atormentarme? Pero, ya que has hecho la pregunta, tendrás una respuesta.
He venido porque ya no podía vivir sin ella, porque quería beber en sus
ojos el consuelo y la fuerza necesarios para las tristezas venideras, y
porque... porque, en el fondo, acariciaba siempre la secreta esperanza
de que las cosas aquí pudieran tomar otro giro, que todo pudiera
arreglarse para que yo me la llevara conmigo.
--¿Y las cosas no se arreglan?
--¡No!... No preguntes por qué. Conténtate con esta respuesta: ¡no!
De repente se inclinó hacia mí, se apoderó de mis manos y me dijo desde
el fondo del corazón:
--Ves, Olga, cómo nuestro compañerismo ha tenido mejor resultado que el
que podíamos esperar uno y otro hace media hora. ¿Querrías asistirme
fielmente, y ayudarme en cuanto estuviera en tu poder?
--Sí, te ayudaré--respondí, y al decir esto me sentí penetrada de la
solemnidad de mi promesa.
--Veo que ya no eres una niña--continuó él,--eres una joven enérgica e
inteligente, y si emprendes algo, no flaquearás. ¿Quieres velar por
ella, para que no se desaliente, si todavía esta vez me voy sin haber
hablado? ¿Lo quieres?
--Sí, velaré--repetí.
--¿Y quieres escribirme de cuando en cuando para decirme cómo está, si
se siente bien, si sigue animosa? ¿Quieres?
--Te escribiré--volví a contestar.
--Entonces, ven, dame un beso, y seamos buenos amigos en lo sucesivo y
para siempre.
Y me besó en los labios...
Cinco minutos después estábamos a caballo, y trotábamos rápidamente
hacia la casa, pues ya comenzaba a obscurecer.
--¡Cuánto han tardado!--dijo Marta que estaba en el terrado, con su
delantal blanco, y nos sonreía desde lejos.
Cuando la vi, experimenté el sentimiento de que toda la ternura que yo
pudiera prodigarle, sería poca. Me precipité hacia ella y la besé
impetuosamente. Pero, al mismo tiempo tuve pena, pues me parecía que así
borraba de mis labios el beso de Roberto. Me desprendí de sus brazos,
con el corazón oprimido, y me alejé. En la mesa, esa misma noche, no
cesé de mirar a mi primo, pues me imaginaba que me recordaría con una
seña nuestro convenio secreto. Pero él no pensó en ello; sólo cuando
todos se levantaron deseándose «buena digestión,» me estrechó la mano de
un modo muy particular, como nunca lo había hecho antes.
Esto me hizo tan feliz como si hubiera recibido un magnífico presente.
Esa noche, me costó mucho trabajo esperar el momento en que me
encontraría en mi cama, con la vela apagada. Me gustaba quedarme así,
una hora por lo menos, con los ojos bien abiertos en la obscuridad, y
soñando: tenía la facultad de poder quedarme despierta todo el tiempo
que quería, y de dormirme tan pronto como me parecía conveniente; para
ello no tenía más que hundir la nariz en la almohada, y era cosa hecha.
Esta vez me estiré en mi cama con un sentimiento de bienestar que nunca
había conocido en mi vida. Todos los deseos de mi existencia me parecían
colmados. Mis mejillas ardían y en mis labios tenía, todavía sensible,
la picazón ligera del primer beso con que un hombre--papá, naturalmente,
no contaba,--los hubiera rozado.
Y si, contemplándolo de cerca, ese beso se dirigía también a otra, ¿qué
me importaba? Era tan joven todavía, que no podía pretender semejante
cosa para mí sola.
Volví una vez más a mi idea predilecta: ¿Qué haría yo si estuviera en el
lugar de Marta? De esta suerte, no necesitaba desgarrar el tejido de
imaginaciones, que no eran más que puras quimeras--ese día me lo había
probado bien,--pero podía trabajar en él con toda tranquilidad, y fue lo
que hice en mi desvelo o en mis sueños, hasta la mañana siguiente.
Dos días después, Roberto partió. Algunas horas antes de marcharse tuvo
una larga conversación con Marta en el jardín.
Los vi internarse en él sin sentir celos, y fue para mí un placer
indecible el guardar la puerta para que nadie los sorprendiera.
Cuando reaparecieron, estaban silenciosos y fijaban en el suelo sus
miradas serias y tristes.
No, no se había declarado, bien lo vi a la primera ojeada, pero había
hablado del porvenir e insinuado sin duda algunas palabritas de tímida
esperanza.
En el momento en que iba a subir al carruaje se encontró por casualidad
solo conmigo algunos segundos. Me tomó la mano y murmuró:
--¿No revelarás una sola palabra? ¿Puedo contar con ello?
Hice un signo de afirmación enérgica.
--¿Y me escribirás pronto?
--Seguramente.
--¿Adónde debo dirigirte la respuesta?
Me quedé azorada: no había pensado en ello. Pero, como los minutos eran
contados, nombré al azar a un viejo mayordomo que me había demostrado
siempre más afecto que nadie.
VIII
El tiempo transcurría. Lo mismo que antes, los días sucedían a los días,
y sin embargo, ¡cuán nuevo y particular se había vuelto el mundo para
mí!
Ya no necesitaba estudiar el amor en los libros, ni mirarlo de lejos;
había penetrado en persona en todo mi ser, sus dulces enigmas me
envolvían por todas partes y podía--¡oh deleite!--divertirme con ellos:
estaba sumergida hasta la cabeza en la intriga que debía asegurar la
felicidad de mi hermana.
Era maravilla ver, después de esa visita de Roberto, cómo Marta volvía a
la vida y recuperaba a la vez fuerzas, colores y salud. Esos pocos días
de existencia en común con él habían obrado sobre ella como un baño
fortificante, y más aun la milagrosa fuente de la esperanza, de la cual
había bebido furtivamente a grandes tragos.
Sin duda, no había recobrado su brillante alegría de otros tiempos, que
esos siete años de ansiosa espera parecían haberse llevado
irrevocablemente; ni cantos ni risas se escapaban ya de sus labios,
pero un brillo suave y cálido animaba sus facciones como si una luz
salida del alma, las iluminara. Ya no se arrastraba por la casa a pasos
lentos y cansados, y cuando alguien se le acercaba, ella lo acogía con
una sonrisa amistosa.
Como su dicha necesitaba desahogarse en afecto, se me acercaba más y más
y procuraba penetrar en mi pensamiento taciturno y solitario. Eso no
hacía más que aumentar mi cariño e impulsarme a rogar a Dios para que
derramara sus bendiciones sobre ella, pero no le daba mi confianza.
Mientras no me abriera su corazón ella misma, no podía ni quería
confesarle cuán profundamente mis ojos habían penetrado ya en él.
Más de una vez me sorprendí contemplándola con un sentimiento maternal,
si puedo decirlo, pues desde que estaba en correspondencia seguida con
Roberto, me figuraba que verdaderamente tenía la felicidad de ambos en
mis manos.
En mi presunción, me consideraba fácilmente como un buen genio, vestido
de blanco, con una palma en la mano, y cuya sonrisa vertía bendiciones.
Mientras tanto, contaba los días hasta la llegada de una carta de
Roberto, y corría de acá para allá, con las mejillas encendidas, cuando,
al fin, la llevaba sobre mi corazón.
Esas cartas se me habían hecho tan necesarias, que me era difícil
concebir cómo había podido vivir antes sin ellas. So pretexto de
contarle los hechos y dichos de Marta, sabía muy bien ahuyentar las
penas de su corazón con mi charla, infantil y loca como gusta a los
hombres, para poder sentirse superiores a nosotras, o seria y llena de
madurez, como se había vuelto mi corazón. Le agradaba mi cháchara,
cualquiera que fuera su tono, como se escucha con gusto el gorjeo de un
pájaro cantor, y yo no pedía más. ¡Le estaba tan agradecida porque me
había asociado a su grande y sincera pasión, a mí, a la chicuela a quien
todavía hacían salir de la habitación cuando la gente grande quería
hablar de cosas serias! Toda mi dignidad, toda la importancia que yo
tenía a mis propios ojos, me venían de ese papel de protectora.
Así crecía yo con ese amor, me alimentaba con esa pasión, de la que
nunca la menor migaja debía caer para mí de la mesa.
* * *
Cuando llegó el otoño, noté que Marta manifestaba una agitación
extraordinaria. Andaba con paso febril por su cuarto, permanecía a veces
la mitad de la noche en la ventana, hablaba en voz alta haciendo
ademanes cuando creía estar sola, y se estremecía violentamente cuando
se veía sorprendida.
Informé fielmente a Roberto de lo que había observado y le pregunté
además si no había hecho quizá esperar su visita para aquella época,
pues toda la manera de ser de Marta me parecía provocada por una
sobreexcitación enfermiza de la espera.
Tuve ocasión de estar satisfecha de los conocimientos psicológicos de
mis diecisiete años, pues mis previsiones eran justas.
Profundamente abatido, me escribió que efectivamente, al separarse de
ella, había expresado la esperanza de poder volver en el otoño siguiente
con cara más alegre; pero se había equivocado: estaba, más que nunca,
sumergido en las penas y en las deudas, y trabajaba como un esclavo sin
ver brillar el menor fulgor de esperanza.
«Por lo menos--le contesté,--líbrala del tormento de la espera e informa
a nuestros padres, con miramientos, de tu situación.»
Así lo hizo: dos días después, papá, muy apenado, trajo la carta que a
causa de mi juventud, todavía demasiado irracional, yo no debía leer.
Esa carta tuvo sobre el ánimo de Marta una influencia que me asustó y me
conmovió. La sobreexcitación de las últimas semanas desapareció
repentinamente, como barrida de golpe, y dejó el lugar a ese abatimiento
desesperado que, ya una vez antes de la venida de Roberto, la había
convertido en una sombra: nuevamente se enflaqueció, y dos surcos
profundos se abrieron en torno de sus ojos, otra vez tuvo que recurrir a
las gotas de valeriana en los momentos frecuentes en que se retorcía en
crisis dolorosas, otra vez también le había vuelto ese perpetuo deseo de
llorar que, a la menor ocasión, se daba curso en torrentes de lágrimas.
Esta vez, papá no mandó buscar al médico: podía fijar el dianóstico él
mismo. Hasta mamá se compadeció de los sufrimientos de la desdichada,
tanto como se lo permitía su apatía, y ésta no consentía que se alejase
de la estufa para atender a su hija enferma.
En cuanto a mí, encontré entonces por primera vez la ocasión de mostrar
a los míos que ya no era una criatura y que mi voluntad tenía algún
valor, aun cuando se tratara de cosas serias.
Asumí toda la dirección de la casa, y por más que todos sonrieron
maliciosamente y protestaron, y Marta me explicó repetidas veces que
jamás consentiría que yo, la más joven, la suplantase, me las compuse
tan bien que al cabo de quince días yo era quien manejaba toda la casa.
Fue aquella la única época en que tuviéramos todos que disputar con
Marta; pero poco a poco fuerza le fue reconocer que lo que yo hacía era
por amor a ella, y finalmente concluyó por ser la primera en
agradecérmelo. Por otra parte, se acostumbró a cederme en más de un
punto, aunque tratando de disimularse a sí misma mi influencia y dando a
entender que había que dejar hacer su voluntad a los niños.
En mi correspondencia con Roberto, aprendí por primera vez que se puede
mentir por amor. Le disimulé el triste efecto que había producido su
carta; sí, no me ruborizaba de escribirle que todo marchaba
perfectamente. Procedía así porque estaba persuadida de que la verdad lo
habría sumido en una multitud de nuevos cuidados y pesares, que no
dejarían de abatirlo, puesto que nada podía remediar. Pero entonces se
me hacía terriblemente difícil conservar el tono de charla ligera, y muy
a menudo las bromas se helaban en la punta de mi pluma.
Y todo se ensombrecía de día en día en torno nuestro. Papá estaba
cabizbajo, porque las malas cosechas habían defraudado sus más bellas
esperanzas; mamá murmuraba, porque nadie iba a distraerla, y Marta se
marchitaba cada vez más.
Las fiestas de Navidad llegaron, tan tristes como nunca hasta entonces
nuestro apacible interior había visto otras.
En torno del flamante árbol de Navidad, que esta vez yo había adornado e
iluminado en lugar de Marta, permanecíamos inmóviles sin saber qué
decirnos, tan oprimido teníamos el corazón. Y, como nadie se decidía a
hacerlo, tuve que esforzarme en reír y hacer lo posible para borrar las
arrugas de inquietud que surcaban todas las frentes. Pero casi no
encontré eco y por último nos dimos la mano deseándonos buenas noches
para retirarnos cada uno a nuestro cuarto, puesto que no sabíamos cómo
entrar en materia los unos con los otros.
Cuando llegué al lado de Marta, que estaba sentada en un rincón, con los
ojos fijos en las velas que comenzaban a apagarse, sentí que un doloroso
estremecimiento me atravesó el pecho, como si le hubiera hecho un
agravio que debiera reparar; pero ignoraba cuál podía ser ese agravio.
Ella me dijo al besarme en la frente;
--¡Que Dios te conserve tu valiente corazón, Olguita! Te agradezco mucho
las bromas que te has esforzado en decir hoy.
No supe qué contestar, pues ese sentimiento de culpabilidad que no podía
definir, me desgarraba el corazón.
Cuando me encontré sola en mi cuarto, me dije: «¡Bueno, ahora vas a
festejar la Navidad!» Saqué las cartas de Roberto de la gaveta en que
las tenía cuidadosamente escondidas y resolví leerlas hasta una hora
avanzada de la noche.
La tempestad sacudía los postigos, la nieve, empujada por las ráfagas
del viento, barría los vidrios con un roce ligero y la lámpara de
pantalla verde suspendida del cielo raso, esparcía sobre mí su fulgor
apacible.
En el momento en que colocaba cómodamente delante de mí el paquetito de
cartas, oí junto a mí, en el dormitorio de Marta, el ruido sordo de una
caída, y luego un murmullo indistinto que me pareció el de una oración
mezclada con sollozos.
«¡He ahí cómo celebra la noche de Navidad!»--pensé juntando
involuntariamente las manos. Sentí otra vez un dolor en el corazón, como
si mi conducta hacia mi hermana fuera falsa y cruel. Y continué
devanándome los sesos hasta que vi claramente que sólo las cartas eran
culpables.
«¿No es por su bien por lo que escribo y por lo que guardo
silencio?»--me pregunté.
Pero mi conciencia no se dejó seducir. No. Aquello fue como si un rayo
me hiriera en la cara, pues sentí con qué delicias mi corazón acariciaba
esas cartas.
«¿Qué no daría ella por una de estas hojas?»--me dije en seguida.--«Ella
que comienza a dudar del amor de Roberto, que lucha con la angustiosa
idea de que, si no ha venido, es únicamente porque quiere arrancarla de
su corazón.»
«Y tú oyes sus sollozos--continuaba una voz dentro de mí,--y la dejas
presa de sus torturas mientras que tú te deleitas pensando en que tienes
un secreto con él, con él, que pertenece sólo a -ella-.»
Me escondí la cara entre las manos: la vergüenza se apoderaba de mí tan
violentamente, que tuve miedo de la luz que me alumbraba. «¡Dale esas
cartas!»--me gritó repentinamente una voz, y me lo gritó tan alto y con
tanta claridad, que me pareció que era la tempestad la que me había
lanzado esas palabras al oído.
Entonces tuve que sostener una lucha terrible. Sin embargo, cada vez que
mi buena voluntad cedía, instada por el temor de faltar a la palabra que
había dado a Roberto, y por el deseo de seguir todavía en
correspondencia secreta con él, el ruido de los sollozos y de la oración
de Marta llegaba hasta mí más claro, y me trastornaba a tal punto los
sentidos, que me parecía que iba a verme obligada a huir hasta el fin
del mundo, para no oírlo más.
Y concluí por cumplir conmigo misma. Tomé las cartas, las reuní en un
elegante paquete que até con una cinta y me dispuse a llevárselas a su
cuarto.
«¡Este será su regalo de Navidad!»--dije pensando en que ese año no
había podido hacerle, como de costumbre, un bordado o un tejido; y, como
siempre agrada, cuando se hace un regalo, cierto aparato para ocultar la
alegría que desborda del corazón, resolví representar todavía un poco la
comedia, antes de entregárselas.
Bajé a medio vestir, tal como estaba, a la sala del piso inferior, donde
se encontraban nuestros regalos, bajo el árbol de Navidad. Tanteando en
la obscuridad, busqué su plato, recogí los objetos que estaban al lado
de éste, y por encima de todo coloqué el paquete de cartas.
Cargada de esta manera, me acerqué a su puerta y toqué.
Oí un roce, el ruido que hace una persona que se levanta bruscamente, y,
al cabo de un intervalo bastante largo--sin duda el tiempo necesario
para enjugarse los ojos,--su voz resonó muy cerca de la puerta,
preguntando quién estaba allí y qué querían.
--Soy yo, Marta--dije.--Te traigo tu plato; lo habías dejado abajo.
--Llévalo a tu cuarto, iré a buscarlo mañana--respondió ella.
Y en la voz tenía sollozos que se esforzaba en disimular.
--Pero un nuevo regalo ha venido a agregarse a los demás--dije.
Y también mis palabras estaban medio ahogadas por las lágrimas.
--¡Bien! Me lo darás mañana--replicó,--ya estoy desvestida.
--Pero ese regalo es mío--dije.
Y, como en la bondad de su corazón, temió ofenderme, no obstante su
inmenso dolor, me abrió la puerta.
Me lancé hacia ella y lloré sobre su hombro, apretando convulsivamente
el plato con la mano izquierda.
--¿Qué tienes, querida?--me preguntó acariciándome.--En toda la casa
eras la única que conservabas tu buen humor, y ahora...
Me armé de valor y, acercándola a la luz, le mostré el plato. A la
primera ojeada reconoció la letra; se puso blanca como el yeso que
cubría las paredes, y, con sus ojos enrojecidos por las lágrimas, me
miró fijamente como si hubiera perdido la razón.
--Tómalo, pues--dije,--tómalo.
Ella extendió la mano, pero la retiró con un ademán brusco: se hubiera
dicho que había tocado un hierro candente.
--Ves, Marta--dije, deseando vengarme de su silencio y para darme cierta
importancia,--no has querido tener confianza en mí, me has tratado
siempre como a una criatura, pero todo lo he adivinado, y, mientras tú
te desesperabas, yo he obrado.
Ella continuaba mirándome fijamente, desconcertada, sin comprender.
--Crees que Roberto no se inquieta por ti--continué.--Sin embargo, he
tenido que darle cuenta de tu vida, de tu salud, cada semana
regularmente.
Marta retrocedió tambaleándose, se llevó las manos a la cabeza, y, de
improviso, una especie de calofrío la sacudió. Se adelantó hacia mí, me
tomó las manos y con voz singularmente velada, dijo:
--¡Mírame de frente, Olga! ¿Quién de los dos ha escrito la primera
carta?
--¡Yo!--dije asombrada, no sabiendo todavía adónde quería ir a parar.
--¿Y tú le has... le has revelado mi estado, me has... ofrecido... Olga?
--¿Qué idea es esa?--dije.--El mismo fue quien me confesó todo, cuando
estaba aquí... ¡Oh! Me conocía mejor que tú--agregué, no queriendo dejar
escapar de mi juego ese ligero triunfo,--no se avergonzó de tomarme de
confidente.
--¡Alabado sea Dios!--murmuró ella con un profundo suspiro, juntando las
manos.
--Pero ven, Marta--dije llevándola a la mesa.--Vamos a festejar la
Navidad.
Entonces leímos juntas las cartas, una tras otra, y, en cada una de
ellas, en cada una de las frases sencillas y desmañadas, aparecía el
corazón afectuoso de Roberto, su corazón de oro; arrojaba en nuestras
almas abrumadas por el dolor una llamarada ardiente que nos consolaba y
nos devolvía la alegría. Reíamos y llorábamos, con las mejillas apoyadas
una contra otra, y nos estrechábamos con fuerza las manos, como para
procurarnos recíprocamente la sensación de esas vivas y vigorosas
presiones, que prodigaba su tosca mano roja.
Y de pronto, estábamos en uno de esos párrafos en que él me rogaba
encarecidamente que cuidara a Marta, que velara sobre ella, ésta se
sintió abrumada bajo el peso de su felicidad, y, me ruborizo al decirlo,
se dejó caer delante de mí y apoyó sus labios en mi mano.
Pero, por violenta que fuera mi emoción, ya no sentía trazas de ese
dolor punzante que, hacía poco todavía, junto al árbol de Navidad, me
oprimía el corazón. Había cancelado mi deuda y fue en completa libertad,
con el corazón aligerado, como me juré velar en lo sucesivo como un
ángel tutelar sobre mi hermana que, mucho más que yo, niña simple y sin
experiencia, necesitaba apoyo y protección.
Y ella lo sintió también, pues, aunque hasta entonces me hubiera tratado
como a una criatura, se abandonó a mi dirección sin resistencia.
Al fin había conseguido lo que deseaba mi corazón. Existía un ser humano
a quien podía mimar y acariciar a mi gusto, y como entonces nada nos
separaba ya, dediqué a mi hermana toda la ternura que durante tanto
tiempo había dormido inactiva en el fondo de mi alma.
No fue poca la sorpresa de mi padre y de mi madre al ver en nuestras
relaciones, que en los últimos tiempos sobre todo dejaban mucho que
desear, esa intimidad, esa cordialidad nuevas, y a la misma Marta le era
difícil acostumbrarse a ello.
Me miraba siempre con extrañeza y decía a menudo:
--¡Cómo habría podido adivinar nunca que había en ti tanto afecto!
Si hubiera sabido qué sacrificio había hecho revelando mi secreto,
habría dado aún más valor a mi cariño.
En verdad, mis presentimientos no me habían engañado: desde el momento
en que Marta tuvo las cartas en sus manos, se acabó para siempre la
dicha que me causaba ese convenio secreto con Roberto.
Ya no era para mí más que un extraño y, cuando me sentaba a escribirle,
me parecía ser una simple máquina encargada de copiar los pensamientos
de otros: así me sucedía a menudo entregar a Marta una carta sin haberla
leído, tal como acababa de recibirla de manos del mayordomo.
A veces sentía remordimientos al pensar que abusaba de la confianza de
Roberto, pues él no sospechaba que Marta estuviera en el secreto; pero,
cuando la miraba, cuando veía desplegarse su sonrisa, y brillar en sus
ojos soñadores la paz y la felicidad, me decía que era imposible que
hubiera procedido mal, y mis escrúpulos se acallaban.
Hasta entonces no había engañado más que a él; muy pronto mi traición
debía alcanzar también a Marta.
IX
El invierno y la primavera pasaron velozmente y llegó el momento en que
las gavillas comenzaron a amontonarse en los trojes.
Roberto debía venir tan pronto como la cosecha hubiera terminado; «pero
hasta entonces--escribía,--habrá que vencer más de una grave
dificultad.»
Un día, papá entró en la cocina donde estábamos, y tomando una expresión
indiferente, se paseó un instante por entre los calderos, resoplando y
golpeando con su varilla las largas cañas de sus botas.
--¿Te has vuelto inspector de cocinas hoy, papá?--dije.
Él soltó una risa breve y dijo:
--Sí, me he vuelto inspector de cocinas.
Y después de haber andado todavía algunos minutos en silencio, se detuvo
de improviso delante de Marta y dijo:
--Si tuvieras tiempo, hija mía, ¿podrías quizá venir un momento? Tu
madre y yo tenemos que hablarte.
--¡Vaya, vaya, ahora comprendo esos largos preliminares! ¿Puedo asistir
yo también a la entrevista?
--No--respondió él,--tú te quedarás en la cocina.
Durante un instante el silencio reinó en la casa; en torno mío el vapor
silbaba, las cacerolas cantaban, la sirvienta hacía gran ruido al
limpiar los cuchillos, pero de repente se oyó, dominando todo ese ruido,
un grito breve y estridente que no podía provenir más que de Marta.
Temblorosa agucé el oído, y en el mismo instante papá se precipitó en la
cocina gritando:
--¡Agua!
Pasé a su lado como una exhalación, y encontré a mi hermana tendida en
el suelo, sin conocimiento, con la cabeza sobre las rodillas de mamá.
--¿Qué le han hecho ustedes a Marta?--grité dejándome caer de rodillas
junto a ésta.
Nadie me contestó. Mamá, desatinada, se retorcía las manos, y papá se
mordía el bigote, sin duda para retener las lágrimas.
Entonces, al inclinarme hacia mi hermana, vi en el suelo, junto a ella,
una hoja de papel de carta rayado de azul; me apoderé de él tan
vivamente como pude, sin que nadie notara ese movimiento. Después me
apresuré a hacer lo más urgente, que era hacer volver en sí a Marta y
acompañé a su cuarto a la desdichada, que dirigía en su derredor miradas
atontadas.
Una vez allí la acosté. Con los ojos fijos en el cielo raso, me pedía
de cuando en cuando de beber; parecía no haber recuperado sus sentidos
todavía.
Pero yo saqué en secreto la carta de mi bolsillo y leí lo que transcribo
aquí literalmente, pues he conservado cuidadosamente ese monumento del
amor de una madre y de una hermana:
«¡Mi hermano muy querido, mi muy querida cuñada!
»Una circunstancia muy triste para mí me obliga a escribiros hoy. Estáis
persuadidos, no lo dudo, de que os quiero mucho y de que mi corazón no
tiene deseo más vivo que el de conservar con vosotros y vuestros hijos
las relaciones más cordiales. Desde que estoy en el mundo, no os he
hecho más que bien, no os he atestiguado otra cosa que afecto y vosotros
me habéis correspondido siempre. En nombre de ese afecto os dirijo hoy
una súplica, dictada por mi corazón de madre torturado por la angustia.
Esta mañana mi hijo Roberto vino a casa y nos declaró, a mi marido y a
mí, que tenía la intención de pediros la mano de vuestra hija Marta; al
mismo tiempo solicitaba nuestro consentimiento, del cual no podía
abstenerse, como buen hijo y buen amo de casa, pues, ¡ay de mí! todavía
necesitará más de una vez nuestra ayuda.
»Si hubiera escuchado la voz de mi corazón, le habría saltado al cuello
con lágrimas de gozo, pero me fue necesario conservar toda mi sangre
fría, por mi marido y por mi hijo, que no son uno y otro más que dos
niños, y me vi obligada a decirle que ese casamiento no podía hacerse.
»Mi querido hermano, no quiero reprocharte el que no hayas sabido
conservar tu fortuna: lejos de mí el pensamiento de mezclarme en cosas
que no me importan; pero, en el punto en que estamos, me permitiréis os
diga que vuestra propiedad está gravada de deudas y que vuestras hijas,
fuera de un ajuar que, quiero creerlo, será rico, no podrán contar con
un centavo de dote.
»Por otra parte, los bienes de mi hijo Roberto están también cargados de
deudas; efectivamente, ha tenido que pagar fuertes sumas para
desinteresar a sus hermanos y hermanas, y además nosotros hemos
conservado sobre la propiedad una hipoteca cuyos intereses nos hacen
vivir, lo mismo que a mis otros hijos. En estas condiciones un
casamiento con una joven pobre lo llevaría infaliblemente a la ruina.
»No hablo de la salud de vuestra hija Marta, que, a juzgar por vuestras
cartas, debe ser una persona débil y enfermiza, incapaz por consiguiente
de llevar con vigor el peso de una labor tan grande y de hacer la
felicidad de Roberto; tan sólo el pensamiento de verla entrar en casa de
mi hijo con las manos vacías basta para convencerme de que sería
desgraciada y no podría menos que hacerlo desgraciado a él mismo.
»Si vuestra hija Marta ama realmente a mi hijo, no le será difícil, en
el interés mismo de la felicidad de su primo, renunciar a él, esto en el
caso de que Roberto tuviera el valor de pedir su mano, no obstante la
prohibición de sus padres; pero no preveo, ni siquiera puedo concebir,
en un hijo, semejante desobediencia a la voluntad paternal.
»Conozco demasiado, mis queridos amigos, el afecto que profesáis a
vuestra hermana, para no estar persuadida de que negaréis como yo, desde
hoy, y para siempre, vuestro consentimiento a esa unión funesta e
irracional.
»Vuestra hermana que os querrá siempre,
»-Juana Hellinger.-
»P. S.--¿La cosecha es buena por allá? Aquí el centeno de invierno ha
dado, pero las patatas sufren mucho de la enfermedad.»
Al leer esa prosa vulgar e hipócrita, me acometió un furor tal, que
solté una violenta carcajada, y tirando la carta al suelo me puse a
pisotearla.
Un ligero suspiro de Marta, a quien, sin duda, mi risa había hecho mal,
me volvió a la razón.
Allí yacía ella, desesperada, como quebrantada por el golpe que habría
debido, por el contrario, retemplar su valor y darle nuevas fuerzas para
la resistencia. Y, mientras yo la miraba, torturada por el pensamiento
de estar condenada al papel de espectadora impotente, mi corazón dejó
escapar una vez más, con un suspiro, ese lamento de otras veces: «¡Que
no esté yo en su lugar!» ¡Pero cuántas cosas nuevas encerraba hoy! Lo
que antes no había sido más que una locura, una niñada, había hecho
lugar a sentimientos serios: el valor del sacrificio y la confianza en
mi fuerza.
Entonces resolví obrar, si acaso era todavía tiempo. Quise primero ir a
buscar a mis padres, decirles lo que había hecho, que estaba desde hacía
mucho tiempo al corriente de la situación, y finalmente exigir de ellos
que me diesen en el consejo de familia el lugar al cual tenía derecho, a
pesar de mi juventud.
Pero deseché en seguida esta idea. Tan pronto como hubiera tomado parte
en las deliberaciones de familia, mi deber sería no proceder en contra
de sus designios. Y no podía contribuir a la salvación de mi pobre
hermana, como lo entendía y siguiendo el plan que había concebido, sino
a condición de fingir una ignorancia absoluta.
Muy pronto vi en qué estado estaban las cosas. Cada uno había guardado
de la carta lo que respondía mejor a su temperamento.
Papá, herido en su orgullo de hombre pobre, habría en lo sucesivo
considerado como una vergüenza el dejar entrar a su hija en una familia
en que se la miraría con malos ojos. Mamá, por su parte, se había dejado
enternecer por los testimonios de afecto de que la carta estaba
sembrada, y estimaba que no se debía burlar la confianza de su cuñada.
¿Y Marta?
Aquella noche, mientras yo velaba junto a su cama, sentí que su mano
ardiente se posaba sobre la mía y su débil brazo me atraía suavemente
hacia ella.
--Tengo que hablarte, Olga--murmuró, con la mirada siempre tristemente
fija en el cielo raso.
--¿Si esperáramos hasta mañana?--respondí.
--No--dijo ella,--en el intervalo podrían suceder cosas que no deben
producirse. A partir de hoy, todo ha concluido entre él y yo.
--Entonces conoces muy mal a Roberto--dije.
--Pero yo me conozco bien--dijo ella.--Yo soy quien rompe.
--¡Marta!--grité espantada.
--Bien sé que esto me matará--dijo ella.--¿Pero qué importa? Mi vida
poco vale. Eso es mejor que hacerlo desgraciado.
--La fiebre es la que te hace hablar así, Marta--exclamé,--pues no te
creo tan tonta como para dejarte hechizar por los melindres de esa vieja
bruja.
--Siento demasiado que dice la verdad--dijo ella.
Un helado calofrío recorrió todo mi cuerpo al oírla proferir, con el
tono tranquilo de un colegial que recita una lección, esas palabras de
una tristeza desesperante.
--No protestes--continuó,--no es sólo de hoy que lo sé; siempre tuve ese
presentimiento, y verdaderamente no necesitaba asustarme tanto hoy.
Pero, qué quieres, causa siempre impresión el ver de repente escrita con
todas sus letras la sentencia que hasta entonces uno no se atrevía a
confesar a su propia conciencia.
Traté de consolarla con toda la elocuencia de que era capaz, hundí a la
tía en el abismo más negro del infierno, y demostré a Marta menudamente
que ella había nacido para desempeñar en la casa de Roberto el papel de
ángel bienhechor. Pero todo fue inútil, no conseguí hacer revivir su fe
en sí misma; el golpe la había herido demasiado profundamente. Por
último me pidió que no escribiera una sola carta más a Roberto y que
rompiera para siempre toda relación con él.
Me sentí espantada hasta el fondo del alma por mí misma quizá tanto como
por ella; me negué con toda la energía que pude encontrar en mí; pero
ella insistió, y, ante la amenaza que me hizo de revelar a la familia mi
correspondencia con Roberto, tuve que consentir de grado o por fuerza.
Entonces vinieron días tristes; Marta vagaba, semejante a un fantasma.
Papá, siempre a caballo, recorría como un montaraz los campos y los
bosques, no asistía regularmente a las comidas y para ninguna de
nosotras tenía una buena palabra. Mamá, nuestra bonachona mamá, tejía
sentada en su rincón y de cuando en cuando enjugaba sus lágrimas,
echando en su derredor miradas inquietas para ver si nadie lo había
notado. ¡Ah, sí, aquella fue una época bien triste!
Yo había recibido de Roberto dos cartas apremiantes. Me decía que la
inquietud lo devoraba y me suplicaba que le enviara noticias a vuelta
de correo. No se lo dije a Marta, pero cumplí mi promesa.
Ocho días pasaron; entonces noté que mis padres deliberaban acerca de la
respuesta que debían enviar a la tía. Papá era de opinión, para que no
se pudiera siquiera sospecharlo de querer obtener ese casamiento por
medios desleales, de comprometerse definitivamente por una promesa, y
mamá decía: «sí,» como decía «sí» a todo lo que no tenía relación con
las jaleas o las confituras.
Ese día Marta declaró que le era imposible levantarse de la cama; no
sentía vivos dolores--decía,--pero sus piernas se negaban a llevarla.
Así veía yo adelantar el desastre, cada vez más amenazador. No podía
esperar más: «Ven a cumplir tu compromiso mientras todavía es
tiempo»--escribí a Roberto. Y, para mayor seguridad, bajé yo misma a la
ciudad y entregué la carta al postillón que justamente se preparaba a
partir para Prusia.
En el momento en que el sobre se escapó de mis manos, sentí como una
puñalada en el corazón; se habría dicho que con esa carta entregaba mi
alma a potencias desconocidas.
Tres veces quise volver sobre mis pasos para recoger la carta, pero
cuando ya estuve decidida a hacerlo, el postillón estaba lejos.
A mi vez, cuando ascendí la colina que conduce a la casa, me oculté
entre las malezas y lloré amargamente.
A partir de ese momento, fui presa de una agitación como nunca la he
sentido en mi vida. Me parecía que una fiebre abrasadora me consumía;
durante la noche, iba y venía en mi cuarto sin poder encontrar descanso;
de día, estaba continuamente en acecho y cada vez que oía el ruido de un
carruaje, toda mi sangre se retiraba de mi corazón.
A mis padres les contestaba disparatadamente y las criadas, en la
cocina, comenzaban a sacudir la cabeza con expresión inquieta.
Una joven que espera a su prometido no habría estado más loca.
Esa fiebre duró cuatro días, y fue una felicidad que los míos estuvieran
absortos en sus propios pensamientos, sin lo cual mis modales no habrían
dejado de despertar sospechas.
X
Esta vez no fui yo quien recibió a Roberto. Cuando reconocí su silueta
en el carruaje tirado por cuatro caballos que, cubierto de lodo, pasaba
con estrépito la puerta del patio, huí al granero y me escondí en el
rincón más apartado.
Tenía la cara encendida, temblaba de pies a cabeza y nubes rojas
bailaban por delante de mis ojos.
Oí que, abajo, las puertas se abrían y se cerraban, oí pasos que subían
y bajaban precipitadamente la escalera, oí las voces de las criadas que
gritaban mi nombre; no me moví.
Y cuando todo volvió a quedar en silencio, bajé sin hacer ruido por las
escaleras de atrás, que eran bastante obscuras, y fui a sentarme en el
lugar más desierto del parque. Mi alma era presa de un extraño
sentimiento de amargura y de vergüenza. Me parecía que debía levantarme
y huir para no volver a encontrar la mirada de esos ojos que había
esperado, sin embargo, con tan loca impaciencia.
Luego me representé lo que podía ocurrir en ese momento en la casa.
Papá se había encontrado sin duda algo desconcertado al ver a Roberto,
pues, seguramente, tenía todavía sobre sí el peso de la pérfida carta de
la tía; había hecho un ademán de negativa al oírle formular su petición;
pero, en el mismo instante, Marta se había presentado. ¡Cuán pronto
había vuelto a encontrar sus fuerzas, la pobre enferma, que, pocos
minutos antes, yacía agotada en el sofá; cuán pronto había olvidado las
penas, los dolores que sufrió durante años! Y ahora, están en brazos uno
de otro y no tienen siquiera un pensamiento para mí.
Entonces, de improviso, se despertó en mí un orgullo fiero. «¿Por qué te
escondes?--gritaba una voz en el fondo de mí misma.--¿No has hecho tu
deber? ¿Todo esto no es obra tuya?»
Con un movimiento brusco me paré, eché hacia atrás mis cabellos en
desorden y, con paso firme, apretando los dientes, me dirigí a la casa.
Al acercarme no oí ningún grito de alegría. Todo estaba silencioso, todo
estaba como muerto...
En el comedor encontré a mamá sola. Tenía las manos juntas y exhalaba
profundos suspiros, mientras gruesas lágrimas rodaban hasta su blanca
papada.
--Es el efecto de la emoción--pensé al sentarme frente a ella.
--¿Dónde estabas, Olga?--dijo, enjugándose esta vez tranquilamente los
ojos.--Es necesario que hagas matar algunos pollos para la comida y que
pongas a refrescar el moselle. El primo Roberto ha llegado.
--¡Ah!--dije con mucha calma.--¿Dónde está?
--En el gabinete de tu padre conversando con él.
--¿Y dónde está Marta?--pregunté con una sonrisa.
Ella me dirigió una mirada de censura como para reprocharme mi demasiada
sagacidad; después dijo:
--Está con ellos.
--Entonces puedo ir a felicitarlos ahora mismo--dije.
--Tontuela--dijo ella.
Pero antes de que pudiera poner mi proyecto en ejecución, vi que la
puerta del cuarto contiguo se abría, y por ella salir lentamente, como
si saliera de un ataúd, a Roberto, al primo Roberto, con el rostro
terroso, la frente cubierta por gruesas gotas de sudor. Yo también sentí
al verlo que la sangre se retiraba de mi cara. Un siniestro
presentimiento me asaltó.
--¿Dónde está Marta?--exclamé adelantándome hacia él.
--No lo sé.
Se hubiera dicho que cada una de las palabras que pronunciaba iban a
ahogarlo. Ni siquiera me dio la mano.
Papá salió detrás de él. Mamá se había levantado y los tres se quedaron
allí parados, estrechándose las manos como en un entierro.
--¿Dónde está Marta?--grité otra vez.
--Ve a ver lo que hace--dijo papá;--sin duda te ha de necesitar.
Salí de un brinco y a saltos subí la escalera que conducía a su
habitación. Esta estaba cerrada.
--¡Marta, abre! Soy yo.
Nadie se movió. Rogué, supliqué, prometí repararlo todo, le prodigué mil
nombres cariñosos: todo fue inútil. Nada se oía, a no ser de vez en
cuando un hálito, parecido a la respiración silbante que se escapa de
una garganta medio sofocada. Entonces me encolericé al verme rechazada
de todas partes.
--Sin duda seré bastante buena para preparar esta fúnebre comida--dije
soltando una carcajada.
Y fui en busca de las criadas, hice matar seis tiernos pollos y me quedé
mirando tranquilamente a esas pobres aves, mientras la sangre brotaba de
sus pescuezos abiertos.
Daba lástima ver cómo uno de ellos, un gallito, batía las alas mientras
la angustia de la muerte le arrancaba gritos y trataba de herir con sus
espolones los dedos de la criada.
Hasta este pobre animalito, débil como es, se defiende cuando quieren
degollarlo--pensé,--mientras mi señorita hermana besa humildemente la
mano que la amenaza con el cuchillo.
La muerte de esos inocentes animales fue casi un alegre espectáculo
comparado con la comida en que fueron servidos. La última comida de un
condenado no habría sido más lúgubre. Cada cinco minutos alguien tomaba
bruscamente la palabra y hablaba como quien cumple una faena
obligatoria. Los demás asentían con la cabeza misteriosamente, pero bien
veía yo que los que escuchaban no sabían lo que oían, lo mismo que el
que hablaba no sabía lo que decía.
Marta no se había presentado.
En el momento de separarnos para retirarnos cada uno a nuestro cuarto,
Roberto me tomó las dos manos y me llevó a un rincón.
--Te agradezco, Olga--dijo, y sus labios temblaban,--te agradezco tu
exactitud y tu cariño. Ahora se acabó nuestra correspondencia...
--¡Por amor de Dios, Roberto!--balbucí.--¿Qué ha pasado?
Él se encogió de hombros.
--Quizá la he hecho esperar demasiado. Ha concluido por cansarse de mí.
--¡Eso no es verdad! ¡eso no es verdad!
Pero papá estaba detrás de nosotros e informaba a Roberto que, según su
deseo, el carruaje estaría listo al día siguiente al amanecer.
--Entonces no te volveré a ver--exclamé espantada.
Él sacudió la cabeza.
--Despidámonos desde ahora--dijo estrechándome la mano.
Una voz me gritaba que no podía, marcharse así, que yo debía hablarle a
toda costa. Pero ahogué valerosamente las palabras que me oprimían la
garganta.
Entonces nos dimos un último apretón de manos y nos separamos.
Todavía tenía yo que hacer en la casa, y, mientras sacaba el café de la
despensa y pesaba la harina y el tocino para la sopa de la mañana, oía
siempre la misma voz que me gritaba en el oído:
--Es necesario que le hables.
Después, cuando me dirigí a mi cuarto con mi luz en la mano, di una
vuelta para pasar por delante de su puerta, con la esperanza de
encontrarlo en el corredor, pero todo estaba desierto y la puerta
cerrada con llave. Sólo el ruido de sus pasos que sacudían la casa,
resonaba en el interior.
En el cuarto de Marta reinaba un silencio de muerte. Apliqué el oído al
agujero de la cerradura: nada se oía. Se habría podido creer que había
muerto o bien que se había fugado.
Una inquietud me asaltó, me puse de rodillas delante del ojo de la
llave, y rogué, supliqué, hasta amenacé con llamar a nuestros padres si
ella persistía en no dar signos de vida.
Entonces se decidió a contestarme. Oí una voz: «¡Apiádate de mí,
querida, apiádate de mí sólo por hoy!» Y esa voz estaba tan cambiada,
que no la reconocía.
Me alejé, pero sentía crecer en mí el temor de que Roberto se fuera
desengañado, con el rencor en el corazón, sin una palabra de
explicación, sin haber sospechado siquiera todo el alcance del amor de
Marta.
El fuego de la fiebre me subió a la cabeza y cada pulsación de mis
arterias me gritaba: «¡Es necesario que le hables! ¡Es necesario que le
hables!»
Me desvestí a medias y me recosté en el sofá. El reloj tocó las once;
tocó las once y media. Todavía se oía resonar en la casa el ruido de sus
pasos, pero mientras más tarde se hacía, menos posible me era poner en
ejecución mi proyecto.
¡Si una criada me sorprendiera, si me viera penetrar en la habitación de
un huésped! Al pensarlo, la sangre se paralizó en mis venas.
El reloj tocó las doce. Abrí la ventana y miré a lo lejos frente a mí.
Todo parecía dormir; hasta en el cuarto de Roberto, lo mismo que en el
de Marta, ninguna luz brillaba. Ambos sepultaban su dolor y su pena en
el seno de la obscuridad.
El viento de la noche, que golpeaba las hojas de la ventana, me
murmuraba: «¡Es necesario! ¡es necesario!» Al mismo tiempo una voz
ligera, suave y acariciadora como una melodía, me decía: «Lo verás otra
vez, sentirás su mano en la tuya, oirás el sonido de su voz, quizá oirás
hasta su risa; ¿no es la felicidad lo que vas a llevarle, la felicidad
de su vida?»
De repente tomé una resolución, cerré bruscamente la ventana, me puse
precipitadamente una bata, y con mis zapatos en la mano me aventuré en
el obscuro corredor.
¡Oh! ¡Cómo me latía el corazón, cómo me ardía la sangre en las sienes!
Me tambaleaba, tuve que apoyarme en la pared.
Por fin llegué a su puerta. Los pasos continuaban haciendo temblar el
piso, pero el ruido sordo había desaparecido. Seguramente se había
quitado las botas.
--No hay que tocar--pensé de pronto,--Marta oiría.
Así el botón. Me estremecí.
¿Cómo abrí la puerta? No lo sé. Me pareció que otro lo había hecho por
mí.
Oí alzarse delante de mí su alta y vigorosa silueta.
Un leve grito se escapó de sus labios; de un salto estuvo a mi lado.
Luego sentí mis manos entrelazadas, y sobre mi frente el hálito de una
respiración ardiente.
En el primer momento, la loca idea de que Marta se había acordado
bruscamente de su antiguo amor, le pasó quizá por el cerebro; pero un
minuto después, me había reconocido.
--¡Por amor de Dios, criatura!--exclamó.--¿Qué ocurre? ¿Qué es lo que te
trae? ¿Nadie te ha visto? Di, ¿nadie te ha visto?
Sacudí la cabeza. «Te considera todavía muy tonta,» pensé, volviendo a
recobrar el aliento, pues sentía desaparecer de mi alma los terrores que
me había causado mi peligrosa empresa.
Se apartó de mí para encender la luz. Yo busqué con la mano el sofá y me
dejé caer en una de sus esquinas.
Las velas esparcieron un vivo fulgor que me deslumbró. Me volví hacia la
pared y oculté mi cara.
Un sentimiento de debilidad, un ardiente deseo de estrecharme contra él,
se había apoderado de mí. Me sentía tan feliz de estar a su lado que me
olvidaba de todo lo demás.
--Olga, mi querida, mi buena Olguita--dijo,--habla, ¿qué quieres de mí?
Alcé los ojos hacia él. Vi su rostro tostado y serio, en el que los
sufrimientos de ese día habían labrado arrugas profundas y me quedé
sumida en una muda contemplación.
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