón. La señora Chermidy lo llamó en voz alta con la
graciosa desenvoltura de un ama de casa que no perdona a los desertores.
--Querido señor Domet--le dijo--, es usted demasiado encantador para que
le devuelva tan pronto la libertad. Venga usted aquí, a mi lado, y
cuénteme otra de esas historias tan interesantes que sabe usted.
El excelente hombre obedeció con muy buena voluntad, aunque tenía por
principio acostarse pronto y levantarse temprano. Pero protestó diciendo
que había agotado toda su provisión y que, a menos de inventar, ya no
tenía nada que contar. Algunos amigos de la casa formaron un círculo a
su alrededor con objeto de importunarle. Se le hicieron mil preguntas
más indiscretas las unas que las otras; le preguntaron la verdad sobre
la -Máscara de hierro-, se le incitó a que dijese el verdadero nombre
del autor de las -Cartas de Junio-, se le pidieron detalles sobre el
anillo de Gyges, sobre la Conspiración de las pólvoras, sobre el Consejo
de los Diez y por si aun esto fuera poco se le invitó a que expusiera su
opinión sobre los resortes de gobierno. El señor Domet respondió a todo
alegremente, rápidamente, con ese buen humor de las personas de edad
que es el fruto de una vida tranquila. Pero no estaba completamente
tranquilo y se removía en su sillón como un pescado en la sartén. La
señora Chermidy, siempre bondadosa, acudió en su auxilio y le dijo:
--Soy yo quien le he entregado a los filisteos; es justo que sea yo
también quien le libre de sus manos, pero con una condición.
--Acepto con los ojos cerrados, señora.
--Se dice que casi todos los crímenes que se cometen son ejecutados por
gentes que ya han tenido que ver con la justicia, por licenciados de
presidio. ¿Es ésa la palabra?
--Sí, señora.
--Pues bien; explíquenos usted lo que es un licenciado de presidio.
El amable funcionario se quitó sus lentes, los limpió con el pañuelo y
volvió a colocarlos sobre su nariz. Todos los que quedaban en el salón
se reunieron a su alrededor y se dispusieron a escuchar. El duque de La
Tour de Embleuse se colocó tranquilamente al lado de la chimenea sin
sospechar que asistía al asesinato de su hija. Las gentes de mundo
tienen una curiosidad de -gourmet- y los pequeños misterios del crimen
son un plato de exquisito gusto para los espíritus estragados.
--¡Dios mío! señora--dijo el jefe de negociado--, si es una simple
definición lo que usted pide, no tardaré en estar en la cama. Los
licenciados de presidio son aquellos que ya han cumplido su condena.
Permítame usted que le bese la manó y me despida.
--¡Cómo! ¿Eso es todo?
--Absolutamente. Y tenga usted en cuenta que yo soy, en Francia, el
hombre que mejor conoce a esas gentes. No he visto ni uno solo, pero
tengo sus expedientes entre mis papeles; conozco su pasado, su presente,
su profesión, su residencia y podría enumerarlos a todos por sus
nombres, apellidos, nombres falsos y apodos.
--Así es como César (sea dicho sin comparación) conocía a todos los
soldados de su ejército.
--César, señora, mejor que un gran capitán, fue el primer jefe
administrativo de su época.
--¿Y había licenciados de presidio en la república romana?
--No, señora, y bien pronto tampoco los habrá en Francia. Nosotros
comenzamos a imitar el ejemplo de los ingleses que han reemplazado el
presidio por la deportación. La seguridad pública ganará y la
prosperidad de nuestras colonias no perderá nada. El presidio era la
escuela de todos los vicios; los deportados se moralizan por el trabajo.
--¡Tanto peor! Yo echo de menos los licenciados de presidio. Será una
pérdida sensible para los autores de folletines. Pero, en fin, señor
Domet, ¿qué es de esas gentes? ¿Qué hacen? ¿Qué dicen? ¿Dónde viven?
¿Cómo van vestidos? ¿Dónde se les encuentra? ¿Cómo se les puede
reconocer? ¿Aun van marcados?
--Algunos; los decanos de la orden. La marca ha sido suprimida en 1791,
restablecida en 1806, y abolida definitivamente por la ley de 28 de
abril de 1832. Un licenciado de presidio se parece en todo a un hombre
honrado. Se viste como quiere y ejerce la profesión que se le ha
enseñado. Desgraciadamente casi todos han aprendido a robar.
--¿Pero habrá buenas gentes entre ellos?
--No muchas. ¡Figúrese usted, con la educación del presidio! Además, les
es bastante difícil ganar su vida honradamente.
--¿Por qué?
--Son conocidos sus antecedentes y los patronos no se muestran muy
aficionados a admitirlos. Sus compañeros de taller los desprecian. Si
tienen dinero y se establecen por su cuenta, no encuentran obreros.
--¿Se les reconoce, pues? ¿De qué modo? ¿Si alguno quisiera entrar a mi
servicio, cómo podría yo saber quién era?
--No tenga usted cuidado. Les está prohibida la residencia en París,
porque la vigilancia sería muy difícil. Se les señala una residencia en
provincias, en una ciudad pequeña, y la policía local no los pierde de
vista.
--¿Y si viniesen a París sin permiso?
--Entonces habrían infringido la orden y les haríamos deportar de nuevo,
en virtud de un decreto de 8 de diciembre de 1851.
--Así, ¿ya no queda ninguno en esas viviendas especiales?
--El consejo municipal del departamento del Sena ha hecho demoler las
casas de que usted habla. Ya no hay guaridas para la caza, ni caza para
las guaridas.
--¡Bondad divina! ¡estamos en la edad de oro! Señor Domet, usted deshoja
mis ilusiones una por una. ¡Qué manera de quitar poesía a la vida!
--Hermosa dama, la vida no carecerá jamás de poesía para los que tengan
la dicha de ver a usted.
Este cumplimiento fue disparado con una tal ampulosidad de galantería
burguesa, que toda la asamblea aplaudió. El señor Domet se ruborizó
hasta el blanco de los ojos y miró las puntas de sus zapatos. Pero la
señora Chermidy le llamó de nuevo a la cuestión.
--¿Dónde están los licenciados de presidio? ¿Los hay en Vaugirard?
--No, señora, en el departamento del Sena no hay ninguno.
--¿Los hay en Saint-Germain?
--No.
--¿En Compiègne?
--No.
--¿En Corbeil?
--Sí.
--¿Cuántos?
--¿Usted espera cogerme en falta?
--Con eso cuento.
--Pues bien, hay cuatro.
--¿Sus nombres? ¡Vamos, César!
--Rabichon, Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.
--¡Toma! Las primeras sílabas de esos nombres forman una palabra.
--Usted ha adivinado en seguida el secreto de mi mnemotecnia.
--Repita usted: Rabichon...
--Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.
--Es curioso. Ahora todos somos tan sabios como usted. Rabichon,
Lebrasseur, Chassepie y Mantoux. ¿Y qué hacen esas buenas gentes?
--Los dos primeros están provisionalmente en un almacén de papel; el
tercero es jardinero y el cuarto tiene una cerrajería.
--Señor Domet, es usted un grande hombre; perdóneme si he dudado de su
erudición.
--¡Mientras que no dude de mi obediencia!
El señor Domet partió; era la una y todos se levantaron el uno después
del otro. Besaron religiosamente, como un relicario, aquella pequeña
mano blanca que acariciaba la esperanza de un crimen. Al despedirse, la
hermosa mujer aun repetía: Rabichon, Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.
El duque fue el último en salir.
--¿En qué piensa usted?--le dijo--; parece usted preocupada.
--Pienso en Corfú.
--Piense usted en los amigos de París.
--Buenas noches, señor duque. Creo que -le Tas- ha encontrado un
doméstico. Mañana irá a informarse y uno de estos días hablaremos de
ello.
Al día siguiente, -le Tas- tomó el tren de Corbeil. Se hospedó en el
hotel de Francia y se puso inmediatamente a recorrer la ciudad. Visitó
las papelerías, compró flores a todos los jardineros y se paseó por
todas las calles. El domingo por la mañana perdió la llave de su saco de
viaje y se dirigió a un pequeño establecimiento de cerrajería de la
carretera de Essonne donde soplaba el fuelle a pesar de la ley del
descanso dominical. La muestra ostentaba este letrero: -Mantoux Poca
Suerte, cerrajero-. El dueño era un hombre pequeño, de treinta a treinta
y cinco años, moreno, bien formado, vivo y despejado. No había necesidad
de mirarle dos veces para ver a qué religión pertenecía. Era de los que
hacen del sábado su domingo. El afán del lucro brillaba en sus pequeños
ojos y su nariz se asemejaba al pico de un ave de rapiña. -Le Tas- le
rogó que pasase al hotel para forzar una cerradura, lo que Mantoux llevó
a cabo como hombre experimentado. -Le Tas- le retuvo a su lado por los
encantos de la conversación. Le preguntó si estaba contento de sus
negocios, y le respondió como hombre disgustado de la vida. Nada le
había salido bien desde que estaba en el mundo. Había servido como
-groom- y su dueño lo despidió. Entró después como aprendiz en casa de
un mecánico y la susceptibilidad de algunos clientes le hizo abandonar
el establecimiento. A los veinte años quiso hacer con algunos amigos un
negocio magnífico: un trabajo de cerrajería que debía proporcionar una
fortuna a cada uno de los asociados. A pesar de su celo y de su
habilidad, fracasaron vergonzosamente, y después hubo de remar diez
años sin poderse levantar de su caída. Desde entonces todos le llamaban
-Poca Suerte-. Ultimamente había venido a establecerse en Corbeil,
después de una larga permanencia en el Midi. Las autoridades de la
ciudad le conocían a fondo y se interesaban por su suerte; de cuando en
cuando recibía la visita del señor comisario de policía. No obstante, el
trabajo no abundaba en su taller y eran pocas las casas que estaban
abiertas para él.
-Le Tas- compartió sus pesares y le preguntó por qué no iba a buscar
fortuna a otro sitio.
-Poca Suerte- respondió melancólicamente que no tenía ganas ni medios de
viajar. Tendría que estar allí largo tiempo. La cabra no tiene más
remedio que ramonear allí donde la atan.
--¿Aunque no haya nada que ramonear?--preguntó -le Tas-.
El, por toda respuesta, inclinó la cabeza.
-Le Tas- le dijo:
--Si no me equivoco, y me parece que no, usted es un excelente hombre,
como yo soy una buena muchacha. ¿Por qué no intenta usted colocarse en
una buena casa, puesto que ya ha servido? Yo estoy en París, en casa de
una señora sola que me trata muy bien; y no me sería difícil encontrarle
algo por el estilo.
--Le doy las gracias de todo corazón; pero me está prohibida la estancia
en París.
--¿Por el médico?
--Sí, estoy delicado del pecho.
--Precisamente la plaza que le ofrezco no es en París. Es fuera de
Francia, allá por Turquía, en un país donde los tísicos van a curarse
calentándose al sol.
--Si la casa es buena, eso me gustaría mucho. Pero necesito muchas cosas
para pasar la frontera: dinero, pasaportes, y no tengo nada de eso.
--Nada le faltará si usted conviene a la señora. Pero sería conveniente
permanecer en París aunque no fuese más que una o dos horas.
--Eso es fácil. No me ocurriría nada aunque pasase un día entero.
--Seguramente.
--Si nos arreglamos, yo quisiera poner otro nombre en mi pasaporte. Ya
he usado bastante el mío, no me ha traído más que desgracia, y quisiera
dejarlo en Francia junto con mis vestidos viejos.
--Tiene usted razón. Eso es lo que se llama cambiar de piel. Ya hablaré
de usted a la señora y si se arregla todo, le escribiré.
-Le Tas- volvió la misma noche a París. Mantoux, llamado -Poca Suerte-,
creyó haber hallado un hada bienhechora bajo la envoltura de un
elefante. Los sueños más dorados fueron a sentarse a su cabecera. Soñó
que era a la vez rico y honrado y que la Academia francesa le concedía
un premio a la virtud de cincuenta mil francos de renta. El lunes por la
tarde recibió una carta, levantó su destierro y se presentó el martes
por la mañana en casa de la señora Chermidy. Se había cortado la barba
y los cabellos, pero -le Tas- se guardó bien de preguntarle por qué.
El esplendor de la casa lo deslumbró; la dignidad severa de la señora
Chermidy le impuso el mayor respeto. La hermosa bribona había adoptado
una cara de procurador imperial. Lo hizo comparecer ante ella y lo
interrogó sobre su pasado como mujer que no se equivoca. El mintió como
un prospecto y ella hizo ver que lo creía en absoluto. Cuando le hubo
dado todos los informes deseables, le dijo:
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