El Mercader de Venecia
William Shakespeare
Translator: Marcelino Menéndez Pelayo
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto las cursivas se muestran entre -subrayados-; las
negritas, entre =signos de igual= y las versalitas se han
convertido a MAYÚSCULAS.
* Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la
grafía de mayor frecuencia. También se han respetado las
inconsistencias en la acentuación.
* Se han reparado los emparejamientos de los signos de admiración
e interrogación.
* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha normalizado la presentación de las indicaciones escénicas
sobre entradas y salidas de personajes.
* Tras consultar el original inglés, se han unificado las siguientes
denominaciones para un mismo personaje:
pp. 94 y 95: «Estéfano» y «Estéban» → «Estéfano»
pp. 144 a 149: «SICARIO» y «ASESINO» → «ASESINO»
pp. 193 y 194: «SÉTON» y «SITON»→ «SÉTON»
* Además, se han introducido las siguientes modificaciones:
p. 49: se añade el encabezado «ESCENA PRIMERA.»
p. 170: «ESCENA XI.» → «ESCENA II.»
* Se añaden ilustraciones de adorno al final de aquellos actos que, en
el original impreso, carecen de ellas.
SHAKSPEARE.
ES PROPIEDAD.
DRAMAS
DE
GUILLERMO SHAKSPEARE.
EL MERCADER DE VENECIA.
TRADUCCION DE
D. MARCELINO MENENDEZ PELAYO.
Catedrático de literatura en la Universidad central y Académico
de la Española.
-Dibujos y grabados al boj de los principales artistas alemanes.-
[Ilustración]
-BARCELONA.-
BIBLIOTECA «ARTE Y LETRAS».
-Administracion: Ausias March, 95.-
1881.
[Ilustración]
TIPO-LIT. DE C. VERDAGUER. -- BARCELONA.
[Ilustración]
ADVERTENCIA PRELIMINAR.
Sale á luz este primer tomo de la version de Shakspeare, sin la
biografía y juicio del autor que debian encabezarle. Ocupaciones y
tareas de todo género, falta de reposo, y áun obstáculos literarios que
fuera largo enumerar, nos hacen diferir para remate del último volúmen
lo que debió ir en el primero. Quizá con la tardanza resulte menos
imperfecto nuestro estudio.
En la traduccion he procurado, ante todo, conservar el sabor del
original, sin mengua de la energía, propiedad y concision de nuestra
lengua castellana. Muchas veces he sido más fiel al sentido que á las
palabras, creyendo interpretar así la mente de Shakspeare mejor que
aquellos traductores que crudamente reproducen hasta los ápices del
estilo del original, y las aberraciones contra el buen gusto, en que
á veces incurria el gran poeta. Como la gloria de Shakspeare, el más
grande de los dramáticos del mundo (aunque entren en cuenta Sófocles
y Calderon), no consiste en estas pueriles menudencias, sino en el
vigor y verdad de la expresion, y sobre todo en el maravilloso poder
de crear caractéres y fisonomías humanas, reales y vivas, que es entre
todas las facultades artísticas la que más acerca al hombre á su divino
Hacedor, pareceria mezquindad y falta de gusto entretenerse en recoger
las migajas de la mesa del gran poeta, cuando nos brindan en el centro
de ella los más sabrosos y fortificantes manjares. Mi traduccion no
es -literal- ó -interlineal-, como puede hacerla quienquiera que
sepa inglés, con seguridad ó de no ser entendido ó de adormecer á
lectores españoles. Yo he querido hacer, bien ó mal, una traduccion
literaria, en que comprendiendo á mi modo los personajes de Shakspeare,
colocándome en las situaciones imaginadas por el gran poeta, y sin
omitir á sabiendas ninguno de sus pensamientos, ninguno de los matices
de pasion ó de frase, que esmaltan el diálogo, he procurado decir á
la española y en estilo de nuestro siglo lo que en inglés del siglo
XVI dijo el autor. No he añadido ni un vocablo de mi cosecha, ni creo
haber suprimido nada esencial, característico y bello. En conservar las
rudezas de expresion y las brutalidades de color he puesto especial
ahinco, como quiera que forman parte y muy esencial de la índole del
poeta. Algo he moderado el pródigo lujo de su expresion, sobre todo
cuando degenera en antítesis, conceptillos y -phebus- extravagante.
Sírvame de disculpa el que lo mismo han hecho los alemanes que han
traducido á Calderon, y por análogas razones los extraños que sólo ven
en el gran poeta la alteza del pensamiento, y no la expresion casi
siempre falsa y desconcertada, ponen á Calderon sobre su cabeza mucho
más que los nuestros. Quizá me haya llevado demasiado lejos mi amor á
la sencillez, á la sobriedad y al nervio del estilo. Por si fuese así,
anticipadamente pido perdon, declarando que mi principal objeto ha
sido hacer una traduccion que pueda leerse seguida con facilidad y sin
tropiezo de notas y comentarios, en suma, popularizar á Shakspeare en
España.
De las cuatro obras dramáticas incluidas en este tomo hay excelentes
traducciones castellanas. El -Macbeth- fué puesto en versos
castellanos, algo duros y parafrásticos, pero fidelísimos y robustos,
por D. José García de Villalta (que escribia el inglés con tanta
facilidad como el castellano), y -silbada- estrepitosamente (para
vergüenza nuestra debe decirse, aunque muy bajo y de modo que no lo
oigan los extranjeros) por el público del teatro del Príncipe en 1835.
Despues le ha traducido con mayor fluidez y armonía D. Guillermo
Macpherson, á quien debemos otra elegante version de -Julieta y Romeo-.
Villalta publicó tambien un fragmento de -Otelo-, y así ésta como
el -Mercader de Venecia- y -Julieta- fueron bien interpretadas, con
ciertas escabrosidades de diccion pero con mucho sabor shaksperiano,
por el malogrado Jaime Clark. Tambien hemos oido aplaudir, aunque sin
llegar á verlas, las traducciones del Marques de Dos Hermanas.
De todas las demas nos hemos aprovechado en la interpretacion de
los pasajes difíciles, así como de la comparacion de algunos textos
ingleses y de varios comentadores.
-M. M. P.-
EL MERCADER
DE VENECIA.
TRADUCCION
DE
D. M. MENENDEZ PELAYO.
Ilustracion de -Adolfo Schmitz-, grabados de -C. H. Schulze-.
PERSONAS DEL DRAMA.
EL DUX.
EL PRÍNCIPE DE MARRUECOS.}
EL PRÍNCIPE DE ARAGON.} Pretendientes de Pórcia.
ANTONIO, mercader de Venecia.
BASANIO, su amigo.
SALANIO. }
SALARINO. }
GRACIANO. } Amigos de Antonio.
SALERIO. }
LORENZO, amante de Jéssica.
SYLOCK, judío.
TÚBAL, otro judío, amigo suyo.
LANZAROTE GOBBO, criado de Sylock.
EL VIEJO GOBBO, padre de Lanzarote.
LEONARDO, criado de Basanio.
BALTASAR. }
ESTÉFANO. } Criados de Pórcia.
PÓRCIA, rica heredera.
NERISSA, doncella de Pórcia.
JÉSSICA, hija de Sylock.
SENADORES de Venecia, OFICIALES del Tribunal de Justicia,
CARCELEROS, CRIADOS y otros.
La escena es parte en Venecia, parte en Belmonte, quinta de Pórcia,
en el continente.
[Ilustración]
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
=Venecia.--Una calle.=
ANTONIO, SALARINO y SALANIO.
ANTONIO.
No entiendo la causa de mi tristeza. Á vosotros y á mí igualmente nos
fatiga, pero no sé cuándo ni dónde ni de qué manera la adquirí, ni de
qué orígen mana. Tanto se ha apoderado de mis sentidos la tristeza, que
ni áun acierto á conocerme á mí mismo.
SALARINO.
Tu mente vuela sobre el Océano, donde tus naves, con las velas
hinchadas, cual señoras ó ricas ciudadanas de las olas, dominan á los
pequeños traficantes, que cortésmente les saludan cuando las encuentran
en su rápida marcha.
SALANIO.
Créeme, señor: si yo tuviese confiada tanta parte de mi fortuna al
mar, nunca se alejaria de él mi pensamiento. Pasaria las horas en
arrancar el césped, para conocer de dónde sopla el viento; buscaria
continuamente en el mapa los puertos, los muelles y los escollos, y
todo objeto que pudiera traerme desventura me seria pesado y enojoso.
SALARINO.
Al soplar en el caldo, sentiria dolores de fiebre intermitente,
pensando que el soplo del viento puede embestir mi bajel. Cuando viera
bajar la arena en el reloj, pensaria en los bancos de arena en que mi
nave puede encallarse desde el tope á la quilla, como besando su propia
sepultura. Al ir á misa, los arcos de la iglesia me harian pensar en
los escollos donde puede dar de traves mi pobre barco, y perderse todo
su cargamento, sirviendo las especias orientales para endulzar las
olas, y mis sedas para engalanarlas. Creeria que en un momento iba
á desvanecerse mí fortuna. Sólo el pensamiento de que esto pudiera
suceder me pone triste. ¿No ha de estarlo Antonio?
ANTONIO.
No, porque gracias á Dios no va en esa nave toda mi fortuna, ni depende
mi esperanza de un solo puerto, ni mi hacienda de la fortuna de este
año. No nace del peligro de mis mercaderías mi cuidado.
SALANIO.
Luego, estás enamorado.
ANTONIO.
Calla, calla.
SALANIO.
¡Conque tampoco estás enamorado! Entonces diré que estás triste
porque no estás alegre, y lo mismo podias dar un brinco, y decir que
estabas alegre porque no estabas triste. Os juro por Jano el de dos
caras, amigos mios, que nuestra madre comun la Naturaleza se divirtió
en formar séres extravagantes. Hay hombres que al oir una estridente
gaita, cierran estúpidamente los ojos y sueltan la carcajada, y hay
otros que se están tan graves y sérios como niños, aunque les digas los
más graciosos chistes.
(-Salen Basanio, Lorenzo y Graciano.-)
[Ilustración]
SALANIO.
Aquí vienen tu pariente Basanio, Graciano y Lorenzo. Bien venidos.
Ellos te harán buena compañía.
SALARINO.
No me iria hasta verte desenojado, pero ya que tan nobles amigos
vienen, con ellos te dejo.
ANTONIO.
Mucho os amo, creedlo. Cuando os vais, será porque os llama algun
negocio grave, y aprovechais este pretexto para separaros de mí.
SALARINO.
Adios, amigos mios.
BASANIO.
Señores, ¿cuándo estareis de buen humor? Os estais volviendo ágrios é
indigestos. ¿Y por qué?
SALARINO.
Adios: pronto quedaremos desocupados para serviros.
(-Vanse Salarino y Salanio.-)
LORENZO.
Señor Basanio, te dejamos con Antonio. No olvides, á la hora de comer,
ir al sitio convenido.
BASANIO.
Sin falta.
GRACIANO.
Mala cara pones, Antonio. Mucho te apenan los cuidados del mundo. Caros
te saldrán sus placeres, ó no los gozarás nunca. Noto en tí cierto
cambio desagradable.
ANTONIO.
Graciano, el mundo me parece lo que es: un teatro, en que cada uno hace
su papel. El mio es bien triste.
GRACIANO.
El mio será el de gracioso. La risa y el placer disimularán las arrugas
de mi cara. Abráseme el vino las entrañas, antes que el dolor y el
llanto me hielen el corazon. ¿Por qué un hombre, que tiene sangre en
las venas, ha de ser como una estatua de su abuelo en mármol? ¿Por qué
dormir despiertos, y enfermar de capricho? Antonio, soy amigo tuyo.
Escúchame. Te hablo como se habla á un amigo. Hombres hay en el mundo
tan tétricos que sus rostros están siempre, como el agua del pantano,
cubiertos de espuma blanca, y quieren con la gravedad y el silencio
adquirir fama de doctos y prudentes, como quien dice: «Soy un oráculo.
¿Qué perro se atreverá á ladrar, cuando yo hablo?» Así conozco á
muchos, Antonio, que tienen reputacion de sabios por lo que se callan,
y de seguro que si despegasen los labios, los mismos que hoy los
ensalzan serian los primeros en llamarlos necios. Otra vez te diré más
sobre este asunto. No te empeñes en conquistar por tan triste manera
la fama que logran muchos tontos. Vámonos, Lorenzo. Adios. Despues de
comer, acabaré el sermon.
LORENZO.
En la mesa nos veremos. Me toca el papel de sabio mudo, ya que Graciano
no me deja hablar.
GRACIANO.
Si sigues un año más conmigo, desconocerás hasta el eco de tu voz.
ANTONIO.
Me haré charlatan, por complacerte.
GRACIANO.
Harás bien. El silencio sólo es oportuno en lenguas en conserva, ó en
boca de una doncella casta é indomable.
(-Vanse Graciano y Lorenzo.-)
ANTONIO.
¡Vaya una locura!
BASANIO.
No hay en toda Venecia quien hable más disparatadamente que Graciano.
Apenas hay en toda su conversacion dos granos de trigo entre dos
fanegas de paja: menester es trabajar un dia entero para hallarlos, y
aún despues no compensan el trabajo de buscarlos.
ANTONIO.
Dime ahora, ¿quién es la dama, á cuyo altar juraste ir en devota
peregrinacion, y de quien has ofrecido hablarme?
BASANIO.
Antonio, bien sabes de qué manera he malbaratado mi hacienda en alardes
de lujo no proporcionados á mis escasas fuerzas. No me lamento de la
pérdida de esas comodidades. Mi empeño es sólo salir con honra de los
compromisos en que me ha puesto mi vida. Tú, Antonio, eres mi principal
acreedor en dineros y en amistad, y pues que tan de veras nos queremos,
voy á decirte mi plan para librarme de deudas.
ANTONIO.
Dímelo, Basanio: te lo suplico; y si tus propósitos fueren buenos
y honrados, como de fijo lo serán, siendo tuyos, pronto estoy á
sacrificar por tí mi hacienda, mi persona y cuanto valgo.
BASANIO.
Cuando yo era muchacho, y perdia el rastro de una flecha, para
encontrarla disparaba otra en igual direccion, y solia, aventurando
las dos, lograr entrambas. Pueril es el ejemplo, pero lo traigo para
muestra de lo candoroso de mi intencion. Te debo mucho, y quizá lo
hayas perdido sin remision; pero puede que si disparas con el mismo
rumbo otra flecha, acierte yo las dos, ó lo menos pueda devolverte la
segunda, agradeciéndote siempre el favor primero.
ANTONIO.
Basanio, me conoces y es perder el tiempo traer ejemplos, para
convencerme de lo que ya estoy persuadido. Todavía me desagradan
más tus dudas sobre lo sincero de mi amistad, que si perdieras y
malgastaras toda mi hacienda. Dime en qué puedo servirte, y lo haré con
todas veras.
BASANIO.
En Belmonte hay una rica heredera. Es hermosísima, y ademas un portento
de virtud. Sus ojos me han hablado, más de una vez, de amor. Se llama
Pórcia, y en nada es inferior á la hija de Caton, esposa de Bruto.
Todo el mundo conoce lo mucho que vale, y vienen de apartadas orillas
á pretender su mano. Los rizos, que cual áureo vellocino penden de su
sien, hacen de la quinta de Belmonte un nuevo Cólcos ambicionado por
muchos Jasones. ¡Oh, Antonio mio! Si yo tuviera medios para rivalizar
con cualquiera de ellos, tengo el presentimiento de que habia de salir
victorioso.
ANTONIO.
Ya sabes que tengo toda mi riqueza en el mar, y que hoy no puedo darte
una gran suma. Con todo eso, recorre las casas de comercio de Venecia;
empeña tú mi crédito hasta donde alcance. Todo lo aventuraré por tí:
no habrá piedra que yo no mueva, para que puedas ir á la quinta de
tu amada. Vé, infórmate de dónde hay dinero. Yo haré lo mismo y sin
tardar. Malo será que por amistad ó por fianza no logremos algo.
ESCENA II.
=Belmonte.--Gabinete en la quinta de Pórcia.=
PÓRCIA y NERISSA.
PÓRCIA.
Por cierto, amiga Nerissa, que mi pequeño cuerpo está ya bien harto de
este inmenso mundo.
NERISSA.
Eso fuera, señora, si tus desgracias fueran tantas y tan prolijas como
tus dichas. No obstante, tanto se padece por exceso de goces como por
defecto. No es poca dicha atinar con el justo medio. Lo superfluo cria
muy pronto canas. Por el contrario la moderacion es fuente de larga
vida.
PÓRCIA.
Sanos consejos, y muy bien expresados.
NERISSA.
Mejores fueran, si álguien los siguiese.
PÓRCIA.
Si fuera tan fácil hacer lo que se debe, como conocerlo, las ermitas
serian catedrales, y palacios las cabañas. El mejor predicador es el
que, no contento con decantar la virtud, la practica. Mejor podria yo
enseñársela á veinte personas, que ser yo una de las veinte y ponerla
en ejecucion. Bien inventa el cerebro leyes para refrenar la sangre,
pero el calor de la juventud salta por las redes que le tiende la
prudencia, fatigosa anciana. Pero si discurro de esta manera, nunca
llegaré á casarme. Ni podré elegir á quien me guste ni rechazar á quien
me enoje: tanto me sujeta la voluntad de mi difunto padre.
NERISSA.
Tu padre era un santo, y los santos suelen acertar, como inspirados,
en sus postreras voluntades. Puedes creer que sólo quien merezca tu
amor acertará ese juego de las tres cajas de oro, plata y plomo, que él
imaginó, para que obtuviese tu mano el que diera con el secreto. Pero,
dime, ¿no te empalagan todos esos príncipes que aspiran á tu mano?
PÓRCIA.
Véte nombrándolos, yo los juzgaré. Por mi juicio podrás conocer el
cariño que les tengo.
NERISSA.
Primero, el príncipe napolitano.
PÓRCIA.
No hace más que hablar de su caballo, y cifra todo su orgullo en saber
herrarlo por su mano. ¿Quién sabe si su madre se encapricharia de algun
herrador?
NERISSA.
Luego viene el conde Palatino.
PÓRCIA.
Que está siempre frunciendo el ceño, como quien dice: «Si no me
quieres, busca otro mejor.» No hay chiste que baste á distraerle. Mucho
me temo que quien tan femenilmente triste se muestra en su juventud,
llegue á la vejez convertido en filósofo melancólico. Mejor me casaría
con una calavera que con ninguno de esos. ¡Dios me libre!
NERISSA.
¿Y el caballero francés, Le Bon?
PÓRCIA.
Será hombre, pero sólo porque es criatura de Dios. Malo es burlarse del
prójimo, pero de éste... Su caballo es mejor que el del napolitano, y
su ceño todavía más arrugado que el del Palatino. Junta los defectos de
uno y otro, y á todo esto añade un cuerpo que no es de hombre. Salta en
oyendo cantar un mirlo, y se pelea hasta con su sombra. Casarse con él,
seria casarse con veinte maridos. Le perdonaria si me aborreciese, pero
nunca podria yo amarle.
[Ilustración]
NERISSA.
¿Y Falconbridge, el jóven baron inglés?
PÓRCIA.
Nunca hablo con él, porque no nos entendemos. Ignora el latin, el
francés y el italiano. Yo, puedes jurar que no sé una palabra de
inglés. No tiene mala figura, pero ¿quién ha de hablar con una estatua?
¡Y qué traje más extravagante el suyo! Ropilla de Italia, calzas de
Francia, gorra de Alemania, y modales de todos lados.
NERISSA.
¿Y su vecino, el lord escocés?
PÓRCIA.
Buen vecino. Tomó una bofetada del inglés, y juró devolvérsela. El
francés dió fianza con otro bofeton.
NERISSA.
¿Y el jóven aleman, sobrino del duque de Sajonia?
PÓRCIA.
Mal cuando está en ayunas, y peor despues de la borrachera. Antes
parece menos que hombre, y despues más que bestia. Lo que es con ése,
no cuento.
NERISSA.
Si él fuera quien acertase el secreto de la caja, tendrias que casarte
con él, por cumplir la voluntad de tu padre.
PÓRCIA.
Lo evitarás, metiendo en la otra caja una copa de vino del Rhin: no
dudes que, andando el demonio en ello, la preferirá. Cualquier cosa,
Nerissa, antes que casarme con esa esponja.
NERISSA.
Señora, paréceme que no tienes que temer á ninguno de esos
encantadores. Todos ellos me han dicho que se vuelven á sus casas, y no
piensan importunarte más con sus galanterías, si no hay otro medio de
conquistar tu mano que el de la cajita dispuesta por tu padre.
PÓRCIA.
Aunque viviera yo más años que la Sibila, me moriria tan vírgen como
Diana, antes que faltar al testamento de mi padre. En cuanto á esos
amantes, me alegro de su buena resolucion, porque no hay entre ellos
uno solo cuya presencia me sea agradable. Dios les depare buen viaje.
NERISSA.
¿Te acuerdas, señora, de un veneciano docto en letras y armas que,
viviendo tu padre, vino aquí con el marqués de Montferrato?
PÓRCIA.
Sí. Pienso que se llamaba Basanio.
NERISSA.
Es verdad. Y de cuantos hombres he visto, no recuerdo ninguno tan digno
del amor de una dama como Basanio.
PÓRCIA.
Mucho me acuerdo de él, y de que merecia bien tus elogios.
(-Sale un criado.-)
¿Qué hay de nuevo?
EL CRIADO.
Los cuatro pretendientes vienen á despedirse de vos, señora, y un
correo anuncia la llegada del príncipe de Marruecos que viene esta
noche.
PÓRCIA.
¡Ojalá pudiera dar la bienvenida al nuevo, con el mismo gusto con que
despido á los otros! Pero si tiene el gesto de un demonio, aunque tenga
el carácter de un ángel, más quisiera confesarme que casar con él. Ven
conmigo, Nerissa. Y tú, delante (-al criado-). Apenas hemos cerrado la
puerta á un amante, cuando otro llama.
ESCENA III.
=Plaza en Venecia.=
BASANIO y SYLOCK.
SYLOCK.
Tres mil ducados. Está bien.
BASANIO.
Si, por tres meses.
SYLOCK.
Bien, por tres meses.
BASANIO.
Fiador Antonio.
SYLOCK.
Antonio fiador. Está bien.
BASANIO.
¿Podeis darme esa suma? Necesito pronto contestacion.
SYLOCK.
Tres mil ducados por tres meses: fiador Antonio.
BASANIO.
¿Y qué decis á eso?
SYLOCK.
Antonio es hombre honrado.
BASANIO.
¿Y qué motivos tienes para dudarlo?
SYLOCK.
No, no: motivo ninguno: quiero decir que es buen pagador, pero tiene
muy en peligro su caudal. Un barco para Trípoli, otro para las Indias.
Ahora me acaban de decir en el puente de Rialto, que prepara un navío
para Méjico y otro para Inglaterra. Así tiene sus negocios y capital
esparcidos por el mundo. Pero, al fin, los barcos son tablas y los
marineros hombres. Hay ratas de tierra y ratas de mar, ladrones y
corsarios, y ademas vientos, olas y bajíos. Pero repito que es buen
pagador. Tres mil ducados... creo que aceptaré la fianza.
BASANIO.
Puedes aceptarla con toda seguridad.
SYLOCK.
¿Por qué? Lo pensaré bien. ¿Podré hablar con él mismo?
BASANIO.
Vente á comer con nosotros.
SYLOCK.
No, para no llenarme de tocino. Nunca comeré en casa donde vuestro
profeta, el Nazareno, haya introducido sus diabólicos sortilegios.
Compraré vuestros géneros: me pasearé con vosotros; pero comer, beber y
orar... ni por pienso. ¿Qué se dice en Rialto? ¿Quién es éste?
(-Sale Antonio.-)
BASANIO.
El señor Antonio.
SYLOCK.
(-Aparte.-) Tiene aire de publicano. Le aborrezco porque es cristiano,
y ademas por el necio alarde que hace de prestar dinero sin interes,
con lo cual está arruinando la usura en Venecia. Si alguna vez cae en
mis manos, yo saciaré en él todos mis odios. Sé que es grande enemigo
de nuestra santa nacion, y en las reuniones de los mercaderes me llena
de insultos, llamando vil usura á mis honrados tratos. ¡Por vida de mi
tribu, que no le he de perdonar!
BASANIO.
¿Oyes, Sylock?
SYLOCK.
Pensaba en el dinero que me queda, y ahora caigo en que no puedo reunir
de pronto los tres mil ducados. Pero ¿qué importa? Ya me los prestará
Túbal, un judío muy rico de mi tribu. ¿Y por cuántos meses quieres ese
dinero? Dios te guarde, Antonio. Hablando de tí estábamos.
ANTONIO.
Aunque no soy usurero, y ni presto ni pido prestado, esta vez quebranto
mi propósito, por servir á un amigo. Basanio, ¿has dicho á Sylock lo
que necesitas?
SYLOCK.
Lo sé: tres mil ducados.
ANTONIO.
Por tres meses.
SYLOCK.
Ya no me acordaba. Es verdad... Por tres meses... Pero antes decias que
no prestabas á usura ni pedias prestado.
ANTONIO.
Sí que lo dije.
SYLOCK.
Cuando Jacob apacentaba los rebaños de Laban... Ya sabes que Jacob,
gracias á la astucia de su madre, fué el tercer poseedor despues de
Abraham... Sí, el tercero.
ANTONIO.
¿Y Jacob prestaba dinero á usura?
SYLOCK.
No precisamente como nosotros, pero fíjate en lo que hizo. Pactó con
Laban que le diese como salario todos los corderos manchados de vario
color que nacieran en el hato. Llegó el otoño, y las ovejas fueron en
busca de los corderos. Y cuando iban á ayuntarse los lanudos amantes,
el astuto pastor puso unas varas delante de las ovejas, y al tiempo de
la cria todos los corderos nacieron manchados, y fueron de Jacob. Este
fué su lucro y usura, y por él le bendijo el cielo, que bendice siempre
el lucro honesto, aunque maldiga el robo.
ANTONIO.
Eso fué un milagro que no dependia de su voluntad sino de la del cielo,
y Jacob se expuso al riesgo. ¿Quieres con tan santo ejemplo canonizar
tu abominable trato? ¿ó son ovejas y corderos tu plata y tu oro?
SYLOCK.
No sé, pero procrean como si lo fueran.
ANTONIO.
Atiende, Basanio. El mismo demonio, para disculpar sus maldades, cita
ejemplos de la Escritura. El espíritu infame, que invoca el testimonio
de las santas leyes, se parece á un malvado de apacible rostro ó á una
hermosa fruta comida de gusanos.
SYLOCK.
Tres mil ducados... Cantidad alzada, y por tres meses... Suma la
ganancia...
ANTONIO.
¿Admitís el trato: si ó no, Sylock?
SYLOCK.
Señor Antonio, innumerables veces me habeis reprendido en el puente
de Rialto por mis préstamos y usuras, y siempre lo he llevado con
paciencia, y he doblado la cabeza, porque ya se sabe que el sufrimiento
es virtud de nuestro linaje. Me has llamado infiel y perro: y todo esto
sólo por tu capricho, y porque saco el jugo á mi hacienda, como es mi
derecho. Ahora me necesitas, y vienes diciendo: «Sylock, dame dineros.»
Y esto me lo dice quien derramó su saliva en mi barba, quien me empujó
con el pié como á un perro vagabundo que entra en casa extraña. ¿Y yo
qué debia responderte ahora? «No: ¿un perro cómo ha de tener hacienda
ni dinero? ¿Cómo ha de poder prestar tres mil ducados?» ó te diré en
actitud humilde y con voz de siervo: «Señor, ayer te plugo escupirme al
rostro: otro dia me diste un puntapié y me llamaste perro, y ahora, en
pago de todas estas cortesías, te voy á prestar dinero.»
ANTONIO.
Volveré á insultarte, á odiarte y á escupirte á la cara. Y si me
prestas ese dinero, no me lo prestes como amigo, que si lo fueras, no
pedirias ruin usura por un metal estéril é infecundo. Préstalo, como
quien presta á su enemigo, de quien puede vengarse á su sabor si falta
al contrato.
SYLOCK.
¡Y qué enojado estais! ¿Y yo que queria granjear vuestra amistad,
olvidando las afrentas de que me habeis colmado? Pienso prestaros mi
dinero sin interes alguno. Ya veis que el ofrecimiento no puede ser
más generoso.
ANTONIO.
Así parece.
SYLOCK.
Venid á casa de un escribano, donde firmaréis un recibo prometiendo que
si para tal dia no habeis pagado, entregaréis en cambio una libra justa
de vuestra carne, cortada por mí del sitio de vuestro cuerpo que mejor
me pareciere.
ANTONIO.
Me agrada el trato: le firmaré, y diré que por fin he encontrado un
judío generoso.
BASANIO.
No firmarás, en ventaja mia, esa escritura; prefiero no salir nunca de
mi desesperacion.
ANTONIO.
No temas que llegue el caso de cumplir semejante escritura. Dentro de
dos meses, uno antes de espirar el plazo, habré reunido diez veces más
de esa suma.
SYLOCK.
¡Oh, padre Abraham! ¡Qué mala gente son los cristianos! Miden á todos
los demas con la vara de su mala intencion. Decidme: si Antonio dejara
de pagarme en el plazo convenido, ¿qué adelantaba yo con exigirle que
cumpliera el contrato? Despues de todo, una libra de carne humana vale
menos que una de buey, carnero ó cabra. Creedme, que si propongo tal
condicion, es sólo por ganarme su voluntad. Si os agrada, bien: si no,
no me maltrates, siquiera por la buena amistad que te muestro.
ANTONIO.
Cierro el trato y doy la fianza.
SYLOCK.
Pronto, á casa del notario. Dictad ese chistoso documento. Yo buscaré
el dinero, pasaré por mi casa, que está mal guardada por un holgazán
inútil, y en seguida soy con vosotros.
(-Se va.-)
ANTONIO.
Véte con Dios, buen judío. Este se va á volver cristiano. Me pasma su
generosidad.
BASANIO.
Sospechosas se me antojan frases tan dulces en boca de semejante
malvado.
ANTONIO.
No temas. El plazo es bastante largo, para que vuelvan mis navíos antes
de cumplirse.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO II.
ESCENA PRIMERA.
=Sala en la quinta de Pórcia.=
Salen el PRÍNCIPE DE MARRUECOS y su servidumbre: PÓRCIA, NERISSA y sus
doncellas.
EL PRÍNCIPE.
No os enoje, bella Pórcia, mi color moreno, hijo del sol ardiente bajo
el cual nací. Pero venga el más rubio de los hijos del frio Norte, cuyo
hielo no deshace el mismo Apolo: y ábranse juntamente, en presencia
vuestra, las venas de uno y otro, á ver cuál de los dos tiene más roja
la sangre. Señora, mi rostro ha atemorizado á los más valientes, y
juro por el amor que os tengo que han suspirado por él las doncellas
más hermosas de mi tierra. Sólo por complaceros, dulce señora mia,
consintiera yo en mudar de semblante.
PÓRCIA.
No es sólo capricho femenil quien me aconseja y determina: mi eleccion
no depende de mi albedrío. Pero si mi padre no me hubiera impuesto
una condicion y un freno, mandándome que tomase por esposo á quien
acertara el secreto que os dije, tened por seguro, ilustre príncipe,
que os juzgaria tan digno de mi mano como á cualquier otro de los que
la pretenden.
[Ilustración]
EL PRÍNCIPE.
Mucho os lo agradece mi corazon. Mostradme las cajas: probemos el
dudoso empeño. ¡Juro, señora, por mi alfanje, matador del gran Sofí y
del príncipe de Persia, y vencedor en tres batallas campales de todo
el poder del gran Soliman de Turquía, que con el relámpago de mis ojos
haré bajar la vista al hombre más esforzado, desafiaré á mortífera lid
al de más aliento, arrancaré á la osa ó á la leona sus cachorros, sólo
por lograr vuestro amor! Pero ¡ay! si el volver de los dados hubiera
de decidir la rivalidad entre Alcides y Licas, quizá el fallo de la
voluble diosa seria favorable al de menos valer, y Alcides quedaria
siervo del débil garzon. Por eso es fácil que, entregada mi suerte á
la fortuna, venga yo á perder el premio, y lo alcance otro rival que lo
merezca mucho menos.
PÓRCIA.
Necesario es sujetarse á la decision de la suerte. O renunciad á entrar
en la prueba, ó jurad antes que no dareis la mano á otra mujer alguna
si no salis airoso del certámen.
EL PRÍNCIPE.
Lo juro. Probemos la ventura.
PÓRCIA.
Ahora á la iglesia, y luego al festin. Despues entrareis en la dudosa
cueva. Vamos.
EL PRÍNCIPE.
¿Qué me dará la fortuna: eterna felicidad ó triste muerte?
ESCENA II.
=Una calle de Venecia.=
Sale LANZAROTE GOBBO.
LANZAROTE.
¿Por qué ha de remorderme la conciencia cuando escapo de casa de mi amo
el judío? Viene detras de mí el diablo gritándome: «Gobbo, Lanzarote
Gobbo, buen Lanzarote, ó buen Lanzarote Gobbo, huye, corre á toda
prisa.» Pero la conciencia me responde: «No, buen Lanzarote, Lanzarote
Gobbo, ó buen Lanzarote Gobbo, no huyas, no corras, no te escapes;» y
prosigue el demonio con más fuerza: «Huye, corre, aguija, ten ánimo,
no te detengas.» Y mi conciencia echa un nudo á mi corazon, y con
prudencia me replica: «Buen Lanzarote, amigo mio, eres hijo de un
hombre de bien...» ó más bien, de una mujer de bien, porque mi padre
fué algo inclinado á lo ajeno. É insiste la conciencia: «Detente,
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