--No ignoro yo que mi tío tiene un corazón muy noble, y no necesitaba
esta prueba para convencerme de ello; pero por eso mismo no hay razón
alguna para que yo pague con ingratitud sus beneficios. Mi tío quedará
solo, y cuando esto ocurra no me separaré de su lado mientras él me lo
permita. Después, mi destino futuro está en Dios.
Con tal convicción se expresaba Antoñita, que Amaury comprendió que por
el momento, al menos, era inútil hacer ninguna objeción; así, que se
limitó a estrecharle la mano en silencio, con ternura, porque amaba a
Antoñita con cariño de hermano. Pero la joven retiró la mano con
rapidez, y Amaury volvió la cabeza, sospechando que algún motivo debía
tener para ello.
Entonces vio a Magdalena que estaba contemplándoles, tan pálida como la
rosa blanca que acababa de cortar en el jardín, y que con infantil
coquetería lucía en los cabellos.
Leoville corrió hacia ella y le preguntó en voz baja:
--¿Qué te pasa, Magdalena? ¿Estás indispuesta? ¿Qué tienes?
--No me pasa nada, Amaury--respondió la pobre niña.--Me encuentro bien:
quien debe estar indispuesta es Antoñita; mira qué triste parece.
--Sí, está triste, precisamente yo le preguntaba ahora la causa de esa
tristeza... ¿Sabes cuál es?... Dice que nunca se casará. ¿Será que está
enamorada?
--Sí--respondió Magdalena de un modo singular;--creo que has acertado.
Pero dejemos esto y acerquémonos a ella, pues nuestras conversaciones en
voz baja, le causan gran pesadumbre.
Efectivamente, Antoñita parecía estar inquieta, como si fuese presa de
una viva desazón. Aproximáronse a ella, mas no lograron que se sentase
de nuevo. Dijo que tenía que escribir una carta, y se retiró a su
cuarto.
Así que hubo salido del salón, respiró Magdalena con más libertad, y
volvieron ella y Amaury a forjarse nuevos planes. Proyectaron largos
viajes por Italia, y en medio de sus protestas de amor no menos nuevas
por ser siempre repetidas, prometiéronse prolongar aquellos dulces
coloquios durante toda su vida.
De este modo sorprendioles la noche cuando ellos imaginaban no haber
pasado juntos sino muy pocos instantes.
De su arrobamiento vinieron a sacarles Antonia y el doctor que
aparecieron cada uno por su lado y se acercaron a ellos sonriendo.
Amaury estaba, de nuevo a los pies de su amada, pero esta vez Avrigny,
lejos de irritarse como la víspera, le indicó que no se moviese y tras
de contemplar un momento aquel hermoso grupo, les tendió sus manos,
exclamando:
--¡Hijos míos!
Antoñita, por su parte, ya fuese debido a su fuerza de voluntad o a
versatilidad de humor, estuvo como nunca, encantadora, haciendo gala de
su jovialidad y de su gracia. Quizás un frío observador habría
considerado algo febril aquella animación y algo aparente aquella franca
alegría.
Los dos novios, absorbidos en sus propios sentimientos, no tenían tiempo
para analizar los ajenos. Sólo de vez en cuando Magdalena hacía
recordar a Amaury, tocándole en el codo, que estaban en presencia de su
padre. Entonces la conversación se hacía general, no siendo ella la que
menos ponía de, su parte en tal empeño; pero pronto triunfaba el
sentimiento predominante, dando motivo al doctor para evaluar con
amargura el sacrificio que había hecho al otorgarle la limosna de una
caricia, de una mirada, o de una simple palabra.
No tuvo valor para ver cómo le escatimaba su amor filial y apenas dieron
las nueve pretextó la fatiga de la víspera para retirarse a descansar
dejando en su lugar a la señora Braun.
Pero antes de marcharse, al dar a su hija el beso de despedida,
apoderose de una de sus manos y le tomó disimuladamente el pulso. Una
ráfaga de indecible alegría, iluminó en el acto el contraído semblante
del doctor. El pulso era normal; circulaba la sangre con regularidad
perfecta; la arteria no denunciaba la más leve agitación y los hermosos
ojos de Magdalena no brillaban ya con el fulgor de la fiebre, sino con
el resplandor de la felicidad.
Volviose Avrigny hacia Amaury, y estrechándole en sus brazos le deslizó
al oído estas palabras:
--¡Si tú pudieras salvarla!...
Y gozoso casi en igual medida que los novios se dirigió a su despacho
para trasladar a su diario las impresiones de aquel día, uno de los más
memorables de su vida.
No tardó en retirarse Antoñita, cuya desaparición no advirtieron ni
Amaury ni Magdalena, y aun podría asegurarse que ambos la creían
presente cuando al dar las once se les acercó la señora Braun, para
recordar a Magdalena que su padre no permitía que se acostase más
tarde.
Hubieron, pues, de separarse por fuerza, no sin hacerse las más tiernas
promesas para el día siguiente.
Al volver Amaury a casa, se conceptuaba el más dichoso de los mortales.
Había pasado un día de felicidad completa, de esos que hacen época en la
existencia de un hombre; uno de esos días que no son oscurecidos por la
más ligera nube, y en que todos los accidentes de la vida ordinaria
confúndense de un modo armónico lo mismo que los detalles de un
magnífico paisaje se confunden con el cielo.
Ni una leve ondulación había turbado la tranquila superficie del lago de
aquel día, ni una sombra había venido a oscuraecer los perdurables
recuerdos que debía dejar en su memoria.
Leoville entró en su casa, casi asustado de tanta dicha, tratando
vanamente de adivinar de dónde podría venir la primera nube capaz de
empañar el cielo radiante de su felicidad.
Capítulo 9
Para Amaury la velada que acabamos de describir, tuvo su continuación en
los deliciosos sueños que ocuparon su imaginación aquella noche.
Así, por la mañana despertó en la mejor disposición de ánimo para
recibir a su amigo Felipe, que no tardó en presentarse.
Cuando Germán entró anunciando su visita, recordó Amaury que dos días
antes había estado Auvray a verle para pedirle un favor y que no
encontrándose dispuesto a pensar en otra cosa que en los asuntos que a
él le preocupaban, había diferido para otro día aquella conferencia.
Felipe volvía con la perseverancia que formaba parte de su carácter, a
preguntar a Amaury si podía al fin oírle.
Leoville, que aquel día habría contribuido de buen grado a hacer dichoso
a todo el mundo, ordenó que le hiciesen entrar en seguida y le recibió
sonriente. Felipe, en cambio, entró muy serio y con aire grave y
acompasado. Aún cuando era muy temprano, pues no habían dado las nueve,
vestía de rigurosa etiqueta.
Permaneció de pie, hasta que el criado hubo salido, y luego con solemne
ademán preguntó a su amigo:
--¿Vengo en mejor ocasión que anteayer? ¿Estás hoy dispuesto a
concederme una audiencia?
--Amigo Felipe--contestó Amaury,--no me guardes rencor por esta pequeña
dilación; harías muy mal en ello, pues ya pudiste advertir el otro día
que no estaba yo para escuchar confidencias. Hoy sí que vienes en
ocasión muy oportuna. Por lo tanto, siéntate y dime qué asunto es ese
que hace que vengas tan serio, tan estirado y tan correcto.
Auvray sonrió con satisfacción, y luego haciendo un gesto teatral, como
actor que se prepara para declamar un largo parlamento, dijo:
--Suplícote no olvides que soy abogado, lo cual quiere decir que debes
escucharme con paciencia, sin interrumpirme ni replicar hasta el fin de
mi discurso. Desde luego te prometo que éste no pasará de un cuarto de
hora.
--Convenido--dijo riendo Amaury,--pero ten mucho cuidado, porque te
escucharé reloj en mano. Mira: señala en este momento las nueve y diez
minutos.
Felipe sacó también el suyo, comparó los dos cronómetros con cómica
gravedad, que era habitual en él, y repuso:
--Tu reloj adelanta cinco minutos.
--O los atrasa el tuyo. Ya te he dicho muchas veces que me pareces tú
aquel hombre de quien se dice que vino al mundo con un día de retraso, y
en toda su vida no pudo ya recobrarlo.
--Ya lo sé. Sí; ésa es mi costumbre, hija de la maldita irresolución
propia de mi carácter, que me hace titubear sin resolverme a hacer una
cosa hasta que los demás ya la han hecho; de dónde resulta que en todos
mis asuntos cualquiera me gana siempre por la mano. Pero en esta ocasión
confío, Deo volente, en llegar con oportunidad al fin que me propongo.
--Pues si pierdes el tiempo perorando inútilmente no será nada extraño
que haya quién lo aproveche y tú te quedes rezagado como siempre.
--Si así sucede la culpa será tuya, porque yo te he suplicado que no me
interrumpas y no parece sino que te ha faltado tiempo para hacerlo.
--Está bien. Habla, pues; ya te escucho. Veamos qué es lo que tienes que
contarme.
--Se trata de una historia que tú conoces tan bien como yo; pero debo
forzosamente empezar por recordártela para llegar a mi objeto.
--¡A ver si vamos a representar ahora la escena de Augusto y Cinna!
¡Tendría gracia! ¿Te imaginas que conspiro?
--¡Vaya! Ya me has interrumpido dos veces, a pesar de haberme empeñado
tu palabra. Después te quejarás de que mi discurso ha durado más de lo
convenido, y te creerás con derecho para hacerme objeto de tus
reproches.
--No temas, Felipe; me acordaré de que eres abogado.
--Ea, dejémonos de bromas y hablemos en serio porque el asunto es grave.
--¡Muy bien! Mírame--repuso Amaury, afirmando los codos sobre el lecho
con seriedad afectada.--¿Qué te parece? ¿Estoy bien de este modo? Pues
yo te juro que no haré ni un movimiento mientras tu hables... Conque,
empieza cuando quieras.
--Escúchame, Amaury--dijo Felipe.--¿Te acuerdas del primer curso de
leyes que estudiamos juntos? Salíamos de clase abarrotados de filosofía,
sabios como Sócrates y sensatos como Aristóteles. El corazón de Hipólito
habría envidiado al nuestro pues si nosotros amábamos a alguna Aricia,
no era más que en sueños, y así en los exámenes hubo tres bolas blancas,
símbolos de nuestra inocencia, que recompensaron nuestra aplicación y
que colmaron de alegría a nuestra familia. De mí, yo sé decir que,
emocionado por las alabanzas de mis profesores y las muestras de cariño
de mis padres, había hecho ya nada menos que un propósito firme de morir
envuelto en virginal vestidura, lo mismo que San Anselmo; pero no
contaba con el diablo, con el mes de abril, y con mis diez y ocho años,
que habían de dar al traste con mi buena intención. En suma, que muy
pronto cayó por tierra mi plan al choque de una violenta contrariedad.
Yo hasta entonces había visto siempre ante mis ventanas otras dos en las
que de vez en cuando aparecía el rostro avinagrado de una vieja fea y
gruñona, verdadero tipo de clásica dueña española que parecía vivir sin
otra compañía que un perro tan asqueroso como ella; por lo menos nunca
vi asomarse a las ventanas, exceptuando a la vieja, otro ser viviente
que aquel animalito, el cual, cuando por casualidad su dueña abría la
ventana, corría a poner las patas sobre el alféizar y me miraba con ojos
curiosos al través de su pelaje ensortijado por el fango. El perro y la
vieja me inspiraban horror, e indudablemente, el tener yo siempre
cerrada herméticamente mi ventana para no verlos, fue la causa principal
de que yo obtuviese al terminar el curso un resultado tan brillante en
la carrera de los Cuyacios y los Delvincourt.
Pero ¡ay! un día, allá a principios de marzo, vi con júbilo una plancha
en la cual había escritas estas consoladoras palabras:
CUARTO Y GABINETE POR ALQUILAR PARA EL MES DE ABRIL
Era indudable que iba a verme libre de la vecindad de aquella horrible
vieja, y que por fin vendría un ser humano a sustituir a la espantosa
bruja que durante dos años había afeado mi perspectiva con el espectro
de Medusa.
Ya aguardaba yo impaciente la fecha del 1.º de abril cuando la víspera
me escribió mi excelente tío, el mismo que me ha dejado veinte mil
francos de renta, invitándome a pasar el día siguiente, que era festivo,
en su quinta de Enghien.
Como yo no andaba muy al corriente de mis estudios, pasé en vela buena
parte de la noche a fin de encontrarme el lunes al nivel de los demás
compañeros, y ¡claro está! a la mañana siguiente en lugar de levantarme
a las siete, lo hice a las ocho y en vez de partir a las ocho lo hice a
las nueve, por lo que no me fue posible llegar a las diez, como debía,
sino a las once bien dadas, cuando estaban ya acabando de almorzar. Ya
supondrás que el retardo no me quitó el apetito. Me senté, pues, a la
mesa, prometiendo a los demás comensales que pronto los alcanzaría; pero
por más que hice y por bien que jugué mis mandíbulas, no logré impedir
que todos concluyeran antes que yo, y como hacía un día espléndido y
figuraba en el programa un paseo por el lago, me manifestaron que salían
a dar una vuelta mientras yo terminaba de almorzar y concediéronme diez
minutos, asegurándoles yo que aún me sobraría tiempo.
Pero quiso el diablo que me sirviesen el café hirviendo, y entre soplar,
hacer gestos y tomarlo poco a poco, perdí muy cerca de una hora. Por si
algo faltaba, para colmo de desdichas, había en la comitiva un
matemático, uno de esos hombres que por lo ordenados guardan gran
analogía con un cuadrante solar, que supeditan, todos sus actos a su
reloj, tan fijo como el sol. Así que hubieron pasado los diez minutos
que me fueron concedidos, consultó mi hombre su cronómetro y haciendo
notar que yo no había cumplido mi palabra se dirigió a la orilla y dio
comienzo el embarco.
A la sazón salía, yo de la casa, y al ver la jugarreta que iban a
hacerme, eché a correr, llegando al embarcadero en el preciso momento en
que la barca se apartaba de la orilla. Saludáronme las carcajadas de
todos, esto picó mi amor propio, medí con la vista la distancia a que se
hallaba la barca, y viendo que no me separaban de ella más de unos
cuatro pies, salté y... ¡zas!... ¡dí con mi cuerpo en el lago!
--¡Pobre Felipe! Gracias a que sabes nadar como un pez, pues de otro
modo...
--Esa circunstancia me valió--interrumpió Auvray.--Mas, como el agua
estaba helada, volví a la orilla aterido y tiritando de frío, mientras
que el matemático calculaba de seguro, cuántos milímetros me habían
faltado para caer en el bote y evitarme el chapuzón. A consecuencia de
aquel baño intempestivo, tomado en tan malas condiciones, pasé tres días
en la quinta, con una fiebre muy alta. El mismo día en que el médico me
declaró radicalmente curado, obligome mi tío a volver a París sin perder
tiempo, pues mi ausencia podía perjudicarme para los exámenes, y entré
en mi casa a las diez de aquella noche, no sin ir antes a llamar a tu
puerta; pero o tú estabas fuera o te habías acostado. Por cierto que
después he recordado esta circunstancia muchas veces.
--Pero, ¿querrás decirme adonde diablos vas a parar?
--Pronto lo verás. Prosigo. Me metí en la cama respetando tu ausencia,
tu sueño o lo que fuere; dormí como un lirón, y por la mañana me
despertó el piar de los gorriones, cosa que me produjo la ilusión de que
estaba aún en el campo; así, que abrí los ojos creyendo ver el verdor,
las flores y los pájaros y me quedé sorprendido cuando me encontré, con
que desde mi cuarto vi todo eso. Aun vi más, porque al través de los
vidrios y entre rosas y claveles contemplé a la modistilla más linda y
más retrechera que puedas tú imaginarte, distribuyendo comida a varios
pájaros de especie diferentes, que merced sin duda al dulce gobierno de
su dueña, convivían en paz dentro de una misma jaula. Parecía un cuadro
de Mieris. No ignoras tú que los cuadros me gustan con delirio: te
explicarás, pues, perfectamente, que yo me estuviera allí más de una
hora contemplando aquel que me parecía tanto más encantador cuanto que
venía a destruir el efecto que durante dos años me había causado la
odiosa visión de la vieja y el perro. Mientras yo estuve fuera, mi
Fisifona se había largado, cediendo su puesto a la gentil griseta. Sin
pasar de aquel día, decidí enamorarme con locura de mi encantadora
vecina, y no desperdiciar la primera ocasión que se me ofreciera para
declararle mi pasión.
--¡Ah! Ya te veo venir, amigo Felipe--dijo Amaury riendo;--pero ya creía
yo que habías olvidado aquella aventura en la que tuve la desgracia de
ser tu rival, llevándote dos días de delantera.
--Ni mucho menos, Amaury; antes bien, la recuerdo con todos sus detalles
y como tú no conoces éstos, me permitirás que te los cuente para que
sepas hasta dónde llegan tus culpas para con tu amigo Felipe.
--Pero, hombre, ¿habrás sido capaz de venir a provocarme a un duelo
retrospectivo?
--¡Qué disparate! No vengo más que a pedirte un favor, y si te cuento
esa historia es con el fin de que a la amistad inquebrantable que existe
entre nosotros y que debe moverte a prestarme ayuda se sume el deseo de
reparar ciertos agravios.
--Muy bien; pero volvamos a Florencia.
--¿Florencia se llamaba?--preguntó Felipe.--No lo sabía yo. Me gusta
mucho ese nombre, casi tanto como me gustaba ella. Volvamos, pues, a
Florencia. Te decía que tomé dos decisiones a un tiempo, cosa muy
extraña en mí, que apenas sé tomar una. Verdad es que, si alguna vez lo
hago, no hay nadie que persevere más en su propósito ni que siga su
camino tan impertérritamente como yo... ¡Por vida de!... Se me figura
que acabo de soltar un adverbio.
--Tienes perfecto derecho a hacerlo--repuso Amaury con gravedad.
--El primer propósito era el de enamorarme, como un loco, de mi hermosa
vecina--continuó Felipe,--y como era el más factible, lo puse en
práctica aquel mismo día. Consistía el segundo en declararle mi pasión a
la primera oportunidad, y eso ya no era tan fácil; como que era
necesario primeramente encontrar la ocasión y después atreverse a
aprovecharla.
Tres días tuve que estar en constante espionaje; el primero, oculto
detrás de mis cortinas, porque temía asustarla dejándome ver
súbitamente; al otro día ya la contemplé pegado a los cristales, pero
aun no me atreví a abrir mi ventana; al tercero ya la abrí, y observé
gozoso que no la espantaba mi osadía.
Aquella misma tarde la vi echarse sobre los hombros un chal, y
abrocharse las botas. Mi vecina iba a salir, y como eso precisamente era
lo que esperaba ansioso, me preparé a seguirla adondequiera que fuese.
Capítulo 10
Auvray prosiguió:
--Mi plan ya estaba trazado. Tenía que armarme de valor para detenerla y
ofrecerme a compañarla, declarándole por el camino mi pasión, y
explicándole con fuego los estragos que en mi pobre corazón habían hecho
en tres días su nariz arremangada y su graciosa sonrisa. Tomé, pues, el
bastón, el sombrero y el gabán y en cuatro brincos me planté en la
calle, sin que me fuera dable evitar, a pesar de mi presteza, que ella
ya me llevase unos treinta pasos de delantera. Me lancé como una flecha
en seguimiento suyo, y poco a poco logré acortar la distancia. En la
esquina de la calle de San Jaime, llevaba yo ganados diez pasos; en la
calle de Racine eran ya veinte, y después de atravesar un patio,
emprendió la ascensión por una escalera, cuyos últimos escalones
alcanzaban a verse desde la calle. Pasome por la mente la idea de
aguardarla en el patio, pero la deseché pronto, considerando que el
portero, que a la sazón estaba barriendo me preguntaría adónde iba y yo
no sabría responderle ni siquiera explicarle a quién seguía, puesto que
ignoraba el nombre de la joven. Hube, pues, de contentarme con esperar
paseando por la acera de enfrente como pudiera hacerlo un centinela, y
he de confesar que si alguna afición hubiera tenido yo a la guardia
nacional la habría perdido entonces.
Así pasó una hora, y otra, y otra más, y mi griseta no se dejaba ver por
parte alguna.
--¿Será que la habré espantado?--me pregunté.
A todo esto se acercaba ya la noche y yo, mísero de mí, no disponía del
poder de Josué para detener el sol a mi placer. De repente, a la escasa
luz del farol que alumbraba la escalera, alcancé a ver el vestido de mi
fugitiva, pero ésta no iba sola, pues también vi la capa de un hombre
que bajaba en su compañía.
--¿Será su amante? ¿Será su hermano?--pensé.
Muy bien podía ser lo primero, pero tampoco era descabellado suponer que
fuera lo segundo, y recordando a la sazón la famosa máxima del sabio:
«En la duda abstente», yo me abstuve. Los dos pasaron junto a mí sin
verme, pues la oscuridad no podía ser más densa.
Aquel acontecimiento me hizo cambiar de plan. Así como así, en mi fuero
intento, renegaba de mi pusilanimidad, temiendo que en el instante en
que hubiera de dirigirle la palabra me abandonara el valor de que venía
haciendo tan gran acopio, y, por lo tanto, juzgué que era mejor
declararme por escrito.
Y así como lo pensé lo hice en seguida; apenas llegué a casa, sentome
ante mi mesa, pluma en ristre. Pero trazar una epístola amorosa de la
que dependía el juicio que yo iba a merecer a mi vecina y, por lo tanto,
la mayor o menor rapidez con que yo debía captarme su voluntad, no era
empresa muy fácil que digamos. Además, era la primera vez que yo me
metía en tales aventuras. Así, me pasé hasta la madrugada trazando una
serie de borradores que al releerlos luego me parecieron detestables. A
la mañana siguiente hice unos cuantos más, y por fin adopté este último
ensayo.
Y al decir esto Auvray, sacó su cartera y de ella un papel que desdobló
y leyó en voz alta. He aquí lo que decía aquella carta:
«Señorita:
»Verla a usted es adorarla; yo la he visto y la adoro. Por las mañanas
la veo distribuyendo el alimento a sus pájaros, demasiado dichosos,
porque les da de comer una mano tan linda; la veo regar sus rosas, menos
rosadas que sus mejillas, y sus claveles, que no tienen la fragancia de
su aliento, y aquellos breves instantes bastan para llenar mis días de
ilusiones y mis noches de ensueños.
»Señorita, usted no me conoce y yo ignoro también quién es usted, pero
me basta vislumbrarla un segundo para juzgar que bajo tan seductora
apariencia se oculta un alma llena de pasión y de ternura. Su espíritu
no puede menos de ser tan poético como su hermosura y sus sueños son de
fijo tan dulces como sus miradas. ¡Feliz aquél que pueda dar realidad a
esas encantadoras ilusiones! ¡Triste de quien se atreva a destruir tan
dulces quimeras!»
--¿Qué te parece? ¿Verdad que logré imitar perfectamente en ese borrador
el estilo de la época?--preguntó Felipe con visible satisfacción de sí
mismo.
--Lo mismo iba yo a decirte: pero he recordado a tiempo que no te debía,
interrumpir--contestó Amaury.
Auvray continuó:
«Ya ve usted señorita, que la conozco. ¿Y a usted, jamás le ha dicho su
instinto de mujer que muy cerca de usted, en la casa de enfrente, había
un joven que poseyendo algunos bienes, vive solo y aislado y necesita un
corazón amante y cariñoso que sepa comprenderle? ¿No ha adivinado usted
que aquí había un hombre capaz de dar su sangre, su vida, y su alma al
ángel que bajase del Cielo para llenar el vacío de su triste existencia,
y cuyo amor no sería un capricho profano y ridículo, sino una adoración
eterna? Señorita, si usted no me ha visto, ¿por qué no me habrá siquiera
presentido?»
Volvió a detenerse Felipe para mirar a Amaury, como pidiéndole su
opinión sobre este segundo período de la carta.
Leoville hizo un gesto de aquiescencia, y Auvray prosiguió:
«Perdone usted, señorita, si no he sabido resistir al ardiente deseo de
declararle la volcánica pasión que su sola presencia me ha inspirado:
perdone mi atrevimiento, pero no podía menos de revelarle este amor que
de hoy más habrá de llenar mi vida. No le ofenda la ingenua sencillez de
quien le profesa tanto amor como respeto y si quiere creer en la
sinceridad de este pobre corazón que ya es suyo por entero, permítame
que le manifieste de palabra toda la ternura y veneración que siento por
usted.
»Por favor, señorita, déjeme ver de cerca a mi ídolo. No pido que me
conteste, no me atrevo a exigir tanto; pero será suficiente una palabra,
una seña, un ademán, la más leve indicación para que yo vuele a sus
pies, y pase a su lado la existencia.
»Felipe Auvray.
»Calle de San Nicolás, 5.º piso. Hay una pata de liebre en el cordón de
la campanilla.»
--¿Has comprendido, Amaury? No le pedía respuesta, porque no me juzgase
muy osado; pero le daba las señas de mi habitación por si se compadecía
de mí y me contestaba sin pedirle yo que lo hiciese.
--No era mala precaución--repuso Amaury.
--No, no era mala, pero en cambio era excusada, amigo Amaury. Concluida
la apasionada epístola, no faltaba otra cosa que llevarla a su destino:
pero, ¿cómo iba a hacerla llegar a manos de mi vecina?... ¿Valiéndome
del correo? No conocía el nombre de mi deidad. ¿Comisionando al portero
para que se la entregase mediante una propina de tres francos? Yo no
fiaba mucho en ese medio porque había oído hablar muchas veces que hay
porteros incorruptibles. ¿La enviaría por un demandadero? Este medio me
resultaba prosaico y hasta un tanto peligroso, pues podía suceder
perfectamente que encontrase allí al hermano, es decir, al individuo
aquel que la acompañaba la noche en que la seguí, y que en medio de mi
ilusión, creía yo que no podía ser más que su hermano. Costábame trabajo
el resignarme a creer que fuese un amante.
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