Venecia. Entró por el arrabal de San Marcelo, y creyó que estaba en la
mas sucia aldea de Vesfalia. Apénas llegó á la posada, le acometió
una ligera enfermedad originada del cansancio; y como llevaba al dedo
un enorme diamante, y habian advertido en su coche una caxa muy
pesada, al punto se le acercáron dos doctores médicos que no habia
mandado llamar, varios íntimos amigos que no se apartaban de él, y dos
devotas mugeres que le hacian caldos. Decia Martin: Bien me acuerdo de
haber estado yo malo en Paris, quando mi primer viage; pero era muy
pobre, y así ni tuve amigos, ni devotas, ni médicos, y sané muy
presto.
Las resultas fuéron que á poder de sangrías, recetas y médicos, se
agravó la enfermedad de Candido. Al fin sanó; y miéntras estaba
convaleciente, le visitáron muchos sugetos de trato fino, que cenaban
con él. Habia juego fuerte, y Candido se pasmaba de que nunca le
venian, buenos naypes; pero Martin no lo extrañaba.
Entre los que mas concurrian á su casa habia un cierto abate, que era
de aquellos hombres diligentes, siempre listos para todo quanto les
mandan, serviciales, entremetidos, halagüeños, descarados, buenos para
todo, que atisban á los forasteros que llegan á la capital, les
cuentan los sucesos mas escandalosos que acontecen, y les brindan con
placeres á qualquier precio. Lo primero que hizo fué llevar á la
comedia á Martin y á Candido. Representaban una tragedia nueva, y
Candido se encontró al lado de unos quantos hypercríticos, lo qual no
le quitó que llorase al ver algunas escenas representadas con la mayor
perfeccion. Uno de los hypercríticos que junto á el estaban, le dixo
en un entre-acto: Hace vm. muy mal en llorar; esa comedianta es
malísima, y el que representa con ella peor todavía, y peor la
tragedia que los actores: el autor no sabe palabra de arábigo, y ha
puesto la escena en la Arabia; sin contar con que es hombre que cree
que no hay ideas innatas: mañana le traeré á vm. veinte folletos
contra él. Caballero, ¿quantas composiciones dramáticas tienen vms. en
Francia? dixo Candido al abate; y este respondió: Cinco o séis mil.
Mucho es, dixo Candido; ¿y quantas buenas hay? Quince ó diez y seis,
replicó el otro. Mucho es, dixo Martin.
Salió Candido muy satisfecho con una cómica que hacia el papel de la
reyna Isabel de Inglaterra, en una tragedia muy insulsa que algunas
veces se representa. Mucho me gusta esta actriz, le dixo á Martin,
porque se da ayre á Cunegunda; mucho gusto tendria en hacerle una
visita. El abate, se brindó á llevarle á su casa. Candido criado en
Alemania preguntó qué ceremonias eran las que se estilaban en Francia
para tratar con las reynas de Inglaterra. Distingo, dixo el abate: en
las provincias las llevan á comer á los mesones, en Paris las respetan
quando son bonitas, y las tiran al muladar después de muertas. ¡Al
muladar las reynas! dixo Candido. Verdad es, dixo Martin; razon tiene
el señor abate: en Paris estaba yo quando la señora Monima pasó, como
dicen, de esta á mejor vida, y le negáron lo que esta gente llama
sepultura en tierra santa, lo qual significa podrirse con toda
la pobretería de la parroquia en un hediondo cementerio, y la
enterráron sola y señera en un rincon de su jardin, lo qual le causó
sin duda muchísima pesadumbre, porque tenia muy hidalgos
pensamientos. Accion de mala crianza fué en efecto, dixo Candido. ¿Qué
quiere vm., dixo Martin, si estas gentes son así? Imagínese vm. todas
las contradicciones, y todas las incompatibilidades posibles, y las
hallará reunidas en el gobierno, en los tribunales, en las iglesias,
y en los espectáculos de esta donosa nacion. ¿Y es cierto que en Paris
se ríe la gente de todo? Verdad es, dixo el abate, pero se ríen
dándose al diablo; se lamentan de todo dando careajadas de risa; y
riéndose se cometen las mas detestables acciones.
¿Quién es, dixo Candido, aquel marrano que tan mal hablaba de la
tragedia que tanto me ha hecho llorar, y de los actores que tanto
gusto me han dado? Un malandrin, respondió el abate, que gana la vida
hablando mal de todas las composiciones dramáticas y de todos los
libros que salen; que aborrece á todo aquel que es aplaudido, como
aborrecen los eunucos á los que gozan; una sierpe de la literatura,
que vive de ponzoña y cieno; un folletista. ¿Qué llama vm. folletista?
dixo Candido. Un compositor de folletos, dixo el abate, un Freron, ó
un Ostolaza. Así discurrian Candido, Martin y el abate en la
escalera del coliseo, miéntras que iba saliendo la gente, concluida la
comedia. Puesto que tengo muchísimos deseos de ver á Cunegunda, dixo
Candido, bien quisiera cenar con la primera trágica, que me ha
parecido un portento. No era hombre el abate que tuviese entrada en
casa de la tal primera actriz, que solo recibia sugetos del mas fino
trato. Está ocupada esta noche, respondió; pero tendré la honra de
llevar á vm. á casa de una señora de circunstancias, y conocerá á
París allí como si hubiera vivido en el muchos años.
Candido, que naturalmente era amigo de saber, se dexó llevar á casa de
la tal señora: estaban ocupados los tertulianos en jugar á la banca, y
doce tristes apuntes tenian en la mano cada uno un juego de naypes,
archivo de su mala ventura. Reynaba un profundo silencio; teñido
estaba el semblante de los apuntes de una macilenta amarillez, y se
leía la zozobra en el del banquero; y la señora de la casa, sentada
junto al despiadado banquero, con ojos de lince anotaba todos los
parolis, y todos los sietelevares con que doblaba cada jugador sus
naypes, haciéndoselos desdoblar con un cuidado muy escrupuloso, pero
con cortesía y sin enfadarse, por temor de perder sus parroquianos.
Llamábanla la marquesa de Paroliñac; su hija, muchacha de quince años,
era uno de los apúntes, y con un guiñar de ojos advertía á su madre
las picardigüelas de los pobres apuntes que procuraban enmendar los
rigores de la mala suerte. Entráron el abate, Candido y Martin, y
nadie se levantó á darles las buenas noches, ni los saludó, ni los
miró siquiera; tan ocupados todos estaban en sus naypes. Mas cortés
era la señora baronesa de Tunder-tentronck, dixo entre sí Candido.
Acercóse en esto el abate al oido de la marquesa, la qual se
medio-levantó de la silla, honró á Candido con una risita agraciada, y
á
Martin haciéndole cortesía con la cabeza con magestuoso ademan; mandó
luego que traxeran á Candido asiento y una baraja, y este perdió en
dos tallas diez mil duros. Cenaron luego con mucha jovialidad, y todos
estaban atónitos de que Candido no sintiese mas lo que perdia. Los
lacayos en su idioma lacayuno se decían unos á otros: Preciso es que
sea un mylord inglés.
La cena se parecia á casi todas las cenas de Paris; primero mucho
silencio, luego un estrépito de palabras que no se entendian, chistes
luego, casi todos muy insulsos, noticias falsas, malos raciocinios,
algo de política, y mucha murmuracion; despues habláron de obras
nuevas. Pasáron luego á tratar de teatros, y el ama de casa preguntó
porque habia ciertas tragedias que se representaban con freqüencia, y
que nadie podia leer. Un hombre de fino gusto que habia entre los
convidados, explicó con mucha claridad como podia interesar una
tragedia que tuviera poquísimo mérito, probando en breves razones que
no bastaba traer por los cabellos una ó dos situacíones de aquellas
que tan freqüentes son en las novelas, y siempre embelesan á los
oyentes; que es menester novedad sin extravagancia, sublimidad á
veces, y naturalidad siempre; conocer el corazon del hombre y el
estilo de las pasiones; ser gran poeta, sin que parezca poeta ninguno
de los interlocutores; saber con perfeccion su idioma, hablarle con
pureza, y con harmonía continua, sin sacrificar nunca el sentido al
consonante. Todo aquel que no observare todas estas reglas, añadió,
muy bien podrá componer una ó dos tragedias que sean aplaudidas en el
teatro, mas nunca pasará plaza de buen escritor. Poquísimas tragedias
hay buenas: unas son idylios en coloquios bien escritos y bien
versificados; otras disertaciones de política que infunden sueño, ó
amplificaciones que cansan; otras desatinos de un energúmeno en estilo
bárbaro, razones cortadas, apóstrofes interminables á los Dioses no
sabiendo que decir á los hombres, falsas máxîmas, y lugares comunes
hinchados.
Escuchaba con mucha atención Candido este razonamiento, y formó por él
altísima idea del orador; y como había tenido la marquesa la atencion
de colocarle á su lado, se tomó la licencia de preguntarle al oido
quien era un hombre que tan de perlas hablaba. Ese es un docto, dixo
la dama, que nunca apunta, y que me trae á cenar algunas veces el
abate, que entiende perfectamente de tragedias y libros, y que ha
compuesto una tragedia que silbáron, y un libro del qual un solo
exemplar que me dedicó ha salido de la tienda de su librero. ¡Qué
varon tan eminente! dixo Candido, es otro Panglós; y volviéndose hácia
él le dixo: ¿Sin duda, Caballero, que es vm. de dictámen de que todo
está perfectamente en el mundo físico y en el moral, y de que nada
podia suceder de otra manera? ¡Yo, caballero! le respondió el docto;
nada ménos que eso. Todo me parece que va al revés en nuestro pais, y
que nadie sabe ni qual es su estado, ni qual su cargo, ni lo que hace,
ni lo que debiera hacer; y que excepto la cena que es bastante jovial,
y donde la gente está bastante acorde, todo el resto del tiempo se
consume en impertinentes contiendas; de jansenistas con motinistas,
de parlamentarios con eclesiásticos, de literatos con literatos, de
palaciegos con palaciegos, de alcabaleros y diezmeros con el pueblo,
de mugeres con maridos, y de parientes con parientes; por fin una
guerra perdurable.
Replicóle Candido: Cosas peores he visto yo; pero un sabio que despues
tuvo la desgracia de ser ahorcado, me enseñó que todas esas cosas son
dechado de perfecciones, y sombras de una hermosa pintura. Ese
ahorcado se reía de la gente, dixo Martin, y esas sombras sen manchas
horrorosas, Los hombres son los que echan esas manchas, dixo Candido,
y no pueden hacer ménos. ¿Con que no es culpa de ellos? replicó
Martin. Bebian en tanto la mayor parte de los apuntes, que no
entendian una palabra de la materia; Martin discurria con el hombre
docto, y Candido contaba parte de sus aventuras al ama de la casa.
Despues de cenar, llevó la marquesa á su retiete á Candido, y le sentó
en un canapé. ¿Con que está vm. enamorado perdido de Cunegunda, la
baronesita de Tunder-ten-tronck? Sí, Señora, respondió Candido.
Replicóle la marquesa con una amorosa sonrisa: Vm. responde como un
mozo de Vesfalia; un Francés me hubiera dicho: Verdad es, Señora, que
he querido á Cunegunda, pero quando la miro á vm., me temo no
quererla. Yo, Señora, dixo Candido, responderé como vm. quisiere. La
pasión de vm., dixo la marquesa, empezó alzando un pañuelo, y yo
quiero que vm. alce mi liga. Con toda mi alma, dixo Candido, y la
levantó del suelo. Ahora quiero que me la ponga, continuó la dama, y
Candido se la puso. Mire vm., repuso la dama, vm. es extrangero: á mis
amantes de Paris los hago yo penar á veces quince dias seguidos, pero
á vm. me rindo desde la primera noche, porque es menester tratar
cortesmente á un buen mozo de Vesfalia. La buena caña que había
reparado en dos diamantes enormes de dos sortijas del extrangero buen
mozo, tanto se los alabó, que de los dedos de Candido pasáron á los de
la marquesa.
Al volverse Candido á su casa con el abate, sintió algunos
remordimientos por haber cometido una infidelidad á Cunegunda; y el
señor abate tomó parte en su sentimiento, porque le habia cabido una
muy pequeña en los diez mil duros perdidos por Candido al juego, y en
el valor de los dos brillantes, medio-dados y medio-estafados: y era
su ánimo aprovecharse todo quanto pudiese de lo que el trato de
Candido le podía valer. Hablábale sin cesar de Cunegunda, y Candido
le dixo que quando la viera en Venecia, le pediria perdon de la
infidelidad que acababa de cometer.
Cada dia estaba el abate mas cortés y mas atento, interesándole todo
quanto decía Candido, todo quanto hacia, y quanto quería hacer. ¿Con
que está vm. aplazado por la baronesita para Venecia? le dixo. Sí,
señor abate, respondió Candido, tengo precision de ir allá á buscar á
Cunegunda. Llevado entónces del gusto de hablar de su amada, le contó,
como era su costumbre, parte de sus aventuras con esta ilustre
Vesfaliana. Bien creo, dixo el abate, que esa señorita tiene mucho
talento, y escribe muy bonitas cartas. Nunca me ha escrito, dixo
Candido, porque se ha de figurar vm. que quando me echáron de la
granja por amor de ella, no le pude escribir; que poco después supe
que era muerta, que despues me la encontré, y la volví á perder, y que
le he despachado un mensagero á dos mil y quinientas leguas de aquí,
que aguardo con su respuesta.
Escuchóle con mucha atención el abate, se paró algo pensativo, y se
despidió luego de ámbos extrangeros, abrazándolos tiernamente. Al otro
dia, ántes de levantarse de la cama, diéron á Candido la esquela
siguiente: "Muy Señor mió, y mi querido amante: ocho días hace que
estoy mala en esta ciudad, y acabo de saber que se encuentra vm. en
ella. Hubiera ido volando á echarme en sus brazos, si me pudiera
menear. He sabido que habia vm. pasado por Burdeos, donde se ha
quedado el fiel Cacambo y la vieja, que llegarán muy en breve. El
gobernador de Buenos-Ayres se ha quedado con todo quanto Cacambo
llevaba; pero el corazón de vm. me queda. Venga vm. á verme; su
presencia me dará la vida, ó hará que me muera de alegría."
Una carta tan tierna, y tan poco esperada, puso á Candido en una
imponderable alegría, pero la enfermedad de su amada Cunegunda le
traspasaba de dolor. Fluctuante entre estos dos afectos, agarra á
puñados el oro y los diamantes, y hace que le lleven con Martin á la
posada donde estaba Cunegunda alojada: entra temblando con la ternura,
latiéndole el corazon, y el habla interrumpida con sollozos; quiere
descorrer las coitinas de la cama, y manda que traygan luz. No haga
vm. tal, le dixo la criada, la luz le hace mal; y volvió á correr la
cortina. Amada Cunegunda, dixo llorando Candido: ¿cómo te hallas? No
puede hablar, dixo la criada. Entónces la enferma sacó fuera de la
cama una mano muy suave que bañó Candido un largo rato con lágrimas, y
que llenó lurgo de diamantes, desando un saco de oro encima del
taburete.
En medio de sus arrebatos se aparece un alguacil acompañado del abate
y de seis corchetes. ¿Con que estos son, dixo, los dos extrangeros
sospechosos? y mandó incontinenti que los ataran y los llevaran á la
cárcel. No tratan de esta manera en el Dorado á los forasteros, dixo
Candido. Mas maniquéo soy que nunca, replicó Martin. Pero, señor,
¿adonde nos lleva vm.? dixo Candido. A un calabozo, respondió el
alguacil.
Martin, que se habia recobrado del primer sobresalto, sospechó que la
señora que se decia Cnnegunda era una buscona, el señor abate un
tunante que habia abusado del candor de Candido, y el alguacil otro
tuno de quien no era difícil desprenderse. Por no exponerse á tener
que lidiar con la justicia, y con el hipo que tenia de ver á la
verdadera Cunegunda, Candido, por consejo de Maitin, ofreció al
alguacil tres diamantillos de tres mil duros cada uno. Ha, señor, le
dixo el hombre de vara de justicia, aunque hubiera vm. cometido todos
los delitos imaginables, seria el mas hombre de bien de este mundo.
¡Tres diamantes de tres mil duros cada uno! La vida perderia yo por
vm., para lue le lleve á un calabozo. Todos los extrangeros son
arrestados, pero déxelo por mi cuenta, que yo tengo mi hermano en
Diepe en la Normandía, y le llevaré alla; y si tiene vm. algunos
diamantes que darle, le tratará como yo propio. ¿Y porqué arrestan á
todos los extranjeros? dixo Candido. El abate tomando entónces el
hilo, respondió: Porque un miserable andrajoso del país de Atrebácia
[Footnote: Artois. Daiuieu, el que hirió á Luis XV, era natural de
Arras, capital del Artois.], que había oido decir disparates, ha
cometido un parricidio, no como el del mes de Mayo de 1610, [Footnote:
Francisco Kavaillac mató á Henrique IV de una puñalada en Mayo de
1610.] sino como el del mes de Diciembre de 1594, [Footnote: Juan
Clialel, en Diciembre de 1594, hirió á Henrique quarto; pero la herida
no fué de peligro.] y como otros muchos cometidos otros años y otros
meses por andrajosos que habian oido decir disparates.
Entónces explicó el alguacil lo que habia apuntado el abate. ¡Qué
monstruos! exclamó Candido. ¿Cómo se cometen tamañas atrocidades en
un pueblo que canta y bayla? ¿Quando saldré yo de este pais donde
azuzan ximios á tigres? En mi pais he visto osos; solo en el Dorado he
visto hombres. En nombre de Dios, señor alguacil, lléveme vm. á
Venecia, donde aguardo á mi Cunegunda. Donde yo puedo llevar á vm., es
á la Normandía baxa, dixo el cabo de ronda. Hízole luego quitar los
grillos, dixo que se habia equivocado, despidió á sus corchetes, y se
llevó á Candido y Martin á Diepe, entregándolos á su hermano. Había un
buque holandés pequeño al ancla; y el Normando, que con el cebo de
otros tres diamantes era el mas servicial de los mortales, embarcó á
Candido y á su familia en el tal navío que iba á dar á la vela para
Portsmúa en Inglaterra. No era camino para Venecia; pero Candido creyó
que salía del infierno, y estaba resuelto a dirigirse á Venecia luego
que se le presentase ocasion.
CAPITULO XXIII.
Del arribo de Candido y Martin á la costa de Inglaterra, y de lo
que allí viéron.
¡Ay Panglós amigo! ¡ay amigo Martin! ¡ay amada Cunegunda! ¡lo que es
este mundo! decia Candido en el navío holandés. Cosa muy desatinada y
muy abominable, respondió Martin.--Vm. ha estado en Inglaterra: ¿son
tan locos como en Francia?--Es locura de otra especie, dixo Martin; ya
sabe vm. que ámbas naciones estan en guerra por algunas aranzadas de
nieve en el Canadá, y por tan discreta guerra gastan mucho mas que lo
que todo el Canadá vale. Decir á vm. á punto fixo en qual de los dos
paises hay mas locos de atar, mis cortas luces no alcanzan á tanto; lo
que sí sé, es que en el pais que vamos á ver son locos atrabiliosos.
Diciendo esto aportáron á Portsmúa: la orilla del mar estaba cubierta
de gente que miraba con atencion á un hombre gordo [El almirante
Byng], hincado de rodillas, y vendados los ojos, en el combes de uno
de los navíos de la esquadra. Quatro soldados formados en frente le
tiráron cada uno tres balas á la mollera con el mayor sosiego, y toda
la asamblea se fué muy satisfecha. ¿Qué quiere decir esto? dixo
Candido: ¿qué perverso demonio reyna en todas partes? Preguntó quien
era aquel hombre gordo que acababan de matar con tanta solemnidad. Un
almirante, le dixéron.--¿Y porqué han muerto á ese almirante?--Porque
no
ha hecho matar bastante gente; ha dado una batalla á un
almirante francés, y hemos fallado que no estaba bastante cerca del
enemigo. Pues el almirante francés tan léjos estaba del inglés como
este del francés, replicó Candido. Sin disputa, le dixéron; pero en
esta tierra es conveniente matar de quando en quando algun almirante
para dar mas ánimo á los otros.
Tanto se irritó y se pasmó Candido con lo que oía y lo que vía, que no
quiso siquiera poner pié en tierra, y se ajustó con el patron
holandés, á riesgo de que le robara como el de Surinam, para que le
conduxera sin mas tardanza á Venecia. A cabo de dos dias estuvo listo
el patrón. Costeáron la Francia, pasáron á vista de Lisboa, y se
estremeció Candido; desembocáron por el estrecho en el Mediterráneo,
y finalmente aportáron á Venecia. Bendito sea Dios, dixo Candido
dando un abrazo á Martin, que aquí veré á la hermosa Cunegunda. Con
Cacambo cuento lo mismo que conmigo propio. Todo está bien, todo va
bien y lo mejor que es posible.
CAPITULO XXIV.
Que trata de fray Hilarion y de Paquita.
Luego que llegó á Venecia, se echó á buscar á Cacambo en todas las
posadas, en todos los cafés, y en casa de todas las mozas de vida
alegre; pero no le fué posible dar con él. Todos los dias iba á
informarse de todos los navíos y barcos, y nadie sabia de Cacambo.
¡Con que he tenido yo lugar, le decía á Martin, para pasar de Surinam
á Burdeos, para ir de Burdeos á Paris, de Paris á Diepe, de Diepeá
Portsmúa, para costear á Portugal y á España, para atravesar todo el
Mediterráneo, y pasar algunos meses en Venecia, y aun no ha llegado la
hermosa Cunegunda, y en su lugar he topado una buscona y un abate!
Sin duda es muerta Cunegunda, y á mi no me queda mas remedio que
morir. ¡Ha, quanto mas hubiera valido quedarme en aquel paraiso
terrenal del Dorado, que volver á esta maldita Europa! Razon tiene
vm., amado Martin; todo es mera ilusion y calamidad.
Acometióle una negra melancolía, y no fué ni á la ópera á la moda, ni
á las demas diversiones del carnaval, ni hubo dama que le causara la
mas leve tentacion. Díxole Martin: ¡Qué sencillo es vm., si se figura
que un criado mestizo, que lleva un millon de duros en la faltriquera,
irá á buscar á su amada al fin del mundo, y á traérsela á Venecia; la
guardará para sí, si la encuentra, y si no, tomará otra: aconsejo á
vm. que se olvide de Cacambo y de su Cunegunda. Martin no era hombre
que daba consuelos. Crecia la melancolía de Candido, y Martin no se
hartaba de probarle que eran muy raras la virtud y la felicidad sobre
la tierra, excepto acaso en el Dorado, donde ninguno podia entrar.
Sobre esta importante materia disputaban, miéntras venia Cunegunda,
quando reparó Candido en un frayle Francisco mozo, que se paseaba por
la plaza de San Marcos, llevando del brazo á una moza. El Franciscano
era robusto, fuerte, y de buenos colores, los ojos brillantes, la
cabeza erguida, el continente reposado, y el paso sereno; la moza, que
era muy linda, iba cantando, y miraba con enamorados ojos á su
diaguino, el qual de quando en quando le pasaba la mano por la cara.
Me confesará vm. á lo ménos, dixo Candido á Martin, que estos dos son
dichosos. Ménos en el Dorado, no he encontrado hasta ahora en el mundo
habitable mas que desventurados; pero apuesto á que esa moza y ese
frayle son felicísimas criaturas. Yo apuesto á que no, dixo Martin.
Convidémoslos á comer, dixo Candido, y verémos si me equivoco.
Acercóse á ellos, hízoles una reverencia, y los convidó á su posada á
comer macarrones, perdices de Lombardía, huevos de sollo, y á teber
vino de Montepulciano y lácrima-cristi, Chipre y Samos.
Sonrojóse la mozuela; admitió el Franciscano el convite, y le siguió
la muchacha mirando á Candido pasmada y confusa, y vertiendo algunas
lágrimas. Apénas entró la mozuela en el aposento de Candido, le dixo:
¿Pues que, ya no conoce el señor Candido á Paquita? Candido que oyó
estas palabras, y que hasta entónces no la habia mirado con atencion,
porque solo en Cunegunda pensaba, le dixo: ¡Ha, pobre chica! ¿con que
tú eres la que puso al doctor Panglós en el lindo estado en que le vi?
¡Ay, señor! yo propia soy, dixo Paquita; ya veo que está vm. informado
de todo. Supe las desgracias horrorosas que sucediéron á la señora
baronesa y á la hermosa Cunegunda, y júrole á vm. que no ha sido ménos
adversa mi estrella. Quando vm. me vió era yo una inocente; y un
capuchino, que era mi confesor, me engañó con mucha facilidad: las
resultas fuéron horribles, y me vi precisada á salir de la quinta,
poco después que le echó á vm. el señor baron á patadas en el trasero.
Si no hubiera tenido lástima de mi un, médico famoso, me hubiera
muerto; por agradecérselo, fui un poco de tiempo la querida del tal
médico: y su muger, que estaba endiablada de zelos, me aporreaba sin
misericordia todos los días. Era ella una furia, el mas feo el de los
hombres, y yo la mas sin ventura de las mugeres, aporreada sin cesar
por un hombre á quien no podía ver. Bien sabe vm., señor, los peligros
que corre una muger vinagre que lo es de un médico: aburrido el mío de
los rompimientos de cabeza de su muger, un dia para curarla de un
resfriado le administró un remedio tan eficaz, que en menos de dos
horas se murió en horrendas convulsiones. Los parientes de la difunta
formáron causa criminal al doctor, el qual se escapó, y á mi me
metiéron en la cárcel; y si no hubiera sido algo bonita, DO me hubiera
sacado á salvamento mi inocencia. El juez me declaró libre, con la
condicion de ser el sucesor del médico; y muy en breve me sustituyó
otra, y fuí despedida sin darme un quarto, y forzada á emprender este
abominable oficio, que á vosotros los hombres os parece tan gustoso,
y que para nosotras es un piélago de desventuras. Víneme á exercitar
mi profesion á Venecia. Ha, señor, si se figurara vm. qué cosa tan
inaguantable es halagar sin diferencia al negociante viejo, al
letrado, al frayle, al gondolero, y al abate; estar expuesta á tanto
insulto, á tantos malos tratamientos; verse á cada paso obligada á
pedir prestado un guardapesillo para que se le remangue á una un
hombre asqueroso; robada por este de lo que ha ganado con aquel,
estafada por los alguaciles, y sin tener otra perspectiva que una
horrible vejez, un hospital y un muladar, confesaria que soy la mas
malbadada criatura de este mundo. Así descubria Paquita su corazon al
buen Candido, en su gabinete, á presencia de Martin, el qual dixo: Ya
llevo ganada, como vm. ve, la mitad de la apuesta.
Habíase quedado fray Hilarion en la sala de comer, bebiendo un trago
miéntras servian la comida. Candido le dixo á Paquita: Pues si
parecias tan alegre y tan contenta quando te encontré; si cantabas y
halagabas al diaguino con tanta naturalidad, que te tuve por tan feliz
como dices que eres desdichada. Ha, señor, respondió Paquita, esa es
otra de las lacras de nuestro oficio. Ayer me robó y me aporreó un
oficial, y hoy tengo que fingir que estoy alegre para agradar á un
frayle.
No quiso Candido oir mas, y confesó que Martin tenia razón. Sentáronse
luego á la mesa con Paquita y el frayle Francisco; fué bastante alegre
la comida, y de sobremesa habláron con alguna confianza. Díxole
Candido al frayle: Paréceme, padre, que disfruta Vuestra Reverencia
de una suerte envidiable. En su semblante brilla la salud y la
robustez, su fisonomía indica el bien-estar, tiene una muy linda moza
para su recreo, y me parece muy satisfecho con su hábito de diaguino.
Por Dios santo, caballero, respondió fray Hilarion, que quisiera que
todos los Franciscanos estuvieran en el quinto infierno, y que mil
veces me han dado tentaciones de pegar fuego al convento, y de
hacerme Turco. Quando tenia quince años, mis padres, por dexar mas
caudal á un maldito hermano mayor (condenado el sea), me obligáron á
tomar este exêcrable hábito. El convento es un nido de zelos, de
rencillas y de desesperacion. Verdad es que por algunas malas
misiones de quaresma que he predicado, me han dado algunos quartos,
que la mitad me ha robado el guardian: lo restante me sirve para
mantener mozas; pero quando por la noche entro en mi celda, me dan
impulsos de romperme la cabeza contra las paredes, y lo mismo sucede á
todos los demas religiosos.
Volviéndose entónces Martin á Candido con su acostumbrado relente, le
dixo: ¿Qué tal? ¿he ganado, ó no, la apuesta? Candido regaló dos mil
duros á Paquita, y mil á fray Hilarion. Yo fío, dixo, que con este
dinero serán felices.
Pues yo fío lo contrario, dixo Martin, que con esos miles los hará vm.
más infelices todavía. Sea lo que fuere, dixo Candido, un consuelo
tengo, y es que á veces encuentra uno gentes que creía no encontrar
nunca; y muy bien, podrá suceder que después de haber topado á mi
carnero encarnado y á Paquita, me halle un dia de manos á boca con
Cunegunda. Mucho deseo, dixo Martin, que sea para la mayor felicidad
de vm.; pero se me hace muy cuesta arriba. Malas creederas tiene vm.,
respondió Candido. Consiste en que he vivido mucho, replicó Martin.
¿Pues no ve vm. esos gondoleros, dixo Candido, que no cesan de cantar?
Pero no los ve vm. en su casa con sus mugeres y sus chiquillos, repuso
Martin. Sus pesadumbres tiene el Dux, y los gondoleros las suyas.
Verdad es que pesándolo todo, mas feliz suerte que la del Dux es la
del gondolero; pero es tan poca la diferencia, que no merece la pena
de un detenido exâmen. Me han hablado, dixo Candido, del senador
Pococurante, que vive en ese suntuoso palacio situado sobre el Brenta,
y que agasaja mucho á los forasteros; y dicen que es un hombre que
nunca ha sabido qué cosa sea tener pesadumbre. Mucho diera por ver un
ente tan raro, dixo Martin. Sin mas dilación mandó Candido á pedir
licencia al señor Pococurante para hacerle una visita el dia
siguiente.
CAPITULO XXV.
Que da cuenta de la visita que hiciéron Martin y Candido al señor
Pococurante, noble veneciano.
Emarcaronse Candido y Martin en una gondola, y fuéron por el Brenta al
palacio del noble Pococurante. Los jardines eran amenos y ornados con
hermosas estatuas de mármol, el palacio de magnífica fábrica, y el
dueño un hombre como de sesenta años, y muy rico. Recibió á los dos
curiosos forasteros con mucha urbanidad, pero sin mucho cumplimiento;
cosa que intimidó á Candido, y no le pareció mal á Martin.
Al instante dos muchachas bonitas y muy aseadas sirviéron el
chocolate: Candido no pudo ménos de elogiar sus gracias y su
hermosura. No son malas chicas, dixo el senador; algunas veces mando
que duerman conmigo, porque estoy aburrido de las señoras del pueblo,
de su retrechería, sus zelos, sus contiendas, su mal genio, sus
nimiedades, su vanidad, sus tonterías, y mas aun de los sonetos que
tiene uno que hacer ó mandar hacer en elogio suyo: mas con todo ya
empiezan á fastidiarme estas muchachas.
Despues de almorzar, se fuéron á pasear á una espaciosa galería, y
pasmado Candido de la hermosura de las pinturas, preguntó de qué
maestro eran las dos primeras. Son de Rafael, dixo el senador, y las
compré muy caras por vanidad, algunos años ha; dicen que son la cosa
mas hermosa que tiene Italia, pero á mi no me gustan: los colores son
muy denegridos, las figuras no están bien perfiladas, ni salen lo
bastante del plano; los ropages no se parecen en nada á la ropa de
vestir; y en una palabra, digan lo que quisieren, yo no alcanzo á ver
aquí una feliz imitacion de la naturaleza, y no daré mi aprobacion á
un quadro hasta que me retrate la propia naturaleza; pero no los hay
de esta especie. Yo tengo muchos, pero no miro á uno siquiera.
Pococurante, ántes de comer, mandó que le dieran un concierto: la
música le pareció deliciosa á Candido. Bien puede este estruendo,
dixo Pococurante, divertir cosa de media hora; pero quando dura mas, á
todo el mundo cansa, puesto que nadie se atreve á confesarlo. La
música del dia no es otra cosa que el arte de executar cosas
dificultosas, y lo que no es mas que difícil no gusta mucho tiempo.
Mas me agradaría la ópera, si no hubieran atinado con el arte de
convertirla en un monstruo que me repugna. Vaya quien quisiere á ver
malas tragedias en música, cuyas escenas no paran en mas que en traer
al estricote dos ó tres ridiculas coplas donde lucen los gorgeos de
una cantarina; saboréese otro en oir á un tiple tararear el papel de
César ó Caton, y pasearse en afeminados pasos por las tablas: yo por
mí, muchos años hace que no veo semejantes majaderías de que tanto
se ufana hoy la Italia, y que tan caras pagan los soberanos
extrangeros. Candido contradixo un poco, pero con prudencia; y Martin
fué en todo del dictámen del senador.
Sentáronse á la mesa, y después de una opípara comida entráron en la
biblioteca. Candido que vió un Homero magníficamente enquadernado,
alabó mucho el fino gusto de Su Ilustrísima. Este es el libro, dixo,
que era las delicias de Panglós, el mejor filósofo de Alemania. Pues
no es las mias, dixo con mucha frialdad Pococurante: en otro tiempo me
habían hecho creer que tenia mucho gusto en leerle; pero la repeticion
no interrumpida de batallas que todas son parecidas, aquellos Dioses
siempre en accion, y que nunca hacen cosa ninguna decisiva; aquella
Helena, causa de la guerra, y que apénas tiene accion en el poema;
aquella Troya siempre sitiada, y nunca tomada: todo esto me causaba un
fastidio mortal. Algunas veces he preguntado á varios hombres doctos
si los aburria esta lectura tanto como á mí; y todos los que hablaban
sinceramente me han confesado que se les caía el libro de las manos,
pero que era indispensable tenerle en su biblioteca, como un
monumento de la antigüedad, ó como una medalla enmohecida que no es ya
materia de comercio.
No piensa así Vueselencia de Virgilio, dixo Candido. Convengo, dixo
Pococurante, en que el segundo, el quarto y el sexto libro de su
Eneyda son excelentes; mas por lo que hace á su pío Eneas, al fuerte
Cloanto, al amigo Acates, al niño Ascanio, al tonto del rey Latino, á
la zafia Amata, y á la insulsa Lavinia, creo que no hay cosa mas fria
ni mas desagradable: y mas me gusta el Taso, y las novelas para
arrullar criaturas del Ariosto.
¿Me hará Su Excelencia el gusto de decirme, repuso Candido, si no le
tiene muy grande en la lectura de Horacio? Máxîmas hay en él, dixo
Pococurante, que pueden ser útiles á un hombre de mundo, y que
reducidas á enérgicos versos se graban con facilidad en la memoria;
pero no me curo ni de su viage á Brindis, ni de su descripcion de una
mala comida, ni de la disputa digna de unos mozos de esquina entre no
sé qué Rupilo, cuyas razones, dice, estaban llenas de podre, y
las de su contrincante llenas de vinagre. Sus groseros versos
contra viejas y hechiceras los he leido con mucho asco; y no veo qué
mérito tiene decir á su amigo Mecenas, que si le pone en el catálogo
de poetas líricos, tocará á los astros con su erguida frente. A los
tontos todo los maravilla en un autor apreciado; pero yo, que leo para
mí solo, no apruebo mas que lo que me da gusto. Candido, que se habia
criado no juzgando de nada por sí propio, estaba muy atónito con todo
quanto oía; y á Martin le parecía el modo de pensar de Pococurante muy
conforme á razón.
¡Ha! aquí hay un Cicerón, dixo Candido: sin duda no se cansa
Vueselencia de leerle. Nunca le leo, respondió el Veneciano. ¿Qué
tengo yo con que haya defendido á Rabirio ó á Cluencio? Sobrados
pleytos tengo sin esos que fallar. Mas me hubieran agradado sus obras
filosóficas; pero quando he visto que de todo dudaba, he inferido que
lo mismo sabia yo que él, y que para ser ignorante á nadie necesitaba.
¡Hola! ochenta tomos de la academia de ciencias; algo bueno podrá
haber en ellos, exclamó Martin. Sí que lo habría, dixo Pococurante, si
uno de los autores de ese fárrago hubiese inventado siquiera el arte
de hacer alfileres; pero en todos esos libros no se hallan mas que
sistemas vanos, y ninguna cosa útil.
¡Quantas composiciones teatrales estoy viendo, dixo Candido, en
italiano, en castellano y en francés! Así es verdad, dixo el senador;
de tres mil pasan, y no hay treinta buenas. Lo que es esas
recopilaciones de sermones que todos juntos no equivalen á una página
de Séneca, y todos esos librotes de teología, ya se presumen vms. que
no los abro nunca, ni yo ni nadie.
Reparó Martin en unos estantes cargados de libros ingleses. Bien creo,
dixo, que un republicano se recrea con la mayor parte de estas obras
con tanta libertad escritas. Sí, respondió Pococurante, bella cosa es
escribir lo que se siente; que es la prerogativa del hombre. En
nuestra Italia toda solo se escribe lo que no se siente, y no son
osados los moradores de la patria de los Césares y los Antoninos á
concebir una idea sin la venia de un Domínico. Mucho me contentaria la
libertad que á los ingenios ingleses inspira, si no estragaran la
pasión y el espíritu de partido quantas dotes apreciables aquella
tiene.
Reparando Candido en un Milton, le preguntó si tenia por un hombre
sublime á este autor. ¿A quién? dixo Pococurante: ¿á ese bárbaro que
en diez libros de duros versos ha hecho un prolixo comento del
Génesis? ¿á ese zafio imitador de los Griegos, que desfigura la
creacion, y miéntras que pinta Moises al eterno Ser criando el mundo
por su palabra, hace que coja el Mesías en un armario del cielo un
inmenso compás para trazar su obra? ¡Yo, estimar á quien ha echado á
perder el infierno y el diablo del Taso; á quien disfraza á Lucifer,
unas veces de sapo, otras de pigmeo, le hace repetir cien veces las
mismas razones, y disputar sobre teología; á quien imitando seriamente
la cómica invencion de las armas de fuego del Ariosto, representa á
los diablos tirando cañonazos en el cielo! Ni yo, ni nadie en Italia
ha podido gustar de todas esas tristes extravagancias. Las bodas del
Pecado y la Muerte, y las culebras que pare el Pecado provocan á
vomitar á todo hombre de gusto algo delicado; y su prolixa descripcion
de un hospital solo para un enterrador es buena. Este poema obscuro,
estrambótico y repugnante, fue despreciado en su cuna, y yo le trato
hoy como le tratáron en su patria sus coetáneos. Por lo demas, yo digo
mi dictámen sin curarme de si los demas piensan como yo. Candido
estaba muy afligido con estas razones, porque respetaba á Homero, y no
le desagradaba Milton. ¡Ay! dixo en voz baxa á Martin, mucho me temo
que profese este hombre un profundo desprecio á nuestros poetas
tudescos. Poco inconveniente seria, replicó Martin. ¡O qué hombre tan
superior, decía entre dientes Candido, qué ingenio tan divino este
Pococurante! ninguna cosa le agrada.
Hecho el escrutinio de todos los libros, baxáron al jardín, y Candido
alabó mucho todas sus preciosidades. No hay una cosa de peor gusto,
dixo Pococurante, aquí no tenemos otra cosa que fruslerías; bien es
que mañana voy á disponer que me planten otro por un estilo mas noble.
Despidiéronse en fin ámbos curiosos de Su Excelencia, y al volverse á
su casa dixo Candido á Martin: Confiese vm. que el señor Pococurante
es el mas feliz de los humanos, porque es un hombre superior á todo
quanto tiene.
¿Pues no considera vm., dixo Martin, que está aburrido de quanto
tiene? Mucho tiempo ha que dixo Platon que no son los mejores
estómagos los que vomitan todos los alimentos. ¿Pero no es un gusto,
respondió Candido, criticarlo todo, y hallar defectos donde los demas
solo perfecciones encuentran? Eso es lo mismo, replicó Martin, que
decir que es mucho gusto no tener gustos. Segun eso, dixo Candido, no
hay otro hombre feliz que yo, quando vuelva á ver á mi Cunegunda.
Buena cosa es la esperanza, respondió Martin.
Corrian en tanto los dias y las semanas, y Cacambo no parecia, y
estaba Candido tan sumido en su pesadumbre, que ni siquiera notó que
no habian venido á darle las gracias fray Hilarion ni Paquita.
CAPITULO XXVI.
Que da cuenta de como Candido y Martin cenáron con unos
extranjeros, y quien eran estos.
Un dia, yendo Candido y Martin á sentarse á la mesa con los forasteros
alojados en su misma posada, se acercó por detras al primero uno que
tenia una cara de color de hollin de chimenca, el qual, agarrándole
del brazo, le dixo: Dispóngase vm. á venirse con nosotros, y no se
descuide. Vuelve Candido el rostro, conoce á Cacambo; solo la vista de
Cunegunda le hubiera podido causar mas extrañeza y mas contento. Poco
le faltó para volverse loco de alegría; y dando mil abrazos á su caro
amigo, le dixo: ¿Con que sin duda está contigo Cunegunda? ¿donde está?
llévame á verla, y á morir de gozo á sus plantas. Cunegunda no está
aquí, dixo Cacambo, que está en Constantinopla.--¡Dios mio, en
Constantinopla! pero aunque estuviera en la China, voy allá volando:
vamos. Despues de cenar nos irémos, respondió Cacambo: no puedo decir
á vm. mas, que soy esclavo, y me está esperando mi amo, y así es
menester que le vaya á servir á la mesa: no diga vm. una palabra;
cene, y esté aparejado.
Preocupado Candido de júbilo y sentimiento, gozoso por haber vuelto á
ver á su fiel agente, atónito de verle esclavo, rebosando en la
alegría de encontrar á su amada, palpitándole el pecho, y vacilante su
razon, se sentó á la mesa con Martin, el qual sin inmutarse
contemplaba todas estas aventuras, y con otros seis extrangeros que
habian venido á pasar el carnaval á Venecia.
Cacambo, que era el copero de uno de los extrangeros, arrimándose á su
amo al fin de la comida, le dixo al oido: Señor, Vuestra Magestad
puede irse quando quisiere, que el buque está pronto; y se fué dichas
estas palabras. Atónitos los convidados se miraban sin chistar, quando
llegándose otro sirviente á su amo, le dixo: Señor, el coche de
Vuestra Magestad está en Padua, y el barco listo. El amo hizo una
seña, y se fué el criado. Otra vez se miráron á la cara los
convidados, y creció el asombro. Arrimándose luego el tercer criado á
otro extrangero, le dixo: Señor, créame Vuestra Magestad, que no se
debe detener mas aquí; yo voy á disponerlo todo, y desapareció.
Entónces no dudáron Candido ni Martin de que era mogiganga de
carnaval. El quarto criado dixo al quarto amo: Vuestra Magestad se
podrá ir quando quiera, y se salió lo mismo que los demas. Otro tanto
dixo el criado quinto al quinto amo; pero el sexto se explicó de muy
diferente modo con el sexto forastero, que estaba al lado de Candido,
y le dixo: A fe, Señor, que nadie quiere fiar un ochavo á Vuestra
Magestad, ni á mi tampoco, y que esta misma noche pudiera ser muy bien
que nos metieran en la cárcel, y así voy á ponerme en salvo: quédese
con Dios Vuestra Magestad.
Habiéndose marchado todos los criados, se quedáron en alto silencio
Candido, Martin y los seis forasteros. Rompióle al fin Candido,
diciendo: Cierto, señores, que es donosa la burla; ¿porqué son todos
vms. reyes? Yo por mi declaro que ni el señor Martin ni yo lo somos.
Respondiendo entónces con mucha dignidad el amo de Cacambo, dixo en
italiano: Yo no soy un bufon; mi nombre es Acmet III; he sido gran
Sultan por espacio de muchos años; habia destronado á mi hermano, y mi
sobrino me na destronado á mí; á mis visires les han cortado la
cabeza, y yo acabo mis dias en el serrallo viejo. Mi sobrino el gran
Sultan Mahamud me da licencia para viajar de quando en quando para
restablecer mi salud; y he venido á pasar el carnaval á Venecia.
Después de Acmet habló un mancebo que junto á el estaba, y dixo: Yo me
llamo Ivan, he sido emperador de toda la Rusia, y destronado en la
cuna. Mi padre y mi madre fuéron encarcelados, y á mi me criáron en
una cárcel. Algunas veces me dan licencia para viajar en compañía de
mis alcaydes; y he venido á pasar el carnaval á Venecia.
Dixo luego el tercero: Yo soy Carlos Eduardo, rey de Inglaterra,
habiéndome cedido mi padre sus derechos á la corona. He peleado por
sustentarlos; á ochocientos partidarios mios les han arrancado el
corazon, y les han sacudido con el en la cara: á mi me han tenido
preso, y ahora voy á ver al Rey mi padre á Roma, el qual ha sido
destronado así como mi abuelo, y así como yo; y he venido á pasar el
carnaval á Venecia.
Habló entónces el quarto, y dixo: Yo soy rey de los Polacos; la suerte
de la guerra me ha privado de mis estados hereditarios; los mismos
contratiempos ha sufrido mi padre: me resigno á los decretos de la
Providencia, como hacen el sultan Acmet, el emperador Ivan, y el rey
Carlos Eduardo, que Dios guarde dilatados años; y he venido á pasar el
carnaval á Venecia.
Dixo despues el quinto: Tambien yo soy rey de los Polacos, y dos veces
he perdido mi reyno; pero la Providencia me ha dado otro estado, en el
qual he hecho mas bienes que quantos han podido hacer en las riberas
del Vistula todos los reyes de la Sarmacia juntos: tambien me resigno
á los juicios de la Providencia; y he venido á pasar el carnaval á
Venecia.
Habló por último el sexto monarca, y dixo: Caballeros, yo no soy tan
gran señor como vms., mas al cabo rey he sido como el mas pintado: mi
nombre es Teodoro; fuí electo rey en Córcega, me daban
magestad, y ahora apénas se dignan de decirme su merced:
he hecho acuñar moneda, y no tengo un maravedí; tenia dos secretarios
de estado, y apénas me queda un lacayo; me he visto en un trono, y he
estado mucho tiempo en Londres en una cárcel acostado sobre paja; y me
rezelo que me suceda aquí lo mismo, puesto que he venido, como
Vuestras Magestades, á pasar el carnaval á Venecia.
Escucháron con magnánima compasion los otros cinco monarcas este
razonamiento, y dió cada uno veinte zequíes al rey Teodoro para que
comprase vestidos y ropa blanca. Candido le regaló un brillante de dos
mil zequíes. ¿Quién es este particular, dixéron los cinco reyes, que
puede hacer una dádiva cien veces mas quantiosa que qualquiera de
nosotros, y que efectivamente la hace?
Al levantarse de la mesa, llegáron á la misma posada quatro Altezas
Serenísimas que tambien habian perdido sus estados por los acasos de
la guerra, y venian á pasar lo restante del carnaval á Venecia; pero
ne se informó siquiera Candido de las aventuras de los recien-venidos,
no pensando en mas que en ir á buscar á su amada Cunegunda á
Constantinopla.
CAPITULO XXVII.
Del viage de Candido á Constantinopla.
Ya el fiel Cacambo había concertado con el capitan turco que habia de
llevar á Constantinopla al sultan Acmet, que tomara á bordo á Candido
y á Martin; y ámbos se embarcáron, habiéndose postrado primero ante su
miserable Alteza. Candido en el camino decia á Martin: ¡Con que hemos
cenado con seis reyes destronados, y de los seis á uno he tenido que
darle tina limosna! Acaso hay otros muchos príncipes mas desgraciados.
Yo á la verdad no he perdido mas que cien carneros, y voy á descansar
de mis fatigas en brazos de Cunegunda. Razon tenia Panglós, amado
Martin, todo está bien. Sea enhorabuena, dixo Martin. Increible
aventura es empero, continuó Candido, la que en Venecia nos ha
sucedido; porque nunca se ha visto ni oido cosa tal como cenar juntos
en la misma posada seis monarcas destronados. No es eso cosa mas
extraordinaria, replicó Martin, que otras muchas que nos han sucedido.
Con mucha freqüencia sucede que un rey sea destronado; y por lo que
respeta á la honra que hemos tenido de cenar con ellos, eso es una
friolera que ni siquiera mentarse merece.
Apénas estaba Candido en el navío, se arrojó en brazos de su criado
antiguo y su amigo Cacambo. ¿Y pues, le dixo, qué hace Cunegunda?
¿es todavía un portento de beldad? ¿me quiere aun? ¿cómo está? Sin
duda que le has comprado un palacio en Constantinopla. Señor mi amo,
le respondió Cacambo, Cunegunda está fregando platos á orillas de la
Propontis, en casa de un príncipe que tiene poquísimos platos, porque
es esclava de un soberano antiguo llamado Ragotski, á quien da el
gran Turco tres duros diarios en su asilo; y lo peor es que ha perdido
su hermosura, y que está horrorosa de puro fea. ¡Ay! fea ó hermosa,
dixo Candido, yo soy hombre de bien, y mi obligacion es quererla
siempre. ¿Pero cómo se puede encontrar en tan miserable estado con el
millón de duros que tu le llevaste? Bueno está eso, respondió
Cacambo: ¿pues no tuve que dar doscientos mil al señor Don Fernando
de Ibarra, Figueroa, Mascareñas, Lampurdan y Souza, gobernador de
Buenos-Ayres, para alcanzar su licencia de traerme á Cunegunda? ¿y no
nos ha robado un pirata todo quanto nos había quedado? ¿No nos ha
conducido dicho pirata al cabo de Matapan, á Milo, á Nicaria, á Samos,
á Petri, á los Dardanelos, á Mármara y á Escutari? Cunegunda y la
vieja estan sirviendo al príncipe que llevo dicho, y yo soy esclavo
del sultan destronado. ¡Quanta espantosa calamidad encadenada una con
otra! dixo Candido. Al cabo aun me quedan algunos diamantes, y con
facilidad rescataré á Cunegunda. ¡Que lástima es que esté tan fea!
Volviéndose luego á Martin, le dixo: ¿Quién piensa vm. que es mas
digno de compasion, el emperador Acmet, el emperador Ivan, el rey
Carlos Eduardo, ó yo? No lo sé, dixo Martin, y menester fuera hallarme
dentro del pecho de vms. para saberlo. Ha, dixo Candido, si estuviera
aquí Panglós, el lo sabria, y nos lo diria. Yo no poseo, respondió
Martin, la balanza con que pesaba ese señor Panglós las miserias, y
valuaba las cuitas humanas; pero sí presumo que hay en la tierra
millones de hombres mas dignos de lástima que el rey Carlos Eduardo,
el emperador Ivan, y el sultan Acmet. Bien puede ser, dixo Candido.
A pocos dias llegáron al canal del mar Negro. Candido rescató á precio
muy subido á Cacambo, y sin perder un instante se metió con sus
compañeros en una galera para ir á orillas de la Propontis en demanda
de Cunegunda, por mas fea que estuviese.
Habia entre la chusma dos galeotes que remaban muy mal, y á quien el
arraez levantisco aplicaba de quando en quando sendos latigazos en las
espaldas con el rebenque. Por un movimiento natural los miró Candido
con mas atención que á los demas forzados, arrimándose a ellos con
lástima; y en algunas facciones de sus desfigurados rostros le
pareció que se daban un poco de ayre á Panglós, y al otro desventurado
jesuíta, al baron, hermano de Cunegunda. Enternecido y movido á
compasión con esta idea, los contempló con mayor atencion, y dixo á
Cacambo: Por mi vida, que si no hubiera visto ahorcar á maese Panglós,
y no hubiera tenido la desgracia de matar al baron, creeria que son
esos que van remando en la galera.
Oyendo los nombres del baron y de Panglós, diéron un agudo grito ámbos
galeotes, se paráron en el banco, y dexáron caer los remos. Al punto
se tiró á ellos el arraez, menudeando los latigazos con el rebenque.
Deténgase, deténgase, Señor, clamó Candido, que le daré el dinero que
me pidiere. ¿Con que es Candido? decía uno de los forzados. ¿Con que
es Candido? repetia el otro. ¿Es sueño? decia Candido; ¿estoy en esta
galera? ¿estoy despierto? ¿Es el señor baron á quien yo maté? ¿es
maese Panglós á quien vi ahorcar? Nosotros somos, nosotros somos,
respondian á la par. ¿Con que este es aquel insigne filósofo? decia
Martin. Ha, señor arraez levantisco, ¿quanto quiere por el rescate del
señor baron de Tunder-ten-tronck, uno de los primeros barones del
imperio, y del señor Panglós, el metafísico mas profundo de Alemania?
Perro cristiano, respondió el arraez, una vez que esos dos perros de
galeotes cristianos son barones y metafísicos, lo qual es sin duda
un, cargo muy alto en su pais, me has de dar por ellos cincuenta mil
zequíes.--Yo se los daré, señor; lléveme de un vuelo á Constantinopla,
y al punto será satisfecho; pero no, lléveme á casa de Cunegunda. El
arráez, así que oyó la oferta de Candido, puso la proa á la ciudad, y
hacia que remaran con mas ligereza que un páxaro sesga el ayre.
Dió Candido cien abrazos á Panglós y al baron.--¿Pues cómo no he
muerto á vm., mi amado baron? ¿y vm., mi amado Panglós, cómo está vivo
habiéndole ahorcado? ¿y porqué están ámbos en galeras en Turquía? ¿Es
cierto que esté mi querida hermana en esta tierra? dixo el barón. Sí,
Señor, respondió Cacambo. Al fin vuelvo á ver á mi caro Candido,
exclamaba Panglós. Candido les presentaba á Martin y á Cacambo: todos
se abrazaban, todos hablaban á la par; bogaba la galera, y estaban ya
dentro del puerto. Llamáron á un. Judío á quien vendió Candido por
cincuenta mil zequíes un diamante que valia cien mil, y el Judío le
juró por Abrahan, que no podia dar un ochavo mas. Incontinenti
satisfizo el rescate del baron y Panglós: este se arrojó á las plantas
de su libertador, bañándolas en lágrimas; aquel le dió las gracias
baxando la cabeza, y le prometió pagarle su dinero así que tuviese con
que. ¿Pero es posible, decia, que esté en Turquía mi hermana? Tan
posible, replicó Cacambo, que está fregando platos en casa de un
príncipe de Transilvania. Llamáron, al punto á otros Judíos, vendió
Candido otros diamantes, y se partiéron todos en otra galera para ir á
librar á Cunegunda.
CAPITULO XXVIII.
Que trata de los sucesos que pasáron con Candido, Cunegunda,
Panglós y Martin.
Mil perdones pido á vm., dixo Candido al baron, mil perdones, padre
reverendísimo, de haberle pasado el cuerpo de una estocada. No
tratemos mas de eso, dixo el baron, yo confieso que me excedí un poco.
Pero una vez que desea vm. saber como me he visto en galeras, le
contaré que despues que me hubo sanado de mi herida el hermano
boticario del colegio, me acometió y me hizo prisionero una partida
española, y me pusiéron en la cárcel de Buenos-Ayres, quando acababa
mi hermana de embarcarse para Europa. Pedí que me enviaran á Roma al
padre general, y me nombráron para ir á Constantinopla de capellan de
la embaxada de Francia. Habia apénas ocho dias que estaba desempeñando
las obligaciones de mi empleo, quando encontré una noche á un icoglan
muy muchacho y muy lindo; y como hacia mucho calor, quiso el mozo
bañarse, y yo tambien me metí con el en el baño, no sabiendo que era
delito capital en un cristiano que le hallaran desnudo con un mancebo
musulman. Un cadí me mando dar cien palos en la planta de los piés, y
me condenó á galeras; y pienso que jamas se ha cometido injusticia mas
horrorosa. Ahora querria saber porque se halla mi hermana de fregona
de un príncipe de Transilvania refugiado en Turquía.
¿Y vm., mi amado Panglós, cómo es posible que le esté viendo? Verdad
es, dixo Panglós, que me viste ahorcar; iban á quemarme, pero ya te
acuerdas que llovia á chaparrones quando me habian de echar á la
hoguera, y que no fué posible encender el fuego; así que me ahorcáron,
sin exemplar, no pudiendo mas: y un cirujano que compró mi cuerpo, me
llevó á su casa, y me disecó. Primero me hizo una incision crucial
desde el ombligo hasta la clavícula. Yo estaba tan mal ahorcado, que
no podia ser mas: el executor de las sentencias de la santa
inquisicion, que era subdiácono, es verdad que quemaba las personas
con la mayor habilidad, pero no entendia cosa en materia de ahorcar:
la soga que estaba mojada apretó poco, en fin todavía estaba vivo. La
incision crucial me hizo dar un grito tan desaforado, que atemorizado
el cirujano se cayó de espaldas; y creyendo que estaba disecando á
Lucifer se escapó muerto de miedo, y se volvió á caer de la escalera
abaxo. Al estrépito acudió su muger de un quarto inmediato; y
viéndome tendido en la mesa con la incision crucial, se asustó mas que
su marido, se escapó, y se cayó encima de él. Quando volviéron algo en
sí, oí que decia la cirujana al cirujano: ¿Quién te metió en disecar á
un herege? ¿acaso no sabes que todos ellos tienen metido el diablo en
el cuerpo? me voy corriendo á llamar á un clérigo que le exôrcize.
Asustado con estas palabras recogí las pocas fuerzas que me quedaban,
y me puse á gritar: Tengan lástima de mí. Al fin cobró ánimo el
barbero portugués, me dió unos quantos puntos en la incision, su muger
me cuidó, y á cabo de quince dias estaba ya bueno. El barbero me
acomodó de lacayo de un caballero de Malta que iba á Venecia; pero no
teniendo mi amo con que mantenerme, me puse á servir á un mercader
veneciano, y le acompañé á Constantinopla.
Ocurrióme un dia la idea de entrar en una mezquita, donde no habia mas
que un iman viejo y una santurrona moza muy bonita, que rezaba sus
padre-nuestros: tenia descubiertos los pechos, y entre las dos tetas
un ramillete muy hermoso de tulipas, rosas, anémonas, ranúnculos,
jacintos y aurículas. Cayósele el ramillete, y yo le cogí, y se le
puse con tanta cortesía como respeto. Tanto tardaba en ponérsele, que
se enfadó el iman; y advirtiendo que era cristiano, llamó gente.
Lleváronme á casa del cadí, que me mandó dar cien varazos en los piés
y me envió á galeras, amarrándome justamente á la misma galera y al
mismo banco que el señor baron. En ella habia quatro mozos de
Marsella, cinco clérigos napolitanos, y dos frayles de Corfú, que nos
aseguráron que casi todos los dias sucedian aventuras como las
nuestras. Sustentaba el señor baron que le habian hecho mas injusticia
que á mí; y yo defendia que mucho mas permitido era volver á poner un
ramillete al pecho de una moza, que hallarse en cueros con un icoglan:
disputábamos continuamente, y nos sacudian cien latigazos al dia con
la penca, quando te conduxo á nuestra galera la cadena de los sucesos
de este universo, y nos rescataste. ¿Y pues, amado Panglós, le dixo
Candido, quando se vió vm. ahorcado, disecado, molido á palos, y
remando en galeras, pensaba que todo iba perfectamente? Siempre me
estoy en mis trece, respondió Panglós; que al fin soy filósofo, y un
filósofo no se ha de desdecir, porque no se puede engañar Leibnitz,
aparte que la harmonía preestablecida, es la cosa mas linda del mundo,
no ménos que el lleno y la materia sutil.
CAPITULO XXIX.
De como topó Candido con Cunegunda y con la vieja.
Miéntras se daban cuenta de sus aventuras Candido, el baron, Panglós,
Martin y Cacambo; miéntras que discurrian acerca de los sucesos
contingentes ó no contingentes de este mundo, que disputaban sobre los
efectos y las causas, sobre el mal moral y el mal físico, sobre la
libertad y la necesidad, sobre los consuelos que puede recibir quien
está en galeras en Turquía, aportáron á las playas de la Propontis,
junto á la morada del principe de Transilvania. Lo primero que se les
presentó fué Cunegunda y la vieja que estaban tendiendo unas
servilletas para que se enxugasen en unas tomizas. Al ver esta escena,
se puso amarillo el baron; y el tierno y enamorado Candido
contemplando á Cunegunda toda prieta, los ojos lagañosos, enxutos los
pechos, la cara arrugada, y los bazos amoratados, se hizo tres pasos
atras, y se adelantó luego por buena crianza. Abrazó Cunegunda á
Candido y á su hermano, todos abrazáron á la vieja, y Candido las
rescató á entrámbas.
Habia un cortijillo en las inmediaciones, y propuso la vieja á Candido
que le comprase, ínterin hallaba toda la compañía mejor acómodo.
Cunegunda que no sabia que estaba fea, no habiéndoselo dicho nadie,
acordó sus promesas á Candido en tono tan resuelto, que no se atrevió
el pobre á replicar. Declaró pues al baron que se iba á casar con su
hermana; pero este dixo: Nunca consentiré yo en semejante vileza de su
parte, y tamaña osadía de la tuya, ni nunca no podrán echar en cara
tal ignominia. ¿Con que los hijos de mi hermana no podrán entrar en
los cabildos de Alemania? No, mi hermana no se ha de casar, como no
sea con un baron del imperio. Cunegunda se postró á sus plantas, y las
bañó en llanto, pero fué en balde. ¡Fatuo, sin seso, le dixo Candido,
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