--Y nada sabeis de él?
--Nada absolutamente.
--Perdonad señora. --dijo Mr. Giles --Iba á deciros algo cuando el
doctor Losberne ha entrado.
Es lo cierto que Mr. Giles no pudo decidirse en el primer momento á
confesar que habia disparado contra un niño. Se habia glorificado tanto
su bravura que queria gozar el mayor tiempo posible de la reputacion
colosal que últimamente se habia adquirido.
--Rosa deseaba ver á ese hombre dijo la Señora Maylie --pero yo no lo
he permitido.
--Su aspecto no tiene nada de aterrador, os lo aseguro. --replicó el
doctor --Consentiriais verlo en presencia mia?
--Si; si creeis que sea necesario.
--Porque creo que es necesario, os he hecho esta pregunta. De todos
modos, estoy cierto que os arrepentiriais mucho de no haberle visto si
esperaseis mas. Es mejor ahora . . . Señorita Rosa accedeis á mi
peticion? Os juro, que no hay temor alguno en verle.
Mientras aseguraba á las señoras, que quedarian agradablemente
sorprendidas á la vista del criminal, Mr. Losberne tomó del brazo á la
jóven y presentando la mano á la Señora Maylie las condujo con mucha
cortesía al aposento del enfermo.
--Ahora --dijo en voz baja y abriendo suavemente la puerta --veamos un
poco lo que vais á pensar! A pesar del mucho tiempo que no se ha
afeitado su barba, no por eso tiene el aspecto mas feroz! Con todo
esperad! Que sepa antes si esti visible.
El doctor entró el primero y despues de haber echado una ojeada en el
aposento, hizo señal á las dos señoras de que podian acercarse. Luego
cerró la puerta trás de ellas y habiendo dado algunos pasos hácia el
lecho apartó el cortinaje con cautela.
En lugar del bandido de aspecto feroz que temian ver, solo contemplaron
á un pobre niño rendido de dolor y de fatiga que dormia profundamente
con un brazo en cabestrillo y colocado sobre su pecho, mientras que el
otro sostenia su cabeza media oculta por sus cabellos desordenados.
En tanto que el doctor observaba al enfermo, la jóven se deslizó
ligeramente hasta su lado, sentóse á la cabecera del lecho, separó sus
cabellos y algunas lágrimas escapándose de sus ojos cayeron sobre la
frente del niño.
Este se removió un poco y sonrió en su sueño, como si estas muestras
de compasion hubieran producido en él un encanto agradable de amor y
ternura que jamás habia gozado.
--Qué significa esto? --esclamó la anciana --Este niño jamás ha
podido ser cómplice de ladrones!
--El vicio! --dijo el cirujano, con un suspiro y dejando caer el
cortinage --El vicio mora en muchos templos! Eh! ¿Quién puede decir que
un bello exterior no lo encierra?
--Pero á una edad tan tierna! --observó Rosa.
--Querida señorita! --replicó gravemente el cirujano --El crímen, lo
mismo que la muerte, no se pega solo á las personas maduras y diformes;
los mas jóvenes y los mas hermosos, son demasiado amenudo sus victimas
de predileccion.
--Pero podeis creer Mr. Losberne --dijo Rosa --podeis creer realmente que
este niño tan delicado, haya sido el cómplice voluntario de aquellos
bandidos?
El cirujano meneó la cabeza como para demostrar sus temores de que esto
fuera posible; y observando que podian turbar el reposo del enfermo
pasaron los tres á un aposento inmediato.
--Pero aun que fuera lo que pensais --prosiguió Rosa --considerad que es
tan jóven! Qué tal vez nunca ha conocido lo que es el amor ó los
cuidados de una madre! Qué los golpes, los malos tratos y la falta de
pan lo habrán reducido á asociarse con los hombres que lo han
arrastrado el crímen! Tia mia! Mi buena tia! Por el amor de Dios
refleccionadlo bien antes de dejar llevar este pobre niño á una
prision, donde de seguro perderá la esperanza de volverse mejor! Oh! Por
el afecto maternal que me profesais y sin el cual yo misma privada de
padres, hubiera tal vez sido abandonada como ese pobre niño, tened
piedad de él antes que sea demasiado tarde!
--Querida niña! --dijo la anciana apretando á Rosa contra su corazon
--Crees tú pues, que quisiera quitarle un solo cabello de su cabeza?
--Oh no! --repuso vivamente Rosa --No buena tia, sois incapaz!
--Sin duda. --replicó la Señora Maylie --Mis dias tocan á su fin!
Ojalá el cielo tenga piedad de mí como yo la tengo de los otros! Señor
Losberne que puedo hacer para salvarle?
--Esperad un poco. --dijo este --Dejad que calcule si hay un medio.
Entonces el doctor metiendo las manos en sus faltriqueras se paseó de
arriba abajo en el aposento, ya parándose y balanceándose sobre la
punta de los piés esclamando: Esto es! ya frunciendo el ceño de una
manera espantosa y diciendo: ¿no es esto! Al fin despues de muchas idas
y venidas se paró en seco y habló así:
--Creo que si me otorgais plenos poderes para asaltar á Giles y á ese
imbécil de Brittles podré lograr el intento . . . Convengo en que son
un bravo muchacho y un fiel servidor; pero teneis mil medios para
remunerar al uno y premiar al otro, su -destreza- en la pistola. --No
teneis objecion alguna que hacer?
--A menos que no haya otro medio de salvar á este niño. --respondió la
Señora Maylie.
--No veo otro. --contestó el doctor --Y podeis estar segura de que
realmente no hay otro.
--Pues bien; mi tia os dá plena y entera libertad para obrar como
querais. --dijo Rosa sonriendo y llorando á la vez de ternura. --Con tal
que no useis con esos pobres diablos mas que de la severidad
absolutamente necesaria.
--Paréceme --dijo el doctor --que pensais que escepto vos hoy todo el
mundo debe tener el corazon duro. Deseo, únicamente por el interés de
la generacion creciente de los de mi secso, que tengais el corazon tan
tierno para el primer muchacho bonito que hará un llamamiento á vuestra
compasion y yo mismo siento no poder ser jóven para poder aprovecharme
al momento de las disposiciones favorables en que estais actualmente.
--Sois tan niño como ese pobre Brittles. --contestó Rosa ruborizándose.
--No es una cosa tan difícil ante vos! --replicó el cirujano riendo de
todo corazon. --Pero volviendo á nuestro enfermo, me resta manifestaros
el punto principal de nuestro convenio. Creo que se dispertará dentro de
una hora y aun que haya dicho á ese avestruz de -constable- que está
abajo en la cocina, que el niño no puede menearse ni hablar sin peligro
de su vida, estoy en la conviccion de que sin temor podemos conversar un
rato con él. En ello pongo una condicion y es que si luego de haberle
interrogado en vuestra presencia juzgamos que es realmente un -bribon-
(lo que es muy probable) lo abandonarémos á su mala suerte, sin que en
todo caso me mezcle yo mas en el asunto.
--Oh! No mi buena tia! --dijo Rosa con tono suplicante.
--Oh! si, mi buena tia! --dijo el doctor. --Quedamos, convenidos?
--No puede estar endurecido por el vicio. --insistió Rosa --Es imposible!
--Tanto mejor! --replicó el doctor --Razon de mas para acceder á mi
proposicion.
Finalmente el tratado quedó concluido y nuestros amigos se sentaron
esperando que Oliverio se dispertára.
La paciencia de las dos señoras, tuvo que soportar una prueba mas larga
de la que esperaban despues de lo que Mr. Losberne les habia dicho.
Muchas horas transcurrieron una tras otra y Oliverio dormia siempre.
Era ya cuasi de noche cuando el buen doctor anunció que el niño estaba
bastante despierto para que se le pudiera hablar. --No se halla bien que
digamos y la sangre que ha perdido ha agotado enteramente sus fuerzas;
pero parece manifestar tal deseo de revelar alguna cosa, que vale mas
facilitarle la ocasion mas bien que obligarle á permanecer quieto hasta
mañana.
La conversacion fué larga porque Oliverio relató toda su historia y el
sufrimiento y la debilidad le obligaron muchas veces á detenerse. Habia
algo de solemne, al escuchar, en este aposento sombrío la voz dulce y
lánguida de un pobre niño que hacia la numeracion de las desgracias que
los malos habian atraido sobre él.
Despues que Oliverio hubo concluido de hablar y cuando se disponia para
volverse á dormir, el doctor profundamente conmovido por lo que acababa
de oir se retiró enjugándose los ojos y buscó á Mr. Giles para
empezar las hostilidades con él. No encontrando nadie abajo, ni en el
recibidor, ni en las salas, dirijió sus pesquizas hasta la cocina con la
esperanza de mayor éxito. Vió en efecto en ese -salon de recibo- de la
-gente doméstica- una sociedad numerosa compuesta de las dos criadas, de
Mr. Brittles de Mr. Giles, del calderero, quien (en consideracion á sus
servicios) habia sido invitado á pasar el dia en la casa, y del
-constable-. Este último tenia un -grueso- baston, una -gruesa- cabeza,
-gruesa- fisonomia y parecia haber bebido toda la cerveza que su -grueso-
vientre podia contener.
--No os desordeneis. --dijo el doctor, con una señal de mano.
--Sois muy bueno señor! --contestó Giles --La señora me ha encargado
que distribuyera cerveza; y como no me sentia del todo dispuesto á
permanecer solo en mi aposento queriendo además gozar de la ventaja de
la -sociedad-, bebo mi -porcion- en compañia de esos -caballeros- y de
esas -señoras- que veis.
Brittles balbuceó algunas palabras aduladoras y un murmullo de
aprobacion se elevó en la asamblea para expresar todo el placer que
esperimentaba de una tal prueba de condescendencia por parte de Mr. Giles.
--Cómo va el enfermo esta noche señor Losberne? --preguntó éste.
--Así, así. --respondió el doctor --Temo mucho que no os hayas metido
en un atolladero Señor Giles!
--No es posible! --esclamó éste todo tembloroso. --¿Queréis decir que
morirá de esta? Si lo creyera no seria ya mas feliz en toda mi vida. Por
todo el oro del mundo no quisiera ser la causa de la muerte de un niño.
--No es esto lo que yo quiero decir, --repuso el doctor con tono
misterioso. --Sois -protestante- Señor Giles?
--Si lo soy caballero? --tartamudeó este último, que estaba pálido
hasta dar miedo --Nadie puede dudarlo!
--Y vos jóven? --preguntó bruscamente el doctor volviéndose á
Brittles.
--Dios mio caballero! --respondió éste estremeciéndose --Soy
absolutamente como Mr. Giles.
--Dígame pues ahora cada uno de vosotros! --replicó el doctor con tono
furioso. Podriais afirmar con juramento que el niño que está arriba es
el mismo que han introducido por la ventana la noche pasada? Vaya
responded! Estamos prontos á oiros.
--El doctor que generalmente era conocido por el hombre mas bonachon que
jamás haya existido, hizo esa pregunta con un tono tan conciso que Giles
y Brittles aturdidos por la cerveza y por la agitacion en que les ponia
este exámen se miraron fijamente uno á otro en un estado de completa
estupefaccion.
--Parad bien la atencion á lo que van á responder -constable-!
--prosiguió el doctor agitando el índice de su mano derecha con mucha
gravedad y dándose golpecillos sobre la nariz para exitar el interés de
este funcionario --Antes de poco vamos á saber de que se trata.
--Este dándose humos de hombre -capaz- tomó su baston de servicio que
habia colocado en un rincon de la chimenea.
--Tened en cuenta que esta es sencillamente una cuestion de identidad!
--dijo el doctor.
--Estoy, estoy en ello caballero! --contestó el -constable-, llevando la
mano á su boca para toser. (pues vaciando su vaso distraido habia
tragado de través.)
--Figuraos una casa que se fuerza. En la obscuridad mas profunda . . . en
medio del tumulto y la confusion . . . entre el humo espeso de la
pólvora . . . dos hombres creen haber vislumbrado á un niño. Sucede
por casualidad que á la mañana siguiente muy de mañana un niño viene
á llamar á la puerta de esta misma casa, y porque lleva el brazo
envuelto en un pañuelo, esos dos hombres se apoderan de él, lo
arrastran al vestíbulo y no contentos con poner de este modo su vida en
el mayor peligro, llegan hasta á afirmar con juramento que es el ladron!
Ahora se trata de saber si no han tenido razon de obrar como lo han hecho
y si sus sospechas son falsas en que situacion se encuentran colocados.
El constable hizo una señal de cabeza respetuoso, y dijo que si no
estaba allí la ley seria muy curioso saber quien estaria.
--Os lo demando por última vez! --dijo el doctor con voz de trueno
--Podeis jurar que ese sea el mismo niño?
Brittles miraba á Giles con aire de duda y Giles miraba á Brittles del
propio modo; el -constable- habia puesto la mano á su oreja para coger
mejor su respuesta; las dos mugeres y el calderero se inclinaban adelante
para escuchar, y el doctor arrojaba una mirada penetrante en torno suyo,
cuando se oyó un ruido de ruedas y al mismo tiempo llamaron á la puerta
del jardin.
--Son los agentes de policía! --esclamó Brittles con inquietud.
--Quiénes? --preguntó el doctor estupefacto á su vez.
--Los agentes de policía de Bow-Street --replicó Brittles tomando una
vela. Yo y Mr. Giles los hemos mandado llamar esa mañana.
--Cómo! --esclamó el doctor.
--Es la verdad! --repuso Brittles --He enviado recado por el conductor de
la diligencia y estraño que no hayan llegado mas pronto.
--Ah! Habeis mandado un expreso no es esto? Qué el diablo se lleve á
vuestros conductores por mar! --esclamó el doctor marchándose.
[Illustration: Enlugar de un bandido de aspecto feroz vieron á un pobre
muchacho rendido de dolor y de fatiga.]
CAPÍTULO XXX.
POSICION CRÍTICA.
QUIEN vá? --preguntó Brittles entreabriendo la puerta y poniendo su
mano ante la vela para ver mejor.
--Abrid --respondió un hombre --Somos los agentes de policía que se han
mandado llamar esa mañana.
Tranquilizado por estas palabras Brittles abrió la puerta de par en par
y se encontró cara á cara con un hombre vestido de redingote largo
quien entró magestuosamente sin decir palabra y restragó sus piés
sobre la estera con tanta sangre fria como si entrára en su casa.
--Enviad á alguien para que dé un golpe de mano á mi camarada! Lo
entendeis jóven --dijo el agente de policía. --Está en el -gig- para
guardar el caballo. Teneis una cochera donde se pudiera meter á este
último bajo cubierto por algunos minutos?
Brittles respondió afirmativamente señalando una pequeña cuadra
destinada para este objeto.
--Queréis anunciar á vuestro amo que los Señores -Blathers- y -Duff-
están aquí? --dijo el primero pasando la mano por sus cabellos y
colocando un par de manillas sobre la mesa --Ah! Buenas noches caballero!
Me permitireis dos palabras en particular?
Estas espresiones se dirijian á Mr. Losberne, que apareció en este
momento y que habiendo hecho señal á Brittles de retirarse, hizo entrar
á los dos señores y cerró la puerta.
--Ahí teneis á la señora de la casa. --dijo volviéndose hácia la
señora Maylie.
Mr. Blathers se inclinó respetuosamente é invitado para que se
sentára, dejó su sombrero en el suelo, tomó una silla é hizo señal
á Duff de que hiciera lo mismo. Luego pidieron los informes mas
minuciosos sobre el suceso. El doctor que deseaba ganar tiempo, les
contó los detalles con toda la latitud posible. Ellos escuchaban con
ademan de interés el mas vivo como gentes que lo entienden.
--Pero qué significa ese muchacho de que hablan los criados? --preguntó
Blathers.
--Es verdad que uno de los criados se ha metido en la cabeza la idea de
que ese muchacho estaba para algo en el asunto; ¡pero esta idea es un
absurdo! No hay nada de todo esto.
--Es muy fácil de decir! --observó Duff.
--Tiene razon! --dijo Blathers haciendo con la cabeza una señal de
aprobacion y jugando -instintivamente- con las manillas como se haria con
unas castañuelas. --Quién es ese niño? Qué dice de sí mismo? De
dónde viene? Qué diablo! No puede haber caido de las nubes! No es
cierto caballero!
--Sin duda. --contestó el doctor haciendo un guiño significativo á las
dos señoras. --Estoy enterado de toda su historia; pero hablarémos
luego de esto . . . Tal vez no os vendrá mal ver antes la ventana que
han roto los ladrones hé?
--Ciertamente! --respondió Blathers --Mejor será que primero
inspeccionemos los lugares . . . Luego interrogarémos á los criados . . .
Esta es nuestra costumbre de proceder.
Trajeron luces y los Señores Blathers y Duff acompañados del
-constable- del distrito, de Brittles, de Giles y en fin de todos los
comensales de la casa, se dirijieron á la pequeña bodega situada al
estremo de la entrada.
Despues de haber examinado su ventana, dieron la vuelta por el prado,
examinaron de nuevo la ventana y luego el postigo y con la ayuda de un
farol siguieron la huella de las pisadas y batieron los zarsales con una
orquilla.
Hecho esto en presencia de todos los concurrentes que observaron durante
este tiempo el silencio mas riguroso se entró otra vez en la sala y
allí Giles y Brittles fueron requeridos á dar la representacion
dramática del papel que habian desempeñado la noche anterior, y se vino
en conocimiento el que despues de haber repetido esta escena cinco ó
seis veces, no se contradijeron mas que sobre un solo hecho importante en
la primera y sobre una docena á lo mas en las últimas.
Agotada la volubilidad de nuestros dos actores, Blathers y Duff se
retiraron á la habitacion vecina y tuvieron consejo entre ambos. La
naturaleza y la importancia de su coloquio fueron tales, que una consulta
de los mas hábiles doctores sobre el caso mas espinoso en materia de
medicina, comparada con él no hubiera sido mas que un juego de niños.
Entre tanto el doctor que habia quedado solo con las dos señoras se
paseaba arriba y abajo de la sala, sumamente agitado mientras que Rosa y
la Señora Maylie se miraban con aire de inquietud.
--Por vida mia! --dijo parándose en seco --Verdaderamente no sé que
hacer!
--Estoy segura que la historia de este niño contada francamente á esos
hombres bastaria para disculparle á sus ojos. --dijo Rosa.
--Yo lo dudo mucho querida! --contestó el doctor meneando la cabeza --No
creo que ella pueda producir buen efecto en el ánimo de esas gentes . .
ni mas ni menos que en el de los de un grado superior. En resúmen quién
es? (objetarán) Un vagamundo y no mas. Si juzgamos por las apariencias y
las consideraciones del mundo, su historia es bastante dudosa.
--Pero vos, la teneis por verdadera, no es cierto? --repuso vivamente la
jóven.
--Sí; sin duda. Creo en ella por estraña que sea y por eso puedo ser
muy bien un solemne papanatas replicó el doctor --Pero no creo (como os
lo he dicho poco hace), que sea este el género de historia que pueda
interesar á un agente de policía algo versado en la gramática de su
profesion.
--Por qué no? --preguntó Rosa.
--Por qué bella niña? --contestó el doctor. --Porque considerada bajo
cierto aspecto y sobre todo por esas gentes, hay en ella bastante de
obscuro. Ese niño no puede probar mas que las circunstancias que están
en contra suya y ni una de las que podrian militar en su favor --El
diablo se lleve á los agentes de policía! Querrán tener los -si- y los
-porqué- y de pronto no nos harán concesion alguna! Segun nos ha dicho
él mismo ya veis que por espacio de algun tiempo ha estado con ladrones!
Ha sido llevado á un tribunal de policía como autor del hurto de un
pañuelo á un caballero, luego evacuando una comision de este mismo
caballero que lo ha tratado con todas las consideraciones posibles, es
arrastrado en un sitio que no puede describir y del que no tiene la menor
idea . . . Es el caso, que les dá el capricho á unos hombres de
conducirlo á Chertsey á su pesar; se le hace pasar por una ventana con
el intento de pillar la casa y justamente en el instante en que quiere
dar el grito de alarma (el único hecho que hubiera podido probar en su
favor si se hubiese ejecutado), llega el mayordomo y le tira un
pistoletazo, como para impedirle el obrar en su propio interés! Se ha
visto nunca cosa semejante?
--No digo que no; --respondió Rosa sonriéndose de la vivacidad del
doctor --Pero no veo en todo esto nada que demuestre la culpabilidad de
ese pobre niño.
--No; sin duda. --contestó el doctor --Gracias á la belleza de vuestro
sexo no veréis nunca mas que un lado de la cuestion; sea bueno ó malo,
siempre es el que primero se presenta.
Esto diciendo, el doctor metió las manos en sus faltriqueras y se paseó
de nuevo arriba y abajo con mayor agitacion que antes.
--Cuanto mas lo reflecsiono --dijo mas entreveo el sin número de
dificultades que tendrémos que vencer. Si contamos á esos hombres la
cosa tal como ella es, estoy cierto que no nos creerán y aun suponiendo
que mas tarde acaben por disculpar á ese niño, la publicidad que darán
á este asunto y la duda que lo envolverá, destruirán todo el afecto de
la buena accion que os proponeis, sacándole de este mal paso.
--Entónces qué hacer? --esclamó Rosa --Dios mio! Dios mio! ¿Por qué
se ha dicho á esos hombres que vinieran?
--Es verdad! --dijo la Señora Maylie --Lo daria todo en el mundo, porque
no hubieran venido!
--Lo mejor que hay que hacer, segun mi opinion --dijo Mr. Losberne
dejándose caer en una silla, como hombre que ha perdido toda esperanza
--es revestirnos de una buena dósis de audacia . . . No veo otro medio . . .
Nuestra intencion es laudable y en ello hay escusa . . . Ese niño
tiene fuertes síntomas de fiebre y no se encuentra en situacion de poder
hablar. Este es ya un buen recurso . . . Harémos todo lo posible y sino
salimos con la nuestra á fé mia no tendrémos de ello la culpa! Entrad!
--Y bien paisano --dijo Blathers seguido de su compañero y cerrando la
puerta --No era esto un golpe premeditado?
--Eh! á qué diablos llamais un golpe premeditado? preguntó el doctor
con impaciencia.
--Nosotros llamamos un golpe premeditado --respondió Blathers,
(dirijiéndose con preferencia á las señoras como si tuviera compasion
de su ignorancia á la vez que despreciaba la del doctor.) --cuando los
criados de la casa están para algo en el asunto.
--Nadie ha tenido la menor sospecha de ellos en esta circunstancia.
--dijo la Señora Maylie.
--No digo lo contrario. --replicó Blathers --Con todo no es menos
cierto, que podrian muy bien estar en él.
--Con mayor razon sabiendo que tienen la confianza de sus amos --repuso
Duff.
--Tenemos motivos para creer que el golpe ha sido dado por -pegres de la
alta banda- prosiguió Blathers --Nosotros reconocemos al momento esto
por la clase de -trabajo- que es de mano maestra.
--Y algo -pulido- que digamos! --añadió Duff á media voz.
--Eran dos. --continuó Blathers --Y no cabe duda que con ellos iba un
niño. Ello es muy fácil de adivinar viendo la ventana . . . Esto es lo
que podemos decir por el presente. Nos falta ver al muchacho que teneis
arriba. Si gustais guiarnos.
--No tomarán antes un vaso de cualquier cosa? --dijo el doctor ufano de
haber encontrado este medio para entretenerles un poco.
--Ciertamente! --dijo Rosa adivinando la atencion de este último. --Al
instante si os place?
--Con mucho gusto señorita. --dijo Blathers pasando la mano por sus
lábios. Esta clase de -faena- no deja de ser fatigosa. No os incomodeis
por nosotros señorita. Dadnos lo primero que tengais á mano.
--Qué queréis tomar? --preguntó él doctor dirigiéndose con Rosa á
la alacena. Decid vuestro gusto señores!
--Una gotita de licor si os es igual paisano --dijo Blathers. --Señora
no hacia calor que digamos cuando hemos salido esta mañana de Lóndres y
paréceme que no hay nada mejor para reanimarse que un vasito de licor.
El doctor aprovechándose del momento en que la señora Maylie decia algo
lisonjero, en respuesta á la reflexion de este último se escaballó con
destreza.
Los Señores Duff y Blathers se pusieron á contar hazañas de ladrones y
á encarecer su utilidad para realzarse á los ojos de las señoras que
los escuchaban con complacencia á fin de dar tiempo al doctor, para
prepararlo todo. Al cabo Mr. Losberne apareció.
--Ahora, señores, si gustais venir conmigo?
--Allá vamos! --dijo Blathers y los dos agentes de policía siguieron á
Mr. Losberne que los condujo al aposento de Oliverio, precedidos de Giles
que los alumbraba.
Oliverio habia dormido; pero tenia un recargo de fiebre y parecia estar
sumamente malo. Cuando el doctor le ayudó á incorporarse, miró á los
dos forasteros sin dar muestras de saber donde estaba ni lo que sucedia
á su alrededor.
--Mirad! --dijo Mr. Losberne hablando con dulzura; pero sin embargo con
firmeza. Mirad al niño que habiendo sido herido casualmente por un fusil
de viento al pasar por la propiedad del señor . . . (cómo le llamais
vosotros? Quién habita detrás de aquí?) ha venido esa mañana para
pedir socorro y ha sido indignamente maltratado por ese individuo que
veis con la vela en la mano y que es causa de que la vida de ese muchacho
está en el mayor peligro, como puedo afirmarlo en mi cualidad de médico.
--MM. Blathers y Duff flecharon su vista sobre Mr. Giles quien á su vez
miró alternativamente á los dos agentes de policía, al jóven enfermo
y al doctor con la espresion mas cómica de inquietud y de temor.
--Creo que no podeis decir lo contrario? --prosiguió el doctor acostando
otra vez á Oliverio con precaucion.
--Todo lo que he hecho, ha sido con . . . con buen fin. --respondió
Giles --Os aseguro que no tengo mal carácter. Si no hubiese creido que
ese era . . . el niño de . . . del . . . de los . . . me habria guardado
muy bien . . .
--El niño de quiénes decís? --preguntó Mr. Duff.
--El niño de uno de los ladrones. --contestó Giles --Es la pura verdad
que llevaban . . . con ellos . . . un . . . un niño.
--Y estais aun en la conviccion de que ese sea el mismo? --preguntó
Blathers.
--Qué sea el mismo quién? --contestó Giles mirando á Blathers con
aire despavorido.
--El mismo niño imbécil! --dijo Blathers perdiendo la paciencia.
--No podria deciros . . . A la verdad no sé. --respondió Giles
completamente desconcertado . . . --No podria afirmarlo . . . Pienso . . .
--Qué pensais? --preguntó Blathers.
--No sé que pensar. --replicó el pobre Giles --No pienso, en verdad que
ese sea el mismo niño. Estoy cuasi seguro de que no es él . . . Vos
mismo sabeis bien que no puede ser él.
--Acaso ese hombre ha bebido? --dijo Blathers dirijiéndose al doctor.
--Sois un famoso avestruz! Largaos. --añadió Duff dirijiéndose á
Giles con el tono del mas profundo desden.
--Mr. Losberne que durante este diálogo habia tomado el pulso del
enfermo, se levantó de su silla y dijo á los señores de la policía,
que si abrigaban la menor duda sobre este asunto, no tenian mas que pasar
al aposento inmediato para interrogar á su vez á Brittles.
Habiendo gustado la proposicion, se mandó subir á Brittles quien, con
sus contradicciones innumerables, no hizo mas que embrollar el hecho en
vez de esclarecerlo. Dijo entre otras cosas que le seria imposible
reconocer al niño, aun cuando en aquel momento estuviera, ante su vista:
y que habia pensado que era Oliverio porque el mismo Mr. Giles, lo habia
creido; pero que este último acababa de confesar en la cocina aun no
hacia cinco minutos, que empezaba á temer no hubiera sido demasiado vivo
de genio.
Conforme esta deposicion, se trató de saber si Mr. Giles habia realmente
herido á alguno y verificado el exámen de la segunda pistola, se vió
que no estaba cargada mas que con pólvora y un poco de taco cosa que
sorprendió considerablemente á todos; escepto al doctor, que diez
minutos antes habia sacado de ella la bala. Pero, sobre el ánimo de
quien ese descubrimiento hizo mas impresion fué sobre el de Mr. Giles
quien despues de haber sido atormentado durante algunas horas por el
temor de haber herido mortalmente á uno de sus semejantes se tragó el
anzuelo con la mayor satisfaccion del mundo.
Al fin, sin ocuparse ya mas de Oliverio, los agentes de policía, dejaron
en la casa al -constable- de Chertsey y se fueron á dormir á la ciudad,
despues de haber prometido volver á la mañana siguiente muy de mañana.
En dicha mañana muy de mañana corrió la voz de que en la prision de
Kingston habia dos hombres y un niño que habian sido presos la noche
precedente como sospechosos. En consecuencia MM. Blathers y Duff hicieron
rumbo hácia Kingston.
El crímen de aquellos hombres consistia en haberlos encontrado dormidos
en un rimero de heno, crímen que aun que sea enorme que digamos, no es
castigado mas que con pena de prision: porque á los ojos de la ley
inglesa (esta ley tan dulce y tan buena para todos los vasallos del rey.)
no hay en esta accion de dormir bajo el -bello fulgor de las estrellas-
prueba suficiente de que los que se han hecho culpables de ella hayan por
esto cometido un robo con escalamiento y fractura é incurrido de
consiguiente en la pena de muerte. MM. Blathers y Duff volvieron pues á
casa la señora Maylie tan -sabios- como habian partido de ella.
En fin, despues de una conferencia bastante larga, respecto á Oliverio
fué convenido que la señora Maylie y Mr. Losberne, serian sus fiadores;
en el caso de que la justicia volviera á este asunto y un escribano de
los alrededores fué llamado á este efecto para otorgar la caucion.
Nuestros dos agentes de policía despues de haber recibido un par de
-guineas- por la pena que se habian dado, regresaron á Lóndres cada uno
con opiniones del todo diversas respecto á su espedicion: El uno (Duff.)
despues de maduras reflecsiones, sosteniendo que la banda de Pett estaba
para algo en la tentativa de robo; y el otro (Blathers.) atribuyendo todo
el mérito de ella al famoso Conney Chickweed.
Gracias á los cuidados de la Señora Maylie, de Rosa y del benévolo Mr.
Losberne, Oliverio se restableció poco á poco.
CAPÍTULO XXXI.
DE LA VIDA FELIZ QUE OLIVERIO LLEVA CON SUS AMIGOS.
COMO la enfermedad de Oliverio, habia sido de un carácter sério, su
convalecencia fué larga. Los dolores que le causaba su herida, unidos á
una fiebre ardiente, que duró mas de un mes le habian aniquilado del
todo. Penetrado de los cuidados que sus dos huéspedas le prodigaban, les
manifestaba su gratitud con las lágrimas en los ojos y á menudo las
decia, cuanto sentia la tardanza en restablecerse para hacer algo por
ellos aunque no fuera sino para probarlas que sus bondades no eran
estériles y que el pobre niño á quien ellas habian libertado de la
miseria y tal vez de la muerte, estaba del todo entregado á su servicio.
Y sin embargo apesar de las bondades de la Señora Maylie y de Rosa,
Oliverio estaba á menudo inquieto. Parecia esperimentar un remordimiento
y era que pensaba en Mr. Brownlow y en aquella anciana señora que le
habian tratado tan bien durante su enfermedad. Temia pasar por un ingrato
á los ojos de sus generosos protectores y así no estuvo tranquilo hasta
que Mr. Losberne le hubo prometido formalmente llevarlo á verlos luego
que se hallaria en estado de soportar el viaje.
Oliverio se restableció al fin. En consecuencia una hermosa mañana
partió con Mr. Losberne en la calesa de la Señora Maylie. Llegados al
puente de Chertsey, se puso pálido y lanzó un grito penetrante.
--Vaya! ¿qué le da ahora á este muchacho? --esclamó el doctor con
tono brusco como de ordinario --¿Qué ves? ¿Qué sientes? ¿Qué oyes?
Ea! habla!
--Esa casa caballero! --dijo Oliverio.
--Y bien! ¿Qué? Parad cochero! Qué es lo que tiene de particular esa
casa muchacho?
--Los ladrones! La casa en que me han conducido! --dijo en voz baja
Oliverio.
Sin dar tiempo al cochero para bajar de su asiento el doctor logró (no
sé como) salir de la calesa y corrió en derechura á la casucha, á
cuya puerta llamó con golpes redoblados, como un rabioso.
--Voto á mil legiones de demonios! --prorrumpió un feo y raquítico
jorobado, abriendo la puerta tan bruscamente que el doctor que acababa de
dar su último punta-pié perdió el equilibrio y faltó poco, para que
no cayera de todo lo largo en el pasadizo --¿Qué es lo que sucede?
--Lo que sucede? --esclamó el otro cojiéndole por el pescuezo, sin
darle tiempo para decir Jesus --Lo que sucede! Se trata de un robo con
escalamiento y fractura: He aquí lo que sucede!
--Entonces sucederá además un homicidio si no me soltais! --contestó
el jorobado con frialdad --Lo entendeis?
--Sí; os entiendo! --replicó el doctor apretando á éste fuertemente
--Dónde está . . . (Por vida . . . ahora se me escapa el nombre.)
Dónde está ese ladron ese pillo de Sikes?
El raquítico jorobado miró al doctor con asombro é indignacion á la
vez; y desprendiéndose con sagacidad de las manos de este último, se
retiró al fondo de la casa profiriendo un -Kirie- . . . -le- . . . de
juramentos horribles. Mr. Losberne le siguió hasta una salita obscura
sin decir palabra. Miró en torno suyo con alguna inquietud; ningun
mueble; ningun objeto animado ó inanimado, ni aun el sitio de los
armarios: nada en fin respondia á la descripcion, que de ella habia
hecho Oliverio.
--Ea! --dijo el jorobadillo que habia estudiado todos sus movimientos
--Cuál es vuestra intencion al entrar de este modo en mi casa? Venís
para robarme ó para asesinarme? Cuál de las dos cosas?
--Habeis visto alguna vez vos viejo vampiro á un ladron ó asesino bajar
de un coche, para dar su golpe de mano? --preguntó el irracible doctor.
--Entónces que queréis? --esclamó el jorobado con acento furioso --Os
invito á que salgais incontinenti si no quereis que os suceda una
desgracia.
--Me iré cuando me dará la gana! --dijo Mr. Losberne echando una ojeada
rápida á otra salita que lo mismo que la primera no tenia nada de
semejante con la descripcion que Oliverio habia hecho de ella --Amigo
mio! Sabré volveros á encontrar uno de esos dias.
--Si hé! --dijo rechinando los dientes el horrendo jorobado. --Si alguna
vez necesitais de mí, aquí me encontraréis. Hace veinte y cinco años
que no he vivido solo en este sitio en tal estado para que vinierais vos
á asustarme de este modo. Me la pagaréis! Estad seguro de ello.
Dichas estas palabras el feo y diminuto mónstruo dió un grito acre y se
puso á bailar con un furor frenético.
--Esto es demasiado ridículo, --dijo el doctor para sí --Es necesario
que el muchacho se haya engañado. Tomad esto!
Al mismo tiempo sacó de su faltriquera una moneda que arrojó al
jorobado y volvió á la calesa. Este le siguió hasta la portezuela
lanzando imprecaciones todo el camino y mientras Mr. Losberne hablaba al
cochero lanzó sobre Oliverio una mirada tan furiosa que de noche como de
dia el niño pensó en ella durante un mes entero. El jorobado continuó
sus juramentos y sus imprecaciones hasta que el cochero hubo subido otra
vez á su asiento; y cuando el coche estuvo ya lejos se le hubiera podido
ver aun de cierta distancia patear de rábia y arrancarse los cabellos en
un exceso de furor.
--Soy un asno! --dijo el doctor despues de un silencio dilatado --¿Lo
sabias tu Oliverio?
--No Señor.
--Pues bien otra vez no lo olvides! Sí; soy un borrico! --continuó el
doctor despues de un momento de reflecsion . . . Dado caso que aquella
hubiera sido la misma casa y los mismos individuos ¿qué podia hacer
solo? Y aun cuando hubiera dado recio no habria hecho mas que venderme á
mí mismo divulgando la estratagema que he debido emplear para ahogar
este asunto. Y con todo esto hubiera sido bien hecho! Me hundo siempre en
algun pantano, obrando así, segun mi primer impulso y nunca saco de ello
ningun bien.
El hecho es que este hombre escelente jamás en su vida habia obrado de
otro modo; y que lejos de hundirse en un pantano como decia, la
naturaleza del impulso que seguia era tal que se habia adquirido el
respeto y la estimacion de todos los que le conocian.
Como Oliverio sabia el nombre de la calle en que habitaba Mr. Brownlow se
dirijieron á ella en derechura, sin buscar y cuando la calesa dobló la
esquina de esa calle, el corazon del niño palpitó con tanta fuerza que
apenas podia respirar.
--Hijo mio! Dinos ahora que casa es esa? --preguntó Mr. Losberne al
doblar una esquina.
--Allí! allí! Aquella! La casa blanca! --esclamó vivamente Oliverio
sacando la cabeza por la portezuela del coche --Oh! pronto . . . pronto
. . . os lo suplico! Siento que me moriré de alegria . . . Estoy todo
tembloroso.
--Paciencia! Paciencia! --dijo el bueno del doctor dándole un golpecillo
sobre la espalda . . . Los verás al momento y ellos estarán gozosos de
verte sano y salvo.
--Oh! No lo dudo! --replicó Oliverio --Han sido tan buenos para conmigo!
Si lo supierais caballero!
--El coche se paró: no era esta la casa. Avanzó algunos pasos y se
paró otra vez. Lágrimas de contento se escaparon de los ojos del niño
cuando miró á las ventanas . . . Ah! La casa blanca estaba desierta y
un letrero con estas palabras «Para alquilar.» colgaba encima de la
puerta.
--Llamad á la otra puerta cochero! --dijo el doctor pasando su brazo
bajo el de Oliverio.
--Sabeis que se ha hecho de Mr. Bronwlow que habitaba la casa vecina?
--preguntó á la criada que vino á abrir.
--No lo sé; --contestó ésta --pero voy á informarme.
Volvió al cabo de un momento y dijo que hacia cerca seis semanas que Mr.
Brownlow habia vendido su moviliario y que en seguida habia partido para
las Indias occidentales.
--Se ha llevado con él la ama de llaves? --preguntó Mr. Losberne
despues de un momento de reflecsion.
--Sí caballero. --respondió la criada --Se ha llevado á su ama de
llaves y á uno de sus amigos . . . Los tres han partido en el mismo dia.
--Ea! derecho á casa cochero! --dijo Mr. Losberne --y picad de recio á
vuestros caballos hasta que estemos fuera de este maldito Lóndres.
--Y el librero señor? --dijo Oliverio --Sé donde habita . . . Vamos
allá; os lo ruego . . .
--Pobre muchacho! --contestó el doctor. --Basta ya de desorientamiento
por hoy. Si vamos á la habitacion del librero, no dudo que habrá
muerto, ó que su casa ha sido incendiada, ó bien que se ha fugado . . .
. No; derecho al domicilio. --Y conforme al -primer impulso- del doctor,
se volvieron á casa.
Esta circunstancia con todo no produjo cambio alguno en la conducta, de
las bienhechoras de Oliverio para con él. Pasó luego una quincena, y
habiendo llegado la hermosa primavera se prepararon para dejar por
algunos meses la casa de Chertsey. En consecuencia enviaron á casa su
banquero la platería que habia excitado tanto la codicia del judío y
despues de haber dejado á Giles y otro criado en la casa para que
cuidáran de ella durante su ausencia, las dos señoras partieron á su
casa de campo situada á algunas leguas distante de allí llevándose con
ellas á Oliverio.
La campiña en que se habian retirado era á la verdad encantadora y
Oliverio poco acostumbrado á una mansion tan deliciosa, parecia empezar
una nueva vida.
Cada mañana iba cerca la iglesia en casa un anciano de blancos cabellos
quien le enseñaba á leer y á escribir, el cual lo hacia con tanto
ahinco que Oliverio jamás podia hacer bastante para contentarlo. En
seguida daba un paseo con sus bienhechoras; y si se sentaban para
recrearse con la lectura, escuchaba con tanta atencion que la noche
hubiera llegado sin notarlo. Luego era necesario prepararse para la
leccion del dia siguiente encerrándose en un pequeño gabinete, que daba
al jardin y estudiando hasta la tarde en que se daba un segundo paseo.
Todos los dias á las seis de la mañana estaba en pié recorriendo los
campos y cojiendo flores de las que hacia ramilletes que ponia sobre la
mesa á la hora del almuerzo. Traia tambien -yerba murages- para los
pajáros de la Señorita Maylie y decoraba con ella las jaulas con un
cuidado esquisito. Concluida esta faena siempre habia alguna pequeña
comision que desempeñar en el pueblo, algun acto de caridad que ejecutar
de parte de las señoras. O bien se divertia cultivando en el jardin las
plantas que el clérigo del villorrio, que era jardinero, le habia
enseñado á conocer y en medio de esa ocupacion llegaba la Señorita
Rosa, quien jamás dejaba de elogiarle por todo lo que habia hecho
recompensándole siempre con una sonrisa graciosa.
Así transcurrieron tres meses: tres meses de felicidad para Oliverio,
cuya vida hasta entonces no fuera mas que una cadena contínua de
tristezas y de tormentos.
CAPÍTULO XXXII.
UN ACONTECIMIENTO IMPREVISTO VIENE Á TURBAR LA DICHA DE NUESTROS TRES
AMIGOS.
EL estio sucedió pronto á la primavera y la campiña que Oliverio habia
encontrado tan hermosa al llegar á la aldea, desplegaba entonces sus
riquezas y se mostraba en todo el esplendor de su belleza. La tierra se
habia revestido de un manto de verdor y exhalaba sus mas dulces perfumes.
Una tarde que regresaban de un paseo mas largo que de costumbre, Rosa que
habia estado sumamente jovial durante todo el camino, se sentó al piano.
Despues de haber recorrido maquinalmente durante algun tiempo sus dedos
sobre el teclado, tocó un aire lánguido y la señora Maylie creyó
oirla sollozar.
--Rosa! Mi buena amiga! --dijo.
La jóven guardó silencio; pero tocó con un poco mas de viveza como si
la voz de la buena señora la hubiese arrancado de su sueño penoso.
--Rosa! Querida mia! --esclamó ésta levantándose precipitadamente de
su silla y acercándose á la jóven. --Qué tienes? . . . Tu semblante
está lleno de lágrimas! Díme qué ha podido causarte disgusto?
--Nada tia, os lo aseguro! --dijo Rosa --En verdad no sé lo que tengo;
pero me encuentro esta noche tan abatida!
--Angel mio! ¿Si estarás enferma? --preguntó la Señora Maylie.
--Ah! No; no estoy enferma? --respondió Rosa estremeciéndose como si un
frio mortal la hubiese cojido súbitamente . . . --Ello no será nada!
Pronto me encontraré mejor! Cerrad la ventana, os lo ruego!
--Oliverio la cerró bien y la jóven haciendo todos los esfuerzos
posibles para dominar el sentimiento que la agitaba, procuró tocar un
aire mas festivo. Pero apenas sus dedos rozaron las teclas, cuando no
pudo contenerse y cubriéndose el rostro con ambas manos, fué á
sentarse en un sofá y dió libre curso á sus lágrimas.
--Mi querida niña! --esclamó la Señora Maylie --Jamás le he visto en
tal estado!
--He hecho todo lo que he podido para no alarmaros! --dijo Rosa --Pero
creo que realmente estoy enferma.
Lo estaba en efecto, pues cuando trajeron luz notaron que estaba pálida
como la muerte. La espresion de su fisonomía nada habia perdido de su
belleza; pero con todo estaba cambiada y habia en sus facciones tan
dulces y tan regulares algo de estraviado que no se habia visto antes de
entonces. En un momento, su rostro se volvió purpúreo y sus hermosos
ojos azules se cubrieron de una nube. Al cabo de pocos minutos estaba
lívida hasta dar miedo.
Oliverio que durante todo este tiempo habia observado á la señora
Maylie con la atencion mas asídua, notó que estos síntomas estraños
la habian alarmado y él mismo quedó aterrorizado. Pero viendo que ella
procuraba ocultar su turbacion afectando un aspecto tranquilo; hizo otro
tanto la misma Rosa al ir á acostarse á instancia de su tia, se mostró
mas alegre y pareció encontrarse mucho mejor. Les aseguró su certitud
de levantarse á la mañana siguiente en perfecta salud.
--Creo que no hay nada de serio ¿no es cierto Señora? --dijo Oliverio
cuando la Señora Maylie volvió á entrar en el salon. --Parece que la
Señorita no se encuentra muy bien esta tarde; pero . . .
La buena señora le hizo señal de que no hablára y sentándose en un
rincon permaneció silenciosa durante algun tiempo. Al fin dijo con voz
trémula.
--Espero que no será nada, Oliverio. He sido muy feliz con ella por
espacio de algunos años! Demasiado feliz tal vez; y podria ser que me
sucediese alguna desgracia! No, que quiera decir que este sea el caso.
--Qué desgracia señora? --preguntó Oliverio.
--La de perder esa niña querida que por tanto tiempo ha sido mí alegria
. . . mi dicha! --dijo aquella con voz entrecortada.
--Dios no lo permita! --esclamó vivamente Oliverio.
--Hágase su santa voluntad? --repuso la señora torciéndose las manos.
--Oh! Seguramente no nos amenaza una desgracia tan grande! --dijo
Oliverio --Aun no hace dos horas que estaba tan buena!
Los temores de la Señora Maylie eran por cierto demasiado fundados y lo
que habia predicho sucedió. A la mañana siguiente se declararon en Rosa
los síntomas de una enfermedad peligrosa.
Es necesario darnos prisa y no perder el tiempo en aflicciones inútiles
--dijo la Señora Maylie, apretando la frente con sus manos. --Mr.
Losberne debe recibir esta carta lo mas pronto posible. Es preciso
llevarla al pueblo vecino, que está á cuatro millas de distancia lo
mas, andando por el atajo y de allí remitirla á Chertsey por un expreso
á quien encargareis que ande á toda prisa. La gente de la posada se
encargarán de ello y á vos os recomiendo que la veais marchar.
Oliverio no pudo responder tal era su afan de alejarse inmediatamente.
--Tomad esta otra! --continuó la señora Maylie con ademan pensativo
--Pero no sé si será mejor esperar que el doctor me haya dicho lo que
piensa de Rosa . . . En el caso de haber peligro no quisiera remitirla.
--Es tambien para Chertsey Señora? --preguntó Oliverio alargando su
mano trémula para recibir la carta, impaciente como estaba de cumplir su
comision.
--No, --contestó la señora entregándosela maquinalmente.
Oliverio echó una ojeada al sobre y vió que era para Enrique Maylie, en
casa de un caballero, del cual no pudo descifrar ni el hombre ni el
domicilio.
--Queréis que ella parta señora? --preguntó Oliverio mas impaciente
que nunca.
--Creo que será mejor esperar á mañana! --dijo la Señora Maylie
volviéndola á tomar.
Dicho esto, dió su bolsillo á Oliverio; que se lanzó fuera del salon
sin despedirse de su bienhechora.
Corriendo á través de los campos todo lo que sus fuerzas le
permitieron, ya oculto por el trigo de alto talle que se elevaba en ambos
lados del camino, ya en medio de un llano, en el que habia hombres
ocupados en segar y hacer gavillas y no deteniéndose mas que para tomar
aliento, llegó al fin cubierto de sudor y de polvo á la plaza del
mercado del villorrio.
Su primer cuidado fué buscar la posada de que le habia hablado la
Señora Maylie. Miró á todos lados. De pronto se presentó á sus
miradas una cerveceria pintada de rojo, luego la casa de la villa pintada
de amarillo y luego al fin una posada, que tenia por muestra. -Al rey
Jorge-. Inmediatamente entró en ella.
Se dirijió á un postillon que fumaba su pipa en el lindar de la puerta
cochera, quien despues de haberse hecho esplicar la clase del mensaje que
llevaba Oliverio, lo envió al muchacho de cuadra quien despues de la
misma esplicacion lo endosó al maestro de postas que apoyado contra la
bomba cerca la puerta de la cuadra se divertia paseando en su boca un
monda-dientes de plata. Este tomó la carta de las manos del niño y se
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