algo que había oído de boca de Amaury aquella misma mañana; pero
prudentemente ocultó su zozobra para no aumentar los temores de
Antoñita, y afectando una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir,
prometió que al día siguiente se ocuparía de tan importante asunto,
avistándose con aquel par de insensatos.
En efecto, muy de mañana, mandó enganchar y se hizo conducir a escape a
casa de Amaury, a quién no encontró; le dijeron que acababa de montar a
caballo y que, haciéndose seguir tan sólo de su groom inglés, había
partido con tal precaución y silencio que ni siquiera dejó dicho adónde
iba.
Al conde le faltó entonces tiempo para lanzarse en busca de Felipe.
Pero tampoco le halló en casa. Sólo vio al portero, de pie en el umbral
de la puerta, refiriéndole a un su amigo, que, una hora antes, había
visto salir al señor de Auvray junto con su procurador, y que éste, en
vez del consabido rollo de papel sellado, que era la característica de
su grave personalidad y profesión llevaba bajo el brazo aquel día un par
de espadas y una caja de pistolas. Este relato hubo de repetirlo el
bueno del portero en obsequio al conde, añadiendo finalmente que el
señor de Auvray y su acompañante habían tomado un simón, y que él les
oyó dar esta orden al auriga:
--¡Volando al Bosque de Bolonia... avenida de la Muette!
El conde no quiso saber más; repitió estas señas a su cochero y
partieron al galope.
Pero eran ya las seis y media y la cita se había pactado para las siete.
¡Era un contratiempo muy sensible!
Capítulo 51
Y efectivamente, daban las siete en punto cuando Felipe y su apoderado,
que le acompañaba en calidad de testigo, llegaban a la Muette,
descendiendo de su alado vehículo. Casi en el mismo instante, fieles a
la consigna, Amaury y su amigo Alberto se presentaban también en el
lugar de la acción, aquél apeándose de a caballo, y saltando de su
elegante cabriolé el otro.
No tardaron en ponerse a discusión las condiciones del duelo. El amigo
de Felipe, que estaba algo avezado a esos trotes, acortó mucho los
preparativos.
En su concepto su apadrinado era el ofendido, y como tal tenía derecho a
la elección de armas: debían, a mayor abundamiento, servirse de las
espadas o pistolas que, a prevención, habían llevado Felipe y él.
Alberto, advertido de antemano por Amaury para que accediese a todas las
peticiones de la parte contraria, aunque rayaron en exigencias, se avino
desde luego a todo, sin oponer más objeciones que las que son de rigor
en tales casos.
Convinose, pues, en que el encuentro se verificaría a espada y con las
propias armas de Felipe, dos espadas militares magníficas.
Una vez puestos de acuerdo Alberto y el procurador, aquél ofreció a éste
un cigarro de su preciosísima petaca, pero viendo que rehusaba la
fineza, púsose a encender tranquilamente su habano y luego, acercándose
a Amaury, díjole sin recatar la voz y como para vengarse del desaire
curialesco:
--Ea, ya está todo listo y a punto; el duelo va a ser a espada. Conque
buena mano ¡y no te dé lástima ese pobre diablo!
Amaury sonrió e hizo un saludo; quitose el sombrero, que depositó en
tierra; despojose del frac, el chaleco y los tirantes, y al serle
entregada el arma volvió a saludar con verdadera elegancia, sin pizca de
afectación. Felipe le imitó en todo con simiesca exactitud, pero al
tomar la espada lo hizo en tan ridícula y deplorable forma que pareció
que recibía un bastón.
Los dos se aproximaron simultáneamente, cruzáronse los aceros a seis
pulgadas de la punta y luego de separarse un tanto los padrinos a
derecha e izquierda respectivamente, comenzó la brega en seguida que se
oyó la frase sacramental:
--¡Pueden empezar, caballeros!
Ni corto ni perezoso, Felipe fue el primero en tirarse a fondo con
intrépida torpeza, que Amaury aprovechó para darle un bote y desarmarle,
arrancándole de la mano el arma, que fue a parar buen trecho lejos de su
dueño.
--Le hacía a usted algo más diestro, Felipe--dijo Amaury con tono
irónico, no exento de amargura, porque en el fondo le repugnaba aquella
superioridad que no deseaba.
--Perdone usted--repuso su adversario,--me parece haberle dicho antes
algo de eso. Desconozco el manejo de la espada.
--Siendo así, que nos traigan las pistolas--replicó Amaury--hay que
nivelar las fuerzas.
--Amaury--intervino Alberto por oficiosidad--¿estás realmente decidido a
seguir adelante?
--Pregúntaselo más bien a Felipe.
Alberto comprendió la indicación y dirigiéndose solamente a su
adversario repitió la pregunta.
--¡Pues no he de querer continuar!--prorrumpió Felipe.--Amaury me ha
ultrajado y, a menos que no me dé amplias explicaciones, no cejaré en mi
empeño.
--Pues bien, yo me lavo las manos--contestó Alberto;--he pretendido
evitar el derramamiento de sangre; mas ante tal obstinación hay que
bajar la cabeza. Pueden, pues, acribillarse, ya que ese es su gusto.
A una seña suya se le acercó el groom de Amaury, le entregó el cigarro
y púsose a cargar flemáticamente las pistolas.
A todo esto Amaury se paseaba entretenido en hacer saltar con la punta
de la espada los botones de oro de las margaritas silvestres.
--Alberto--exclamó de pronto volviéndose hacia su amigo--puesto que este
caballero es el insultado supongo que disparará primero.
--¡Claro!--repuso Alberto, impávido, sin cesar en su operación.
Amaury, con la misma calma, tornó a su pueril tarea de arrancarles el
corazón de oro a las inocentes florecillas.
Colocado que hubo las armas, Alberto entró en negociaciones con el
procurador de Felipe, conviniendo ambos en que los dos adversarios se
colocarían a cuarenta pasos de distancia pudiendo avanzar cada uno hasta
diez, lo que reducía el trayecto a veinte pasos. Después de fijar en el
suelo dos bastones a fin de señalar el punto de parada a cada uno de los
combatientes, separáronse los padrinos, que al llegar a su respectivo
puesto dieron las tres palmadas de rúbrica, para indicar a aquéllos que
podían avanzar.
No bien adelantaron cuatro pasos, Felipe disparó. Amaury no hizo el
menor movimiento; sólo Alberto dejó caer el cigarro y corrió a buscar su
sombrero.
Extrañado Amaury e inquieto por la dirección que, según suponía, había
tomado la bala, preguntó a su amigo:
--¿Qué ocurre?
--Nada--contestó Alberto dando vueltas a su sombrero entre los dedos e
introduciendo el pulgar en un agujero que acababa de descubrir en el
fieltro.--Una de dos; o este caballero se figura que juega a la
carambola, o de otro modo desconoce por completo lo que tiene entre
manos.
--¿Qué significa esto?--interpeló Amaury,--vacilando entre el temor y la
duda de si su amigo se permitía alguna chanza.
Alberto le sacó de esta situación diciéndole:
--Sucede que no eres tú, sino yo el que se bate con este caballero, y a
juzgar por la destreza que ha demostrado al dispararme, se ve que es un
enemigo peligroso. Venga la pistola y concluyamos; quiero ver si gozo de
tan buena puntería como él.
Felipe no sabía qué hacer ni qué excusa presentar; era tan grotesca su
actitud y tan francas y ridículas sus palabras, que los demás rompieron
a reír estrepitosamente.
Vino a sacarle al pobre Felipe de aquel apuro un coche que, apareciendo
por una avenida transversal al trote largo, se detuvo en la de la
Muette, al mismo tiempo que asomando medio cuerpo por la portezuela,
gritaba un caballero con toda la fuerza de sus pulmones:
--¡Alto, señores, alto; deténganse ustedes!
Era el anciano conde de Mengis, a quien reconocieron al punto Felipe y
Amaury.
Este arrojó el arma y se acercó a Alberto, quien a su vez acercose a
Felipe, el cual aún conservaba la pistola descargada en la mano.
--¡Diantre, señor de Auvray, deme usted pronto esa arma!--exclamó el
procurador.--Existe una ley contra los desafíos.
Felipe se la entregó maquinalmente, mientras se deshacía en protestas
exageradas para convencer a Alberto de que si le había agujereado el
sombrero había sido sin intención deliberada...
--¡Soberbia carrera acabo de emprender por vuestra culpa,
caballeritos!--dijo el conde bajando del coche.
A Dios gracias llego a tiempo de evitar un desastre. Porque supongo que
la detonación que acabo de oír no ha tenido consecuencias.
--Salvo el orificio que mi torpeza ha abierto en el sombrero de este
señor--dijo humildemente Felipe,--no ha sido nada; y aun ello se debe a
mi falta de maestría en el manejo de las armas.
--Pero, ¿se ha batido usted con este caballero?--preguntó asombrado el
conde.
--No, señor, con Amaury; pero sin duda se me ha desviado el cañón y sin
saber cómo el proyectil, dirigido a Amaury, ha estado a punto de matar a
este caballero.
El conde juzgó que era hora de tratar en serio un negocio que le parecía
muy grave; así, dijo cambiando de tono:
--Tengan la bondad, señores, de dejarme hablar sólo unos minutos con los
señores de Auvray y de Leoville.
Alberto y el procurador se inclinaron, alejándose a una discreta
distancia para que se quedaran solos los tres.
--¿Cómo así, señores?--dijo el de Mengis a los jóvenes.--¿Por qué han
llevado acabo ese duelo? Usted no me prometió esto, Amaury. Le ruego que
me diga el motivo que le indujo a tener ese encuentro con Felipe,
faltando a su palabra.
--Felipe comprometió a Antoñita, y por eso me bato con él.
--Y usted, Felipe, ¿por qué causa se batió con su amigo?
--Porque Amaury me ha ofendido gravemente.
--Repito que usted estaba comprometiendo a Antoñita, y por eso le he
insultado. El propio señor conde me advirtió que...
--Dispénseme, señor Auvray, le suplico me deje decirle dos palabras a
Amaury.
--¿Y bien, señor conde?...
--No se aleje usted mucho; tengo que hablarle también.
Felipe saludó y se apartó unos pasos.
--Usted no me comprendió, por lo visto, Amaury--dijo el conde al quedar
solo con éste.--Felipe no era el único que comprometía a Antoñita.
--¡Cómo!--exclamó Amaury--hay otra persona que se haya atrevido...
--Desgraciadamente, sí, y esa otra persona es usted, Amaury. Felipe
comprometía a Antoñita con sus paseos a pie y usted con los suyos a
caballo.
--¡Qué dice usted!--exclamó Amaury.--¿Es posible que alguien sospechara
siquiera que yo quería a Antoñita?
--No ha faltado quien haya hecho esta conjetura; sepa usted que mi
sobrino, único pretendiente formal a la mano de la señorita de
Valgueceuse, se ha retirado, no por ceder el terreno al señor de
Auvray, sino por usted, amigo mío.
--¿Por mí?--murmuró Amaury, aterrado.--¡Por mí!...
--¿Qué le extraña a usted?
--¿Dice usted que su sobrino se retira ante mí?
--En efecto, como no declare usted de un modo categórico que no abriga
pretensión alguna a la mano de Antoñita.
--Haré más, si es preciso--repuso Amaury violentándose
interiormente.--Soy pronto en mis decisiones: antes de anochecer sabrá
usted si fui digno de la confianza que depositó en mí y si merezco el
consejo que ahora mismo me está dando.
E hizo un ademán de retirarse, después de dirigir un saludo al conde.
--¿Se va usted sin decir nada a Felipe?--insinuó el anciano, deseando
que terminase allí el lance.
--Cierto; le debo una satisfacción y voy a dársela--dijo Amaury.
--Felipe, acérquese usted--dijo el conde.
--Querido amigo--continuó Amaury dirigiéndose a Felipe,--después de
haber disparado contra mí o con esta intención al menos, debo decirle
que siento infinito la ofensa que haya podido inferirle y que ha
motivado el lance.
--Amigo Amaury--repuso Felipe estrechándole francamente la mano,--no he
pretendido matarte, ni siquiera agujerear el sombrero de tu amigo,
percance que yo lamento en el alma.
--Muy bien, muy bien--exclamó satisfecho el conde;--así se hace. Desde
hoy, a seguir siendo siempre buenos amigos. Se acabaron las rencillas.
Los aludidos se estrecharon efusivamente las manos.
--Señor conde--dijo luego Amaury,--me parece haberle oído decir que
tenía que hablar con Felipe. Yo me marcho para poner en práctica la idea
que he concebido.
Dicho esto saludó y se retiró con lentitud, como si en su ánimo
influyese la gravedad del paso que iba a dar. Habló un instante con
Alberto, a quien tuvo presente su agradecimiento, montó a caballo y se
alejó al galope.
--Ahora que podemos hablar con entera franqueza, puesto que estamos
solos--dijo el conde a Felipe,--le diré a usted que Amaury tenía razón
al juzgar su conducta como comprometedora para Antoñita. Tan cierto es
esto, que con otra, aventura como ésta, difícilmente lograría casarse,
aun contando con una belleza y una fortuna como las que ella posee.
--Señor conde--contestó Felipe.--Hace poco he confesado mi culpa y ahora
lo hago de nuevo. Suelo titubear mucho antes de tomar una resolución,
pero así que me decido no hay nada capaz de detenerme en mi propósito.
Ya sé cómo debo reparar mis yerros. Caballero, tengo el honor de
presentarle mis respetos.
--¿Qué se propone usted hacer?--preguntó el conde de Mengis, temeroso de
que Felipe se dispusiese a cometer alguna nueva simpleza.
--No le dé a usted cuidado, señor conde. Yo le aseguro que quedará
contento de mí.
Y después de saludarle con gravedad se separó del anciano, para ir a
reunirse con su padrino.
--Amigo mío--dijo a éste,--es necesario que se vaya usted a pie hasta la
barrera de la Estrella o que apechugue con el ómnibus, pues yo necesito
el coche para una carrera más larga que todo eso.
--¡Eh! ¡Caballero! ¡Alto ahí!--exclamó Alberto, que aún conservaba en la
mano la pistola de Amaury.--¿Será usted capaz de irse sin que dispare
contra usted?
--¡Ah! Es verdad, se me olvidaba. Perdone usted, caballero... ¿Quiere
usted medir la distancia?...
--No hay necesidad--repuso Alberto.--Ya está usted bien ahí mismo; no se
mueva.
Felipe se quedó parado y tieso como un poste al ver que Alberto le
apuntaba.
--¿Qué va usted a hacer?--exclamaron corriendo hacia él, el procurador y
el conde de Mengis.
Pero no tuvieron tiempo de impedir que disparara. Sonó el tiro y el
sombrero de Felipe rodó sobre la hierba, con un agujero en el mismo
sitio en que lo tenía, el de Alberto, horadado, como sabemos, por la
bala de Felipe.
--Ahora estamos en paz--dijo riendo Alberto.--Puede usted irse, cuando
guste, a sus quehaceres.
Auvray saludó, recogió su sombrero, saltó al simón, dijo algunas
palabras al cochero, y el pesado vehículo partió por el camino de
Boulogne.
Alberto ofreció al procurador un cigarro y un asiento en su tílburi, e
inútil es decir que el curial aceptó ambas cosas.
El conde por su parte, dirigiose al otro extremo de la avenida en donde
le aguardaba su carruaje, y al tiempo de montar en él murmuró:
--A fe mía, bien puede afirmarse que la generación llamada a suceder a
la nuestra, es una generación de necios o de dementes.
Capítulo 52
Serían las diez y media de aquella misma mañana, es decir, una hora
después de los sucesos que acabamos de narrar cuando Amaury se apeaba de
su caballo a la puerta del doctor Avrigny, en el mismo instante en que
también se detenía ante ella ti coche de Antoñita.
La joven, al ver a Amaury que le ofrecía la mano para ayudarla a echar
pie a tierra, no fue dueña de contener un grito de alegría, al mismo
tiempo que sus pálidas mejillas, se teñían de un vivo rubor.
--¡Amaury! ¡Usted aquí! ¡Dios mío! ¡Qué pálido viene! ¿Está usted
herido?
--No, Antoñita; tranquilícese usted--contestó Amaury.--Nadie ha
resultado herido: ni Felipe ni yo...
--¿Cuál es, pues, la causa--interrumpió Antoñita--de ese aire tan
sombrío y tan meditabundo?
--Tengo que hablarle a su tío de asuntos muy importantes.
--¡Ay! También yo...--dijo Antonia suspirando.
Subieron en silencio y precedidos por José entraron en la estancia donde
el doctor los aguardaba.
Al verle no fueron dueños de reprimir un ademán de sorpresa y cambiaron
una mirada llena de secretos temores. ¡Le encontraban tan ajado, tan
decrépito!...
Pero él estaba tan tranquilo como ellos alarmados.. El que iba a
abandonar este mundo se disponía a hacerlo con júbilo, y en cambio
estaban tristes los que aquí quedaban.
--¡Por fin veo a mis hijos!--exclamó besando en la frente a Antonia y
estrechando la mano a Amaury.--¡Cuán impaciente estaba y qué grande es
ahora mi satisfacción por la dicha que el Cielo me depara! Quiero que
unos a otros nos consagremos este día y no nos separemos hasta la
noche... Pero, ¿qué pasa?; ¿a qué viene ese aire tan contristado?...
¿Será por verme próximo ya a terminar mi viaje?
--¡Oh! Pensamos conservarle aún mucho tiempo--respondió Amaury, sin
acordarse de que hablaba a un hombre distinto de los demás.--Pero yo
tengo que hablarle de cosas muy importantes y creo que también Antoñita
quiere hablar con usted de algún asunto grave.
--¡Muy bien! Pues aquí estoy--repuso el señor de Avrigny, revistiendo de
seriedad su semblante y mirándoles con cariñoso interés.--Tú, Amaury,
siéntate en esa silla, a mi derecha, y tú, Antoñita, ocupa esa butaca a
este otro lado. ¡Ajajá! Ahora, vengan las manos. ¿No es verdad que
estamos muy bien así, con un tiempo tan hermoso, bajo un cielo tan puro,
y a dos pasos de la tumba de nuestra inolvidable Magdalena?
Los dos jóvenes miraron instintivamente hacia el cementerio como
queriendo pedir a aquella tumba el valor que les faltaba; pero ambos
guardaron un religioso silencio.
--¡Ea!--dijo el doctor.--Ya escucho. Comienza tú, Antoñita.
--¡Pero, tío!...--suplicó la joven con embarazo.
--Ya comprendo, Antoñita--repuso Amaury, abandonando su
asiento.--Perdone usted; me retiro.
Y salió del aposento, acompañado por una afectuosa mirada del doctor,
sin que Antonia, muy ruborosa y turbada, intentase detenerle.
--Ya estamos solos, hija mía; puedes, pues, hablar. ¿Qué quieres?--dijo
el señor de Avrigny tan pronto como hubo salido Amaury.
--Tío mío--respondió Antoñita con voz temblorosa y sin alzar la vista
para mirar al doctor.--Siempre le he oído decir que deseaba verme unida
a un hombre cuyo amor me hiciese dichosa. Mucho tiempo he vacilado antes
de hacer mi elección, pero al fin me he decidido. No se trata de una
proporción brillante, pero estoy segura de ser amada y de que sabré
cumplir sin esfuerzo con mis deberes de esposa. Usted conoce muy bien al
hombre que he elegido por marido: es...--prosiguió Antoñita con voz
ahogada lanzando una furtiva mirada al sepulcro de Magdalena como si
quisiera pedirle aliento para hacer tal confesión,--es... Felipe Auvray.
Mientras hablaba Antonia, contemplábala el doctor sin querer
interrumpirla; pero entreabría sus labios una benévola sonrisa y parecía
tentado a hacerle alguna advertencia.
--¡Conque, Felipe Auvray!--repitió después de un momento de
silencio.--¿A ése eliges entre todos los jóvenes que te rodean?
--Sí, tío; él será mi esposo--continuó Antoñita, bajando aún más la voz.
--Pero, si la memoria no me es infiel, tú has dicho muchas veces que no
podían tomarse en serio sus pretensiones, y hasta se me figura que te
tenían sin cuidado las torturas que le hacías sufrir con tus desdenes.
--Así es, tío mío; pero de entonces acá he cambiado de opinión, y esa
constancia y esa abnegación de un amor sin esperanza me ha enternecido
hasta tal punto que...
Antoñita se interrumpió como si tuviese que hacer un gran esfuerzo para
acabar la frase, y por fin, dijo:
--...estoy decidida a ser su esposa.
--Está bien, Antoñita--dijo el señor de Avrigny, y puesto que ésta es tu
resolución...
--Sí, padre mío, ésa es mi resolución inquebrantable--contestó la joven
pugnando en vano por contener los sollozos que la ahogaban.
--Hágase tu voluntad, hija mía... Ahora, déjame un momento a solas para
que entre Amaury, que también parece que tiene que decirme algo
importante. Ya te llamaré después.
Y el doctor despidió a su sobrina estampando un prolongado beso en su
frente virginal.
Capítulo 53
Así que salió Antoñita, el señor de Avrigny llamó a Amaury en voz alta.
--Ven, hijo mío--díjole al verle entrar,--y dime tú también lo que
tengas que decirme.
--En dos palabras voy a decirle a usted, no lo que me ha traído a verle,
pues lo que me trae aquí es el deseo de aprovechar este único día que
nos concede en un mes, sino el asunto de que tengo que hablarle...
--Habla, hijo mío, habla--dijo el doctor reconociendo en la voz de
Amaury los mismos síntomas de turbación que ya había reconocido en la de
Antonia.--Habla: te escucho con toda mi alma.
--Señor--continuó Amaury,--a pesar de mi juventud ha querido usted que
le reemplace cerca de Antoñita; me ha nombrado, en fin, su segundo
tutor.
--Sí, porque veía en ti una amistad de hermano para con ella.
--También me invitó a que buscase entre mis amigos algún joven noble y
rico que fuese digno de ella.
--Es verdad.
--Pues bien--siguió diciendo Amaury;--después de haber pensado
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