YAGO.
Esa moral es severa con exceso. Por la hora, por el lugar, y por
el estado intranquilo de la isla, valiera más que esto no hubiera
sucedido, pero ya que pasó y no podeis remediarlo, tratad de reparar el
yerro.
CASIO.
Cuando yo le vuelva á pedir mi empleo, me llamará borracho. Aunque
yo tuviera todas las bocas de la hidra, esta respuesta bastaria para
hacerlas callar. ¡Pasar yo en breve rato desde el estado de hombre
juicioso al de loco frenético y luego al de bestia! ¡Qué horror! Cada
copa es una maldicion del infierno, cada botella un demonio.
YAGO.
No digais eso, que el buen vino alegra el corazon humano, cuando no se
abusa de él. No creo, teniente Casio, que dudareis de la firmeza de mi
amistad.
CASIO.
Tengo pruebas de ello. ¡Borracho yo!
YAGO.
Vos y cualquiera puede emborracharse alguna vez. Ahora oid lo que os
toca hacer. La mujer de nuestro gobernador le domina á él, porque él
está encantado y absorto en la contemplacion de su belleza. Decidle
la verdad, ponedla por intercesora, para que os restituya vuestro
empleo. Ella es tan buena, dulce y cariñosa que hará de seguro más de
lo que acerteis á pedirla: ella volverá á componer esa amistad quebrada
entre vos y su esposo, y apostaria toda mi dicha futura á que este
disgustillo sirve para estrecharla más y más.
CASIO.
Me das un buen consejo.
YAGO.
Y tan sincero y honrado como es mi amistad hácia vos.
CASIO.
Así lo creo. Lo primero que haré mañana será rogar á Desdémona, que
interceda por mí. Si ella me abandona, ¿qué esperanza puede quedarme?
YAGO.
Bien decis. Buenas noches, teniente. Voy á la guardia.
CASIO.
Buenas noches, Yago.
YAGO.
¿Y quién dirá que soy un malvado, y que no son buenos y sanos mis
consejos? Ese es el único modo de persuadir á Otelo, y muy fácil es que
Desdémona interceda en favor de él, porque su causa es buena, y porque
Desdémona es más benigna que un ángel del cielo. Y poco le ha de costar
persuadir al moro. Aunque le exigiera que renegase de la fe de Cristo,
de tal manera le tiene preso en la red de su amor, que puede llevarle
á donde quiera, y le maneja á su antojo. ¿En qué está mi perfidia,
si aconsejo á Casio el medio más fácil de alcanzar lo que desea?
¡Diabólico consejo el mio! ¡Arte propia del demonio engañar á un alma
incauta con halagos que parecen celestiales! Así lo hago yo, procurando
que este necio busque la intercesion de Desdémona, para que ella niegue
al moro en favor de él. Y entre tanto yo destilaré torpe veneno en los
oidos del moro, persuadiéndole que Desdémona pone tanto empeño en que
no se vaya Casio, porque quiere conservar su ilícito amor. Y cuanto
ella haga por favorecerle, tanto más crecerán las sospechas de Otelo.
De esta manera convertiré el vicio en virtud, tejiendo con la piedad
de Desdémona la red en que ambos han de caer.
(Sale Rodrigo.)
¿Qué novedades traes, Rodrigo?
RODRIGO.
Sigo la caza, pero sin fruto. Mi dinero se acaba: esta noche me han
apaleado, y creo que el mejor desenlace de todo seria volverme á
Venecia, con alguna experiencia de más, harto duramente adquirida, y
con algunos ducados de menos.
YAGO.
¡Pobre del que no tiene paciencia! ¿Qué herida se curó de primera
intencion? No procedemos por ensalmos, sino con maña y cautela, y dando
tiempo al tiempo. ¿No ves en qué estado andan las cosas? Es verdad
que Casio te ha apaleado, pero él en cambio pierde su oficio. La mala
yerba crece sin sol, pero la flor temprana es señal de temprana fruta.
Ten paciencia y sosiego. Véte á tu posada: luego sabrás lo restante:
véte, véte. Dos cosas tengo que hacer. La primera, hacer que mi mujer
ayude á Desdémona en su peticion á favor de Casio: y cuando ella esté
suplicando con más ahinco, me interpondré yo y hablaré al moro. No es
ocasion de timideces ni de esperas.
ACTO III.
ESCENA PRIMERA.
=Sala del castillo.=
CASIO y MÚSICOS.
CASIO.
Yo os pago. Tocad un breve rato para festejar el natalicio del
gobernador.
(Sale el Bufon.)
BUFON.
Señores, ¿vuestros instrumentos han adquirido en Nápoles esa voz tan
gangosa?
MÚSICOS.
¿Qué decis?
BUFON.
Tomad dinero: el gobernador gusta tanto de vuestra música que os paga
para que no continueis.
MÚSICO 1.º
Bien, señor. Callaremos.
BUFON.
Tocad sólo alguna música que no se oiga, si es que la sabeis. En
cuanto á la que se oye, el general no puede sufrirla.
MÚSICOS.
Nunca hemos sabido tales músicas.
BUFON.
Pues idos con la vuestra á otra parte, porque si no, me iré yo. ¡Idos
lejos!
(Se van.)
CASIO.
¿Oyes, amigo?
BUFON.
No oigo al amigo: te oigo á tí.
CASIO.
Basta de bromas: toma una moneda de oro. Si la dama que acompaña á la
mujer del gobernador está ya levantada, dile que un tal Casio quiere
hablarla. ¿Se lo dirás?
BUFON.
Ya está levantada, y si la encuentro, le diré lo que deseais.
CASIO.
Díselo, amigo mio.
(Se va el Bufon.—Sale Yago.)
Bien venido, Yago.
YAGO.
¿No os habeis acostado?
CASIO.
Era casi de dia, cuando me separé de tí. Ahora he enviado un recado á
tu mujer, para que me facilite una entrevista con Desdémona.
YAGO.
Yo haré que la veas, y procuraré alejar á Otelo, para que no os
interrumpa.
CASIO.
De todas veras te lo agradeceré. (Aparte.) Ni en Florencia misma he
hallado hombre tan cortes y atento.
(Sale Emilia.)
EMILIA.
Buenos dias, teniente. Mucho siento el percance que os ha pasado, pero
creo que al fin ha de remediarse. De ello están hablando el gobernador
y su mujer. Ella os defiende mucho. Otelo replica que heristeis á una
persona muy conocida en Chipre: que era forzoso el castigo, y que
por eso os destituyó. Pero como es tan amigo vuestro, no tardará en
devolveros el empleo, apenas haya ocasion propicia.
CASIO.
A pesar de todo, me parece conveniente hablar á solas á Desdémona, si
es que mi pretension no te parece descabellada.
EMILIA.
Ven conmigo: yo te llevaré á sitio donde puedas hablarla con toda
libertad.
CASIO.
Mucho os agradeceré tal favor.
(Se van.)
ESCENA II.
=Una sala del castillo.=
Salen OTELO, YAGO y varios Caballeros.
OTELO.
Yago, entrega tú estas cartas al piloto, para que las comunique al
Senado. Entre tanto yo voy á las murallas. Allí me encontrarás.
YAGO.
Está bien, general.
OTELO.
Caballeros, ¿quereis visitar la fortificacion?
CABALLEROS.
Cómo gusteis.
ESCENA III.
=Jardin del castillo.=
DESDÉMONA, EMILIA y CASIO.
DESDÉMONA.
Pierde el temor, amigo mio. Te prestaré toda la ayuda y favor que pueda.
EMILIA.
Señora, os suplico que lo hagais, porque mi marido lo toma como asunto
propio.
DESDÉMONA.
Es muy honrado. Espero veros pronto amigos á Otelo y á tí, buen Casio.
CASIO.
Generosa señora, sucédame lo que quiera, Miguel Casio será siempre
esclavo vuestro.
DESDÉMONA.
En mucho aprecio tu amistad. Sé que hace tiempo la tienes con mi
marido, y que sólo se alejará de tí el breve tiempo que la prudencia lo
exija.
CASIO.
Pero esa prudencia puede durar tanto, ó acrecentarse con tan perverso
alimento, ó atender á tan falsas apariencias, que estando ausente yo, y
sucediéndome otro en el destino, olvide el general mis servicios.
DESDÉMONA.
No tengas ese recelo. A Emilia pongo por testigo de que no he de
desistir hasta que te restituyan el empleo. Yo cumplo siempre lo que
prometo y juro. No dejaré descansar á mi marido, de dia y de noche he
de seguirle y abrumarle con ruegos y súplicas en tu favor. Ni en la
mesa ni en el lecho cesaré de importunarle. Buen abogado vas á tener.
Antes moriré que abandonar la pretension de Casio.
EMILIA.
Señora, el amo viene.
CASIO.
Adios, señora.
DESDÉMONA.
Quédate, y oye lo que voy á decirle.
CASIO.
No puedo oirte ahora ni estoy de buen temple para hablar en causa
propia.
DESDÉMONA.
Como querais.
(Se va Casio.—Salen Otelo y Yago.)
YAGO.
No me parece bien esto.
OTELO.
¿Qué dices entre dientes?
YAGO.
Nada... No lo sé, señor.
OTELO.
¿No era Casio el que hablaba con mi mujer?
YAGO.
¿Casio? No, señor. ¿Por qué habia de huir él tan pronto, apenas os vió
llegar?
OTELO.
Pues me pareció que era Casio.
DESDÉMONA.
¿Tú de vuelta, amor mio? Ahora estaba hablando con un pobre
pretendiente, que se queja de tus enojos.
OTELO.
¿Quién?
DESDÉMONA.
Tu teniente Casio. Y si en algo estimas mi amor y mis caricias, óyeme
benévolo. O yo no entiendo nada de fisonomías, ó Casio ha pecado más
que por malicia, por ignorancia. Perdónale.
OTELO.
¿Era el que se fué de aquí ahora mismo?
DESDÉMONA.
Sí, tan triste y abatido, que me dejó parte de su tristeza. Haz que
vuelva contento, esposo mio.
OTELO.
Ahora no: otra vez será, esposa mia.
DESDÉMONA.
¿Pronto?
OTELO.
Tus ruegos adelantarán el plazo.
DESDÉMONA.
¿Esta noche, á la hora de cenar?
OTELO.
Esta noche no puede ser.
DESDÉMONA.
¿Mañana á la hora de comer?
OTELO.
Mañana no comeré en casa. Tenemos junta militar en el castillo.
DESDÉMONA.
Entonces mañana por la noche, ó el mártes por la mañana, por la tarde ó
por la noche, ó el miércoles muy de madrugada. Fíjame un término y que
sea corto: tres dias á lo más. Ya está arrepentido. Y aunque dicen que
las leyes de la guerra son duras, y que á veces exigen el sacrificio de
los mejores, su falta es bien leve, y digna sólo de alguna reprension
privada. Dime, Otelo: ¿cuándo volverá? Si tú me pidieras algo, no te
lo negaria yo ciertamente. Mira que en nada pienso tanto como en esto.
¿No te acuerdas que Casio fué confidente de nuestros amores? ¿No sabes
que él te defendia siempre, cuando yo injustamente y por algun arrebato
de celos, hablaba mal de tí? ¿Por qué dudas en perdonarle? No sé cómo
persuadirte...
OTELO.
Basta, mujer: no me digas más. Que vuelva cuando quiera.
DESDÉMONA.
No te he pedido gracia, ni sacrificio, sino cosa que á tí mismo te
está bien y te importa. Es como si te pidiera que te abrigaras, ó que
te pusieras guantes, ó que comieses bien. Si mi peticion fuera de cosa
más difícil ó costosa, á fe que tendria yo que medir y pesar bien las
palabras, y aún así sabe Dios si lo alcanzaria.
OTELO.
Nada te negaré. Una cosa sola he de pedirte. Déjame solo un rato.
DESDÉMONA.
¿Yo dejar de obedecerte? Adios, señor mio, adios.
OTELO.
Adios, Desdémona. Pronto seré contigo.
DESDÉMONA.
Ven, Emilia. (A Otelo.) Siempre seré rendida esclava de tus
voluntades.
(Se van.)
OTELO.
¡Alma de mi alma! Condenada sea mi alma, si yo no te quiero; y si
alguna vez dejo de quererte, ¡confúndase y acábese el universo!
YAGO.
General.
OTELO.
¿Qué dices, Yago?
YAGO.
¿Miguel Casio tuvo alguna noticia de vuestros amores con la señora?
OTELO.
Lo supo todo, desde el principio hasta el fin. ¿A qué esa pregunta?
YAGO.
Por nada: para matar un recelo mio.
OTELO.
¿Qué recelo?
YAGO.
Yo creí que nunca la habia tratado.
OTELO.
¡Si fué confidente y mensajero de nuestros amores!
YAGO.
¿Eso dices?
OTELO.
La verdad digo. ¿Por qué te sorprende? Pues ¿no es hombre de fiar?
YAGO.
Sí: hombre de bien.
OTELO.
Muy de bien.
YAGO.
Así que sepa...
OTELO.
¿Qué estais murmurando?
YAGO.
¿Murmurar?
OTELO.
¡Sí, algo piensas, vive Dios! Vas repitiendo como un eco mis palabras,
como si tuvieras en la conciencia algun mónstruo, y no te atrevieras á
arrojarle. Hace un momento, cuando viste juntos á Casio y á mi mujer,
dijiste que no te parecia bien. ¿Y por qué no? Ahora cuando te he
referido que fué medianero de nuestros amores, preguntaste: «¿Es verdad
eso?» y te quedaste caviloso, como si madurases alguna siniestra idea.
Si eres amigo mio, dime con verdad lo que piensas.
YAGO.
Señor, ya sabeis que de todas veras os amo.
OTELO.
Por lo mismo que lo sé y lo creo, y que te juzgo hombre sério y
considerado en lo que dices, me asustan tus palabras y tu silencio. No
los extrañaria en hombres viles y soeces, pero en un hombre honrado
como tú son indicios de que el alma está ardiendo, y de que quiere
estallar la indignacion comprimida.
YAGO.
Juro que tengo á Miguel Casio por hombre de honor.
OTELO.
Yo tambien.
YAGO.
El hombre debe ser lo que parece, ó á lo menos, aparentarlo.
OTELO.
Dices bien.
YAGO.
Repito que á Casio le tengo por hombre honrado.
OTELO.
Eso no es decírmelo todo. Declárame cuanto piensas y recelas, hasta lo
peor y más oculto.
YAGO.
Perdonadme, general: os lo suplico. Yo estoy obligado á obedeceros en
todo, menos en aquellas cosas donde ni el mismo esclavo debe obedecer.
¿Revelaros mi pensamiento? ¿Y si mi pensamiento fuera torpe, vil y
menguado? ¿En qué palacio no penetra alguna vez la alevosía? ¿En qué
pecho no caben injustos recelos y cavilosidades? Hasta con el más recto
juicio pueden unirse bajos pensamientos.
OTELO.
Yago, faltas á la amistad, si creyendo infamado á tu amigo, no le
descubres tu sospecha.
YAGO.
¿Y si mi sospecha fuera infundada? Porque yo soy naturalmente receloso
y perspicaz, y quizá veo el mal donde no existe. No hagais caso de mis
malicias, vagas é infundadas, ni perturbeis vuestro reposo por ellas,
ni yo como hombre honrado y pundonoroso debo revelaros el fondo de mi
pensamiento.
OTELO.
¿Qué quieres decir con eso?
YAGO.
¡Ay, querido jefe mio!, la buena reputacion, así en hombre como en
mujer, es el tesoro más preciado. Poco roba quien roba mi dinero: antes
fué algo, despues nada: antes mio, ahora suyo, y puede ser de otros
cincuenta. Pero quien me roba la fama, no se enriquece, y á mí me deja
pobre.
OTELO.
¿Qué estás pensando? Dímelo, por Dios vivo. Quiero saberlo.
YAGO.
No lo sabreis nunca, aunque tengais mi corazon en la mano.
OTELO.
¿Por qué?
YAGO.
Señor, temed mucho á los celos, pálido mónstruo, burlador del alma
que le da abrigo. Feliz el engañado que descubre el engaño y consigue
aborrecer á la engañadora, pero ¡ay del infeliz que aún la ama, y duda,
y vive entre amor y recelo!
OTELO.
¡Horrible tortura!
YAGO.
Más feliz que el rico es el pobre, cuando está resignado con su suerte.
Por el contrario el rico, aunque posea todos los tesoros de la tierra,
es infeliz por el temor que á todas horas le persigue, de perder su...
¡Dios mio, aparta de mis amigos, los celos!
OTELO.
¿Qué quieres decir? ¿Imaginas que he de pasar la vida entre sospechas y
temores, cambiando de rostro como la luna? No: la duda y la resolucion
sólo pueden durar en mí un momento, y si alguna vez hallares que me
detengo en la sospecha y que no la apuro, llámame imbécil. Yo no me
encelo si me dicen que mi mujer es hermosa y alegre, que canta y toca
y danza con primor, ó que se complace en las fiestas. Si su virtud es
sincera, más brillará así. Tampoco he llegado á dudar nunca de su amor.
Ojos tenia ella y entendimiento para escoger. Yago, para dudar necesito
pruebas, y así que las adquiera, acabaré con el amor ó con los celos.
YAGO.
Dices bien. Y así conocerás mejor la lealtad que te profeso. Ahora no
puedo darte pruebas. Vigila á tu esposa: repárala bien cuando hable
con Casio, pero que no conozcan tus recelos en la cara. No sea que se
burlen de tu excesiva buena fe. Las venecianas sólo confian á Dios el
secreto, y saben ocultársele al marido. No consiste su virtud en no
pecar, sino en esconder el pecado.
OTELO.
¿Eso dices?
YAGO.
A su padre engañó por amor tuyo, y cuando fingia mayor esquiveza, era
cuando más te amaba.
OTELO.
Verdad es.
YAGO.
Pues la que tan bien supo fingir, hasta engañar á su padre, que no
podia explicarse vuestro amor sino como obra de hechicería... Pero ¿qué
estoy diciendo? Perdóname si me lleva demasiado lejos el cariño que te
profeso.
OTELO.
Eterna será mi gratitud.
YAGO.
Mal efecto te han hecho mis palabras, señor.
OTELO.
No. Mal efecto, ninguno.
YAGO.
Paréceme que sí. Repara que cuanto te he dicho ha sido por tu bien.
Pero, señor, ¡estais desconcertado! Ruégoos que no entendais mis
palabras más que como suenan, ni deis demasiado crédito é importancia á
una sospecha.
OTELO.
Te lo prometo.
YAGO.
Si no, lo sentiria, y áun seria más pronto el desenlace, que lo que yo
imaginé. Casio es amigo mio... Pero ¡estais turbado!
OTELO.
¿Por qué? Yo tengo á Desdémona por honrada.
YAGO.
¡Que lo sea mucho tiempo! ¡Que por muchos años lo creas tú así!
OTELO.
Pero cuando la naturaleza comienza á extraviarse...
YAGO.
Ahí está el peligro. Y á decir verdad, el haber despreciado tan
ventajosos casamientos de su raza, de su patria y de su condicion
y haberse inclinado á tí, parece indicio no pequeño de torcidas
y livianas inclinaciones. La naturaleza hubiera debido moverla á
lo contrario. Pero... perdonadme: al decir esto, no aludo á ella
solamente, aunque temo que al compararos con los mancebos de Venecia,
pudiera arrepentirse.
OTELO.
Adios, adios, y si algo más averiguas, no dejes de contármelo. Que tu
mujer los vigile mucho. Adios, Yago.
YAGO.
Me voy, general. Quédate con Dios. (Se aparta breve trecho.)
OTELO.
¿Para qué me habré casado? Sin duda este amigo sabe mucho más que lo
que me ha confesado.
YAGO.
Gobernador, os suplico que no volvais á pensar en eso. Dad tiempo al
tiempo, y aunque parece justo que Casio recobre su empleo, puesto que
es hábil para desempeñarlo, mantened las cosas en tal estado algun
tiempo más, y entre tanto podeis estudiar su carácter, y advertir si
vuestra mujer toma con mucho calor su vuelta. Este será vehemente
indicio, pero entre tanto, inclinaos á pensar que me he equivocado en
mis sospechas y temores, y no desconfieis de su fidelidad.
OTELO.
Nada temas.
YAGO.
Adios otra vez.
(Vase.)
OTELO.
Este Yago es buen hombre y muy conocedor del mundo. ¡Ay, halcon mio! si
yo te encontrara fiel, aunque te tuviera sujeto al corazon con garfios
ó correas, te lanzaria al aire en busca de presa. ¿Quizá me estará
engañando por ser yo viejo y negro, ó por no tener la cortesía y ameno
trato propios de la juventud? ¿Pero qué me importa la razon? Lo cierto
es que la he perdido, que me ha engañado, y que no tengo más recurso
que aborrecerla. ¡Maldita boda: ser yo dueño de tan hermosa mujer
pero no de su alma! Más quisiera yo ser un sapo asqueroso ó respirar
la atmósfera de una cárcel, que compartir con nadie la posesion de
esa mujer. Pero tal es la maldicion que pesa sobre los grandes, más
infelices en esto que la plebe. Maldicion que nos amenaza, desde que
comenzamos á respirar el vital aliento. Aquí viene Desdémona.
(Salen Desdémona y Emilia.)
(Aparte.) ¿Será verdad que es infiel? ¿Se burlará el cielo de sí
mismo?
DESDÉMONA.
Otelo, vén: los nobles de la isla están ya congregados para el banquete.
OTELO.
¡Qué insensatez la mia!
DESDÉMONA.
¿Por qué hablas entre dientes? ¿Estás malo?
OTELO.
Me duele la cabeza.
DESDÉMONA.
Sin duda, por el insomnio. Pero pronto sanarás. Yo te vendaré la
cabeza, y antes de una hora estarás aliviado. (Intenta ponerle el
pañuelo.)
OTELO.
Ese pañuelo es pequeño. (Se cae el pañuelo.) Déjalo. Me voy contigo.
DESDÉMONA.
Mucho siento tu incomodidad.
(Vanse.)
EMILIA.
¡Oh felicidad! Este es el pañuelo, primera ofrenda amorosa del moro.
Mi marido me ha pedido mil veces que se lo robe á Desdémona, pero como
ella lo tiene en tanto aprecio, y Otelo se lo encomendó tanto, jamas
lo deja de la mano, y muchas veces le besa y acaricia. Haré copiar la
misma labor, y se le daré á Yago, aunque no puedo atinar para qué le
desea: Dios lo sabe. A mí sólo me toca obedecer.
(Sale Yago.)
YAGO.
¿Cómo estás sola?
EMILIA.
No te enojes, que algo tengo que regalarte.
YAGO.
¿A mí qué? Buena cosa será.
EMILIA.
¡Ya lo creo!
YAGO.
Eres necia, esposa mia.
EMILIA.
¡Ya lo creo! ¿Cuánto me darás por aquel pañuelo?
YAGO.
¿Qué pañuelo?
EMILIA.
Aquel que el moro regaló á Desdémona, y que tantas veces me has mandado
robar.
YAGO.
¿Y ya lo has hecho?
EMILIA.
No le he robado, sino que le he recogido del suelo, donde ella le dejó
caer. Tómale, aquí está.
YAGO.
Damele, pues, amor mio.
EMILIA.
¿Y para qué? ¿Cómo tuviste tanto empeño en que yo le robara?
YAGO.
(Cogiendo el pañuelo.) ¿Qué te importa? Damele.
EMILIA.
Si no le necesitas para cosa de importancia, devuélvemele pronto, Yago,
porque mi señora se morirá de pena, así que eche de ver la falta.
YAGO.
No le confieses nada. Necesito el pañuelo. ¿Oyes? Véte.
(Vase Emilia.)
Voy á tirar este pañuelo en el aposento de Casio, para que allí le
encuentre Otelo. La sombra más vana, la más ligera sospecha son
para un celoso irrecusables pruebas. Ya comienza á hacer su efecto
el veneno: al principio apenas ofende los labios, pero luego, como
raudal de lava, abrasa las entrañas. Aquí viene el moro. (Aparte.) No
podrás conciliar hoy el sueño tan apaciblemente como ayer, aunque la
adormidera, el beleño y la mandrágora mezclen para tí sus adormecedores
jugos.
OTELO.
¡Infiel! ¡Infiel!
YAGO.
¿Qué decis, gobernador?
OTELO.
¡Lejos, lejos de mí! Tus sospechas me han puesto en el tormento. Vale
más ser engañado del todo que padecer, víctima de una duda.
YAGO.
¿Por qué decis eso, general?
OTELO.
¿Qué me importaban sus ocultos retozos, si yo no los veia ni me
percataba de ellos, ni perdia por eso el sueño, la alegría, ni el
reposo? Jamas advertí en sus labios la huella del beso de Casio. Y si
el robado no conoce el robo, ¿qué le importa que le hurten?
YAGO.
Duéleme oirte hablar así.
OTELO.
Yo hubiera podido ser feliz aunque los más ínfimos soldados del
ejército hubiesen disfrutado de la hermosura de ella. ¡Pero haberlo
sabido! ¡Adios, paz de mi alma! ¡Adios, bizarros escuadrones, glorioso
campo de pelea, que truecas la ambicion en virtud! ¡Adios, corceles
de batalla, clarin bastardo, bélicos atambores, pífanos atronantes,
banderas desplegadas, pompa de los ojos, lujo y estruendo de las armas!
¡Adios todo, que la gloria de Otelo se ha acabado!
YAGO.
¿Será verdad, señor?
OTELO.
¡Infame! Dame pruebas infalibles de que mi esposa es adúltera. ¿Me
oyes? Quiero pruebas que entren por los ojos, y si no me las das, perro
malvado, más te valiera no haber nacido que encontrarte al alcance de
mis manos. ¡Haz que yo lo vea, ó á lo menos pruébalo de tal suerte, que
la duda no encuentre resquicio ni pared donde aferrarse! Y si no, ¡ay
de tí!
YAGO.
¡Señor, jefe mio!
OTELO.
Si lo que me has dicho, si el tormento en que me has puesto no es más
que una calumnia, no vuelvas á rezar en todos los dias de tu vida:
sigue acumulando horrores y maldades, porque tu eterna condenacion es
tan segura que poco puede importarte un crímen más.
YAGO.
¡Piedad, Dios mio! ¿Sois hombre, Otelo, ó es que habeis perdido el
juicio? Desde ahora renuncio á mi empleo. ¡Qué necio yo, cuyos favores
se toman por agravios! ¡Cuán triste cosa es en este mundo ser honrado
y generoso! Mucho me alegro de haberlo aprendido. Desde hoy prometo no
querer bien á nadie, si la amistad se paga de este modo.
OTELO.
No te vayas. Escúchame. Mejor es que seas honrado.
YAGO.
No: seré ladino y cauteloso. La bondad se convierte en insensatez
cuando trabaja contra sí misma.
OTELO.
¡Por Dios vivo! Yo creo y no creo que mi mujer es casta, y creo y
no creo que tú eres hombre de bien. Pruebas, pruebas. Su nombre,
que resplandecia antes más que el rostro de la luna, está ahora tan
oscuro y negro como el mio. No he de sufrirlo, mientras haya en el
mundo cuerdas, aceros, venenos, hogueras y rios desbordados. ¡Pruebas,
pruebas!
YAGO.
Señor, veo que sois juguete de la pasion, y ya me va pesando de mi
franqueza. ¿Quereis pruebas?
OTELO.
No las quiero: las tendré.
YAGO.
Y podeis tenerlas. ¡Pero qué género de pruebas! ¿Quereis verlos juntos?
¡Qué grosería!
OTELO.
¡Condenacion! ¡Muerte!
YAGO.
Y tengo para mí que habia de ser difícil sorprenderlos en tal ocasion.
Buen cuidado tendrán ellos de ocultar sus adúlteras caricias de la
vista de todos. ¿Qué prueba bastará convenceros? ¿Ni cómo habeis de
verlos? Aunque estuviesen más ardorosos que jimios ó cabras ó que lobos
en el celo, ó más torpes y necios que la misma estupidez. De todas
suertes, aunque yo no pueda daros pruebas evidentes, tengo indicios
tales, que pueden llevaros á la averiguacion de la verdad.
OTELO.
Dame alguna prueba clara y evidente de su infidelidad.
YAGO.
A fe mia que no me gusta el oficio de delator, pero á tal extremo han
llegado las cosas que ya no puedo evitarlo. Ya sabes que mi aposento
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