maduramente en el hombre que convenía a Antoñita por su nombre y su
riqueza, acabo de pedir la mano de su sobrina para...
Amaury se detuvo sin aliento.
--¿Para quién?--preguntó el doctor mientras Amaury se afirmaba en su
resolución, dirigiendo una larga mirada hacia el cementerio.
--Para el vizconde Raúl de Mengis--dijo Amaury.
--Está bien--dijo el doctor.--La proposición es grave y merece tomarse
en consideración.
Volviéndose en seguida exclamó:
--¡Antoñita!
Esta abrió tímidamente la puerta.
--Ven acá, hija mía--dijo alargándole una mano, mientras que con la otra
obligaba a Amaury a permanecer en su asiento;--ven y siéntate aquí.
Ahora dame tu mano; Amaury ya me ha dado la suya.
Antoñita obedeció.
El doctor miró con gran ternura a ambos, que mudos y trémulos
aguardaban, y después besoles en la frente, diciendo:
--He podido contemplar dos corazones generosos, y me alegro de lo que
pasa.
--Pero, ¿qué sucede?--preguntó temblando Antoñita.
--Sucede que Amaury te ama y que tú amas a Amaury.
Los dos lanzaron un grito de sorpresa, y quisieron levantarse.
--¡Tío mío!--dijo Antoñita.
--¡Señor!--exclamó el joven.
--Hay que dejar hablar al padre, al anciano, al moribundo--contestó el
doctor con extraña solemnidad,--sin interrumpirle; y ya que estamos los
tres reunidos como hace nueve meses en el momento en que Magdalena
acababa de expirar, voy a trazar la historia de ese amor en este tiempo.
He leído lo que tú has escrito, Amaury; he oído lo que tú has dicho,
Antoñita. Todo lo he observado y estudiado bien en mi soledad y después
de la vida agitada que Dios me ha dado, conozco no solamente las
enfermedades, sino también las pasiones, que son dolores del alma: así
es que repito (y ésta es una felicidad por lo cual me felicito), que es
real y verdadero ese amor. Y para que no haya dudas voy a probarlo ahora
mismo.
Los dos jóvenes permanecieron como petrificados. El doctor continuó:
--Amaury, tienes un corazón muy noble y un alma leal y sincera. A raíz
de la muerte de mi hija, estabas firmemente resuelto a suicidarte y al
marchar concebiste la esperanza de morir. En tus primeras cartas se veía
un profundo hastío de la vida. Nada mirabas sino dentro de ti mismo, no
fijabas la atención en lo que te rodeaba... Pero, después, poco a poco
los objetos exteriores han acabado por interesarte, el don de admirar,
el entusiasmo, que tiene raíces tan vivas en las almas de veinte años,
han principiado a renacer y reverdecer en tu pecho.
Entonces te cansaste de la soledad y pensaste en lo venidero, tu
naturaleza tierna ha llamado vagamente y sin darte tú cuenta de ello,
al amor, y como eres de esos hombres en quienes los recuerdos ejercen un
poder sin límites, la primera figura que ha aparecido en tus sueños, ha
sido la de una amiga de tu infancia. Precisamente la voz de esta amiga
era la única que llegó hasta ti durante el destierro, y como las
palabras que decía eran dulces y seductoras, te dejaste arrastrar por
tus secretas esperanzas; volviste a París, a ese mundo con el cual
creías hace nueve meses haber roto para siempre.
Te embriagaste allí con la presencia de la que era para ti el universo,
y excitado por los celos, animado por la resistencia que tú mismo te
oponías, iluminado por algún acontecimiento fortuito que tal vez en el
momento en que ni siquiera lo sospechabas, ha alumbrado tus propios
sentimientos, has leído con espanto en tu propio corazón, y convencido
de que si continuabas luchando sucumbirías en la lucha, has tomado un
partido extremo, una resolución desesperada; has venido, en fin, a
pedirme la mano de Antoñita para Raúl.
--¿Mi mano para Raúl?--exclamó Antonia.
--Sí, para Raúl de Mengis, que sabías que ella no amaba, con la vaga
esperanza tal vez, de que en el momento de que propusiera este
casamiento, había de confesar que te amaba.
Amaury cubriose el rostro con las manos, y lanzó un gemido.
--Me parece que he hecho perfectamente la autopsia de tu corazón, y el
análisis de tus sentimientos. Enorgullécete, Amaury, porque esos
sentimientos son los de un joven honrado y tu corazón es hidalgo.
--¡Oh, padre mío, padre mío!--exclamó Amaury--en vano trataríamos de
ocultarle algo: nada se escapa a su mirada que, como la de Dios, sondea
los más secretos pliegues del alma.
--Por lo que atañe a ti, Antoñita--continuó el doctor,--ya es otra cosa.
Tú amas a Amaury desde que le conociste.
--No hay por qué negarlo, hija mía--agregó, al ver que Antonia se
estremecía e inclinaba la frente como tratando de ocultar su rubor.--Ese
amor oculto ha sido siempre demasiado sublime y generoso para que te
avergüences de él. Tú has sufrido mucho. Celosa e indignada contra ti
misma por tus celos, hallaste una tortura y un remordimiento en lo que
hay de más santo en el mundo, en un amor virginal.
Mucho has sufrido y sin un testigo de tu pena, sin un confidente de tus
lágrimas, sin un sostén de tu debilidad que te gritase: «¡Animo! ¡eso
que has hecho es grande y hermoso!»
Una persona, sin embargo, contemplaba, y admiraba tu heroico, silencio.
Esa persona era tu anciano tío, que muchas veces ha sentido asomarse las
lágrimas a sus ojos y ha abierto los brazos dejándoles caer luego con un
suspiro; y hasta cuando Dios llamó a su rival... a tu hermana, quise
decir (Antonia, hizo un movimiento), hasta entonces te reprendiste toda
esperanza, como un delito.
No obstante, Amaury sufría, y como su pesar te atormentaba a ti, no
pudiste menos de consolarle con todo tu poder, transformándote, aunque
de lejos, en hermana de la caridad de su enfermo espíritu. Después
volviste a verle, y entonces fue más dolorosa y terrible que nunca la
lucha que hubo de sostener tu alma. Por último, un día comprendiste que
él también te amaba, y para resistir esta última prueba, para permanecer
fiel hasta el fin a tus grandes quimeras de abnegación y de respeto a
los muertos, pierdes tu vida, la das al primero que llega, buscas a
Felipe para huir de Amaury; y sin hacer feliz al uno hieres mortalmente
el corazón del otro, sin hablar de tu propio corazón, que también
sacrificas y ofreces en holocausto.
Pero, por fortuna--continuó el doctor mirándoles alternativamente,--por
fortuna me hallo todavía entre los dos para evitar los efectos de este
recíproco engaño, para salvar a dos almas de su doble error gritándoles
que se aman.
El padre de Magdalena hizo una pausa mirando primero a Amaury, sentado a
su derecha, después a Antonia, sentada a su izquierda, ambos
confundidos, con los ojos bajos y sin atreverse a dirigir sus miradas ni
hacia él ni hacia ellos mismos. Sonriose y prosiguió diciendo con su
bondad paternal.
--Hijos míos, no hay motivo para permanecer así delante de mí, mudos y
cabizbajos, como quien se juzga culpable y demanda perdón. No; no hay
que arrepentirse de amar; no, no se debe ofender a la muerta venerada,
cuya tumba vemos desde aquí. En el Cielo, desde donde ahora nos
contempla, desaparecen las miserables pasiones y los mezquinos celos, y
su perdón es mucho más absoluto y menos personal que el mío; porque, si
es preciso decir la verdad, Amaury, si es preciso abrirte el alma del
hombre que aquí hace ahora de juez no te absuelvo tan fácilmente, sino
con una especie de alegría vanidosa y de ávaro egoísmo.
Ciertamente, yo soy tan culpable y menos puro que tú, al decirme
orgullosamente, como lo hago, que voy a ser el único en reunirme con mi
hija. Virgen en la tierra, virgen en el Cielo, será de este modo
exclusivamente mía y sabrá que yo la amaba mejor. Está mal hecho y no es
justo--prosiguió como hablando para sí;--el padre es ya un anciano y el
novio es joven. Yo he recorrido ya el camino de mi vida y puedo
considerarme llegado al término de un viaje tan largo y tan doloroso
mientras que los demás comienzan ahora su peregrinación al través de la
existencia, vislumbrando en lo venidero lo que yo ya he tenido en lo
pasado. A esa edad no se muere, sino que se vive de amor, por el
contrario.
Así, pues, hijos míos, no hay que tener injustificados reparos, ni hay
que luchar contra los propios intereses, ni empeñarse en ir contra las
leyes de la Naturaleza, ni rebelarse contra Dios, que rige nuestro
destino y nuestros actos. ¡Bastante hemos luchado, sufrido y expiado!
Para ambos guarda amor y felicidad lo venidero, y yo bendigo ese amor en
nombre de Magdalena. ¡He aquí mis brazos!
Al oír estas palabras los dos jóvenes deslizáronse de sus asientos y
cayeron de hinojos a los pies del doctor, que poniendo las manos sobre
sus cabezas, alzó los ojos al cielo brillándole de gozo la mirada
mientras sus labios parecían murmurar una oración de gracias al
Altísimo. Ellos, en tanto, con timidez y en voz baja se decían:
--¿Es cierto que me amaba usted hace ya tiempo, Antoñita?
--Así, pues, su amor ¿no era una ilusión, Amaury?
--¿No está usted viendo mi alegría?--exclamaba éste.
--Y usted ¿no ve mis lágrimas?--replicaba ella.
Y en palabras entrecortadas, apretones de manos y miradas de intensa
ternura, desbordábase su amor por tanto tiempo contenido, mientras el
bondadoso anciano, presto a dejar ya esta vida, desde el borde de su
tumba impetraba de Dios bendiciones sobre la cabeza de los que aun
debían disfrutar los goces de la existencia.
--Ea, hijos míos, yo no estoy para sufrir emociones--dijo el señor de
Avrigny.--Ahora soy completamente feliz con esta unión, y me iré muy
tranquilo al otro mundo. Pero no tenemos tiempo que perder; por lo menos
yo, no puedo tener más prisa. La boda se habrá de efectuar dentro de
este mismo mes. Como yo no puedo ni quiero salir de Ville d'Avray
enviaré poderes e instrucciones al conde de Mengis para que me
represente. Dentro de un mes, Amaury, el 1.º de agosto, me traerás a tu
esposa y aquí pasaremos, como hoy, el día los tres juntos.
En aquel instante, mientras Amaury y Antonia, muy emocionados
contestaban al doctor cubriendo de besos y de lágrimas sus manos, se oyó
un gran rumor en el vestíbulo y abriéndose la puerta de la estancia
entró el criado José.
--¿Quién viene ahora a molestarnos?--preguntó Avrigny.
--Señor--respondió el sirviente--es un caballero que ha venido en un
simón y dice que necesita verle a usted a toda costa para hablarle de un
asunto del cual depende la felicidad de la señorita Antonia. Pedro y
Jaime se han visto muy apurados para contenerle. En fin, ahí le tiene
usted.
Efectivamente, cuando el fiel José pronunciaba estas palabras, entró
Felipe, encendido y jadeante: saludó al doctor y a su sobrina y estrechó
la mano a Amaury. José se retiró discretamente.
--¡Ah! ¿Estás aquí, amigo Amaury?--dijo Felipe.--Me alegro mucho; así
podrás decirle luego al conde de Mengis cómo sabe Felipe Auvray reparar
los desaciertos que le hace cometer su torpeza.
Amaury y Antoñita cambiaron una mirada y Felipe, avanzando con gravedad
hacia el doctor le dijo solemnemente:
--Pídole mil perdones, señor de Avrigny, por presentarme aquí con tal
desaliño en el traje, que hasta traigo agujereado el sombrero; pero las
circunstancias que me obligan a venir son tan especiales que no admiten
dilación. Caballero, tengo el honor de pedirle la mano de su sobrina la
señorita Antonia de Valgenceuse.
--Y yo a mi vez, caballero--contestó el doctor--tengo el honor de
invitarle a usted a la boda de mi sobrina, la señorita Antonia de
Valgenceuse, con el conde Amaury de Leoville, la cual habrá de
celebrarse a fines de este mes.
Felipe de Auvray lanzó un grito agudo, desgarrador, indefinible, y sin
saludar, sin despedirse de nadie, huyó de aquella casa como un loco, y
un momento después el simón llevaba al desesperado mozo camino de París.
El desdichado Felipe había llegado, como siempre, con media hora de
retraso.
CONCLUSIÓN
Era el día 1.º de agosto. Los dos esposos, instalados en su lindo
palacio de la calle de los Maturinos, no observaban en medio de su
arrulladora conversación de recién casados, que el día avanzaba a pasos
agigantados.
--Oye, Amaury--dijo de pronto Antoñita.--Tenemos que marcharnos; ya son
cerca de las doce y mi tío nos aguarda.
--Ya no les aguarda, señorita--dijo a su espalda la voz de José.--El
señor de Avrigny, que sintiendo agravarse su enfermedad estos días me
prohibió en absoluto comunicárselo a ustedes para no entristecerlos,
dejó de existir ayer a las cuatro de la tarde.
A aquella misma hora, Antoñita y Amaury habían recibido la bendición
nupcial en la iglesia de Santa Cruz de Autin.
* * *
Al concluir el secretario del conde de M... la lectura del manuscrito,
reinó un sepulcral silencio que al fin hubo de romper el conde para
decir:
--Ya ven ustedes ahora cuál es el amor del cual se muere y cuál es aquél
que no consigue matarnos.
--Sí--repuso un joven,--pero, ¿y si yo dijese que cuando ustedes quieran
puedo contarles una historia en la cual el novio muere sin remedio y el
padre es allí el superviviente?
--Eso nos demostraría--dijo el conde riendo--que, si las historias
pueden probar mucho en literatura, no prueban en moral absolutamente
nada.
FIN
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