sentimientos que se agitaban en el fondo de su corazón, el negro se
dejó caer al suelo, y durante algunos minutos quedó sumido en serias
reflexiones. El cazador respetó su silencio.
Por último, al cabo de algunos instantes el negro levantó la cabeza y
dijo:
--Escuche V., cazador; he dado gracias a Dios, como debía, por mi
emancipación. Ahora que me siento un poco tranquilo y comienzo a
acostumbrarme a mi nueva condición, tenga V. la bondad de referirme lo
que ha pasado entre usted y mi amo, a fin de que yo sepa de un modo
exacto lo que debo agradecer a V., y arregle según esa gratitud mi
conducta venidera. Hable V. que ya le escucho.
--¿Para qué he de hacer esa narración que tan poco le interesa a V.? Es
V. libre, y eso debe bastarle.
--No, no me basta. Soy libre, es cierto; pero ¿cómo he llegado a serlo?
--Esa narración, lo repito, no puede interesarle a V. mucho. Sin
embargo, como puede hacer que forme V. mejor opinión respecto del
hombre a quien antes pertenecía, no persistiré en callar. Escuche V.
pues.
Después de este exordio, Tranquilo refirió prolijamente los sucesos que
habían ocurrido entre el mercader de esclavos y él, y cuando por fin
hubo terminado, añadió:
--Vamos, ¿está V. satisfecho ahora?
--Sí, respondió el negro que le había escuchado con la atención más
sostenida; sé que, después de Dios, a V. es a quien debo todo, y
no lo olvidaré; sean las que quieran las circunstancias en que nos
encontremos el uno respecto del otro, nunca tendrá V. que reclamar el
pago de mi deuda.
--Nada me debe V., que ahora es ya libre; lo que le corresponde es
emplear esa libertad como debe hacerlo un hombre de corazón recto y
honrado.
--Procuraré no ser indigno de lo que Dios y V. han hecho por mí;
también agradezco sinceramente a John Davis el buen sentimiento que le
ha impulsado a prestar oído a las observaciones de V.: quizás me será
dado algún día mostrarle mi gratitud; y si tal ocasión se presentase,
no la desperdiciaré.
--¡Bien! Me gusta oírle a V. hablar así; eso me prueba que no me he
equivocado en el concepto que acerca de V. he formado. Y ahora, ¿qué se
propone V. hacer?
--¿Qué consejo me da V.?
--La pregunta es importante, y no sé a punto fijo cómo contestar: la
elección de una profesión cualquiera es siempre cosa muy difícil; antes
de adoptar una resolución de ese género, es necesario reflexionarlo
con madurez: a pesar de mi deseo de serle a V. útil, no quisiera darle
un consejo que, sin duda por consideración hacia mí, se apresuraría a
seguir, y más tarde podría causarle pesadumbre. Además, soy un hombre
cuya vida, desde la edad de siete años, ha trascurrido constantemente
en los bosques; y por lo tanto, tengo muy poca experiencia para
aventurarme a lanzarle a V. por una senda que yo mismo no conozco, y
cuyas ventajas e inconvenientes ignoro.
--Ese raciocinio me parece muy exacto; sin embargo, no puedo permanecer
así: tengo que adoptar un partido, sea el que quiera.
--Haga V. una cosa.
--¿Cuál es?
--Tome V. una escopeta, un cuchillo de monte, pólvora y balas; el
desierto está abierto delante de V. Márchese, ensaye durante algunos
días la Vida libre de las grandes soledades. Durante sus largas horas
de caza reflexionará con entero descanso acerca de la profesión a
que le conviene dedicarse; pesará V. en su mente las ventajas que de
ella espere obtener, y luego, cuando haya adoptado una determinación
irrevocable, vuelve V. la espalda al desierto, se encamina de nuevo
a los sitios habitados, y como es V. un hombre activo, inteligente y
honrado, estoy seguro de que alcanzará buen éxito, sea la que quiera la
profesión a que se dedique.
El negro movió la cabeza varias veces, y dijo:
--Sí, en lo que V. me propone hay bueno y hay malo; no es eso
completamente lo que yo quisiera.
--Explíquese V. claramente, Quoniam; adivino que quiere V. decirme algo
y no se atreve.
--Es verdad: no he sido franco con V., Tranquilo, y he hecho mal; ahora
lo conozco. En vez de pedirle hipócritamente un consejo que de ningún
modo tenía intención de seguir, debí decir a V. lealmente mi modo de
pensar, y eso siempre hubiera sido mejor.
--Veamos, dijo el cazador riendo, hable V.
--¡Tiene V. razón! ¿Por qué no he de decirle lo que mi corazón
siente? Si en el mundo hoy un hombre que se interese por mí, es V.,
sin disputa; por lo tanto, más vale que sepa yo en seguida a qué
atenerme. La única profesión que me conviene es la de cazador de
los bosques. A ella me impulsan mis instintos y mis inspiraciones.
Todas mis tentativas de evasión, cuando yo era esclavo, tendían a ese
objeto. No soy más que un pobre negro con un talento muy limitado y una
inteligencia muy corta, que no podrían servirme de un modo conveniente
en las ciudades, en donde al hombre no se le aprecia por lo que vale,
sino únicamente por lo que parece. ¿Para qué me serviría esa libertad,
con la que tanto me envanezco, en una ciudad en donde, para mantenerme
y vestirme, al instante me vería obligado a sacrificarla en provecho
del primero que se dignase procurarme los recursos más necesarios
de que me hallo completamente privado? Solo habría reconquistado mi
libertad para convertirme yo mismo de nuevo en esclavo. Así pues, solo
en el desierto es en donde puedo aprovechar ese beneficio que debo
a V., sin temer nunca que la miseria me arrastre a cometer acciones
indignas de un hombre que tiene el convencimiento de lo que vale. Por
eso, solo en el desierto es donde puedo vivir en lo sucesivo, sin
volver a acercarme a las ciudades más que para cambiar las pieles de
los animales que yo haya cazado por balas, pólvora y ropa. Soy joven y
vigoroso: ¡Dios, que me ha protegido hasta ahora, no me abandonará!
--Quizás tenga V. razón: yo, para quien la vida que llevo es preferible
a cualquiera otra, no puedo censurar a V. porque quiera seguir mi
ejemplo. ¡Bueno! Ahora que todo está arreglado y convenido a gusto de
V., vamos a separarnos, mi buen Quoniam. Dios le dé a V. buena suerte,
y quizás nos encontremos algún día en el territorio indio.
El negro se echó a reír, enseñando dos hileras de dientes blancos como
la nieve, pero no respondió.
Tranquilo se echó su rifle al hombro, le hizo una seña postrera de
amistosa despedida, y se volvió para dirigirse a su piragua.
Quoniam cogió la escopeta que el cazador le había dejado, se puso el
cuchillo de monte en el cinto, del cual colgó también los dos cuernos
llenos de pólvora y balas, y luego, habiendo dirigido una mirada en
torno suyo para cerciorarse de que nada dejaba olvidado, siguió al
cazador, que le había tomado ya una delantera bastante considerable.
Le alcanzó en el momento en que llegaba junto a la piragua y se
disponía a ponerla a flote. Al oír el cazador el ruido de los pasos, se
volvió y dijo:
--¡Calle! ¿Es V. todavía, Quoniam?
--¡Sí! contestó el negro.
--¿Qué motivo le trae a V. hacia este lado?
--¡Ah! dijo Quoniam metiéndose los dedos entre su encrespada cabellera
y rascándose con furor, es que ha olvidado V. una cosa.
--¿Yo?
--Sí Señor, respondió el negro con cierto embarazo.
--¿Qué es?
--El llevarme con V.
--Es verdad, dijo el cazador tendiéndole la mano; perdóneme V., hermano.
--Según eso, ¿consiente V.? exclamó Quoniam con una alegría mal
contenida.
--Sí.
--¿Ya no nos separaremos?
--Eso dependerá de la voluntad de V.
--¡Oh! Entonces, exclamó lanzando una carcajada alegre, viviremos mucho
tiempo juntos.
--¡Pues bien! ¡Corriente! respondió el cazador; venga V.: dos hombres,
cuando tienen completa fe el uno en el otro, son muy fuertes en el
desierto. Sin duda Dios ha querido que nos encontremos. En adelante
seremos hermanos.
Quoniam saltó a la barca y cogió alegremente los remos.
El pobre esclavo nunca había sido tan feliz, nunca había encontrado
el aire tan puro, la naturaleza tan bella; le parecía que todo le
sonreía y le festejaba; desde aquel momento iba a comenzar realmente
a vivir con la existencia de los demás hombres, sin ninguna traba
amarga; lo pasado no era ya más que un sueño. Había encontrado en su
defensor lo que tantos hombres buscan en vano durante el curso de una
larga existencia, un amigo, un hermano, en quien podría confiar por
completo, y para el cual no tendría secretos.
En pocos minutos llegaron al sitio en que el canadiense había reparado
al llegar; aquel punto, claramente designado por los dos sauces caídos
en cruz el uno sobre el otro, formaba una especie de promontorio de
arena muy favorable para establecer un campamento por la noche, porque
desde allí se dominaba, no solo el curso del río hasta una distancia
muy larga por ambos lados, sino que también era fácil vigilar las dos
orillas y evitar una sorpresa.
--Aquí es donde pasaremos la noche, dijo Tranquilo; trasportemos a
tierra la piragua para guarecer nuestra hoguera.
Quoniam cogió la ligera embarcación, la levantó en alto, y colocándola
sobre sus robustos hombros, la llevó al sitio que su compañero le había
designado.
Había trascurrido ya un espacio de tiempo considerable desde que el
canadiense y el negro se encontraron de un modo tan milagroso. El sol,
que estaba ya bastante bajo en el horizonte en el momento en que el
cazador dobló el promontorio y cazó los flamantes, se hallaba a la
sazón próximo a desaparecer; anochecía con rapidez, y los segundos
términos del paisaje comenzaban a perderse entre las sombras del
crepúsculo que se condensaba cada vez más.
El desierto despertaba; los roncos rugidos de las fieras se oían por
intervalos, mezclándose con los maullidos de los carcayús y con los
violentos aullidos de los lobos rojos.
El cazador escogió la leña más seca que pudo hallar para encender la
lumbre, a fin de que el humo fuese poco, y la llama, por el contrario,
iluminase los alrededores de modo que denunciase inmediatamente la
aproximación de los terribles vecinos cuyos gritos oía, y a los que la
sed tardaría muy poco en llevar hacia aquel sitio.
Los flamantes asados y algunos puñados de -pennekann- (carne picada y
reducida a polvo) constituyeron la cena de los aventureros, cena muy
sobria, regada tan solo con agua del río; pero que comieron con buen
apetito y como hombres que saben apreciar el valor de los manjares que
les depara la Providencia, sean los que quieran.
Cuando hubieron comido el último bocado, el canadiense partió
fraternalmente su provisión de tabaco con su nuevo compañero, y
encendió su pipa india, que saboreó como un verdadero aficionado,
ejemplo seguido concienzudamente por Quoniam.
--Ahora, dijo Tranquilo, bueno será que sepa V. que un antiguo amigo
mío hará como tres meses que me dio una cita para este sitio. Es un
jefe indio, y debe llegar aquí mañana al amanecer. Aunque es muy joven,
ya goza de gran nombradía en su tribu. Le quiero como a un hermano, y
casi puede decirse que nos hemos criado juntos. Me alegraré de ver que
simpatice con V. Es un hombre entendido y experimentado, para quien la
vida del desierto no tiene secretos. La amistad de un jefe indio es
cosa preciosa para un cazador de los bosques; piense V. en eso. Por lo
demás, estoy convencido de que convendrá V. en ello al primer golpe de
vista.
--Haré todo lo que sea necesario para conseguir su amistad. Basta
que ese jefe sea amigo de V. para que yo desee que lo sea mío
también. Hasta ahora, aunque como esclavo fugitivo he vagado durante
mucho tiempo por los bosques, todavía no he visto nunca a un indio
independiente; así pues, es muy posible que, contra mi voluntad, cometa
alguna torpeza. Crea V., sin embargo, que no será por culpa mía.
--Estoy convencido de ello; tranquilícese V. respecto de eso: advertiré
al jefe, quien creo que quedará tan sorprendido como V., porque
supongo que V. será el primer negro a quien haya encontrado en toda
su vida. Ea, ya ha anochecido por completo; debe V. estar cansado por
la obstinada persecución que ha sufrido durante todo el día y por las
emociones fuertes que ha experimentado; duerma V., que yo velaré por
los dos, pues mañana, probablemente, tendremos que hacer una marcha muy
larga, es preciso que esté V. ágil y dispuesto.
El negro comprendió lo justas que eran las observaciones de su amigo,
con tanto más motivo, cuanto que estaba abrumado de cansancio; los
sabuesos de su antiguo amo le habían perseguido tan de cerca, que
en las cuatro últimas noches no había podido dormir. Así pues,
prescindiendo de toda vergüenza mal entendida, se tendió en el suelo
con los pies junto al fuego, y se durmió casi al momento.
Tranquilo permaneció sentado sobre la piragua, con su rifle entre las
piernas, a fin de estar dispuesto para cualquier alarma, y quedó
sumido en profundas reflexiones, al paso que vigilaba con el mayor
cuidado los alrededores y prestaba atento oído al ruido más leve.
[1] Nada hay que nos parezca tan ridículo como ese lenguaje
extravagante que se atribuye a los negros, lenguaje que, en primer
lugar, tiene la desventaja de hacer más lenta la narración, y que
además es falso, doble razón que nos induce a no emplearle aquí, aunque
en concepto de algunos perjudique al colorido local. -(N. del A.).-
IV.
LA MANADA.
La noche estaba espléndida. El cielo, de un azul oscuro, se veía
tachonado por millones de estrellas que derramaban una luz dulce y
misteriosa.
El silencio del desierto era interrumpido por mil ruidos melodiosos
y animados; leves resplandores que se filtraban por entre las hojas
de los árboles corrían sobre la fina yerba a manera de fuegos fatuos.
En la orilla opuesta del río algunos robles secos y carcomidos se
alzaban cual fantasmas, y la brisa agitaba sus largas ramas cubiertas
de plantas trepadoras; mil rumores cruzaban el espacio; gritos
incalificables salían de las madrigueras invisibles de la selva; se
oían los suspiros ahogados del viento entre las hojas, el murmullo del
agua sobre los guijarros de la playa, y ese ruido, en fin, inexplicable
de las oleadas de la vida, ruido que procede de Dios, y al que hace ser
aún más imponente la soledad majestuosa de las llanuras americanas.
El cazador se dejaba arrastrar, a pesar suyo, por la omnipotente
influencia de aquella naturaleza primitiva que le rodeaba: al
encontrarse aislado así en ella, por todos los poros percibía su savia
fortalecedora; todo su ser se estremecía y se identificaba con la
escena sublime a que asistía; apoderábase de él una melancolía dulce
y serena: tan lejos de los hombres y de su mezquina civilización, se
sentía más cerca de Dios, y su fe cándida se aumentaba con toda la
admiración que le causaban los secretos medio revelados de los grandes
arcanos de la naturaleza, secretos que sorprendía, por decirlo así, en
el acto.
Y es que el alma se engrandece, y los pensamientos se ensanchan con
el contacto de esa vida nómada, en la que cada minuto que trascurre
produce peripecias nuevas e imprevistas, en la que a cada paso ve el
hombre el dedo de Dios señalado de una manera evidente en los paisajes
ásperos y grandiosos que le rodean.
Así esa existencia de peligros y de privaciones tiene, para los que la
han ensayado una vez siquiera, encantos y embriagueces inexplicables,
alegrías incomprensibles, que hacen que siempre se las eche de menos,
porque solo en el desierto es donde el hombre siente que vive, donde
tiene la medida de sus fuerzas, y donde se le revela el secreto de su
poder.
Así trascurrían las horas con rapidez para el cazador, sin que el
sueño llegase todavía a cerrar sus párpados; ya la fresca brisa de la
mañana hacía estremecer las altas copas de los árboles y rizaba la
tersa superficie del río, en cuyas aguas plateadas se reflejaban las
grandes sombras de sus accidentadas orillas. En el horizonte, anchas
fajas rosadas anunciaban la próxima salida del sol; el búho, oculto en
la enramada, había saludado por dos veces con su grito melancólico la
vuelta del día: eran próximamente las tres de la madrugada.
Tranquilo abandonó el rústico asiento en que hasta entonces había
permanecido en completa inmovilidad, sacudió el entorpecimiento que se
había apoderado de él, y dio algunos paseos por la playa con el fin de
restablecer la circulación de la sangre en todos sus miembros.
Cuando un hombre, no diremos se despierta, porque el buen canadiense
ni un solo instante había cerrado los ojos durante el trascurso de
aquella larga velada, pero sacude el entorpecimiento en que le han
sumido el silencio, las tinieblas y sobre todo el frío penetrante de
la noche, necesita algunos minutos antes de que consiga entrar de
nuevo en posesión de todas sus facultades y restablecer el equilibrio
en su cerebro: esto fue lo que le sucedió al cazador. Sin embargo,
acostumbrado hacía muchos años a la vida del desierto, aquel espacio
de tiempo fue menos largo para él que para cualquier otro, y muy luego
recobró la plenitud de su inteligencia, sintiéndose tan despejado, y
con la mirada tan penetrante y el oído tan sutil, como en la noche
anterior. Disponíase, por lo tanto, a despertar a su compañero, que
seguía durmiendo con ese sueño bueno y reparador que en este mundo solo
disfrutan los niños y los hombres cuya conciencia está pura de todo mal
pensamiento, cuando de improviso se paró, prestando atento oído con
marcada inquietud.
Desde las escondites profundidades del bosque que formaba un espeso
cortinaje detrás de su campamento, el canadiense había oído alzarse un
ruido inexplicable que aumentaba por momentos, y que muy luego adquirió
las proporciones de los violentos estampidos del trueno.
Este ruido se acercaba cada vez más: eran patadas secas, fuertes y
apresuradas, estremecimientos y roces de árboles y de ramas, mugidos
sordos que parecían sobrehumanos, en fin, un rumor incalificable,
espantoso, indefinible, que, acercándose ya bastante, resonaba como el
ruido sordo y continuo de una gran masa de agua cuando va a producir
una inundación.
Quoniam, que había despertado sobresaltado por aquel tumulto singular,
estaba de pie, con su rifle en la mano y la vista fija en el cazador,
dispuesto a obrar a la primera señal, aunque sin adivinar lo que
pasaba, con la imaginación embotada todavía por la pesadez del sueño, y
poseído de ese terror instintivo que se apodera del hombre más valiente
cuando comprende que le amenaza un peligro terrible y desconocido.
Así trascurrieron algunos minutos.
--¿Qué haremos? murmuró Tranquilo con vacilación, procurando, aunque
inútilmente, explorar con la mirada las profundidades de la selva y
adivinar lo que ocurría.
De pronto resonó a corta distancia un silbido agudo.
--¡Ah! exclamó Tranquilo haciendo un movimiento de alegría y alzando
súbitamente la cabeza, por fin voy a saber a qué atenerme.
Y llevándose los dedos a la boca, imitó el grito de la garza. En el
mismo instante se precipitó un hombre fuera de la selva, y dando dos
saltos de tigre llegó junto al cazador.
--¡Ooah! exclamó; ¿Qué hace aquí mi hermano?
Aquel hombre era el Ciervo-Negro.
--Le estaba a V. aguardando, jefe, respondió el canadiense.
El piel roja era un hombre de veintiséis a veintisiete años, de
estatura mediana, pero muy bien proporcionada; llevaba el gran traje
de guerra de su nación, y estaba pintado y armado como para ir a una
expedición. Su semblante era hermoso; su fisonomía inteligente y leal
revelaba valor y bondad, y en todas sus facciones se reflejaba una
majestad suprema.
En aquel momento parecía que se hallaba poseído de una agitación tanto
más extraordinaria, cuanto que los pieles rojas consideran como punto
de honra el no dejarse conmover nunca por suceso alguno, por terrible
que sea; sus ojos lanzaban relámpagos, sus palabras eran breves, su voz
tenía un acento metálico.
--¡Pronto! dijo, hemos perdido ya demasiado tiempo.
--Pues ¿qué sucede? preguntó Tranquilo.
--¡Los bisontes! dijo el jefe.
--¡Oh! ¡Oh! exclamó Tranquilo con terror.
Había comprendido: aquel ruido que estaba oyendo hacía algún tiempo,
le producía una manada de bisontes que venía del este, y se dirigía
probablemente a las praderas altas del oeste.
Lo que el cazador había adivinado tan pronto necesita serle explicado
brevemente al lector, a fin de que pueda comprender el peligro terrible
a que de improviso se hallaban expuestos nuestros personajes.
Llámese manada, en las antiguas posesiones españolas, a una reunión
de varios millares de animales salvajes. Los bisontes, en sus
emigraciones periódicas durante la estación de los amores, se reúnen
algunas veces en manadas de quince o veinte mil cabezas, que forman
una tropa compacta, y viajan juntos; aquellas reses caminan siempre en
derechura delante de sí, oprimiéndose unas contra otras, trasponiendo
y derribando cuantos obstáculos se oponen a su paso. Desgraciado el
temerario que intentase detener O variar la dirección de su furibunda
carrera, porque sería destrozado y molido como paja bajo los pies de
aquellos animales estúpidos, que pasarían por cima de su cuerpo sin tan
siquiera verle.
Así pues, la posición de nuestros personajes era muy crítica, porque la
casualidad les había colocado precisamente en frente de una manada que
llegaba sobre ellos con la rapidez del rayo.
Toda fuga era imposible; no había que pensar en ello, y la resistencia
era aún más imposible.
El ruido se acercaba con una rapidez espantosa; ya se oían clara y
distintamente los mugidos salvajes de los bisontes mezclados con
los aullidos de los lobos rojos y con los ásperos maullidos de los
jaguares, que iban saltando por los flancos de la manada y cazando a
los rezagados o a los que se apartaban imprudentemente a la derecha o a
la izquierda.
Con un cuarto de hora más que trascurriese, nuestros tres hombres
quedaban perdidos; pues la espantosa masa aparecía barriéndolo todo en
su paso con esa fuerza irresistible de la fiera, a la que nada puede
vencer.
Lo repetimos, la posición era crítica.
El Ciervo-Negro se dirigía al punto de cita que él mismo había
designado al cazador canadiense; ya no distaba más que tres o cuatro
leguas del sitio en que pensaba encontrar a su amigo, cuando su oído
ejercitado percibió el ruido de la furibunda carrera de los bisontes.
Cinco minutos le bastaron para comprender la inminencia del peligro
que amenazaba al cazador: con esa rapidez de decisión que caracteriza
a los pieles rojas en los casos apurados, resolvió avisar a su amigo y
salvarle o perecer con él; entonces se lanzó a la carrera, salvando con
vertiginosa rapidez el espacio que le separaba del sitio de la cita,
sin tener más que un pensamiento fijo, el de tomar una gran delantera a
la manada, de modo que el cazador pudiese salvarse: desgraciadamente,
por rápida que fuese su carrera, y los indios son afamados por su
fabulosa agilidad, no pudo llegar bastante a tiempo para poner en salvo
a aquel a quien quería librar.
Cuando el jefe, después de haber avisado al cazador, hubo reconocido la
inutilidad de sus esfuerzos; verificóse en él una reacción súbita; sus
facciones, animadas por la inquietud, recobraron su rigidez habitual;
una sonrisa triste arqueó sus labios desdeñosos, y se dejó caer al
suelo murmurando con voz sombría:
--¡Wacondah no ha querido!
Pero Tranquilo no aceptó la posición con igual resignación y fanatismo;
el cazador pertenecía a esa raza de hombres enérgicos cuyo carácter,
de un temple muy fuerte, nunca se deja abatir, y que luchan hasta el
último instante.
Cuando vio que el piel roja, con el fatalismo propio de su raza,
abandonaba la partida, resolvió hacer un esfuerzo supremo e intentar un
imposible.
A veinte pasos más allá del sitio en que el cazador había establecido
su campamento, había varios árboles derribados por el suelo, muertos de
vejez, y, por decirlo así, amontonados unos sobre otros; luego, detrás
de aquella especie de atrincheramiento natural, se alzaba un grupo de
cinco o seis robles aislados de todos los demás, y que formaban como un
oasis en medio de los arenales de la orilla del río.
--¡Alerta! gritó el cazador. Quoniam, recoja V. toda la leña seca que
pueda, y véngase acá; jefe, haga V. lo mismo.
Los dos hombres obedecieron sin comprender, pero tranquilizados por la
sangre fría de su compañero.
En pocos momentos quedó amontonada sobre los árboles derribados una
cantidad considerable de leña seca.
--¡Bueno! gritó el cazador; ¡Vive Dios! Aún no se ha perdido todo:
¡buen ánimo!
Llevando entonces a aquella hoguera improvisada los restos de la lumbre
que había encendido en su campamento para combatir el frío de la noche,
atizó y avivó el fuego con materias resinosas, y en menos de cinco
minutos una ancha llamarada se alzó oscilando hacia el cielo, y formó
una cortina espesa y de más de diez metros de extensión.
--¡En retirada! ¡En retirada! exclamó el cazador; ¡Seguidme!
El Ciervo-Negro y Quoniam se precipitaron en pos de él.
El canadiense no fue muy lejos; cuando hubo llegado al grupo de árboles
de que hemos hablado, trepó al más corpulento con sin igual destreza y
agilidad, y muy luego sus compañeros y él se encontraron encaramados
a cincuenta metros de altura, cómodamente establecidos sobre fuertes
ramas, y ocultos por completo entre las hojas.
--Así, dijo el canadiense con la mayor sangre fría; éste es nuestro
último recurso. En cuanto aparezca la columna, fuego sobre los
flanqueadores; si el resplandor de las llamas asusta a los bisontes,
nos salvamos; si no, no nos quedará más remedio que morir. Pero al
menos habremos hecho todo lo posible para salvar nuestras vidas.
El fuego encendido por el cazador había tomado proporciones
gigantescas; se había ido extendiendo, inflamando las yerbas y los
arbustos, y aunque estaba demasiado lejos de la selva para poder
incendiarla, muy luego formó una cortina de llamas de cerca de un
cuarto de milla de longitud, y cuyos resplandores rojizos teñían a lo
lejos el cielo y daban al paisaje un aspecto de grandiosidad imponente
y salvaje.
Los cazadores, desde el sitio en que se habían refugiado, dominaban
aquel océano de llamas, que no podía alcanzarles, y se cernían, por
decirlo así sobre él.
De pronto se oyó un crujido horrible, y en el linde de la selva
apareció la vanguardia de la manada.
--¡Atención! exclamó el cazador echándose el rifle a la cara.
Los bisontes, sorprendidos de improviso por la vista de aquel muro
de llamas que se alzaba súbitamente ante ellos, deslumbrados por el
resplandor del fuego, y al mismo tiempo abrasados por aquel calor tan
fuerte, vacilaron por un instante como si se hubiesen consultado, y en
seguida se precipitaron hacia adelante con un furor ciego, lanzando
bramidos de cólera.
Sonaron tres tiros.
Los tres bisontes que iban más adelantados cayeron revolcándose en las
angustias de la agonía.
--Estamos perdidos, dijo Tranquilo fríamente.
Los bisontes seguían avanzando.
Pero muy luego el calor llegó a ser insoportable; el humo, lanzado por
la brisa en dirección de la manada, cegó a las reses, y entonces se
verificó una reacción; hubo un momento de parada, seguido muy pronto de
un movimiento de retroceso.
Los cazadores, con el pecho anheloso, seguían con una mirada ansiosa
las singulares peripecias de aquella escena terrible. Era una cuestión
de vida o muerte para ellos la que en aquel momento se decidía; su
existencia estaba colgada de un hilo, por decirlo así.
Entre tanto la imponente masa seguía avanzando. Los animales que
guiaban a la manada no pudieron resistir al empuje de los que les
seguían; fueron derribados y pisoteados por los que venían detrás;
pero estos, abrumados a su vez por el calor, quisieron también
retroceder; en aquel momento supremo algunos bisontes se desbandaron
a derecha e izquierda, y esto bastó para que los demás les siguiesen;
entonces se establecieron dos corrientes, una por cada lado del fuego,
y la manada, cortada en dos, pasó como un torrente que ha roto sus
diques, reuniéndose en la playa y vadeando el río en columna cerrada.
Era un espectáculo horrible el que ofrecía aquella manada huyendo
aterrada y lanzando gritos de terror, perseguida por las fieras y
encerrando en su centro el fuego encendido por el cazador, que parecía
un faro lúgubre destinado a iluminar el camino.
Muy luego se echaron los bisontes al río, que atravesaron en línea
recta, y su prolongada columna oscura serpenteó en la opuesta orilla,
en donde no tardó en desaparecer la cabeza de la manada.
Los cazadores estaban salvados, merced a la presencia de ánimo y sangre
fría del canadiense; sin embargo, todavía permanecieron ocultos durante
dos horas entre las ramas que les cobijaban.
Los bisontes continuaban pasando por derecha e izquierda. El fuego se
había apagado por falta de alimento; pero ya estaba dada la dirección a
las reses, y al llegar a la apagada hoguera, que no era ya más que un
montón de cenizas, la columna se dividía por sí sola y desfilaba por
ambos lados.
Al fin apareció la retaguardia, hostigada por los jaguares que
saltaban por sus flancos, y después todo concluyó. El desierto,
cuyo silencio había sido turbado por un instante, volvió a caer en
su habitual tranquilidad. Solo una ancha senda trazada en medio del
bosque y sembrada de árboles destrozados atestiguó el paso furibundo de
aquella tropa desordenada.
Los cazadores respiraron; a la sazón podían abandonar sin peligro su
fortaleza aérea y bajar de nuevo al suelo.
V.
EL CIERVO-NEGRO.
Tan pronto como nuestros tres personajes hubieron bajado del árbol,
reunieron los tizones desparramados de la hoguera casi apagada, con el
fin de encender el fuego para condimentar el almuerzo.
Los víveres no les escaseaban, y no se vieron obligados a recurrir a
sus provisiones particulares, pues varios bisontes tendidos sin vida
en el suelo les ofrecían con profusión el manjar más suculento del
desierto.
Mientras que Tranquilo se ocupaba en preparar convenientemente un lomo
de bisonte, el negro y el piel roja se examinaban con una curiosidad
que se revelaba por mutuas exclamaciones de sorpresa.
El negro se reía como un loco considerando el aspecto singular
del guerrero indio, cuyo rostro estaba pintado de cuatro colores
diferentes, y que llevaba un traje tan raro en concepto del buen
Quoniam, quien, según ya hemos dicho, nunca se había encontrado con
indios.
El jefe manifestaba su sorpresa de diferente manera. Después de haber
permanecido mucho tiempo inmóvil mirando al negro, se acercó a él, y
sin decir una palabra le cogió de un brazo y comenzó a frotarle con
toda su fuerza con una punta de su manto de piel de bisonte.
El negro, que al pronto se había prestado gustoso al capricho del
indio, no tardó en impacientarse; al pronto procuró desasirse, pero no
lo pudo conseguir, pues el jefe le sujetaba con fuerza y procedía de
una manera concienzuda a su operación singular. Entre tanto, Quoniam, a
quien aquel frote continuo comenzaba no solo a incomodar, sino a hacer
sufrir en extremo, principió a lanzar gritos horribles, haciendo los
mayores esfuerzos para librarse de su impasible verdugo.
Los gritos de Quoniam llamaron la atención de Tranquilo; levantó la
cabeza y acudió presuroso a libertar al negro, que lanzaba miradas
extraviadas, saltaba a uno y otro lado, y aullaba como un condenado.
--¿Por qué atormenta mi hermano así a ese hombre? preguntó el
canadiense interponiéndose.
--¿Yo? repuso el jefe con sorpresa; no le atormento; su disfraz no es
necesario y se lo quito.
--¿Cómo, mi disfraz? exclamó Quoniam.
Tranquilo le impuso silencio con un gesto, y prosiguió diciendo:
--Ese hombre no está disfrazado.
--¿A qué pintarse así todo el cuerpo? repuso obstinadamente el jefe;
los guerreros no se pintan más que el rostro.
El cazador no pudo contener una carcajada, y tan luego como recobró su
seriedad, dijo:
--Mi hermano se equivoca; ese hombre pertenece a otra raza. El Wacondah
le ha hecho la piel negra, así como ha hecho roja la de mi hermano
y blanca la mía. Todos los hermanos de ese hombre son de su color;
el Gran Espíritu lo ha querido así, a fin de no confundirlos con las
naciones de los pieles rojas y de los rostros pálidos; mire mi hermano
su manto de piel de bisonte y verá que no se le ha pegado el más mínimo
átomo negro.
--¡Oeht! dijo el indio bajando la cabeza como un hombre que se halla
colocado ante un problema insoluble; el Wacondah todo lo puede.
Y obedeció maquinalmente al cazador, dirigiendo una mirada distraída a
la punta de su manto, que aún no había pensado en soltar.
--Ahora, continuó diciendo Tranquilo, sírvase V., jefe, considerar a
este hombre como a un amigo, y hacer por él lo que en caso necesario
haría V. por mí; pues se lo agradeceré en extremo.
El jefe se inclinó con gracia, y tendiendo la mano al negro, le dijo:
--Las palabras de mi hermano el cazador resuenan en mi oído con
la dulzura del canto del -cenzontle-. El -Wah-rush-ar-menec- (el
Ciervo-Negro) es un sachem en su nación, su lengua no está partida,
y las palabras que sopla su pecho son claras, porque proceden de su
corazón; el Cara-Negra tendrá su puesto en el fuego del consejo de los
Pawnees, porque desde este momento es amigo de un jefe.
Quoniam saludó al indio y correspondió cordialmente a su apretón de
mano, diciéndole:
--No soy más que un pobre negro; pero mi corazón es puro, y mi sangre
corre tan roja por mis venas como si yo fuese blanco o indio. Ambos
tenéis derecho para pedirme mi vida; os la daré con alegría.
Después de este mutuo cambio de seguridades amistosas, los tres hombres
se sentaron en el suelo y se dispusieron para almorzar.
Merced a las emociones sufridas durante la mañana, los aventureros
tenían un apetito feroz; devoraron el lomo de bisonte, que desapareció
casi por completo bajo sus reiterados ataques, y que regaron con
algunos cuernos de agua mezclada con ron, del cual llevaba Tranquilo
una pequeña provisión en una calabaza colgada de su cintura.
Cuando el almuerzo hubo terminado, encendiéronse las pipas, y cada cual
se puso a fumar silenciosamente y con esa gravedad propia de las gentes
que viven en los bosques.
Cuando la pipa del jefe se hubo apagado, sacudió sus cenizas
golpeándola sobre la uña del dedo pulgar de la mano izquierda, se la
colocó en el cinto, y volviéndose hacia Tranquilo, le dijo:
--¿Quieren mis hermanos celebrar consejo?
--Sí, respondió el canadiense. Cuando me separé de V. en el Alto
Misuri, a fines de la luna de -Mikini-Quisis- (mes de las frutas
quemadas, julio), me citó V. para la caleta de los sauces secos
del Río del Alce, para el diez de setiembre, día de la luna de
-Inaqui-Quisis- (mes de las hojas que caen, setiembre), dos horas antes
de la salida del sol. Ambos hemos sido exactos. Ahora aguardo a que se
sirva V. explicarme, jefe, por qué me ha dado esta cita.
--Tiene razón mi hermano: el Ciervo-Negro hablará.
Después de haber pronunciado estas palabras, el semblante del indio
pareció que se oscurecía, y quedó sumido en una meditación profunda que
sus compañeros respetaron, aguardando con paciencia a que volviese a
tomar la palabra.
Por fin, al cabo de un cuarto de hora el jefe indio se pasó la mano
por la frente varias veces, levantó la cabeza, dirigió en torno suyo
una mirada investigadora, y se decidió a hablar, pero en voz baja
y contenida, como si aún en aquel desierto hubiese temido que sus
palabras fuesen escuchadas por oídos enemigos.
--Mi hermano el cazador me conoce desde mi infancia, dijo, puesto que
ha sido criado por los sachems de mi nación; así pues, nada le diré
de mí. El gran cazador pálido tiene en su pecho un corazón indio; el
Ciervo-Negro le hablará como a un hermano. Hace tres lunas el jefe
estaba cazando con su amigo a los alces y los gamos en las praderas del
Misuri, cuando un guerrero Pawnee llegó a rienda suelta, llamó al jefe
aparte y habló en secreto con él durante largas horas. ¿Recuerda eso mi
hermano?
--Perfectamente, jefe: recuerdo que, después de aquella conversación
prolongada, el Zorro-Azul, que así se llamaba el guerrero Pawnee,
partió con la misma rapidez con que había llegado; y mi hermano, que
hasta aquel momento había estado alegre y gozoso, se tornó triste de
improviso. A pesar de las preguntas que dirigí a mi hermano, no quiso
revelarme la causa de aquella tristeza súbita, y al día siguiente, al
salir el sol, se separó de mí citándome para hoy aquí.
--Sí, respondió el indio, eso es exacto, así pasó todo; pero lo que
entonces no podía yo decir, se lo voy a manifestar ahora a mi hermano.
--Mis oídos están abiertos, respondió el cazador inclinándose; temo
que mi hermano no tenga que comunicarme desgraciadamente sino malas
noticias.
--Mi hermano juzgará, dijo el indio: he aquí las noticias que me trajo
el Zorro-Azul. Un día llegó a las orillas del Río del Elk, en donde
se alzaba la aldea de los Pawnees-Serpientes, un rostro pálido de los
Cuchillos Largos del oeste, seguido de unos treinta guerreros de los
rostros pálidos, de varias mujeres y de grandes casas de medicina
arrastradas por bisontes rojos sin joroba y sin crin. Aquel rostro
pálido se detuvo a dos tiros de flecha de la aldea de mi nación, en
la orilla opuesta del río, encendió hogueras y acampó. Mi padre, como
sabe mi hermano, era el primer sachem de la tribu; montó a caballo, y
seguido de algunos guerreros, pasó el río y se presentó al extranjero
con el fin de darle la bienvenida a su llegada al territorio de caza
de nuestra nación y ofrecerle los refrescos que pudiese necesitar.
«Aquel rostro pálido era un hombre de elevada estatura, de facciones
duras y acentuadas. La nieve de varios inviernos había blanqueado su
cabellera. Al oír las palabras de mi padre, se echó a reír, y respondió:
--»¿Es V. el jefe de los pieles rojas de esa aldea?
--»Sí, dijo mi padre.
»Entonces el rostro pálido sacó un gran -collar- (carta) en el cual
estaban dibujadas figuras singulares, y enseñándosele a mi padre, le
dijo:
--»Vuestro abuelo pálido de los Estados Unidos me ha concedido la
propiedad de todas las tierras que se extienden desde la cascada del
Antílope hasta el lago de los Bisontes. He aquí, añadió dando con el
dorso de su mano sobre el collar, lo que prueba mi derecho.
»Mi padre y los guerreros que le acompañaban se echaron a reír.
--»Nuestro abuelo pálido, respondió mi padre, no puede dar lo que no
le pertenece; esas tierras de que V. habla constituyen el territorio de
caza de mi nación desde que la gran tortuga salió del seno del mar para
sostener al mundo sobre su concha.
--»No entiendo lo que V. dice, repuso el rostro pálido; solo sé que
esas tierras me han sido dadas, y que, si no consiente V. en retirarse
y dejarme su libre goce, yo sabré obligarte a ello.»
--Sí, dijo Tranquilo interrumpiéndole; he ahí el sistema de esos
hombres: ¡el asesinato y la rapiña!
--Mi padre se retiró al oír aquella amenaza, continuó diciendo el
indio; inmediatamente tomaron las armas los guerreros, las mujeres
fueron escondidas en unas cuevas, y la tribu entera se dispuso para la
resistencia. Al día siguiente, al amanecer, los rostros pálidos pasaron
el río y atacaron la aldea. El combate fue largo y encarnizado; duró
todo el espacio de tiempo comprendido entre dos soles; pero ¿qué podían
hacer unos pobres indios contra los rostros pálidos armados con rifles?
Fueron vencidos y obligados a emprender la fuga. Dos horas después
la aldea estaba reducida a cenizas, y los huesos de los antepasados
desparramados en todas direcciones. Mi padre había sido muerto en la
batalla.
--¡Oh! exclamó el canadiense lleno de dolor.
--Aún no es eso todo, repuso el jefe; los rostros pálidos descubrieron
la cueva en que se habían refugiado las mujeres de la tribu, y todas,
o al menos casi todas, porque solo diez o doce lograron escaparse
llevándose sus niños, ¡fueron asesinadas a sangre fría con todo el
refinamiento de la más horrible barbarie!
El jefe, después de haber pronunciado estas palabras, ocultó el rostro
en su manto de piel de bisonte, y sus compañeros oyeron los sollozos
que en vano procuraba ahogar.
--He ahí, repuso al cabo de un momento, las noticias que me comunicó el
Zorro-Azul: mi padre había muerto en sus brazos legándome su venganza;
mis hermanos, perseguidos como fieras por sus feroces enemigos,
obligados a esconderse en el fondo de las selvas más impenetrables,
me habían elegido para ser jefe suyo: acepté haciendo jurar a los
guerreros de mi nación que, en los rostros pálidos que se apoderaron de
nuestra aldea y asesinaron a nuestros hermanos, habían de vengar todo
el mal que nos hicieron. Desde nuestra separación no he desperdiciado
un solo instante para reunir todos los elementos de mi venganza. Hoy
todo se halla dispuesto; los rostros pálidos se han adormecido en una
seguridad engañosa: su despertar será terrible. ¿Me seguirá mi hermano?
--¡Sí, vive Dios! Le seguiré a V., jefe, y le ayudaré con todo mi
poder, respondió Tranquilo resueltamente; porque su causa es muy justa.
Pero impongo una condición.
--Hable mi hermano.
--La ley del desierto dice: ojo por ojo, diente por diente, es verdad;
pero puede V. vengarse sin deshonrar su victoria con crueldades
inútiles. No siga V. el ejemplo que le han dado; sea V. humano, jefe, y
el Grande Espíritu sonreirá a sus esfuerzos y le será propicio.
--El Ciervo-Negro no es cruel, respondió el jefe; deja eso para los
rostros pálidos; no quiere más que la justicia.
--Lo que dice V. está muy bien, jefe, y me alegro de oírle hablar
así. ¿Pero ha tomado V. bien sus medidas? ¿Son sus fuerzas bastante
considerables para asegurarle el triunfo? Ya sabe V. que los rostros
pálidos son numerosos, y que nunca dejan impune una agresión; suceda lo
que quiera, debe V. prepararse para ver represalias terribles.
El indio se sonrió con desdén y respondió:
--Los Cuchillos Grandes del Oeste son unos perros y unos conejos
cobardes; las mujeres de los Pawnees les darán unas sayas; el
Ciervo-Negro irá con su tribu a establecerse en las grandes praderas
de los Comanches, quienes les recibirán como hermanos, y los rostros
pálidos no sabrán donde encontrarlos.
--Eso está bien pensado, jefe. Pero desde que fue V. expulsado de su
aldea, ¿no ha mantenido V. espías cerca de los americanos para que le
tengan al corriente de todas sus acciones? Eso era muy importante para
el buen éxito de sus proyectos posteriores.
El Ciervo-Negro se sonrió, pero no contestó, de lo cual dedujo el
canadiense que el piel roja, con esa sagacidad y esa paciencia que
caracterizan a los hombres de su raza, había adoptado todas las
precauciones necesarias para asegurar el buen éxito del golpe de mano
que quería intentar contra los nuevos colonos.
Tranquilo, por la educación semi-india que había recibido, y por el
odio hereditario que, como verdadero canadiense, profesaba a la raza
anglo-sajona, se hallaba del todo dispuesto a ayudar al jefe Pawnee a
tomar sobre los norteamericanos una venganza terrible por los insultos
que de ellos había recibido: pero con esa rectitud que constituía el
fondo de su carácter, no quería dejar que los indios cometiesen con sus
enemigos esas crueldades espantosas a que con sobrada frecuencia se
dejan arrastrar en la primera embriaguez de la victoria. Por eso la
determinación que había adoptado tenía doble objeto: primero asegurar,
si era posible, el triunfo de sus amigos, y después emplear toda su
influencia sobre ellos para contenerlos terminado el combate, e impedir
que saciasen su rabia sobre los vencidos, y especialmente sobre las
mujeres y los niños.
Para esto no se ocultó del Ciervo-Negro, y, según hemos visto, impuso
como condición expresa de su cooperación, que de seguro no era cosa de
desdeñar por los indios, que no se cometiese ninguna crueldad inútil.
Quoniam, por su parte, no anduvo con tantos escrúpulos. Enemigo
natural de los blancos, y sobre todo de los norteamericanos, aprovechó
presuroso la ocasión que se le presentaba para hacerles todo el daño
posible y vengarse de los malos tratos que había sufrido, sin tomarse
la molestia de reflexionar que las gentes contra quienes iba a pelear,
eran completamente inocentes respecto de las injurias que él había
recibido. Aquellos individuos eran norteamericanos, y esta razón
bastaba en demasía para justificar a los ojos del vengativo negro la
conducta que se proponía observar cuando llegase el momento oportuno.
Al cabo de algunos instantes el canadiense volvió a tomar la palabra.
--¿Dónde están los guerreros de V.? preguntó al jefe.
--Los he dejado a tres soles de marcha del sitio en que nos hallamos:
si mi hermano no tiene ya nada que le detenga aquí, nos pondremos en
marcha al instante, a fin de reunirnos con ellos lo más pronto posible,
pues mis guerreros aguardan mi regreso con impaciencia.
--Entonces marchemos, dijo el canadiense; el día aún no está muy
adelantado, pero es inútil que perdamos el tiempo en charlar como
viejas curiosas.
Los tres hombres se levantaron, se abrocharon los cintos, se echaron
los rifles al hombro, se internaron presurosos por la senda que
la manada de los bisontes había trazado en la selva, y muy luego
desaparecieron bajo la enramada.
VI.
LA CONCESIÓN.
Abandonaremos durante algún tiempo a nuestros tres viajeros, y usando
de nuestro privilegio de narrador, trasportaremos la escena de nuestro
relato a algunos centenares de millas más lejos, a un fértil y verde
valle del alto Misuri, ese río majestuoso de aguas claras y limpias,
en cuyas orillas se alzan hoy tantas ciudades y pueblos prósperos y
florecientes, cuya corriente surcan en todas direcciones los magníficos
vapores americanos, pero que, en la época en que pasaba nuestra
historia, era todavía casi desconocido, y no reflejaba en sus profundas
aguas más que los corpulentos y frondosos árboles de las misteriosas
selvas vírgenes que cubrían sus bordes.
En el extremo de una especie de horquilla formada por dos afluentes
bastante considerables del Misuri, se extiende un ancho valle cerrado
en un lado por montañas escabrosas, y en el otro por una prolongada
cordillera de altas y fragosas colinas.
Este valle, cubierto casi en toda su extensión por poblados bosques
llenos de caza de todas clases, era un sitio de reunión predilecto
de los indios Pawnees, de los que una tribu numerosa, la de las
Serpientes, se había establecido por completo en el ángulo de la
horquilla con el fin de hallarse más cerca de su territorio de caza
favorita. La aldea de los indios era bastante considerable: contaba
unos trescientos cincuenta hogares, lo cual es enorme para los pieles
rojas, quienes generalmente no gustan de reunirse en gran número en
un mismo sitio, por temor de tener que sufrir el hambre; pero la
posición de la aldea estaba tan bien escogida que esta vez los indios
prescindieron de su costumbre. En efecto, por un lado el bosque les
suministraba más caza de la que podían consumir; por otro el río
abundaba en peces de todas clases y de un sabor delicioso; y las
praderas que les rodeaban estaban cubiertas todo el año de una yerba
crecida y sustanciosa que ofrecía excelente pasto para los caballos.
Hacía varios siglos quizás que los Pawnees-Serpientes se habían fijado
definitivamente en aquel bienaventurado valle que, merced a su posición
abrigada por todas partes, disfrutaba de un clima dulce y exento de
esas grandes perturbaciones atmosféricas que con tanta frecuencia
trastornan las altas latitudes americanas. Los indios vivían allí
tranquilos e ignorados, ocupándose en cazar y pescar, enviando a lo
lejos todos los años reducidas expediciones de jóvenes a seguir el
sendero de la guerra bajo las órdenes de los jefes más afamados de la
nación.
De improviso aquella existencia pacífica fue turbada para siempre;
el asesinato y el incendio se habían extendido cual un sudario
siniestro por todo el valle; la aldea fue destruida por completo, y sus
habitantes muertos sin compasión.
Los norteamericanos habían llegado a tener noticia por fin de aquel
Edén ignorado, y su presencia en aquel rincón de tierra, nuevo para
ellos, y su toma de posesión, se habían señalado, como siempre, con el
robo, el rapto y el asesinato.
No reproduciremos aquí el relato hecho al canadiense por el
Ciervo-Negro; nos limitaremos tan solo a consignar que aquel relato era
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