modo de una partida de indios implantando en París las costumbres
violentas del desierto. El champañ resultaba en ellos un vino de pelea.
Rompían y pagaban, pero sus generosidades iban seguidas casi siempre de
una batalla. Nadie tenía como Julio la bofetada rápida y la tarjeta
pronta. Su padre aceptaba con gestos de tristeza las noticias de ciertos
amigos que se imaginaban halagar su vanidad haciéndole el relato de
encuentros caballerescos en los que su primogénito rasgaba siempre la
piel del adversario. El pintor entendía más de esgrima que de su arte.
Era campeón de varias armas, boxeaba, y hasta poseía los golpes
favoritos de los paladines que vagan por las fortificaciones. «Inútil y
peligroso como todos los zánganos», protestaba el padre. Pero sentía
latir en el fondo de su pensamiento una irresistible satisfacción, un
orgullo animal, al considerar que este aturdido temible era obra suya.
Por un momento creyó haber encontrado el medio de apartarle de tal
existencia. Los parientes de Berlín visitaron á los Desnoyers en su
castillo de Villeblanche. Karl von Hartrott apreció con bondadosa
superioridad las colecciones ricas y un tanto disparatadas de su cuñado.
No estaban mal: reconocía cierto -cachet- á la casa de París y al
castillo. Podían servir para completar y dar pátina á un título
nobiliario. ¡Pero Alemania!... ¡Las comodidades de su patria!... Quería
que el cuñado admirase á su vez cómo vivía él y las nobles amistades que
embellecían su opulencia. Y tanto insistió en sus cartas, que los
Desnoyers hicieron el viaje. Este cambio de ambiente podía modificar á
Julio. Tal vez despertase su emulación viendo de cerca la laboriosidad
de sus primos, todos con una carrera. Además, el francés creía en la
influencia corruptora de París y en la pureza de costumbres de la
patriarcal Alemania.
Cuatro meses estuvieron allá. Desnoyers sintió al poco tiempo un deseo
de huir. Cada cual con los suyos; no podría entenderse nunca con
aquellas gentes. Muy amables, con amabilidad pegajosa y visibles deseos
de agradar, pero dando tropezones continuamente por una falta
irremediable de tacto, por una voluntad de hacer sentir su grandeza. Los
personajes amigos de los Hartrott hacían manifestaciones de amor á
Francia: el amor piadoso que inspira un niño travieso y débil necesitado
de protección. Y esto lo acompañaban con toda clase de recuerdos
inoportunos sobre las guerras en que los franceses habían sido vencidos.
Todo lo de Alemania, un monumento, una estación de ferrocarril, un
simple objeto de comedor, daba lugar á comparaciones gloriosas: «En
Francia no tienen ustedes eso.» «Indudablemente, en América no habrán
ustedes visto nada semejante.» Don Marcelo se marchó, fatigado de tanta
protección. Su esposa y su hija se habían resistido á aceptar que la
elegancia de Berlín fuese superior á la de París. Chichí, en plena
audacia sacrílega, escandalizó á sus primas declarando que no podía
sufrir á los oficialitos de talle encorsetado y monóculo inconmovible,
que se inclinaban ante las jóvenes con una rigidez automática, uniendo á
sus galanterías una mueca de superioridad.
Julio, bajo la dirección de sus primos, se sumió en el ambiente virtuoso
de Berlín. Con el mayor, «el sabio», no había que contar. Era un
infeliz, dedicado á sus libros, y que consideraba á toda la familia con
gesto protector. Los otros, subtenientes ó alumnos portaespada, le
mostraron con orgullo los progresos de la alegría germánica. Conoció
restoranes nocturnos que eran una imitación de los de París, pero mucho
más grandes. Las mujeres, que allá se contaban á docenas, eran aquí
centenares. La embriaguez escandalosa no resultaba un incidente, sino
algo buscado con plena voluntad, como indispensable para la alegría.
Todo grandioso, brillante, colosal. Los vividores se divertían por
pelotones, el público se emborrachaba por compañías, las mercenarias
formaban regimientos. Experimentó una sensación de disgusto ante las
hembras serviles y tímidas, acostumbradas al golpe, y que buscaban
resarcirse con avidez de las grandes quiebras y desengaños sufridos en
su comercio. Lo era imposible celebrar, como sus primos, con grandes
carcajadas el desencanto de estas mujeres cuando veían perdidas sus
horas, sin conseguir otra cosa que bebida abundante. Además, le
molestaba el libertinaje grosero, ruidoso, con publicidad, como un
alarde de riqueza. «Esto no lo hay en París--decían sus acompañantes
admirando los salones enormes, con centenares de parejas y miles de
bebedores--; no, no lo hay en París.» Se fatigaba de tanta grandeza sin
medida. Creyó asistir á una fiesta de marineros hambrientos, ansiosos de
resarcirse de un golpe de todas las privaciones anteriores. Y sentía los
mismos deseos de huir que su padre.
De este viaje volvió Marcelo Desnoyers con una melancólica resignación.
Aquellas gentes habían progresado mucho. El no era un patriota ciego, y
reconocía lo evidente. En pocos años habían transformado su país; su
industria era poderosa... pero resultaban de un trato irresistible. Cada
uno en su casa, y ¡ojalá que nunca se les ocurriese envidiar la del
vecino!... Pero esta última sospecha la repelía inmediatamente con su
optimismo de hombre de negocios.
«Van á ser muy ricos--pensaba--. Sus asuntos marchan, y el que es rico
no siente deseos de reñir. La guerra con que sueñan cuatro locos resulta
imposible.»
El joven Desnoyers reanudó su existencia parisién, viviendo siempre en
el estudio y presentándose de tarde en tarde en la casa paterna. Doña
Luisa empezó á hablar de un tal Argensola, joven español de gran
sabiduría, reconociendo que sus consejos podían ser de mucha utilidad
para su hijo. Este no sabía con certeza si el nuevo compañero era un
amigo, un maestro ó un sirviente. Otra duda sufrían los visitantes. Los
aficionados á las letras hablaban de Argensola como de un pintor; los
pintores sólo le reconocían superioridad como literato. Nunca pudo
recordar exactamente dónde le había visto la primera vez. Era de los que
subían á su estudio en las tardes de invierno, atraídos por la caricia
roja de la estufa y los vinos facilitados ocultamente por la madre.
Tronaba el español ante la botella liberalmente renovada y la caja de
cigarrillos abierta sobre la mesa, hablando de todo con autoridad. Una
noche se quedó á dormir en un diván. No tenía domicilio fijo. Y después
de esta primera noche, las pasó todas en el estudio.
Julio acabó por admirarle como un reflejo de su personalidad. ¡Lo que
sabía aquel Argensola, venido de Madrid en tercera clase y con veinte
francos en el bolsillo para «violar á la gloria», según sus propias
palabras! Al ver que pintaba con tanta dureza como él, empleando el
mismo dibujo pueril y torpe, se enterneció. Sólo los falsos artistas,
los hombres «de oficio», los ejecutantes sin pensamiento, se preocupan
del colorido y otras ranciedades. Argensola era un artista psicológico,
un pintor de almas. Y el discípulo sintió asombro y despecho al
enterarse de lo sencillo que era pintar un alma. Sobre un rostro
exangüe, con el mentón agudo como un puñal, el español trazaba unos ojos
casi redondos y á cada pupila le asestaba una pincelada blanca, un punto
de luz... el alma. Luego, plantándose ante el lienzo, clasificaba esta
alma con su facundia inagotable, atribuyéndola toda clase de conflictos
y crisis. Y tal era su poder de obsesión, que Julio veía lo que el otro
se imaginaba haber puesto en los ojos de redondez buhesca. El también
pintaría almas... almas de mujeres.
Con ser tan fácil este trabajo de engendramiento psíquico, Argensola
gustaba más de charlar recostado en un diván ó leer al amor de la estufa
mientras el amigo y protector estaba fuera. Otra ventaja esta afición á
la lectura para el joven Desnoyers, que al abrir un volumen iba
directamente á las últimas páginas ó al índice, queriendo «hacerse una
idea», como él decía. Algunas veces, en los salones, había preguntado
con aplomo á un autor cuál era su mejor libro. Y su sonrisa de hombre
listo daba á entender que era una precaución para no perder el tiempo
con los otros volúmenes. Ahora ya no necesitaba cometer estas torpezas.
Argensola leería por él. Cuando le adivinaba interesado por un volumen,
exigía inmediata participación: «Cuéntame el argumento». Y el
«secretario» no sólo hacía la síntesis de comedias y novelas, sino que
le comunicaba el «argumento» de Schopenhauer ó el «argumento» de
Nietzsche... Luego, doña Luisa casi vertía lágrimas al oir que las
visitas se ocupaban de su hijo con la benevolencia que inspira la
riqueza: «Un poco diablo el mozo, pero ¡qué bien preparado!...»
A cambio de sus lecciones, Argensola recibía el mismo trato que un
esclavo griego de los que enseñaban retórica á los patricios jóvenes de
la Roma decadente. En mitad de una explicación, su señor y amigo le
interrumpía:
--Prepárame una camisa de frac. Estoy invitado esta noche.
Otras veces, cuando el maestro experimentaba una sensación de bienestar
animal con un libro en la mano junto á la estufa roncadora, viendo á
través de la vidriera la tarde gris y lluviosa, se presentaba de repente
el discípulo:
--¡Pronto... á la calle! Va á venir una mujer.
Y Argensola, con el gesto de un perro que sacude sus lanas, marchaba á
continuar la lectura en algún cafetucho incómodo de las cercanías.
Su influencia descendió de las cimas de la intelectualidad para
intervenir en las vulgaridades de la vida material. Era el intendente
del patrono; el mediador entre su dinero y los que se presentaban á
reclamarlo factura en mano. «Dinero», decía lacónicamente á fines de
mes. Y Desnoyers prorrumpía en quejas y maldiciones. ¿De dónde iba á
sacarlo? El viejo era de una dureza reglamentaria y no toleraba el menor
avance sobre el mes siguiente. Le tenía sometido á un régimen de
miseria. Tres mil francos mensuales: ¿qué podía hacer con esto una
persona decente?... Deseoso de reducirle, estrechaba el cerco,
interviniendo directamente en la administración de su casa para que doña
Luisa no pudiera hacer donativos al hijo. En vano se había puesto en
contacto con varios usureros de París, hablándoles de su propiedad más
allá del Océano. Estos señores tenían á mano la juventud del país y no
necesitaban exponer sus capitales en el otro mundo. Igual fracaso le
acompañaba cuando, con repentinas muestras de cariño, quería convencer á
don Marcelo de que tres mil francos al mes son una miseria. El
millonario rugía de indignación. ¡Tres mil francos una miseria! ¡Y
además las deudas del hijo que había tenido que pagar en varias
ocasiones!...
--Cuando yo era de tu edad...--empezaba diciendo.
Pero Julio cortaba la conversación. Había oído muchas veces la historia
de su padre. ¡Ah, viejo avariento! Lo que le daba todos los meses no era
mas que la renta del legado de su abuelo... Y por consejo de Argensola,
se atrevió á reclamar el campo. La administración de esa tierra pensaba
confiarla á Celedonio, el antiguo capataz, que era ahora un personaje en
su país, y al que él llamaba irónicamente «mi tío». Desnoyers acogió su
rebeldía fríamente. «Me parece justo. Ya eres mayor de edad.» Y luego de
entregarle el legado, extremó su vigilancia en los gastos de la casa,
evitando á doña Luisa todo manejo de dinero. En adelante, miró á su hijo
como un adversario que necesitaba vencer, tratándolo durante sus rápidas
apariciones en la avenida Víctor Hugo con glacial cortesía, lo mismo que
á un extraño.
Una opulencia transitoria animó por algún tiempo el estudio. Julio había
aumentado sus gastos, considerándose rico. Pero las cartas del tío de
América disiparon estas ilusiones. Primeramente, las remesas de dinero
excedieron en muy poco á la cantidad mensual que le entregaba su padre.
Luego disminuyeron de un modo alarmante. Todas las calamidades de la
tierra parecían haber caído juntas sobre el campo, según Celedonio. Los
pastos escaseaban: unas veces era por falta de lluvia, otras por las
inundaciones, y las reses perecían á centenares. Julio necesitaba
mayores ingresos, y el mestizo marrullero le enviaba lo que pedía, pero
como simple préstamo, reservando el cobro para cuando ajustasen cuentas.
A pesar de tales auxilios, el joven Desnoyers sufría apuros. Jugaba
ahora en un Círculo elegante, creyendo compensar de tal modo sus
periódicas escaseces, y esto servía para que desaparecieran con mayor
rapidez las cantidades recibidas de América... ¡Que un hombre como él se
viese atormentado por la falta de unos miles de francos! ¿De qué le
servía tener un padre con tantos millones?
Si los acreedores se mostraban amenazantes, recurría al «secretario».
Debía ver á mamá inmediatamente: él quería evitarse sus lágrimas y
reconvenciones. Y Argensola se deslizaba como un ratero por la escalera
de servicio del caserón de la avenida Víctor Hugo. El local de sus
embajadas era siempre la cocina, con gran peligro de que el terrible
Desnoyers llegase hasta allí en una de sus evoluciones de hombre
laborioso, sorprendiendo al intruso. Doña Luisa lloraba, conmovida por
las dramáticas palabras del mensajero. ¡Qué podía hacer! Era más pobre
que sus criadas; joyas, muchas joyas, pero ni un franco. Fué Argensola
quien propuso una solución, digna de su experiencia. El salvaría á la
buena madre llevando al Monte de Piedad algunas de sus alhajas. Conocía
el camino. Y la señora aceptó el consejo; pero sólo le entregaba joyas
de mediano valor, sospechando que no las vería más. Tardíos escrúpulos
la hacían prorrumpir á veces en rotundas negativas. Podía saberlo su
Marcelo: ¡qué horror!... Pero el español consideraba denigrante salir de
allí sin llevarse algo, y á falta de dinero, cargaba con un cesto de
botellas de la rica bodega de Desnoyers.
Todas las mañanas entraba doña Luisa en Saint-Honorée d'Eylau para rogar
por su hijo. Apreciaba esta iglesia como algo propio. Era un islote
hospitalario y familiar en el océano inexplorado de París. Cruzaba
discretos saludos con los fieles habituales, gentes del barrio
procedentes de las diversas repúblicas del nuevo mundo. Le parecía estar
más cerca de Dios y de los santos al oir en el atrio conversaciones en
su idioma. Además, era á modo de un salón por donde transcurrían los
grandes sucesos de la colonia sudamericana. Un día era una boda, con
flores, orquesta y cánticos. Ella, con su Chichí al lado, saludaba á las
personas conocidas, cumplimentando luego á los novios. Otro día eran los
funerales de un ex presidente de República ó cualquier otro personaje
ultramarino que terminaba en París su existencia tormentosa. ¡Pobre
presidente! ¡Pobre general!... Doña Luisa recordaba al muerto. Lo había
visto en aquella iglesia muchas veces oyendo su misa devotamente, y se
indignaba contra las malas lenguas que, á guisa de oración fúnebre,
hacían memoria de fusilamientos y Bancos liquidados allá en su país. ¡Un
señor tan bueno y tan religioso! ¡Que Dios lo tenga en su gloria!... Y
al salir á la plaza contemplaba con ojos tiernos los jinetes y amazonas
que se dirigían al Bosque, los lujosos automóviles, la mañana radiante
de sol, toda la fresca puerilidad de las primeras horas del día,
reconociendo que es muy hermoso vivir.
Su mirada de gratitud para lo existente acababa por acariciar el
monumento del centro de la plaza, todo erizado de alas, como si fuese á
desprenderse del suelo. ¡Víctor Hugo!... Le bastaba haber oído este
nombre en boca de su hijo, para contemplar la estatua con un interés de
familia. Lo único que sabía del poeta era que había muerto. De eso casi
estaba segura. Pero se lo imaginaba en vida gran amigo de Julio, en
vista de la frecuencia con que repetía su nombre.
¡Ay, su hijo!... Todos sus pensamientos, sus conjeturas, sus deseos,
convergían en él y en su irreductible marido. Ansiaba que los dos
hombres se entendiesen, terminando una lucha en la que ella era la única
víctima. ¿No haría Dios el milagro?... Como un enfermo que cambia de
sanatorio, persiguiendo á la salud, abandonaba la iglesia de su calle
para frecuentar la Capilla Española de la avenida Friedland. Aquí aún se
consideraba más entre los suyos. A través de las sudamericanas, finas y
elegantes, como si se hubiesen escapado de una lámina de periódico de
modas, sus ojos buscaban con admiración á otras damas peor trajeadas,
gordas, con armiños teatrales y joyas antiguas. Al encontrarse estas
señoras en el atrio, hablaban con voces fuertes y manoteos expresivos,
recortando enérgicamente las palabras. La hija del estanciero se atrevía
á saludarlas, por haberse suscrito á todas sus obras de beneficencia, y
al ver devuelto el saludo experimentaba una satisfacción que la hacía
olvidar momentáneamente sus penas. Eran de aquellas familias que
admiraba su padre sin saber por qué; procedían de lo que llamaban al
otro lado del mar «la madre patria», todas -excelentísimas- y
-altísimas- para la buena doña Chicha, y emparentadas con reyes. No
sabía si darles la mano ó doblar una rodilla, como había oído vagamente
que es de uso en las cortes. Pero de pronto recordaba sus
preocupaciones, y seguía adelante para dirigir sus ruegos á Dios. ¡Ay,
que se acordase de ella! ¡Que no olvidase á su lujo por mucho tiempo!...
Fué la gloria la que se acordó de Julio, estrechándolo en sus brazos de
luz. Se vió repentinamente con todos los honores y ventajas de la
celebridad. La fama sorprende cautelosamente por los caminos más
tortuosos é ignorados. Ni la pintura de almas ni una existencia
accidentada llena de amoríos costosos y duelos complicados
proporcionaron al joven Desnoyers su renombre. La gloria le tomó por los
pies.
Un nuevo placer había venido del otro lado de los mares, para felicidad
de los humanos. Las gentes se interrogaban en los salones con el tono
misterioso de los iniciados que buscan reconocerse: «¿Sabe usted
-tanguear-?...» El tango se había apoderado del mundo. Era el himno
heroico de una humanidad que concentraba de pronto sus aspiraciones en
el armónico contoneo de las caderas, midiendo la inteligencia por la
agilidad de los pies. Una música incoherente y monótona, de inspiración
africana, satisfacía el ideal artístico de una sociedad que no
necesitaba de más. El mundo danzaba... danzaba... danzaba. Un baile de
negros de Cuba introducido cargan tasajo para las Antillas conquistaba
la tierra entera en pocos meses, daba la vuelta á su redondez, saltando
victorioso de nación en nación... lo mismo que la -Marsellesa-.
Penetraba hasta en las cortes más ceremoniosas, derrumbando las
tradiciones del recato y la etiqueta, como un canto de revolución: la
revolución de la frivolidad. El Papa tenía que convertirse en maestro de
baile, recomendando la «furlana» contra el «tango», ya que todo el mundo
cristiano, sin distinción de sectas, se unía en el deseo común de agitar
los pies con un frenesí tan incansable como el de los poseídos de la
Edad Media.
Julio Desnoyers, al encontrar esta danza de su adolescencia, soberana y
triunfadora en pleno París, se entregó á ella con la confianza que
inspira una amante vieja. ¡Quién le hubiese anunciado, cuando era
estudiante y frecuentaba los bailes más abyectos de Buenos Aires,
vigilados por la policía, que estaba haciendo el aprendizaje de la
gloria!...
De cinco á siete, centenares de ojos le siguieron con admiración en los
salones de los Campos Elíseos, donde costaba cinco francos una taza de
té con derecho á intervenir en la danza sagrada. «Tiene la línea»,
decían las damas apreciando su cuerpo esbelto, de mediana estatura y
fuertes resortes. Y él, con el chaqué ceñido de talle y abombado de
pecho, los pies de femenil pequeñez enfundados en charol y cañas blancas
sobre altos tacones, bailaba grave, reflexivo, silencioso, como un
matemático en pleno problema, mientras las luces azuleaban las dos
cortinas obscuras, apretadas y brillantes de sus guedejas. Las mujeres
solicitaban ser presentadas á él, con la dulce esperanza de que sus
amigas las envidiasen viéndolas en los brazos del maestro. Las
invitaciones llovían sobre Julio. Se abrían á su paso los salones más
inaccesibles. Todas las tardes adquiría una docena de amistades. La moda
había traído profesores del otro lado del mar, -compadritos- de los
arrabales de Buenos Aires, orgullosos y confusos al verse aclamados lo
mismo que un tenor de fama ó un conferencista. Pero sobre estos
bailarines de una vulgaridad originaria y que se hacían pagar,
triunfaba Julio Desnoyers. Los incidentes de su vida anterior eran
comentados por las mujeres como hazañas de galán novelesco.
--Te estás matando--decía Argensola--. Bailas demasiado.
La gloria de su amigo representaba nuevas molestias para él. Sus
plácidas lecturas ante la estufa se veían ahora interrumpidas
diariamente. Imposible leer más de un capítulo. El hombre célebre le
apremiaba con sus órdenes para que se marchase á la calle. «Una nueva
lección» decía el parásito. Y cuando estaba solo, numerosas visitas,
todas de mujeres, unas preguntonas y agresivas, otras melancólicas, con
aire de abandono, venían á interrumpirle en su reflexivo
entretenimiento. Una de éstas aterraba con su insistencia á los
habitantes del estudio. Era una americana del Norte, de edad
problemática, entre los treinta y dos y los cincuenta y nueve años,
siempre con faldas cortas, que al sentarse se recogían indiscretas, como
movidas por un resorte. Varios bailes con Desnoyers y una visita á la
-rue de la Pompe- representaban para ella sagrados derechos adquiridos,
y perseguía al maestro con la desesperación de una creyente abandonada.
Julio había escapado al saber que esta beldad, de esbeltez juvenil vista
por el dorso, tenía dos nietos. «-Máster- Desnoyers ha salido», decía
invariablemente Argensola al recibirla. Y la abuela lloraba,
prorrumpiendo en amenazas. Quería suicidarse allí mismo, para que su
cadáver espantase á las otras mujeres que venían á quitarle lo que
consideraba suyo. Ahora era Argensola el que despedía á su compañero
cuando deseaba verse solo. «Creo que la yanqui va á venir», decía con
indiferencia. Y el grande hombre huía, valiéndose muchas veces de la
escalera de servicio.
En esta época empezó á desarrollarse el suceso más importante de su
existencia. La familia Desnoyers iba á unirse con la del senador Lacour.
René, el hijo único de éste, había acabado por inspirar á Chichí cierto
interés que casi era amor. El personaje deseaba para su descendiente los
campos sin límites, los rebaños inmensos, cuya descripción le conmovía
como un relato maravilloso y banquetes. Toda celebridad nueva le
sugería inmediatamente el plan de un almuerzo. No había personaje de
paso en París, viajero polar ó cantante famoso que escapase sin ser
exhibido en el comedor de Lacour. El hijo de Desnoyers--en el que apenas
se había fijado hasta entonces--le inspiró una simpatía repentina. El
senador era un hombre moderno, y no clasificaba la gloria ni distinguía
las reputaciones. Le bastaba que un apellido sonase, para aceptarlo con
entusiasmo. Al visitarle Julio, lo presentaba con orgullo á sus amigos,
faltando poco para que le llamase «querido maestro». El tango acaparaba
todas las conversaciones. Hasta en la Academia se habían ocupado de él,
para demostrar elocuentemente que la juventud de la antigua Atenas se
divertía con algo semejante... Y Lacour había soñado toda su vida con
una república ateniense para su país.
El joven Desnoyers conoció en estas reuniones al matrimonio Laurier. El
era un ingeniero que poseía una fábrica de motores para automóviles en
las inmediaciones de París: un hombre de treinta y cinco años, grande,
algo pesado, silencioso, que posaba en torno de su persona una mirada
lenta, como si quisiera penetrar más profundamente en los hombres y los
objetos. Madama Laurier tenía diez años menos que su marido, y parecía
despegarse de él por la fuerza de un rudo contraste. Era de carácter
ligero, elegante, frívola, y amaba la vida por los placeres y
satisfacciones que proporciona. Parecía aceptar con sonriente
conformidad la adoración silenciosa y grave de su esposo. No podía hacer
menos por una criatura de sus méritos. Además, había aportado al
matrimonio una dote de trescientos mil francos, capital que sirvió al
ingeniero para ensanchar sus negocios. El senador había intervenido en
el arreglo de esta sociedad matrimonial. Laurier le interesaba por ser
hijo de un compañero de su juventud.
La presencia de Julio fué para Margarita Laurier un rayo de sol en el
aburrido salón de Lacour. Ella bailaba la danza de moda, frecuentando
los «té-tango» donde era admirado Desnoyers. ¡Verse de pronto al lado
de este hombre célebre é interesante que se disputaban las mujeres!...
Para que no la creyese una burguesa igual á las otras contertulias del
senador, habló de sus costureros, todos de la -rue de la Paix-,
declarando gravemente que una mujer que se respeta no puede salir á la
calle con un vestido de menos de ochocientos francos, y que el sombrero
de mil, objeto de asombro hace pocos años, era ahora una vulgaridad.
Este conocimiento sirvió para que «la pequeña Laurier»--como la llamaban
las amigas, á pesar de su buena estatura--se viese buscada por el
maestro en los bailes, saliendo á danzar con él entre miradas de
despecho y envidia. ¡Qué triunfo para la esposa de un simple ingeniero,
que iba á todas partes en el automóvil de su madre!... Julio sintió al
principio la atracción de la novedad. La había creído igual á todas las
que languidecían en sus brazos siguiendo el ritmo complicado de la
danza. Después la encontró distinta. Las resistencias de ella á
continuación de las primeras intimidades verbales exaltaron su deseo. En
realidad, nunca había tratado á una mujer de su clase. Las de su primera
época eran parroquianas de los restoranes nocturnos, que acababan por
hacerse pagar. Ahora, la celebridad traía á sus brazos damas de alta
posición, pero con un pasado inconfesable, ansiosas de novedades y
excesivamente maduras. Esta burguesa que marchaba hacia él y en el
momento del abandono retrocedía con bruscos renacimientos de pudor
representaba algo extraordinario.
Los salones de tango experimentaron una gran pérdida. Desnoyers se dejó
ver con menos frecuencia, abandonando su gloria á los profesionales.
Transcurrían semanas enteras sin que las devotas pudiesen admirar de
cinco á siete sus crenchas negras y sus piececitos charolados brillando
bajo las luces al compás de graciosos movimientos.
Margarita Laurier también huyó de estos lugares. Las entrevistas de los
dos se desarrollaron con arreglo á lo que ella había leído en las
novelas amorosas que tienen por escenario á París. Iba en busca de Julio
temiendo ser reconocida, trémula de emoción, escogiendo los trajes más
sombríos, cubriéndose el rostro con un velo tupido, «el velo de
adulterio», como decían sus amigas. Se daban cita en los -squares- de
barrio menos frecuentados, cambiando de lugar como los pájaros miedosos,
que á la más leve inquietud levantan el vuelo para ir á posarse á gran
distancia. Unas veces se juntaban en las Buttes Chaumont, otras
preferían los jardines de la orilla izquierda del Sena, el Luxemburgo y
hasta el remoto Parque de Montsouris. Ella sentía escalofríos de terror
al pensar que su marido podía sorprenderla, mientras el laborioso
ingeniero estaba en la fábrica, á una distancia enorme de la realidad.
Su aspecto azorado, sus excesivas precauciones para deslizarse
inadvertida, acababan por llamar la atención de los transeuntes.
Julio se impacientó con las molestias de este amor errante, sin otro
resultado que algunos besos furtivos. Pero callaba al fin, dominado por
las palabras suplicantes de Margarita. No quería ser suya como una de
tantas: necesitaba convencerse de que este amor iba á durar siempre. Era
su primera falta y deseaba que fuese la última. ¡Ay! ¡Su reputación
intacta hasta entonces!... ¡El miedo á lo que podía decir la gente!...
Los dos retrocedieron hasta la adolescencia; se amaron con la pasión
confiada y pueril de los quince años, que nunca habían conocido. Julio
había saltado de la niñez á los placeres del libertinaje, recorriendo de
un golpe toda la iniciación de la vida. Ella había deseado el matrimonio
por hacer como las demás, por adquirir el respeto y la libertad de una
mujer casada, sintiendo únicamente hacia su esposo un vago
agradecimiento. «Terminamos por donde otros empiezan», decía Desnoyers.
Su pasión tomaba todas las formas de un amor intenso, creyente y vulgar.
Se enternecían con un sentimentalismo de romanza al estrecharse las
manos y cambiar un beso en un banco de jardín á la hora del crepúsculo.
El guardaba un mechón de pelo de Margarita, aunque dudando de su
autenticidad, con la vaga sospecha de que bien podía ser de los añadidos
impuestos por la moda. Ella abandonaba su cabeza en uno de sus hombros,
se apelotonaba, como si implorase su dominación; pero siempre al aire
libre. Apenas intentaba carruaje, madama le repelía vigorosamente. Una
dualidad contradictoria parecía inspirar sus actos. Todas las mañanas
despertaba dispuesta al vencimiento final. Pero luego, al verse junto á
él, reaparecía la pequeña burguesa, celosa de su reputación, fiel á las
enseñanzas de su madre.
Un día accedió á visitar el estudio, con el interés que inspiran los
lugares habitados por la persona amada. «Júrame que me respetarás.» El
tenía el juramento fácil, y juró por todo lo que Margarita quiso... Y
desde este día ya no se vieron en los jardines ni vagaron perseguidos
por el viento del invierno. Se quedaron en el estudio, y Argensola tuvo
que modificar su existencia, buscando la estufa de algún pintor amigo
para continuar sus lecturas.
Esta situación se prolongó dos meses. No supieron nunca qué fuerza
secreta derrumbó de pronto su tranquila felicidad. Tal vez fué una amiga
de ella, que, adivinando los hechos, los hizo saber al marido por medio
de un anónimo; tal vez se delató la misma esposa inconscientemente, con
sus alegrías inexplicables, sus regresos tardíos á la casa, cuando la
comida estaba ya en la mesa, y la repentina aversión que mostraba al
ingeniero en las horas de intimidad matrimonial, para mantenerse fiel al
recuerdo del otro. El compartirse entre el compañero legal y el hombre
amado era un tormento que no podía soportar su entusiasmo simple y
vehemente.
Cuando trotaba una noche por la -rue de la Pompe- mirando su reloj y
temblando de impaciencia al no encontrar un automóvil ó un simple
fiacre, le cortó el paso un hombre... ¡Esteban Laurier! Aún se
estremecía de miedo al recordar esta hora trágica. Por un momento creyó
que iba á matarla. Los hombres serios, tímidos y sumisos son terribles
en sus explosiones de cólera. El marido lo sabía todo. Con la misma
paciencia que empleaba en la solución de sus problemas industriales, la
había estudiado día tras día, sin que pudiese adivinar esta vigilancia
en su rostro impasible. Luego la había seguido, hasta adquirir la
completa evidencia de su infortunio.
Margarita no se lo había imaginado nunca tan vulgar y ruidoso en sus
pasiones. Esperaba que aceptase los hechos fríamente, con un ligero
tinte de ironía filosófica, como lo hacen los hombres verdaderamente
distinguidos, como lo habían hecho los maridos de muchas de sus amigas.
Pero el pobre ingeniero, que más allá de su trabajo sólo veía á su
esposa, amándola como mujer y admirándola como un ser delicado y
superior, resumen de todas las gracias y elegancias, no podía
resignarse, y gritó y amenazó sin recato alguno, haciendo que el
escándalo se esparciese por todo el círculo de sus amistades. El senador
experimentaba una gran molestia al recordar que era en su respetable
vivienda donde se habían conocido los culpables. Pero su cólera la
dirigió contra el esposo. ¡Qué falta de saber vivir!... Las mujeres son
las mujeres, y todo tiene arreglo. Pero después de las imprudencias de
este energúmeno no era posible una solución elegante, y había que
entablar el divorcio.
El viejo Desnoyers se irritó al conocer la última hazaña de su hijo.
Laurier le inspiraba un gran afecto. La solidaridad instintiva que
existe entre los hombres de trabajo, pacientes y silenciosos, les había
hecho buscarse. En las tertulias del senador pedía noticias al ingeniero
de la marcha de sus negocios, interesándose por el desarrollo de aquella
fábrica, de la que hablaba con ternuras de padre. El millonario, que
gozaba fama de avariento, había llegado á ofrecerle un apoyo
desinteresado, por si algún día necesitaba ensanchar su acción
laboriosa. ¡Y á este hombre bueno venía á robarle la felicidad su hijo,
un bailarín frívolo é inútil!...
Laurier, en los primeros momentos, habló de batirse. Su cólera fué la
del caballo de labor que rompe los tirantes de la máquina de trabajo,
eriza su pelaje con relinchos de locura y muerde. El padre se indignó
ante su determinación... ¡Un escándalo más! Julio había dedicado la
mejor parte de su existencia al manejo de las armas.
--Lo matará--decía el senador--. Estoy seguro de que lo matará. Es la
lógica de la vida: el inútil mata siempre al que sirve para algo.
Pero no hubo muerte alguna. El padre de la República supo manejar á
unos y á otros con la misma habilidad que mostraba en los pasillos del
Senado al surgir una crisis ministerial. Se acalló el escándalo.
Margarita fué á vivir con su madre, y empezaron las primeras gestiones
para el divorcio.
Algunas tardes, cuando en el reloj del estudio daban las siete, ella
había dicho tristemente, entre los desperezos de su cansancio amoroso:
--Marcharme... Marcharme cuando ésta es mi verdadera casa... ¡Ay, por
qué no somos casados!...
Y él, que sentía florecer en su alma todo un jardín de virtudes
burguesas ignoradas hasta entonces, repetía convencido:
--Es verdad, ¡por qué no somos casados!
Sus deseos podían realizarse. El marido les facilitaba el paso con su
inesperada intervención. Y el joven Desnoyers se marchó á América para
reunir dinero y casarse con Margarita.
IV
El primo de Berlín
El estudio de Julio Desnoyers ocupaba el último piso sobre la calle. El
ascensor y la escalera principal terminaban ante su puerta. A sus
espaldas, dos pequeños departamentos recibían la luz de un patio
interior, teniendo como único medio de comunicación la escalera de
servicio, que ascendía hasta las buhardillas.
Argensola, al quedarse en el estudio durante el viaje de su compañero,
había buscado la amistad de estos vecinos de piso. La más grande de las
habitaciones se hallaba desocupada durante el día. Sus dueños sólo
volvían después de comer en el restorán. Era un matrimonio de
empleados, que únicamente permanecía en casa los días festivos. El
hombre, vigoroso y de aspecto marcial, prestaba servicio de inspector en
un gran almacén. Había sido militar en África, ostentaba una
condecoración y tenía el grado de subteniente en el ejército de reserva.
Ella era una rubia, abultada y algo anémica, de ojos claros y gesto
sentimental. En los días de fiesta pasaba largas horas ante el piano,
evocando sus recuerdos musicales, siempre los mismos. Otras veces la
veía Argensola por una ventana interior trabajando en la cocina, ayudada
por su compañero, riendo los dos de sus torpezas é inexperiencias al
improvisar la comida del domingo.
La portera tenía á esta mujer por alemana, pero ella hacía constar su
condición de suiza. Desempeñaba el empleo de cajera en un almacén que no
era el de su compañero. Por las mañanas salían juntos, para separarse en
la plaza de la Estrella, siguiendo cada uno distinta dirección. A las
siete de la tarde se saludaban con un beso en plena calle, como
enamorados que se encuentran por primera vez, y luego de su comida
volvían al nido de la -rue de la Pompe-. Argensola se vió rechazado, en
todos sus intentos de amistad, por el egoísmo de esta pareja. Le
contestaban con una cortesía glacial: vivían únicamente para ellos.
El otro departamento, compuesto de dos piezas, estaba ocupado por un
hombre solo. Era un ruso ó polaco, que volvía casi siempre con paquetes
de libros y pasaba largas horas escribiendo junto á una ventana del
patio. El español le tuvo desde el primer momento por un hombre
misterioso que ocultaba tal vez enormes méritos: un verdadero personaje
de novela. Le impresionaba el aspecto exótico de Tchernoff: su barba
revuelta, sus melenas aceitosas, sus gafas sobre una nariz amplia que
parecía deformada por un puñetazo. Como un nimbo invisible le circundaba
cierto hedor compuesto de vino barato y emanaciones de ropas trasudadas;
Argensola lo percibía á través de la puerta de servicio: «El amigo
Tchernoff que vuelve.» Y salía á la escalera interior para hablar con su
vecino. Este defendió por mucho tiempo el acceso á su vivienda. El
español llegó á creer que se dedicaba á la alquimia y otras operaciones
misteriosas. Cuando al fin pudo entrar, vió libros, muchos libros,
libros por todas partes, esparcidos en el suelo, alineados sobre tablas,
apilados en los rincones, invadiendo sillas desvencijadas, mesas viejas,
y una cama que sólo era rehecha de tarde en tarde, cuando el dueño,
alarmado por la creciente invasión de polvo y telarañas, reclamaba el
auxilio de una amiga de la portera.
Argensola reconoció al fin con cierto desencanto que no había nada
misterioso en la vida de este hombre. Lo que escribía junto á la ventana
eran traducciones: unas hechas de encargo, otras voluntariamente para
los periódicos socialistas. Lo único asombroso en él era la cantidad de
idiomas que conocía.
--Todos los sabe--dijo á Desnoyers al describirle este vecino--. Le
basta oir uno nuevo, para dominarlo á los pocos días. Posee la clave, el
secreto de las lenguas vivas y muertas. Habla el castellano como
nosotros y no ha estado jamás en un país de habla española.
La sensación del misterio volvió á experimentarla Argensola al leer los
títulos de muchos de los volúmenes amontonados. Eran libros antiguos en
su mayor parte, muchos de ellos en idiomas que él no podía descifrar,
recolectados á precios bajos en librerías de lance y en las cajas de los
-bouquinistes- instaladas sobre los parapetos del Sena. Sólo aquel
hombre, que tenía «la clave de las lenguas», podía adquirir tales
volúmenes. Una atmósfera de misticismo, de iniciaciones sobrehumanas, de
secretos intactos á través de los siglos, parecía desprenderse de estos
montones de volúmenes polvorientos, algunos con las hojas roídas. Y
confundidos con los libros vetustos aparecían otros de cubierta flamante
y roja, cuadernos de propaganda socialista, folletos en todos los
idiomas de Europa, y periódicos, muchos periódicos, con títulos que
evocaban la revolución.
Tchernoff no parecía gustar de visitas y conversaciones. Sonreía
enigmáticamente á través de su barba de ogro, ahorrando palabras para
terminar pronto la entrevista. Pero Argensola poseía el medio de vencer
á este personaje huraño. Le bastaba guiñar un ojo con expresiva
invitación. «¿Vamos?» Y se instalaban los dos en un diván de Desnoyers ó
en la cocina del estudio, frente á una botella procedente de la avenida
Víctor Hugo. Los vinos preciosos de don Marcelo enternecían al ruso,
haciéndolo más comunicativo. Pero aun valiéndose de este auxilio, el
español sabía poca cosa de su existencia. Algunas veces nombraba á
Jaurés y á otros oradores socialistas. Su medio de vida más seguro era
traducir para los periódicos del partido. En varias ocasiones se le
escapó el nombre de Siberia, declarando que había estado allá mucho
tiempo. Pero no quería hablar del lejano país visitado contra su
voluntad. Sonreía modestamente, sin prestarse á mayores revelaciones.
Al día siguiente de la llegada de Julio Desnoyers estaba Argensola, por
la mañana, hablando con Tchernoff en el rellano de la escalera de
servicio, cuando sonó el timbre de la puerta del estudio que comunicaba
con la escalera principal. Una gran contrariedad. El ruso, que conocía á
los políticos avanzados, le estaba dando cuenta de las gestiones
realizadas por Jaurés para mantener la paz. Aún había muchos que sentían
esperanzas. El, Tchernoff, comentaba estas ilusiones con su sonrisa de
esfinge achatada. Tenía sus motivos para dudar... Pero sonó el timbre
otra vez, y el español corrió á abrir, abandonando á su amigo.
Un señor deseaba ver á Julio. Hablaba el francés correctamente, pero su
acento fué una revelación para Argensola. Al entrar en el dormitorio en
busca de su compañero, que acababa de levantarse, dijo con seguridad:
--Es tu primo de Berlín que viene á despedirse. No puede ser otro.
Los tres hombres se juntaron en el estudio. Desnoyers presentó á su
camarada, para que el recién llegado no se equivocase acerca de su
condición social.
--He oído hablar de él. El señor es Argensola, un joven de grandes
méritos.
Y el doctor Julius von Hartrott dijo esto con la suficiencia de un
hombre que lo sabe todo y desea agradar á un inferior, concediéndole la
limosna de su atención.
Los dos primos se contemplaron con una curiosidad no exenta de recelo.
Les ligaba un parentesco íntimo, pero se conocían muy poco, presintiendo
mutuamente una completa divergencia de opiniones y gustos.
Al examinar Argensola á este sabio, le encontró cierto aspecto de
oficial vestido de paisano. Se notaba en su persona un deseo de imitar á
las gentes de espada cuando de tarde en tarde adoptan el hábito civil;
la aspiración de todo burgués alemán á que lo confundan con los de clase
superior. Sus pantalones eran estrechos, como si estuvieran destinados á
enfundarse en botas de montar. La chaqueta, con dos filas de botones,
tenía el talle recogido, amplio y largo el faldón y muy subidas las
solapas, imitando vagamente una levita de militar. El bigote rojizo
sobre una mandíbula fuerte y el pelo cortado á rape completaban esta
simulación guerrera. Pero sus ojos, unos ojos de estudio, con la pupila
mate, grandes, asombrados y miopes, se refugiaban detrás de unas gafas
de gruesos cristales, dándole un aspecto de hombre pacífico.
Desnoyers sabía de él que era profesor auxiliar de Universidad, que
había publicado algunos volúmenes, gruesos y pesados como ladrillos, y
figuraba entre los colaboradores de un «Seminario histórico», asociación
para la rebusca de documentos, dirigida por un historiador famoso. En
una solapa ostentaba la roseta de una Orden extranjera.
Su respeto por el sabio de la familia iba acompañado de cierto
menosprecio. El y su hermana Chichí habían sentido desde pequeños una
hostilidad instintiva hacia los primos de Berlín. Le molestaba además
ver citado por su familia como ejemplo digno de imitación á este
pedante, que sólo conocía la vida á través de los libros y pasaba su
existencia averiguando lo que habían hecho los hombres en otras épocas,
para sacar consecuencias con arreglo á sus opiniones de alemán. Julio
tenía gran facilidad para la admiración y reverenciaba á todos los
escritores cuyos «argumentos» le había contado Argensola, pero no podía
aceptar la grandeza intelectual del ilustre pariente.
Durante su permanencia en Berlín, una palabra alemana de invención
vulgar le había servido para clasificarlo. Los libros de investigación
minuciosa y pesada se publicaban á docenas todos los meses. No había
profesor que dejase de levantar sobre la base de un simple detalle su
volumen enorme, escrito de un modo torpe y confuso. Y la gente, al
apreciar á estos autores miopes, incapaces de una visión genial de
conjunto, los llamaba -Sitzfleisch haben- (con mucha carne en las
posaderas), aludiendo á las larguísimas asentadas que representaban sus
obras. Esto era su primo para él: un -Sitzfleisch haben-.
El doctor von Hartrott, al explicar su visita, habló en español. Se
valía de este idioma por haber sido el de la familia durante su niñez y
al mismo tiempo por precaución, pues miró en torno repetidas veces, como
si temiese ser oído. Venía á despedirse de Julio. Su madre le había
hablado de su llegada, y no quería marcharse sin verle. Iba á salir de
París dentro de unas horas; las circunstancias eran apremiantes.
--Pero ¿tú crees que habrá guerra?--preguntó Desnoyers.
--La guerra será mañana ó pasado. No hay quien la evite. Es un hecho
necesario para la salud de la humanidad.
Se hizo un silencio. Julio y Argensola miraron con asombro á este hombre
de aspecto pacífico que acababa de hablar con arrogancia belicosa. Los
dos adivinaron que el doctor hacía su visita por la necesidad de
comunicar á alguien sus opiniones y sus entusiasmos. Al mismo tiempo,
tal vez deseaba conocer lo que ellos pensaban y sabían, como una de
tantas manifestaciones de la muchedumbre de París.
--Tú no eres francés--añadió dirigiéndose á su primo--; tú has nacido en
Argentina, y delante de ti puede decirse la verdad.
--¿Y tú no has nacido allá?--preguntó Julio, sonriendo.
El doctor hizo un movimiento de protesta, como si acabase de oir algo
insultante.
--No; yo soy alemán. Nazca donde nazca uno de nosotros, pertenece
siempre á la madre Alemania.
Luego continuó, dirigiéndose á Argensola:
--También el señor es extranjero. Procede de la noble España, que nos
debe á nosotros lo mejor que tiene: el culto del honor, el espíritu
caballeresco.
El español quiso protestar, pero el sabio no le dejó, añadiendo con tono
doctoral:
--Ustedes eran celtas miserables, sumidos en la vileza de una raza
inferior y mestizados por el latinismo de Roma, lo que hacía aún más
triste su situación. Afortunadamente, fueron conquistados por los godos
y otros pueblos de nuestra raza, que les infundieron la dignidad de
personas. No olvide usted, joven, que los vándalos fueron los abuelos de
los prusianos actuales.
De nuevo intentó hablar Argensola, pero su amigo le hizo un signo para
que no interrumpiese al profesor. Este parecía haber olvidado la reserva
de poco antes, entusiasmándose con sus propias palabras.
--Vamos á presenciar grandes sucesos--continuó--. Dichosos los que hemos
nacido en la época presente, la más interesante de la Historia. La
humanidad cambia de rumbo en estos momentos. Ahora, empieza la verdadera
civilización.
La guerra próxima iba á ser, según él, de una brevedad nunca vista.
Alemania se había preparado para realizar el hecho decisivo sin que la
vida económica del mundo sufriese una larga perturbación. Un mes le
bastaba para aplastar á Francia, el más temible de sus adversarios.
Luego marcharía contra Rusia, que, lenta en sus movimientos, no podía
oponer una defensa inmediata. Finalmente, atacaría á la orgullosa
Inglaterra, aislándola en su archipiélago, para que no estorbase más con
su preponderancia el progreso germánico. Esta serie de rápidos golpes y
victorias fulminantes sólo necesitaban para desarrollarse el curso de un
verano. La caída de las hojas saludaría en el próximo otoño el triunfo
definitivo de Alemania.
Con la seguridad de un catedrático que no espera ser refutado por sus
oyentes, explicó la superioridad de la raza germánica. Los hombres
estaban divididos en dos grupos: dolicocéfalos y braquicéfalos, según la
conformación de su cráneo. Otra distinción científica los repartía en
hombres de cabellos rubios ó de cabellos negros. Los dolicocéfalos
representaban pureza de raza, mentalidad superior. Los braquicéfalos
eran mestizos, con todos los estigmas de la degeneración. El germano,
dolicocéfalo por excelencia, era el único heredero de los primitivos
arios. Todos los otros pueblos, especialmente los del Sur de Europa,
llamados «latinos», pertenecían á una humanidad degenerada.
El español no pudo contenerse más. ¡Pero si estas teorías del racismo
eran antiguallas en las que no creía ya ninguna persona medianamente
ilustrada! ¡Si no existía un pueblo puro, ya que todos ellos tenían, mil
mezclas en su sangre después de tanto cruzamiento histórico!... Muchos
alemanes presentaban los mismos signos étnicos que el profesor atribuía
á las razas inferiores.
--Hay algo de eso--dijo Hartrott--. Pero aunque la raza germánica no sea
pura, es la menos impura de todas, y á ella le corresponde el gobierno
del mundo.
Su voz tomaba una agudeza irónica y cortante al hablar de los celtas,
pobladores de las tierras del Sur. Habían retrasado el progreso de la
humanidad, lanzándola por un falso derrotero. El celta es
individualista, y por consecuencia, un revolucionario ingobernable que
tiende al igualitarismo. Además, es humanitario y hace de la piedad una
virtud, defendiendo la existencia de los débiles que no sirven para
nada.
El nobilísimo germano pone por encima de todo el orden y la fuerza.
Elegido por la Naturaleza para mandar á las razas eunucas, posee todas
las virtudes que distinguen á los jefes. La Revolución francesa había
sido simplemente un choque entre germanos y celtas. Los nobles de
Francia descendían de los guerreros alemanes instalados en el país
después de la invasión llamada de los bárbaros. La burguesía y el pueblo
representaban el elemento galo-celta. La raza inferior había vencido á
la superior, desorganizando al país y perturbando al mundo. El celtismo
era el inventor de la democracia, de la doctrina socialista, de la
anarquía. Pero iba á sonar la hora del desquite germánico, y la raza
nórtica volvería á restablecer el orden, ya que para esto la había
favorecido Dios conservando su indiscutible superioridad.
--Un pueblo--añadió--sólo puede aspirar á grandes destinos si es
fundamentalmente germánico. Cuanto menos germánico sea, menor resultará
su civilización. Nosotros representamos la aristocracia de la humanidad,
«la sal de la tierra», como dijo nuestro Guillermo.
Argensola escuchaba con asombro estas afirmaciones orgullosas. Todos los
grandes pueblos habían pasado por la fiebre del imperialismo. Los
griegos aspiraban á la hegemonía, por ser los más civilizados y creerse
los más aptos para dar la civilización á los otros hombres. Los romanos,
al conquistar las tierras, implantaban el derecho y las reglas de la
justicia. Los franceses de la Revolución y del Imperio justificaban sus
invasiones con el deseo de libertar á los hombres y sembrar nuevas
ideas. Hasta los españoles del siglo XVI, al batallar con media Europa
por la unidad religiosa y el exterminio de la herejía, trabajaban por un
ideal erróneo, obscuro, pero desinteresado.
Todos se movían en la Historia por algo que consideraban generoso y
estaba por encima de sus intereses. Sólo la Alemania de aquel profesor
intentaba imponerse al mundo en nombre de la superioridad de su raza,
superioridad que nadie le había reconocido, que ella misma se atribuía,
dando á sus afirmaciones un barniz de falsa ciencia.
--Hasta ahora, las guerras han sido de soldados--continuó Hartrott--. La
que ahora va á empezar será de soldados y de profesores. En su
preparación ha tomado la Universidad tanta parte como el Estado Mayor.
La ciencia germánica, la primera de todas, está unida para siempre á lo
que los revolucionarios latinos llaman desdeñosamente el militarismo. La
fuerza, señora del mundo, es la que crea el derecho, la que impondrá
nuestra civilización, única verdadera. Nuestros ejércitos son los
representantes de nuestra cultura, y en unas cuantas semanas librarán al
mundo de su decadencia céltica, rejuveneciéndolo.
El porvenir inmenso de su raza le hacía expresarse con un entusiasmo
lírico. Guillermo I, Bismarck, todos los héroes de las victorias
pasadas, le inspiraban veneración, pero hablaba de ellos como de dioses
moribundos, cuya hora había pasado. Eran gloriosos abuelos, de
pretensiones modestas, que se limitaron á ensanchar las fronteras, á
realizar la unidad del Imperio, oponiéndose luego con una prudencia de
valetudinarios á todos los atrevimientos de la nueva generación. Sus
ambiciones no iban más allá de una hegemonía continental... Pero luego
surgía Guillermo II, el héroe complejo que necesitaba el país.
--Mi maestro Lamprecht--dijo Hartrott--ha hecho el retrato de su
grandeza. Es la tradición y el porvenir, el orden y la audacia. Tiene la
convicción de que representa la monarquía por la gracia de Dios, lo
mismo que su abuelo. Pero su inteligencia viva y brillante reconoce y
acepta las novedades modernas. Al mismo tiempo que romántico, feudal y
sostenedor de los conservadores agrarios, es un hombre del día: busca
las soluciones prácticas y muestra un espíritu utilitario, á la
americana. En él se equilibran el instinto y la razón.
Alemania, guiada por este héroe, había ido agrupando sus fuerzas y
reconociendo su verdadero camino. La Universidad lo aclamaba con más
entusiasmo aún que sus ejércitos. ¿Para qué almacenar tanta fuerza de
agresión y mantenerla sin empleo?... El imperio del mundo correspondía
al pueblo germánico. Los historiadores y filósofos discípulos de
Treitschke iban á encargarse de forjar los derechos que justificasen
esta dominación mundial. Y Lamprecht, el historiador psicológico,
lanzaba, como los otros profesores, el credo de la superioridad absoluta
de la raza germánica. Era justo que dominase al mundo, ya que ella sola
dispone de la fuerza. Esta «germanización telúrica» resultaría de
inmensos beneficios para los hombres. La tierra iba á ser feliz bajo la
dominación de un pueblo nacido para amo. El Estado alemán, potencia
«tentacular», eclipsaría con su gloria á los más ilustres Imperios del
pasado y del presente. -Gott mit uns- (Dios está con nosotros).
--¿Quién podrá negar que, como dice mi maestro, existe un Dios cristiano
germánico, el «Gran Aliado», que se manifiesta á nuestros enemigos los
extranjeros como una divinidad fuerte y celosa?...
Desnoyers escuchaba con asombro á su primo, mirando al mismo tiempo á
Argensola. Este, con el movimiento de sus ojos, parecía hablarle. «Está
loco--decía--. Estos alemanes están locos de orgullo.»
Mientras tanto, el profesor, incapaz de contener su entusiasmo, seguía
exponiendo las grandezas de su raza.
La fe sufre eclipses hasta en los espíritus más superiores. Por esto el
kaiser providencial había mostrado inexplicables desfallecimientos. Era
demasiado bueno y bondadoso. «-Deliciæ generis humani-», como decía el
profesor Lasson, también maestro de Hartrott. Pudiendo con su inmenso
poderío aniquilarlo todo, se limitaba á mantener la paz. Pero la nación
no quería detenerse, y empujaba al conductor que la había puesto en
movimiento. Inútil apretar los frenos. «Quien no avanza, retrocede»: tal
era el grito del pangermanismo al emperador. Había que ir adelante,
hasta conquistar la tierra entera.
--Y la guerra viene--continuó--. Necesitamos las colonias de los demás,
ya que Bismarck, por un error de su vejez testaruda, no exigió nada á la
hora del reparto mundial, dejando que Inglaterra y Francia se llevasen
las mejores tierras. Necesitamos que pertenezcan á Alemania todos los
países que tienen sangre germánica y que han sido civilizados por
nuestros ascendientes.
Hartrott enumeraba los países. Holanda y Bélgica eran alemanas. Francia
lo era también por los francos: una tercera parte de su sangre procedía
de los germanos. Italia...--aquí se detenía el profesor, recordando que
esta nación era una aliada, poco segura ciertamente, pero unida todavía
por los compromisos diplomáticos. Sin embargo, mencionaba á los
longobardos y otras razas procedentes del Norte--. España y Portugal
habían sido pobladas por el godo rubio, y pertenecían también á la raza
germánica. Y como la mayoría de las naciones de América eran de origen
hispánico ó portugués, quedaban comprendidas en esta reivindicación.
--Todavía es prematuro pensar en ellas--añadió el doctor modestamente--,
pero algún día sonará la hora de la justicia. Después de nuestro triunfo
continental, tiempo tendremos de pensar en su suerte... La América del
Norte también debe recibir nuestra influencia civilizadora. Existen en
ella millones de alemanes, que han creado su grandeza.
Hablaba de las futuras conquistas como si fuesen muestras de distinción
con que su país iba á favorecer á los demás pueblos. Estos seguirían
viviendo políticamente lo mismo que antes, con sus gobiernos propios,
pero sometidos á la dirección de la raza germánica, como menores que
necesitan la mano dura de un maestro. Formarían los Estados Unidos
mundiales, con un presidente hereditario y todopoderoso, el emperador de
Alemania, recibiendo los beneficios de la cultura germánica, trabajando
disciplinados bajo su dirección industrial... Pero el mundo es ingrato,
y la maldad humana se opone siempre á todos los progresos.
--No nos hacemos ilusiones--dijo el profesor con altiva tristeza--.
Nosotros no tenemos amigos. Todos nos miran con recelo, como á seres
peligrosos, porque somos los más inteligentes, los más activos, y
resultamos superiores á los demás... Pero ya que no nos aman, que nos
teman. Como dice mi amigo Mann, la -Kultur- es la organización
espiritual del mundo, pero no excluye «el salvajismo sangriento» cuando
éste resulta necesario. La -Kultur- sublimiza lo demoniaco que llevamos
en nosotros, y está por encima de la moral, la razón y la ciencia.
Nosotros impondremos la -Kultur- á cañonazos.
Argensola seguía expresando con los ojos su pensamiento: «Están locos,
locos de orgullo... ¡Lo que le espera al mundo con estas gentes!»
Desnoyers intervino, para aclarar con un poco de optimismo el monólogo
sombrío. La guerra aún no se había declarado: la diplomacia negociaba.
Tal vez se arreglase todo pacíficamente en el último instante, como
había ocurrido otras veces. Su primo veía las cosas algo desfiguradas,
por un entusiasmo agresivo.
¡La sonrisa irónica, feroz, cortante del doctor!... Argensola no había
conocido al viejo Madariaga, y sin embargo, se le ocurrió que así debían
sonreir los tiburones, aunque jamás había visto un tiburón.
--Es la guerra--afirmó Hartrott--. Cuando salí de Alemania, hace quince
días, ya sabía yo que la guerra estaba próxima.
La seguridad con que lo dijo disipó todas las esperanzas de Julio.
Además, le inquietaba el viaje de este hombre con pretexto de ver á su
madre, de la que se había separado poco antes... ¿Qué había venido á
hacer en París el doctor Julius von Hartrott?...
--Entonces--preguntó Desnoyers--, ¿para qué tantas entrevistas
diplomáticas? ¿Por qué interviene el gobierno alemán, aunque sea con
tibieza, en el conflicto entre Austria y Servia?... ¿No sería mejor
declarar la guerra francamente?
El profesor contestó con sencillez:
--Nuestro gobierno quiere sin duda que sean los otros los que la
declaren. El papel de agredido es siempre el más grato y justifica todas
las resoluciones ulteriores por extremadas que parezcan. Allá tenemos
gentes que viven bien y no desean la guerra. Es conveniente hacerlas
creer que son los enemigos los que nos la imponen, para que sientan la
necesidad de defenderse. Sólo los espíritus superiores llegan á la
convicción de que los grandes adelantos únicamente se realizan con la
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