La nariz de un notario
Edmond About
Translator: Carlos De Pineda
BIBLIOTECA de LA NACION
EDMUNDO ABOUT
LA NARIZ DE UN NOTARIO
TRADUCCIÓN DE CARLOS DE PINEDA
BUENOS AIRES
1916
Derechos reservados
Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires
INDICE
I.--El oriente y el occidente se acometen: la sangre corre ya.
II.--La caza del gato.
III.--Donde defiende el notario su pellejo con más éxito.
IV.--Chebachtián Romagné.
V.--Grandeza y decadencia.
VI.--Historia de unas gafas y consecuencias de un catarro nasal.
A M. ALEJANDRO BIXIO
Permitidme, señor, que encabece este humilde trabajo con el nombre
ilustre y querido de un hombre que ha consagrado toda su vida a la causa
del progreso; de un padre que ha ofrecido sus dos hijos a la liberación
de Italia; de un amigo que se ha apresurado a darme una prueba de
simpatía al siguiente día de -Gaetana-.
E. A.
LA NARIZ DE UN NOTARIO
I
EL ORIENTE Y EL OCCIDENTE SE ACOMETEN: LA SANGRE CORRE YA
Maese Alfredo L'Ambert, antes de recibir el golpe fatal que le obligó a
cambiar de narices, era, sin duda alguna, el notario más notable de
Francia. En la época aquella contaba treinta y dos años; era de elevada
estatura, y poseía unos ojos grandes y rasgados, una frente despejada y
olímpica, y su barba y sus cabellos eran de un rubio admirable. Su nariz
(la parte más prominente de su cuerpo), se retorcía majestuosa en forma
de pico de águila. Aunque alguno no me crea, su nítida corbata blanca le
sentaba a maravilla. ¿Era debido esto a que la usaba desde su más tierna
infancia, o porque se surtía de ellas en alguna tienda afamada? Yo opino
que eran ambas razones a un tiempo.
Una cosa es atarse en torno del cuello un pañuelo de bolsillo blanco,
hecho una torcida, y otra muy distinta formar, con arte y perfección, un
espléndido nudo de inmaculada batista, cuyas puntas iguales, almidonadas
sin exceso, se dirigen simétricamente a derecha e izquierda. Una corbata
blanca elegida con acierto y anudada con esmero no es un adorno sin
gracia; todas las mujeres os dirán lo mismo que yo. Pero no basta
anudársela con maestría y con primor; es preciso, además, saberla
llevar; esto es cuestión de práctica. ¿Por qué parecen los obreros tan
torpes y desmañados el día que se casan? Porque suelen colocarse para el
acto de la boda una corbata blanca sin previa preparación.
Se acostumbra uno en seguida a llevar los más exorbitantes tocados: una
corona por ejemplo. El soldado Bonaparte recogió una que el rey de
Francia había dejado caer en la plaza de Luis XV: colocósela él mismo,
sin que nadie le hubiese dado lecciones, y Europa declaró que aquel
tocado no le sentaba muy mal. Animado por el éxito, no tardó en
introducir la moda de las coronas en el círculo de su familia y de sus
íntimos. Todos los que le rodeaban se la encasquetaron, o así lo
pretendieron por lo menos. Pero este hombre extraordinario no pasó nunca
de ser un porta-corbatas mediocre. El vizconde de C***, autor de varios
poemas en prosa, había estudiado bien la diplomacia, o sea el arte de
ponerse la corbata con fruto.
Asistió, en 1815, a la revista de nuestro último ejército, algunos días
antes de la campaña de Waterloo; y, ¿sabéis lo que más llamó su atención
en aquella fiesta heroica en que se desbordó el entusiasmo desesperado
de un gran pueblo? Que la corbata de Napoleón no estaba bien anudada.
Pocos hombres, en este terreno pacífico, hubiera podido medirse con
maese Alfredo L'Ambert. Se firmaba L'Ambert, y no Lambert, en virtud de
un acuerdo del Consejo de Estado. El señorito L'Ambert, sucesor de su
padre, ejercía de notario por derecho de herencia. Hacía más de dos
siglos que esta ilustre familia se transmitía, de varón en varón, el
estudio de la calle de Verneuil con la más elevada clientela del
faubourg Saint-Germain.
El cargo no había sido cotizado, toda vez que jamás había salido de la
familia; pero, a juzgar por los beneficios de los cinco últimos años, no
era posible evaluarlo en menos de trescientos mil escudos. Es decir, que
producía un promedio anual de unas noventa mil libras. Desde hacía más
de dos siglos todos los primogénitos de la familia habían sabido llevar
la corbata blanca con tanta desenvoltura como llevan los cuervos sus
mejores plumas negras, los borrachos su amoratada nariz, o los poetas
sus raídas vestimentas. Heredero legítimo de un nombre y de una fortuna,
el joven Alfredo había mamado en los pechos de su madre la elegancia y
distinción, al par que los buenos principios. Despreciaba tanto como se
merecen las innovaciones políticas introducidas en Francia a partir de
la catástrofe de 1879. A su juicio, la nación francesa componíase de
tres clases: el clero, la nobleza y el estado llano. Opinión respetable
y compartida hoy aún por un reducido número de senadores. Se colocaba
modestamente a sí mismo en uno de los primeros puestos del estado llano,
no sin sustentar ciertas pretensiones secretas de formar con la nobleza.
Sentía un profundo desprecio hacia el grueso de la nación francesa, ese
hacinamiento de obreros y campesinos que recibe el nombre de pueblo, o
de vil plebe. Procuraba rozarse con él todo lo menos posible, por
respeto a su amable persona, a quien cuidaba y quería con pasión. Sano,
esbelto y vigoroso como un sollo de río, estaba convencido de que
aquella gentuza era una especie de morralla creada por la Providencia
expresamente para nutrir a los señores sollos.
Hombre, por lo demás, agradable, como todos los egoístas; estimado en
el Palacio, en el círculo, en la cámara de notarios, en las conferencias
de San Vicente de Paúl y en la sala de armas; buen tirador de punta y de
contrapunta; excelente bebedor y amante generoso, mientras tenía el
corazón interesado; amigo fiel de los hombres de su rango; acreedor
bondadoso, mientras cobraba los intereses de su capital; delicado en sus
gustos, atildado en el vestir, limpio como un luis de nuevo cuño, y
asiduo concurrente los domingos a los oficios de Santo Tomás de Aquino,
y los lunes, miércoles y viernes a la Opera: hubiera sido el más
perfecto -gentleman- de su época, así en lo físico como en lo moral, a
no ser por una deplorable miopía que le condenaba a usar gafas. ¿Será
necesario agregar que sus gafas eran de oro y las más finas, ligeras y
elegantes que salieron jamás de los talleres del celebre Mateo Luna,
del muelle de los Plateros?
No las llevaba siempre puestas, colocándoselas tan sólo en su despacho,
o en casa de sus clientes, cuando tenía que leer alguna escritura. No es
necesario decir que los lunes, miércoles y viernes, al entrar en el
templo de la danza, tenía muy buen cuidado de desenmascarar sus bellos
ojos. Ningún cristal bicóncavo velaba en semejantes ocasiones, el brillo
encantador de sus pupilas. Es muy cierto que no veía gota, y que
saludaba a veces a una figuranta tomándola por una estrella; pero
marchaba siempre con el aire resuelto de un Alejandro al entrar en
Babilonia. Por eso las muchachas del cuerpo de baile, que se complacen
en poner remoquetes a las personas, lo habían bautizado con el
sobrenombre de -Vencedor-. Un turco muy grueso, secretario de la
embajada de su país, era conocido entre ellas por el mote de
-Tranquilo-; un consejero de Estado se llamaba -Melancólico-; un
secretario general del ministerio de***, muy vivo y bullidor, era
conocido por -M. Turlu-, y por eso Elisita Champagne, conocida también
por Champagne II, recibió el nombre de -Turlurette- cuando salió de los
corifeos para elevarse al rango de sujeto.
El párrafo precedente va a dar mucho que pensar a mis lectores de
provincias (si es que tengo la suerte de que este relato traspase alguna
vez las fortificaciones de París). Oyendo estoy desde aquí las miles de
preguntas que dirigen al autor mentalmente. «¿Qué se entiende por el
templo de la danza? ¿Y por cuerpo de baile? ¿Y por estrellas de la
Opera? ¿Y por corifeos? ¿Y por sujetos? ¿Y por figurantas? ¿Qué
secretarios generales son esos que se codean con tales gentes, a trueque
de que les pongan remoquetes? Y, en fin, ¿por qué extraño azar un hombre
de posición y sólidos principios, como el señorito Alfredo L'Ambert,
asistía tres veces por semana al templo de la danza?»
¡Bah, queridos amigos! precisamente porque era un hombre de posición y
de sólidos principios. El templo de la danza era, en aquellos tiempos,
un amplio salón cuadrado, rodeado de viejas banquetas de terciopelo
rojo, en el que se daban cita los hombres más distinguidos de París. A
él concurrían no solamente los banqueros, los secretarios generales y
los consejeros de Estado, sino hasta duques y príncipes, diputados y
prefectos, y los senadores más partidarios del poder temporal del Papa;
sólo faltaban los prelados. Veíanse en él ministros casados, y hasta
los más casados de todos los ministros. Al decir que se veían no quiero
significar que los he visto yo mismo; desde luego comprenderéis que los
pobres periodistas no entraban en aquel lugar como en el molino. Un
ministro tenía en sus manos las llaves de aquel salón de las Hespéridos,
y nadie podía penetrar en él sin la venia de Su Excelencia. ¡Por eso
tenían que ver las rivalidades, los celos y las intrigas! ¡Cuántos
gabinetes han sido derribados bajo los más diversos pretextos, pero, en
el fondo, porque todos los hombres de Estado tenían la pretensión de
reinar en el templo de la danza! ¡No os imaginéis, sin embargo, que
todos estos personajes acudían a aquel lugar atraídos por el cebo de los
placeres ilícitos! Su intención se limitaba a fomentar un arte
eminentemente aristocrático y político.
El transcurso de los años es posible que haya hecho cambiar todo esto,
porque las aventuras del señorito L'Ambert no datan de la semana pasada.
No quiere decir esto, sin embargo, que se remonten a ninguna época
antidiluviana; pero razones de alta conveniencia impídenme precisar la
fecha exacta en que este funcionario ministerial cambió su nariz
aguileña por una nariz recta. Por eso he dicho -en aquellos tiempos-,
hablando de una manera vaga como los fabulistas. Contentaos con saber
que la acción tiene lugar en cierta época de los anales del mundo,
comprendida entre el incendio de Troya por los griegos y el del palacio
de estío, de Pekín, por el ejército inglés: dos memorables etapas de la
civilización europea.
Un contemporáneo y cliente del señorito L'Ambert, el marqués de
Ombremule, decía en el Café Inglés cierta noche:
--Lo que nos distingue del común de los hombres es el fanatismo que
sentimos por el baile. La canalla se desvive por la música. Se cansa de
aplaudir cuando escucha las óperas de Rossini, de Donizetti y de Auber:
diríase que un millón de notas, revueltas en sabrosa ensalada, tiene un
no sé qué que halaga los oídos de esas gentes. Llevan su ridiculez hasta
el extremo de cantar ellos mismos, con sus roncas y estridentes voces, y
la policía les permite que se reúnan en ciertos anfiteatros para
destrozar algunas arias. ¡Buen provecho les haga! En cuanto a mí, jamás
me detengo a escuchar una ópera; me contento con mirarla; voy a ver la
parte plástica, que es la única que me divierte, y me marcho después. Mi
respetable abuela me ha contado que todas las damas encopetadas de su
tiempo sólo iban a la Opera atraídas por el baile, y no regateaban sus
aplausos a los bailadores. Nosotros, a nuestra vez, protegemos a las
bailarinas: ¡maldito él que piense mal!
La duquesita de Biétry, joven, linda y olvidada, tuvo la debilidad de
reprochar a su esposo los hábitos que había aprendido en la Opera:
--¿No os da vergüenza de abandonarme en un palco, con todos vuestros
amigos, para correr no sé adónde?
--Señora--respondiole él,--cuando se tienen fundadas esperanzas de
lograr una embajada, ¿no es lo más natural que estudiemos la política?
--Convenido; pero creo que habrá en París mejores escuelas para ello.
--Ninguna. Aprended, querida mía, que la danza y la política son
hermanas gemelas. El tratar de agradar constantemente, el cortejar al
público, y tener siempre el ojo fijo sobre el director de orquesta, y
refrenar su propio semblante, y cambiar a cada instante de traje y de
color, y saltar de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y
volverse con rapidez, y caer nuevamente de pie, y sonreír, en fin, con
los ojos llenos de lágrimas, ¿no es, acaso, dicho en pocas palabras, el
programa del baile y la política?
La duquesa sonrió, perdonó y se echó un amante.
Los grandes señores, como el duque de Biétry, los hombres de Estado como
el barón de F..., los grandes millonarios como el diminuto señor St...,
y los simples notarios como el héroe de esta historia, codeábanse en el
templo de la danza y entre los bastidores del teatro. Ante la sencillez
e ignorancia de estas ochenta ingenuas que componen el cuerpo de baile,
son iguales todos ellos. Se les conoce con el nombre de abonados, se les
sonríe gratuitamente, se cuchichea con ellos en los rincones, se aceptan
sus confites, y hasta sus diamantes, como galanterías sin consecuencias
y que a nada comprometen a las que los reciben. La gente se imagina sin
razón que es la Opera un mercado de placeres y una escuela de
libertinaje. Nada de eso: se encuentran allí virtudes en mayor número
que en ningún otro teatro de París. ¿Por qué? porque la virtud es allí
más apreciada que en ninguna otra parte.
¿No es cosa interesante el estudiar de cerca este pequeño pueblo de
jóvenes, casi todas ellas de humildísima procedencia, y a quienes el
talento o la belleza pueden elevar en un momento a las más encumbradas
esferas del arte? Muchachitas de catorce a diez y seis años de edad, la
mayor parte de ellas alimentadas con pan seco y con manzanas verdes en
una buhardilla de obreros o en la garita de un portero, vienen al teatro
con vestidos de tartán y con zapatos viejos, y su primer cuidado es
correr a mudarse de traje, sin que nadie pueda notarlo. Un cuarto de
hora después, bajan al templo de la danza esplendorosas, radiantes,
cubiertas de seda, de gasas y de flores, todo a costa del Estado, y más
brillantes que los ángeles, las hadas y las huríes de nuestros sueños.
Los ministros y los príncipes les besan las manos y se manchan sus
irreprochables trajes negros con el albayalde que ellas llevan en los
brazos. Se recitan a sus oídos madrigales nuevos y viejos que sólo a
veces comprenden. Algunas suelen tener talento natural y da gusto
hablar con ellas. Estas no duran allí mucho tiempo.
Un campanillazo indiscreto llama a las hadas al teatro; la muchedumbre
de abonados las acompaña la entrada del escenario, las retiene y
entretiene detrás de los bastidores móviles. Hay virtuoso de estos que
desafía la caída las decoraciones, las manchas de petróleo los quinqués
y los más diversos miasmas por el placer de oír murmurar a una vocecita
ronca estas encantadoras palabras:
--¡Demonio! ¿Cómo me duelen los pies!
Levántase el telón y las ochenta reinas efímeras mariposean gozosas bajo
las ardientes miradas de un público entusiasmado. Cada una de ellas ve,
o cree adivinar, dos, tres, diez adoradores más o menos conocidos.
¡Cuánto disfrutan mientras permanece levantado el telón! Se consideran
hermosas, están ataviadas ricamente, ven todos los gemelos fijos en sus
personas, sienten la admiración que producen y no tienen que temer los
silbidos ni la crítica.
Por fin suenan las doce de la noche y cambia la decoración como en los
cuentos de hadas. La Cenicienta sube con su hermana mayor, o con su
madre, hacia las económicas cumbres de Batignolles o de Montmartre. ¡La
pobre cojea un poquito! El lodo inmundo salpica sus medias grises. La
excelente madre de familia que ha cifrado sus esperanzas todas en esta
querida hija, no cesa, durante el camino, de inculcarle sabias máximas
de moderación y moral.
--Marcha siempre derecha por el camino de la vida, hija mía--le
dice,--¡cuidado con tropezar! Mas si el implacable destino te tiene
deparada esa desgracia, ¡cuida mucho de caer sobre un lecho de rosas!
No siempre son escuchados estos prudentes consejos. A veces el corazón
puede más que la cabeza, y se han visto bailarinas casadas con
bailadores. Se dan casos de jóvenes, bellas como la Venus de Anadyomene,
renunciar a cien mil francos en joyas por unirse ante el altar con un
empleado de dos mil. Otras abandonan a la suerte el cuidado de su
porvenir y labran la desesperación de sus familias. Unas esperan a que
llegue el 10 de abril para disponer de su corazón, porque se han jurado
a sí mismas a ser juiciosas hasta los diez y siete años. Otras
encuentran un protector de su gusto y no se atreven a confesárselo:
temen la venganza de un consejero refrendario que ha jurado matarla, y
suicidarse en seguida, si ama a otro que no sea él. Claro que lo ha
dicho en broma, como podréis comprender; pero en este mundo especial se
toman las palabras en serio. ¡Qué supina ignorancia y sencillez es la de
estas muchachas! Hay quien ha oído disputar a dos jóvenes de diez y seis
años sobre la nobleza de su origen y la categoría social de sus
respectivas familias.
--¡Miren la impertinente!--decía la mayor de ellas;--¡los aretes de su
madre son de plata y los de mi padre de oro!
Maese Alfredo L'Ambert, después de haber andado mariposeando mucho
tiempo de la morena a la rubia, había acabado por prendarse de una linda
trigueña de ojos azules. La señorita Victorina Tompam era honesta, como
se es generalmente en la Opera, hasta que se deja de serlo.
Excelentemente educada, por otra parte, era incapaz de adoptar una
resolución extrema sin antes consultar a sus padres. De unos seis meses
acá, se veía constantemente asediada muy de cerca por el apuesto notario
y por Ayvaz-Bey, el corpulento turco de veinticinco años de edad, a
quien hemos dicho que designaban con el remoquete de -Tranquilo-. Ambos le
habían espetado muy razonados discursos, en los que su porvenir jugaba
papel importante. La respetable señora Tompain había logrado, sin
embargo, que su hija se conservase en un justo medio, esperando que uno
de los rivales se decidiese a plantear el asunto en forma de negocio. El
turco era un buen muchacho, honrado, decente y tímido. Esto no obstante,
habló al fin, y fue escuchado.
Todo el mundo tuvo noticia en seguida de este pequeño contecimiento,
excepto el señorito L'Ambert, que había marchado al Poitou, con objeto
de asistir al entierro de un tío suyo. Cuando volvió a la Opera, la
señorita Victorina Tompain poseía un brazalete de brillantes, unas
dormilonas de brillantes, y un corazón también de brillantes, pendiente
de su cuello a manera de araña de salón. Ya hemos dicho al principio que
el notario era miope; así es que no pudo ver nada de lo que debía haber
notado en seguida, ni aun siquiera las sonrisas picarescas con que fue
acogido a su entrada. Anduvo dando vueltas de un lado para otro,
charlando sin cesar alegremente, y deslumbrando a todo el mundo, como
siempre, con su proverbial elegancia, esperando con impaciencia la
terminación del baile y la salida de las jóvenes. Habíanse cumplido sus
cálculos: el porvenir de la señorita Victorina se hallaba asegurado,
gracias a su excelente tío de Poitiers, que había tenido la inmejorable
idea de morirse en el momento más oportuno.
Lo que se conoce en París con el nombre de pasaje de la Opera es una red
de galerías más o menos estrechas, más o menos alumbradas, de muy
diversos niveles, que unen el bulevar, y las calles Lepeletier, Drouot y
Rossini. Un largo corredor, descubierto en su mayor parte, se extiende,
desde la calle Drouot a la calle Lepeletier, normalmente a las galerías
del Barómetro y del Reloj. En su parte más baja, a dos pasos de la calle
Drouot, ábrese la puerta falsa del teatro, la entrada nocturna de los
artistas. Cada dos días, a eso de la media noche, una oleada de
trescientas o cuatrocientas personas pasa tumultuosa ante los ojos
vivarachos del digno papá Monge, conserje de este paraíso. Maquinistas,
comparsas, figurantas, coristas, bailarines y bailarinas, tenores y
sopranos, autores, compositores, administradores y abonados salen juntos
a la calle en confuso torbellino. Los unos bajan hacia la calle Drouot,
los otros suben la escalera que conduce, por una galería descubierta, a
la calle Lepeletier.
A mitad del pasaje descubierto, al extremo de la galería del Barómetro,
Alfredo L'Ambert esperaba fumando un cigarrillo. Diez pasos más allá, un
hombrecillo redondo, con un fez escarlata, aspiraba a intervalos iguales
el humo de un cigarrillo de tabaco turco, del grueso de un dedo.
Alrededor de ellos, más de veinte pisaverdes, unos paseando nerviosos,
otros, con más calma, a pie firme, esperaban igualmente cada uno por su
lado. Y los cantantes atravesaban tarareando, y las sílfides,
arrastrando un poco el pie, pasaban cojeando, y, de minuto en minuto,
una sombra femenina, negra, parda o marrón, deslizábase entre los
escasos mecheros de gas, desconocida para todos, excepto para los ojos
del amor.
Las parejas se reconocen, se abordan y se marchan sin despedirse de los
otros. Pero, ¿qué ocurre? he aquí un ruido extraño y un tumulto
inusitado. Dos sombras han pasado veloces, dos hombres han corrido, dos
fuegos de cigarro se han aproximado uno a otro; se han oído dos voces
exaltadas y el estruendo de una rápida querella. Los paseantes se han
amontonado en un punto; mas no han encontrado a nadie. Maese Alfredo
L'Ambert se dirige, completamente solo, hacia su carruaje, que le
aguarda en el bulevar; y a la luz de un farol lee, encogiéndose de
hombros, esta tarjeta de visita, salpicada de sangre:
AYVAZ-BEY
SECRETARIO DE LA EMBAJADA OTOMANA
-Calle de Granelle Saint-Germain, 100.-
Escuchad lo que iba diciendo entre dientes el atildado notario de la
calle de Verneuil:
--¡Maldita aventura! ¡Que me lleve el diablo si sospechaba siquiera que
le hubiese dado derechos a este animal de turco!... porque, ¡vaya si lo
es!... Pero, ¿por qué no me habré puesto las gafas?... Parece que le he
pegado un puñetazo en la nariz... Sí, sin duda: su tarjeta está manchada
de sangre, y mi mano lo está también. Heme aquí frente a un turco por
una imperdonable torpeza; porque yo no tengo motivos para querer mal a
ese pobre muchacho... La chica, por otra parte, me es del todo
indiferente... ¡Que se la quede en buen hora! ¡Degollarse dos personas
decentes por la señorita Victorina Tompain!... El maldito puñetazo es lo
que no tiene arreglo...
Esto decía entre dientes, entre sus treinta y dos dientes más blancos y
afilados que los de un lobo. Ordenó a su cochero que se retirase a casa,
y se dirigió, a paso lento, hacia el círculo de los Caminos de Hierro.
Allí encontró dos amigos y les refirió su aventura. El anciano marqués
de Villemaurin, antiguo capitán de la Guardia Real, y el joven Enrique
Steimbourg, agente de cambio, juzgaron unánimemente que el puñetazo lo
echaba a perder todo.
II
LA CAZA DEL GATO
Un filósofo turco ha dicho:
«No existen puñetazos agradables; pero los puñetazos en la nariz son los
más desagradables de todos.»
Y el mismo pensador, añadió con razón en el capítulo siguiente:
«Pegar a un enemigo delante de la mujer a quien ama, es pegarle dos
veces: le hieres en el cuerpo y en el alma.»
He aquí por qué el paciente Ayvaz-Bey enrojecía de cólera mientras
acompañaba a la señorita Tompain y a su madre al piso que les había
amueblado. Despidiose de ellas a la puerta, subió con rapidez a un
carruaje, y se hizo conducir, derramando abundante sangre, a casa de su
colega y amigo Ahmed.
Ahmed se hallaba entregado al sueño, bajo la salvaguardia de un negro
fiel; pero, si bien es verdad que está escrito: «No despertarás a tu
amigo cuando duerma», escrito está también: «Pero despiértale si hay
peligro para él o para ti», y se procedió a despertar al buen Ahmed.
Este era un turco de elevada estatura, de unos treinta y cinco años de
edad, muy flaco y delicado, con largas piernas arqueadas; pero, por lo
demás, un muchacho excelente, dotado de talento natural. Por más que
digan, hay también gentes de mérito entre los turcos. Cuando descubrió
la cara ensangrentada de su amigo, empezó por hacerle traer una gran
aljofaina de agua fresca, porque está escrito: «No deliberes antes de
haber lavado tu sangre: tus pensamientos serían confusos e impuros.»
Limpio ya, mas no tranquilo, contó Ayvaz a su amigo la aventura,
ardiendo en santa cólera. El negro que escuchaba su relato, ofreciose en
seguida a tomar su -kandjar-, e ir a matar a L'Ambert. Ahmed-Bey le dio
las gracias por sus buenas intenciones, y lo echó a puntapiés de la
estancia.
--¿Y qué haremos ahora?--preguntó el bueno de Ayvaz;--¿qué haremos,
amigo mío?
--Una cosa muy sencilla--replicó el interrogado:--mañana por la mañana
le cortaré la nariz. La ley del Talión está escrita: «Ojo por ojo,
diente por diente, nariz por nariz.»
Advirtiole Ahmed que el Korán era, sin duda alguna, un buen libro; pero
que estaba ya un poco anticuado. Los principios del honor han cambiado
desde los tiempos de Mahoma. Aparte de que, aun queriendo, aplicar la
ley al pie de la letra, Ayvaz sólo tendría que devolver un puñetazo al
señor L'Ambert.
--¿Con qué derecho le cortarías la nariz si él no te ha cortado la tuya?
¿Pero quién sería capaz de hacer entrar en razón a un hombre joven a
quien acaban de apabullar la nariz en presencia de su amante? Ayvaz
sentía sed de sangre, y Ahmed tuvo que halagarle sus deseos.
--Sea--le dijo.--Representamos a nuestro país en el extranjero, y no
debemos recibir una afrenta sin dar una gallarda prueba de valor. Pero,
¿cómo podrás batirte en duelo con el señor L'Ambert, con arreglo a la
costumbre de este país? Jamás has manejado una espada.
--¿Qué haría yo con una espada? Quiero cortarle las narices, te repito,
y una espada no me serviría para eso...
--Si al menos tirases bien con pistola...
--Pero, ¿estás loco? ¿cómo habría de cortar a ese insolente las narices
con una pistola? Yo... ¡Sí, es cosa resuelta! Ve a entrevistarte con él,
y concierta el duelo para mañana. ¡Nos batiremos a sable!
--Pero, desdichado, ¿qué harás tú con un sable? No dudo de tu valor,
pero te digo, sin que mis palabras te ofendan, que no tienes la fuerza
de Pons.
--¡Qué importa eso! Levántate y ve a decirle que tenga a mi disposición
su nariz mañana por la mañana.
El prudente Ahmed comprendió que no estaba su amigo para razonamientos,
y que tratar de disuadirlo sería en vano. ¿A qué predicar a un sordo
que se aferraba a su idea, como al poder temporal los pontífices
romanos? Vistiose, pues, Ahmed, y, acompañado del primer intérprete,
Osmán-Bey, que acababa de regresar del Círculo Imperial, hízose conducir
al hotel del señorito L'Ambert. La hora no podía ser menos oportuna,
pero Ayvaz no quería desperdiciar un solo instante.
El dios de las batallas tampoco lo quería; por lo menos, todo induce a
creerlo así. En el momento en que el primer secretario iba a llamar a la
puerta de maese L'Ambert, tropezose con el enemigo en persona, que
regresaba a pie, conversando con sus dos testigos.
Al divisar el señorito L'Ambert los bonetes encarnados de nuestros dos
personajes, comprendió a qué habían venido, saludolos cortésmente y
tomó la palabra con cierta altanería, no exenta de distinción.
--Caballeros--les dijo,--como soy el único habitante de este hotel, no
temo equivocarme al suponer que me hacéis el honor de venir a mi
domicilio. Soy L'Ambert, si me permitís que me presente yo mismo.
Llamó, empujó la puerta, atravesó el patio con sus cuatro acompañantes,
y los condujo a su despacho. Allí dieron sus nombres los dos turcos,
presentoles el notario a sus amigos, y se alejó para que pudiesen tratar
el asunto con entera libertad.
En nuestro país no puede efectuarse ningún duelo sin contar con la
voluntad, o por lo menos con el consentimiento, de seis personas. En el
caso presente, sin embargo, había cinco que no lo deseaban. Injusto
sería decir que el señorito L'Ambert careciese de valor; pero no
ignoraba que un duelo semejante, con motivo de una bailarina de la
Opera, comprometería gravemente los prestigios de su bien acreditado
bufete. El marqués de Villemaurin, anciano refinado y persona
competentísima en materias de honor, dijo que el duelo es un acto noble
en el que todo, desde el principio hasta el fin de la partida, debe ser
extremadamente correcto. Ahora bien, un puñetazo en la nariz por una
señorita Victorina Tompain constituía el más ridículo comienzo que se
puede imaginar. Por otra parte, afirmó por su honor, que el señor
Alfredo L'Ambert no había visto a Ayvaz-Bey, ni había tenido intención
de pegarle a él ni a nadie. El señor L'Ambert había creído reconocer a
dos señoras, y se había acercado con viveza a saludarlas.
Al llevarse la mano al sombrero, había dado un fuerte golpe, sin la
menor intención, a una persona que venía en sentido opuesto. Se trataba,
por lo tanto, de una imperdonable torpeza, de un incidente sencillo, sin
la menor importancia, que no pueden jamás constituir una ofensa. Dada la
posición social y educación de maese L'Ambert, no podía nadie suponerle
capaz de dar un puñetazo a Ayvaz-Bey. Su bien conocida miopía y la
semioscuridad del pasaje eran las culpables de todo. En fin, el señor
L'Ambert, accediendo a los deseos de sus testigos, estaba dispuesto a
declarar, en presencia de Ayvaz-Bey, que lamentaba muy de veras el
haberle causado daño de una manera completamente involuntaria.
Este razonamiento, tan justo de por sí, acrecentó la autoridad, por
todos reconocida, del orador. Era el señor de Villemaurin uno de esos
caballerosos sujetos que parecen haber sido respetados por la muerte
para recordarnos los usos de las edades históricas en estos tiempos de
degeneración que atravesamos. Según su fe de bautismo, no contaba nada
más que setenta y nueve abriles; pero, por los hábitos y costumbres de
su cuerpo y de su espíritu, pertenecía sin duda al siglo xvi. Pensaba,
hablaba y obraba como si hubiese servido en el ejército de la Liga y
traído a mal traer al Bearnés. Realista convencido y católico austero,
era tan implacable en sus odios como apasionado en sus afecciones. Su
valor, su lealtad, su rectitud, y su caballerosidad hasta cierto punto
exagerada, causaban la admiración de la juventud inconsciente de hoy.
Nada le causaba risa, no le gustaban las bromas y le ofendían los
chistes por juzgarlos una falta de respeto. Era el menos tolerante, el
menos amable y el más honrado de todos los ancianos. Había acompañado a
Escocia a Carlos X, después de las jornadas de julio; pero se alejó de
Holy-Rood, al cabo de quince días, escandalizado de ver que la corte de
Francia no tomaba muy en serio su desgracia. Solicitó la absoluta, y se
cortó para siempre los bigotes, que conservó en una especie de joyero,
con la siguiente inscripción: -Mis bigotes de la Guardia Real-. Sus
subordinados todos, oficiales y soldados, sentían por él gran estima,
pero también gran terror. Referíase en secreto que este hombre
inflexible había metido en el calabozo a su hijo único, joven militar de
veintidós años de edad, por un acto de insubordinación. El muchacho,
digno hijo de tal padre, negose resueltamente a ceder, cayó enfermo y
murió en el calabozo. Este nuevo Bruto lloró a su hijo, erigiole una
tumba suntuosa, y lo visitó con inconcebible regularidad diez veces por
semana, sin olvidar este deber en ninguna época ni edad; pero no se
encorvó bajo el peso de sus remordimientos. Marchaba derecho, erguido;
ni la edad ni el dolor habían logrado doblar sus anchas y robustas
espaldas.
Era un hombrecillo rechoncho, vigoroso, fiel a todos los ejercicios de
su juventud, que tenía más fe en el juego de pelota que en los médicos,
para conservar imperturbable salud. A los setenta años habíase casado,
en segundas nupcias, con una joven noble y pobre, que le había hecho
padre dos veces, y no perdía la esperanza de verse abuelo bien pronto.
El amor a la vida, tan poderoso en los viejos de esta edad, sólo
medianamente preocupábale, a pesar de ser dichoso en la tierra. Había
tenido su último lance de honor a los setenta y dos años, con un bravo
coronel de cinco pies y seis pulgadas de estatura, a consecuencia de
una cuestión política, según unos, y de celos conyugales, según otros.
Cuando un hombre de su rango y su carácter abrazaba la causa de M.
L'Ambert, declarando que un duelo entre el notario y Ayvaz-Bey sería
inútil, comprometedor y ordinario, la paz parecía firmada de antemano.
Tal fue el parecer de M. Enrique Steimbourg, que no era ni lo bastante
joven, ni lo suficientemente curioso para desear a toda costa el
espectáculo de un duelo; y los dos turcos, hombres de buen sentido,
aceptaron, de un modo provisional, la reparación que se les ofrecía,
pero pidieron que se les autorizara para ir a consultar con Ayvaz. Los
otros dos, entretanto, esperaron allí mismo que regresasen de la
embajada. Eran las cuatro de la madrugada; pero el marqués no quiso
dormir, pues no se lo permitía su conciencia; estaba decidido a dejarlo
todo arreglado antes de meterse en la cama.
Empero el terrible Ayvaz, al escuchar las primeras palabras de
conciliación de sus amigos, sufrió un terrible acceso de cólera
verdaderamente turca.
--¡Ni que estuviera yo loco!--exclamó, blandiendo el chibuquí de jazmín
que le hiciera compañía,--¿Pretenderéis persuadirme de que he sido yo
quien con la nariz ha dado un golpe en el puño a M. L'Ambert? Él fue
quien me agredió, y la prueba es que se ofrece a presentarme sus
excusas. ¿Pero a qué tanto hablar? ¿no es suficiente prueba la sangre
que he derramado? ¿Puedo acaso olvidar que Victorina y su madre han sido
testigos de mi afrenta?... ¡Oh, amigos míos! ¿no me queda otro remedio
que morir, si no le corto hoy mismo la nariz a mi ofensor!
De mejor o peor grado, fue preciso reanudar las negociaciones sobre esta
base algo ridícula. Ahmed y el intérprete tenían el espíritu lo bastante
razonable para vituperar a su amigo, pero poseían también un corazón
demasiado caballeresco para abandonarle en la mitad del camino. Si el
embajador, Hamza-Bajá, se hubiese encontrado en París, hubiera zanjado
la cuestión sin duda alguna, imponiendo su autoridad; pero,
desgraciadamente, desempeñaba al mismo tiempo las embajadas de Francia y
de Inglaterra, y se hallaba entonces en Londres. Los testigos del bueno
de Ayvaz anduvieron yendo y viniendo, entre la calle de Granelle y la de
Verneuil, sin lograr que el asunto avanzase lo debido, hasta las siete
de la mañana. A esta hora, perdió L'Ambert la paciencia y les dijo a sus
testigos:
--¡Ya me está cargando este turco! ¡No contento con haberme birlado a la
Tompain, se complace en hacerme pasar la noche en claro! ¡Pues bien,
marchemos! Tal vez pudiera creer que tengo miedo de cruzar con él mi
acero. Pero marchemos de prisa, si os parece, y tratemos de dejar
zanjado el asunto esta misma mañana. Haré enganchar el carruaje en diez
minutos, y nos marcharemos a dos leguas de París. Aplicaré a mi turco el
correctivo merecido, en menos tiempo del que se tarda en contarlo, y
antes que los periodicuchos que viven del escándalo se den cuenta del
lance, estaremos de vuelta en mi despacho.
Todavía trató el marqués de oponer una o dos objeciones; pero acabó por
confesar que M. L'Ambert se veía obligado a batirse. La insistencia de
Ayvaz-Bey era de pésimo gusto, y merecía una severa lección. Ninguno
dudaba de que el belicoso notario, ventajosamente conocido en todas las
salas de armas, era la persona elegida por el destino para enseñar a
aquel osmanlí la cortesía francesa.
--Amigo mío--decía el anciano Villemaurin a su cliente, dándole
palmaditas sobre el hombro,--nuestra situación es excelente, toda vez
que tenemos de nuestra parte el derecho. ¡El resto, Dios lo hará! El
resultado no es dudoso: poseéis un corazón animoso, y una mano firme y
rápida. Acordaos tan sólo de que no debemos tirarnos nunca a fondo;
porque el duelo se ha hecho para corregir a los necios, mas no para
destruirlos. Sólo los torpes matan a sus adversarios so pretexto de
enseñarles a vivir.
La elección de armas correspondía en buen derecho al excelente Ayvaz;
pero el notario y sus testigos pusieron mala cara al enterarse de que
había escogido el sable.
--Es el arma predilecta de los militares--dijo el marqués,--o el arma de
los burgueses que no quieren batirse. Pero, en fin, ¡vaya, si os
empeñáis, por el sable!
Los testigos de Ayvaz-Bey mostráronse conformes. Se trajeron dos sables
del cuartel del muelle de Orsay, y quedaron citados para las diez de la
mañana en la pequeña aldea de Parthenay, situada en el antiguo camino de
Sceaux. Eran las ocho y media.
Todos los parisienses conocen este lindo grupo de doscientas casas cuyos
habitantes son más ricos, más limpios y más instruidos que la
generalidad de los aldeanos. Cultivan la tierra como jardineros, y no
como campesinos, y los campos de su término parecen en primavera un
pequeño paraíso terrenal. Un prado de fresas floridas se extiende, cual
manto argentado, entre un prado de frambuesas y otro de grosellas. Por
todas partes se huele el perfume penetrante de la acacia, tan agradable
al olfato de los porteros. París adquiere a peso de oro la cosecha de
Parthenay, y los bravos campesinos, a quienes veis caminar a paso lento,
con una regadera en cada mano, son casi todos pequeños capitalistas.
Comen carne dos veces al día, desprecian la gallina del puchero, y
prefieren el pollo asado. Pagan el sueldo de un instituidor y un médico
comunal, construyen, sin necesidad de levantar empréstitos, un
ayuntamiento y una iglesia, y votan a mi espiritual amigo el doctor
Veron, en las elecciones municipales. Sus muchachas son preciosas, si no
me es infiel la memoria. El sabio arqueólogo Cubaudet, archivero de la
subprefectura de Sceaux, asegura que Parthenay es una colonia griega, y
que su nombre se deriva de la palabra -Parthemos-, virgen o mujer joven
(expresiones sinónimas entre los pueblos cultos). Pero esta digresión
nos aleja del bueno de Ayvaz.
Llegó el primero al lugar de la cita, todavía encolerizado. ¡Con qué
furor paseaba por la plaza de la aldea, esperando al enemigo! Ocultaba
bajo sus vestidos dos formidable yataganes, de finísimas hojas de
Damasco. ¿Qué digo de Damasco? Dos hojas japonesas, de esas que cortan
una barra de hierro con igual facilidad que si se tratase de un
espárrago, con tal de que sean manejadas por un brazo vigoroso.
Ahmed-Bey y el fiel intérprete seguían a su amigo y le daban los más
sabios consejos: atacar con prudencia, descubrirse lo menos posible,
comenzar la partida con un salto, en fin, cuantas recomendaciones pueden
hacerse a un novicio que se presenta por primera vez en la liza, sin
haber aprendido a tirar.
--Gracias por vuestros consejos--respondía el obstinado;--pero no
necesito tantos requisitos para cortarle las narices a un notario.
El objetivo de su venganza no tardó en aparecer entre dos cristales de
gafas, a la puerta de un carruaje. Pero M. L'Ambert no descendió,
limitándose a saludar. El marqués echó pie a tierra, y vino a decir a
Ahmed-Bey:
--Conozco un sitio excelente, a veinte minutos de aquí; tened la
amabilidad de subir nuevamente al carruaje, con vuestros amigos, y
seguirnos.
Tomaron los beligerantes un camino transversal, y descendieron a un
kilómetro del caserío.
--Señores--dijo el marqués,--podemos ir a pie hasta aquel bosquecillo
que allí veis. Los cocheros pueden esperarnos aquí. Nos hemos olvidado
de traer con nosotros un médico; pero el lacayo, que he dejado en
Parthenay, tiene encargo de traernos el de la localidad.
El cochero del turco era uno de esos merodeadores parisienses que
circulan después de media noche bajo un número de contrabando. Ayvaz lo
había tomado a la puerta de la señorita Tompain, y no lo había vuelto a
dejar. El muy truhán sonrió maliciosamente cuando vio que le mandaban
detenerse en medio del campo, y que llevaban sables debajo de las
mantas.
--¡Buena suerte, caballero!--le dijo al valiente Ayvaz.--Nada tenéis que
temer, porque yo doy la suerte a mis clientes. Aun no hace un año llevé
en mi coche a uno que había muerto a su adversario. Por cierto que me
dio veinticinco francos de propina, ¡como os lo estoy refiriendo!
--Yo te daré cincuenta--respondiole Ayvaz,--si quiere Dios que realice
la venganza que medito.
M. L'Ambert tiraba perfectamente, pero era demasiado conocido en las
salas de esgrima de París para haber tenido jamás ninguna ocasión de
batirse. Por eso, en el verdadero terreno del honor, era tan nuevo como
Ayvaz: se comprende, por lo tanto, que aunque hubiese vencido en
diferentes asaltos a los maestros y prebostes de varios regimientos de
caballería, experimentase una sorda trepidación, que no era miedo, pero
que producía efectos análogos a éste. La conversación durante el camino
había sido animada: había hecho gala ante sus amigos de una alegría
sincera, aunque un poco febril. Había encendido tres o cuatro cigarros,
y arrojádolos al poco de empezados. Cuando todos descendieron del coche,
marchó él con paso firme, demasiado firme tal vez. En el fondo de su
alma sentía cierta aprensión completamente viril, completamente
francesa: desconfiaba de su sistema nervioso, y temía no parecer todo lo
valiente que era.
Parece que las facultades del alma se multiplican en los momentos
críticos de la vida. Por eso a M. L'Ambert, a pesar de hallarse
preocupado en grado sumo con el pequeño drama en que iba a representar
tan importante papel, los objetos más insignificantes del mundo
exterior, los que hubieran pasado completamente inadvertidos para él en
circunstancias ordinarias, atraían y retenían su atención con un poder
irresistible. A sus ojos, la naturaleza se hallaba iluminada por una
nueva luz, más clara, más transparente, más límpida, más cruda que la
luz apagada del sol. Su preocupación subrayaba, por decirlo así, todo lo
que sus ojos veían. En una revuelta del sendero, descubrió un gato que
caminaba a paso lento por entre dos hileras de grosellas: uno de esos
gatos tan comunes en las aldeas, largo, flaco, de piel blanca llena de
manchas rojizas; uno de esos animales medio salvajes que a favor de los
cuales hacen renuncia sus amos, con una esplendidez nada común, de todos
los ratones que atrapan. El que atrajo la atención de L'Ambert había
visto, sin duda, que la morada de su dueño no ofrecía ya bastante caza,
y buscaba en plena campiña un suplemento a su pitanza. Los ojos del
señorito L'Ambert, después de haber errado algún tiempo a la ventura,
sintiéronse atraídos y como fascinados por el gesto de aquel gato.
Observolo atentamente, admiró la flexibilidad de sus músculos, el
vigoroso perfil de sus mandíbulas, y creyó hacer un descubrimiento
trascendental, digno de un naturalista, observando que el gato es un
tigre en miniatura.
--¿Qué diablo miráis en ese punto?--preguntole el marqués, dándole, con
cariño, una palmada en el hombro.
Volvió el notario a la realidad de la vida, y respondió con el tono más
desenvuelto del mundo:
--Ese estúpido animal me ha distraído. No podéis imaginaros, marqués,
los estragos que estas bestias ocasionan en la caza. Se comen más
nidadas que perdigones tiramos nosotros. ¡Si tuviese una escopeta!...
Y acompañando el gesto a la palabra, hizo ademán de echarse la escopeta
a la cara, señalando al animal con el dedo. El gato comprendió la
intención, dio un salto atrás y fugose, para reaparecer doscientos pasos
más lejos, lavándose la cara, entre unas matas de colsa, como si
aguardase a los parisienses.
--¿Te has propuesto seguirnos?--exclamó el notario repitiendo la
amenaza. La prudentísima bestia huyó de nuevo; pero reapareció a la
entrada del claro del bosque donde iban a batirse. M. L'Ambert, con la
superstición del jugador que va a exponer una suma importante, quiso
ahuyentar aquella bestia maléfica, y le arrojó una piedra; mas, como
errase el golpe, el gato trepó a un árbol, y allí se estuvo quedo.
Entretanto, los testigos habían elegido el terreno y echado a suerte
los puestos. El mejor tocó a M. L'Ambert. La suerte quiso también que se
empleasen sus armas, y no los yataganes japoneses, que tal vez le
hubiesen impuesto.
A Ayvaz todo le tenía sin cuidado: cualquier arma era buena para él.
Contemplaba la nariz de su enemigo como mira el pescador una trucha
apetitosa suspendida del extremo de su caña. Despojose vivamente de la
ropa que no consideró indispensable, arrojó sobre la hierba su fez rojo
y su levita verde, y se arremangó hasta el codo las mangas de la camisa.
Es de suponer que los turcos más dormidos se despierten al tintineo de
las armas. Aquel grueso muchachote, cuya fisonomía no tenía nada de
paternal, pareció transfigurarse. Su rostro se iluminó, sus ojos
lanzaron rayos. Tomó un sable de manos del marqués, retrocedió dos
pasos, y entonó en idioma turco una improvisación poética que su amigo
Osmán-Bey tuvo la amabilidad de anotar y traducirnos:
--Armado estoy para el combate; ¡Dios confunda al malvado que me ofende!
La sangre se lava con sangre. Me heriste con la mano, yo te heriré con
el sable. Tu rostro mutilado hará reír a las mujeres hermosas:
Schelosser y Mercier, Thibert y Savile, te volverán la espalda con
desprecio. Perderás para siempre el perfume de las rosas de Izmir. ¡Que
Mahoma me dé fuerzas, que el valor no tengo que pedírselo a nadie!
¡Hurra! ¡que armado estoy para el combate!
Dicho esto, lanzose sobre su adversario, atacándole en tercia o en
cuarta, pues no entiendo una palabra de estas andanzas, ni él, ni su
adversario, ni los testigos tampoco. Pero una oleada de sangre brotó de
la punta del sable, unas gafas rodaron por el suelo, y el notario sintió
aligerada su cabeza del peso de su nariz. Quedábale aún de ella una
parte para muestra, mas, tan insignificante, que no merece la pena de
que la mencionemos siquiera.
M. L'Ambert se dejó caer de espaldas, y se levantó otra vez en seguida
para echar a correr, con la cabeza agachada, como un ciego o como un
loco. En aquel preciso momento, un cuerpo opaco cayó desde lo alto de
una encina. Un minuto después, presentose un hombrecillo enteco, con el
sombrero en la mano, seguido de un lacayo de gran librea. Era M.
Triquet, médico municipal de Parthenay.
--¡Bien venido seáis, digno señor Triquet! Un ilustre notario de París
precisa vuestros servicios con urgencia. Colocaos nuevamente vuestro
grasiento sombrero sobre vuestro cráneo pelado, enjugaos las gotas de
sudor que brillan sobre vuestros rojos carrillos, como el rocío sobre
dos peonías en flor, y haceos quitar cuanto antes las manchas
relucientes de vuestro respetable traje negro!
Pero el buen hombre estaba demasiado emocionado para entrar en funciones
sin demora. Hablaba a tontas y a locas, con voz temblorosa y jadeante.
--¡Bondad divina!...--decía.--Dios os guarde, señores; reconózcanme como
un nuevo servidor. ¿Acaso está permitido ponerse de esta manera? ¡Esto
es una mutilación, demasiado bien lo veo! Decididamente, ya es tarde
para tratar de reconciliaros: el mal no tiene remedio, ya está hecho.
¡Ah, señores, señores! ¡la juventud jamás dejará de ser joven! Yo
también estuve a punto de dejarme arrastrar por el criminal deseo de
mutilar o destruir a un semejante. Fue en 1820. ¿Y qué hice, señores
míos? Pues darle toda clase de excusas. De excusas, sí, y me jacto mucho
de ello, y con tanto más motivo cuanto que toda la razón estaba de mi
parte. ¿No habéis leído, por ventura, las admirables páginas de Rousseau
contra el duelo? Son verdaderamente irrefutables: un trozo admirable de
crestomatía moral y literaria. Y observad que Rousseau no dijo todavía
en este asunto la última palabra. Si hubiese estudiado el cuerpo humano,
esta obra maestra de la creación, esta imagen admirable de Dios sobre la
tierra, habría demostrado, sin duda, que es gran pecado destruir un
conjunto tan perfecto. Y no lo digo, en verdad, por la persona que ha
recibido el golpe. ¡Dios me libre de tal cosa! ¡Tendría, sin duda,
razones poderosas que respeto! ¡Pero si se supiese cuánto trabajo nos
cuesta a los pobrecitos médicos el curar la más insignificante herida!
Cierto que de eso vivimos, y de las enfermedades; pero, a pesar de todo,
preferiría privarme de muchas cosas y no comer nada más que una tajada
de tocino y un trozo de pan moreno, a tener que ser testigo de los
sufrimientos del prójimo.
El marqués interrumpió sus clamores.
--Vaya, doctor--le dijo,--que la ocasión no es la más oportuna para
filosofar. Este hombre se desangra como un buey, y es preciso, ante
todo, tratar de contener la hemorragia.
--Sí, señor--replicó vivamente el medicucho,--¡la hemorragia! esa es la
verdadera palabra. Felizmente, todo lo tengo previsto. He aquí un frasco
de agua hemostática, preparada según la fórmula de Brocchieri; yo la
prefiero a la de Lechelle.
Y se dirigió, con el frasco en la mano, hacia M. L'Ambert, que se había
sentado al pie de un árbol y sangraba con tristeza.
--Caballero--le dijo entre profundas reverencias,--podéis creerme que
lamento sinceramente el no haber tenido el honor de conoceros con
ocasión de un acontecimiento menos desagradable que este.
Levantó melancólicamente la cabeza el señorito L'Ambert, y contestole
con acento dolorido:
--Doctor, ¿perderé la nariz?
--No, señor, no la perderéis. ¡Válgame Dios, caballero! ¿cómo podríais
perderla de nuevo, si la habéis perdido ya?
Y mientras se expresaba de esta suerte, vertía el agua de Brocchieri
sobre una compresa.
--¡Cielos!--exclamó de repente,--tengo una idea, caballero. Puedo
responderos del órgano tan útil como agradable que acabáis de perder.
--¡Hablad pronto, por favor! Mi fortuna será entera para vos. ¡Ah,
doctor! antes que vivir desfigurado de esta suerte, es preferible morir.
--Eso suele decirse... ¡pero vamos a ver! ¿dónde está el trozo de nariz
que os han cortado? No soy yo un cirujano de los vuelos de M. Velpeau, o
de M. Huguier; pero trataré de hacer volver las cosas a su primitivo
estado.
El señorito L'Ambert levantose precipitadamente, y corrió al lugar de la
lucha, seguido del marqués y de M. Steimbourg. Los turcos, que se
paseaban juntos y cariacontecidos, porque el fuego de Ayvaz-Bey habíase
extinguido en un segundo, aproximáronse también a sus antiguos
enemigos. Hallose sin trabajo el lugar donde los combatientes habían
pisoteado la fresca y naciente hierba; recuperáronse las gafas de oro,
pero las narices del notario no hubo forma de encontrarlas. En cambio,
vieron un gato, el horrible gato blanco con manchas rojizas, que se
relamía con placer los labios ensangrentados.
--¡Maldición!--exclamó el marqués, señalando al animal.
Todo el mundo comprendió el gesto y la exclamación.
--¿Será tiempo todavía?--preguntó el notario.
--Tal vez--contestó el médico.
Y todos corrieron hacia el gato. Pero el astuto animal no estaba por
dejarse cazar, y corrió a su vez como alma que lleva el diablo a sus
talones.
Jamás había visto el pequeño bosque de Parthenay, ni volverá a ver
tampoco, una caza semejante. Un marqués, un agente de cambio, tres
diplomáticos, un médico de aldea, un lacayo con gran librea y un notario
sangrando en su pañuelo, lanzáronse a carrera abierta tras un miserable
gato. Corriendo, gritando, arrojándole piedras, ramas secas, y cuantos
objetos encontraban al alcance de sus manos, atravesaron los caminos y
los claros, y se internaron, bajando la cabeza, en los sitios más
espesos del bosque. Ya agrupados, ya dispersos; unas veces escalonados
sobre una línea recta, y otras formando círculo alrededor de la bestia;
apaleando las malezas, sacudiendo los arbustos, trepando a los árboles,
destrozándose el calzado con las raíces y troncos, y dejándose jirones
de ropa entre las ramas de los arbustos, arrollábanlo todo como una
tempestad; pero el gato endiablado corría más que el viento. En dos
ocasiones lograron encerrarlo en un círculo, y otras tantas logró
escapar, forzando el cerco. Un momento pareció como rendido de fatiga y
de dolor, al caer de costado por querer saltar de un árbol a otro,
siguiendo el camino de las ardillas. El lacayo de M. L'Ambert lanzose
veloz sobre él, alcanzolo en pocos saltos y lo agarró por la cola. Pero
el tigre en miniatura conquistó su libertad mediante un terrible
zarpazo, y escapó fuera del bosque.
Entonces comenzó la persecución a través de la llanura. Si largo era el
camino que llevaban ya recorrido, inmensa era la planicie que, en forma
de tablero de ajedrez, se extendía delante de los cazadores y de su
codiciada presa.
El calor era sofocante; gruesos nubarrones negros se amontonaban por
occidente; el sudor corría copioso por todas las frentes; pero nada fue
capaz de detener el furor de aquellos ocho hombres.
M. L'Ambert, lleno todo de sangre, no cesaba de animar a sus compañeros
con el gesto y con la voz. Los que nunca han visto a un notario
corriendo tras sus narices no podrán hacerse cargo de su ardor. ¡Adiós
frambuesas y fresas! Por dondequiera que pasaba el alud, quedaba la
cosecha apabullada, destruida, aniquilada; todo eran flores mustias,
brotes rotos, ramas tronchadas, tallos pisoteados. Sorprendidos los
campesinos por la invasión de aquel azote nunca visto, arrojaban las
regaderas, llamaban a sus vecinos, reclamaban el auxilio de los guardias
rurales, exigían que les indemnizasen los daños y perjuicios, y
lanzábanse en persecución de los cazadores.
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