--Seguramente, puesto que me habían vendido el territorio que ocupaban.
--¡Oh! ¡Oh! Capitán, eso exige explicación.
--Es muy fácil darla; y para probar la buena fe con que obro en este
asunto, voy a enseñar a V. el acta de venta.
El cazador y el Ciervo-Negro cambiaron una mirada de sorpresa.
--Pues ya no lo entiendo, dijo Tranquilo.
--Aguarde V. un instante, repuso el capitán, que voy a buscar ese
documento y se le enseñaré.
Y salió de la habitación.
--¡Oh! Caballero, exclamó mistress Watt juntando las manos en ademan
suplicante; trate V. de evitar una contienda.
--¡Ah! Señora, respondió el cazador con tristeza; según el aspecto que
van tomando las cosas, lo juzgo muy difícil.
--Vean VV., dijo el capitán entrando en la sala, y les enseñó el
documento.
A los dos hombres les bastó con dirigirle una mirada para conocer el
engaño.
--Ese documento es falso, dijo Tranquilo.
--¡Falso! Es imposible, exclamó el capitán lleno de estupor. Entonces
me han engañado de una manera odiosa.
--¡Es lo que por desgracia ha sucedido en el caso presente!
--¿Y qué hacemos? murmuró maquinalmente el capitán.
El Ciervo-Negro se levantó y dijo con majestuoso acento:
--Escuchen los rostros pálidos, que un sachem va a hablar.
El canadiense quiso interponerse; pero el jefe le impuso silencio con
un gesto, y prosiguió diciendo:
--Mi padre ha sido engañado; es un guerrero justo; su cabeza
está canosa; el Wacondah le ha dado la sabiduría; también los
Pawnees-Serpientes son justos, quieren vivir en paz con mi padre,
puesto que se halla inocente de la falta que se le imputa y de la cual
debe responder otro.
El principio de este discurso sorprendió agradablemente a los oyentes
del jefe; la joven sobre todo, al oír aquellas palabras, sintió que su
inquietud iba desapareciendo y que la alegría renacía en su corazón.
--Los Pawnees-Serpientes, continuó el sachem, restituirán a mi padre
todas las mercancías que le han sido estafadas; él, por su parte, se
comprometerá a abandonar los territorios de caza de los Pawnees y a
retirarse en compañía de todos los rostros pálidos que han venido con
él; los Pawnees renunciarán a la venganza que querían tomar por el
asesinato de sus hermanos, y el hacha de guerra será enterrada entre
los pieles rojas y los rostros pálidos del Oeste. He dicho.
Después de estas palabras hubo un momento de silencio.
Los circunstantes estaban llenos de estupor. Aquellas condiciones eran
inaceptables, y por lo tanto, la guerra llegaba a ser inminente.
--¿Qué responde mi padre? preguntó el jefe al cabo de un instante.
--¡Ay de mí! Jefe, respondió el capitán con dolor, no puedo aceptar
tales condiciones, es imposible. Lo más que puedo hacer es duplicar el
precio que antes pagué.
El jefe se encogió de hombros desdeñosamente y dijo con una sonrisa de
desprecio:
--El Ciervo-Negro se había equivocado; los rostros pálidos tienen
verdaderamente la lengua partida.
Fue imposible hacer comprender al sachem la verdadera situación de las
cosas: con esa obstinación ciega que caracteriza a su raza, nada quiso
oír, y cuanto más intentaron probarle que estaba equivocado, más se
convenció de que la razón estaba de su parte.
A una hora avanzada de la noche se retiraron el canadiense y el
Ciervo-Negro, acompañándoles el capitán hasta los atrincheramientos.
Cuando hubieron salido, Jaime Watt se volvió muy pensativo a la torre.
En el umbral de la puerta tropezó con un objeto bastante voluminoso y
se bajó para ver lo que era.
--¡Oh! exclamó al levantarse, ¿Con que realmente quieren la guerra?
¡Vive Dios! Ya aprenderán a conocerme.
El objeto con que había tropezado el capitán era un haz de flechas
atadas con una piel de serpiente; los dos extremos de esta piel y las
puntas de las flechas estaban teñidas en sangre.
El Ciervo-Negro, al retirarse, había dejado caer detrás de sí la
declaración de guerra.
Toda esperanza de paz quedaba desvanecida, y era preciso disponerse
para combatir.
Pasado el primer momento de estupor, el capitán recobró su sangre fría,
y aunque todavía no había amanecido, hizo que despertasen a todos los
colonos y los reunió delante de la torre con el fin de celebrar consejo
y discurrir los medios de neutralizar el peligro que amenazaba a la
colonia.
IX.
LOS PAWNEES SERPIENTES.
Aclararemos ahora algunos puntos de esta narración que pueden parecerle
oscuros al lector.
Los pieles rojas, por grandes que sean sus defectos, profesan a las
comarcas en que han nacido un cariño que raya en fanatismo y al que
nada puede sustituir.
Cara de Mono no había mentido cuando dijo al capitán Jaime Watt que él
era uno de los jefes principales de la tribu de los Pawnees-Serpientes:
esto era muy cierto; solo que se había guardado muy bien de revelarle
la razón por la cual le habían expulsado de la tribu.
Pero esta razón ha llegado ya el momento de decir cual fue.
Cara de Mono no solo se hallaba dotado de una ambición desenfrenada,
sino que también, cosa bastante extraordinaria en un indio, estaba
completamente desprovisto de creencias religiosas y de esas debilidades
y esa credulidad supersticiosa a que son por demás accesibles sus
compatriotas; además era un hombre sin fe, sin honor y de costumbres
más que de pravedad.
Habiendo sido llevado muy joven a las ciudades de la Unión americana,
tuvo ocasión de ver de cerca la civilización excéntrica de los
Estados Unidos: incapaz de comprender lo bueno y lo malo de aquella
civilización, y de mantenerse en un justo límite, como sucede siempre
en tales circunstancias, se había dejado seducir por lo que más
halagaba a sus inclinaciones y gustos, y de las costumbres de los
blancos solo había tomado lo que debía terminar y completar su precoz
depravación.
Por eso, cuando se halló de regreso en su tribu, sus costumbres y su
lenguaje estuvieron en tan total desacuerdo con lo que se hacía y se
decía en torno suyo, que no tardó en excitar el menosprecio y el odio
de sus compatriotas.
Sus enemigos más encarnizados fueron naturalmente los sacerdotes, es
decir, los brujos, a quienes en varias ocasiones había tratado de poner
en ridículo.
Desde el momento en que Cara de Mono se hubo malquistado con el
omnipotente partido de los brujos, se hundieron sus proyectos
ambiciosos; todas sus intrigas fracasaron, pues una oposición sorda
derribaba constantemente los proyectos que él formaba en el mismo
momento en que creía verlos alcanzar buen éxito.
Durante un espacio de tiempo bastante largo, el jefe, no sabiendo a
quien culpar, se mantuvo prudentemente en la defensiva, vigilando
de una manera activa los pasos de sus enemigos, y aguardando con la
paciencia astuta que constituía el fondo de su carácter a que la
casualidad llegase a revelarle el nombre del hombre en quien debía
recaer su venganza. Como todas sus medidas estaban muy bien tomadas,
no tardó en descubrir que aquel a quien debía atribuir los continuos
descalabros que sufría, no era sino el brujo principal de la tribu.
Este brujo era un anciano querido y respetado de todos por razón de
su sabiduría y su bondad. Cara de Mono disimuló su odio durante algún
tiempo; pero un día en pleno consejo, a consecuencia de una discusión
bastante fuerte, se dejó arrebatar por la ira, y precipitándose sobre
el desventurado anciano, le dio de puñaladas delante de todos los
jefes de su tribu, sin que los circunstantes pudiesen oponerse a la
realización de su intento.
El asesinato del brujo llevó a su colmo el horror que inspiraba aquel
miserable; en el acto los jefes le expulsaron del territorio de la
nación, negándole el fuego y el agua, y amenazándole con los mayores
castigos si se atrevía a presentarse delante de ellos.
Cara de Mono, harto débil para resistirse a la ejecución de esta
sentencia, se alejó con el corazón henchido de rabia y profiriendo las
amenazas más terribles.
Ya hemos visto de qué manera se vengó vendiendo el territorio de su
tribu a los americanos, y causando así la ruina de los que le habían
castigado. Pero tan luego como hubo conseguido esa venganza que por
tanto tiempo anhelara, se verificó una trasformación singular en el
corazón de aquel hombre. La vista de aquella comarca en que él nació y
en donde descansaban las cenizas de sus padres despertó en él, con suma
intensidad, el sentimiento de la patria, sentimiento que juzgaba ya
muerto y que solo estaba adormecido en el fondo de su corazón.
La vergüenza por la acción odiosa que había cometido entregando a
los enemigos de su raza los territorios de caza que él mismo había
recorrido con plena libertad durante tanto tiempo, el encarnizamiento
con que los americanos se ocupaban en variar el aspecto de la comarca
y en destruir sus árboles seculares, cuya sombra había cobijado los
consejos celebrados por su nación, todas estas razones reunidas le
habían hecho reflexionar; y desesperado por el sacrilegio que el odio
le impulsara a cometer, procuró acercarse de nuevo a sus compatriotas
con el fin de ayudarles a recobrar lo que por su culpa habían perdido.
Es decir resolvió hacer traición a los amigos nuevos en provecho de los
antiguos.
Aquel hombre se hallaba desventuradamente lanzado a una senda fatal en
la que cada paso que daba debía ser señalado por un crimen.
Le fue más fácil de lo que pensaba el ponerse de nuevo en contacto con
sus compatriotas. Estos vagaban dispersos y llenos de desesperación por
los bosques inmediatos a la colonia.
Cara de Mono se presentó audazmente a ellos; se guardó muy bien
de revelarles que él era la única causa de las desgracias que les
abrumaban. Por el contrario, les expuso como un mérito su regreso,
diciéndoles que la noticia de las calamidades que de improviso habían
caído sobre ellos era la causa exclusiva de su llegada; que si hubiesen
continuado siendo felices, nunca le habrían visto; pero que ante
una catástrofe tan espantosa como la que les había abrumado, todo
sentimiento debía desaparecer y ceder el puesto a la venganza común que
era preciso tomar de los rostros pálidos, esos implacables y eternos
enemigos de la raza roja.
En resumen, supo hacer tan bello alarde de buenos sentimientos,
supo presentar bajo un aspecto tan favorable el paso que daba en
aquel momento, que consiguió engañar completamente a los indios,
y persuadirles de la pureza de sus intenciones y de su buena fe.
Entonces, con la diabólica inteligencia de que se hallaba dotado,
urdió una vasta trama contra los americanos, trama en la cual tuvo
la habilidad de hacer que entrasen otros pueblos indios aliados de
su tribu, y al paso que en la apariencia seguía siendo amigo de los
colonos, organizó y preparó silenciosamente su completa ruina.
La influencia que en poco tiempo había logrado adquirir sobre su tribu
era inmensa; solo tres hombres conservaban contra él una desconfianza
instintiva, y vigilaban con el mayor cuidado todos sus actos: estos
tres hombres eran el cazador canadiense Tranquilo, el Ciervo-Negro y el
Zorro-Azul.
Tranquilo no acertaba a explicarse la conducta del jefe: le parecía
extraordinario que este hombre hubiese llegado a ser tan amigo de los
americanos: varias veces le había pedido explicaciones acerca de esto;
pero Cara de Mono nunca le respondió sino de una manera ambigua, o bien
eludió la cuestión.
Tranquilo, cuyas sospechas se acrecentaban de día en día, y que tenía
empeño en saber de un modo positivo a que atenerse respecto de aquel
hombre cuyos manejos le parecían cada vez más sospechosos, consiguió
que en el gran consejo de la nación le designasen con el Ciervo-Negro
para ir a llevar la declaración de guerra al capitán Watt.
A Cara de Mono le disgustó la elección de los enviados, pues sabía que
eran secretamente enemigos suyos; pero disimuló su resentimiento con
tanto más motivo, cuanto que las cosas estaban demasiado adelantadas ya
para retroceder, y todo se hallaba dispuesto para la expedición.
Así pues, Tranquilo y el Ciervo-Negro partieron con el encargo de
declarar la guerra a los rostros pálidos.
--O mucho me equivoco, decía el canadiense a su amigo mientras iban
andando, o estoy seguro de que vamos a saber algo nuevo acerca de Cara
de Mono.
--¿Lo cree V. así?
--Apostaría cualquier cosa. Estoy convencido de que el muy tuno juega
con dos barajas, y nos está engañando a todos en provecho suyo.
--No tengo gran confianza en él; pero no puedo creer que lleve tan
lejos su descaro.
--Muy pronto sabremos a que atenernos; pero en todo caso prométame V.
una cosa.
--¿Cuál es?
--La de que solo yo he de hablar. Sé mejor que V. la manera en que es
preciso obrar con los rostros pálidos del Oeste.
--Corriente, respondió el Ciervo-Negro, obrará V. como mejor le plazca.
Cinco minutos después llegaron a la colonia. Ya hemos referido en el
capítulo precedente la manera en que fueron recibidos, y lo que pasó
entre ellos y el capitán Watt.
Esa costumbre de declarar la guerra a sus enemigos, establecida entre
los indios a quienes en Europa se acostumbra a considerar como salvajes
estúpidos, puede parecer extraordinaria; pero no hay que equivocarse:
los pieles rojas tienen un carácter eminentemente caballeresco, y a no
ser que se trate de una -razzia-, es decir, de un robo de caballos o
de ganados, nunca atacarán a un enemigo sin habérselo advertido con
anticipación a fin de que esté en guardia.
Por lo demás, ese espíritu caballeresco hábilmente explotado por los
norteamericanos, quienes, debemos confesarlo para su vergüenza eterna,
carecen por completo de él, es él que ha valido a los blancos la mayor
parte de las victorias conseguidas sobre los pieles rojas.
A poca distancia de la colonia encontraron los dos hombres sus
caballos, que habían dejado maneados. Montaron y se alejaron con
rapidez.
--¡Vamos! dijo Tranquilo, ¿qué piensa V. de todo esto?
--Mi hermano tenía razón: Cara de Mono siempre nos ha hecho traición;
es evidente que ese documento emana de él.
--¿Qué piensa V. hacer?
--Todavía no lo sé; quizás sería peligroso arrancarle la máscara en
este momento.
--No opino como V., jefe; la presencia de ese traidor entre nosotros no
puede menos de perjudicar a nuestra causa.
--Veámosle venir ante todo.
--Corriente, pero permítame V. una observación.
--Ya escucho a mi hermano.
--¿Cómo es que, después de haber conocido la falsedad del acta de
venta, se ha obstinado V. en declarar la guerra a ese Cuchillo Largo
del Oeste, puesto que está probado que ha sido engañado por Cara de
Mono?
El jefe se sonrió de una manera astuta, y dijo:
--El rostro pálido se ha dejado engañar porque le convenía.
--No le entiendo a V., jefe.
--Voy a explicarme. ¿Sabe mi hermano como se hace una venta de terreno?
--En verdad que no. Confieso que, como por mi parte hasta ahora nunca
he tenido ningún terreno que vender ni comprar, no me he cuidado de eso
en manera alguna.
--¡Ooah! Entonces voy a decírselo a mi hermano.
--Me alegro mucho. Lo que más deseo es instruirme, y luego eso podrá
servirme en alguna ocasión, dijo el canadiense riendo.
--Cuando un rostro pálido quiere comprar el territorio de caza de una
tribu, va a buscar a los sachems principales de la nación, y después
de haber fumado en el consejo la pipa de paz, les expone su petición:
las condiciones son discutidas: si las dos partes contratantes se
ponen de acuerdo, el brujo principal de la nación dibuja un plano del
territorio; el rostro pálido entrega las mercancías; todos los jefes
ponen su jeroglífico al pie del plano; los árboles son señalados con el
hacha; se establecen las fronteras, e inmediatamente toma posesión el
comprador.
--Vamos, dijo Tranquilo, eso es muy sencillo.
--¿En qué consejo ha fumado la pipa el jefe de la Cabeza Gris? ¿Dónde
están los sachems que han tratado con él? Que me enseñe los árboles que
han sido señalados.
--En efecto, creo que eso le sería difícil, repuso el cazador.
--Cabeza Gris, continuó diciendo el jefe, sabía que Cara de Mono le
engañaba; pero el territorio le convenía y contaba con la fuerza de las
armas para mantenerse en él de buen o mal grado.
--Es probable.
--Vencido por la evidencia y conociendo demasiado tarde que ha obrado
de una manera inconsiderada, ha creído resolver todas las dificultades
ofreciéndonos algunos bultos más de mercancías. ¿Cuándo han tenido los
rostros pálidos una lengua recta y honrada?
--Gracias, dijo el cazador riendo.
--No hablo de la nación de mi hermano, que nunca he tenido que
quejarme de ella: solo me refiero a los Cuchillos Largos del Oeste.
¿Sigue creyendo mi hermano que he hecho mal en dejar caer las flechas
ensangrentadas?
--Quizás en esta ocasión, jefe, haya V. sido un poco precipitado y se
habrá dejado arrebatar por la cólera; pero tiene V. tantos motivos para
aborrecer a los norteamericanos que no me atrevo a censurarle.
--Según eso, ¿puedo contar con la cooperación de mi hermano?
--¿Por qué se lo he de negar a V., jefe? Su causa sigue siendo la que
era, es decir, justa. Es deber mío ayudarle, y lo haré, suceda lo que
quiera.
--¡Och! Doy gracias a mi hermano; su rifle nos será muy útil.
--Hemos llegado: ya es tiempo de adoptar una determinación respecto de
Cara de Mono.
--Ya está tomada, respondió el jefe lacónicamente.
En aquel momento desembocaron en una vasta explanada en cuyo centro
había varias hogueras encendidas.
Quinientos guerreros indios, pintados y arpados como para entrar en
combate, estaban tendidos sobre la yerba en diferentes puntos, mientras
que sus caballos, enjaezados y preparados, estaban maneados y comían su
pienso.
En torno de la hoguera principal se hallaban colocados varios jefes que
fumaban silenciosamente.
Los dos jinetes que llegaban echaron pie a tierra y se dirigieron con
rapidez hacia aquella hoguera, por delante de la cual se paseaba con
agitación Cara de Mono.
Ambos se colocaron junto a los demás jefes y encendieron sus pipas;
aunque todos aguardaban su llegada con impaciencia, nadie les
interrogó, pues la etiqueta india se opone a que un jefe tome la
palabra antes de acabar de fumar su pipa.
Cuando el Ciervo-Negro hubo concluido, sacudió las cenizas de la pipa,
se la puso al cinto y dijo:
--La orden de los sachems está cumplida; las flechas ensangrentadas han
sido entregadas a los rostros pálidos.
Al oír esta noticia, los jefes inclinaron la cabeza en señal de
satisfacción.
Cara de Mono se acercó y preguntó:
--¿Ha visto mi hermano el Ciervo-Negro a Cabeza Gris?
--Sí, respondió el jefe secamente.
--¿Qué piensa mi hermano? repuso Cara de Mono insistiendo.
El Ciervo-Negro le dirigió una mirada torva: y replicó:
--¿Qué importa en este momento el pensamiento del jefe, puesto que el
consejo de los sachems ha resuelto la guerra?
--Las noches son largas, dijo entonces el Zorro-Azul; ¿se van a quedar
mis hermanos aquí fumando?
Tranquilo tomó la palabra y dijo:
--Los Grandes Cuchillos están sobre aviso, en este momento velan;
vuelvan mis hermanos a montar a caballo y retírense, que la hora no es
propicia.
Los jefes hicieron un ademán de asentimiento.
--Iré de descubierta, dijo Cara de Mono.
--¡Bueno! respondió el Ciervo-Negro con una sonrisa feroz, mi hermano
es hábil, ve muchas cosas y nos dará noticias.
Cara de Mono se dispuso a montar en un caballo que un guerrero le
llevaba; pero de improviso el Ciervo-Negro se levantó, se precipitó
sobre él, y apoyándole rudamente una mano en un hombro, le obligó a
caer de rodillas en el suelo.
Los guerreros, sorprendidos por esta agresión súbita, cuyo motivo no
adivinaban, cambiaban entre sí miradas de sorpresa, aunque sin hacer el
más leve movimiento para interponerse entre los dos jefes.
Cara de Mono levantó bruscamente la cabeza, e intentando desembarazarse
de la férrea presión que le tenía clavado al suelo, dijo:
--¿Turba por ventura el Espíritu del mal el cerebro de mi hermano?
El Ciervo-Negro se sonrió de una manera siniestra, y sacando de su
cinto el cuchillo de desollar cráneos, dijo con voz sombría:
--Cara de Mono es un traidor: ha vendido sus hermanos a los rostros
pálidos y va a morir.
El Ciervo-Negro, a más de ser un guerrero afamado, tenía en la tribu
una merecida reputación de sabiduría y de lealtad; nadie puso en duda
la acusación que acababa de pronunciar, pues además hacía mucho tiempo
que conocían a Cara de Mono, desgraciadamente para él.
El Ciervo-Negro alzó su cuchillo, cuya hoja azulada, herida por los
reflejos de la llama de la hoguera, produjo un relámpago siniestro;
pero Cara de Mono, haciendo un esfuerzo supremo, logró desembarazarse,
saltó como una fiera y desapareció entre los matorrales, lanzando una
carcajada estridente.
El cuchillo había resbalado, y solo cortó un poco las carnes sin causar
herida grave al astuto y diestro indio.
Hubo un momento de estupor, y luego todos se levantaron tumultuosamente
para lanzarse en persecución del fugitivo.
--¡Deteneos! exclamó Tranquilo con voz fuerte; ahora es ya demasiado
tarde. Apresuraos a atacar a los rostros pálidos antes de que ese
miserable haya tenido tiempo para avisarlos, porque sin duda medita ya
nuevas traiciones.
Los jefes reconocieron la conveniencia de este consejo, y los indios se
prepararon para el combate.
X.
LA BATALLA.
Entre tanto, según dijimos anteriormente, el capitán Watt había reunido
delante de la torre a todos los individuos de la colonia.
El número de los combatientes ascendía a sesenta y dos, comprendidas
las mujeres.
A las señoras europeas puede parecerles singular que contemos a las
mujeres en el número de los combatientes; en efecto, en el viejo mundo
ha pasado para siempre, por fortuna, el tiempo de las Marfisas y las
Bradamantas, y merced al creciente progreso de la civilización, el
bello sexo no se ve reducido a competir en valor con los hombres.
En la América septentrional, en la época en que pasaba nuestra
historia, y aún hoy en día en las praderas y en los desmontes, no
sucede así: muchas veces, cuando el grito de guerra de los indios llega
a resonar súbitamente en los oídos de los colonos, las mujeres se ven
obligadas a abandonar las labores propias de su sexo para coger un
rifle con sus manos delicadas y consagrarse con resolución a la común
defensa.
En caso necesario podríamos citar muchas de esas heroínas de dulce
mirada y ojos de ángel que, en ocasiones dadas, han cumplido
valerosamente con su deber de guerreras, y han peleado como verdaderos
diablillos contra los indios.
Mistress Watt no era una heroína, ni con mucho, pero era hija y
mujer de militares; había nacido y se había criado en la frontera
india; varias veces olió la pólvora y vio correr la sangre, y además
era madre. Se trataba de defender a sus hijos; toda su timidez había
desaparecido para ser sustituida por una resolución enérgica y fría.
Su ejemplo había electrizado a las demás mujeres de la colonia, y todas
se habían armado, resueltas a combatir al lado de sus maridos y de sus
padres.
Repetimos, pues, que, entre hombres y mujeres, el capitán tenía en
torno suyo sesenta y dos combatientes.
Intentó disuadir a su mujer de que tomase parte en la lucha; pero
aquella dulce criatura, a quien hasta entonces había visto tan tímida
y obediente, se negó terminantemente a renunciar a su propósito, y el
capitán se vio precisado a dejarla obrar a su antojo.
Entonces adoptó sus disposiciones de defensa. Veinticinco hombres
fueron distribuidos por los atrincheramientos bajo las órdenes de
Bothrel. El capitán se reservó el mando de una partida de veinticuatro
cazadores, destinada a acudir a los puntos que se hallasen más
expuestos. Las mujeres, bajo las órdenes de mistress Watt, quedaron
custodiando la torre, en donde fueron colocados los enfermos y los
niños. Luego aguardaron la llegada de los indios.
Era próximamente la una de la madrugada cuando el cazador canadiense
y el jefe Pawnee se marcharon de la colonia. A las dos y media todo
estaba ya dispuesto para la defensa.
El capitán hizo su última ronda en torno de los atrincheramientos
para cerciorarse de que todo se hallaba en orden; y después de haber
mandado apagar todos los fuegos, salió secretamente de la colonia por
una puertecita practicada en los atrincheramientos, y que solo él y el
sargento Bothrel conocían.
Echaron una tabla sobre el foso, y el capitán pasó seguido tan solo de
Bothrel y de un cazador llamado Bob, mozo resuelto y robusto a quien ya
hemos tenido ocasión de mencionar.
La tabla fue escondida con el mayor cuidado a fin de que sirviese a la
vuelta, y los tres hombres se deslizaron como fantasmas en medio de la
oscuridad de la noche.
Cuando hubieron llegado a un centenar de metros de la colonia, el
capitán se detuvo.
--Señores, les dijo en voz tan baja, que tuvieron que inclinarse hacia
él para oírle, les he escogido a VV. porque la expedición que vamos a
intentar es peligrosa, y necesitaba tener conmigo hombres resueltos.
--¿De qué se trata? preguntó Bothrel.
--La noche está tan oscura, que esos malditos paganos, si quisieran,
podrían llegar hasta la misma orilla del foso sin que nos fuese dado
verlos. Así pues, he resuelto prender fuego a los árboles cortados y
amontonados de trecho en trecho, y a las raíces reunidas también en
montones. En ocasiones dadas es preciso saber hacer sacrificios. Esas
hogueras que arderán durante mucho tiempo, derramarán una claridad
resplandeciente que nos permitirá distinguir a nuestros enemigos a
gran distancia y dirigirles certeros tiros.
--La idea es excelente, respondió Bothrel.
--Sí, respondió el capitán; solo que no se nos debe ocultar que es
en extremo peligrosa. Es indudable que los exploradores indios se
hallan ya desparramados por la llanura, acaso muy cerca de nosotros; y
cuando estén ya encendidas dos o tres hogueras, si nosotros los vemos,
tampoco ellos dejarán de vernos. Cada uno de nosotros se va a proveer
de los objetos necesarios, y con la rapidez de nuestros movimientos
procuraremos frustrar las tretas de esos demonios. Acuérdense VV. de
que obraremos aisladamente, y de que cada uno de nosotros tiene que
encender cuatro o cinco hogueras; por lo tanto no debemos contar unos
con otros. ¡Manos a la obra!
Distribuyéronse entre los hombres los combustibles y las materias
inflamables, y se separaron.
Cinco minutos más tarde brilló una chispa, luego otra, después otra, al
cabo de un cuarto de hora había diez hogueras encendidas.
Débiles al pronto, pareció que vacilaban durante algunos instantes;
luego creció la llama, tomó consistencia, y muy pronto toda la llanura
se vio iluminada por el reflejo sangriento de aquellas antorchas
inmensas.
El capitán y sus compañeros habían sido más afortunados de lo que
esperaban en su expedición; pues consiguieron incendiar los montones de
madera desparramados por el valle sin llamar la atención de los indios.
Se apresuraron a regresar a todo correr a los atrincheramientos. Ya
era tiempo, porque de improviso resonó detrás de ellos un grito de
guerra terrible y apareció en el lindero del bosque una tropa numerosa
de guerreros indios que corrían a rienda suelta y blandían sus armas
cual una legión de demonios.
Pero llegaron demasiado tarde para apoderarse de los americanos, pues
estos habían pasado el foso y se hallaban al abrigo de sus golpes.
Una descarga de fusilería saludó la llegada de los indios: varios
cayeron del caballo y los demás volvieron grupas y se alejaron con
precipitación.
El combate estaba empeñado, pero ya le importaba muy poco al capitán:
merced a su feliz ocurrencia era imposible una sorpresa, porque se veía
como si fuese de día.
Hubo un momento de descanso, que los americanos aprovecharon para
volver a cargar sus armas.
Los colonos habían tenido un momento de inquietud al ver encenderse
unas en pos de otras, en la pradera, aquellas hogueras inmensas;
creyeron que era un ardid de los indios; pero muy luego quedaron
desengañados con el regreso del capitán; y al contrario, se felicitaron
por aquella inspiración magnífica que les permitía asestar tiros
certeros.
Sin embargo, los Pawnees no habían renunciado a su proyectado ataque, y
según toda probabilidad, solo se retiraban para deliberar.
El capitán, con un hombro apoyado en la empalizada, examinaba
atentamente la llanura desierta, cuando le pareció observar un
movimiento desusado en un sembrado de trigo bastante extenso situado a
unos dos tiros de fusil de la colonia.
--¡Alerta! dijo; el enemigo se acerca.
Cada cual puso el dedo en el gatillo.
De improviso se oyó un gran ruido, y la pila de madera más lejana se
hundió con estrépito lanzando millares de chispas.
--¡Vive Dios! exclamó el capitán, hay en eso alguna diablura india: es
imposible que esa pila enorme de leña esté ya consumida.
En el mismo instante se hundió otra, y después otra, y otra, hasta
cuatro.
Ya no quedaba duda alguna acerca de la causa de aquellos hundimientos
sucesivos: los indios, cuyos movimientos se hallaban neutralizados por
la luz que derramaban aquellos faros monstruosos, habían adoptado la
sencilla determinación de apagarlos, lo cual pudieron hacer con entera
seguridad porque aquellos fuegos estaban fuera del alcance de los tiros.
Apenas caía la leña al suelo, la dispersaban por todos lados y la
apagaban con bastante facilidad.
Esta medida había permitido a los indios que se acercasen algún tanto a
las empalizadas sin ser vistos.
Sin embargo, no todos los montones de leña estaban derribados; los que
aún quedaban se hallaban todos bastante próximos a la plaza para ser
defendidos por los fuegos de esta.
A pesar de todo, los Pawnees intentaron apagarlos.
Pero entonces comenzó de nuevo el fuego de fusilería, y las balas
cayeron como una granizada sobre los sitiadores, que después de
haberse sostenido durante algunos minutos, se vieron obligados al fin
a emprender la fuga, porque no puede darse el nombre de retirada a la
precipitación con que se alejaron.
Los americanos se echaron a reír y comenzaron a silbar a los fugitivos.
--Creo, observó Bothrel en tono de broma, que esas buenas gentes
encuentran nuestra sopa demasiado caliente y sienten haber venido a
probarla.
--En efecto, contestó el capitán, esta vez no parece que se hallen
dispuestos a volver.
El capitán se equivocaba, porque en aquel mismo instante los indios
volvían a rienda suelta.
Nada pudo contenerlos, y a pesar del fuego de fusilería, al cual
desdeñaron responder, llegaron hasta la orilla del foso.
Verdad es que, cuando hubieron llegado allí, volvieron grupas y se
marcharon con la misma rapidez con que habían venido, pero no sin dejar
sembrados en su camino numerosos cadáveres desapiadadamente derribados
por las balas americanas.
Pero el proyecto de los Pawnees había alcanzado buen éxito, y los
blancos observaron demasiado tarde, con gran disgusto, que se habían
apresurado por demás a alegrarse de su fácil triunfo.
Cada jinete Pawnee llevaba a la grupa un guerrero que, llegado al foso,
había echado pie a tierra, y aprovechando la confusión y el humo que
impedían fuese visto, se había guarecido más o menos bien detrás de
los troncos derribados y de los accidentes del terreno, tanto que,
cuando el humo se hubo disipado, en el momento en que los americanos se
inclinaban por encima de la empalizada para examinar los resultados de
la carga ejecutada por sus enemigos, fueron saludados a su vez por una
descarga de fusilería y de largas flechas acanaladas que derribaron a
quince hombres.
Hubo un movimiento de desatentado terror entre los blancos al sufrir
aquel ataque verificado por enemigos invisibles.
Quince hombres menos de un solo golpe eran una pérdida terrible para
los colonos; el combate adquiría serias proporciones que amenazaban
degenerar en derrota, porque los indios nunca habían desplegado tanta
energía ni encarnizamiento en un ataque.
No había medio de vacilar: a toda costa era preciso desalojar a
aquellos enemigos audaces del puesto en que tan temerariamente se
habían emboscado.
El capitán se decidió a hacerlo.
Reuniendo unos veinte hombres resueltos, mientras los demás vigilaban
en las empalizadas, mandó bajar el puente levadizo y se lanzó
intrépidamente fuera.
Entonces los enemigos se batieron al arma blanca y lucharon cuerpo a
cuerpo.
La pelea se tornó horrible: los blancos y los pieles rojas, enlazados
como serpientes, ebrios de coraje y cegados por el odio, procuraban
mutuamente darse de puñaladas.
De improviso una claridad inmensa iluminó aquella escena de carnicería,
y en la colonia resonaron gritos de terror.
El capitán volvió la cabeza y lanzó un grito de desesperación al
contemplar el espectáculo horrible que se ofrecía ante su vista.
La torre y los edificios principales estaban ardiendo; a la claridad de
las llamas se veía a los indios saltar como demonios persiguiendo a los
defensores de la colonia que, agrupados en varios puntos, intentaban
todavía una resistencia casi imposible.
He aquí lo que había sucedido.
Mientras que el Ciervo-Negro, el Zorro-Azul y los demás jefes
principales de los Pawnees intentaban el ataque por el frente de la
colonia, Tranquilo, seguido de Quoniam y de unos cincuenta guerreros
escogidos, se embarcó en unas piraguas de piel de bisonte, bajó
silenciosamente por el río y fue a desembarcar en la misma colonia sin
dar la más leve alarma, por la sencilla razón de que los americanos no
podían temer de ningún modo una sorpresa por la parte del Misuri.
Sin embargo, debemos hacer al capitán la justicia de decir que no
había dejado indefenso aquel punto; colocó allí centinelas, pero
desgraciadamente, en el desorden que siguió a la última carga de los
indios, los centinelas, creyendo que nada tenían que temer por aquella
parte, habían abandonado su puesto para acudir a donde juzgaban que el
peligro era más apremiante, y ayudar a sus compañeros a rechazar al
enemigo.
Esta falta imperdonable perdió a los defensores de la colonia.
Tranquilo desembarcó sin disparar un tiro.
Los Pawnees, tan luego como hubieron entrado en la colonia, arrojaron
teas incendiarias a los edificios construidos todos con madera, y
lanzando su grito de guerra, se precipitaron sobre los americanos, a
quienes cogieron por retaguarda colocándolos así entre dos fuegos.
Tranquilo, Quoniam y algunos guerreros que no se habían separado de
ellos, se dirigieron a la torre.
Mistress Watt, aunque atacada por sorpresa, se dispuso para defender
valerosamente el puesto confiado a su custodia.
El canadiense se acercó a ella con las manos alzadas al cielo en señal
de paz y exclamó:
--Ríndanse VV., en nombre del cielo, o quedan perdidas: la colonia ha
caído en nuestro poder.
--¡No! respondió la joven resueltamente; no me rendiré a un villano que
hace traición a sus hermanos para abrazar el partido de los indios.
--Es V. injusta para conmigo, replicó el cazador con tristeza; vengo a
salvar a V.
--No quiero ser salvada por V.
--¡Mujer desventurada! Si no lo hace V. por sí, hágalo al menos por sus
hijos; mire V., ya está ardiendo la torre.
La joven alzó los ojos, lanzó un grito de horror y se precipitó llena
de desconsuelo en el interior del edificio.
Las demás mujeres, fiando en la palabra del cazador, no intentaron
resistirse y entregaron sus armas.
Tranquilo confió la custodia de aquellas pobres mujeres a Quoniam,
agregándole algunos guerreros, y se alejó rápidamente con la intención
de hacer cesar la carnicería que continuaba en todos los puntos de la
colonia.
Quoniam entró en la torre, en donde encontró a mistress Watt medio
asfixiada y estrechando a sus hijos en sus brazos con inaudita fuerza.
El buen negro cargó a la joven sobre sus robustos brazos; y reuniendo a
todas las mujeres y los niños, los condujo a las orillas del Misuri, a
fin de ponerlos fuera del alcance del fuego y esperar a que el combate
concluyese, sin exponer a las prisioneras al furor de los vencedores.
A la sazón, aquello no era ya un combate sino una carnicería, a la que
aún hacían más espantosa los bárbaros refinamientos de los indios que
se encarnizaban con indecible rabia contra sus desventurados enemigos.
El capitán, Bothrel, Bob y unos veinte americanos, los únicos colonos
que aún estaban vivos, reunidos en el centro de la explanada, se
defendían con la energía de la desesperación contra una nube de indios,
resueltos a dejarse matar antes que caer en manos de los feroces
Pawnees.
Sin embargo, Tranquilo, a fuerza de súplicas y arrostrando mil
peligros, consiguió hacer que depusiesen las armas y que cesase por fin
la carnicería.
De pronto se oyeron gritos, llantos y súplicas hacia la parte del río.
El cazador se lanzó rápidamente hacia allá, agitado por un
presentimiento sombrío.
El Ciervo-Negro y sus guerreros le seguían. Cuando llegaron al sitio en
que Quoniam había reunido a las mujeres, se ofreció ante su vista un
espectáculo espantoso.
Mistress Watt y otras tres mujeres yacían sin movimiento en el suelo en
medio de un charco de sangre. Quoniam estaba tendido delante de ellas,
con dos heridas, una en la cabeza y otra en el pecho.
Fue imposible obtener de las demás mujeres ningún dato acerca de lo que
había pasado, porque estaban casi locas de terror.
¡Los hijos del capitán habían desaparecido!
XI.
LA VENTA DEL POTRERO.
Usando ahora de nuestro privilegio de novelistas, trasladaremos la
escena de nuestro relato al Texas, y volveremos a tomar nuestra
historia unos dieciséis años después de los acontecimientos referidos
en el capítulo anterior.
El alba comenzaba a teñir las nubes con sus nacaradas tintas,
las estrellas se apagaban unas en pos de otras en las sombrías
profundidades del cielo; y en la última línea azul del horizonte,
un reflejo de un color rojo vivo, precursor de la salida del sol,
anunciaba que tardaría muy poco en ser de día. Los millares de pájaros
invisibles, frioleramente cobijados en la enramada, se despertaban de
repente y entonaban alegres su melodioso concierto matutino, mientras
que los aullidos de las fieras, al retirarse de beber y regresar con
lento paso a sus inexploradas guaridas, se iban tornando cada vez más
sordos y oscuros.
En aquel momento se levantó la brisa; se engolfó en la densa nube de
vapores que, a la salida del sol, se exhalan de la tierra en aquellas
regiones intertropicales, la hizo revolotear un instante, la desgarró
y la disipó por el espacio, haciendo aparecer sin transición, cual una
decoración de teatro, el paisaje más delicioso que puede imaginar el
alma soñadora de un pintor o de un poeta.
En América, sobre todo, es donde parece que la Providencia se ha
complacido en prodigar los efectos más imponentes de paisaje, variando
hasta lo infinito los contrastes y las armonías de aquella naturaleza
poderosa que solo allí se encuentra.
En el seno de una inmensa llanura, rodeada completamente por la poblada
enramada de una selva virgen, se dibujaban los caprichosos giros de
un camino arenoso, cuyo color amarillento se destacaba de un modo
agradable sobre el verde oscuro de las crecidas yerbas y el blanco
plateado del agua de un río angosto al que los primeros rayos del
sol hacían resplandecer cual un conjunto de pedrería. Cerca del río,
próximamente en el centro de la llanura, se alzaba una casa blanca con
columnas que formaban un pórtico, y con un tejado encarnado.
Esta casa, coquetamente tapizada con plantas trepadoras que se
extendían en anchos mechones por sus paredes, era una venta u hostería,
edificada en lo alto de una leve eminencia. Llegábase a ella por una
pendiente insensible, y merced a su posición, dominaba aquel paisaje
inmenso y grandioso, como el que abarca con su vista el cóndor cuando
se cierne cerca de las nubes.
Delante de la puerta de la venta, unos veinte vagones, pintorescamente
agrupados, acababan de ensillar sus caballos, mientras que unos
arrieros se ocupaban presurosos en cargar siete u ocho mulas.
En el camino, algunas millas más allá de la venta, se veían, como
puntos negros casi imperceptibles, varios jinetes que se alejaban con
rapidez, y estaban próximos a internarse en la selva de que hemos
hablado, selva que se elevaba gradualmente y estaba dominada por
una faja de altas montañas, cuyas cumbres fragosas y escarpadas se
confundían casi con el azul del cielo.
Se abrió la puerta de la venta, y un oficial joven salió tarareando; le
acompañaba un fraile gordo y rollizo, provisto de un voluminoso abdomen
y de una cara muy alegre; detrás de ellos apareció en el umbral de la
puerta una encantadora joven de dieciocho a diecinueve años, rubia y
delgada, con los ojos azules y los cabellos dorados, linda y graciosa.
--Vamos, vamos, dijo el capitán, porque el oficial llevaba las
insignias de aquel grado, a caballo, que ya hemos perdido demasiado
tiempo.
--¡Hum! dijo el fraile, apenas hemos tenido tiempo para desayunarnos.
¿Por qué diablos tiene V. tanta prisa, Capitán?
--Santo varón, repuso el capitán en tono irónico, si quiere V.
quedarse, es muy dueño de hacerlo.
--¡No, no, me voy con V.! exclamó el fraile haciendo un gesto de
espanto; ¡cáspita! Quiero aprovechar la escolta de V.
--Pues entonces dese V. prisa, porque dentro de cinco minutos voy a dar
la orden de marcha.
El oficial, después de haber dirigido una mirada a la llanura, hizo
seña a su asistente para que le acercase el caballo y montó con
ligereza y con esa gracia peculiar de los jinetes mejicanos. El fraile
ahogó un suspiro de sentimiento, pensando probablemente en la suculenta
hospitalidad que abandonaba para correr los peligros de un viaje largo,
y ayudado por los arrieros consiguió subirse a duras penas sobre una
mula, cuyo lomo se dobló al recibir aquel peso enorme.
--¡Uf! murmuró, ya estoy.
--¡A caballo! gritó el capitán.
Los dragones obedecieron en seguida, y durante algunos segundos se oyó
un golpeteo de hierro.
La joven de quien hemos hablado había permanecido hasta entonces
inmóvil y silenciosa en el umbral de la puerta, al parecer poseída por
una agitación secreta y dirigiendo en torno suyo miradas inquietas, que
fijaba en dos o tres campesinos que, recostados con indolencia en las
tapias de la venta, observaban los movimientos de la caravana con una
mirada a la vez indiferente y curiosa; pero en el momento en que el
capitán iba a dar la orden de marcha, la joven se acercó resueltamente
a él, y presentándole un mechero, le dijo con voz dulce y melodiosa:
--Señor Capitán, se le ha apagado a V. el cigarro.
--¡Es verdad! respondió el oficial, e inclinándose con galantería hacia
ella, cogió el mechero, se sirvió de él, y se lo devolvió diciendo:
--Gracias, hermosa niña.
La joven aprovechó el momento en que el rostro del oficial se
aproximaba al suyo para decirle rápidamente y en voz muy baja estas
palabras:
--¡Tenga V. cuidado!
--¿Cómo? dijo el oficial mirándola fijamente.
La joven, sin contestar, puso el dedo índice en sus rosados labios, y
volviéndose con viveza, entró corriendo en la venta.
El capitán se enderezó sobre la silla, frunció su negro entrecejo y
dirigió una mirada amenazadora a los dos o tres individuos que estaban
recostados en la tapia; pero muy luego sacudió la cabeza y murmuró con
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