LAS ALEGRES COMADRES DE WINDSOR
William Shakespeare
TRADUCCIÓN DE
JOSÉ ARNALDO MÁRQUEZ.
Ilustración de -P. Thumann-.
Grabados de -H. Günther-.
PERSONAJES.
SIR JOHN FALSTAFF.
FENTON.
POCOFONDO.--Juez de paz de campaña.
SLENDER, primo de Pocofondo.
Mr. FORD, } Caballeros residentes en Windsor.
Mr. PAGE, }
GUILLERMO PAGE, menor, hijo de Mr. Page.
Dr. HUGH EVANS, cura galo.
EL DOCTOR CAIUS, médico francés.
EL POSADERO DE LA LIGA.
BARDOLF, }
PISTOL, }Acompañantes de Falstaff.
NYM, }
ROBIN, paje de Falstaff.
SIMPLE, criado de Slender.
RUGBI, criado del Doctor Caius.
SEÑORA FORD.
SEÑORA PAGE.
SEÑORITA ANA PAGE, su hija, enamorada de Fenton.
SEÑORA APRISA, criada del Dr. Caius.
CRIADOS DE PAGE, DE FORD, ETC.
La escena pasa en Windsor y sus alrededores.
[Illustration]
ACTO I.
ESCENA I.
En Windsor, delante de la casa de Page.
Entran el juez POCOFONDO, SLENDER y Sir HUGH EVANS.
POCOFONDO.
No tratéis de disuadirme, sir Hugh. Llevaré este asunto á la alta corte
de justicia para lo criminal. Así valiera sir Juan Falstaff veinte como
él, no ofenderá á Roberto Pocofondo, escudero.
SLENDER.--En el condado de Glocester, Juez de paz y -coram-.
POCOFONDO.--Sí, primo Slender, y -Cust-alorum-.
SLENDER.--Sí, y también -ratolorum-, gentilhombre de nacimiento, señor
cura, que se firma -armígero- en todos los actos, notas, recibos,
mandatos y obligaciones: -armígero-.
POCOFONDO.--Sí, que lo hacemos y lo hemos hecho invariablemente en estos
últimos trescientos años.
SLENDER.--Todos sus sucesores que han vivido antes que él, lo han hecho;
y todos sus antepasados que han de venir después de él podrán hacerlo.
Podrán exhibir los doce lucios en su casaca.
POCOFONDO.--Es una antigua casaca.
EVANS.--Sienta muy bien á una casaca antigua una docena de lucios. Lo
uno se aviene muy bien con lo otro. Es un animal familiar al hombre: un
emblema de amor.
POCOFONDO.--El lucio es pescado fresco: la casaca antigua es pescado
salado.
SLENDER.--¿Puedo hacer tercio, primo?
[Illustration]
POCOFONDO.--Sin duda alguna, si os casáis.
EVANS.--Pues si entra en tercio, de seguro que no podrá hacer sino mal
tercio.
POCOFONDO.--De ninguna manera.
EVANS.--Por nuestra señora, que sí. Si él toma un tercio de vuestra
casaca, no quedarán, en mi humilde juicio, sino los otros tercios para
vos. Pero todo sale á lo mismo. Si el caballero Falstaff ha cometido
algún desacato hacia vos, miembro soy de la iglesia y me emplearía de
todo corazón en hacer mediar desagravios y avenimientos.
POCOFONDO.--No; la alta corte habrá de tomar noticia de esto. Hay
rebelión.
EVANS.--No es propio que se le haga oir de tal asunto. En las rebeliones
no hay temor de Dios y el Consejo preferirá oir hablar del temor de Dios
más bien que de una rebelión. Considerad esto.
POCOFONDO.--¡Ah, por vida mía! Si fuese joven aún, esto acabaría á
estocadas.
EVANS.--Más vale que sean los amigos y no la espada quien termine esto.
Y además, tengo en la cabeza un proyecto que quizás tenga ventajosos
resultados. Hay una Ana Page, hija del señor Jorge Page, que es una
guapa doncella.
SLENDER.--¿La señorita Ana Page? Tiene cabellos castaños y habla
tímidamente como cumple á una mujer.
EVANS.--De cuantas hay en el mundo, es ella precisamente la que podríais
desear. Y su abuelo (guárdele Dios una resurrección feliz) en su lecho
de muerte le dejó setecientas libras en dineros, y oro y plata, para
cuando cumpla los diez y siete años. Sería cosa muy cuerda dejar
vuestras disputas y procurar un matrimonio entre el señor Abraham y la
señorita Ana Page.
POCOFONDO.--¿Setecientas libras le dejó su abuelo?
EVANS.--Sí, por cierto. Y su padre le dará aún mejor caudal.
POCOFONDO.--Conozco á la señorita: tiene buenas prendas.
EVANS.--Setecientas libras y esperanzas de heredar más, no son malas
prendas.
POCOFONDO.--Bien. Busquemos al digno señor Page. ¿Está allí Falstaff?
EVANS.--¿Habré de deciros una mentira? Desprecio al mentiroso, como
desprecio á uno que es falso, ó como desprecio á uno que no es sincero.
El caballero sir Juan está allí y os ruego que os dejéis guiar por los
que os quieren bien. Llamaré á la puerta y preguntaré por el señor Page
(-golpea-). Hola! Dios bendiga vuestra casa! (-Entra Page.-)
PAGE.--¿Quién llama?
EVANS.--He aquí, con la bendición de Dios y con vuestro amigo, al juez
Pocofondo y al joven señor Slender, que acaso podrán contaros un cuento,
si las cosas salen á gusto vuestro.
POCOFONDO.--Señor Page, alégrome de veros. Huélguese vuestro buen
corazón! Deseo que vuestra cacería mejore, pues no fué muerta como manda
la ley. ¿Cómo está la buena señora Page? Os amo de corazón, así, de
corazón.
PAGE.--Gracias, señor.
POCOFONDO.--Gracias, señor; por sí y por no, gracias.
PAGE.--Me alegro de veros, amiguito Slender.
SLENDER.--¿Cómo está vuestro lebrel leonado, señor? Me dijeron que había
perdido en las carreras de Cotsale.
PAGE.--La cosa no pudo ser juzgada.
SLENDER.--No queréis confesarlo, no queréis confesarlo.
POCOFONDO.--¡No lo ha de querer! «Es culpa vuestra, es culpa vuestra.»
Es un buen perro.
PAGE.--Perro de mala ralea, señor.
POCOFONDO.--Un buen perro, señor, un hermoso perro. ¿Qué más se puede
decir? Es bueno y hermoso. ¿Está aquí el señor Juan Falstaff?
PAGE.--Está dentro. Quisiera poder hacer algo en bien de vosotros.
EVANS.--Así es como debe hablar un cristiano.
POCOFONDO.--Señor Page, él me ha ofendido.
PAGE.--Lo reconoce en cierto modo, señor.
POCOFONDO.--Si lo reconoce, no lo repara. ¿No es así, señor Page? Me ha
ofendido; en todas veras me ha ofendido: en una palabra, me ha ofendido.
Creedme, Roberto Pocofondo, escudero, lo ha dicho: se le ha ofendido.
PAGE.--Aquí viene sir Juan. (-Entran sir Juan Falstaff, Bardolfo, Nym y
Pistol.-)
FALSTAFF.--Y bien, señor Pocofondo: ¿váis á quejaros de mí al rey?
POCOFONDO.--Caballero: habéis golpeado á mis gentes, muerto mi caza y
forzado las puertas de mi habitación.
FALSTAFF.--¿Pero no he besado á la hija de vuestro guardián?
POCOFONDO.--Se me da un ardite. Tendréis que responder de esto.
FALSTAFF.--Y respondo desde luégo: he hecho todo eso. Ya está
respondido.
POCOFONDO.--Esto irá á dar al Consejo.
FALSTAFF.--Sería mejor para vos que el Consejo nada supiera. Se reirían
de vos.
EVANS.---Pauca verba-, sir Juan, buenas palabras.
FALSTAFF.--Buenas palabras! buenas coles! Slender, os rompí la cabeza:
¿qué tenéis contra mí?
SLENDER.--Por cierto, señor, tengo algo contra vos en la cabeza y contra
vuestros ladrones de conejos, Bardolfo, Nym y Pistol. Me llevaron á la
taberna, me emborracharon y en seguida me robaron el bolsillo.
BARDOLFO.--¿Á ti, queso de Banbury?
SLENDER.--Bien, eso no importa.
PISTOL.--¿Con esas nos sales, Mefistófeles?
SLENDER.--Bien, eso no importa.
NYM.--Tajarlo! digo, -pauca, pauca-, tajarlo! Eso me pide el gusto.
SLENDER.--¿Dónde está Simple, mi criado? ¿Lo sabéis, primo?
EVANS.--¡Paz, os ruego! Procuremos entendernos. Á lo que se me alcanza,
hay tres árbitros en este asunto, á saber: el señor Page, -fidelicet-,
señor Page: yo mismo, -fidelicet- yo: y por fin y remate el tercero es
mi posadero de la Liga.
PAGE.--Nosotros tres para entender del asunto y arreglarlo entre ellos.
EVANS.--Muy bien. Tomaré nota en mi libro memorandum, y después nos
ocuparemos de la causa con toda la discreción que nos sea posible.
FALSTAFF.--Pistol!
PISTOL.--Soy todo orejas.
EVANS.--¡El diablo y su abuela! ¿Qué frase es esa «ser todo orejas»?
Pues eso es afectación.
FALSTAFF.--Pistol, ¿robaste la bolsa del señorito Slender?
SLENDER.--Sí, por vida de mis guantes, que lo hizo, (ó no querría yo, á
no ser cierto, volver jamás á mi gran cámara). Me robó siete monedas de
á cuatro peniques y dos tablillas Edward para jugar al tejo, que me
habían costado dos chelines y dos peniques cada una, en casa de Miller.
Sí, por estos guantes!
FALSTAFF.--¿Es verdad esto, Pistol?
EVANS.--No: es falso, si es una ratería.
PISTOL.--¡Ah! Eres un forastero montaraz! Sir Juan, amo mío, reto á
combate á este sable de hoja de lata. Aquí, en tus labios está la
mentira: hez y escoria, mientes!
SLENDER.--Pues por estos guantes, que entonces era el otro.
NYM.--Andad con cuidado y dejaos de bromas, señor mío, que si os acomoda
tratarme como á ratero, á mí me acomodará atraparos á mi modo. Y esto es
lo que hay en el caso.
SLENDER.--Pues entonces, por este sombrero, quien tiene la culpa es
aquel de la cara colorada; pues aunque no puedo acordarme de lo que hice
cuando me embriagasteis, con todo no soy enteramente un asno.
FALSTAFF.--¿Qué decís vosotros, Scarlet y Juan?
BARDOLFO.--Por mi parte, lo que digo es que el caballero bebió hasta
perder los cinco sentimientos.
EVANS.--Los cinco sentidos, se dice. ¡Santo Dios! ¡Qué ignorancia!
BARDOLFO.--Y estando achispado, le arreglaron las cuentas, como dicen, y
así se acabó el cuento.
SLENDER.--Sí, y entonces hablaste en latín pero no importa. Nunca, jamás
me emborracharé mientras viva otra vez, sino en honrada y buena
sociedad, á causa de este percance. Si me emborracho, me emborracharé
con los que tienen temor de Dios, y no con ebrios bribones.
EVANS.--Que Dios me juzgue, como es cierto que ese es un propósito de
virtud.
FALSTAFF.--Oís, señores, que todos esos cargos han sido negados. ¿Lo
oís? (-Entra Ana Page, trayendo vino, seguida por la Sra. Ford y la Sra.
Page.-)
PAGE.--No, hija. Llévate el vino. Beberemos allá dentro.
(-Sale Ana Page.-)
SLENDER.--¡Oh cielos! Esta es la señorita Ana Page.
PAGE.--¿Cómo va, señora Ford?
FALSTAFF.--Por vida mía, señora Ford, sois muy bien venida. Con vuestro
permiso, buena señora.
(-La besa.-)
PAGE.--Esposa mía, da la bien venida á estos caballeros. Venid, tenemos
un buen pastel caliente de cacería para la comida. Vamos, señores, que
ahogaremos en el vino todo resentimiento.
(-Salen todos menos Pocofondo, Slender y Evans.-)
SLENDER.--Daría cuarenta chelines por tener aquí mi libro de canciones y
sonetos. (-Entra Simple.-) ¡Cómo! Simple ¿dónde habéis estado? Tendré
que ser mi propio sirviente, ¿no es así? ¿Ni tenéis tampoco á la mano el
libro de los enigmas, por supuesto?
SIMPLE.--¡El libro de los enigmas! ¿Pues no lo prestasteis á Alicia
Pocapasta en la fiesta última de Todos Santos, quince días antes del San
Miguel?
POCOFONDO.--Venid, primo, venid. Os estamos aguardando. Una palabra al
oído, primo. Hay, como quien dice, una oferta, una especie de oferta muy
á lo lejos, hecha por sir Hugh. ¿Entendéis?
SLENDER.--Sí, y me encontraréis razonable. Si ha de ser así, haré lo que
esté puesto en razón.
POCOFONDO.--Pero entendedme bien.
SLENDER.--Lo hago, señor.
EVANS.--Prestad oído á sus consejos, señorito Slender. Ya os describiré
el asunto si tenéis capacidad para ello.
SLENDER.--Haré como diga mi primo Pocofondo. Perdonadme, pues él es juez
de paz en su país, aunque yo no sea aquí sino un cualquiera.
EVANS.--Pero no se trata de eso. Se trata de lo concerniente á vuestro
matrimonio.
POCOFONDO.--Sí; este es el punto vital de la cuestión.
EVANS.--Por cierto que lo es. Es el punto vital de la señorita Ana Page.
SLENDER.--Pues siendo así, me casaré con ella si se me pide en debida
forma.
EVANS.--Pero ¿podéis amar á la mujer? Debemos exigir que lo digáis con
vuestros labios; porque muchos filósofos pretenden que los labios son
una parte de la boca; por tanto, ¿podéis, sí ó no, inclinar vuestra
buena voluntad hacia la doncella?
POCOFONDO.--Primo Abraham Slender, ¿podéis amarla?
SLENDER.--Así lo espero. Haré lo que cumple á uno que quiere obrar en
razón.
EVANS.--No, por Dios y sus santos y sus esposas; debéis decir
positivamente si podéis inclinar hacia ella vuestros deseos.
POCOFONDO.--Tenéis que hacerlo. ¿Queréis, siendo buena la dote, casaros
con ella?
SLENDER.--Haré aún mucho más que eso, por cualquiera razón, primo, si lo
queréis.
POCOFONDO.--No; comprendedme, comprendedme, amable primo mío. Lo que
hago es por seros grato, primo. ¿Podéis amar á la doncella?
SLENDER.--La tomaré por esposa á petición vuestra, señor. Si no hay
mucho amor al principio, con el favor del cielo podrá disminuir cuando
nos conozcamos mejor después de casados y que haya habido ocasión de
conocerse el uno al otro. Espero que con la familiaridad crecerá el
menosprecio; pero si decís «casaos con ella,» con ella me caso. Á eso
estoy disuelto disolutamente.
EVANS.--Muy juiciosa respuesta; salvo la falta en las palabras «disuelto
disolutamente,» que quisieron significar «resuelto absolutamente.» Pero
su sentido era bueno.
POCOFONDO.--Sí, creo que fué buena la intención de mi primo.
SLENDER.--Y si no, que me ahorquen.
(-Vuelve á entrar Ana Page.-)
POCOFONDO.--He aquí á la hermosa señorita Ana. Querría por vos volver á
la juventud, señorita Ana.
ANA.--La comida está en la mesa. Mi padre desea el honor de vuestra
compañía.
POCOFONDO.--Estoy á sus órdenes, bella señorita Ana.
EVANS.--La voluntad de Dios sea bendecida! No faltaré al benedícite.
(-Salen Pocofondo y sir Hugh Evans.-)
ANA.--¿Tenéis á bien, caballero, pasar adelante?
SLENDER.--No; gracias os doy por ello muy de corazón. Estoy muy bien.
ANA.--Os espera la comida, señor.
SLENDER.--No tengo hambre, os doy las gracias. Vé, criado, pues todo tú
eres mi sirviente, vé á servir á mi primo Pocofondo. (-Sale Simple.-) Un
juez de paz puede alguna vez quedar obligado á su amigo por un
sirviente. No tengo á mi servicio sino tres criados y un muchacho, hasta
que muera mi madre: pero ¿qué importa? Sin embargo, vivo como si fuera
un caballero de cuna pobre.
ANA.--No entraré sin vos, señor. No se sentarán á la mesa hasta que
hayáis llegado.
SLENDER.--Á fe mía, no comeré. Os agradezco, sin embargo, como si
comiera.
ANA.--Os suplico, señor, que entréis.
SLENDER.--Me agradaría más pasear aquí. Os doy las gracias. El otro día,
jugando á la esgrima, con espada y daga, con un profesor de armas, me
lastimé la cara. Habíamos apostado en tres asaltos un plato de ciruelas
guisadas. Desde entonces no puedo soportar el olor de las viandas
calientes. ¿Por qué ladran vuestros perros? ¿Hay osos en la ciudad?
ANA.--Pienso que sí, señor. He oído hablar de ellos.
SLENDER.--Me agrada bastante la diversión de cazarlos; pero en ella soy
tan pronto en enfadarme como el hombre que más en Inglaterra. Un oso
suelto os intimida ¿no es verdad?
ANA.--Ciertamente que sí, señor.
SLENDER.--Eso para mí es ahora como comer y beber. Veinte veces he visto
suelto á Sakerson, y lo he cogido de la cadena; pero os aseguro que las
mujeres han gritado y chillado tanto, que era sobre toda ponderación. En
verdad las mujeres no pueden sufrirlos. Son animales bastante feos y
rudos.
(-Vuelve á entrar Page.-)
PAGE.--Venid, querido señor Slender, venid. Os esperamos.
SLENDER.--No quiero comer nada. Os doy las gracias, señor.
PAGE.--Nada, no podéis hacer lo que queráis. Venid, venid.
SLENDER.--No, os lo suplico. Id delante.
PAGE.--Vamos, señor; adelante.
SLENDER.--Señorita Page, id vos primero.
ANA.--De ningún modo yo, señor. Os ruego que sigáis.
SLENDER.--En verdad, no iré primero, en verdad, no. Sería haceros
agravio.
ANA.--Os lo suplico, señor.
SLENDER.--Prefiero faltar á los buenos modales que á las conveniencias.
Os hacéis agravio, en verdad.
(-Salen.-)
ESCENA II.
La misma.
Entran sir HUGH EVANS y SIMPLE.
EVANS.--Id á averiguar á dónde es la casa del doctor Caius. Allí vive
una señora Aprisa, que le sirve de nodriza ó de ama seca, ó de cocinera,
lavandera y planchadora.
SIMPLE.--Está bien, señor.
EVANS.--Aguardad, que hay mejor. Dadle esta carta; porque es mujer muy
del conocimiento de la señorita Ana Page; y la carta es para pedirle que
haga presentes á esta señorita los deseos de vuestro amo. Id desde
luégo, os lo encarezco. Yo iré á acabar mi comida, pues faltan aún las
manzanas y el queso.
(-Salen.-)
ESCENA III.
Cuarto en la posada de la Liga.
Entran FALSTAFF, el POSADERO, BARDOLFO, NYM, PISTOL y ROBIN.
FALSTAFF.--Posadero mío de la Liga...
POSADERO.--¿Qué dice mi enredista matasiete? Hablad con discreción y
finura.
FALSTAFF.--En verdad, posadero mío, que tengo que despedir á algunos de
mis secuaces.
POSADERO.--Despedidles, mi valeroso Hércules: echadles; que tomen el
portante. Al trote, al trote.
FALSTAFF.--Me cuesta el albergue diez libras por semana.
POSADERO.--Eres un emperador, César, Czar y cavilante. Tomaré á
Bardolfo. Escanciará los barriles y manejará sus llaves. ¿Está bien
dicho, bravo Héctor?
FALSTAFF.--Hacedlo en buen hora, amigo posadero.
POSADERO.--Está dicho. Que me siga. Quiero ver la espuma y la cal. No
tengo más que una palabra. Sígueme.
FALSTAFF.--Bardolfo, vé con él. Es buen oficio el de mozo de taberna.
Una capa vieja hace un nuevo coleto, y un criado gastado hace un nuevo
mozo de taberna. Vete. Adios.
BARDOLFO.--Es un género de vida que deseaba, y he de prosperar en él.
(-Sale Bardolfo.-)
PISTOL.--¡Oh miserable bohemio! ¿Y quieres manejar las espitas?
NYM.--En borrachera fué engendrado. ¿No es natural su gusto? No tiene
una mente heróica, y de allí el que tenga aquel instinto.
FALSTAFF.--Me alegro de haberme desembarazado de tal caja de yesca. Sus
robos eran demasiado descarados. Su manera de hurtar se parece al canto
de un mal aficionado: no guarda tiempo ni compás.
NYM.--Lo exquisito es robar en un solo minuto de descanso.
[Illustration]
PISTOL.--Sutileza, que no robo, es el nombre que dan á esto las gentes
sensatas. ¡Robo! Mala peste cargue con la palabra.
FALSTAFF.--Bien, señores, pero estoy ya en el último apuro. Es necesario
que me ingenie, que aguce el majín para encontrar medios. Tiene que ser.
PISTOL.--Los buitres jóvenes necesitan alimento.
FALSTAFF.--¿Quién de vosotros conoce á Ford, de esta ciudad?
PISTOL.--Conozco al individuo. No es de mala sustancia.
FALSTAFF.--Honrados muchachos míos, voy á deciros lo que tengo en
perspectiva.
PISTOL.--Las dos yardas ó más que tenéis de circunferencia.
FALSTAFF.--Nada de bromas ahora, Pistol. En verdad que me veo con el
agua á las narices; y a pesar de mis dos yardas de redondez no puedo
redondearme. Así, estoy por ver de medrar y no de quedarme con un palmo
de narices. En una palabra: me propongo enamorar á la esposa de Ford.
Entreveo disposición de su parte. Discurre, trincha, dirige miradas
tentadoras. Puedo interpretar la acción de su estilo familiar, y la más
sólida expresión de su conducta, puesta en buen inglés, dice: «Soy de
sir Juan Falstaff.»
PISTOL.--La ha estudiado bien: la ha traducido bien: de la honestidad al
inglés.
NYM.--Hondo me parece el fondeadero. ¿Morderá ahí el ancla?
FALSTAFF.--Corre la voz de que es ella quien maneja los cordones de la
bolsa de su marido. Tiene legiones de ángeles en oro sellado.
PISTOL.--Que llaman á otros tantos diablos. «Á ella, muchacho!» es lo
que digo yo.
NYM.--El buen humor toma creces: excelente cosa. Poned de buen humor
conmigo á esos ángeles.
FALSTAFF.--Aquí tengo una carta que le he escrito; y he aquí otra para
la esposa de Page, que acaba de ponerme ahora mismo los ojos dulces y ha
examinado minuciosamente y como persona experta cuanto puede haber en
mí. Sus miradas, como rayos de oro, brillaban revisando ya mi pié, ya mi
majestuoso talle.
PISTOL.--Entonces podéis decir que el sol brillaba sobre el estercolero.
NYM.--Te felicito por esa jovialidad.
FALSTAFF.--¡Oh! Pues recorrió todo mi exterior con intención tan
manifiesta, que el fuego del deseo en sus ojos parecía quemarme como un
lente puesto al sol. He aquí otra carta para ella. También ella maneja
la bolsa: es una región de la Guayana: toda oro y liberalidades.
Explotaré á una y otra, y serán mi tesorería. Las tendré como á mis
Indias Orientales y Occidentales, y comerciaré con ambas. Vé y lleva tú
esta carta á la señora Ford; tú, esta á la señora Page. Prosperaremos,
muchachos, prosperaremos.
PISTOL.--¿Y he de volverme un Mercurio, un Pandarus de Troya, yo que
llevo un acero al cinto? No: vaya todo al diablo!
NYM.--No quiero bajezas en la broma. Ea! Tomad la carta. Yo he de
conservar una conducta reputable.
FALSTAFF.--Aquí, muchacho (-á Robin.-) Lleva tú estas cartas, y sal como
mi bajel hacia esas playas doradas. Y vosotros ¡bribones! fuera de aquí!
lejos! Pasad como el granizo. Trabajad, surcad el suelo con los talones,
buscad albergue, marchaos! Falstaff quiere acomodarse al espíritu de la
época, y medrar á la francesa ¡bribones! para mí y para mi paje
galoneado.
(-Salen Falstaff y Robin.-)
PISTOL.--Que los buitres te roan las entrañas! Siempre son buenos los
dados cargados y la botella, porque arriba y abajo seducen al rico y al
pobre. Yo tendré llenos de testones los bolsillos, mientras tú carecerás
de ellos, vil turco frigio!
NYM.--Algo me bulle en la cabeza, como sugerido por el deseo de
venganza.
PISTOL.--¿Quieres vengarte?
NYM.--Por el cielo y su estrella.
PISTOL.--¿Por astucia, ó por acero?
NYM.--Con uno y otra. Yo conversaré con Page sobre la fantasía de este
amor.
PISTOL.--Y yo revelaré igualmente á Ford, cómo Falstaff, vil bribón,
tratará de seducir á su paloma, robarle su oro y deshonrar su lecho.
NYM.--No desmayará mi encono. Induciré á Page á que se sirva del veneno:
haré que lo posean los celos, porque la sublevación del ánimo altivo es
peligrosa. Tal es mi verdadero anhelo.
PISTOL.--Eres el Marte de los descontentos, y yo te secundo. Vamos
adelante.
(-Salen.-)
ESCENA IV.
Cuarto en casa del doctor Caius.
Entran la señora APRISA, SIMPLE y RUGBI.
APRISA.--¿Oyes, Juan Rugbi? Te ruego que vayas á la puerta-ventana, y
veas si puedes divisar á mi señor, el señor doctor Caius, en camino
hacia aquí; pues á fe mía, que si llega y encuentra á alguien en la
casa, ya tendrán que pagarlo la paciencia de Dios y el idioma del rey.
RUGBI.--Voy á hacer de centinela.
(-Sale.-)
APRISA.--Vé, que por ello tendremos una buena colación temprano en la
noche, te lo prometo, al último calor del carbón de piedra. Es un mozo
honrado, servicial y bondadoso como el mejor sirviente que jamás pisó
casa alguna. Y os aseguro que no es chismoso, ni pendenciero. Su peor
falta es ser dado á rezos, y á veces es testarudo en esto; pero no hay
quien no tenga algún defecto. Así, no hagamos caudal de ello. ¿Decís que
vuestro nombre es Pedro Simple?
SIMPLE.--Sí, á falta de otro mejor.
APRISA.--¿Y el señor Slender es vuestro amo?
SIMPLE.--Sí, ciertamente.
APRISA.--¿No lleva unas grandes barbas redondeadas como la cuchilla de
los guanteros?
SIMPLE.--No, en verdad. Tiene una carita escuálida con un poquito de
barba amarillenta, barba color de Caín.
APRISA.--Hombre de espíritu apocado: ¿no es así?
SIMPLE.--Muy cierto; pero tan apto para hacer valer sus manos como
cualquiera. Se ha batido con un guarda-caza.
APRISA.--¿Qué decís? ¡Oh, ya debería recordarlo! ¿No lleva muy erguida
la cabeza y se pone tieso al caminar?
SIMPLE.--Exactamente, así es como hace.
APRISA.--Bien. No envíe el cielo peor fortuna á Ana Page. Decid al señor
cura Evans que haré por vuestro señorito cuanto pueda. Ana es una buena
doncella, y quiero.....
(-Vuelve á entrar Rugbi.-)
RUGBI.--Idos. ¡Ay! aquí viene mi amo.
APRISA.--Seremos exterminados todos. Corred allí, buen joven, meteos en
ese armario. (-Encierra á Simple en el armario.-) No permanecerá mucho
rato. ¡Hola! Juan Rugbi. Juan, digo! ¡Ea, Juan! Vé á averiguar del
señor. Temo que haya enfermado, pues no le veo venir á casa.
(-Canta.-)
-Y abajo, abajo, abajo.-
(-Entra el doctor Caius.-)
CAIUS.--¿Qué cantáis ahí? No me gustan estos pasatiempos. Id y traed de
mi armario un -boitier vert-, una caja, una caja verde. ¿Oís lo que
digo? Una caja verde.
APRISA.--Sí, ciertamente, os la traeré. (-Aparte.-) Me alegro de que no
se le ocurriera ir en persona. Á haber encontrado al joven, se habría
puesto loco de ira.
CAIUS.--Uf! Á fe mía que hace demasiado calor. ¡Me voy á la corte. El
gran negocio!
APRISA.--¿Es esta, señor?
CAIUS.--Sí: ponedla en mi bolsillo. Despachad pronto. ¿Dónde está el
bellaco Rugbi?
APRISA.--¡Hola! Juan Rugbi! Juan!
RUGBI.--Estoy aquí, señor.
CAIUS.--Eres un Juan Rugbi y un animal Rugbi. Ea! Toma tu sable y ven á
la corte pisándome los talones.
RUGBI.--Está listo, señor, aquí en el pórtico.
CAIUS.--Por vida mía, que demoró demasiado. ¿De qué me olvido? ¡Ah! Allí
hay unos medicamentos en el armario. No quisiera olvidarlos por nada de
este mundo.
APRISA.--¡Ay, Dios mío! Va á encontrar allí al mozo, y se pondrá como un
vive Cristo!
CAIUS.--¡Diablo! diablo! ¿Qué hay en mi armario? (-Sacando afuera á
Simple.-) ¡Villano! ¡ladrón! Rugby, mi espada!
APRISA.--Señor, tranquilizaos.
CAIUS.--¡Pues hay de qué estar tranquilo!
APRISA.--Este es un mozo honrado.
CAIUS.--¿Y qué tienen que hacer los hombres honrados dentro de mi
armario? Ningún hombre honrado tiene á qué venir á mi armario.
APRISA.--Os conjuro para que no seáis tan flemático. Escuchad la verdad.
Él vino donde yo con un recado del cura Hugh Evans.
CAIUS.--¿Y bien?
SIMPLE.--Sí, en conciencia; para rogarle que.....
APRISA.--Paz, os ruego.
CAIUS.--Paz á tu lengua. Dime el cuento tú.
SIMPLE.--Á rogar á esta honrada señora, vuestra doncella, que
intercediese para con la señorita Ana Page en favor de mi amo, á fin de
hacer el matrimonio.
APRISA.--Eso es todo, ciertamente. Pero no meteré yo la mano al fuego,
ni necesito hacerlo.
CAIUS.--¿Es sir Hugh quien os ha enviado? Dame un poco de papel, Rugbi.
Y vos esperad un momento.
(-Escribe.-)
APRISA.--Harto me alegro de que esté tan tranquilo. Si se hubiese
impresionado mucho, ya le habríais oído poner el grito en el cielo, y
con poca jovialidad. Sin embargo, haré por vuestro amo cuanto pueda;
pero el sí y el no dependen de mi amo el doctor francés. Y digo mi amo,
porque, ya lo véis, estoy encargada de su casa, lavo la ropa, hago el
pan, preparo la comida, pongo la mesa, hago la cama, la deshago, y tengo
que hacerlo todo.
[Illustration]
SIMPLE.--Pues debéis tener bastante peso sobre los brazos.
APRISA.--¿No os parece? Ya veréis si es una carga pesada. Levantarse á
la madrugada y acostarse tarde. Pero no obstante (os lo digo en secreto,
pues no deseo que se hable de ello), mi amo en persona está enamorado de
la señorita Ana Page; pero á pesar de todo, yo conozco la mente de la
señorita: ella no piensa en el uno ni en el otro.
CAIUS.--Vé, galopín; entrega esta carta á sir Hugh. ¡Voto á sanes! Es un
cartel de desafío. Le cortaré el pescuezo en el parque, y enseñaré á
este ganapán de cura á entrometerse en lo que no le atañe. Marchaos: no
tenéis que hacer aquí. ¡Vive Dios! Que he de cortarlo en dos, y no le
dejaré ni manos para tirar una piedra á su perro.
(-Sale Simple.-)
APRISA.--El infeliz no habla sino por su amigo.
CAIUS.--Eso nada importa. ¿No me decís que Ana Page ha de ser mía? Por
vida de...! que he de matar á ese intruso clérigo, y ya he encargado al
posadero de la Liga que mida nuestras armas. Por mi alma, que he de
tener á Ana Page para mí solo!
APRISA.--Señor, la damisela os ama, y todo irá bien. Debemos dejar
hablar á las gentes. ¡Pues no faltaba más!
CAIUS.--Rugbi, ven conmigo á la corte. Por mi vida, que si no tengo á
Ana Page, te planto en la puerta de la calle. Sígueme, Rugbi. (-Salen
Caius y Rugbi.-)
APRISA.--Lo que tienes es una cabeza de imbécil. No, demasiado bien
conozco á Ana Page; ni hay en Windsor quien sepa sus intenciones mejor
que yo; ni, gracias á Dios, quien haga más que yo por ella.
FENTON.--(-Desde adentro.-) Hola! ¿Hay alguien en la casa?
APRISA.--¿Quién está ahí? Acercaos, os ruego.
(-Entra Fenton.-)
FENTON.--¿Qué tal, buena mujer? ¿Te sientes bien?
APRISA.--Lo mejor que su señoría puede desearme.
FENTON.--¿Qué nuevas? ¿Cómo está la bella señorita Ana Page?
APRISA.--Y por cierto, señor, que es bella y gentil y honrada; y, lo
diré de paso, buena amiga vuestra, gracias sean dadas al cielo.
FENTON.--¿Te parece que haré cosa de provecho? ¿No perderé mi tiempo en
cortejarla?
APRISA.--En verdad, señor, que todo depende de la voluntad del que está
arriba; pero puedo jurar sobre un libro, que os ama. ¿No tiene vuestra
señoría un pequeño lunar encima del ojo?
FENTON.--Ciertamente que sí. ¿Y bien?
APRISA.--Pues en ello hay todo un cuento. ¡Qué alegre humor el de Ana!
Pero, jamás probó pan una doncella más honesta! Una hora entera hablamos
ayer de ese lunar. Estoy seguro de que nadie sino ella sería capaz de
hacerme reir. Pero, en verdad, es muy propensa á la melancolía y los
ensueños; á no ser por vos. Bien; adelante.
FENTON.--Bueno. La veré hoy. He aquí un poco de dinero para ti. Háblale
en favor mío, y si la ves antes que yo, salúdala á mi nombre.
APRISA.--¿Que si lo haré? Ya lo creo que sí. Y diré á vuestra señoría
algo más sobre el lunar la próxima vez que podamos hablar
confidencialmente; y también de otros pretendientes.
FENTON.--Bien: adios. Estoy muy de prisa en este momento.
(-Sale.-)
APRISA.--Dios acompañe á vuestra señoría. Honrado caballero, en verdad;
pero Ana no le ama; pues yo conozco su mente tanto como quien más.
Acabemos de una vez. ¿Qué se me olvida?
(-Sale.-)
[Illustration]
[Illustration]
ACTO II.
ESCENA I.
Delante de la casa de Page.
Entra la señora PAGE con una carta.
SEÑORA PAGE.
Cómo! ¿En los alegres días de mi belleza habré escapado á las cartas de
amor, y me veré ahora expuesta á ellas? Veamos:--«No me preguntéis por
qué os amo, pues aunque el amor toma á la razón por su médico, jamás lo
ha tomado por consejero. Ya no estáis en la primavera de la juventud ni
yo tampoco, y he ahí un motivo de simpatía. Sois alegre y también lo
soy. Pues más simpatía por ello. Gustáis del jerez seco y yo también.
¿Quisiérais mayores causas de simpatía? Sea suficiente para ti (si al
menos el amor de un soldado puede ser suficiente) el saber que te amo.
No diré compadécete de mí, porque no es frase que cuadre bien á un
soldado. Pero diré «ámame.»
»Tu caballero leal
que irá á combate mortal
por tu amor,
y que con luz ó sin luz
se hará romper el testuz
por tu favor,
-Juan Falstaff.-»
¿Qué Herodes de Judea es este? ¡Oh mundo bellaco, pícaro mundo! Echarla
de joven y galante quien se está desmoronando de puro viejo! ¿Qué acto
inmeditado ha podido sorprender en mi conversación y trato, este
flamenco borracho, que así se atreve á emprender conmigo? Pues si apenas
ha estado tres veces en mi sociedad! ¿Qué decirle? Entonces me contenía
para no reirme, ¡Dios me perdone! Presentaré una moción, para que
llevada al Parlamento sirva de freno á los hombres. ¿Cómo haré para
vengarme? Porque de vengarme tengo, tan cierto como que él tiene de
budín las entrañas.
(-Entra la Sra. Ford.-)
[Illustration]
SRA. FORD.--¡Señora Page! Creedme que iba á vuestra casa.
SRA. PAGE.--Y yo os aseguro que me dirigía á la vuestra. Tenéis el aire
de estar sufriendo mucho.
SRA. FORD.--No por cierto, no lo creeré nunca. Tengo algo que mostrar en
prueba de lo contrario.
SRA. PAGE.--Pues á fe mía, que para mi modo de ver parecéis muy enferma.
SRA. FORD.--Bueno: que sea como decís. Pero dije que puedo mostrar algo
para probar lo contrario. ¡Oh señora Page; aconsejadme!
SRA. PAGE.--¿De qué se trata, mujer?
SRA. FORD.--¡Oh mujer! ¡Á qué alto honor podría yo llegar, si no fuera
por un frívolo escrúpulo de respeto!
SRA. PAGE.--Pues vaya enhoramala el escrúpulo y echad mano de ese honor.
Bagatelas á un lado. ¿Qué cosa es?
SRA. FORD.--Podría entrar en la orden de la caballería, con sólo
consentir en irme á los infiernos por una eternidad, ó una friolera
semejante.
SRA. PAGE.--¡Cómo! ¡Tú mientes! ¡Sir Alicia Ford! Estos caballeros son
todos unos benditos y así no deberías alterar la condición de tu
alcurnia.
SRA. FORD.--Perdemos lastimosamente el día. Leed esto, leed y contemplad
el modo como puedo alcanzar la orden de caballería. Mientras me venga á
las mientes el observar la diferencia en los gustos de los hombres,
pensaré lo peor acerca de los gordos. Sin embargo, él no habría dicho un
juramento por nada del mundo: ensalzaba la modestia de las mujeres, y
era tan ordenado y circunspecto en su reprobación de todas las
inconveniencias, que yo habría jurado á favor de la entera consonancia
entre sus sentimientos y sus palabras. Pero la verdad es que unos y
otras no concuerdan mejor que el -miserere- de los salmos con la tonada
de «las mangas verdes.» ¿Qué borrasca hizo que esta ballena con cien
toneladas de aceite en la barriga, viniese á varar en Windsor? ¿Cómo me
vengaré de él? Se me ocurre que lo mejor sería entretenerle con
esperanzas, hasta que el diabólico fuego de la lujuria le hiciera
derretirse en su propia grasa. ¿Quién ha oído jamás cosa semejante?
SRA. PAGE.--Carta por carta; pero los nombres, Page y Ford, son
diferentes. He aquí, para consuelo tuyo en este misterio de malos
pensamientos, la hermana gemela de tu carta; pero que la tuya sea la
primer nacida y la natural heredera, pues protesto que la mía no lo será
jamás. Respondo de que él tiene un millar de estas cartas con el blanco
necesario para llenarlo con nombres diferentes; y estas son de la
segunda edición. Sin duda alguna las hará imprimir, pues no le importa
lo que ponga en prensa, desde que querría ponernos á nosotras dos. Por
lo que á mí respecta, más me gustaría ser un gigante, una mujer Titán y
tener sobre mí el monte Pelión. Verdaderamente que antes podría
encontrar veinte tortugas lascivas que un hombre casto.
SRA. FORD.--Pues por cierto que son las cartas en todo iguales. La misma
escritura, las mismas palabras. ¿Qué ha pensado de nosotras este hombre?
SRA. PAGE.--No lo sé, en verdad. Tentada estoy casi de armar quimera á
mi propia honradez. Seguramente me tendré yo misma en el concepto que
tendría de mí quien ignorase completamente lo que soy; pues á menos que
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