gobernador de uno de los mejores lugares desta tierra?
DOCTOR.
Ya yo entiendo su pudricion de vuesa merced, y es que pretende vuesa
merced el mismo oficio.
CAÑIZARES.
¿Cómo pretender? Ni por pensamiento me ha pasado en toda mi vida,
sino sólo me pudro de ver aquellos que han de ser gobernados por mano
deste hombre, que en tal tiempo trae chinelas, que mal podrá depachar
los negocios con brevedad; y si es zurdo, no podrá hacer cosa á
derechas.
RECTOR.
Ea, doctor, haced meter allá ese podrido, y salgan los demás.
DOCTOR.
Venid, hermano, y curaros han.
LEIVA.
¡Hay tal cosa, y de lo que se pudre!
-Entren los ministros, que son unos pícaros, y salen Pero Diaz y
Marisantos.-
PERO DIAZ.
Ea, dejadme, Marisantos, que no tengo de beber, ni comer, ni dormir,
ni sosegar un punto viendo estas cosas.
MARISANTOS.
Pues Pero Diaz, un hombre como vos y de vuestro entendimiento ¿se ha
de pudrir de manera que pierda el comer, ni tomar tanta pena?
PERO DIAZ.
Pues ¿no me la ha de dar, si hubo poeta que tuviese atrevimiento de
escribir esta copla?
Jugando estaban, jugando,
y aun al ajedrez, un dia
el famoso Emperador
y el rey moro de Almería.
MARISANTOS.
Pues ¿qué os va á vos en que el otro escribiese eso?
PERO DIAZ.
Mucho: porque es muy gran testimonio, que levantaron al Emperador:
porque un príncipe de tanta majestad y tan colérico no se habia de
sentar á jugar á las tablas, juego de tanta flema, y mas con un rey
moro de Almería. Yo tengo, si este poeta es vivo, de hacerle que
se desdiga; y si fuere muerto, ver en su testamento si dejó alguna
cláusula que declare esto.
MARISANTOS.
¡Por cierto, lindo disparate! ¿De eso no podeis comer ni dormir?
¡Gracioso cuidado habeis tomado!
RECTOR.
Venid acá, hermano, ¿de qué es vuestra pudricion?
PERO DIAZ.
Con los poetas.
RECTOR.
¿Podrido estais de poetas? Harto trabajo teneis. ¿Y con qué poetas os
pudris?
PERO DIAZ.
Con estos que hacen villancicos la noche de Navidad, que dicen mil
disparates, con mezcla de herejía. Y mire vuesa merced que dándole á
uno aquella octava de Garcilaso que dice:
Cerca del Tajo, en soledad amena,
De verdes sauces hay una espesura;
volvió esto:
Cerca de Dios, en soledad amena,
De verdes santos hay una espesura.
Y preguntando quién eran estos santos, dijo que san Felipe y
Santiago, y otros santos que caen por la primavera[55].
RECTOR.
¡Por cierto, gracioso disparate!
PERO DIAZ.
Pues una noche de Navidad entré en una iglesia deste lugar, y hallé
cantando este motete:
Cuando sale Jesus á sus corredores,
Bercebú no parece, y Satan se esconde.
Y preguntando cuyo era, respondió: «Mio,» muy satisfecho, como si
hubiera hecho una gran cosa. Y otro estaba tambien cantando esto:
¿Qué haceis en este portal,
Mi Dios, por el hombre ingrato?
¡Zape de un gato, zape de un gato!
RECTOR.
No os maravilleis; porque son esos poetas invernizos, como melones.
PERO DIAZ.
Tambien me pudro con otros poetas, que piensan que saben, y no saben;
y otros que saben y no piensan.
RECTOR.
Decláreme eso: ¿qué quiere decir que saben, y no piensan?
PERO DIAZ.
Que hay poetas que saben lo que hacen, y por no pensarlo bien, se
van despeñando en cas de todos los diablos[56].
RECTOR.
Éste tiene gran necesidad de remedio; y asi, será bien entregárselo á
los malos poetas, para que ellos le curen.
PERO DIAZ.
No, por amor de Dios.
RECTOR.
¡Hola, ministros! meted allá ese podrido.
(-Métenlo.-)
LEIVA.
¡Hay tal cosa como la pudricion deste!
RECTOR.
Pues otro viene, que no dará menos en qué entender.
-Entra Valenzuela.-
VALENZUELA.
¡Hay tal cosa como esta, que sea un hombre tan dichoso, que en cuanto
mano pone todo le sucede bien! Hecho estoy un veneno de ponzoña, y
por mil partes destilando materia.
RECTOR.
¿De qué es la pudricion deste?
SECRETARIO.
Señor, éste es un pudrido furioso; y dale gran pesadumbre ver á un
vecino suyo, que todas las cosas le suceden bien.
RECTOR.
Ese es mal caso; y es mas envidia que pudricion.
VALENZUELA.
¿Cómo envidia? Los diablos me arrebaten si tal es, señor Rector; sino
que es éste un hombre muy avariento y miserable, que por ser tal,
nada le habia de suceder bien.
RECTOR.
Tiene razon: que á los tales poca ventura les habia de ayudar. Y si
alguno tiene razon de pudrirse, es este hombre; y asi, ¿se le puede
dar tres dias en la semana para que se pudra?
VALENZUELA.
¿Cómo tres dias? Mas me pudriré de no pudrirme.
RECTOR.
Andá con Dios, y podrios todo el tiempo que os diere gusto.
VALENZUELA.
Beso las manos á vuesa merced por la merced.
-Váse Valenzuela y sale Galvez.-
GALVEZ.
¡Que haya mujer de tan mal gusto! Por ésta se debió de decir que hay
ojos que de legañas se enamoran.
RECTOR.
¿De qué se pudre este hermano?
SECRETARIO.
Este hermano se pudre de que una dama muy hermosa deste lugar está
enamorada de un hombre calvo y que mira con un antojo.
RECTOR.
Pues ¿deso os pudris, hermano? Pues ¿qué os va á vos en que la otra
tenga mal gusto?
GALVEZ.
Pues ¿no me ha de ir? Que mas quisiera verla enamorada de un
demonio. ¿Por qué una mujer tan hermosa ha de favorecer á un hombre
antojicalvo?
RECTOR.
¡Y con la cólera que lo toma!
GALVEZ.
¿No lo he de tomar con cólera? Dígame vuestra merced ¿qué ha de hacer
una mujer cuando despierte y vea que tiene á su lado un hombre calvo
(ó calavera, ó calabaza, que tal parece un calvo), ni cómo le puede
mirar con buenos ojos, teniéndolos él tan malos?
RECTOR.
Ea vos estais podrido. ¡Hola ministros! meted allá ese podrido.
GALVEZ.
¡Á mí, señor! ¿Por qué?
(-Métenle.-)
LEIVA.
¡Los podridos que se van desmoronando! Y si no se pone remedio, en
pocos dias se multiplicarán tantos, que sea menester que haya otro
nuevo mundo, donde habiten.
RECTOR.
Lea vuesa merced esa relacion, señor secretario.
(-Saca el Secretario unos papeles y lee.-)
SECRETARIO.
«Asimismo, hay aquí alguno que se pudre con los que tienen las
narices muy grandes.»
RECTOR.
¡Válgale el diablo! Pues ¿qué le va á él en que el otro las tenga
grandes ó pequeñas?
SECRETARIO.
Dice que suele un narigon destos pasar por una calle angosta, y que
ocupa tanto la calle, que es menester ir de medio lado para que pasen
los que van por ella; y fuera deste inconveniente, hay otro mayor,
que es gastar pañizuelos disformes en tanta manera, que pueden servir
de velas de navíos.
RECTOR.
Podrido de humor es éste.
SECRETARIO.
«Otro se pudre de que hay algunos que comen con babadores.»
RECTOR.
Y no va muy fuera de camino; porque los tales parecen guitarras de
ébano con tapas blancas, y se hacen ahembrados. Pero notifíquesele
que dentro de tres dias esté sano de su pudricion; y si no, que
le echarán una melecina de esdrújulos de poeta que le harán echar
el ánima (si fuere necesario), preparada con sesos de los dichos
poetas[57].
SECRETARIO.
Pues ¿hay en todo el mundo sesos de poetas para henchir media cáscara
de avellana, cuanto y mas para preparar una melecina? Por lo menos ha
de llevar cuatro onzas de todos matalotajes que concurren en el arte
melecinal.
RECTOR.
Pasá adelante.
SECRETARIO.
Otro se pudre de los médicos, que cuando les van á dar el récipe de
la cura, van diciendo: «No lo quiero, no lo quiero,» y van puniendo
la mano atrás como cucharon.
RECTOR.
Ese se pudre justamente. ¿De qué sirven los melindres donde hay tan
buenas ganas de mas, si mas les diesen?
SECRETARIO.
Otro se pudre de que para haber tan pocos discretos, hay tantos
sastres y zapateros.
RECTOR.
Pues ¿qué queria que hubiese?
SECRETARIO.
Albéitares y oficiales de jalmas asnátiles.
RECTOR.
Ese podrido se va á satírico. Pónganle en la boca del estómago,
porque detenga, un emplasto de mozos de sastre, y sahúmenle con diez
pelos de las cejas de Celestina[58].
RECTOR.
Pues de aquí veo yo mas de cuatro.
SECRETARIO.
«Aquí hay ciertas viejas que se pudren de que las gallinas de sus
vecinas ponen mas gordos huevos y crian mejores pollos.»
RECTOR.
Esas son pudriciones baladies; y á esas viejas échenles unos polvos
de hijos pajizos.
SECRETARIO.
«Tambien hay dos casados, que el marido se pudre porque su mujer
tiene los ojos azules, y ella se pudre porque el marido tiene la boca
grande.»
RECTOR.
Gente debe ser de buen humor; salgan aquí, que los quiero ver.
-Salen Clara y Villaverde.-
CLARA.
Acabad, señor; harto mejor fuera que os pudriérades de ver vuestra
disforme boca, que no parece sino boca de alnafe, y dejarme á mí con
mis ojos, azules ó verdes.
RECTOR.
Pues vení acá, hermano, ¿deso os pudris, porque vuestra mujer tenga
los ojos azules?
VILLAVERDE.
Sí señor; que no se usan agora, sino negros.
RECTOR.
¡Hay tal desatino! Pues si Dios se los ha dado asi, ¿qué los ha de
hacer?
VILLAVERDE.
Para eso es el habilidad: que se los tiña; que de puro reñir esto se
me ha desgajado la boca.
RECTOR.
¡Gracioso disparate, si yo le he visto en mi vida! Y asi, es
menester que se os den unos botones de fuego con yerros de médicos y
boticarios[59].
VILLAVERDE.
Aun esos son peores que los de los letrados; porque los unos paran en
las bolsas, y los otros paran en la salud y en la vida.
LEIVA.
Señor secretario, ¿esta señora es mujer deste hombre?
SECRETARIO.
¿No lo ve vuesa merced?
LEIVA.
¡Jesus! ¡Jesus! ¡Jesus mil veces!
SECRETARIO.
¿De qué se santigua vuesa merced?
LEIVA.
¿No me tengo de santiguar, que una mujer tan hermosa esté casada con
un hombre tan feo como es éste, que no parece sino un escarabajo?
SECRETARIO.
Pues ¿deso se pudre vuesa merced?
LEIVA.
Pues ¿no quiere vuesa merced que me pudra y me haga una ponzoña
viendo cosa semejante, que merezca esta señora un príncipe por
marido, y que fuese un ángel en condicion y en presencia?
SECRETARIO.
¡Rematado está! ¡Hola ministros! ¡Meté allá ese podrido!
LEIVA.
¿Á mí por qué razon?
(-Métenlo.-)
RECTOR.
Señor Secretario, ¿ha visto vuesa merced que un hombre de tan buen
entendimiento haya disparatado desta suerte?
SECRETARIO.
Pues ¿eso le ha de dar á vuesa merced pena?
RECTOR.
Pues ¿no me ha de dar, pesia mi, el ver que haya perdido el juicio
un hombre que yo tenia en tan buena reputacion, y por muy cuerdo y
prudente?
SECRETARIO.
Pudrido está vuesa merced. ¡Hola, ministros!
RECTOR.
¿Á mí, señor secretario?
(-Métenlo.-)
CLARA.
Señor Secretario, mucho me maravillo de que un hombre como vuesa
merced no haya tenido mejor término con el señor Rector.
SECRETARIO.
Pues ¿deso se pudre vuesa merced?
CLARA.
Pues ¿no me tengo de pudrir, viendo la obligacion que vuesa merced le
tiene, y no guardarle mas respeto al señor Rector, siendo superior en
todo? Y bastaba ser su autoridad para tenérsele, y no tenerle de la
manera que vuesa merced le tiene.
SECRETARIO.
¡Oigan, oigan, y qué perdida está la hermana, y qué perdida!
Ministros, metan allá esta hermana.
CLARA.
¿Á mí, señor? Mire vuesa merced...
(-Métenla.-)
SECRETARIO.
Señor Villaverde, ¿esta señora es mujer de vuesa merced?
VILLAVERDE.
¿Si es mi mujer? ¿Por qué lo pregunta vuestra merced?
SECRETARIO.
Pregúntolo, porque la ve llevar presa vuesa merced, y se está con esa
flema.
VILLAVERDE.
Pues ¿no tengo de estar?
SECRETARIO.
¿Cómo estar? pesia á mí. No me diga eso, que arrojaré los papeles y
me hará perder la paciencia. Pues un hombre como vuesa merced, tan
honrado, ¿no tiene obligacion de sentir la desgracia de su mujer?
VILLAVERDE.
Podrido está el amigo; no os escapareis del hospital. ¡Hola,
ministros!
(-Métenle los ministros.-)
(-Saca Villaverde una guitarra y canta.-)
No se pudra nadie
de lo que otros hacen.
Pues que toda vuestra vida
es como juego de naipes,
donde todas son figuras,
y el mejor, mejor lo hace;
dejemos á cada uno
viva en la ley que gustare,
aunque su vida juzguemos
á Ginebra semejante.
Presuma de que á las musas
ya vació los orinales
quien puede ser compañero
de los que alcáceres pacen.
Que es valiente el que, enseñado
á mas robustos manjares,
no se halla sin gollina,
porque consigo la trae.
Y que á poder de arrebol,
del soliman y albayalde,
la que es demonio en figura
quiera parecer un ángel.
Que vea del modo que van
los que reciben pesares,
y les enfada y da pena
las ajenas necedades.
No se pudra nadie
de lo que los otros hacen.
Tomen ejemplo en mí mismo,
que cuando encuentro en la calle
acuchillándose dos,
echo á mi espada una llave;
y pues miro con antojos,
si el astrólogo arrogante
en su repertorio miente,
nunca procuro enfadarme.
Salga el sol á mediodía;
y cuando nuevos me calce
los zapatos, llueva luego,
que es desgracia bien notable;
y despues de haberme hurtado
la mitad del paño el sastre,
no salga bueno el vestido,
viniéndome estrecho ó grande;
parezca bien la comedia,
ó digan que es disparate;
venga ó no venga la gente,
oigan con silencio ó parlen,--
yo no me pienso pudrir,
ni que el contento me acabe,
aunque abadejo me digan
y aunque bacallao me llamen.
FIN DE ESTE ENTREMES.
[Ilustración]
ENTREMES
-DE LOS DOS HABLADORES-.
-Salen el Procurador, Sarmiento y Roldan en hábito roto, cuera,
espada y calcillas.-
SARMIENTO.
Tome, señor procurador, estos doscientos ducados; y doy palabra á
usted que aunque me costára cuatrocientos, holgárame que fuera la
cuchillada de otros tantos puntos.
PROCURADOR.
Usted ha hecho como caballero en dársela, y como cristiano en
pagársela; y yo llevo el dinero, contento de que me descanse y él se
remedie.
ROLDAN.
¡Ah, caballero! ¿es usted procurador?
PROCURADOR.
Sí soy, ¿qué manda usted?
ROLDAN.
¿Qué dinero es ese?
PROCURADOR.
Dámele este caballero, para pagar la parte á quien dió una cuchillada
de doce puntos.
ROLDAN.
¿Y cuánto es el dinero?
PROCURADOR.
Doscientos ducados.
ROLDAN.
Vaya usted con Dios.
PROCURADOR.
Dios guarde á usted.
(-Váse.-)
ROLDAN.
¡Ah, caballero!
SARMIENTO.
¿Á mí gentilhombre?
ROLDAN.
Á usted digo.
SARMIENTO.
¿Y qué es lo que manda?
ROLDAN.
Cúbrase usted, que si no no hablaré palabra.
SARMIENTO.
Ya estoy cubierto.
ROLDAN.
Señor mio: yo soy un pobre hidalgo; aunque me he visto en honra:
tengo necesidad; y he sabido que usted ha dado doscientos ducados
á un hombre á quien ha dado una cuchillada; y por si usted tiene
deleite en darlas, vengo á que usted me dé una adonde fuere servido,
que yo lo haré con cincuenta ducados menos que otro.
SARMIENTO.
Si no estuviera tan mohino me obligára á reir. ¿Usted dícelo de
veras? Pues venga acá, ¿piensa que las cuchilladas se dan sino á
quien las merece?
ROLDAN.
Pues ¿quién las merece como la necesidad? ¿No dicen que tiene cara de
hereje? ¿Pues dónde estará mejor una cuchillada que en la cara de un
hereje?
SARMIENTO.
Usted no debe de ser muy leido: que el proverbio latino no dice, sino
que -necesitas caret lege-, que quiere decir, que la necesidad carece
de ley.
ROLDAN.
Dice muy bien usted: porque la ley fue inventada para la quietud; y
la razon es el alma de la ley; y quien tiene alma tiene potencias:
tres son las potencias del alma, memoria, voluntad y entendimiento:
usted tiene muy buen entendimiento; porque el entendimiento se conoce
en la fisonomía, y la de usted es perversa, por la concurrencia de
Saturno y Júpiter; aunque Vénus le mira en cuadrado, en la decanoria
del signo ascendente por el horóscopo.
SARMIENTO.
¡Por el diablo que aquí me trajo, esto es lo que yo habia menester,
despues de haber pagado doscientos ducados por la cuchillada!
ROLDAN.
¿Cuchillada dijo usted? Está bien dicho: cuchillada fue la que
dió Caín á su hermano Abel, aunque entonces no habia cuchillos:
cuchillada fue la que dió Alejandro Magno á la reina Patasilea, sobre
quitalle á Zamora la bien cercada; y asimismo Julio César al conde
don Pedro Anzures, sobre el jugar á las tablas con dos Gaiferos entre
Cavañas y Olías: pero advierta usted que las heridas se dan de dos
maneras; porque hay traicion y alevosía: la traicion se comete al
rey; la alevosía contra los iguales: por las armas lo han de ser; y
si yo riñere con ventaja: porque dice Carranza en su filosofía de la
espada, y Terencio en la conjuracion de Catilina...
SARMIENTO.
¡Váyase con el diablo, que me lleva sin juicio! ¿No echa de ver que
me dice bernardinas?[60]
ROLDAN.
¿Bernardinas dijo usted? y dijo muy bien, porque es muy lindo nombre;
y una mujer que se llamase Bernardina, estaba obligada á ser monja de
San Bernardo; porque si se llamase Francisca, no podia ser: que las
Franciscas tienen cuatro efes: la F es una de las letras del A. B.
C.: las letras del A. B. C. son veintitres: la K sirve en castellano
cuando somos niños, porque entonces decimos la caca, que se compone
de dos veces esta letra K: dos veces pueden ser de vino: el vino
tiene grandes virtudes: no se ha de tomar en ayunas, ni aguado;
porque las partes raras del agua penetran los poros y se suben al
celebro; y entrando puros...
SARMIENTO.
Téngase, que me ha muerto; y pienso que algun demonio tiene revestido
en esa lengua.
ROLDAN.
Dice usted muy bien; porque quien tiene lengua á Roma va: yo he
estado en Roma y en la Mancha, en Transilvania y en la Puebla de
Montalvan: Montalvan era un castillo, de donde era señor Reinaldos:
Reinaldos era uno de los doce Pares de Francia, y de los que comian
con el emperador Carlo Magno en la mesa redonda; porque no era
cuadrada ni ochavada: en Valladolid hay una placetilla, que llaman el
ochavo: un ochavo es la mitad de un cuarto: un cuarto se compone de
cuatro veces un maravedí: el maravedí antiguo basta tanto como agora
un escudo: dos maneras hay de escudos, hay escudos de paciencia, y
hay escudos...
SARMIENTO.
¡Dios me la dé para sufrille! téngase, que me lleva perdido.
ROLDAN.
Perdido dijo usted y dijo muy bien; porque el perder no es ganar:
hay siete maneras de perder: perder al juego, perder la hacienda, el
trato, perder la honra, perder el juicio, perder por descuido una
sortija ó un lienzo, perder...
SARMIENTO.
¡Acabe con el diablo!
ROLDAN.
¿Diablo dijo usted? y dijo muy bien; porque el diablo nos tienta con
varias tentaciones: la mayor de todas es la de la carne: la carne no
es pescado: el pescado es flemoso: los flemáticos no son coléricos:
de cuatro elementos está compuesto el hombre, de cólera, sangre,
flema y melancolía: la melancolía no es alegría; porque la alegría
consiste en tener dineros: los dineros hacen á los hombres: los
hombres no son bestias: las bestias pacen; y finalmente...
SARMIENTO.
Y finalmente, me quitará usted el juicio, ó poco podrá; pero le
suplico en cortesía me escuche una palabra, sin decirme lo que es
palabra, que me caeré muerto.
ROLDAN.
¿Qué manda usted?
SARMIENTO.
Señor mio: yo tengo una mujer, por mis pecados, la mayor habladora
que se ha visto desde que hubo mujeres en el mundo: es de suerte lo
que habla, que yo me he visto muchas veces resuelto á matalla por las
palabras, como otros por las obras: remedios he buscado, ninguno ha
sido á propósito: á mí me ha parecido que si yo llevase á usted á mi
casa, y hablase con ella seis dias á reo[61], me la pondria de la
manera que están los que comienzan á ser valientes delante de los que
há muchos dias que lo son. Véngase usted conmigo, suplícoselo: que
yo quiero fingir que usted es mi primo, y con este achaque tendré á
usted en mi casa.
ROLDAN.
¿Primo dijo usted? ¡Ó, qué bien que dijo usted! Primo decimos al hijo
del hermano de nuestro padre: primo á un zapatero de obra prima:
prima es una cuerda de una guitarra: la guitarra se compone de cinco
órdenes: las órdenes mendigantes son cuatro: cuatro son los que no
llegan á cinco: con cinco estaba obligado á reñir antiguamente el que
desafiaba de comun; como se vió en don Diego Ordoñez, y los hijos de
Arias Gonzalo, cuando el rey don Sancho...
SARMIENTO.
¡Téngase por Dios, y véngase conmigo, que allí dirá lo demás!
ROLDAN.
Camine delante usted, que yo le pondré esa mujer en dos horas muda
como una piedra, porque la piedra...
SARMIENTO.
No le oiré palabra.
ROLDAN.
Pues camine, que yo le curaré á su mujer.
-Váse Sarmiento y Roldan; y sale doña Beatriz é Inés su criada.-
BEATRIZ.
¡Inés! ¡hola Inés! ¿qué digo? ¡Inés, Inés!
INÉS.
Ya oigo, señora, señora, señora.
BEATRIZ.
Bellaca, desvergonzada, ¿cómo me respondeis vos con ese lenguaje?
¿No sabeis vos que la vergüenza es la principal joya de las mujeres?
INÉS.
Vuestra merced, por hablar, cuando no tiene de qué, me llama
doscientas veces.
BEATRIZ.
Pícara, el número de doscientos es número mayor, debajo del cual
se pueden entender doscientos mil, añadiéndole ceros: los ceros no
tienen valor por sí mismos.
INÉS.
Señora, ya lo tengo entendido: dígame vuesa merced qué tengo de
hacer, porque haremos prosa.
BEATRIZ.
Y la prosa es para que traigais la mesa, para que coma vuestro amo:
que ya sabeis que anda mohino; y una mohina en un casado es causa de
que levante un garrote, y comenzando por las criadas, remate con el
ama.
INÉS.
¿Pues hay mas de sacar la mesa? Voy volando.
-Salen Sarmiento y Roldan.-
SARMIENTO.
¡Hola!, ¿no está nadie en esta casa? ¡Doña Beatriz, hola!
BEATRIZ.
Aquí estoy, señor. ¿De qué venís dando voces?
SARMIENTO.
Mirad que traigo este caballero, soldado y pariente mio, convidado:
acaricialde y regalalde mucho, que va á pretender á la córte.
BEATRIZ.
Si vuestra merced va á la córte, lleve advertido que la córte no
es para Cárlos tu encogido; porque el encogimiento es linage de
bobería; y un bobo está cerca de ser desvalido, y lo merece; porque
el entendimiento es luz de las acciones humanas, y toda la accion
consiste...
ROLDAN.
Quedo, quedo: suplico á vuestra merced, que bien sé que consiste en
la disposicion de la naturaleza; porque la naturaleza obra por los
instrumentos corporales, y va disponiendo los sentidos: los sentidos
son cinco, andar, tocar, correr y pensar, y no estorbar: toda persona
que estorbare es ignorante; y la ignorancia consiste en no caer en
las cosas; quien cae y se levanta, Dios le da buenas pascuas: las
pascuas son cuatro, la de Navidad, la de Reyes, la de Flores, y la de
Pentecostés: Pentecostés es un vocablo esquisito.
BEATRIZ.
¿Cómo esquisito? Mal sabe vuestra merced de esquisitos: toda cosa
esquisita es estraordinaria: la ordinaria no admira: la admiracion
nace de cosas altas: la mas alta cosa del mundo es la quietud, porque
nadie la alcanza: la mas baja es la malicia, porque todos caen en
ella: el caer es forzoso, porque hay tres estados en todas las cosas,
el principio, el aumento y la declinacion.
ROLDAN.
Declinacion dijo vuestra merced y dijo muy bien; porque los nombres
se declinan, los verbos se conjugan; y los que se casan se llaman
con este nombre; y los casados son obligados á quererse, amarse y
estimarse, como lo manda la Santa Madre Iglesia; y la razon de esto
es...
BEATRIZ.
Paso, paso: ¿qué es esto, marido? ¿Teneis juicio? ¿Qué hombre es este
que habeis traido á mi casa?
SARMIENTO.
Por Dios que me huelgo, que he hallado con qué desquitarme. Dad acá
la mesa presto, y comamos: que el señor Roldan ha de ser huésped mio
seis ó siete años.
BEATRIZ.
¿Siete años? Malos años; ni una hora, que reventaré, marido.
SARMIENTO.
Él era harto mejor para serlo vuestro. Hola, dad acá la comida.
INÉS.
¿Convidados tenemos? Aquí está la mesa.
ROLDAN.
¿Quién es esta señora?
SARMIENTO.
Es criada de casa.
ROLDAN.
Una criada que se llama en Valencia fadrina, en Italia masara, en
Francia gazpirria, en Alemania filimoquia, en la córte sirvienta, en
Vizcaya moscorra, y entre pícaros daifa. Venga la comida alegremente,
que quiero que vuesas mercedes me vean comer al uso de la Gran
Bretaña.
BEATRIZ.
Aquí no hay que hacer, sino perder el juicio, marido: que reviento
por hablar.
ROLDAN.
¿Hablar dijo vuestra merced? Dijo muy bien: hablando se entienden los
conceptos; estos se forman en el entendimiento: quien no entiende no
siente: quien no siente no vive: el que no vive es muerto: un muerto
echalle en un huerto.
BEATRIZ.
¡Marido, marido!
SARMIENTO.
¿Qué quereis, mujer?
BEATRIZ.
Echadme de aquí este hombre con los diablos: que reviento por hablar.
SARMIENTO.
Mujer, tened paciencia: que hasta cumplidos los dichos siete años no
puede salir de aquí: porque he dado mi palabra, y estoy obligado á
cumplirla, ó no seré quien soy.
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