-De ex illis est, de ex illis est.-
JUAN.
De ellos es, de ellos el señor furrier; de ellos es.
FURRIER.
Soy de la mala puta que los parió; y por Dios vivo, que si echo mano
á la espada, que los haga salir por las ventanas, que no por la
puerta.
CAPACHO.
Basta, -de ex illis est-.
BENITO.
Basta de ellos es, pues no ve nada.
FURRIER.
Canalla barretina[51], si otra vez me dicen que soy de ellos, no les
dejaré hueso sano.
BENITO.
Nunca los confesos ni bastardos fueron valientes; y por eso no
podemos dejar de decir: de ellos es, de ellos es.
FURRIER.
¡Cuerpo de Dios con los villanos: esperad!
(-Mete mano á la espada, y acuchíllase con todos; y el alcalde
aporrea al Rabelejo; y la Chirinos descuelga la manta y dice-):
CHIRINOS
El diablo ha sido la trompeta y la venida de los hombres de armas:
parece que los llamaron con campanilla.
CHANFALLA.
El suceso ha sido estraordinario: la virtud del retablo se queda en
su punto; y mañana lo podemos mostrar al pueblo; y nosotros mismos
podemos cantar el triunfo de esta batalla, diciendo: ¡vivan Chirinos
y Chanfalla!
FIN DE ESTE ENTREMES.
[Ilustración]
ENTREMES
-DE LA CUEVA DE SALAMANCA-.
-Salen Pancracio, Leonarda y Cristina.-
PANCRACIO.
Enjugad, señora, esas lágrimas, y poned pausa á vuestros suspiros,
considerando que cuatro dias de ausencia, no son siglos: yo volveré,
á lo mas largo, á los cinco, si Dios no me quita la vida: aunque será
mejor, por no turbar la vuestra, romper mi palabra, y dejar esta
jornada: que sin mi presencia se podrá casar mi hermana.
LEONARDA.
No quiero yo, mi Pancracio y mi señor, que por respeto mio vos
parezcais descortés: id, en hora buena, y cumplid con vuestras
obligaciones, pues las que os llevan son precisas: que yo me apretaré
con mi llaga, y pasaré mi soledad lo menos mal que pudiere. Sólo os
encargo la vuelta, y que no paseis del término que habeis puesto.
Tenme, Cristina, que se me aprieta el corazon.
(-Desmáyase Leonarda.-)
CRISTINA.
¡Ó, qué bien hayan las bodas, y las fiestas! En verdad, señor, que si
yo fuera que vuestra merced que nunca allá fuera.
PANCRACIO.
Entra, hija, por un vidro de agua, para echársela en el rostro: mas
espera, diréle unas palabras que sé al oido, que tienen virtud para
hacer volver de los desmayos.
(-Dícele las palabras, vuelve Leonarda diciendo-:)
LEONARDA.
Basta: ello ha de ser forzoso: no hay sino tener paciencia, bien
mio: cuanto mas os detuviéredes, mas dilatais mi contento. Vuestro
compadre Leoniso os debe de aguardar ya en el coche; andad con Dios,
que él os vuelva tan presto y tan bueno como yo deseo.
PANCRACIO.
Mi ángel, si gustas que me quede, no me moveré de aquí mas que una
estátua.
LEONARDA.
No, no, descanso mio: que mi gusto está en el vuestro; y por agora
mas que os vais, que no os quedeis, pues es vuestra honra la mia.
CRISTINA.
¡Ó espejo del matrimonio! Á fe, que si todas las casadas quisiesen
tanto á sus maridos, como mi señora Leonarda quiere al suyo, que otro
gallo les cantase.
LEONARDA.
Entra, Cristinica, y saca mi manto: que quiero acompañar á tu señor
hasta dejarle en el coche.
PANCRACIO.
No, por mi amor: abrazadme, y quedaos, por vida mia. Cristinica, ten
cuenta de regalar á tu señora, que yo te mando un calzado cuando
vuelva, como tú le quisieres.
CRISTINA.
Vaya, señor, y no lleve pena de mi señora; porque la pienso persuadir
de manera á que nos holguemos, que ni imagine en la falta que vuestra
merced le ha de hacer.
LEONARDA.
¿Holgar yo? ¡qué bien estás en la cuenta, niña! porque
Ausente de mi gusto,
No se hicieron los placeres,
Ni las glorias para mí:
Penas, y dolores sí.
PANCRACIO.
Ya no lo puedo sufrir: quedad en paz, lumbre de estos ojos, los
cuales no verán cosa que les dé placer, hasta volveros á ver.
(-Éntrase Pancracio.-)
LEONARDA.
Allá darás, rayo, en casa de Ana Diaz: vayas, y no vuelvas: la
ida del humo: por Dios, que esta vez no os han de valer vuestras
valentías, ni vuestros recatos.
CRISTINA.
Mil veces temí que con tus estremos habias de estorbar su partida y
nuestros contentos.
LEONARDA.
¿Si vendrán esta noche los que esperamos?
CRISTINA.
¿Pues no? ya los tengo avisados; y ellos están tan en ello, que esta
tarde enviaron con la lavandera nuestra secretaria, como que eran
paños, una canasta de colar, llena de mil regalos, y de cosas de
comer, que no parece sino uno de los serones que da el rey el jueves
santo á sus pobres, sino que la canasta es de pascua; porque hay en
ella empanadas, fiambreras, manjar blanco, y dos capones, que aun no
están acabados de pelar, y todo género de fruta de la que hay ahora;
y sobre todo, una bota de hasta una arroba de vino, de lo de una
oreja[52], que huele que trasciende.
LEONARDA.
Es muy cumplido y lo fue siempre mi Reponce, sacristan de las telas
de mis entrañas.
CRISTINA.
¿Pues qué le falta á mi maese Nicolás? Barbero de mis hígados, y
navaja de mis pesadumbres, que asi me las rapa y quita cuando le veo,
como si nunca las hubiera tenido.
LEONARDA.
¿Pusiste la canasta en cobro?
CRISTINA.
En la cocina la tengo, cubierta con un cernadero, por el disimulo.
-Llama á la puerta el estudiante carraolano, y en llamando, sin
esperar que le correspondan, entra.-
LEONARDA.
Cristina, mira quién llama.
ESTUDIANTE.
Señoras; yo soy, un pobre estudiante.
CRISTINA.
Bien se os parece que sois pobre y estudiante, pues lo uno muestra
vuestro vestido, y el ser pobre vuestro atrevimiento. ¡Cosa estraña
es esta, que no hay pobre que espere á que le saquen la limosna á la
puerta, sino que se entran en las casas hasta el último rincon, sin
mirar si despiertan á quien duerme, ó si no!
ESTUDIANTE.
Otra mas blanda respuesta esperaba yo de la buena gracia de vuestra
merced: cuanto mas que yo no queria, ni buscaba otra limosna, sino
alguna caballeriza, ó pajar donde defenderme esta noche de las
inclemencias del cielo, que segun se me trasluce, parece que con
grandísimo rigor á la tierra amenazan.
LEONARDA.
¿Y de dónde bueno sois amigo?
ESTUDIANTE.
Salamantino soy, señora mia: quiero decir, que soy de Salamanca. Iba
á Roma con un tio mio, el cual murió en el camino, en el corazon de
Francia: vine solo: determiné volverme á mi tierra: robáronme los
lacayos ó compañeros de Roque Guinarde, en Cataluña, porque él estaba
ausente: que á estar allí, no consintiera que se me hiciera agravio;
porque es muy cortés y comedido, y además limosnero: háme tomado á
estas santas puertas la noche, que por tales las juzgo, y busco mi
remedio.
LEONARDA.
En verdad, Cristina, que me ha movido á lástima el estudiante.
CRISTINA.
Ya me tiene á mí rasgadas las entrañas: tengámosle en casa esta
noche, pues de las sobras del castillo se podrá mantener el real:
quiero decir, que en las reliquias de la canasta habrá en quien adobe
su hambre; y mas que me ayudará á pelar la volatería que viene en la
cesta.
LEONARDA.
¿Pues cómo, Cristina, quieres que metamos en nuestra casa testigos de
nuestras liviandades?
CRISTINA.
Asi tiene el talle de hablar por la boca, como por el colodrillo.
Venga acá, amigo. ¿Sabe pelar?
ESTUDIANTE.
¿Cómo si sé pelar? No entiendo eso de saber pelar, sino es que quiere
vuestra merced motejarme de pelon: que no hay para qué, pues yo me
confieso por el mayor pelon del mundo.
CRISTINA.
No lo digo yo por eso, en mi ánima, sino por saber si sabia pelar dos
ó tres pares de capones.
ESTUDIANTE.
Lo que sabré responder es, que yo, señoras, por la gracia de Dios,
soy graduado de bachiller por Salamanca, y no digo...
LEONARDA.
De esa manera, quién duda, sino que sabrá pelar, no solo capones,
sino gansos y abutardas. Y en esto del guardar secreto, ¿cómo le va?
¿y á dicha es tentado de decir todo lo que ve, imagina, ó siente?
ESTUDIANTE.
Asi pueden matar delante de mí mas hombres que carneros en el rastro,
que yo desplegue mis labios para decir palabra alguna.
CRISTINA.
Pues atúrese esa boca, y cósase esa lengua con una agujeta de dos
cabos, y amuélese esos dientes, y éntrese con nosotras, y verá
misterios, y cenará maravillas, y podrá medir en un pajar los pies
que quisiere para su cama.
ESTUDIANTE.
Con siete tendré demasiado: que no soy nada codicioso, ni regalado.
-Entran el sacristan Reponce, y el Barbero.-
SACRISTAN.
¡Ó, que en hora buena estén los Antomedones y guias de los carros
de nuestros gustos, las luces de nuestras tinieblas, y las dos
recíprocas voluntades, que sirven de basas y colunas á la amorosa
fábrica de nuestros deseos!
LEONARDA.
Esto sólo me enfada de él, Reponce mio: habla por tu vida á lo
moderno, y de modo que te entienda, y no te encarames donde no te
alcance.
BARBERO.
Eso tengo yo bueno, que hablo mas llano que una suela de zapato, pan
por vino, y vino por pan, ó como suele decirse.
SACRISTAN.
Sí: que diferencia ha de haber de un sacristan gramático á un barbero
romancista.
CRISTINA.
Para lo que yo he menester á mi barbero, tanto latin sabe y aun mas
que supo Antonio de Nebrija; y no se dispute agora de ciencia, ni de
modos de hablar: que cada uno habla, si no como debe, á lo menos como
sabe; y entrémonos, y manos á la labor, que hay mucho que hacer.
ESTUDIANTE.
Y mucho que pelar.
SACRISTAN.
¿Quién es este buen hombre?
LEONARDA.
Un pobre estudiante salamanqueso, que pide albergo para esta noche.
SACRISTAN.
Yo le daré un par de reales para cena y para lecho, y váyase con Dios.
ESTUDIANTE.
Señor sacristan Reponce, recibo y agradezco la merced y la limosna;
pero yo soy mudo, y pelon además, como lo ha menester esta señora
doncella, que me tiene convidado; y voto á... de no irme esta noche
de esta casa, si todo el mundo me lo manda. Confiese vuestra merced,
mucho de en hora mala de un hombre de mis prendas, que se contenta de
dormir en un pajar; y si lo han por sus capones, péleselos el turco,
y cómanselos ellos, nunca del cuero les salgan.
BARBERO.
Éste mas parece rufian que pobre: talle tiene de alzarse con toda la
casa.
CRISTINA.
No medre yo, sino me contenta el brio. Entrémonos todos, y demos
órden en lo que se ha de hacer: que el pobre pelará, y callará como
en misa.
ESTUDIANTE.
Y aun como en vísperas.
SACRISTAN.
Puesto me ha miedo el pobre estudiante: yo apostaré que sabe mas
latin que yo.
LEONARDA.
De ahí le deben de nacer los brios que tiene; pero no te pese, amigo,
de hacer caridad, que vale para todas las cosas.
(-Éntranse todos.-)
-Sale Leoniso, compadre de Pancracio, y Pancracio.-
COMPADRE.
Luego lo ví yo que nos habia de faltar la rueda: no hay cochero que
no sea temático: si él rodeára un poco, y salvára aquel barranco, ya
estuviéramos dos leguas de aquí.
PANCRACIO.
Á mí no se me da nada: que antes gusto de volverme y pasar esta noche
con mi esposa Leonarda, que en la venta; porque la dejé esta tarde
casi para espirar del sentimiento de mi partida.
COMPADRE.
¡Gran mujer! De buena os ha dado el cielo, señor compadre: dadle
gracias por ello.
PANCRACIO.
Yo se las doy como puedo, y no como debo: no hay Lucrecia que se le
llegue, ni Porcia que se le iguale: la honestidad y el recogimiento
han hecho en ella su morada.
COMPADRE.
Si la mia no fuera zelosa, no tenia yo mas que desear: por esta calle
está mas cerca mi casa: tomad, compadre, por esta, y estareis presto
en la vuestra; y veámonos mañana, que no me faltará coche para la
jornada: á Dios.
PANCRACIO.
Á Dios.
(-Éntranse los dos.-)
-Vuelven á salir el Sacristan, y el Barbero, con sus guitarras:
Leonarda, Cristina y el Estudiante. Sale el Sacristan con la
sotana alzada, y ceñida al cuerpo, danzando al són de su misma
guitarra, y á cada cabriola vaya diciendo estas palabras-:
SACRISTAN.
¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!
CRISTINA.
Señor sacristan Reponce, no es este tiempo de danzar: dése órden
en cenar, y en las demás cosas, y quédense las danzas para mejor
coyuntura.
SACRISTAN.
¡Linda noche, lindo rato, linda cena y lindo amor!
LEONARDA.
Déjale, Cristina, que en estremo gusto de ver su agilidad.
-Llama Pancracio á la puerta, y dice-:
PANCRACIO.
Gente dormida, ¿no oís? ¿Cómo, y tan temprano teneis atrancada la
puerta? Los recatos de mi Leonarda deben de andar por aquí.
LEONARDA.
¡Ay, desdichada! Á la voz y á los golpes, mi marido Pancracio es
este: algo le debe de haber sucedido, pues él se vuelve. Señores,
á recogerse en la carbonera: digo al desvan, donde está el carbon.
Corre, Cristina, y llévalos, que yo entretendré á Pancracio de modo
que tengas lugar para todo.
ESTUDIANTE.
¡Fea noche, amargo rato, mala cena y peor amor!
CRISTINA.
¡Gentil relente, por cierto! Ea, vengan todos.
PANCRACIO.
¿Qué diablos es esto? ¿Cómo no me abrís, lirones?
ESTUDIANTE.
Es el toque, que yo no quiero correr la suerte de estos señores:
escóndanse ellos donde quisieren; y llévenme á mí al pajar, que si
allí me hallan, antes pareceré pobre, que adúltero.
CRISTINA.
Caminen, que se hunde la casa á golpes.
SACRISTAN.
El alma llevo en los dientes.
BARBERO.
Y yo en los carcañares.
(-Éntranse todos; y asómase Leonarda á la ventana.-)
LEONARDA.
¿Quién está ahí? ¿Quién llama?
PANCRACIO.
Tu marido, soy, Leonarda mia: ábreme, que ha media hora que estoy
rompiendo á golpes estas puertas.
LEONARDA.
En la voz bien me parece á mí que oigo á mi cepo[53] Pancracio; pero
la voz de un gallo se parece á la de otro gallo, y no me aseguro.
PANCRACIO.
¡Ó recato inaudito de mujer prudente! Que yo soy, vida mia, tu marido
Pancracio: ábreme con toda seguridad.
LEONARDA.
Venga acá, yo lo veré agora. ¿Qué hice yo cuando él se partió esta
tarde?
PANCRACIO.
Suspiraste, lloraste, y al cabo te desmayaste.
LEONARDA.
Verdad; pero con todo esto, dígame ¿qué señales tengo yo en uno de
mis hombros?
PANCRACIO.
En el izquierdo tienes un lunar, del grandor de medio real, con tres
cabellos, como tres mil hebras de oro.
LEONARDA.
Verdad; ¿pero cómo se llama la doncella de casa?
PANCRACIO.
Ea, boba, no seas enfadosa: Cristinica se llama, ¿qué mas quieres?
LEONARDA.
Cristinica, Cristinica, tu señor es; ábrele, niña.
CRISTINA.
Ya voy, señora: que él sea muy bien venido. ¿Qué es esto, señor de mi
alma? ¿Qué acelerada vuelta es esta?
LEONARDA.
¡Ay, bien mio! Decídnoslo presto; que el temor de algun mal suceso me
tiene ya sin pulsos.
PANCRACIO.
No ha sido otra cosa, sino que en un barranco se quebró la rueda del
coche; y mi compadre y yo determinamos volvernos, y no pasar la noche
en el campo; y mañana buscaremos en qué ir, pues hay tiempo. ¿Pero
qué voces hay?
(-Dentro, y como de muy lejos, diga el estudiante-):
ESTUDIANTE.
Ábranme aquí, señores, que me ahogo.
PANCRACIO.
¿Es en casa, ó en la calle?
CRISTINA.
Que me maten si no es el pobre estudiante que encerré en el pajar,
para que durmiese esta noche.
PANCRACIO.
¿Estudiante encerrado en mi casa, y en mi ausencia? ¡Malo! en verdad,
señora, que si no me tuviera asegurado vuestra mucha bondad, que me
causára algun recelo este encerramiento: pero ve, Cristina, y ábrele,
que se le debe haber caido toda la paja acuestas.
CRISTINA.
Ya voy.
(-Váse.-)
LEONARDA.
Señor, que es un pobre salamanqueso, que pidió que le acogiésemos
esta noche por amor de Dios, aunque fuese en el pajar; y ya sabes
mi condicion, que no puedo negar nada de lo que se me pide, y
encerrámosle; pero vésle aquí, y mirad cuál sale.
-Sale el Estudiante y Cristina: él lleno de paja las barbas,
cabeza y vestido.-
ESTUDIANTE.
Si yo no tuviera tanto miedo, y fuera menos escrupuloso, yo hubiera
escusado el peligro de ahogarme en el pajar, y hubiera cenado mejor,
y tenido mas blanda y menos peligrosa cama.
PANCRACIO.
¿Y quién os habia de dar, amigo, mejor cena y mejor cama?
ESTUDIANTE.
¿Quién? mi habilidad; sino que el temor de la justicia me tiene
atadas las manos.
PANCRACIO.
Peligrosa habilidad debe de ser la vuestra, pues os temeis de la
justicia.
ESTUDIANTE.
La ciencia que aprendí en la Cueva de Salamanca, de donde yo soy
natural, si se dejára usar sin miedo de la santa Inquisicion, yo
sé que cenára y recenára á costa de mis herederos; y aun quizá no
estoy muy fuera de usalla, siquiera por esta vez, donde la necesidad
me fuerza y me disculpa; pero no sé yo si estas señoras serán tan
secretas como yo lo he sido.
PANCRACIO.
No se cure de ellas, amigo, sino haga lo que quisiere, que yo les
haré que callen; y ya deseo en todo estremo ver alguna de estas cosas
que dicen que se aprenden en la Cueva de Salamanca.
ESTUDIANTE.
¿No se contentará vuestra merced con que le saque aquí dos demonios
en figuras humanas, que traigan acuestas una canasta llena de cosas
fiambres y comederas?
LEONARDA.
¿Demonios en mi casa, y en mi presencia? ¡Jesus! librada sea yo de lo
que librarme no sé.
CRISTINA.
El mismo diablo tiene el estudiante en el cuerpo: ¡plega á Dios que
vaya á buen viento esta parva! temblándome está el corazon en el
pecho.
PANCRACIO.
Ahora bien, si ha de ser sin peligro y sin espantos, yo me holgaré de
ver esos señores demonios y á la canasta de las fiambreras; y torno á
advertir, que las figuras no sean espantosas.
ESTUDIANTE.
Digo que saldrán en figura del sacristan de la parroquia, y en la del
barbero su amigo.
CRISTINA.
¿Mas qué lo dice por el sacristan Reponce, y por maese Roque, el
barbero de casa? ¡Desdichados de ellos, que se han de ver convertidos
en diablos! Y dígame, hermano, ¿y estos han de ser diablos bautizados?
ESTUDIANTE.
¡Gentil novedad! ¿Á dónde diablos hay diablos bautizados? ¿Ó para qué
se han de bautizar los diablos? Aunque podrá ser que éstos lo fuesen,
porque no hay regla sin escepcion; y apártense, y verán maravillas.
LEONARDA.
¡Ay, sin ventura! aquí se descosen: aquí salen nuestras maldades á
plaza: aquí soy muerta.
CRISTINA.
Ánimo, señora, que buen corazon quebranta mala ventura.
ESTUDIANTE.
Vosotros, mezquinos, que en la carbonera
Hallastes amparo á vuestra desgracia,
Salid, y en los hombros, con priesa y con gracia,
Sacad la canasta de la fiambrera.
No me inciteis á que de otra manera
Mas dura os conjure: salid, ¿qué esperáis?
Mirad que si á dicha el salir rehusais,
Tendrá mal suceso mi nueva quimera.
Ora bien, yo sé cómo me tengo de haber con estos demonicos humanos:
quiero entrar allá dentro, y á solas hacer un conjuro, tan fuerte,
que los haga salir mas que de paso; aunque la calidad de estos
demonios, mas está en sabellos aconsejar, que en conjurallos.
(-Éntrase el estudiante.-)
PANCRACIO.
Yo digo que si este sale con lo que ha dicho, que será la cosa mas
nueva y mas rara que se haya visto en el mundo.
LEONARDA.
Sí saldrá, ¿quién lo duda? ¿Pues habíanos de engañar?
CRISTINA.
Ruido anda allá dentro: yo apostaré que los saca; pero ve aquí do
vuelve con los demonios y el apatusco de la canasta.
LEONARDA.
¡Jesus, qué parecidos son los de la carga al sacristan Reponce, y el
barbero de la plazuela!
CRISTINA.
Mira, señora, que donde hay demonios no se ha de decir Jesus.
SACRISTAN.
Digan lo que quisieren, que nosotros somos como los perros del
herrero, que dormimos al són de las martilladas: ninguna cosa nos
espanta ni turba.
LEONARDA.
Lléguense á que yo coma de lo que viene de la canasta, no tomen menos.
ESTUDIANTE.
Yo haré la salva y empezaré por el vino.
(-Bebe.-)
Bueno es: ¿es de Esquivias, señor sacridiablo?
SACRISTAN.
De Esquivias es, juro á...
ESTUDIANTE.
Téngase por vida suya, y no pase adelante: amiguito soy yo de diablos
juradores: demonico, demonico, aquí no venimos á hacer pecados
mortales, sino á pasar una hora de pasatiempo, y cenar é irnos con
Cristo.
CRISTINA.
¿Y estos han de cenar con nosotros?
PANCRACIO.
Sí, que los diablos no comen.
BARBERO.
Sí comen algunos; pero no todos; y nosotros somos de los que comen.
CRISTINA.
¡Ay, señores! quédense acá los pobres diablos, pues han traido la
cena: pues seria poca cortesía dejarlos ir muertos de hambre, y
parecen diablos muy honrados y muy hombres de bien.
LEONARDA.
Como no nos espanten, y si mi marido gusta, quédense en buen hora.
PANCRACIO.
Queden, que quiero ver lo que nunca he visto.
BARBERO.
Nuestro Señor pague á usted la buena obra, señores mios.
CRISTINA.
¡Ay, qué bien criados, qué corteses! nunca medre yo, si todos los
diablos son como estos, si no han de ser mis amigos de aquí adelante.
SACRISTAN.
Oigan, pues, para que se enamoren de veras.
(-Toca el sacristan, y canta, y ayúdale el barbero con el último
verso no mas.-)
SACRISTAN.
Oigan los que poco saben
Lo que con mi lengua franca
Digo del bien que en sí tiene
BARBERO.
La Cueva de Salamanca.
SACRISTAN.
Oigan lo que dejó escrito
De ella el bachiller Tudanca,
En el cuero de una yegua,
Que dicen que fue potranca,
En la parte de la piel
Que confina con el anca,
Poniendo sobre las nubes
BARBERO.
La Cueva de Salamanca.
SACRISTAN.
En ella estudian los ricos,
Y los que no tienen blanca;
Y sale entera y rolliza
La memoria que está manca.
Siéntanse los que allí enseñan
De alquitrán en una banca;
Porque estas bombas encierra
BARBERO.
La Cueva de Salamanca.
SACRISTAN.
En ella se hacen discretos
Los moros de la Palanca;
Y el estudiante mas burdo
Ciencias de su pecho arranca.
Á los que estudian en ella
Ninguna casa les manca;
Viva, pues, siglos eternos
BARBERO.
La Cueva de Salamanca.
SACRISTAN.
Y nuestro conjurador,
Si es á dicha de Loranca,
Tenga en ella cien mil vides
De uva tinta y de uva blanca;
Y al diablo que le acusare,
Que le den con una tranca;
Y para el tal jamás sirva
BARBERO.
La Cueva de Salamanca.
CRISTINA.
Basta, que tambien los diablos son poetas.
BARBERO.
Y aun todos los poetas son diablos.
PANCRACIO.
Dígame, señor mio, pues los diablos lo saben todo, ¿dónde se
inventaron todos estos bailes de la zarabanda, zambapalo, y de ello
me pesa con el famoso del nuevo escarramán?
BARBERO.
¿Á dónde? en el infierno: allí tuvieron su orígen y principio.
PANCRACIO.
Yo asi lo creo.
LEONARDA.
Pues en verdad, que tengo yo mis puntas y collar escarramanesco; sino
que por mi honestidad y por guardar el decoro á quien soy, no me
atrevo á bailarle.
SACRISTAN.
Con cuatro mudanzas que yo le enseñase á usted cada dia, en una
semana saldria única en el baile: que sé que le falta bien poco.
ESTUDIANTE.
Todo se andará: por agora entrémonos á cenar, que es lo que importa.
PANCRACIO.
Entremos: que quiero averiguar si los diablos comen ó no, con otras
cien mil cosas que de ellos cuentan; y por Dios, que no han de salir
de mi casa, hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que
se enseñan en la Cueva de Salamanca.
FIN DE ESTE ENTREMES.
[Ilustración]
ENTREMES
-DEL HOSPITAL DE LOS PODRIDOS-.[54]
-Salen Leiva, el Rector y el Secretario.-
LEIVA.
¡Jesus, Jesus! ¡Qué hospital se ha hecho de forma!
RECTOR.
Era tanta la pudricion que habia en este lugar, que corria gran
peligro de engendrarse una peste, que muriera mas gente que el año
de las landres; y asi, han acordado en la república, por via de buen
gobierno, de fundar un hospital para que se curen los heridos desta
enfermedad ó pestilencia, y á mí me han hecho rector.
SECRETARIO.
Despues que hay galera para las mujeres y hospital para los que se
pudren, anda el lugar mas concertado que un reloj.
RECTOR.
No quiera vuesa merced saber mas, señor Leiva, que habia hombre que
ni comia ni dormia en siete horas, haciendo discursos; y cuando via á
uno con una cadena ó vestido nuevo, decia: «¿Quién te lo dió hombre?
¿dónde lo hubiste? ¿de dónde lo pudiste sacar? Tú no tienes hacienda
mas que yo; con tener mas que tú, apenas puedo dar unas cintas á mi
mujer.» Y desvanecidos en esto, se les hace una ponzoña y polilla.
Mas pongámonos aquí, y veremos salir los enfermos.
-Entra el Doctor tomando el pulso á Cañizares.-
DOCTOR.
Señor Cañizares, yo no hallo á vuesa merced enfermedad.
CAÑIZARES.
¿Cómo no, pues que traigo conmigo un recocimiento y una desesperacion
y rabia intrínseca; y es de suerte, que se me hace una postema
recocida en el corazon?
DOCTOR.
Pues ¿de qué le viene á vuesa merced tanta pesadumbre?
CAÑIZARES.
De ver solamente un hombre; y es de manera lo que le aborrezco, que
el dia que le topo en la calle, me vuelvo á mi casa y me estoy sin
salir della todo aquel dia, metido en un rincon, pensando que me ha
de suceder una desgracia.
DOCTOR.
Por cierto que vuesa merced tiene razon, que hay hombres que con su
vista pronostican eso, y de balde se dejan querer mal.
CAÑIZARES.
Pues ¿no quiere vuesa merced que me pudra y me haga una ponzoña y
cruel polilla, si éste es un hombre que trae por los caniculares
chinelas, y la espada á zurdas?
DOCTOR.
Pues ¿qué se le da á vuesa merced que el otro traiga la espada á
zurdas, ni por los caniculares chinelas?
CAÑIZARES.
Pues ¿no se me ha de dar, pesia á mí, si envian á este hombre por
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