La comida fue silenciosa a pesar de los repetidos esfuerzos de don
Andrés para animar la conversación; el conde y don Melchor se limitaban
a cruzar entre sí y de cuando en cuando algunos cumplidos triviales;
doña Dolores estaba pálida, parecía sentirse indispuesta, apenas
probaba los manjares y no profería palabra alguna.
En comiendo, se levantaron todos y los criados de la hacienda se fueron
cada cual a sus quehaceres.
El conde, preocupado a pesar suyo con el frío y compasado acogimiento
que le había reservado don Melchor, pretextó la fatiga del viaje para
retirarse a sus habitaciones, en lo que don Andrés consintió con
repugnancia manifiesta.
Don Melchor y el conde cruzaron un saludo ceremonioso y se volvieron
la espalda, y doña Dolores hizo una graciosa cortesía al joven, quien
se retiró después de estrechar cariñosamente la mano que su anfitrión
le tendió.
Acostumbrado como estaba a vivir en medio de la comodidad y de la
elegancia y a las relaciones de la sociedad parisiense, tan saturadas
de buen gusto y de aticismo, el conde del Saulay necesitó algunos días
para familiarizarse con la existencia triste, monótona y estrecha de la
hacienda del Arenal.
No obstante la afectuosa acogida que le había dispensado don Andrés
de la Cruz y de las atenciones de que éste le rodeaba incesantemente,
el joven no tardó en advertir que su anfitrión era el único que de la
familia le miraba con buenos ojos.
Doña Dolores, muy cortés para con él y aun bondadosa en sus relaciones
cotidianas o cuando el acaso les reunía, parecía sentirse mortificada
en su presencia y apartar todas las ocasiones de hablar a solas. La
doncella, tan pronto advertía que su padre o su hermano se salían del
aposento donde se encontraban en compañía del conde, interrumpía de
improviso la conversación, murmuraba, sonrojándose, alguna excusa y se
alejaba, o más bien desaparecía volando, con la ligereza y rapidez de
un pájaro, y sin más cumplidos dejaba solo a Luis.
Semejante conducta por parte de una doncella a la que estaba prometido
desde la infancia, por quien había cruzado el océano casi contra su
voluntad y solamente para honrar la palabra empeñada en su nombre por
su familia, era realmente para mortificar a un hombre como el conde
del Saulay, a quien su belleza física, su talento y su fortuna no le
tenían de ningún modo acostumbrado hasta entonces a verse tratado con
tanto desapego y desdén por las damas.
Poco inclinado ya de suyo al matrimonio que su familia quería imponerle
y lo más mínimo enamorado de su prima, a quien apenas se había tomado
el trabajo de mirar, y a la que, a causa de su indiferencia, estaba
tentado a calificar de necia, el conde se hubiera conformado con la
repugnancia que la joven parecía experimentar hacia él y aun consolado
y felicitado por la ruptura del matrimonio proyectado, si en este
negocio no hubiese estado comprometido su amor propio de un modo para
él sobrado ofensivo.
Por mucho que fuese el desapego que sintiese por doña Dolores, al conde
le humillaban el poco efecto que su porte, sus modales y su boato
habían producido en la joven y el modo frío y desdeñoso con que ésta
escuchara sus cumplidos y recibido sus regalos.
No obstante anhelar sinceramente que no se llevase a efecto una boda
que por mil razones le tenía disgustado, Luis deseaba que sin partir
positivamente de él, la ruptura tampoco partiese abiertamente de la
joven, y que al mismo tiempo que se retiraba con los honores de la
guerra, las circunstancias se presentasen lo bastante propicias para
que la que debía ser su esposa sintiese su partida.
Descontento de sí mismo y de cuantos le rodeaban, sintiendo que se
encontraba en una situación falsa que era probable iba a convertirse
en ridícula dentro de poco, el conde determinó salir de ella lo más
antes posible; pero antes de provocar una explicación franca y decisiva
por parte de don Andrés de la Cruz, que parecía no sospechar lo más
mínimo lo que estaba ocurriendo, el joven determinó saber positivamente
a qué atenerse respecto de su prometida; y es que con la fatuidad
propia de todos los hombres acostumbrados a no hallar oposición, estaba
íntimamente convencido de que era imposible que doña Dolores no le
hubiese amado si de su corazón no se hubiese ya apoderado otro hombre.
Tomado que hubo esta resolución y firme en ella, el conde, que por otra
parte no sabía como matar el tiempo en la hacienda, se puso a espiar
los pasos de la joven, resuelto, una vez adquirida la certidumbre, a
retirarse y a tomar sin pérdida de tiempo la vuelta de Francia, a la
que cada día encontraba más a faltar y de la que se arrepentía haber
salido tan inopinadamente para venir a correr a dos mil leguas de ella
un lance tan humillador.
Ya hemos hecho observar que doña Dolores, no obstante su indiferencia
para con el conde, se creía obligada a mostrarse si no tan amable
como hubiera deseado, a lo menos conforme, cortés y cumplida; ejemplo
que don Melchor su hermano se dispensaba de imitar, ya que trataba
al huésped de su padre con una indiferencia tal y tan estudiada, que
forzosamente el conde tenía que advertirla, aun cuando éste desdeñase
darse por entendido y simulase tomar los modales groseros, ofensivos y
aun brutales del joven cual sí estuviesen muy en consonancia con las
costumbres de la tierra.
Sin embargo, debemos confesar que los mejicanos son de una
cortesanía exquisita, que su lenguaje es siempre pulcro y floridas
sus expresiones, y que aparte el traje, es literalmente imposible
diferenciar un hombre del pueblo de otro perteneciente a la clase
encumbrada. Por una singular anomalía, indudablemente hija de su
carácter hosco, don Melchor de la Cruz era la antítesis de sus
compatriotas; siempre sombrío, compasado, recogido en sí mismo, puede
decirse que no abría la boca sino para verter contadas palabras con
tono áspero y voz ingrata.
De buenas a primeras, el conde y don Melchor quedaron poco satisfechos
uno de otro: el francés pareció excesivamente presumido y muy más
afeminado al mejicano, y el mejicano, grosero y vulgar en su traza y
lenguaje al francés. Sin embargo, de no existir en realidad más que
esta antipatía instintiva, quizás ella hubiera desaparecido, y entre
los dos se habrían cimentado relaciones de amistad una vez se hubiesen
conocido más a fondo y por consiguiente apreciado más; pero lo que don
Melchor sentía por el conde no era indiferencia, ni envidia, sino un
odio verdaderamente mejicano.
¿De dónde provenía este odio? ¿qué desconocida particularidad del conde
había dado nacimiento a ella? Éste era el secreto de don Melchor.
Por lo demás, el joven hacendero era un arca de misterios y sus
acciones tan tenebrosas como su semblante. Gozaba de libertad
absoluta y de ella usaba y abusaba para ir y venir, entrar y salir
sin dar cuenta de sus pasos a persona alguna. Su padre y su hermana,
indudablemente acostumbrados a semejantes genialidades, nunca le
preguntaban de dónde venía ni qué había hecho cuando tras una ausencia
de siete u ocho días regresaba a la hacienda.
En estas circunstancias, por cierto muy frecuentes, llegaba a la hora
del almuerzo.
Don Melchor saludaba con la cabeza a los asistentes y se sentaba a la
mesa sin pronunciar palabra, y en comiendo liaba un cigarrillo, lo
encendía y se retiraba a sus habitaciones sin hacer caso alguno de los
que se encontraban en el comedor.
Comprendiendo don Andrés la inconveniencia y máxime lo poco galante
de semejante conducta para con su huésped, una o dos veces ensayó
disculpar a su hijo, atribuyendo la falta de cortesía de éste a graves
ocupaciones que le absorbían por entero.
--Don Melchor, contestó el conde, es caballero cabal y de conducta
correcta; y aun la franqueza de que hace gala, tratándome como amigo y
pariente y no como extraño, prueba la amistad que me profesa. Sentiría
pues en el alma que por mí modificase lo más mínimo sus costumbres.
El hacendero, que no se llamó a engaño respecto de la aparente
mansedumbre de su huésped, juzgó prudente no insistir sobre el
particular y no se habló más del asunto.
A don Melchor le temían no sólo todos los peones de la hacienda, sino
también, por lo que podía colegirse, su mismo padre.
Era evidente que aquel sombrío joven ejercía sobre cuánto le rodeaba
un influjo que quizá por lo oculto era más terrible; pero nadie se
atrevía a quejarse. El conde, único que pudiera haber aventurado
algunas observaciones, no se tomaba el trabajo de hacerlas, por la
sencilla razón de que hallándose de paso, y sólo por algunos días en
Méjico y teniéndose por extraño, no le halagaba intervenir en asuntos o
en intrigas que no le incumbían ni debían concernirle para nada.
Dos meses hacía que Luis de Saulay llegara a la hacienda, y este
periodo de tiempo lo había empleado en leer o en recorrer los
alrededores, casi siempre en compañía del mayordomo de don Andrés,
sujeto de unos cuarenta años de edad, rechoncho, robusto y de semblante
sincero y que al parecer gozaba de ilimitada confianza en el ánimo de
sus amos.
Dicho mayordomo, llamado León Carral, había cobrado grande afición
al joven francés, cuya liberalidad e inagotable buen humor le tenían
cautivado.
Se complacía el buen Carral, durante sus carreras por el llano, en
amaestrar al conde en el arte de la equitación, haciéndole comprender
los defectos de la escuela francesa y aplicándose en convertirle en lo
que él tenía la justificada pretensión de ser, esto es, un verdadero
hombre de a caballo, un jinete consumado.
Debemos añadir que el discípulo aprovechó muy mucho las lecciones y que
no sólo se había convertido en poco tiempo en habilísimo jinete, sino
también, gracias asimismo al mayordomo, en tirador de primer orden.
Siguiendo los consejos de su maestro, hacia poco que el conde adoptara
el elegante y cómodo traje mejicano, que le sentaba a las mil
maravillas.
Don Andrés de la Cruz se había frotado de gusto las manos al ver que
aquél a quien consideraba ya casi yerno suyo tomaba el traje del
país, pues esto le demostraba que al conde le animaba el intento de
establecerse en Méjico; y aun se asió de esta circunstancia para hacer
rodar diestramente la conversación sobre aquello que más le interesaba,
o si decimos el matrimonio del conde con doña Dolores. Él del Saulay,
sin embargo, siempre ojo avizor, había rehuido, como hiciera ya
repetidas veces, este tema escabroso.
--No obstante, es menester que nos expliquemos, murmuraba entre sí don
Andrés, moviendo la cabeza y retirándose.
Desde la llegada del conde a la hacienda, a lo menos era la décima vez
que el señor de la Cruz se prometía tener con él una explicación; pero
hasta entonces el joven había tenido la maña de eludirla.
Un día en que el conde, retirado en su aposento, había leído hasta más
tarde que de costumbre, en el momento de cerrar el libro y de meterse
en cama levantó por casualidad los ojos y le pareció ver pasar una como
sombra por delante de la puerta-ventana que miraba a la huerta.
La noche estaba muy avanzada y hacía ya dos horas que todos los
moradores de la hacienda dormían o debían de estar durmiendo.
Luis, sin darse exacta cuenta de los motivos que a ello le impulsaban,
resolvió informarse por sí mismo de quien era aquel noctívago que tenía
el capricho de pasearse a tales horas. Se levantó pues de la butaca
en que estaba sentado, se proveyó de dos revólveres Devisme de seis
tiros cada uno que había sobre una mesa, a fin de estar apercibido
para lo que pudiese ocurrir, abrió cuan suavemente le fue posible la
puerta-ventana y se internó en la huerta, tomando la dirección por la
cual había visto desaparecer la sombra sospechosa.
La noche estaba espléndida, la luna difundía sobre la tierra una luz
vivísima, y la atmósfera asumía una transparencia tal, que a larga
distancia se distinguían claramente los objetos.
El conde, que muy rara vez entrara en la huerta y por consiguiente
desconocía las revueltas de la misma, vacilaba en internarse en las
alamedas que ante sus ojos se prolongaban en todas direcciones,
cruzándose y entrecruzándose, pues por muy hermosa que estuviese la
noche, no sentía la más mínima comezón de pasarla al raso.
Se detuvo pues para reflexionar, y de su meditación dedujo que tal vez
se había engañado, sido juguete de una alucinación, y que lo que tomara
por la sombra de un hombre era la que proyectara una rama de árbol
agitada por la brisa nocturna.
No sólo era razonable semejante observación, sino lógica; sin embargo,
el joven no se dio por satisfecho, sino que sonriéndose con ironía, en
lugar de internarse en la huerta se deslizó con precaución a lo largo
de la cortina de enredaderas que de este lado formaba una pared de
verdor a la hacienda.
Diez minutos después Luis se detuvo para tomar aliento y orientarse.
--No me he equivocado, aquí es, murmuró el joven después de tender una
mirada escrutadora a su alrededor.
E inclinándose hacia adelante, apartó con tiento sumo las hojas y las
ramas, y miró; pero casi al punto se echó hacia atrás ahogando un grito
de sorpresa. Se encontraba frente por frente de las habitaciones de
doña Dolores.
Ésta, apoyada en el alféizar de una ventana, al parecer estaba
engolfada en una conversación por demás interesante con un joven
situado a dos pies de ella en la huerta.
Al conde le fue imposible conocer a aquel hombre, del que sólo le
separaban algunos pasos, primeramente porque estaba vuelto de espaldas
y luego porque iba envuelto en una capa que le ocultaba del todo.
--¡Ah! murmuró el conde, no me había equivocado.
A pesar de que semejante descubrimiento le ajaba el amor propio,
el conde experimentó una satisfacción íntima al ver realizadas sus
sospechas, pues el hombre aquél no podía sino ser un amante.
Con todo, por mucho que los dos interlocutores suavizasen la voz, no
hablaban tan quedo que a corta distancia no se les pudiese oír; así
es que Luis, si bien tildándose la poco delicada acción que estaba
cometiendo, excitado por su despecho y quizá, sin darse cuenta de ello,
por los celos, entreabrió las ramas y avanzó de nuevo la cabeza para
escuchar.
--Dios mío, decía doña Dolores con acento conmovido, cuando se pasan
algunos días sin que le vea a V., la zozobra me mata, siempre estoy
temiendo una desgracia.
--¡Diantre! murmuró el conde, pues no le ama poco.
Este aparte le privó de oír la contestación del hombre.
--¿Estoy condenada a vivir mucho tiempo aquí? continuó la joven.
--Tenga V. un poco de paciencia, respondió el desconocido con voz
sorda, pronto habrá concluido todo, así lo espero. Y él ¿qué hace?
--Sombrío y misterioso como siempre, respondió doña Dolores.
--¿Se encuentra en la hacienda esta noche?
--Sí.
--¿Arisco como de costumbre?
--Más todavía.
--¿Y el francés?
--¡Ah! murmuró Luis, vamos a ver qué concepto le merezco.
--Es un caballero cumplido, respondió la joven con voz trémula; hace
algunos días que le veo triste, o a lo menos lo parece.
--¿Se está aburriendo?
--Me temo que sí.
--¡Pobre niña! dijo para sus adentros el conde, ha advertido que me
estoy aburriendo; a bien que cuido poco de ocultarlo. Pero, añadió con
fatuidad, ¿me habré engañado por ventura? ¿Y si el hombre ese no fuese
un amante? ¿Quién sabe?
Durante este largo soliloquio, los dos interlocutores habían continuado
su conversación, que resultó totalmente perdida para el conde.
--Ya que V. lo exige lo haré, dijo la joven, cuando Luis se puso a
escuchar de nuevo; ¿pero tan necesario es, amigo mío?
--Indispensable, Dolores.
--¡Demontre! ¡qué familiaridad! murmuró el conde.
--Obedeceré pues, profirió la joven.
--Ahora adiós, he permanecido aquí demasiado tiempo, dijo el
desconocido.
Éste se bajó el sombrero hasta los ojos, murmuró «adiós» por última vez
y se alejó apresuradamente.
Luis había permanecido inmóvil, estupefacto, en el mismo sitio en que
se encontraba; al pasar, casi rozándole la ropa, el desconocido, que
sin embargo no reparara en él, una rama le hizo caer el sombrero y un
rayo de luna le iluminó de lleno el semblante.
--¡Oliverio! murmuró el conde. ¡Ah! ¡con que a él es a quien ama
Dolores!
El joven se volvió a su aposento dando traspiés como un ebrio,
trastornado por el descubrimiento que acababa de hacer, y se acostó;
pero en vano intentó conciliar el sueño; toda la noche estuvo forjando
proyectos a cual más descabellado. Con todo a la madrugada su turbación
pareció ceder al cansancio.
--Antes de tomar una resolución definitiva, dijo para sí el conde,
quiero celebrar una conferencia con ella; no la amo, es cierto, pero mi
honor me exige que le dé a conocer que no soy un necio y que todo lo
sé. Hoy mismo voy a solicitar de ella una entrevista.
Más tranquilo, después de haber tomado esta determinación, el conde se
durmió, y al despertar vio al pie de su cama a Raimbaut, con un papel
en la mano.
--¿Qué hay? preguntó el joven a su ayuda de cámara.
--Traigo una carta para el señor conde, respondió éste.
--¿Serán noticias de Francia? profirió Luis.
--No lo creo, dijo Raimbaut; esta carta se la dio a Lanza una de las
doncellas de doña Dolores de la Cruz para que se la entregaran a usted
tan pronto como se despertase.
Realmente la mencionada carta era de la hija de don Andrés, y no
contenía sino las contadas líneas siguientes, escritas en carácter de
letra elegante y un poco trémulo:
«Doña Dolores de la Cruz ruega encarecidamente al señor don Luis del
Saulay se sirva concederle una entrevista particular para tratar de un
asunto de gran importancia, hoy, a las tres de la tarde, hora en que la
misma le aguardará en sus habitaciones.»
--Ahora sí que me quedo del todo a oscuras, dijo el conde.
Y tras un instante de reflexión, añadió:
--¡Bah! tal vez vale más que esta proposición parta de ella.
VII
EL RANCHO
El Estado de Puebla está formado por una meseta de más de veinticinco
leguas de circunferencia, cruzada por las elevadas cordilleras del
Anáhuac.
Los llanos que circuyen la ciudad, muy desiguales, están surcados por
multitud de torrenteras, cubiertos de colinas y cerrados al horizonte
por montañas que ostentan un sudario de nieves eternas.
Hasta donde alcanza la vista se extienden inmensos campos de maguey,
verdaderos viñedos de aquellas comarcas, ya que de esta planta se
extrae el pulque, bebida predilecta de los mejicanos.
No existe perspectiva tan imponente como la que ofrecen aquellas
enormes pitas de hojas prietas, duras, lustrosas, llenas de temibles
espinas, que alcanzan seis y ocho pies de longitud.
Poco más o menos a dos leguas de Puebla, como quien se encamina a
Méjico, se encuentra la ciudad de Cholula, en otro tiempo plaza fuerte
importante, pero que hoy, decaída de su pasado esplendor, no encierra
sino unas doce o quince mil almas.
En tiempo de los aztecas, el territorio que hoy constituye el Estado
de Puebla, era considerado por los habitantes como una Tierra Santa
privilegiada, como el santuario de la religión. Ruinas importantes
y sobre todo muy notables desde el punto de vista arqueológico,
atestiguan todavía hoy la verdad de lo que dejamos expuesto; en un
espacio muy limitado existen tres pirámides principales, sin contar las
ruinas con que a cada paso tropieza el viajero.
De las tres pirámides de que acabamos de hacer mérito, una sobre todo
goza de justa celebridad, aquélla a la cual los hijos de la tierra
apellidan -Monte hecho a mano-, o gran -teocali- de Cholula.
Dicha pirámide, coronada de cipreses y en la cúspide de la cual se
levanta hoy una capilla dedicada a Nuestra Señora de los Remedios,
está enteramente labrada de ladrillos, mide ciento setenta pies de
altura, y, según calcula Humboldt, su base tiene una longitud de mil
trescientos cincuenta y cinco, esto es, un poco más del doble que la
base de la pirámide de Cheops.
Ampere hace observar, con mucho tacto y primor, que la imaginación de
los árabes ha rodeado de prodigios la cuna para ellos desconocida de
las pirámides egipcias, cuya construcción hace remontar a la época
del diluvio, y que lo mismo acontece en Méjico, al efecto relata una
tradición recogida en 1566 por Pedro del Río, referente a las pirámides
de Cholula y conservada en los manuscritos de éste existentes hoy en el
Vaticano.
Nosotros a nuestra vez copiaremos al célebre sabio trasladando a estas
páginas la mentada tradición tal cual él la publicó en sus -Paseos por
América-.
Dice así:
«En tiempo de la última grande inundación, la tierra de Anáhuac (la
meseta de Méjico) estaba habitada por gigantes. Los que no perecieron
en aquel desastre quedaron convertidos en peces, excepto siete
gigantes, que se refugiaron en cavernas cuando las aguas empezaron a
bajar. Uno de aquellos titanes, apellidado Xelhua, que era arquitecto,
construyó cerca de Cholula, en recuerdo de la montaña de Tlaloc, que
había servido de asilo a él y a sus hermanos, una columna de forma
piramidal. Celosos los dioses al ver aquel edificio cuya cima se
esconde en las nubes, e irritados ante la audacia de Xelhua, fulminaron
fuegos celestes contra la pirámide, de lo que se originó la muerte de
muchos de los que en ella trabajaban y la interrupción de las obras.
Dicha pirámide fue consagrada al dios del aire, Qualzalcoatl.»
¿Quién al leer las líneas que preceden, no creería hacerlo del bíblico
relato de la construcción de la Torre de Babel?
Sin embargo, en la descripción esta resalta un error no imputable al
célebre Ampere, y que a pesar de nuestra humilde condición de novelista
creemos útil rectificar.
-Quetzalcóatl-, la serpiente cubierta de plumas, cuya raíz es
-Quetzalli-, pluma, y -Coatl-, serpiente, y no -Qualzalcoatl-, que nada
significa y no es siquiera mejicano o más bien dicho azteca, es el dios
del aire, el dios legislador por excelencia: era blanco y barbudo y
negra su capa y salpicada de cruces rojas; apareció a Tula, del que fue
gran sacerdote; los hombres que le acompañaban vestían traje negro en
forma de sotana y, como él, eran blancos.
Atravesaba Cholula el mencionado dios para dirigirse al misterioso
país de donde habían salido sus antepasados, cuando los cholulanos le
suplicaron que les gobernase y les diese leyes, en lo que consintió,
permaneciendo veinte años entre ellos; luego y considerando ya
terminada provisionalmente su misión, se fue hasta la desembocadura
del río -Huasacoalco-, una vez en la cual desapareció, no empero sin
haber prometido a los cholulanos que días a venir regresaría para
gobernarles.
Apenas hace un siglo que los indios, al llevar sus ofrendas a la
capilla que, consagrada a la Virgen, se levanta en la cima de la
pirámide, elevaban todavía sus preces a Quetzalcóatl, cuyo regreso
aguardaban piadosamente.
No nos atreveríamos a afirmar que dicha creencia esté en lo presente
extinguida del todo.
La pirámide de Cholula en nada se parece a las de Egipto: cubierta
completamente de tierra, forma una frondosa colina, a cuya cúspide es
fácil llegar no sólo a caballo, sino también en coche.
En algunos sitios la tierra se ha desmoronado dejando al descubierto
los ladrillos cocidos al sol, que para la construcción de la pirámide
se emplearon.
En la cúspide de la pirámide y en el sitio mismo en que estaba
construido el templo consagrado a Quetzalcóatl, se eleva actualmente
una capilla cristiana.
Sentimos que algunos escritores hayan supuesto que el cristianismo
ha sustituido un culto bárbaro y cruel. Nunca el pico de la pirámide
de Cholula se vio manchado de sangre humana, nunca hombre alguno fue
inmolado al dios adorado en el templo hoy destruido, y al cual por toda
ofrenda le presentaban productos de la tierra, tales como flores y las
primicias de las cosechas, y esto por orden expresa del dios legislador.
Eran las cuatro de la madrugada: las estrellas empezaban a desaparecer
en las profundidades del firmamento, el horizonte se teñía de anchas y
cenicientas ráfagas de luz que variaban incesantemente y tomaban poco
a poco los colores del prisma para fundirse en uno solo rojo cual
sangre; quebraba el alba; el sol iba a aparecer.
En este instante salieron de Puebla dos jinetes, tomaron al trote
largo la carretera de Cholula, y no medía legua de la ciudad doblaron
prontamente hacia la derecha, internándose en un angosto sendero
abierto en un campo de agave.
Dicho sendero, pésimamente conservado, como todas las vías de
comunicación de Méjico, describía un sin fin de revueltas y estaba
cortado por tantas torrenteras, que era imposible transitar por él sin
exponerse a cada paso a romperse la nuca. Ora se interponía un arroyo,
al que era menester atravesar con agua hasta la cincha del caballo, ora
una colina.
Después de veinticinco minutos de una carrera tan erizada de
dificultades, los dos jinetes llegaron al pie de una como pirámide
groseramente labrada a mano, enteramente cubierta de vegetación y de
unos cuarenta pies de altura sobre el nivel del suelo.
En la cúspide de aquella colina artificial se elevaba un rancho de
vaquero, al que se llegaba por medio de escalones abiertos a trechos en
las vertientes de la misma.
Una vez allí, el desconocido se detuvo y echó pie a tierra, operación
que imitó su compañero.
Entonces los dos hombres dieron suelta a sus caballos, hundiendo el
cañón de sus fusiles en una fragosidad de la base de la colina, y
cogiendo con ambas manos la culata de sus armas hicieron servir a éstas
de alzaprima.
Aunque uno ni otro de los dos se esforzaron mucho, una enorme piedra,
al parecer completamente adherida al suelo, se movió lentamente, giró
sobre goznes invisibles y dejó al descubierto la entrada de una cueva
que en pendiente suave penetraba en el suelo, y la cual indudablemente
recibía aire y luz por infinidad de imperceptibles intersticios, pues
estaba seca y en ella se veía claramente.
--Baja, López, dijo el desconocido.
--¿Y V. se va arriba? preguntó el segundo jinete.
--Sí; dentro de una hora ven a reunirte conmigo, a no ser que me hayas
visto antes.
--Perfectamente.
López silbó entonces a los caballos, que vinieron rápidamente al
encuentro de sus dueños, y a una señal de aquél, se internaron
buenamente en la cueva.
--Hasta la vista, dijo López.
El desconocido dirigió una señal afirmativa a su criado, quien se metió
a su vez en la concavidad, e hizo girar nuevamente tras sí la piedra,
la cual se adaptó tan perfectamente a la roca, que no dejó vestigio
alguno de entrada.
Aquél había permanecido inmóvil y con los ojos fijos en la llanura
que le rodeaba, cual si hubiese querido cerciorarse de que estaba
completamente solo y nada tenía que temer de las miradas indiscretas.
Una vez en su sitio la piedra que cerraba la boca de la cueva, el
desconocido se echó el fusil al hombro y empezó a subir lentamente los
escalones y al parecer sumergido en meditación sombría.
Desde lo alto de la colina la vista abarcaba un horizonte extenso: de
un lado Zapotecas, Cholula, haciendas y aldeas; del otro, Puebla con
sus innumerables cúpulas esféricas y pintadas, que la daban apariencias
de ciudad oriental; luego campos de maguey, trigo o agave, por en medio
de los cuales serpenteaba, trazando una línea amarilla, la carretera de
Méjico.
El desconocido permaneció pensativo por un instante, con la mirada fija
en la llanura, completamente desierta en aquella hora matinal y a la
que el sol naciente matizaba de irisados reflejos; luego, después de
haber exhalado un ahogado suspiro, empujó el zarzo forrado de un cuero
de buey que servía de puerta al rancho, y desapareció en el interior de
éste.
Desde fuera, el rancho asumía el mísero aspecto de una cabaña casi
arruinada; sin embargo de lo cual interiormente ofrecía más comodidades
de las que cabía derecho a esperar en una región donde las exigencias
de la vida, sobre todo para el pueblo, están reducidas a lo más
estrictamente necesario.
La primera pieza, porque el rancho tenía muchas, servía de locutorio
y de comedor y comunicaba con un cobertizo colocado en el exterior y
que hacía las veces de cocina. Las encaladas paredes del mencionado
comedor estaban adornadas, no de cuadros, sino de seis u ocho láminas
iluminadas, hechas en Epinal y de las que esta ciudad inunda la tierra;
dichas láminas representaban distintos episodios de las guerras del
Imperio y estaban pulidamente encuadradas y cubiertas con sendos
cristales. En un ángulo, poco más o menos a seis pies de altura y sobre
una consola de palisandro con la tapa rodeada de pinchos en los que
estaban clavados cirios de cera amarilla, de los cuales ardían tres,
había una estatuita que representaba a la Virgen de Guadalupe, patrona
de Méjico. Seis -equipales-, cuatro butacas, un aparador atestado de
utensilios caseros y una mesa bastante capaz colocada en medio del
comedor, completaban el ajuar de esta pieza, alegrada por dos ventanas
con cortinas encarnadas.
El suelo estaba cubierto con un petate de labor delicada.
Se nos olvidaba hacer mención de un mueble asaz importante por su
rareza y que en verdad nadie hubiera presumido encontrar en sitio
semejante: el mueble a que nos referimos era un reloj de cuclillo, de
la Selva Negra, coronado de un pájaro que con su canto anunciaba las
horas y las medias horas.
Dicho reloj estaba colocado frente a la puerta de entrada, entre las
dos ventanas, y a la derecha del mismo había otra puerta que conducía a
los aposentos interiores.
El desconocido, que en el momento de entrar en el comedor no encontró a
nadie, dejó su fusil en un rincón de la pieza, colocó su sombrero sobre
la mesa, abrió una ventana hasta al pie de la cual arrastró una butaca
en la que se sentó, lió un cigarrillo de paja de maíz, le dio fuego y
empezó a fumar con la misma tranquilidad e indolencia que hubiera hecho
en su propia casa, después de haber consultado el reloj y murmurado:
--¡Las cinco y media! me queda tiempo todavía: tardará en llegar.
Después de haber hablado de esta suerte consigo mismo, el desconocido
se echó atrás descansando la cabeza en el respaldo de su butaca,
cerró los ojos, soltó el cigarrillo, y pocos minutos después quedó
profundamente dormido.
Media hora, poco más o menos hacía que nuestro personaje estaba
durmiendo, cuando abrieron con precaución una puerta situada a sus
espaldas, y por ella penetró de puntillas en el comedor una hechicera
joven de veintidós a veintitrés años a lo sumo, de ojos azules y rubia
cabellera, la cual avanzó la cabeza con ademán de curiosidad y fijó una
mirada de benevolencia, casi diremos de ternura, en el durmiente.
El rostro de la recién llegada respiraba la alegría y la travesura
unidas a una bondad extrema; sus facciones, sin ser correctas,
constituían un conjunto coqueto y gracioso agradable a la primera
mirada; la distinguía de las otras mujeres de rancheros, indias
cobrizas casi todas ellas, un cutis blanquísimo, y ostentaba un traje
correspondiente a su clase, pero de limpieza notable y llevado con
garbo y sal que le sentaban a las mil maravillas.
La joven se acercó poquito a poco al durmiente, con la cabeza echada
hacia atrás y un dedo en los labios, indudablemente con el propósito de
recomendar a dos personas que la seguían, un hombre y una mujer entrada
en años, que hiciesen el menos ruido posible.
De los dos nuevos personajes que vamos a introducir en escena, la mujer
frisaba con los cincuenta y con los sesenta el hombre, y ambos tenían
las facciones vulgares y sin expresión, a no ser la de una voluntad
enérgica.
La mujer vestía el traje de las rancheras mejicanas; el hombre era
vaquero.
Una vez los tres junto al desconocido, se colocaron frente a él y
permanecieron inmóviles, contemplando como dormía.
En esto por la ventana penetró un rayo de sol, que fue a dar en
el rostro del desconocido; el cual abrió los ojos y se levantó de
improviso, profiriendo en francés estas palabras:
--¡Vive Dios! el diablo se me lleve si no me he dormido.
--¿Y qué mal hay en ello, don Oliverio? dijo en el mismo idioma el
ranchero.
--¡Ah! ¿están Vds. ahí, amigos míos? profirió Oliverio sonriendo
alegremente y tendiéndoles la mano; grato despertar el mío, ya que les
encuentro a mi lado. Buenos días, Luisa, hija mía; buenos días, Teresa,
y tú, mi viejo Loick, buenos días también. Traen Vds. unos rostros que
da gusto verles.
--Siento que se haya despertado V., don Oliverio, dijo la hechicera
Luisa.
--Tanto más cuanto estará V. fatigado, añadió Loick.
--¡Bah! ¡bah! ¿quién piensa en ello? ¿Verdad que no sospechaban Vds.
encontrarme aquí?
--Dispense V., don Oliverio, dijo Loick, López me había notificado su
llegada.
--Ese diablo de López no puede poner freno a su lengua, profirió de
buen humor Oliverio; siempre será charlatán.
--¿Va V. a almorzar con nosotros? preguntó la joven.
--Esto no se pregunta, hijita, dijo el vaquero; bueno estaría que don
Oliverio se negase a acompañarnos.
--Ea, regañón, no refunfuñes, profirió Oliverio sonriendo, almorzaré
con vosotros.
--¡Bravo! ¡bravo! exclamó Luisa.
Y con ayuda de Teresa, que era su madre, así como Loick su padre, la
joven empezó a preparar lo todo para el almuerzo.
--Pero ya lo saben Vds., dijo Oliverio; nada mejicano; no quiero oír
hablar de la detestable cocina de esta tierra.
--Nada tema, contestó Luisa sonriendo; almorzaremos a la francesa.
--Magnífico; esto dobla mi apetito.
Mientras las dos mujeres iban y venían de la cocina al comedor para
preparar el almuerzo y poner la mesa, Oliverio y Loick habían quedado
solos al pie de la ventana y sostenían conversación animada.
--¿Y V. siempre satisfecho? preguntó Oliverio a su anfitrión.
--Siempre, respondió Loick; don Andrés de la Cruz es un buen amo;
además, como V. sabe, me relaciono poco con él.
--Es cierto; V. sólo se las ha con don León Carral.
--No me quejo de él, pues pese a ser mayordomo es sujeto excelente; nos
entendemos a las mil maravillas.
--Mejor que mejor; hubiera sentido lo contrario. Por otra parte, si V.
consintió en tomar este rancho se debe a mi recomendación; así pues si
ocurriese algo...
--Se lo diría a V. sin ambages, don Oliverio; pero por este lado todo
marcha a pedir de boca.
El aventurero fijó una mirada escrutadora en su interlocutor, y
profirió:
--¿Conque hay algo que vaya mal por otro lado?
--No digo eso, señor, balbuceó con turbación el vaquero.
--Recuerde V., Loick, dijo Oliverio con severidad y moviendo la cabeza,
las condiciones que le impuse cuando le concedí mi perdón.
--Las tengo fijas en mi memoria, señor.
--¿No ha hablado V. a nadie?
--A nadie.
--¿Así pues, Domingo continúa creyendo...?
--Sí, señor, respondió el vaquero inclinando la cabeza; pero no me
lleva el más mínimo afecto.
--¿En qué se funda V. para hacer semejante suposición?
--¡Oh! estoy seguro de lo que digo, señor; desde que V. se lo llevó a
las praderas, su carácter ha cambiado radicalmente: los diez años que
pasó lejos de mí le volteó del todo indiferente.
--Tal vez obedezca a un presentimiento, murmuró sordamente el
aventurero.
--¡No diga V. esto, señor! exclamó con espanto Loick; la miseria es
mala consejera; muy culpado fui; ¡pero si V. supiese cuán arrepentido
estoy de mi crimen!
--Lo sé, y por esto le perdoné. Día llegará en que el verdadero culpado
recibirá el castigo que merece.
--Sí, señor, y me estremece a mí, miserable, estar envuelto en este
siniestro drama cuyo desenlace va a ser terrible.
--Terrible será en efecto, y V. va a presenciarlo, Loick, profirió en
voz enérgica y reconcentrada Oliverio.
El vaquero dio un suspiro que no pasó por alto a su interlocutor.
--No he visto a Domingo, dijo el aventurero, variando súbitamente de
tono; ¿duerme todavía?
--Le instruyó V. demasiado bien para que así sea, señor; de todos
nosotros es el primero en levantarse.
--¿Cómo pues no se encuentra aquí?
--Salió, respondió con vacilación el vaquero; ¡caramba! tiene ya
veintidós años y es libre de sus acciones.
--¡Ya! murmuró el aventurero con acento sombrío.
Luego, moviendo la cabeza, añadió:
--Almorcemos.
El almuerzo empezó bajo tristes auspicios, pero gracias a los esfuerzos
de Oliverio, pronto reapareció el buen humor, y el final de aquél fue
tan alegre como podía desearse.
De improviso López entró en el rancho, y dijo:
--Señor Loick, ahí está su hijo; no sé lo que trae, pero viene a pie y
conduciendo de la brida a su caballo.
Todos se levantaron de la mesa y se salieron del rancho.
A un tiro de fusil, en el llano, se divisaba en efecto un hombre que
conducía por la brida a un caballo, en los lomos del cual estaba atado
un fardo bastante voluminoso, aunque difícil de distinguir claramente a
causa de la distancia que separaba uno de otros.
--¡Es singular! murmuró Oliverio en voz sumamente queda y después de
haber examinado atentamente y por espacio de algunos segundos al que
llegaba; ¿será él por ventura? Quiero asegurarme de ello inmediatamente.
Y en haciendo seña a López de que le siguiese, el aventurero descendió
apresuradamente los escalones, dejando absortos al vaquero y a las dos
mujeres, que pronto le vieron correr, seguido de López, por el llano y
al encuentro de Domingo.
Éste, al ver a los que hacia él se encaminaban, se detuvo para
aguardarles.
VIII
EL HERIDO
El silencio más profundo reinaba en el campo; la brisa nocturna había
parado por completo. Sólo el incesante susurro de los infinitamente
pequeños, dedicados sin reposo a la desconocida labor para la cual los
ha creado la Providencia, turbaba la quietud de la noche; por el oscuro
azul del firmamento no cruzaba nube alguna; de las estrellas partía
una suave claridad, y los rayos lunares difundían sobre la tierra
resplandores crepusculares, dando apariencias fantásticas a los árboles
y a las colinas, los cuales proyectaban larguísima sombra; por la
atmósfera, de limpidez tal que permitía oír el pesado y sacudido vuelo
de los coleópteros al girar zumbando en torno de las ramas, cruzaban
azulados reflejos, y al través de las altas hierbas, a las cuales
iluminaban con su fosfórica luz, revoloteaban millares de luciérnagas.
En suma, era una de las templadas y límpidas noches mejicanas,
desconocidas en nuestros fríos climas menos favorecidos por el cielo;
una de esas noches que sumergen el alma en divagación melancólica y
suave.
De improviso surgió una sombra en el horizonte, se agrandó y a no
tardar dibujó el bulto negro y todavía indeterminado de un jinete;
que tal debió ser a juzgar por el ruido que producía en la endurecida
tierra el rápido andar de un caballo.
En efecto, un jinete era él que se iba acercando. Seguía éste el camino
de Puebla, semiamodorrado sobre su cabalgadura, a la que puede decirse
dejaba avanzar a su antojo, de tal suerte llevaba flojas las riendas,
cuando ésta, al llegar a una como encrucijada en medio de la cual se
levantaba una cruz, hurtó súbitamente el cuerpo, enderezó las orejas y
retrocedió con viveza.
El jinete, inopinadamente arrancado de su sueño, o lo que es más
probable, de sus meditaciones, dio un salto sobre la silla y hubiera
perdido los estribos a no haber instintivamente recogido al caballo
tirando de las riendas con todas sus fuerzas.
--¡Hola! dijo el jinete levantando prontamente la cabeza y llevando
la mano a su machete, mientras tendía en torno de sí una mirada de
inquietud; ¿qué ocurre? ¿qué significa este pavor, Moreno mío? ¡Ea!
sosiégate, nadie está pensando en nosotros.
Pero por más que su amo le dirigía palabras de halago y, al parecer,
los dos vivían en muy buena inteligencia, el animal no cesaba de
rezongar y daba muestras más y más vivas de sobresalto.
--Esto no es natural, vive Dios; tú no acostumbras a espantarte para
nada. Vamos a ver, Moreno, ¿qué ocurre?
El viajero miró de nuevo a su alrededor, pero más atentamente que la
primera vez y fijando los ojos en el suelo.
--¡Ah! profirió de pronto el jinete, reparando en un cuerpo tendido en
tierras Moreno tiene razón; aquí veo algo, quizás el cadáver de algún
hacendero a quien los salteadores habrán dado muerte para despojarle
con más libertad, y al cual habrán abandonado luego sin cuidarse más de
él, veamos.
Mientras estuvo hablando de esta suerte a media voz, el jinete se apeó;
pero como era prudente y probablemente hacía mucho tiempo que estaba
acostumbrado a recorrer los caminos de la confederación mejicana,
amartilló su fusil y se apercibió al ataque y a la defensa, por si
al individuo a quien quería prestar socorro se le ocurría levantarse
prontamente para pedirle la bolsa o la vida; eventualidad muy en las
costumbres de aquella tierra y contra la cual y ante todo es menester
prevenirse.
Se acercó pues el jinete al cadáver, y por un instante le contempló con
la más grave atención.
--¡Jum! murmuró el viajero, tan pronto se hubo convencido de que nada
debía temer del infeliz que yacía a sus pies, y moviendo repetidas
veces la cabeza, ahí un pobre diablo que me parece está muy enfermo; si
no está muerto poco le falta. En fin, por sí o por no y aun cuando me
parece trabajo inútil, veamos de prestarle auxilio.
Después de este nuevo soliloquio, el viajero, que no era otro que
Domingo, el hijo del ranchero de que hemos hablado más arriba, bajó el
gatillo de su fusil, dejó el arma en la margen del camino y al alcance
de la mano por si ocurría tener que hacer uso de ella, arrendó su
caballo a un árbol, y se quitó su sarape con objeto de poder obrar con
desahogo.
En tomando calmosa y metódicamente todas estas precauciones, pues
era hombre cuidadosísimo en todo, Domingo descolgó las alforjas que
colgaban de la grupa de su caballo, se las echó al hombro, se arrodilló
al lado del cuerpo tendido, apartó a éste las ropas que le cubrían el
pecho, en el que tenía una grande herida, y le auscultó.
Domingo, que era de estatura elevada, miembros armónicos y musculatura
de bronce, estaba dotado de gran fuerza corporal y sus movimientos
eran ágiles y virilmente graciosos; en suma, era una de esas
organizaciones robustas poco comunes doquiera que sea, pero de las que
con más frecuencia se encuentran ejemplares en las regiones donde las
exigencias de una vida de lucha desarrollan en proporciones sobradas
veces excesivas las facultades físicas del individuo.
Veintiocho años le hubiera echado cualquiera a Domingo, a pesar
de que aún no había cumplido los veintidós. Facciones hermosas,
viriles e inteligentes, grandes y negros ojos de mirar noble, frente
despejada, cabellos castaños y ensortijados de suyo, boca grande y
de labios un tanto gruesos, bigote arrogantemente atusado, barbilla
saliente y angulosa, daban a su fisonomía una expresión de franqueza,
audacia y bondad, realmente simpática, al par que le imprimía un
sello de indecible distinción. Lo más singular era que aquel hombre,
perteneciente a la humilde clase de vaqueros, tenía manos y pies de una
pequeñez extremada, particularmente las manos, de irreprochable corte
aristocrático.
Tal era en lo físico del nuevo personaje que acabamos de presentar
al lector y que está llamado a desempeñar un papel importante en el
decurso de nuestro relato.
--Trabajo va a costarle el recobrarse, si es que se recobra, profirió
Domingo levantándose después de haber inútilmente ensayado oír los
latidos del corazón del herido.
Sin embargo, lejos de perder la esperanza, el joven abrió sus alforjas
y sacó de ellas un pedazo de tela, un estuche y una cajita cerrada con
llave, mientras sonreía y decía entre sí:
--Por fortuna conservo mis costumbres indias y siempre traigo conmigo
mi botiquín.
Y poniendo manos a la obra sin perder momento, sondeó la llaga y la
lavó cuidadosamente.
De los amoratados labios de la herida salía la sangre gota a gota.
Domingo destapó un frasco lleno de un licor rojizo, vertió sobre la
llaga algunas gotas del mismo y la sangre dejó de manar como por arte
de magia.
Entonces y con destreza que demostraba mucha práctica, el joven vendó
la herida después de aplicar a ésta con tiento sumo algunas hierbas
machacadas y humedecidas con el licor rojizo que ya empleara.
El infeliz no daba señal alguna de vida; su cuerpo seguía conservando
la rigidez de los cadáveres; con todo, en las extremidades persistía un
poco de sudor, diagnóstico que daba a suponer a Domingo que en aquel
pobre cuerpo no se había extinguido aún del todo la vida.
Después de haberlo curado con el amor que hemos visto, el joven levantó
un poco al herido y le arrimó a un árbol; luego le dio en el pecho,
sienes y muñecas unas friegas de ron mezclado con agua, interrumpiendo
de vez en cuando su operación para fijar una mirada cuidadosa en el
contraído y lívido rostro del paciente.
Todo, al parecer, debía ser inútil: contracción alguna, ni el más leve
estremecimiento indicaban que el herido sustentase un átomo de vida.
Mas ¿existe algo tan firme como la voluntad del hombre que se empeña
en salvar a un semejante? Domingo, por mucho que empezase a dudar
formalmente del éxito de sus esfuerzos, lejos de desalentarse sintió
redoblar su ardor, por lo que resolvió no abandonar la partida hasta
quedar plenamente convencido de que todo auxilio era inútil.
Conmovedor era el cuadro que formaban aquellos dos hombres, uno
impulsado por el santo amor de la humanidad, encarnizándose, si vale la
palabra, en prodigar al otro los más solícitos y paternales cuidados,
al pie del redentor signo de la cruz, en medio de un camino desierto y
durante una noche tranquila y clara.
Domingo interrumpió de improviso las friegas, y dándose una palmada en
la frente cual si de su cerebro hubiese surgido súbito un pensamiento,
murmuró:
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