enemigo?
--Aquí, respondió Miramón, colocando un dedo sobre un punto del mapa,
en Toluca, a donde su vanguardia no llegará antes de las dos de la
tarde, avanzando con rapidez, puedo yo estar en Toluca mediado el día y
de esta suerte contar con el tiempo necesario para preparar mi ataque.
--El lugar está bien escogido, general; le profetizo a V. la victoria.
--Dios le escuche a V.; por mi parte no creo en ella.
--¿Todavía dura su desaliento?
--No, no es desaliento, sino convicción.
El presidente tendió afectuosamente la mano al aventurero, el cual se
despidió y se retiró.
Poco después don Jaime salía de Méjico y corría en campo raso, montado
en un caballo que llevaba la velocidad del huracán.
XII
LA SALIDA
Como dijera al aventurero, a las cinco de la mañana Miramón salía
de Méjico a la cabeza de sus tropas, poco numerosas por cierto, ya
que entre infantería y caballería apenas si se componían de tres mil
quinientos hombres. Artillería no la llevaba, a causa de tener que
efectuarse la marcha por senderos extraviados.
Cada jinete llevaba un infante en la grupa, a fin de facilitar el
avance.
Lo que el presidente iba a intentar era un verdadero golpe de mano,
y de los más arriesgados, pero que por esta misma razón tenía muchas
probabilidades de buen éxito.
Miramón cabalgaba al frente de su ejército, en medio de su estado
mayor, con el cual departía alegremente; al verle tan tranquilo y
risueño, no parecía sino que ninguna preocupación le entristecía
el espíritu, y que al salir de Méjico había recobrado esa dichosa
indolencia de la juventud que los cuidados anejos al poder le hicieron
olvidar tan rápidamente.
Aunque un tantico fresca, la mañana era heraldo de hermoso día; de
la tierra subía una transparente niebla que los rayos del sol, más
ardientes por momentos, iba desvaneciendo, y acá y allá, en los llanos,
aparecían algunas recuas de mulos, conducidas por arrieros, que se
dirigían a Méjico y cruzaban incesantemente la marcha de las tropas.
El suelo, bien cultivado, no ofrecía huella alguna de la guerra; al
contrario, la campiña parecía gozar de la calma más profunda.
A lo largo de los caminos se veía a algunos indios, unos conduciendo
bueyes a la ciudad, otros llevando a la misma frutas y legumbres, todos
diligentes y cantando con indolencia para matar el tedio y distraer la
monotonía del camino.
Dichos indios, al pasar por delante de Miramón, a quien conocían
perfectamente, se detenían admirados, se descubrían y le saludaban con
respeto.
A una orden del presidente los soldados se internaron en senderos
extraviados casi intransitables y por los cuales avanzaban a duras
penas los caballos. Sin embargo, la marcha se hizo todavía con más
rapidez y en medio del mayor silencio.
Miramón y los suyos iban acercándose al enemigo.
A eso de las diez de la mañana el presidente mandó hacer alto para dar
un poco de descanso a los caballos y a los soldados el tiempo necesario
para almorzar.
Por regla general nada hay tan curioso como un ejército mejicano;
todos los soldados van acompañados de su mujer, encargada de llevar
las provisiones de boca y preparar las comidas. Estas desdichadas,
que arrostran con ánimo sereno todas las espantosas consecuencias
de la guerra, acampan a alguna distancia de las tropas cuando éstas
se detienen; lo que da a los ejércitos mejicanos la apariencia de
una emigración. Mientras dura la batalla, las mujeres permanecen
espectadoras impasibles de la lucha, sabiendo anticipadamente que van
a convertirse en botín del vencedor; sin embargo, aceptan, o más bien,
se someten con filosófica indiferencia a esta dura necesidad.
Esta vez, empero, no sucedió así; Miramón había prohibido
terminantemente que mujer alguna siguiese al ejército. Los soldados
pues, cada cual se llevó las provisiones de boca preparadas en sus
alforjas; precaución que, ahorrando un tiempo considerable, asumía la
ventaja de que de esta suerte se evitaba él que tuviesen que encenderse
fogatas.
A las once se dio el toque de botasillas, se formaron filas y se anudó
la marcha hacia Toluca, lugar donde el presidente resolviera aguardar
al enemigo.
El camino, cortado por profundas torrenteras, al través de las cuales
no era posible pasar sino a costa de grandísimas dificultades, se hacía
casi impracticable; con todo, los soldados no se desalentaban, y es que
los que consigo se llevara Miramón constituían la flor y nata de sus
partidarios; eran los que acompañado le habían desde el principio de
la guerra. No se desalentaban, decimos, antes al contrario, su ardor
crecía a medida de los obstáculos, a los que vencían riendo, alentados
por el ejemplo de su joven general que iba animosamente al frente
de ellos, convirtiéndose de esta suerte en espejo de paciencia y de
abnegación.
El general Cobos había sido destacado para salir a la descubierta
con veinte hombres decididos a fin de espiar la marcha del enemigo y
advertir la presencia de éste, tan pronto le descubriera, a Miramón,
replegándose al punto y sin dejarse ver sobre el grueso del ejército.
De improviso el presidente vio a tres jinetes que a escape se dirigían
hacia él, y suponiendo lógicamente que los que venían eran portadores
de una noticia importante, espoleó a su caballo y salió al encuentro de
aquéllos, a los que se reunió bien pronto.
De los tres jinetes aludidos, dos eran soldados, y el tercero, que iba
perfectamente montado y armado de punta en blanco, paisano.
--¿Quién es este hombre? preguntó Miramón a uno de los soldados.
--Excelentísimo señor, respondió el interpelado, este individuo se
ha presentado al general, solicitando que le condujesen a presencia
de vuecencia; dice que es portador de un pliego que debe entregar a
vuecencia en persona.
--¿Quién te envía? preguntó el presidente al desconocido que permanecía
inmóvil.
--Lea ante todo, vuecencia, esta carta, respondió el paisano sacando de
su dolmán un pliego sellado y entregándolo respetuosamente a Miramón.
Éste abrió el pliego y lo recorrió rápidamente con la mirada. Luego
fijando con atención los ojos en el desconocido, le preguntó:
--¿Cómo te llamas?
--López, mi general.
--Está bien. ¿Conque está cerca de aquí?
--Sí, mi general, emboscado con trescientos jinetes.
--¿Y te pones a mi disposición?
--Para todo el tiempo que de mí necesite vuecencia.
--Dime, ¿conoces esta tierra?
--Nací en ella, mi general.
--¿Así pues eres capaz de guiarnos?
--A donde le plazca a vuecencia.
--¿Conoces la posición del enemigo?
--Sí, mi general; las vanguardias de las columnas de los generales
Berriozábal y Degollado no están sino a media legua de Toluca, donde
deben detenerse por largo espacio de tiempo.
--¿A qué distancia nos encontramos de Toluca nosotros?
--Siguiendo este camino, unas tres leguas.
--Mucho es; ¿no hay otro camino más corto?
--Uno hay que acorta dos tercios la distancia.
--¡Canario! exclamó el general, es menester tomar por éste.
--Sí, pero es sumamente angosto, peligroso, casi intransitable para la
caballería, y del todo impracticable para la artillería.
--No traigo cañones.
--Entonces ya es posible pasar por él, mi general.
--Nada más deseo.
--Si vuecencia me da permiso me atreveré a hacerle una observación.
--Di.
--El camino es penoso; será preferible pues desmontar a los jinetes,
hacer que la infantería vaya a vanguardia y que aquéllos la sigan
conduciendo de las bridas a sus caballos.
--Esto va a hacernos perder mucho tiempo.
--Al contrario, mi general, a pie marcharemos con más rapidez.
--Enhorabuena. ¿Dentro de cuánto tiempo estaremos en Toluca?
--Dentro de tres cuartos de hora. ¿Le parece sobrado a vuecencia?
--No; si cumples tu promesa te doy diez onzas.
--Aunque no me guíe el interés, repuso López riendo, estoy tan seguro
de no equivocarme, que ya siento el dinero ese en mi bolsillo.
--Ya que es así, dijo Miramón dándole su portamonedas, tómalo en
seguida.
--Gracias, mi general, profirió el paisano; ahora partiremos cuando lo
ordene vuecencia. Lo que precisa es que los soldados guarden el más
absoluto silencio para que de sopetón podamos precipitarnos sobre el
enemigo y atacarle sin darle tiempo de reponerse de la sorpresa.
Miramón envió un soldado al general Cobos para darle orden de que se
replegara cuanto antes, luego hizo apear a los jinetes, mandó pasar a
vanguardia a la infantería, de cuatro en frente, que eran los más que
podían pasar en tal disposición, y la caballería desmontada formó la
retaguardia.
Una vez el general Cobos se hubo reunido al grueso de las tropas, lo
que efectuó sin tardanza, Miramón le puso en pocas palabras al tanto de
lo que ocurría.
El presidente, que caminaba a pie, seguido del guía y de su caballo y
del de este último, se colocó al frente de sus soldados no obstante los
reiterados ruegos de sus amigos para que desistiese de semejante empeño.
--Soy vuestro jefe, decía Miramón a los que le incitaban para que
abandonase aquel peligroso puesto, y como tal me corresponde correr el
riesgo mayor; mi sitio es éste y en él me quedo.
--¿Nos ponemos en marcha? preguntó Miramón a López.
--Adelante, mi general.
El ejército del presidente anudó el avance en medio del mayor silencio
y con rapidez y uniformidad notables.
López no se había equivocado: el sendero que hiciera tomar a las tropas
era tan fragoso e intransitable, que los soldados avanzaban a pie con
mucha más rapidez que no lo hubieran hecho a caballo.
--¿Está así durante mucho trecho el sendero éste? preguntó el
presidente al guía.
--Hasta medio tiro de fusil de Toluca, mi general, respondió el
interpelado; una vez allá sube y se ensancha mucho, hasta dominar a
Toluca, a donde es fácil bajar aun al galope.
--¡Jum! repuso Miramón, en lo que acabas de decirme hay bueno y malo.
--No comprendo, mi general.
--¡Caramba! bastante claro es, o a lo menos así me lo parece: figúrate
que si los -puros- han colocado un cordón de centinelas en la altura,
van a ventearnos y a inutilizar nuestra expedición. Tú no has
reflexionado lo que hacías al conducirnos por aquí.
--Pido mil perdones a vuecencia, replicó López; pero los -puros- saben
que ningún cuerpo de ejército recorre el campo, y por lo tanto están
en la firme creencia de que nada tienen que temer. Así pues no totean
precaución alguna, por considerarlas inútiles. Además, las alturas de
que vuecencia me ha hablado están demasiado distantes del sitio donde
ellos acamparán y sobre todo demasiado elevadas para que piensen en
colocar fuerzas en ellas.
--En fin, murmuró el presidente, a la buena de Dios. Ahora no retrocedo.
Las tropas continuaron avanzando con toda clase de precauciones.
Veinticinco minutos hacía que éstas se internaran en la senda,
cuando López, después de haber tendido a su alrededor una mirada
investigadora, se detuvo súbitamente.
--¿Qué estás haciendo? le preguntó Miramón.
--Ya lo ve vuecencia, me detengo; al doblar el recodo ese que
está delante de nosotros, la senda empieza a subir, y como no nos
encontramos sino a tiro de fusil de Toluca, si vuecencia me lo permite
voy a ir a la descubierta para cerciorarme de que las alturas no están
vigiladas y de que el paso es libre.
--Ve, dijo el general después de haber mirado atentamente a López;
aguardaremos tu regreso para continuar el avance; fío en ti.
López se quitó armas y sombrero, que no sólo le eran inútiles, sino
que pudieran haberle delatado, y tendiéndose en el suelo, empezó a
arrastrarse a la usanza india y no tardó en desaparecer entre las
malezas que orillaban la senda.
Ínterin, a una señal del presidente había circulado con rapidez la voz
de alto entre las filas, y el ejército se detuvo casi instantáneamente,
pasando los generales a formar grupo en torno de Miramón.
Transcurrieron algunos minutos sin que reapareciese el guía, con lo
que la ansiedad de las tropas llegó a su colmo.
--Ese hombre nos vende, dijo el general Cobos.
--No lo creo, repuso Miramón; tengo completa confianza en quien me lo
envió.
En esto se hizo un hueco en las malezas y por él salió un hombre: era
el guía López; el cual, con rostro placentero, centelleante la mirada
y firme el paso, se acercó al presidente hasta encontrarse a pasos de
éste, saludó y aguardó a que le interrogasen.
--¿Qué ocurre? preguntó Miramón.
--Avancé hasta la cresta misma de la altura, excelentísimo señor, dijo
López, y vi claramente el campamento de los puros. Éstos no sospechan
la llegada de vuecencia; por lo tanto me parece que vuecencia puede
seguir adelante.
--¿Conque no colocaron centinelas en la altura?
--No, mi general,
--Está bien, condúceme hasta la entrada de la senda; quiero
inspeccionar el terreno a fin de preparar mi plan de ataque.
--Vamos, dijo López recogiendo su fusil y su sombrero.
Miramón y su guía avanzaron, seguidos, a corta distancia, del ejército.
Como el guía había dicho, todo estaba desierto.
Miramón estudió el terreno con la atención más detenida, y luego
murmuró:
--Bravo, ahora sé lo que debo hacer.
Luego, volviéndose hacia su guía, dijo a éste:
--¿Conque tu amo está emboscado de modo que pueda coger por el flanco
al enemigo?
--Sí, mi general.
--¿Pero cómo prevenirle para que su ataque coincida con el nuestro?
--Es muy fácil; ¿ve vuecencia aquel árbol solitario cuya cima domina la
altura?
--Sí.
--Tengo orden de cortar el trozo superior del mismo en el preciso
momento en que vuecencia empiece el ataque; esta señal será la de
cargar sobre el enemigo.
--¡Vive Dios! exclamó el presidente, ese hombre nació general; nada le
pasa por alto; ve, sube al árbol ese y está preparado; cuando veas que
yo blanda la espada, de un machetazo desmóchalo.
--¿Y después qué haré? preguntó López.
--Lo que quieras.
--Está bien, me reuniré a mi amo.
López tomó su caballo de manos del asistente que lo sujetaba de las
bridas, y se encaminó tranquilamente hacia el árbol.
Miramón dividió su infantería en tres cuerpos y colocó de reserva a su
caballería.
Tomadas ya todas las disposiciones, las tropas empezaron el ascenso de
la altura.
--¡Adelante! ¡adelante! gritó Miramón una vez en la cúspide de ésta,
mientras blandía su espada y corría a escape cuesta abajo seguido de
los suyos.
López, al ver que el presidente blandía su espada, de un sólo machetazo
cortó la cima del árbol a que estaba subido, y luego se bajó, montó a
caballo y se lanzó en pos del ejército. La aparición súbita de las
tropas de Miramón produjo un desorden espantoso en el campamento de los
puros, que estaban muy distantes de esperar un ataque tan inopinado y
vigoroso, toda vez que sus espías les habían asegurado que en el campo
no se veía soldado alguno.
Los puros se abalanzaron a sus armas y los oficiales ensayaron
organizar la resistencia; pero antes no hubieron formado filas, las
tropas del presidente ya se les habían echado encima y les atacaban con
furia a los gritos de:
--¡Viva Méjico! ¡Miramón! ¡Miramón!
Los generales que mandaban a los puros, animosos e inteligentes, se
multiplicaban para resistir; a la cabeza de los suyos que ya se habían
armado y bien o mal formado filas, abrieron un fuego mortífero ayudados
de la artillería que había tomado posiciones.
La acción se hizo empeñada. Los juaristas contaban con la ventaja
numérica, y repuestos del pánico que experimentaran al principio, era
de temer que de prolongarse el combate iban a tomar la ofensiva.
En esto se oyeron formidables gritos a retaguardia de los puros, sobre
quienes se precipitó una nube de jinetes lanza en ristre.
Cogidos entre dos enemigos, los juaristas se creyeron vendidos, se les
desvaneció la cabeza y empezaron a desbandarse.
La caballería de Miramón entró en línea de batalla en este momento y
cargó reciamente sobre el enemigo.
Entonces la lucha degeneró en matanza; ya no fue combate, sí una
carnicería espantosa. Los juaristas, cogidos por frente, flanco y
retaguardia, no pensaban ya sino en abrirse paso.
Empezó la retirada, que pronto se convirtió en derrota completa.
El general Berriozábal, el general Degollado, sus hijos, dos coroneles,
todos los oficiales del estado mayor, catorce cañones, gran cantidad
de municiones y de armas y más de 2,000 prisioneros cayeron en poder
de Miramón, que por su parte experimentó unas 18 bajas entre muertos y
heridos.
La batalla sólo había durado veinticinco minutos. La caprichosa fortuna
concedía una postrer sonrisa a aquel a quien resolviera perder.
XIII
TRIUNFO
La imprevista, brillante y completa victoria alcanzada por Miramón
sobre aguerridas tropas mandadas por oficiales de nombradía, devolvió
súbitamente el aliento y la esperanza a los despavoridos partidarios
del presidente de la república.
Se modificó hasta tal extremo el espíritu de los soldados, que éstos no
dudaron ya del triunfo de su causa y aun hubo instantes en que llegaron
a considerarla casi como definitivamente ganada.
Únicamente Miramón, en medio de la alegría general, no se forjaba
ilusiones sobre el alcance de la victoria que consiguiera: para él el
nuevo lustre que había añadido a su por tanto tiempo victoriosa espada
no era sino el último y brillante resplandor que arroja la antorcha
próxima a apagarse.
El general conocía demasiado a fondo la situación precaria a que se
veía reducido para sustentar por un solo instante engañosas esperanzas;
agradecía sí en su fuero interno, a la fortuna, la última sonrisa que
ésta se dignara dirigirle y que le evitaría bajar del poder como un
hombre vulgar.
Cuando la caballería lanzada en pos de los fugitivos para impedirles
que se rehiciesen se hubo por fin reunido al grueso del ejército, que
se había quedado en el campo de batalla, Miramón, después de haber
concedido a los suyos dos horas de descanso, dio la orden de regresar a
Méjico.
La vuelta del cuerpo expedicionario a la capital distó mucho de ser
tan rápida como la ida a Toluca: los caballos, fatigados, avanzaban
penosamente; la infantería iba a pie para escoltar a los prisioneros;
además, los cañones y la numerosa impedimenta de que se apoderaran
y seguían al ejército no podían pasar sino por caminos anchos y
expeditos, lo que obligó al general Miramón a tomar por la carretera,
ocasionándole esto el retardo de algunas horas.
Eran las diez de la noche cuando la vanguardia del cuerpo
expedicionario llegó a las garitas de Méjico.
La noche estaba oscurísima; sin embargo, la capital aparecía en medio
de las tinieblas iluminada por un número considerable de luces.
Las buenas como las malas noticias se propagan con rapidez
extraordinaria; quien pueda, resuelva este problema casi insoluble,
pero lo cierto es que apenas había terminado en Toluca la batalla,
cuando en Méjico conocían ya el resultado. El rumor de la brillante
victoria alcanzada por Miramón había corrido inmediatamente de boca en
boca sin que nadie supiese a quien se lo oyera referir.
A la nueva de aquel inesperado triunfo, se despertó la alegría de
todos, el entusiasmo llegó a su colmo y por la noche la ciudad se
encontró espontáneamente iluminada.
El ayuntamiento, en corporación, aguardaba al presidente en la
entrada de la ciudad para felicitarle; las tropas desfilaron entre
dos apretadas vallas formadas por el pueblo, que profería entusiastas
aclamaciones, mientras agitaba pañuelos y sombreros y disparaba
petardos en señal de regocijo; las campanas, a pesar de la hora
avanzada de la noche, sonaban a todo vuelo, y las numerosas tejas de
los curas confundidos entre la muchedumbre, demostraban que curas y
frailes, tan retraídos el día anterior para con el hombre que siempre
les sostuviera, a la noticia de la victoria de Toluca habían sentido
súbitamente despertar su adormecido entusiasmo.
Miramón pasó por en medio de aquella compacta multitud, tranquilo
e impasible, devolviendo con imperceptible expresión de ironía los
saludos que a derecha y a izquierda incesantemente le dirigían, y una
vez delante de su palacio, se apeó.
Ante la puerta de éste y un tanto separado de la misma, había un hombre
en pie, inmóvil y risueño; era el aventurero.
Al verle, Miramón no pudo reprimir un gesto de alegría, y dirigiéndole
hacía él, le dijo:
--Venga V., amigo mío.
Y con estupefacción de la muchedumbre, asió del brazo al aventurero y
penetró con él en palacio.
Una vez en el gabinete particular en el cual solía dedicarse al
trabajo, el presidente se dejó caer en una silla de brazos, con un
pañuelo se enjugó el sudor que le corría por la frente, y exclamó con
acento de mal humor:
--¡Uf! estoy quebrantado. Fecunda en peripecias fue la jornada.
--Sí, repuso afectuosamente el aventurero; y me place oírle hablar a
V. así, general, pues temía que no le hubiese embriagado el humo de la
victoria.
--¿Por quién me toma V.? profirió Miramón. Triste concepto tiene V. de
mí si supone que va a cegarme un triunfo que, por muy brillante que
parezca, no es sino una victoria más, pero cuyos resultados serán nulos
para la causa que sostengo.
--Demasiado cierto es lo que V. dice, general.
--¿Usted cree que lo ignoro? Mi caída es inevitable; lo único que
me habrá aprovechado esa batalla será prorrogarla por unos días
más. Sí, debo caer, porque a pesar de los gritos de entusiasmo de
la muchedumbre, siempre voluble y fácil de engañar, lo que hasta lo
presente ha constituido mi fuerza y me ha sostenido en la lucha que he
empeñado, me abandonó para más no volver; siento que el espíritu de la
nación no está ya conmigo.
--Tal vez exagera V., general. De dar V. dos batallas más como la de
hoy, quizá recobre V. cuanto ha perdido.
--El buen éxito de la de hoy se lo debo a V., amigo mío; gracias a la
brillante carga que V. dio por retaguardia, el enemigo se desmoralizó y
por consiguiente quedó vencido.
--Se obstina V. en verlo todo tenebroso, general; le repito que con
otras dos victorias como la de hoy está V. salvado.
--Como me den tiempo las libraré, dijo Miramón. Si en vez de
encontrarme solo y acorralado en Méjico pudiese todavía contar con
generales devotos en campaña, después de la victoria de hoy todo podía
haberse reparado.
En esto la puerta del gabinete se abrió para dar paso al general Cobos.
--¡Ah! ¿es V. mi querido general? profirió el presidente tendiendo la
mano al recién llegado y recobrando súbito un gesto risueño. ¿A qué
debo tan agradable visita?
--Ruego a su señoría me perdone si me atrevo a presentarme sin haberme
hecho anunciar, dijo Cobos; pero tengo que comunicar a vuecencia una
noticia grave que no consiente dilaciones.
El aventurero hizo ademán de retirarse.
--Quédese V., le dijo Miramón deteniéndole con el gesto; hable V.
general.
--Señor presidente, repuso Cobos, entre el pueblo y los soldados reina
el mayor desorden: la inmensa mayoría de ellos pide a grandes voces que
sean inmediatamente fusilados por traidores a la patria los oficiales
hechos prisioneros hoy.
--¿Cómo? profirió Miramón levantándose como impulsado por un resorte y
poniéndose un tanto pálido; ¿qué me está V. diciendo, general?
--Si su señoría se toma la molestia de abrir las ventanas de este
gabinete, dijo Cobos, oirá los gritos de muerte que profieren a una el
ejército y el pueblo.
--¡Ah! murmuró Miramón, ¡asesinatos políticos cometidos impasiblemente
después de la victoria! ¡Nunca consentiré en autorizar crímenes tan
odiosos! No y mil veces no; a lo menos por lo que a mí respecta no
sucederá. ¿Dónde están los oficiales prisioneros?
--En el patío del palacio, vigilados por guardias de vista.
--Dé V. orden de que inmediatamente los conduzcan a mi presencia. Vaya
V., general.
--¡Ay amigo mío! exclamó el presidente con desaliento, tan pronto
quedó a solas con el aventurero, ¿qué puede esperarse de una multitud
desenfrenada? Y sin embargo, el pueblo mejicano no es malo; lo que
le ha vuelto cruel es la larga esclavitud en que ha gemido y las
interminables revoluciones de que por espacio de cuarenta años ha sido
víctima. Sígame V.; es menester concluir.
Miramón abandonó el gabinete, seguido del aventurero, entró en un salón
inmenso donde se encontraban reunidos sus más acérrimos partidarios, y
se sentó en un sitial colocado en lo alto de dos gradas, preparado para
él en el testero, y los oficiales que habían permanecido fieles a su
causa se agruparon al punto a derecha y a izquierda.
A una seña amistosa de Miramón, el aventurero se había quedado al lado
de éste, demostrando aparentemente la mayor indiferencia.
En esto se oyeron, fuera del salón, rumor de pasos y refregar de armas,
y seguidamente después y precedidos del general Cobos penetraron en
la vasta estancia los oficiales prisioneros; los cuales, por más que
fingiesen la más completa tranquilidad, no dejaban de experimentar
alguna zozobra respecto del fin que les reservaba el destino, pues
habían oído las voces que profiriera el pueblo y conocían las malas
disposiciones en que contra ellos estaban los partidarios de Miramón.
Él que iba a la cabeza de los prisioneros era el general Berriozábal,
joven de treinta años a lo sumo, de rostro expresivo, facciones
correctas e inteligentes y andar noble y desembarazado; luego venía el
general Degollado, entre sus dos hijos, y por fin dos coroneles y los
oficiales que componían el estado mayor del primero de los mencionados
generales.
Los prisioneros avanzaron con paso firme hacia el presidente, el cual
se levantó con presteza y salió al encuentro de aquéllos, a quienes,
después de saludarlos galantemente, dijo:
--Caballeros, deploro que las circunstancias en que por desgracia nos
encontramos no me permitan devolver a Vds. inmediatamente la libertad;
sin embargo y por cuantos medios estén a mi alcance, procuraré hacerles
más suave un cautiverio que espero no será de larga duración. Ante todo
sírvanse Vds. recobrar sus espadas que con tanta honra ciñen y de las
que siento haberles privado.
Miramón hizo una seña al general Cobos, que se apresuró a restituir a
los prisioneros las armas de que les despojaran, y que éstos recibieron
con gozo.
--Ahora, caballeros, continuó el presidente, dígnense Vds. aceptar la
hospitalidad que les ofrezco en este palacio, donde serán tratados con
todas las consideraciones debidas a su desgracia; no exijo sino su
palabra de soldados y de caballeros de que no saldrán sin autorización
mía, no porque yo dude de su palabra de honor, y sí con el fin de
librarles de las tentativas de gentes mal dispuestas respecto de Vds.
y agriadas por los sufrimientos de una guerra prolongada. Quedan Vds.
pues prisioneros bajo palabra y libres de obrar como más bien les
parezca.
--Señor general, profirió Berriozábal en nombre de todos, le
agradecemos a V. sinceramente su cortesía para con nosotros; no
podíamos esperar menos de su reconocida generosidad. La palabra que
V. nos exige, se la damos, y no usaremos de la libertad en que nos
deja sino en los límites que V. juzgue conveniente. Prometemos a V. no
intentar en modo alguno reconquistar nuestra libertad sin que V. nos
haya relevado de la palabra.
Después de cruzarse algunos otros cumplidos entre el presidente y los
generales, los prisioneros se retiraron a las habitaciones que les
asignaron.
En el momento en que el general Miramón se disponía a entrar nuevamente
en su despacho, el aventurero le detuvo con viveza, y designando a un
oficial superior que al parecer se esforzaba en esconderse entre los
grupos, le dijo en voz baja y trémula:
--¿Conoce V. a ese hombre?
--Ya lo creo, respondió el presidente; hace solamente algunos días
que se ha afiliado a mi causa y me ha prestado ya importantísimos
servicios; es español y se llama Antonio Cacerbar.
--¡Oh! ya sé como se llama, repuso el aventurero; también yo le conozco
hace mucho tiempo por desgracia, general; ese hombre es un traidor.
--¡Bah! V. se chancea.
--Le repito a V., general, que ese hombre es un traidor; estoy seguro
de ello.
--No insista V. más, se lo ruego, amigo mío, repuso Miramón con
viveza. Buenas noches; hasta mañana. Deseo hablar con V. de asuntos de
importancia.
Y después de haber dirigido al aventurero una señal afectuosa con la
mano, el presidente penetró en su despacho, cuya puerta se cerró tras
él.
El aventurero permaneció inmóvil por espacio de algunos segundos,
dolorosamente afectado por la incredulidad de Miramón, y luego murmuró
con tristeza:
--¡Oh! Dios quita la razón a los que quiere perder. Ahora todo ha
concluido; ese hombre está irremisiblemente condenado, perdida su causa.
El aventurero se salió del palacio, pábulo de las más siniestras
previsiones.
XIV
EL PALO QUEMADO
Como hemos dicho, el aventurero se salió del palacio de la presidencia.
La plaza Mayor estaba desierta; la efervescencia popular se había
calmado con la rapidez con que se levantara. Gracias a la intervención
de algunos personajes influyentes, los soldados se habían retirado a
sus cuarteles, y los léperos y otros ciudadanos del mismo jaez, que
componían la mayoría del populacho, al ver que decididamente no quedaba
que hacer y que las víctimas a las que codiciaban se les escapaban
definitivamente de las manos, después de vociferar por un rato para
consolarse acabaron por retirarse también.
Únicamente López había permanecido inmóvil en su puesto. Obedeciendo
a una orden del aventurero, había aguardado a éste a la puerta del
palacio presidencial.
Cuando López vio abrirse las puertas del palacio, comprendió que
únicamente podía salir de él su amo; así es que sin tardanza se reunió
a éste.
--¿Qué novedades ocurren? le preguntó el aventurero poniendo el pie en
el estribo.
--Nada importante.
--¿Estás seguro?
--Casi casi; sin embargo, ahora que caigo en ello, me parece que vi
salir de palacio a un sujeto que no me es desconocido.
--¿Hace mucho?
--Veinte minutos a lo más; pero temo haberme equivocado, porque el
sujeto que digo usaba un traje tan distinto del en que le conocí y me
ha vagado tan poco el verle, que...
--¿Y a quién creíste reconocer en él? interrumpió el aventurero.
--Tal vez no dé V. crédito a mis palabras si le digo que a don Antonio
Cacerbar, mi antiguo herido.
--Al contrario, como que le vi en palacio.
--¡Demonios! entonces siento no haber escuchado su conversación.
--¿Qué conversación? ¿Dónde y con quién habló? Di o te estrangulo.
--A eso voy, mi amo. Cuando don Antonio salió de palacio todavía
quedaban algunos grupos en la plaza, y de uno de ellos se separó un
hombre para acercarse a aquél.
--¿Conociste quién era el individuo ese?
--No, pues llevaba un amplio sombrero de piel de vicuña derribado sobre
los ojos e iba embozado hasta las narices; demás de que en tal instante
estaba ese sitio casi ya completamente oscuro.
--Al grano, al grano, dijo el aventurero con impaciencia.
--Don Antonio y el desconocido se pusieron a hablar en voz baja.
--¿Y no cogiste al vuelo palabra alguna?
--Algunas, muy pocas, pero sin ilación.
--Dilas.
--« ¿Conque estaba ahí? » dijo uno. La respuesta no la oí. « ¡Bah!
no se atreverá », continuó el primero. Luego siguieron hablando tan
quedo, que no oí más. A poco, sin embargo, el primero profirió: «
Es preciso ir allá ». « Muy tarde es », replicó el otro, y después
no oí más que estas dos palabras: Palo Quemado. Los interlocutores
cruzaron todavía algunas más en voz baja, y se separaron, el primero
en dirección a los portales y don Antonio dobló a la derecha como si
quisiese encaminarse hacia el paseo de Bucareli; pero se habrá detenido
en alguna casa, porque no es probable que a estas horas se le haya
ocurrido ir a pasearse solo por tal sitio.
--Pronto lo sabremos, repuso el aventurero subiéndose sobre su caballo;
dame mis armas y sígueme. ¿Están descansados los caballos?
--Sí, señor, respondió López dando al aventurero un fusil de dos
cañones, un par de revólveres y un machete. Según me ha ordenado usted,
fui al corral donde dejé nuestros cansados caballos, ensillé al Mono y
al Zopilote, que son estos dos, y me vine para aguardarle a V.
--Has hecho bien; adelante.
El aventurero y López se alejaron, atravesaron la desierta plaza, y
después de dar algunos rodeos, indudablemente con el propósito de
desorientar a los espías que tal vez les acechaban en medio de las
tinieblas, se encaminaron hacia el paseo Bucareli.
En Méjico, tan pronto cierra la noche, está prohibido, salvo permiso
que se obtiene muy difícilmente, transitar a caballo por las calles;
sin embargo, el aventurero se preocupaba poco, al parecer, con
semejante prohibición; a bien que su audacia estaba perfectamente
justificada por la aparente indiferencia de los celadores que en gran
número encontraban a su paso y les dejaban galopar a su antojo sin
hacer protesta alguna respecto del particular.
Una vez los dos jinetes estuvieron a bastante distancia del palacio de
la presidencia para no temer ya que les siguiesen, cada uno de ellos
sacó un antifaz negro de su bolsillo y se cubrió con él el rostro,
para evitar que aun en medio de la obscuridad pudiesen conocerles, y
luego anudaron la marcha, no deteniéndose hasta que hubieron llegado al
paseo Bucareli. Entonces el aventurero tendió a su alrededor una mirada
investigadora y dio un prolongado y agudo silbido.
Al punto y de la oquedad de una puerta se destacó una sombra, más bien
dicho, un hombre, que avanzó hasta el medio de la calle, donde se
detuvo sin proferir palabra.
--¿Pasó alguien por aquí durante los tres últimos cuartos de hora?
preguntó el aventurero.
--Sí y no, respondió lacónicamente el desconocido.
--Explícate.
--Vino un hombre que se detuvo delante de la casa que está a la derecha
de V., dio dos palmadas, y a poco se abrió una puerta, por la que salió
un peón conduciendo de la brida a un caballo pío y llevando sobarcada
una capa con vueltas encarnadas.
--¿Cómo pudiste enterarte de tales pormenores estando como está tan
oscura la noche?
--El peón traía una linterna. El hombre de que le hablé a V. le dio un
sofión por su imprudencia, de una manotada tiró por el suelo la luz, y
en pisoteándola se echó la capa sobre los hombros.
--¿Qué traje vestía el hombre ese?
--Uniforme de oficial superior de caballería.
--¿Qué más pasó?
--El militar entregó su sombrero de plumas al peón, el cual entró en
la casa para salir de nuevo y al instante trayendo un sombrero de piel
de vicuña con golilla de oro, un par de pistolas y un fusil; luego
calzó unas espuelas de plata al oficial, que tomó las armas, se puso el
sombrero, subió a caballo y emprendió la marcha.
--¿Qué dirección tomó?
--La de la plaza Mayor.
--¿Y el peón?
--Se metió otra vez en la casa.
--¿Estás seguro de que uno ni otro te vieron?
--Lo estoy.
--Está bien, vigila, y adiós.
--Adiós, repitió el desconocido perdiéndose en medio de las tinieblas.
El aventurero y su peón volvieron grupas, y a no tardar llegaron a la
plaza Mayor, que atravesaron sin detenerse.
Al parecer, don Jaime sabía qué dirección seguir, pues galopaba sin
perplejidades al través de las calles. Cuando llegó a la garita de San
Antonio, empezaban ya a entrar en la ciudad algunos hortelanos.
Al encontrarse no seis cientos pasos de la garita, en un sitio donde
el camino forma una encrucijada en cuyo centro se levanta una cruz
de piedra a la que afluyen seis carreteras bastante anchas pero mal
conservadas, el aventurero se detuvo nuevamente y dio otro silbido,
a cuyo son se levantó un hombre que estaba tendido al pie de la
mencionada cruz y que permaneció en actitud del que aguarda que le
interroguen.
--¿Ha pasado por aquí un sujeto montado en un caballo pío y tocado con
un sombrero con golilla de oro? preguntó el aventurero.
--Sí, señor, respondió el interpelado.
--¿Hace mucho tiempo?
--Una hora.
--¿Iba solo?
--Solo.
--¿Qué dirección tomó?
--Ésta, respondió el desconocido tendiendo el brazo hacia el segundo
camino de la izquierda.
--Perfectamente.
--¿Me voy con V.?
--¿Dónde está tu caballo?
--En un corral próximo a la garita.
--Lejos está; no puedo aguardarte. Vigila. Adiós.
--Vigilaré, repuso el desconocido tendiéndose nuevamente al pie de la
cruz.
Los dos jinetes anudaron su marcha.
--Realmente se dirige al Palo Quemado, dijo don Jaime; allá daremos con
él.
--Es probable, profirió López con la mayor impasibilidad; y hasta me
parece imposible que no lo haya yo adivinado más pronto.
Los dos jinetes galoparon por espacio de una hora, sin cruzar palabra,
y al final de ella percibieron a corta distancia una mole sombría cuyo
negro bulto se destacaba sobre la menos densa oscuridad del campo que
la rodeaba.
--Ahí el Palo Quemado, dijo don Jaime.
--Sí, repuso López.
Ambos avanzaron unos pasos más y se detuvieron.
De improviso un perro se puso a ladrar desaforadamente.
--¡Demonios! es preciso no detenernos, dijo el aventurero, ese maldito
animal nos delataría.
Los dos jinetes espolearon a sus monturas y partieron a escape.
Poco después los ladridos del perro degeneraron en sordos gruñidos y
por último el animal se calló del todo.
Los jinetes se detuvieron, y don Jaime se apeó y dijo a López:
--Oculta los caballos por ahí cerca y aguárdame.
López, que no era hablador, cumplió sin chistar las órdenes de su amo.
El cual después de haber inspeccionado sus armas con la mayor
escrupulosidad para en el probable caso de tener que servirse de
ellas estar seguro de que no le darían higa, se tendió en el suelo,
boca abajo, como un indio de las altas sabanas, y con movimiento
undulatorio, lento y casi imperceptible, avanzó hacía el rancho del
Palo Quemado, y poco antes de llegar a éste, vio lo que hasta entonces
no advirtiera, o si decimos unos diez o doce caballos arrendados y
gran número de hombres que, tendidos en el suelo, estaban durmiendo.
Inmóvil delante de la puerta del rancho y sin duda colocado en tal
sitio para velar por la seguridad general, había un hombre armado de
una larga lanza.
El aventurero se detuvo: la situación era peligrosa; fueren cuáles
fuesen los individuos reunidos en el rancho, no habían descuidado
precaución alguna para el caso en que hubieran querido sorprenderles.
Sin embargo, cuanto mayores parecían las dificultades, más comprendía
el aventurero la importancia del secreto que él anhelaba sorprender.
Por lo tanto y pese al inminente peligro que debiese arrostrar,
resolvió saber quiénes eran los miembros de aquella reunión clandestina
y por qué se habían congregado.
El lector conoce lo bastante al aventurero a quien le hemos dado a
conocer bajo distintos nombres, para adivinar que una vez resuelto a
seguir adelante no titubearía en hacerlo.
En efecto, don Jaime puso en obra su plan, pero redoblando la prudencia
y sobre todo las precauciones; no avanzando, por decirlo así, sino paso
a paso y arrastrándose con la silenciosa elasticidad de un reptil.
Lo que también hizo el aventurero, fue que en vez de dirigirse en
línea recta hacia el rancho, lo rodeó con objeto de cerciorarse de que
además del centinela colocado delante de la puerta no tenía que temer
verse descubierto por alguno que vigilase emboscado en la trasera del
edificio.
El aventurero que, según había previsto, notó que el rancho sólo
estaba vigilado en la parte delantera, se levantó y examinó los
alrededores cuanto se lo permitieron las tinieblas, y descubriendo
un corral, cerrado por un seto vivo, que se unía a la habitación, y
que al parecer estaba desierto, buscó una abertura por la cual poder
deslizarse al interior, lo que consiguió después de algunos minutos de
tanteo.
Don Jaime penetró pues en el corral, y siguiendo adelante arrimado al
seto, poco después llegó casi hasta el pie de la pared del rancho.
Lo que más admiraba a nuestro excursionista nocturno era que no hubiese
sido venteado y perseguido por el perro que por modo tan ruidoso
anunciara su llegada.
Ahí lo que había sucedido: los extranjeros reunidos en el rancho,
desasosegados por los ladridos del perro y temiendo que éstos no
revelasen su sospechosa presencia a los indios que en aquella hora
se encaminaban hacia la ciudad para vender sus mercaderías, habían
ordenado al ranchero que hiciese entrar al perro en el interior de su
casa y le encadenase en sitio bastante recóndito para que desde fuera
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