¡Victoria! ¡el gato ya está preso! Hase arrojado a un pozo. ¡Cubos!
¡cuerdas! ¡escalas! Todos abrigan la esperanza, la casi seguridad de
recuperar las narices del señorito L'Ambert intactas o poco menos. Mas
¡ay! que este pozo no es un pozo como todos los demás. Es la boca de una
cantera abandonada cuyas galerías forman una vasta red de más de diez
leguas, y se extienden en todas direcciones, hallándose en comunicación
con las catacumbas de París.
Se pagan sus honorarios a M. Triquet; se abonan a los campesinos las
indemnizaciones que exigen, y se emprende el regreso a Parthenay, bajo
una lluvia torrencial.
Antes de subir al carruaje, Ayvaz-Bey, mojado como un pato, y ya
recuperada la calma por completo, vino a ofrecer su mano a M. L'Ambert.
--Caballero--le dijo,--lamento sinceramente que mi obstinación haya
llevado las cosas hasta este extremo. La Tompain no vale una gota
siquiera de la sangre vertida por su culpa, y hoy mismo rompo con ella,
pues no podría verla sin pensar en la desgracia que ha causado. Sois
testigo de que he hecho cuanto me ha sido posible, como asimismo estos
señores, por devolveros lo perdido. Ahora, permitidme esperar que este
accidente no sea del todo irreparable. El médico de esta aldea nos ha
recordado que existen en París cirujanos más hábiles que él; creo haber
oído decir que la cirugía moderna poseía secretos infalibles para
restaurar las partes del cuerpo humano mutiladas o perdidas. M. L'Ambert
aceptó, con el humor que pueda suponerse cualquiera, la mano que le
tendía su rival, y se hizo conducir al faubourg Saint-Germain en
compañía de sus dos amigos.
III
DONDE DEFIENDE EL NOTARIO SU PELLEJO CON MÁS ÉXITO
El cochero de Ayvaz-Bey era un hombre dichoso si los hay. Aquel bribón
empedernido fue menos sensible a la propina de cincuenta francos que al
placer de haber conducido a su cliente a la victoria.
--¡En verdad que me agrada la manera que tenéis de arreglar a las
personas!--le dijo al bueno de Ayvaz.--Bueno es saber cómo las gastáis.
Si alguna vez os piso un pie, me apresuraré a pediros mil perdones en
el acto. Ese pobre señor se verá negro si quiere tomar rapé. ¡Vamos,
vamos! si alguien vuelve alguna vez a sostener ante mí que los turcos
son unos torpes, ya sabré qué responderle. ¿No os dije que os daría
buena suerte? Eso me sucede siempre. Conozco, en cambio, un viejo que le
ocurre lo contrario: da siempre la mala pata a sus clientes. Ni por
casualidad conduce una vez sola al terreno del honor a nadie que salga
ileso... ¡Arre, pajarita! ¡vamos, que conduces a un héroe! ¡Hoy te
envidiarían los caballos de los césares de Roma!
Estas burlas crueles no lograron desarrugar el entrecejo de los turcos,
y el cochero, en vista de que sus palabras no hacían gracia, adoptó el
prudente partido de callarse.
En otro carruaje infinitamente más elegante y mucho mejor entroncado,
lamentábase el notario en presencia de sus dos amigos.
--Todo concluyó para mí--les decía;--soy hombre muerto; no me queda otro
recurso que saltarme la tapa de los sesos. ¿Cómo presentarme de nuevo en
sociedad, en la Opera, ni en ningún otro teatro? ¿Queréis que comparezca
ante el mundo con esta cara grotesca y lamentable, que excitará en unos
la risa y en otros la compasión?
--¡Bah!--respondiole el marqués,--la gente se acostumbra a todo. Y, en
último caso, si el mundo nos causa espanto, permanecemos en casa.
--¡Permanecer siempre en casa! ¡bonito porvenir! ¿Imagináis, por
ventura, que han de venir las mujeres a buscarme a domicilio, en el
estado en que me encuentro?
--¡Os casaréis! He conocido a un teniente de coraceros que había
perdido un brazo, una pierna y un ojo. Cierto que no era el terror de
los maridos, ni el ídolo de las mujeres; pero se casó con una buena
muchacha, ni fea ni bonita, que lo quiso con toda su alma, y lo hizo
dichoso por completo.
No debió de parecerle al notario demasiado consoladora semejante
perspectiva, porque exclamó con acento desesperado:
--¡Oh, las mujeres! ¡las mujeres! ¡las mujeres!
--¡Demontre!--exclamó el marqués,--¡qué importancia concedéis a las
mujeres! ¡Ni que ellas lo fuesen todo! Hay en el mundo otras cosas
agradables. ¡Se dedica uno a mirar por su salud, qué diablo! A
encarrilar su alma, a cultivar su espíritu, a hacer bien a su prójimo, a
llenar los deberes de su estado. ¡No es preciso poseer una nariz
prominente para ser buen cristiano, buen padre de familia y buen
notario!
--¡Notario!--replicó él con amargura poco disimulada,--¡notario! En
efecto, eso aun lo soy. Ayer era un hombre de mundo, un verdadero
-gentleman-, y, hasta puedo decirlo prescindiendo de falsas modestias,
un caballero cuyo trato se disputaban todos. Hoy sólo soy un notario. ¿Y
quién sabe si lo seguiré siendo mañana? Una indiscreción del lacayo
bastaría para divulgar esta estúpida aventura. Con dos palabras que diga
cualquier periódico, la justicia se verá obligada a perseguir a mi
adversario, y a sus testigos, y a vosotros mismos, señores. Y heme
entonces aquí conducido ante el tribunal correccional, y teniéndole que
referir dónde, cuándo y por qué he perseguido a la señorita Victorina
Tompain. Suponed un escándalo semejante, y decidme si el notario podrá
sobrevivirle.
--Amigo mío--le dijo el marqués,--os asustáis de peligros imaginarios.
Las gentes de nuestro mundo, de este mundo a que vos pertenecéis
también, poseen el derecho de rebanarse el cuello impunemente. El
ministerio público cierra los ojos cuando se trata de nuestras
querellas, y no hay justicia que valga. Comprendo que se metan un poco
con los periodistas, los artistas y otros seres de condición inferior
cuando se permiten tirar de la espada: conviene recordar a esas gentes
que tienen puños para batirse, y que basta con creces esta arma para
vengar la clase de honor que poseen. Pero porque un caballero se
conduzca y proceda como tal, la justicia no tiene nada que decir, y nada
dice. Yo he tenido unos quince o veinte lances desde que dejé el
servicio, y algunos, en verdad, bien desgraciados para mis adversarios;
y, sin embargo, ¿habéis leído mi nombre alguna vez en la -Gaceta de los
Tribunales-?
M. Steimbourg hallábase menos ligado con M. L'Ambert que el marqués de
Villemaurin; no tenía, como éste, todos sus títulos de propiedad en el
estudio de la calle de Varneuil desde hacía cuatro o cinco generaciones.
No conocía a aquellos dos caballeros más que del círculo y de la partida
de -whist-, y tal vez también por algunos corretajes que le habían hecho
ganar. Pero era un buen muchacho y hombre de bastante talento, e hizo, a
su vez, algunos razonamientos acertados al notario, para consolarle en
su aflicción. A su entender, M. de Villemaurin ponía las cosas peor de
lo que ya estaban: existían otros recursos. Decir a M. L'Ambert que
quedaría desfigurado para toda su vida, era desesperar demasiado pronto
de la ciencia.
--¿De qué nos serviría haber nacido en el siglo XIX, si el menor
accidente hubiera de ser, como antaño, un mal irreparable? ¿Qué
superioridad tendríamos entonces sobre los hombres de la Edad de Oro? No
blasfememos del nombre sacrosanto del progreso. La cirugía operatoria se
halla, gracias a Dios, más floreciente que nunca en la patria de
Ambrosio Paré. El buen doctor de Parthenay nos ha citado los nombres de
ciertos ilustres maestros que descuellan por la habilidad con que
reparan con éxito las injurias que sufre el cuerpo humano. Ya estamos a
las puertas de París; enviaremos a preguntar a la farmacia más próxima,
y en ella nos darán la dirección de Velpeau o de Huguier; vuestro lacayo
irá a buscar en seguida a cualquiera de estas dos eminencias, y os lo
traerá a vuestra casa. Tengo la seguridad de haber oído decir que los
cirujanos rehacen un labio, un párpado o una oreja: ¿es acaso más
difícil restaurar una nariz?
Por muy vaga que fuese esta esperanza, reanimó, sin embargo, al infeliz
notario, que había dejado de sangrar hacía ya media hora. La idea de
volver a ser lo que era y de reanudar el curso normal de su vida,
prodújole una especie de delirio. ¡Qué verdad es que nadie sabe apreciar
la dicha de estar completo hasta que no la ha perdido!
--¡Ah, amigos míos!--exclamó frotándose las manos de esperanza,--mi
fortuna pertenece al hombre que me cure. Por grandes que sean los
tormentos que me esperen, los sufriré gustoso si me garantizan el
éxito. ¡Ni el dolor ni los gastos me harán retroceder!
Animado de estos sentimientos llegó el notario a su casa de la calle de
Verneuil, mientras buscaba su lacayo la dirección de los cirujanos más
célebres. El marqués y Steimbourg le condujeron a su cuarto, y se
despidieron de él, el uno para ir a tranquilizar a su mujer y a sus
hijas, que no le habían vuelto a ver desde la víspera, y el otro para
correr a la Bolsa.
Solo consigo mismo, ante un espejo de Venecia que le mostraba sin piedad
su nueva imagen, cayó Alfredo L'Ambert en un abatimiento profundo. Aquel
hombre fuerte, que no lloraba jamás en el teatro por ser cosa propia de
las gentes del pueblo; aquel -gentleman- de frente bronceada, que había
enterrado a sus padres con la impasibilidad más serena, lloró la
mutilación de su bella persona, y se bañó en lágrimas de egoísmo.
Su lacayo vino a arrancarle de su amargo dolor prometiéndole la visita
de M. Bernier, cirujano del Hospital, miembro de la Sociedad de Cirugía
y de la Academia de Medicina, profesor de clínica, etc., etc. El criado
había ido a buscar al más próximo, y no anduvo desacertado, porque M.
Bernier, si bien no estaba a la altura de los Velpeau, los Manee y los
Huguier, ocupaba un lugar muy honroso inmediatamente después de ellos.
--¡Que venga!--exclamó M. L'Ambert.--¿Por qué no está aquí ya? ¿Creen,
por ventura, que me encuentro en situación de esperar?
Y se echó a llorar de nuevo. ¡Llorar en presencia de sus domésticos! ¿Es
posible que un sablazo modifique en tales términos las costumbres de un
hombre? Seguramente era preciso que el arma del buen Ayvaz, al cortar
el canal nasal, hubiese conmovido el saco lagrimal y los tubérculos
mismos.
Enjugose el notario los ojos para leer un grueso volumen en 12º, que le
habían traído con urgencia de parte de M. Steimbourg. Era la -Cirugía
operatoria-, de Ringuet, excelente manual enriquecido con unos
trescientos grabados. M. Steimbourg había comprado el libro, al
dirigirse a la Bolsa, y se lo enviaba a su cliente para tranquilizarle
sin duda.
Pero el efecto que le produjo su lectura fue muy otro de lo que se había
supuesto. Cuando hubo hojeado el notario las primeras doscientas
páginas, y visto desfilar ante sus ojos la serie lamentable de
ligaduras, amputaciones, resecciones y cauterizaciones, dejó caer el
libro y se echó en una butaca, apretando los ojos con horror. Mas esta
precaución no evitole seguir viendo pieles seccionadas, músculos
separados por pinzas, miembros seccionados a grandes tajos, huesos
aserrados por manos de operadores invisibles. Los rostros de los
operados que se ven en los dibujos anatómicos, parecíanle tranquilos,
resignados, insensibles al dolor, y preguntábase si tal dosis de valor
podía ser compatible con la naturaleza de las almas humanas. Seguía
viendo, sobre todo, al cirujano de la página 89, todo vestido de negro,
con un cuello de terciopelo en su levita. Este fantástico ser tiene la
cabeza redonda y algo grande, la frente despejada, y asierra con esmero
y seriedad los dos huesos de una pierna viva.
--¡Monstruo!--exclamó, sin poder contenerse, M. L'Ambert.
Y en aquel mismo instante, vio entrar al monstruo en persona, y el
criado anunció a M. Bernier.
El notario retrocedió, reculando, hasta el rincón más oscuro de su
cuarto, con los ojos desmesuradamente abiertos, la mirada extraviada, y
extendiendo hacia adelante los brazos, como para rechazar a un enemigo.
Castañeteando los dientes, murmuró con voz sofocada, como en las novelas
de Javier de Montepin:
--¡Él! ¡él! ¡él!
--Caballero--dijo el doctor,--siento haberos hecho aguardar, y os
suplico que os calméis. Ya conozco el accidente de que acabáis de ser
víctima, y me atrevo a esperar que el mal tenga remedio. Pero nada
podremos hacer si tenéis miedo de mí.
La palabra miedo tiene siempre un sonido desagradable para los oídos
franceses. M. L'Ambert descargó con el pie un fuerte golpe sobre el
suelo, avanzó decididamente hacia el doctor, y le dijo con una risita
demasiado nerviosa para ser natural.
--¡Vamos, doctor! tenéis, al parecer, ganas de broma. ¿Tengo cara, por
ventura, de cobarde? Si lo fuese, no me hubiera puesto en el trance esta
mañana de que me descompletasen mi pobre humanidad. Pero, mientras os
estaba esperando, he hojeado un libro de cirugía, y acababa en este
momento de ver en él la figura de un cirujano que tiene cierto parecido
con vos, cuando, al entrar, me habéis hecho el efecto de un aparecido.
Añadid a esta sorpresa las emociones sufridas esta mañana, y quién sabe
si acaso también algún movimiento febril, y me perdonaréis lo que de
raro hayáis notado en la acogida que os hice.
--¡En hora buena!--dijo M. Bernier, recogiendo el libro del suelo.--¡Ah!
¡leíais a Ringuet! Es muy amigo mío. Recuerdo, efectivamente, que me
hizo representar en un grabado, con arreglo a un croquis de Leveillé.
Pero sentaos, por favor.
Calmose un poco el notario y refirió al doctor los acontecimientos de la
jornada, sin echar en olvido el incidente del gato que, por decirlo así,
habíale hecho perder por segunda vez su tan llorada nariz.
--Es una gran desgracia--observó el cirujano,--pero es posible repararla
en el término de un mes. Supuesto que tenéis en vuestro poder el libro
de Ringuet, poseeréis seguramente algunas nociones de cirugía.
M. L'Ambert confesó que no había llegado aún a ese capítulo.
--Pues bien--replicó M. Bernier,--voy a condensároslo en cuatro
palabras. La rinoplastia es el arte de rehacer la nariz a los
imprudentes que la han perdido.
--¿Pero es de veras, doctor?... ¿es posible ese milagro?... ¿Ha
encontrado la cirugía la manera de...?
--Ha encontrado tres sistemas nada menos. Descartemos el método francés,
pues no lo considero aplicable al caso vuestro. Si la pérdida de
sustancia fuese menos considerable, podría despegar los bordes de la
herida, avivarlos, ponerlos en contacto y unirlos de primera intención.
Mas no hay que pensar en esto.
--De lo que me alegro infinito--contestole el notario.--No podéis
imaginaros, doctor, hasta qué punto la idea de heridas avivadas y de
bordes suturados me descomponen los nervios. ¡Examinemos otros medios
más suaves, yo os lo ruego!
--La cirugía raramente procede con dulzura; pero, en fin, os queda la
elección entre el sistema indio y el italiano. El primero consiste en
cortar en la piel de vuestra frente una especie de triángulo, con el
vértice hacia abajo y la base hacia arriba, con el cual se fabrica la
nueva nariz. Se despega este trozo de piel en toda su extensión, salvo
el vértice inferior que debe permanecer adherido. Se le hace girar sobre
este vértice, a fin de que me quede siempre hacia fuera la epidermis, se
le rebate hacia abajo y se cosen sus bordes a los de la herida. En otros
términos, puedo haceros otra nariz bastante presentable a expensas de
vuestra frente. El éxito de la operación es casi cierto; pero siempre
conservaréis en la frente una extensa cicatriz.
--No quiero cicatrices, doctor; no las quiero a ningún precio. Os digo
más, doctor (y perdonadme esta debilidad), desearía que, a ser posible,
no me hicieseis ninguna operación. Acabo de sufrir una hace poco, de
manos de ese turco condenado, y, para prueba, ya basta. Se me hiela la
sangre al recordar la sensación solamente. Tengo tanto valor como
cualquier otro hombre, mas tengo nervios también. La muerte no me
asusta, pero el sufrimiento me aterra. Matadme, si queréis, pero, ¡por
Dios no me cortéis más nada!
--Caballero--replicole el doctor, con cierto dejo de ironía,--si tal
prevención sentís contra las operaciones, hubierais debido llamar a un
médico homeópata en vez de hacer venir a un cirujano.
--No os burléis de mí, doctor. No he sabido reprimirme ante la idea de
la operación india. Los indios son salvajes y tienen una cirugía digna
de ellos. ¿No habéis hablado también de un sistema italiano? No me
agradan los italianos por su política. Son un pueblo ingrato, que ha
observado la conducta más negra con sus legítimos amos; pero, en materia
de ciencia, no siento ninguna prevención contra esos bribones.
--Muy bien--respondió el doctor,--optad, si os place, por el método
italiano. Da a veces resultados excelentes, pero exige una inmovilidad y
paciencia de la que tal vez no seáis capaz.
--Si sólo se trata de inmovilidad y paciencia, os respondo en absoluto
de mí.
--¿Sois capaz de permanecer, por espacio de treinta días, en una
posición extremadamente molesta?
--Sí.
--¿Con la nariz cosida al brazo derecho?
--Sí.
--En ese caso, os cortaré del brazo un trozo triangular de piel, de
quince o diez y seis centímetros de longitud, por diez u once de
anchura...
--¿Que me cortaréis a mí ese trozo de piel?
--Sin duda.
--¡Pero eso es espantoso, doctor! ¡desollarme vivo! ¡sacarme el pellejo
a tiras! ¡eso es bárbaro, inhumano, propio de la Edad Media, digno sólo
de Shiloock, el judío de Venecia!
--Lo de menos es la herida del brazo. Lo difícil es permanecer cosido a
sí mismo por espacio de treinta días.
--A mí sólo me horroriza el corte del escalpelo. Cuando se ha sentido ya
el frío de la hoja de acero al penetrar en la carne viva, se horripila
uno al pensarlo. Una vez, y nada más, mi querido doctor.
--Siendo así, caballero, no hay nada que aquí exija mi presencia: Os
quedaréis sin nariz para toda vuestra vida.
Esta especie de condena sumió al pobre notario en profunda
consternación, que le hizo recorrer la estancia a grandes pasos,
mesándose los cabellos de su hermosa y rubia cabellera como un loco.
--¡Mutilado!--exclamaba, llorando;--¡mutilado para siempre! ¡No hay
remedio para mí! ¡Si existiese alguna droga, algún tópico misterioso
cuya virtud devolviera la nariz a los que la han perdido, lo compraría a
peso de oro! ¡Lo enviaría a buscar al fin del mundo! Hasta sería capaz
de fletar para ello un buque si no hubiera otro remedio. ¡Pero nada! ¿de
qué me sirve ser rico? ¿de qué sirve que seáis un cirujano ilustre, si
toda vuestra habilidad y todos mis sacrificios no sirven absolutamente
para nada? ¡Riqueza, ciencia! ¡he aquí dos palabras hueras!
Pero M. Bernier le respondía de vez en cuando, con imperturbable calma:
--Permitidme que os corte un trozo de piel del brazo, y os reconstruiré
la nariz.
M. L'Ambert pareció decidirse un instante. Quitose la levita y
arremangose la manga de la camisa; pero cuando vio abierto el estuche
del cirujano, y brillaron ante sus aterrados ojos las hojas relumbrantes
de treinta instrumentos de suplicio, palideció intensamente y se
desplomó, desmayado, sobre una butaca. Algunas gotas de agua con vinagre
le devolvieron el conocimiento, mas no la resolución.
--No pensemos más en esto--dijo recuperando la calma.--Nuestra
generación posee toda clase de valores, mas se arredra ante el dolor. Es
culpa de nuestros padres que nos han criado envueltos entre nubes de
algodón en rama.
Pocos instantes después, aquel joven, que profesaba los más religiosos
principios, púsose a blasfemar de la Providencia.
--En realidad--exclamó,--el mundo es una gran trapisonda, ¡bendigamos
por ello al Creador! Con mis doscientos mil francos de renta, me quedaré
para el resto de mi vida tan chato como una calavera; en tanto que mi
portero, que no tiene jamás en el bolsillo diez escudos, lucirá la nariz
de un Apolo de Beldevere. ¡La Suprema Sabiduría, que tantas cosas ha
previsto, no acertó a prever que un turco me cortaría la cabeza por
saludar a la señorita Victorina Tompain! Hay en Francia tres millones de
pordioseros, todos los cuales juntos no valen medio franco, ¡y no puedo
yo comprar a peso de oro la nariz de cualquiera de esos miserables!...
Y, después de todo, ¿por qué?
Su rostro iluminose por un rayo de esperanza, y añadió, con tono más
dulce:
--Mi anciano tío de Poitiers, en su última enfermedad, se hizo inyectar
cien gramos de sangre bretona en la vena cefálica mediana: un antiguo
servidor prestose a suministrársela. Mi bella tía Giromagny, cuando aún
conservaba su belleza, hizo arrancar un incisivo a una de sus doncellas
más hermosas para reemplazar un diente que acababa de perder. Este
expediente dio un resultado magnífico, y no costó arriba de tres luises.
Doctor, vos me habéis dicho que, a no ser por la trastada de ese maldito
gato, hubierais podido colocarme nuevamente la nariz en su sitio,
cosiéndomela con cuidado. ¿Me lo habéis dicho, o no?
--Sin duda, y os lo repito.
--Y si lograse comprar la nariz de algún pobre diablo, ¿podríais también
colocármela en reemplazo de la mía?
--Claro está que podría...
--¡Oh, magnífico!
--Pero no me prestaría a hacerlo, ni ninguno de mis colegas tampoco.
--¿Y por qué, queréis decirme?
--Porque mutilar a un hombre sano es un crimen, por muy estúpido que
sea, o muy hambriento que se halle el paciente para consentir en ello.
--A la verdad, doctor, que confundís mis nociones relativas a lo justo y
a lo injusto. Yo me hice reemplazar, cuando fui llamado a filas,
mediante un centenar de luises, por una especie de alsaciano, de pelo
alazán tostado. A mi hombre (porque era bien mío) hubo de llevarle la
cabeza una bala de cañón, el 30 de abril de 1849. Y como dicha bala me
estaba destinada a mí por la suerte, puedo decir con verdad que el
alsaciano en cuestión vendiome su cabeza y toda su persona entera por un
centenar de luises, o algo más. El Estado no sólo toleró, sino que
aprobó esta combinación; vos tampoco tendréis nada que objetar; es muy
posible que vos mismo hayáis comprado también al mismo precio un hombre
entero, que se haya matado por vos. ¡Y sois capaz de escandalizaros
porque ofrezco doble precio, al primer bribón que se presente, por sólo
la punta de la nariz!
El doctor detúvose un momento a meditar una respuesta lógica. Pero, como
no la encontrase, dijo al señorito L'Ambert:
--Si bien no permite mi conciencia desfigurar a otro hombre en beneficio
vuestro, creo que podría, sin escrúpulo, cortar del brazo de cualquier
perillán los pocos centímetros cuadrados de piel que os hacen falta.
--¡Vaya, doctor! ¡tomadlos de dónde mejor os plazca, con tal de que
reparéis este estúpido accidente! Busquemos en seguida un hombre de
buena voluntad, y ¡viva el método italiano!
--Os prevengo de nuevo, sin embargo, que tendréis que permanecer un mes
entero en una situación bien molesta.
--¡Qué me importan todas las molestias del mundo, si al cabo de ese mes
puedo presentarme de nuevo en el -foyer- de la Opera!
--Convenido. ¿Habéis pensado ya en alguien? ¿Acaso ese portero de quien
ahora poco hablabais...?
--¡Me parece muy bien! Será fácil comprarlo, con su mujer y sus hijos,
por un centenar de escudos. Cuando Barberau, su antecesor, se retiró no
sé adónde, para vivir de sus rentas, un cliente recomendome a este, que
se estaba literalmente muriendo de hambre.
Llamó M. L'Ambert, y ordenó al ayuda de cámara, que se presentó al
instante, que hiciera subir a Singuet, el nuevo portero.
Acudió el hombre, y lanzó un grito de espanto al contemplar el rostro de
su amo.
Era el verdadero tipo del pobre diablo parisiense, que es el más pobre
de todos los diablos: un hombrecillo de treinta y cinco años de edad, al
cual todos le hubieran echado sesenta, a juzgar por su aspecto flaco,
amarillo y desmirriado.
M. Bernier examinolo atentamente y le mandó volver otra vez a la
portería.
--La piel de este hombre--dijo--no sirve para nada. Acordaos que los
jardineros toman las varas, para efectuar sus injertos, de los árboles
más sanos y rollizos. Elegidme a un mozo fuerte y rebosando salud entre
vuestra servidumbre; de sobra los tendréis.
--Sí, pero no será empresa fácil convencerlos. Mis criados son todos
caballeros, que poseen capitales y valores en cartera, y especulan al
alza y a la baja, como todos los criados de casa grande. No creo que
haya ninguno entre ellos que quiera comprar con el precio de su sangre
un dinero que se gana tan fácilmente en la Bolsa.
--Pero tal vez halléis alguno que por abnegación y cariño...
--¿Abnegación y cariño entre estas gentes? ¡Creo que os burláis, doctor!
Nuestros padres tenían servidores abnegados: nosotros sólo poseemos unos
grandísimos pillos que medran a nuestra costa, y, en el fondo, tal vez
salgamos ganando. Nuestros padres, que se veían amados por estas
gentes, creíanse obligados a pagarles en la misma moneda. Sufrían sus
defectos, asistíanlos en sus enfermedades, alimentábanlos en su vejez:
esto era insoportable. Yo pago a mis criados para que me sirvan bien, y,
cuando no estoy satisfecho de ellos, los despido, sin meterme a
averiguar si es falta de voluntad, vejez o indisposición lo que motiva
su mal comportamiento.
--Entonces no encontraremos en vuestra casa el hombre que precisamos.
¿Tenéis alguno a la vista?
--¿Yo? Ninguno. Pero es igual; el primer advenedizo, el mozo de cordel
de la esquina, el aguador que grita en este momento en la calle.
Sacó del bolsillo las gafas, levantó ligeramente la cortina, examinó, a
través de aquéllas, la calle de Beaune, y dijo al doctor:
--He ahí a un muchacho que no tiene mala cara. Tened la bondad de
hacerle señas, porque yo no me atrevo a mostrar a los transeúntes mi
rostro.
M. Bernier abrió la ventana en el momento en que la víctima elegida
gritaba a plenos pulmones:
--¡Agua muy fresca!
--¡Muchacho!--gritole el doctor,--dejad vuestro tonel y subid por la
calle de Verneuil, si queréis ganar un buen puñado de luises.
IV
CHEBACHTIÁN ROMAGNÉ
Llamábase Romagné, por su padre. Sus padrinos le habían puesto, al
bautizarle, Sebastián; pero, como era natural de Frognac-les-Mauriac,
departamento de Cantal, invocaba a su patrón bajo el nombre de -Chan
Chebachtián-. Todo hace presumir que había escrito su nombre con -ch-;
pero, afortunadamente, no sabía escribir. Este hijo de la Auvernia
contaba veinticuatro o veinticinco años de edad, y poseía la
constitución de un verdadero Hércules: alto, grueso, rechoncho,
colorado; fuerte como un buey de labor, dulce y fácil de conducir como
un corderillo blanco. Imaginaos un hombre fabricado de la pasta mejor,
al par que la más grosera.
Era el mayor de diez hijos, entre mujercitas y varones, que tragaban y
bullían bajo el techo paternal. Su padre poseía una cabaña, un pedazo de
tierra, algunos castaños en el monte, media docena de cerdos, y dos
brazos para cavar el terreno. La madre hilaba cáñamo; los varones
ayudaban al padre; las mujercitas arreglaban la casa y se cuidaban las
unas a las otras, haciendo la mayor de niñera de la más pequeña, y así
todas las otras, hasta terminar la escala.
El joven Sebastián jamás brilló por su inteligencia, ni por su memoria,
ni por ningún don intelectual; pero, en cambio, poseía un corazón
excelente. Le habían enseñado algunos capítulos del catecismo como se
enseña a los mirlos a silbar cualquier tonadilla; pero siempre profesó
los sentimientos más cristianos. Jamás abusó de sus fuerzas contra las
personas ni contra los animales; evitaba las querellas y recibía con
frecuencia coscorrones, sin devolverlos jamás. Si el subprefecto de
Mauriac hubiese querido conceder una medalla de plata, no hubiera tenido
más que escribir a París, porque Sebastián había salvado a muchas
personas, con grave exposición de su propia vida, y en especial a dos
gendarmes que estaban a punto de ahogarse, con sus caballos, en el
torrente del Saumaise. Pero a todo el mundo le parecían sus actos
meritorios la cosa más natural, ya que los ejecutaba por instinto, y a
nadie se le ocurría concederle una recompensa, considerándolo casi como
a un perro de Terranova.
A la edad de veinte años entró en quintas y obtuvo un número alto,
gracias a una novena que hizo, en unión de su familia. Después de esto,
resolvió marcharse a París, siguiendo los usos y costumbres de la
Auvernia, para ahorrar algunos centenares de francos, y volver después a
ayudar a sus padres. Le dieron un traje de pana y veinte francos, que en
Mauriac constituyen una cantidad importante, y aprovechó la ocasión de
marchar un camarada que conocía el camino de la capital. Hizo el camino
a pie, invirtiendo en él diez jornadas, y llegó fresco y dispuesto a
trabajar, con catorce francos y medio en el bolsillo, y los zapatos sin
estrenar, en la mano.
Dos días más tarde, rodaba un tonel por el faubourg de Saint-Germain, en
compañía de otro camarada que no podía ya subir las escaleras, porque
se había relajado. En pago de sus servicios, recibió alojamiento, cama,
manutención y ropa limpia, a razón de una camisa cada mes, sin contar el
franco y medio semanal que le daba su patrón para sus gastos de soltero.
Con sus economías, compró, al cabo del año, un tonel de lance, y se
estableció por su cuenta.
El éxito que obtuvo fue asombroso, y superior a cuanto pudo esperarse.
Su ingenua cortesía, su incansable amabilidad y su intachable honradez,
captáronle la simpatía y protección de todo el barrio. De dos mil
escalones que solía subir al principio, llegó a siete mil gradualmente.
Por eso enviaba hasta sesenta francos mensuales a las buenas gentes de
Frognac. La familia bendecía su nombre y lo encomendaba a Dios con
fervor, mañana y tarde, en sus plegarias; sus hermanos menores tenían
pantalones nuevos, y se pensaba nada menos que enviar a los dos más
pequeños a la escuela.
Su vida, sin embargo, a pesar de soplarle la fortuna, en nada había
cambiado: acostábase al lado de su tonel, en un mal bodegón, y renovaba
la paja de su lecho sólo dos veces al mes. Su traje de pana estaba más
remendado que el vestido de un arlequín. La verdad es que en vestir
habría gastado bien poco, a no ser por los malditos zapatos que
consumían cada mes un kilogramo de clavos. En el comer era donde no
escatimaba lo más mínimo. Adquiría, sin regatear, diariamente cuatro
libras de pan, y hasta, a veces, solía regalarse el estómago con un
trozo de queso o de cebolla, o con media docena de manzanas, compradas
en el puente nuevo. Los domingos y días festivos permitíase el lujo de
comer sopa y carne, y el resto de la semana se chupaba los dedos
recordándolo. Pero era demasiado buen hijo y buen hermano para
permitirse jamás el despilfarro de tomar un vaso de vino. «El vino, el
amor y el tabaco» eran para él artículos fabulosos, que sólo conocía de
oídas. Con mucha mayor razón ignoraba los placeres del teatro, tan caros
para los obreros de París. Nuestro hombre prefería acostarse a las
siete, sin que le costara un céntimo, a aplaudir a M. Dumaine por medio
franco.
Tal era, en lo moral y en lo físico, el hombre a quien M. Bernier llamó,
en la calle de Beaune, para que cediese un buen trozo de su piel a M.
L'Ambert.
Advertidos los criados, hiciéronle pasar en seguida.
Avanzó tímidamente, con el sombrero en la mano, levantando los pies
cuanto podía, y no atreviéndose a sentarlos sobre la alfombra. La
tormenta de aquella mañana lo había salpicado de lodo hasta las axilas.
--Si me llaman para que suministre agua a la casa--dijo saludando al
doctor, y convirtiendo en ches cuantas eses tenía que pronunciar,--le...
M. Bernier cortole la palabra.
--No, amigo mío; no se trata de nada relacionado con vuestro comercio.
--¿De qué se trata, pues?
--De otra cosa completamente distinta. Al señor le han cortado la nariz
esta mañana.
--¡Ah, demontre! ¡pobre hombre! ¿Quién ha hecho esa villanía?
--Un turco; pero esto es lo de menos.
--¡Un salvaje! Sabía ya de referencia que los turcos eran salvajes; pero
no creí que les dejasen venir a París. Esperad un momento, que voy a
avisar a un gendarme.
M. Bernier contuvo este alarde de celo del buen auvernés, y explicóle,
en pocas palabras, la clase de servicio que se pretendía que prestase.
Creyó, al principio, que se burlaban de él, porque se puede ser un
excelente aguador sin tener la más pequeña noción de rinoplastia. Hízole
comprender el doctor que se deseaba tenerle embargado durante un mes, y
comprarle unos ciento cincuenta centímetros cuadrados de su piel.
--La operación no es nada en sí--le dijo,--y os garantizo que os hará
sufrir bien poco; pero os advierto, en cambio, que tendréis que tener
una paciencia enorme para permanecer un mes inmóvil, con el brazo cosido
a la nariz del señor.
--Paciencia no me falta--respondió nuestro hombre;--para algo soy
auvernés. Pero para que yo pase un mes en esta casa prestando a este
señor un importante servicio, será necesario que me abonen los jornales
de esos días.
--Desde luego. ¿Cuánto exigís? Sebastián meditó unos instantes.
--En conciencia--dijo al fin,--ese trabajo bien vale cuatro francos
diarios.
--No, amigo mío--respondiole el notario;--ese trabajo vale mil francos
al mes, o sea, treinta y tres francos diarios.
--No--replicó el doctor, con acento autoritario;--eso vale dos mil
francos.
L'Ambert inclinó la cabeza, y no se atrevió a objetar.
Romagné pidió permiso para terminar aquel día su trabajo, dejar en el
bodegón su tonel y buscar quien le reemplazase durante el mes.
--Por otra parte--dijo,--no vale la pena de comenzar hoy mismo, para
sólo medio día.
Demostráronle que el caso era urgente, y tomó, en vista de ello, sus
medidas. Mandaron a buscar a uno de sus amigos, el cual prometió
reemplazarle por espacio de un mes.
--Tú me traerás el pan todas las noches--le dijo Romagné.
Pero se apresuraron a decirle que la precaución era inútil, pues le
darían de comer en la casa.
--Eso dependerá de lo que me cueste--observó él.
--M. L'Ambert os dará de comer gratis.
--¡Gratis! eso ya es distinto. He aquí mi piel. Cortadmela cuanto antes.
Romagné soportó la operación como un valiente, sin pestañear siquiera.
--Esto es un placer--decía.--Me han contado de un auvernés de mi país
que se hacía petrificar en una fuente mediante un franco por hora.
Prefiero dejarme cortar a pedazos. No es tan molesto, y produce mucho
más.
M. Bernier cosiole el brazo izquierdo al rostro del notario, y ambos
hombres permanecieron, por espacio de un mes, encadenados uno al otro.
Los dos hermanos siameses que excitaron un día la curiosidad de toda
Europa no estaban tan indisolublemente unidos. Pero aquéllos eran
hermanos, acostumbrados a soportarse mutuamente desde la más tierna
infancia, y habían recibido la misma educación. Si uno hubiese sido
aguador y el otro notario, tal vez no hubiesen dado el espectáculo de
una amistad tan fraternal.
Romagné jamás se quejaba de nada, por muy extraña que la nueva
situación le pareciese. Obedecía como un esclavo, o, por mejor decir,
como un buen cristiano, todos los mandatos del hombre que le comprara su
piel. Se levantaba, se sentaba, se acostaba, se volvía hacia la derecha
o la izquierda, según el capricho de su señor. No obedece con tanta
sumisión al Polo Norte la aguja imantada, como Romagné a M. L'Ambert.
Esta heroica mansedumbre enterneció el corazón del notario, que, a decir
verdad, nada tenía de blando. Sintió por espacio de tres días una
especie de gratitud por los buenos cuidados que le prodigaba su víctima;
mas no tardó en cobrarle antipatía y hasta horror.
Un hombre joven, activo y lleno de salud, no se acostumbra nunca, sin
trabajo, a la inmovilidad absoluta. ¿Qué no será cuando se trate de
permanecer inmóvil al lado mismo de un ser inferior, sucio y sin
educación? Pero lo había querido así la suerte. Era preciso vivir sin
nariz o soportar al auvernés con todas sus consecuencias: comer con él,
dormir con él, llenar al lado suyo, y en la situación más incómoda,
todas las funciones de la vida animal.
Era Romagné un digno y excelente joven; pero roncaba como un órgano.
Adoraba a su familia y amaba a su prójimo; pero jamás se había bañado en
su vida por temor de malgastar el agua, objeto de su comercio. Poseía
los sentimientos más delicados del mundo; pero no sabía imponerse los
sacrificios más elementales que la civilización recomienda. ¡Pobre M.
L'Ambert! ¡y pobre Romagné asimismo! ¡qué noches y qué días! ¡qué lluvia
de puntapiés! Inútil es decir que Romagné los recibía sin quejarse,
temeroso de que un falso movimiento diese al traste con el experimento
del doctor Bernier.
El notario recibía buen número de visitas. Vinieron a verle todos sus
compañeros de aventuras, que se burlaban del auvernés. Enseñáronle a
fumar cigarrillos, y a beber vino y aguardiente. El pobre diablo se
entregaba a estos placeres con la ingenuidad de un piel roja. Lo
emborracharon, lo ahitaron de manjares, le hicieron descender todos los
escalones que separan al hombre de la bestia. Era preciso educarle
nuevamente, y aquellos buenos señores acometieron esta difícil tarea con
placer mefistofélico. ¿No era, por ventura, una cosa divertida y
agradable la empresa de desmoralizar al auvernés?
Cierto día le preguntaron en qué pensaba emplear los cien luises de M.
L'Ambert cuando acabase de ganarlos.
--Los emplearé en papel del cinco por ciento, y me producirán cien
francos de renta--contestoles.
--¿Y después?--preguntole un emperejilado millonario de veinticinco años
de edad.--¿Serás más rico con eso? ¿serás más dichoso acaso? ¡Tendrás
treinta céntimos de renta diaria! Si te casas, lo cual es inevitable,
pues eres de la madera de que se fabrican los imbéciles, tendrás doce
hijos al menos.
--¡Es posible!--replicó el auvernés, riendo de buena gana.
--Y, en virtud del Código civil, linda invención del Imperio, le dejarás
a cada uno de ellos un par de céntimos al día. En tanto que, con dos mil
francos, puedes vivir un mes lo menos como un rico, conocer los
placeres de la vida y elevarte muy por encima de tus semejantes.
Romagné se defendía como un gato panza arriba contra estas tentativas de
corrupción; pero hubieron de descargar tantos golpes sobre su espeso
cráneo, que acabaron por abrir en él un pequeño orificio por donde
penetraron las ideas falsas, y se fueron apoderando de su cerebro.
También acudieron las damas, de las cuales conocía L'Ambert muchísimas
en todas las capas sociales. Romagné presenció las escenas más diversas;
escuchó numerosas protestas de amor y fidelidad que carecían de
verosimilitud. M. L'Ambert no sólo no se recataba de mentir como un
bellaco en su presencia, sino que, en ocasiones, se complacía, en la
intimidad, en mostrarle todas las falsedades que forman, por decirlo
así, el cañamazo donde se borda la vida elegante.
¡Y el mundo de los negocios! Romagné creyó descubrirlo, como Cristóbal
Colón, porque no tenía de él noción alguna. Los clientes del notario no
se recataban de él para tratar las mayores enormidades: hablaban en su
presencia como pudieran hacerlo delante de una docena de ostras. Vio
padres de familia que buscaban el modo de despojar a sus hijos en
provecho de una amante o de alguna obra piadosa; jóvenes que estudiaban
la manera de robar la dote a su futura esposa por medio de un contrato;
prestamistas que exigen el diez por ciento sobre primeras hipotecas y
prestatarios que hipotecaban fincas imaginarias.
Carecía de talento y su inteligencia no era muy superior a la de
cualquier perro de aguas; pero su conciencia se le reveló.
--Vos no poseéis mi estima--le dijo un día al notario, creyendo hacerle
un gran bien.
Y la repugnancia que L'Ambert sentía por él trocose en odio mortal.
En los últimos ocho días de su forzada intimidad sucediéronse las
tempestades casi sin interrupción.
Al fin adquirió Bernier la plena convicción de que el trozo de piel
había arraigado en la cara del notario, a pesar de los innumerables
tirones que sufriera. Desunió a los dos enemigos, y modeló una nariz a
L'Ambert con el trozo de piel que había cesado ya de pertenecer al
auvernés. Y el acicalado millonario de la calle de Verneuil, arrojó dos
billetes de a mil francos al rostro de su esclavo, diciéndole:
--¡Toma, infame! El dinero es lo de menos; pero me has hecho gastar lo
menos cien mil escudos de paciencia. Vete ahora mismo de aquí; sal de
mi casa para siempre, y haz de modo que nunca jamás, en mi vida, vuelva
a oír pronunciar tu nombre.
Romagné diole las gracias, con gesto no desprovisto de altivez, se bebió
una botella de vino en la cocina, tomó un par de copitas con Singuet, y
marchó tambaleándose hacia su antiguo domicilio.
V
GRANDEZA Y DECADENCIA
M. L'Ambert volvió a entrar en el mundo con éxito; casi podría decirse
que con gloria. Sus testigos le hicieron la más estricta justicia
diciendo que se había batido como un león. Los viejos notarios sentíanse
rejuvenecidos por su valor.
--¡Ved ahí--decían,--lo que somos cuando se nos pone en ciertos trances!
¡Los notarios son tan hombres como cualquier otro! La suerte de las
armas hizo traición a maese L'Ambert; pero supo adoptar al caer un bello
gesto: ha sido un Waterloo. ¡Aunque digan lo que quieran, somos gentes
decididas!
De esta manera se expresaban el respetable maese Clopineau, y el digno
maese Labrique, y el untuoso maese Bontoux, y todos los nestores del
notariado. Los jóvenes hablaban en parecidos términos, con ciertas
variantes inspiradas por los celos.
--No queremos renegar--decían,--de maese L'Ambert: ciertamente que nos
honra, aun cuando nos compromete un poco; pero cada uno de nosotros
hubiera procedido con el mismo valor, y quién sabe si con menos torpeza.
Un funcionario público no debe dar estos escándalos. No se debiera ir
nunca al terreno del honor más que por causas confesables. Si yo fuese
padre de familia, preferiría confiar mis asuntos a un hombre prudente, y
no a un héroe de aventuras dudosas, etc., etc.
Pero la opinión del bello sexo, que es la que prevalece, habíase
declarado en favor del héroe de Parthenay. Tal vez no hubiera contado
con tan rara unanimidad si se hubiese conocido el episodio del gato;
quizás también ese sexo tan encantador como injusto habría condenado a
L'Ambert si hubiese tenido la avilantez de reaparecer ante el mundo sin
nariz. Pero todos los testigos habían guardado la mayor discreción
acerca del ridículo incidente del gato, y M. L'Ambert, lejos de estar
desfigurado, parecía haber ganado en el cambio.
Una baronesa observó que su fisonomía era más dulce desde que llevaba la
nariz recta. Una vieja canonesa, dechado de malicia, preguntó al
príncipe de B... si no haría bien en buscarle querella al turco. El
aguileño príncipe gozaba de una reputación hiperbólica.
Alguno preguntará cómo las damas del gran mundo podían interesarse en
peligros que no habían sido corridos por ellas. Los hábitos de maese
L'Ambert eran bien conocidos, y se sabía que una gran parte de su
corazón y de su tiempo los empleaba en la Opera. Pero el mundo perdona
fácilmente estas distracciones a los hombres que no se entregan a ellas
por completo. Representa el papel del fuego, y se contenta con lo poco
que le dan. Se agradecía a M. L'Ambert que no estuviese perdido más que
a medias, cuando tantos, a su edad, están perdidos del todo. No dejaba
de frecuentar las casas honradas, conversaba con las viudas, bailaba con
las solteras y tocaba en ocasiones el piano de una manera aceptable; no
hablaba, en fin, de caballos a la moda. Estos méritos, bastante raros
por cierto entre los jóvenes millonarios del faubourg, le concillaban
la benevolencia de las damas. Una linda devota, la señora de L...,
habíale demostrado durante tres meses que los placeres más vivos no
consisten en la disipación y el escándalo.
No se crea por eso que había roto en absoluto con el cuerpo de baile; la
severa lección recibida no le había hecho concebir el menor horror hacia
aquella hidra de cien encantadoras cabezas. Una de sus primeras visitas
fue para el templo donde brillaba la señorita Victorina Tompain. ¡Allí
sí que se le tributó un recibimiento entusiasta! ¡Con qué amistosa
curiosidad corrió todo el mundo a su encuentro! ¡Qué dulcísimos
dictados! ¡qué apretones de manos tan cordiales! ¡Cuántos labios
hechiceros se alargaron hacia él, en forma de tentador hocico, para
recibir un beso amistoso, sin la menor consecuencia! El notario estaba
radiante. Todos sus amigos de los días pares, todos los altos
dignatarios de la francmasonería del placer, le dieron la enhorabuena
por su curación milagrosa. Reinó durante todo un entreacto en aquel
reino envidiable. Le hicieron referir su aventura y explicar el
tratamiento del doctor Bernier, admirando todos la habilidad con que
estaban dados los puntos de sutura, que apenas se conocían.
--Imaginaos que ese excelente Bernier ha completado mi persona con la
piel de un auvernés. ¡Y qué auvernés, Dios mío! ¡El más estúpido y sucio
de la Auvernia! Nadie lo diría al ver el trozo de piel que me ha
vendido. ¡Qué horas tan desagradables me ha hecho pasar el muy burro!...
Los mozos de cordel que veis por las esquinas son petimetres al lado
suyo. Pero, gracias al cielo, ya me veo libre de él. El día en que le
pagué sus servicios y lo puse de patitas en la calle, se me quitó de
encima un peso inmenso. Se llama Romagné, ¡bonito nombre! Jamás lo
pronunciéis en mi presencia. ¡Si queréis que viva largos años, no me
habléis jamás de Romagné!
La señorita Victorina Tompain no fue, por cierto, la última en
cumplimentar al héroe. Ayvaz-Bey la había abandonado indignamente,
dejándole cuatro veces más dinero del que valía ella. El magnánimo
L'Ambert hubo de mostrarse con ella dulce y clemente.
--No os guardo rencor--le dijo,--ni a ese bravo turco tampoco. Sólo
tengo un enemigo en el mundo: un auvernés llamado Romagné.
Y pronunciaba su nombre con una entonación cómica que hizo gracia a todo
el mundo. Creo que aun hoy día la mayor parte de aquellas señoritas
dicen: «Mi Romagné, cuando hablan de su aguador.»
De esta suerte transcurrieron los tres meses de estío. La estación fue
deliciosa y casi todas las familias se ausentaron de París. La Opera
viose invadida por provincianos y extranjeros. M. L'Ambert frecuentola
bastante menos que otras veces.
Casi todos los días, al sonar las seis de la tarde, despojábase de la
gravedad del notario y partía para Maisons-Lafitte, donde había
alquilado un chalet, y adonde acudían a verle sus amigos y hasta sus
amiguitas. Jugaban en el jardín a toda clase de juegos campestres, y os
garantizo que el columpio nunca holgaba.
Uno de los más asiduos y animados concurrentes era el agente de cambios,
M. Steimbourg. La aventura de Parthenay habíale ligado a L'Ambert con
lazos más estrechos. M. Steimbourg pertenecía a una buena familia de
israelitas convertidos; su cargo valía dos millones y poseía una fortuna
de medio millón, de suerte que ya se podía trabar amistad con él. Las
amantes de los dos amigos se llevaban bastante bien, lo cual equivale a
decir que sólo se peleaban una vez por semana. ¡Qué bello es contemplar
cuatro corazones que laten al unísono! Los hombres montaban a caballo,
leían el -Fígaro-, o comentaban los chismes de la ciudad; las damas se
echaban mutuamente las cartas, con gracia sin igual: ¡una edad de oro en
miniatura!
M. Steimbourg creyó un deber presentar a su amigo a su familia.
Condújole a Bieville, donde su padre se había hecho construir un chalet.
M. L'Ambert fue recibido en él por un viejo muy verde, una señora de
cincuenta años, que no había abdicado aún, y dos jovencitas
extremadamente coquetas; y a primera vista advirtió que no entraba en
una casa de fósiles. Por el contrario: tratábase de una familia moderna
y perfeccionada. Padre e hijo eran dos buenos compañeros que se daban
mutuas bromas acerca de sus calaveradas. Las muchachas habían visto
cuanto se representaba en el teatro, y leído cuanto se ha escrito. Pocas
personas conocían mejor que ellas la crónica elegante de París; les
habían sido mostradas, en el teatro y en el bosque de Boloña, las más
celebradas bellezas de todas las clases sociales; las habían llevado a
presenciar las ventas de los mobiliarios más ricos, y disertaban de la
manera más agradable sobre las esmeraldas de la señorita X... y las
perlas de la señorita Z... La mayor, la señorita Irma Steimbourg,
copiaba con verdadera pasión los trajes y sombreros de la señorita
Fargueil; la menor, había enviado a uno de sus amigos a casa de la
señorita Figeac para que le pidiese la dirección de su modista. Una y
otra eran ricas y poseían buena dote. Irma le gustó más a L'Ambert. El
apuesto notario pensaba de vez en cuando que medio millón de dote y una
mujer que sabe llevar un traje no son cosas despreciables. Viéronse con
frecuencia, casi una vez por semana, hasta que llegaron las primeras
heladas de noviembre.
Tras un otoño dulce y brillante, cayó como una teja el invierno. Es un
hecho bastante conocido en nuestros climas, pero la nariz de L'Ambert
dio pruebas, en esta ocasión, de una sensibilidad extraordinaria.
Enrojeciose un poco al principio, después mucho; fuese hinchando por
grados hasta tornarse deforme. Después de una partida de caza alegrada
por el viento Norte, experimentó el notario intolerable comezón. Mirose
en el espejo de un mesón, y desagradole en extremo el color de su nariz.
A decir verdad, parecía un sabañón mal colocado.
Consolose pensando que un buen fuego le devolvería su figura natural, y,
en efecto, el calor se la descongestionó y rebajó su color durante
algunos momentos. Pero, al siguiente día, la comezón presentose
nuevamente, los tejidos se inflamaron mucho más, y presentose de nuevo
la coloración rojiza, acompañada de ciertos tintes violáceos. Ocho días
sin salir de su casa, sentado delante del hogar, borraron tan fatales
matices; pero reaparecieron, a pesar de las pieles de zorra azul, a la
primera salida.
Muerto de susto L'Ambert, envió a buscar en seguida al doctor Bernier.
Este acudió a toda prisa; diagnosticó una ligera inflamación y
prescribió unas compresas de agua helada. Sin embargo, la nariz no tuvo
alivio, a pesar de la refrigeración, y el doctor no salía de su asombro
al ver la persistencia del mal.
--Tal vez tenga razón Dieffembach--dijo al notario,--al asegurar que la
piel puede morir por un exceso de sangre, y recomendar que se le
apliquen sanguijuelas. ¡Ensayemos!
Aplicose a L'Ambert una sanguijuela en la punta de la nariz, y, cuando
se desprendió, harta de sangre, reemplazósela por otra, y así
sucesivamente, dos días y dos noches. La hinchazón y la coloración
desaparecieron por algún tiempo; mas sus efectos no fueron de larga
duración. Fue preciso recurrir a otro expediente. Pidió M. Bernier
veinticuatro horas para reflexionar, y se tomó cuarenta y ocho.
Cuando volvió al hotel de M. L'Ambert, estaba preocupado y daba muestras
de una timidez excesiva, y tuvo que realizar sobre sí mismo un gran
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