Debemos añadir que Carmela, a pesar de que conocía toda la extensión de
su poder, no abusaba de él, y que su mayor alegría consistía en verse
rodeada por aquellos tres corazones que le eran tan fieles.
Ahora que hemos dado ya estos datos, muy incompletos sin duda alguna,
pero los únicos que nos es posible suministrar, volveremos a tomar
nuestro relato en el punto en que lo dejamos en nuestro penúltimo
capítulo.
XIV.
LA CONDUCTA DE PLATA.
Volveremos ahora a la caravana que vimos salir de la venta del Potrero
al amanecer, y por cuyo jefe parecía que tanto se interesaba Carmela.
Este oficial era un joven de unos veinticinco años, de facciones finas
y distinguidas, de semblante audaz; llevaba con suprema elegancia el
uniforme brillante de capitán de dragones.
D. Juan Melendez de Góngora, aunque pertenecía a una de las familias
más nobles y más antiguas de Méjico, había querido deber tan solo a sí
mismo sus ascensos en el ejército, pretensión singular en un país en
que el honor militar es considerado casi como nada, y en donde solo
los grados superiores dan a los que los disfrutan una consideración
que, por parte de la población, es más bien efecto del miedo que de la
simpatía.
Sin embargo, D. Juan había perseverado en sus ideas excéntricas, y cada
grado que obtenía era, no la recompensa de un pronunciamiento bien
hecho en favor de tal o cual general ambicioso, sino el premio por
alguna acción brillante. D. Juan pertenecía a esa clase de verdaderos
mejicanos que aman realmente a su país, y que, celosos de su honra,
sueñan para él una rehabilitación, si no imposible, al menos, muy
difícil de conseguir.
Es tan grande la fuerza de la virtud, aún sobre las naturalezas
degeneradas, que el capitán don Juan Melendez de Góngora era respetado
por todos los hombres que se ponían en contacto con él, y aún por
aquellos que menos lo querían.
Por lo demás, la virtud del capitán nada tenía de austera ni exagerada;
era un militar franco, alegre, servicial, valiente como un león, y
siempre dispuesto a auxiliar, con su brazo o con su bolsillo, a todos
aquellos que a él recurrían, ya fuesen amigos o enemigos. He ahí como
era, física y moralmente considerado, el hombre que mandaba la escolta
y que había concedido su protección al fraile que cabalgaba al lado
suyo.
Este digno fraile, de quien ya hemos tenido ocasión de decir algunas
palabras, merece una descripción especial.
En cuanto a su físico, era un hombre de unos cincuenta años, casi tan
alto como ancho, bastante parecido a un tonel al cual se le hubiesen
puesto pies y cabeza, y sin embargo dotado de una fuerza y una agilidad
poco comunes; su nariz amoratada, sus labios abultados y su rostro
colorado le daban una fisonomía jovial a la que hacían aparecer
irónica y burlona dos ojillos grises y hundidos, llenos de fuego y de
resolución.
En cuanto a su parte moral, en nada se diferenciaba de la generalidad
de los frailes mejicanos, es decir, que era en extremo ignorante,
glotón, borracho, muy aficionado a mujeres, y supersticioso en sumo
grado; en fin, el mejor compañero de bromas que pudiera imaginarse,
ocupando bien su puesto en todas las reuniones y diciendo siempre algún
sabroso chiste.
¿Qué singular casualidad podía haberle llevado tan lejos hacia la
frontera? Esto era lo que nadie sabía y de lo que nadie se cuidaba,
pues todos conocían el carácter vagabundo de los frailes mejicanos que
pasan toda su vida corriendo de continuo de una parte para otra sin
objeto y sin interés alguno las más veces, y solo con arreglo a su
capricho.
En aquella época, el Tejas, reunido con la provincia de Coahuila,
formaba todavía un solo estado con el nombre de Tejas y Coahuila.
La caravana mandada por el capitán D. Juan Melendez había salido ocho
días antes de Nacogdoches para trasladarse a Méjico; solo que el
capitán, con arreglo a instrucciones que recibiera, había abandonado el
camino ordinario, que estaba inundado de gavillas de bandidos de todas
clases, y había dado un gran rodeo para evitar ciertos pasos peligrosos
de la sierra de San Sabas, que sin embargo tenía que cruzar, pero por
la parte de las praderas altas, es decir, por el sitio en que las
elevadas mesetas, bajándose gradualmente, no ofrecen ya esos accidentes
de terreno tan temibles para los viajeros.
Preciso era que las diez mulas escolladas por el capitán estuviesen
cargadas con una mercancía muy preciosa para que el gobierno federal, a
pesar de las pocas tropas que tenía en el Estado, se hubiese decidido
a hacerlas acompañar por cuarenta dragones mandados por un oficial
tan afamado como D. Juan, cuya presencia en aquellas circunstancias,
sin duda alguna habría sido muy necesaria, si no indispensable, en
el interior del Estado, para reprimirlas tentativas revolucionarias y
mantener a los habitantes en la senda del deber.
En efecto, aquellas mercancías eran muy preciosas: aquellas mulas
conducían tres millones de duros que de seguro habrían sido una buena
presa para los insurgentes si hubiesen caído en sus manos.
Estaba ya lejano el tiempo en que, bajo la dominación de los virreyes,
el pabellón español, enarbolado a la cabeza de un convoy de cincuenta
o sesenta mulas cargadas de oro, bastaba para proteger eficazmente
una conducta de dinero y hacerla atravesar sin el más leve riesgo el
territorio de Méjico en toda su anchura; tan grande era el terror
inspirado por el solo nombre de la España.
A la sazón no eran ciento, ni siquiera sesenta mulas, sino solo diez
las que cuarenta hombres resueltos parecía que no habían de bastar para
proteger.
El gobierno había juzgado oportuno emplear la mayor prudencia para
expedir aquella conducta de dinero, esperada en Méjico hacia mucho
tiempo; habíase guardado el más profundo silencio acerca del día y la
hora de la partida y del camino por donde se dirigiría.
Los fardos fueron hechos de modo que ocultaban lo mejor posible el
género de mercancía que contenían; las mulas, enviadas una después de
otra en medio del día, y confiadas únicamente a sus arrieros, solo a
quince leguas de la ciudad se habían reunido con la escolta que, bajo
un pretexto plausible, hacía un mes que estaba acantonada en un antiguo
presidio.
Así pues, todo se había previsto y calculado con el mayor esmero y la
mayor inteligencia para hacer llegar con seguridad aquella mercancía
preciosa; los arrieros, que eran los únicos que conocían el valor de su
cargamento, tenían buen cuidado de no revelar el secreto, puesto que lo
poco que poseían servía de fianza para la seguridad de su flete, y para
ellos era cuestión de verse completamente arruinados si los robaban en
el camino.
La conducta de plata avanzaba en el mejor orden al ruido del esquilón
de la -nena-: los arrieros cantaban alegremente arreando a cada momento
a sus mulas.
Las banderolas de las largas lanzas de los dragones flotaban con
gracia, agitadas por la matutina brisa, y el capitán escuchaba con
indiferencia la charla del fraile, al paso que de vez en cuando dirigía
a la desierta llanura una mirada escudriñadora.
--Vamos, vamos, fray Antonio, dijo a su obeso compañero, ahora ya no
debe V. sentir el haberse puesto en camino tan temprano; la mañana está
magnífica, y todo nos anuncia un buen día.
--Sí, sí, respondió el fraile riendo, gracias a Nuestra Señora de la
Soledad, Señor Capitán, estamos en las mejores condiciones que pueden
imaginarse para hacer un viaje.
--Vaya, me alegro de ver a V. tan contento; temí que el despertar algo
brusco de esta mañana le hubiese puesto de mal humor.
--¡A mí! Válgame Dios, Señor Capitán, respondió el fraile con fingida
humildad, nosotros, indignos miembros de la Iglesia, debemos someternos
sin murmurar a todas las tribulaciones que el Señor tenga a bien
enviarnos, y luego la vida es tan corta, que más vale no ver más que su
lado bueno, a fin de no perder en vanos pesares los pocos momentos de
alegría a que podemos tener derecho.
--¡Bravo! He ahí una filosofía que me gusta. Es V. un buen compañero,
padre, y espero que viajaremos mucho tiempo juntos.
--Eso dependerá algún tanto de V., Señor Capitán.
--¡De mí! ¿Cómo es eso?
--¡Pardiez! Será según la dirección que se proponga V. seguir.
--¡Ya! dijo D. Juan; ¿pues hacia dónde va usted, padre?
Esta antigua táctica de responder a una pregunta con otra es excelente,
y casi siempre da buen resultado. Esta vez el fraile quedó cogido;
pero, siguiendo la costumbre de sus colegas, su respuesta fue lo que
debía ser, es decir, evasiva.
--¡Oh! Para mí, dijo con fingida indiferencia, todos los caminos son
casi iguales; mi hábito me asegura buena cara y buena acogida en todos
los puntos a donde la casualidad me lleve.
--Es verdad, y por lo mismo debe sorprenderme la pregunta que me
dirigió V. hace un momento.
--¡Oh! No merece la pena de que piense V. en eso, Señor Capitán;
sentiría en el alma haberle incomodado, y le pido humildemente que me
dispense.
--No me ha incomodado V. en manera alguna, padre; ninguna razón tengo
para ocultar el camino que me propongo seguir; esa recua de mulas que
voy escoltando no me interesa lo más mínimo; mañana o pasado, a más
tardar, pienso separarme de ella.
El fraile no pudo reprimir un gesto de sorpresa.
--¡Ah! ¿De veras? dijo lanzando una mirada penetrante a su interlocutor.
--Sí por cierto, continuó diciendo con indiferencia el capitán; esos
pobres hombres me han rogado que les acompañe durante algunos días, por
temor de las gavillas que infestan los caminos. Según parece, llevan
mercancías de bastante valor y no les gustaría ser robados.
--¡Ya lo creo!
--Así pues, no he querido negarles ese favor insignificante que no me
causaba sino muy poca molestia; pero tan luego como se juzguen seguros,
los abandonaré para internarme en las praderas con arreglo a las
instrucciones que he recibido, porque ya sabe V. que los indios bravos
comienzan a agitarse.
--No, no lo sabía.
--Pues sí, así sucede. He ahí una ocasión magnífica que se le presenta
a V., fray Antonio; no debe desperdiciarla.
--¡Que se me presenta una ocasión magnífica! repuso el fraile con
sorpresa; ¿quiere V. decirme cuál es, Señor Capitán?
--La de predicar a los infieles y enseñarles las dogmas de nuestra
santa fe, dijo D. Juan con imperturbable sangre fría.
Al oír tan, singular proposición, el fraile hizo una mueca espantosa, y
dando un estallido con los dedos, exclamó:
--¡Vaya al diablo la ocasión! Quédese para otros necios, que yo no
tengo la más leve vocación para el martirio.
--Como V. padre; y sin embargo, hace V. mal.
--Es muy posible, Señor Capitán; pero lléveme el diablo si le acompaño
a V. a ver esos perros infieles; dentro de dos días me separo de V.
--¿Tan pronto?
--¡Ya lo creo! Puesto que se dirige V. a las praderas y abandonará a la
recua que va escoltando en el rancho de San Jacinto, que es el último
punto de las posesiones mejicanas en la frontera del desierto.
--Es muy probable.
--Pues bien, yo continuaré caminando con los arrieros; como entonces
habremos pasado ya todos los sitios peligrosos, nada tendré que temer,
y mi viaje continuará de la manera más agradable que puede imaginarse.
--¡Ah! dijo el capitán dirigiéndole una mirada penetrante.
Pero no pudo continuar esta conversación, que parecía interesarle
mucho, porque un jinete de la vanguardia llegó a rienda suelta, se paró
junto a él, y acercándose a su oído, le dijo algunas palabras en voz
baja.
El capitán dirigió en torno suyo una mirada investigadora, se afirmó
en la silla, y dirigiéndose al soldado, dijo:
--Está bien. ¿Cuántos son?
--Dos, mi Capitán.
--Vigílelos V., aunque sin dejarles sospechar que van prisioneros;
cuando lleguemos al primer alto los interrogaré. Vaya V. a reunirse con
sus compañeros.
El soldado se inclinó respetuosamente sin responder, y se alejó al
mismo paso con que había llegado.
Hacía mucho tiempo que el capitán Melendez había acostumbrado a sus
subordinados a no discutir sus órdenes y a obedecerlas sin vacilar.
Hacemos notar este hecho, porque es muy raro en Méjico, en donde la
disciplina militar es casi nula y la subordinación casi desconocida.
D. Juan mandó a la escolta que estrechase sus filas y apresurase el
paso.
El fraile había visto con secreta inquietud el coloquio que medió entre
el oficial y el soldado, y del cual no pudo coger ni una palabra.
Cuando el capitán, después de vigilar atentamente la ejecución de las
órdenes que había dado, volvió a ocupar su puesto junto a fray Antonio,
este intentó chancearse acerca de lo que acababa de suceder y de la
expresión de gravedad que había oscurecido repentinamente el semblante
del oficial.
--¡Oh! ¡Oh! le dijo lanzando una carcajada ruidosa, ¡qué mal humorado
está V., Capitán! ¿Ha visto V. volar tres búhos por su derecha? Los
paganos aseguran que es mal presagio.
--¡Puede ser! respondió el capitán con sequedad.
El tono con que fueron pronunciadas estas palabras nada tenía de
amable ni amistoso, y el fraile comprendió que toda conversación sería
imposible en aquel momento. Se dio por advertido, se mordió los labios
y continuó caminando silencioso al lado de su compañero.
Una hora después llegaron al sitio en que debían acampar; ni el oficial
ni el fraile habían pronunciado una palabra: solo que, a medida que se
acercaban al paraje designado para hacer alto, uno y otro parecía que
iban estando más inquietos.
XV.
EL ALTO.
En el momento en que la caravana llegaba al sitio designado para hacer
alto, el sol había desaparecido por completo en el horizonte.
Aquel paraje, situado en la cumbre de una colina bastante escarpada,
había sido elegido con esa sagacidad que distingue a los arrieros del
Tejas o de Méjico; toda sorpresa era imposible, y los árboles seculares
que guarnecían la cresta de la colina podían ofrecer seguro abrigo
contra las balas en caso de un ataque.
Las mulas fueron descargadas; pero contra el uso consagrado en tales
casos, los fardos, en vez de servir de parapeto o atrincheramiento al
campamento, fueron amontonados y colocados fuera del alcance de los
merodeadores que la casualidad o la codicia pudiesen atraer hacia
aquella parte cuando fuesen más densas las tinieblas.
Encendiéronse en círculo siete u ocho hogueras grandes para alejar a
las fieras; las mulas recibieron su ración de maíz sobre unas mantas
tendidas en el suelo. Después, tan luego como se hubieron colocado los
centinelas en torno del campamento, los soldados y los arrieros se
ocuparon con actividad en preparar una cena frugal que las fatigas del
día hacían necesaria.
El capitán Melendez y el fraile, un poco retirados y colocados junto a
una hoguera encendida expresamente para ellos, comenzaron a fumar sus
pajillas, mientras que el asistente del oficial preparaba a toda prisa
la cena para su amo, cena que, debemos confesarlo, era tan sencilla
como la de los demás individuos de la caravana, pero que el hambre
tenía el privilegio de hacer que fuese, no solo apetitosa, sino también
casi suculenta, a pesar de que solo se componía de algunas lonchas de
tocino y de cuatro o cinco galletas.
El capitán terminó muy luego su cena. Se levantó, y como había
anochecido por completo, fue a recorrer los centinelas para cerciorarse
de que todo estaba en orden. Cuando hubo vuelto a ocupar su puesto
junto al fuego, fray Antonio, con los pies hacia la lumbre y
cuidadosamente envuelto en su mullido zarapé, dormía o al menos así lo
parecía.
D. Juan le examinó un instante con una expresión indescriptible de
odio y de desprecio, movió la cabeza dos o tres veces con aspecto
meditabundo, y llamando a su asistente que estaba de pie a pocos pasos
de él aguardando sus órdenes, le mandó que los dos prisioneros fuesen
conducidos a su presencia.
Estos prisioneros habían sido mantenidos hasta entonces en un sitio
apartado. Aunque se les trataba con suma consideración, les fue fácil
observar que se les custodiaba y vigilaba con el mayor cuidado; sin
embargo, ya fuese porque no les importase, o por cualquiera otra causa,
no dieron a entender que comprendiesen se les detenía como cautivos,
porque les habían dejado sus armas; y al ver sus formas musculosas y
sus facciones enérgicas, a pesar de que los dos tenían ya una edad
provecta, era de suponer que cuando llegase el momento en que quisiesen
recobrar su libertad, serían hombres muy capaces de reconquistarla por
la fuerza.
Sin hacer observación alguna siguieron al asistente del jefe, y muy
luego se hallaron delante de este.
La noche estaba oscura; pero las llamas de la hoguera derramaban una
claridad bastante viva para iluminar el rostro de los dos hombres.
Al verlos, D. Juan no pudo contener un gesto de sorpresa; entonces
uno de los prisioneros se puso con viveza un dedo en los labios para
encomendarle la prudencia, y con una ojeada le designó al fraile
tendido cerca de ellos.
El capitán comprendió aquel aviso silencioso, al cual contestó con una
leve inclinación cabeza, y fingiendo la mayor indiferencia, se puso a
liar un cigarrillo y dijo:
--¿Quiénes son VV.?
--Unos cazadores, respondió uno de los prisioneros sin vacilar.
--Hace algunas horas se les encontró a VV. parados en la orilla del río.
--Es cierto.
--¿Qué hacían VV. allí?
El prisionero dirigió en torno suyo una mirada investigadora, y luego,
fijando de nuevo los ojos en su interlocutor, dijo:
--Antes de seguir contestando a las preguntas de V., desearía dirigirle
una a mi vez.
--¿Cuál es?
--¿Con qué derecho me interroga V.?
--Mire V. en torno suyo, respondió el capitán con ironía.
--Sí, entiendo, con el derecho de la fuerza, ¿verdad? Desgraciadamente
ese derecho no le reconozco yo. Soy un cazador libre, no reconozco
ningún dueño ni más ley que mi voluntad.
--¡Hola! ¡Hola! compañero, ¡muy orgulloso es su lenguaje!
--Es él de un hombre acostumbrado a no doblegarse ante ningún poder
arbitrario; para apoderarse de mí ha abusado V., no de su fuerza,
porque sus soldados me habrían muerto antes que obligarme a seguirles
si tal no hubiese sido mi intención, sino de la facilidad con que me
fie de ellos; así pues, protesto ante V. y reclamo que inmediatamente
se me ponga en libertad.
--Las palabras altaneras de V. no me imponen en manera alguna; y si se
me antojase hacerle a V. hablar, sabría obligarle a ello por medio de
ciertos argumentos irresistibles que tengo a mi disposición.
--Sí, dijo el prisionero con amargura, los mejicanos se acuerdan de sus
antepasados los españoles, y en caso necesario saben echar mano del
tormento. Pues bien, inténtelo V., Capitán, ¿quién se lo impide? Espero
que mis pobres canas no flaquearán ante el juvenil bigote de V.
--Dejemos eso, exclamó el capitán en tono de mal humor; si yo le
permitiese a V. marcharse, ¿libertaría a un amigo o a un enemigo?
--Ni lo uno ni lo otro.
--¡Calle! ¿Qué quiere V. decir?
--Me parece que mi respuesta es muy clara.
--Sin embargo, no la entiendo.
--Se la explicaré a V. en dos palabras.
--Hable V.
--Colocados ambos en posiciones diametralmente opuestas, la casualidad
se ha complacido hoy en reunirnos. Si ahora nos separamos, no
llevaremos en nuestros corazones ningún sentimiento de odio como
resultado de nuestro encuentro, puesto que ninguno de nosotros habrá
tenido motivo de queja del otro, y que probablemente no volveremos a
vernos.
--¡Ya! Sin embargo, es evidente que cuando mis soldados les
encontraron, aguardaban VV. a alguien en este camino.
--¿Por qué cree V. eso?
--¡Pardiez! Según V. me ha dicho, son VV. cazadores, y no veo la caza
que podían encontrar en la orilla del camino.
El prisionero se echó a reír, y marcando intencionalmente sus palabras,
repuso:
--¿Quién sabe? Acaso acechábamos una caza más preciosa de lo que V.
imagina y de la que querría V. tener su parte.
El fraile hizo un movimiento leve y abrió los ojos como si despertase
en aquel momento.
--Calle, dijo dirigiéndose al capitán y conteniendo un bostezo, ¿no
duerme V., Señor Don Juan?
--Todavía no, respondió este; estoy interrogando a los dos hombres de
que se apoderó mi vanguardia hace algunas horas.
--¡Ah! dijo el fraile dirigiendo a los desconocidos una mirada
desdeñosa, me parece que esos pobres diablos no son muy temibles.
--¿De veras?
--No sé; pero ¿qué puede V. recelar de esos dos hombres?
--¡Eh! Quizás sean espías.
Fray Antonio se revistió de un aire paternal y replicó:
--¡Espías! ¿Teme V. acaso una emboscada?
--En las circunstancias en que nos encontramos, creo que esa suposición
no sería muy inverosímil.
--¡Bah! En un país como éste y con una escolta como la que V. lleva
bajo sus órdenes, sería cosa extraordinaria; además, según he oído
decir, esos dos hombres se han dejado coger sin la menor resistencia,
cuando les habría sido tan fácil escaparse.
--Es verdad.
--Por lo tanto es evidente que ninguna mala intención abrigaban. Si yo
me hallase en lugar de V., les dejaría que se marchasen a donde mejor
les pareciese.
--¿Es esa la opinión de V.?
--Sí por cierto.
--Mucho parece que se interesa V. por esos dos desconocidos.
--Nada de eso: digo a V. lo que me parece justo, y nada más. Ahora obre
V. como se le antoje, que yo me lavo las manos.
--Quizás tenga V. razón. Sin embargo, no pondré en libertad a estos dos
individuos, hasta tanto que me hayan dicho el nombre de la persona a
quien aguardaban.
--¿Aguardaban a alguien acaso?
--Al menos así lo dicen.
--Es verdad, Capitán, repuso el prisionero que había hablado hasta
entonces; pero, aunque sabíamos que V. venía, no era a V. a quien
esperábamos.
--Pues entonces ¿a quién era?
--¿Tiene V. absoluto empeño en saberlo?
--Sí por cierto.
--Pues entonces responda V., fray Antonio, dijo el prisionero en tono
zumbón; porque solo V. puede revelar el nombre que el señor capitán nos
exige.
--¡Yo! exclamó el fraile dando un salto, lleno de cólera y poniéndose
pálido como un cadáver.
--¡Hola! ¡Hola! dijo el capitán volviéndose hacia él, esto comienza a
ser interesante.
Era un espectáculo singular el que ofrecían aquellos cuatro hombres
de pie y frente a frente, en torno de aquella hoguera cuyas llamas
iluminaban sus rostros con reflejos fantásticos.
El capitán fumaba indolentemente su cigarrillo de papel, mirando con
expresión burlona, al fraile en cuyo rostro sostenían el miedo y
el descaro una lucha cuyas peripecias todas era fácil seguir. Los
dos cazadores, con las manos cruzadas sobre el extremo del cañón
de sus largos rifles, se sonreían con sorna y parecía que gozaban
interiormente con el embarazo y confusión del hombre a quien acababan
de poner en escena de una manera tan brusca y brutal.
--Vamos, no se muestre tan sorprendido, fray Antonio, dijo por fin el
prisionero, pues bien sabe V. que a V. era a quien esperábamos.
--¡A mí! repuso el fraile con voz ahogada, ¡por mi alma que ese
miserable está loco!
--No estoy loco, padre, y puede V. ahorrarse los epítetos con que se
complace en regalarme el oído, respondió el prisionero con sequedad.
--Vamos, resígnese V., dijo brutalmente el cazador que hasta entonces
había permanecido silencioso. No tengo ganas de bailar en el extremo de
una cuerda por darle a V. gusto.
--Lo cual sucederá sin duda alguna, observó tranquilamente el capitán,
si VV. no se deciden, Señores, a darme una explicación clara y
categórica acerca de su conducta.
--¡Eh! Ya lo ve V., fray Antonio, replicó el prisionero; la posición
principia a ser escabrosa para nosotros. Vamos, haga V. bien las cosas.
--¡Oh! exclamó el fraile ciego de rabia, ¡he caído en un lazo terrible!
--¡Basta! dijo el capitán con voz fuerte; está farsa ha durado
ya demasiado, fray Antonio. No es V. quien ha caído en un lazo
horrible; por el contrario, a mí era a quien quería V. poner en ese
caso: hace mucho tiempo que conozco a V. y tengo los pormenores más
circunstanciados acerca de sus proyectos. Era una partida peligrosa
la que estaba V. jugando hace mucho tiempo; no se puede servir a la
vez a Dios y al diablo sin que al fin y a la postre se descubra todo.
Únicamente he querido carear a V. con estas buenas gentes a fin de
confundirle y arrancarle la hipócrita máscara con que se encubre.
Al oír este rudo apostrofe, el fraile se quedó cortado por un momento,
doblegado ante la evidencia de los cargos que se le dirigían; al fin
levantó la cabeza, y volviéndose hacia el capitán, le dijo con tono
altanero:
--¿De qué se me acusa?
D. Juan se sonrió con desprecio, y respondió:
--Se le acusa a V. de haber querido hacer caer la conducta de plata
confiada a mi cuidado en una emboscada preparada por V., y en la que
en este momento nos aguardan sus dignos secuaces para robarnos y
asesinarnos. ¿Qué responde V. a eso?
--¡Nada! dijo el fraile con sequedad.
--Hace V. bien, porque sus negativas no serían aceptadas. Solo que,
ahora que está V. confeso y convicto, no se me escapará sin que le deje
un recuerdo eterno de nuestro encuentro.
--Cuidado con lo que va V. a hacer, Señor Capitán, que pertenezco a la
Iglesia, y este hábito me hace ser inviolable.
Una sonrisa burlona arqueó los labios del capitán, y dijo en tono
irónico:
--No quede por eso: le quitarán a V. el hábito.
La mayor parte de los soldados y los arrieros, despertados por las
voces que daban el fraile y el oficial, se habían ido acercando poco a
poco, y seguían atentamente el curso de la discusión.
El capitán señaló al fraile con el dedo, y dirigiéndose a los soldados,
les dijo:
--Quiten VV. el hábito a ese hombre, átenle a un árbol y aplíquenle
doscientos chicotazos.
--¡Miserables! gritó el fraile fuera de sí, a aquel de vosotros que
se atreva a tocarme le maldigo: ¡por haber puesto la mano sobre un
ministro del altar, estará condenado eternamente!
Los soldados se detuvieron asustados ante este anatema.
El fraile se cruzó de brazos, y desafiando al oficial con aspecto
triunfante, le dijo:
--¡Desventurado insensato! Podría castigarte por tu audacia, pero te
perdono. Dios se encargará de mi venganza. Él será quien te castigue
cuando haya sonado la hora. Adiós. ¡Vamos! Abridme camino, vosotros.
Los dragones, confundidos y atemorizados, se apartaron lentamente y
vacilando ante él; el capitán, obligado a reconocer su impotencia,
apretaba los puños y dirigía miradas coléricas en torno suyo.
El fraile había salido casi de entre las filas de los soldados cuando
de pronto sintió que le detenían de un brazo; se volvió con la
intención evidente de reprender severamente al individuo bastante audaz
para atreverse a tocarle; pero la expresión de su rostro varió de
improviso al conocer al que le detenía mirándole con aspecto burlón,
pues no era sino el prisionero desconocido, causa primera del insulto
que se le había inferido.
--Aguarde V. un momento, padre, dijo el cazador. Comprendo que esos
hombres, que son católicos, teman la maldición de V. y no se atrevan
a ponerle la mano encima por miedo a las llamas eternas; pero yo, es
muy diferente; soy hereje, como V. sabe, y por lo tanto nada aventuro
desembarazándole de su hábito. Así pues, si V. lo permite, voy a
hacerle ese pequeño favor.
--¡Oh! dijo el fraile rechinando los dientes, ¡te mataré, John; te
mataré, miserable!
--¡Bah! ¡Bah! La gente amenazada vive mucho tiempo, repuso John
obligándole a despojarse del hábito de fraile que vestía.
Después añadió:
--¡Eso es! Ahora, amigos míos, podéis ejecutar con entera seguridad las
órdenes de vuestro capitán: ese hombre es ya, para vosotros, lo mismo
que cualquier otro.
La acción atrevida del cazador había roto súbitamente el encanto que
contenía a los soldados. Tan luego como el temido hábito dejó de cubrir
los hombros del fraile, sin escuchar ya los ruegos ni las amenazas se
apoderaron del reo, a pesar de sus gritos le ataron con solidez a un
árbol, y le administraron concienzudamente los doscientos chicotazos
decretados por el capitán, mientras que los cazadores presenciaban la
ejecución, contando con sorna los golpes y riéndose a carcajadas al
ver las contorsiones del miserable a quien el dolor hacía retorcerse
como una serpiente.
Al llegar al latigazo ciento veintiocho, el fraile calló: el sistema
nervioso, completamente trastornado, le dejó insensible; sin embargo
no se había desmayado, sus dientes estaban apretados, una espuma
blanquecina se escapaba de sus labios; miraba con fijeza delante de sí
sin ver, sin dar más pruebas de que existía que los profundos suspiros
que de vez en cuando agitaban su poderoso pecho.
Cuando se hubo concluido la ejecución y le desataron, cayó y permaneció
en el suelo como una masa inerte.
Le volvieron a poner su hábito y le dejaron allí, sin cuidarse de lo
que pudiese acontecerle.
Los dos cazadores se habían alejado después de hablar algunos instantes
en voz baja con el capitán.
El resto de la noche trascurrió sin incidente alguno.
Algunos minutos antes de salir el sol, los soldados y los arrieros se
levantaron para cargar las mulas y preparar lo todo para continuar el
viaje. Luego se dio la orden para ponerse en marcha.
--¿Dónde está el fraile? exclamó de pronto el capitán; no podemos
abandonarle así. Tenderle sobre una mula, y le dejaremos en el primer
rancho que encontremos.
Los soldadas se apresuraron a obedecer y a buscar a fray Antonio; pero
todas las pesquisas fueron inútiles: había desaparecido sin dejar
rastro alguno de su fuga.
D. Juan frunció el entrecejo al recibir esta noticia; pero después
de un momento de reflexión, movió la cabeza a uno y otro lado con
indiferencia y dijo:
--Me alegro, porque nos hubiera estorbado en el camino.
La conducta de plata se puso en marcha y continuó su viaje.
XVI.
RESUMEN POLÍTICO.
Antes de ir más lejos, diremos en pocas palabras cual era la situación
política de Tejas en el momento en que pasa la historia que hemos
acometido la empresa de referir.
Desde el tiempo de la dominación española los habitantes de Tejas
revindicaron su libertad con las armas en la mano; pero después de
varios triunfos y reveses, fueron definitivamente derrotados en la
batalla de Medina, dada el 15 de agosto de 1813, fecha nefasta, por el
coronel Arredondo, jefe del regimiento de Extremadura, al cual se había
agregado la milicia del estado de Coahuila. Desde aquella época hasta
la segunda revolución mejicana, el Tejas permaneció humillado bajo el
intolerable yugo del régimen militar, y entregado sin defensa a los
incesantes ataques de los indios Comanches.
En varias ocasiones habían formulado pretensiones los Estados Unidos
respecto de aquel país, sosteniendo que las fronteras naturales de
Méjico y de la confederación eran el Río Bravo. Pero obligados en 1819
a reconocer ostensiblemente que sus pretensiones eran infundadas,
buscaron un medio indirecto para apoderarse de aquel rico territorio y
enclavarle en sus fronteras.
Entonces fue cuando desplegaron esa política astuta y pacientemente
maquiavélica que al fin había de hacerles triunfar.
En 1821, los primeros emigrados americanos hicieron su aparición
tímidamente y casi de incógnito en los -brazos-, desmontando las
tierras, colonizando a la sordina, y tornándose en pocos años tan
poderosos que en 1824 habían hecho ya progresos bastante grandes para
formar una masa compacta de cerca de cincuenta mil individuos. Los
mejicanos, ocupados incesantemente en luchar unos contra otros en sus
interminables guerras civiles, no comprendieron la trascendencia de la
emigración americana que ellos mismos habían estimulado en su principio.
Apenas habían trascurrido ocho años desde la llegada de los primeros
americanos a Tejas, y ya éstos componían casi toda su población.
El gabinete de Washington no ocultaba ya sus proyectos y hablaba
claramente de comprar a Méjico el territorio de Tejas, en el cual había
desaparecido casi por completo el elemento español para ceder el puesto
al espíritu emprendedor y mercantil de los anglo-sajones.
El gobierno mejicano, despertando por fin de su prolongado letargo,
comprendió el peligro que le amenazaba de la doble invasión de los
habitantes del Misuri y del Tejas en el estado de Santa Fe. Quiso
contener la emigración americana; pero era demasiado tarde: la ley
promulgada por el congreso de Méjico fue impotente, y no se detuvo
la colonización a pesar de los puestos mejicanos diseminados por la
frontera, y encargados de detener a los emigrados y obligarles a
retroceder.
El general Bustamante, presidente de la república, comprendiendo
que muy pronto tendría que luchar con los americanos, se preparó
silenciosamente para el combate, y bajo diferentes pretextos fue
dirigiendo al Río Rojo y a la Sabina varios cuerpos de tropas que no
tardaron en formar un contingente de mil doscientos hombres.
Sin embargo, todo estaba tranquilo en la apariencia; nada hacía prever
la época en que comenzaría la lucha, cuando una perfidia del gobernador
de las provincias orientales la hizo estallar de repente en el momento
en que menos se pensaba.
He aquí el hecho:
El comandante de Anáhuac, sin ningún motivo plausible, mandó arrestar y
meter en la cárcel a varios colonos americanos.
Los habitantes de Tejas habían aguantado hasta entonces, sin quejarse,
las innumerables vejaciones que les hacían sufrir los oficiales
mejicanos; pero al ver este último abuso de fuerza, se alzaron como
de común acuerdo y se presentaron armados delante del comandante,
exigiendo con amenazas y gritos de cólera que inmediatamente se
pusiese en libertad a sus conciudadanos.
El comandante, harto débil para resistirse abiertamente, fingió
conceder lo que le pedían; pero hizo presente que necesitaba dos días
para llenar cierta formalidad y poner a cubierto su responsabilidad.
Los insurgentes accedieron a concederle aquel plazo; y el oficial
lo aprovechó para hacer que a toda prisa acudiese a auxiliarle la
guarnición de Nacogdoches.
Esta guarnición llegó en el momento en que los insurgentes, fiando en
la palabra del gobernador, se retiraban a sus casas.
Furiosos por haber sido burlados tan pérfidamente, volvieron atrás e
hicieron una demostración tan enérgica, que el oficial mejicano se
consideró muy dichoso con evitar el combate y restituir los prisioneros.
En este intermedio, un pronunciamiento hecho en favor de Santa Anna
derribó del poder al general Bustamante a los gritos de «¡Viva la
Federación!»
Lo que más temía Tejas era el sistema del centralismo, del cual nunca
habría obtenido su reconocimiento como Estado separado, y por lo tanto
la población de Tejas se mostró unánime en favor del federalismo.
Los colonos se sublevaron, y uniéndose a los insurgentes de Anáhuac,
que aún estaban con las armas en la mano, marcharon resueltamente sobre
el fuerte Velasco, al cual pusieron sitio.
El grito seguía siendo «¡Viva la Federación!» pero esta vez ocultaba
el grito de «¡Viva la Independencia!» que los de Tejas, harto
débiles, no se atrevían a lanzar aún.
El fuerte Velasco estaba defendido por una reducida guarnición
mejicana, mandada por el valiente oficial llamado Ugartechea.
En aquel sitio extraordinario, en el que los sitiadores no respondían
a los cañonazos de la fortaleza sino con tiros de carabina, los de
Tejas y los mejicanos hicieron prodigios de valor, y mostraron inaudito
encarnizamiento.
Los colonos, diestros tiradores, emboscados detrás de enormes
trincheras, tiraban como al blanco y cortaban a balazos las manos de
los artilleros mejicanos cada vez que se disponían a cargar sus piezas.
A tal extremo llegaron las cosas, que el comandante Ugartechea, viendo
caer mutilados a sus soldados más valientes, se sacrificó y él mismo
puso manos a la obra. Los de Tejas, que cien veces hubieran podido dar
muerte al valeroso comandante, sorprendidos al ver tan heroico valor,
cesaron el fuego, y Ugartechea se rindió por fin, renunciando a una
defensa que era ya imposible.
Este triunfo llenó de júbilo a los colonos; pero Santa Anna no se dejó
engañar por el objeto de la insurrección de Tejas; comprendió que el
federalismo encubría un movimiento revolucionario muy pronunciado;
y lejos de fiarse de las apariencias de adhesión de los colonos, en
cuanto su poder se hubo consolidado lo suficiente para permitirle obrar
con energía contra ellos, despachó a toda prisa al coronel Mejía con
cuatrocientos hombres para que restableciese en Tejas la autoridad
mejicana ya muy debilitada.
Después de muchas vacilaciones y manejos diplomáticos, sin resultado
posible entre gentes cuya arma principal por ambas partes era la
perfidia, estalló por fin la guerra con furor; se organizó en San
Felipe una comisión permanente de seguridad pública, y se llamó al
pueblo a tomar parte en la lucha.
Sin embargo, la guerra civil no había estallado todavía oficialmente,
cuando al fin apareció el hombre que debía decidir la suerte de Tejas y
a quien estaba reservada la gloria de hacerle ser libre: nos referimos
a Samuel Houston.
Desde aquel momento la insurrección tímida y circunscrita de Tejas se
convertía en una revolución. Sin embargo, en la apariencia el gobierno
mejicano seguía siendo dueño legítimo del país, y a los colonos
naturalmente se les denominaba insurgentes y se les trataba como tales
cuando caían en manos de sus enemigos, lo cual equivale a decir, que
sin ninguna forma de proceso se les ahorcaba, ahogaba o fusilaba, según
el sitio en que eran cogidos se prestaba a uno de estos tres géneros de
muerte.
En el día en que comienza nuestra historia habían llegado a su colmo la
exasperación contra los mejicanos y el entusiasmo por la noble causa de
la independencia.
Unas tres semanas antes había tenido efecto un encuentro formal entre
la guarnición de Bejar y un destacamento de voluntarios de Tejas
mandado por Austin, que era uno de los jefes más afamados de los
insurgentes; los colonos, no obstante su ignorancia de la táctica
militar y su inferioridad numérica, se batieron con tanto valor y
manejaron tan bien su único cañón, que las tropas mejicanas, después
de haber sufrido pérdidas muy graves, se vieron obligadas a retirarse
precipitadamente sobre Bejar.
Este encuentro fue el primero que verificó en el oeste de Tejas
después de la toma del fuerte de Velasco, y decidió el movimiento
revolucionario, el cual se comunicó con la rapidez con que se incendia
un rastro de pólvora.
Entonces en todas partes alzaron tropas las ciudades para unirse al
ejército libertador, la resistencia se organizó en grande escala, y
algunos jefes de partida audaces comenzaron a recorrer el territorio en
todas direcciones, haciendo la guerra por su cuenta y sirviendo a su
manera la causa que abrazaban y que suponían defender.
El capitán D. Juan Melendez, rodeado por todas partes de enemigos tanto
más temibles cuanto que le era imposible conocer su número y adivinar
sus movimientos, encargado de una misión en extremo delicada, teniendo
a cada paso el presentimiento de una traición que le amenazaba sin
cesar, sin saber donde, como, ni cuando caería sobre él, tenía que
emplear precauciones extremas y una severidad implacable si quería
conducir a buen puerto la carga preciosa que le estaba confiada; por
eso no vaciló ante la necesidad de imponer un castigo ejemplar a fray
Antonio.
Hacía ya mucho tiempo, que pesaban graves sospechas sobre el fraile;
su conducta ambigua había producido inquietud y dado margen a sospechas
nada favorables para su honradez.
D. Juan; se había, propuesto aclarar sus dudas en la primera ocasión
que se le presentase. Ya hemos dicho de qué modo lo logró haciendo una
contra-mina, es decir haciendo espiar al espía por otros más diestros
que él, y colándole casi in fraganti.
Sin embargo, debemos hacer al digno fraile la justicia de decir
que para nada entraba la política en su modo de proceder; no, sus
pensamientos no se elevaban a tanta altura: sabiendo que el capitán
se hallaba encargado, de escoltar una conducta de plata, solo procuró
hacerla caer en un lazo para tener una parte en sus despojos y hacer su
fortuna de un solo golpe, con el fin, de procurarse los goces de que
hasta entonces había estado privado sus pensamientos, no habían ido más
lejos; el buen hombre era simplemente un ladrón en despoblado, pero
nada tenía de personaje político.
Le abandonaremos, por ahora, para seguir a los dos cazadores a quienes
debía el rudo castigo que recibió y que abandonaron el campamento tan
luego como hubo terminado la ejecución.
Estos dos hombres se habían alejado con presuroso paso, y, después de
bajar silenciosamente de la colina, se internaron en un poblado bosque
en donde les aguardaban, comiendo con la mayor tranquilidad su pienso,
dos magníficos caballos de las praderas, -mustangs- medio salvajes, de
ojo vivo y remos finos y fuertes; estaban ensillados y dispuestos para
ser montados.
Después de haberles quitado las trabas con que estaban maneados,
los cazadores les pusieron los frenos, montaron, y clavándoles las
espuelas, partieron a rienda suelta.
Así corrieron durante mucho tiempo, tendidos sobre el cuello de sus
caballos, sin seguir ningún camino trazado, pero siempre en línea
recta, sin cuidarse de los obstáculos que encontraban al paso y que
trasponían con inaudita destreza; por último, una hora antes de salir
el sol se detuvieron.
Habían llegado a la entrada de una garganta, flanqueada en ambos lados
por elevadas colinas, primeros estribos de las montañas cuyas fragosas
cumbres parecía que dominaban perpendicularmente la campiña.
Los cazadores echaron pie a tierra antes de internarse en la garganta,
y después de haber maneado sus caballos ocultándolos en unos
carrascales, comenzaron a explorar los alrededores con la sagacidad y
cuidado de los guerreros indios cuando buscan un rastro en el sendero
de la guerra.
Sus pesquisas fueron por mucho tiempo infructuosas, lo cual era fácil
conocer por las exclamaciones de disgusto que algunas veces proferían
en voz baja; por último, al cabo de más de dos horas, merced a los
primeros rayos del sol que, al salir, había disipado súbitamente las
tinieblas, vieron ciertas huellas casi imperceptibles que les hicieron
estremecerse de júbilo.
Libres ya, al parecer, de la preocupación que les atormentaba, fueron a
donde estaban sus caballos, se tendieron indolentemente en el suelo,
y buscando en sus alforjas sacaron de ellas todo lo necesario para un
modesto almuerzo que comieron con el apetito terrible propio de hombres
que habían pasado toda la noche cabalgando a escape tendido por montes
y valles.
Desde su partida del campamento mejicano, no había mediado una sola
palabra entre ambos cazadores, quienes parecía que obraban bajo
la influencia de una preocupación profunda que hacía inútil toda
conversación.
Por lo demás, es una cosa notable la mudez de los hombres acostumbrados
a la vida del desierto: pasan días enteros sin pronunciar una palabra;
no hablan sino cuando la necesidad les obliga a ello, y la mayor parte
de las veces sustituyen las palabras con la mímica, que tiene sobre
aquellas la incontestable ventaja de no denunciar la presencia de los
que de ella se sirven a los oídos de los enemigos invisibles que están
de continuo en acecho y dispuestos a precipitarse como aves de rapiña
sobre los imprudentes que se dejan sorprender.
Cuando el primer apetito de los cazadores se hubo aplacado algún tanto,
aquel a quien el fraile había llamado John encendió su corta pipa, la
colocó en un ángulo de su boca, y pasando a su compañero la bolsa del
tabaco, le dijo a media voz, como si hubiese temido que le oyesen:
--¿Qué tal, Sam? ¿Me parece que hemos salido bien, eh?
--En efecto, tal creo, John, respondió Sam inclinando afirmativamente
la cabeza. Es V. astuto como un diablo, amigo mío.
--¡Bah! dijo el otro con desdén, no hay mucho mérito en engañar a esos
brutos de mejicanos; son muy bestias.
--De todos modos el capitán ha caído en la red con una gracia
particular.
--¡Eh! No era al capitán a quien yo temía, porque hace mucho tiempo que
he sabido congraciarme con él, sino a aquel fraile maldito.
--Si no llegamos tan a tiempo, es muy probable que nos hubiese birlado
el negocio; ¿no es verdad, John?
--Tal creo, Sam. ¡Vive Dios! Me reía con toda mi alma al verle
retorcerse bajo los chicotazos.
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