cortinas estaban tan corridas para él como para el resto de los
mortales, no dejó de enterarse minuciosamente de cuanto pasaba en la
calle.
Por más que el conde no concedió o pareció no conceder en el primer
momento importancia a las revelaciones de su sobrino, tal preocupación
le causaron que en seguida escribió a Amaury, solicitando una entrevista
con él. Esto sucedía un jueves, 30 de mayo.
Recibió Amaury la carta en el momento de disponerse a salir de su casa,
y lo hizo inmediatamente para satisfacer los deseos de un anciano por
quien sentía un respeto rayano en veneración, a cambio de un afecto casi
paternal.
--Mucho le agradezco--dijo el conde al verle--la diligencia que ha
puesto en el cumplimiento de mis deseos. Pocas palabras tengo que
decirle, pues bien creo que me comprenderá sin necesidad de prolijas
explicaciones. Usted ha prometido al doctor Avrigny velar por su sobrina
y ser para ella consejero fiel, guía y hermano, ¿no es así?
--Sí, señor, y espero cumplir mis promesas.
--Entonces, su reputación será para usted, no sólo respetable, sino muy
preciosa.
--Más que la mía propia, señor conde.
--En tal caso quiero que sepa usted que hay un joven que compromete a
Antoñita pasando y repasando por delante de la casa que habita, y hasta
llega en su audacia a pararse y mirar con toda fijeza y descaro hacia
los balcones.
--Tengo que contestarle, señor conde, que eso que usted me comunica es
cosa vieja para mí--dijo Amaury, frunciendo las cejas.
--Pero quizá--continuó el conde--con el propósito de hacer comprender a
uno de los dos culpables lo grave del asunto, cree usted, o finge creer
que nadie, excepto usted (y el conde subrayó esta palabra) está
enterado de estas cosas.
--Es la verdad, señor conde--repuso Amaury, con grave acento--que yo
creía ser el único conocedor de todas esas inconveniencias; pero, según
veo, estaba equivocado.
--Siendo así, ya comprenderá usted, querido Leoville, que por más que la
honra, de Antoñita está a cubierto de toda sospecha y no habrá de sufrir
menoscabo por lo que el vulgo pueda suponer, acaso sería conveniente...
--Que cesen esas demostraciones--interrumpió Amaury,--en lo cual somos
ambos de la misma opinión.
--Este era mi propósito al hacerle molestarse en venir a mi presencia y
espero me perdonará la franqueza de que abuso.
--Antes bien se la agradezco, caballero; y yo doy a usted mi palabra de
honor de que, muy pronto, todo eso habrá terminado.
--Basta, amigo mío; a tal promesa cerraré de hoy más mis ojos y mis
oídos.
--Por mi parte no puedo menos de agradecerle que me haya llamado con
toda confianza y elegido para encargarme la misión de acabar con las
audacias de un impertinente.
--¡Cómo! ¿Qué quiere usted decir?
--Tengo el honor de saludarle, señor conde--dijo Amaury, haciéndolo
gravemente.
--Perdone usted, Leoville. Temo que me haya comprendido mal, o mejor
dicho, que no me haya comprendido.
--Sí, señor conde; le he comprendido perfectamente--dijo Amaury.
Y salió, saludando por segunda vez y haciendo con la mano un ademán para
indicar que no había que agregar una palabra a lo que habían hablado.
Cuando subía al cupé pensaba casi en voz alta:
--¡Ah, miserable Felipe! (Amaury no sospechaba que la reprimenda había
sido para él).--¿Conque era su señoría el que rondaba la calle de
Angulema? ¿Conque eres tú el que pones en lenguas la reputación de
Antoñita? A fe mía que tengo hace mucho tiempo fuertes ganas de darte un
buen tirón de orejas, y pues me lo aconseja un hombre tan respetable
como el conde de Mengis, voy a saborear ese placer.
Embebido en estas divagaciones no daba ninguna orden a su lacayo, que
las esperaba sombrero en mano, hasta que cansado de aguardar, preguntó:
--¿A dónde, señorito?
--A casa del señor Felipe Auvray--contestó Amaury en tono que no tenía
nada de pacífico.
Capítulo 48
Como Felipe, que no quería renunciar a sus antiguas costumbres, seguía
viviendo en el barrio Latino, era larga la distancia que habla que
recorrer, y Amaury tenía tiempo para que se transformase en cólera todo
el mal humor que había sacado de casa del conde. Así, cuando Orestes
llegó a la casa de su antiguo Pílades, llevaba su alma en tal estado que
sin abusar de la metáfora puede decirse que rugía en ella una tempestad
furiosa.
Sacudió violentamente el cordón de la campanilla, sin fijarse en el
hecho de que la pata de liebre de la calle de San Nicolás se había
trocado en pata de ganso.
Abrió la puerta una gorda maritornes, pues Felipe, siempre infantil y
candoroso, había conservado la costumbre de hacerse servir por una
mujer.
En aquellos momentos estaba en su despacho, con los codos apoyados en la
mesa, la cabeza entre las manos, y los dedos ferozmente hundidos en el
cabello, embebido en la formidable cuestión de la pared medianera.
La obesa servidora que no se tomó ni aun la molestia de enterarse del
nombre del visitante echó a andar delante de él pasillo adentro y abrió
la puerta del despacho anunciando la visita con esta sencilla fórmula:
--Señorito, aquí hay un caballero que pregunta por usted.
Levantó Felipe la cabeza al tiempo que lanzaba un profundo suspiro
revelador de la existencia de su melancolía hasta en las cuestiones de
propiedad, y dejó escapar una exclamación de sorpresa al ver a su
antiguo amigo.
--¡Cómo! ¿eres tú, querido Amaury? ¡Cuánto me alegro de tu venida!
Amaury, al parecer insensible a tan calurosas demostraciones, le dijo
fríamente:
--¿Sabes a qué vengo aquí?
--Hombre, no; lo único que sé es que desde hace unos días tengo el
propósito de hacerte una visita, y por una u otra causa no te la hago.
--Comprendo tu vacilación--dijo Amaury, sonriendo desdeñosamente.
--¿Sí?--preguntó Felipe palideciendo.--Entonces sabrás...
--Lo que sé es que el doctor Avrigny me ha encargado de reemplazarle en
la guarda de su sobrina y que tengo el encargo de velar por su
reputación. También sé que le he visto a usted tres o cuatro veces en la
calle de Angulema bajo las ventanas de Antoñita, y en vista de todo,
esto, que le hace aparecer culpable cuando menos de ligereza, vengo a
pedirle cuenta de su conducta.
--Querido amigo: ya tenía yo ganas de verte para que hablásemos
precisamente de esas menudencias.
--¡Cómo! ¿menudencias llama usted a cosas que atañen a la honra, a la
reputación, al porvenir de una persona?
--No te enfades por mi manera de expresarme; ya comprendo que no he
debido llamar menudencias a cosas graves, porque grave es en verdad un
asunto de amor, de verdadero amor.
--¡Acabáramos! ¿Conque ama usted a Antoñita?
Muy compungidamente Felipe contestó que sí.
Amaury se cruzó de brazos, alzando la vista con verdadera indignación.
--Con honradas intenciones, por supuesto...
--¿Ama usted a Antoñita?
--Sí, mi buen amigo; puede que no sepas que se me ha muerto otro tío, de
modo que hoy poseo una renta de cincuenta mil libras...
--No hablo de eso.
--Perdona; yo creo que esta circunstancia no me perjudica.
--Está bien; pero lo que da mal cariz a esta cuestión es el hecho de
haber usted amado a Magdalena ocho meses hace con tanta vehemencia como
en la actualidad ama a Antoñita.
--¡Oh, Amaury!--dijo lastimeramente Felipe.--Estás abriendo la herida de
mi corazón, desgarrando mi atormentada conciencia; concédeme siquiera
diez minutos de audiencia y al cabo de ellos me compadecerás lejos de
culparme.
Indicole Amaury con un ademán que estaba dispuesto a prestarle atención,
no sin hacer cierta mueca, que revelaba su prematura incredulidad para
cuanto le iba a decir. Y Felipe habló así:
--Si es verdadera la máxima evangélica que recomienda la indulgencia y
el perdón para los que mucho han amado, yo debo merecer absolución por
todas mis culpas, pues siendo de complexión amorosa, como decía nuestro
grave Molière, he amado con frecuencia suma y ardiente apasionamiento,
sin ser correspondido, lo que constituye una causa, eximente, más que
atenuante. Pasando por alto las que tú ignoras, bien sabes que amé a
Florencia y a Magdalena, pero ellas no se han enterado a no ser que tú
te hayas encargado de comunicárselo. ¡Ah! Mi amor hacia Magdalena era
tan profundo como respetuoso. Acaso no lo creas al ver que esta pasión
no me ha impedido sentir otra; pero no puedes figurarte a costa de
cuántas angustias y dolores ha tomado cuerpo en mi pecho este nuevo
amor.
De igual modo que al enamorarme de Magdalena, en el primer momento yo
mismo no me dí cuenta (y sírvate de enseñanza por si algún día te ves en
mi caso), lo hubiera negado con toda sinceridad, y hasta me hubiese
estremecido de horror ante la prueba de ello; pero yendo diariamente a
visitar a Antonia y al hablarle de Magdalena, de su gracia, de su
belleza, notaba que Antoñita era tan bella como la prima; y, es claro,
¿te parece posible Amaury, pasar mucho tiempo al lado de tanta gracia y
hermosura sin enamorarse uno perdidamente?
Amaury, cada vez más abismado en sus pensamientos, no respondió a la
pregunta sino con una especie, de suspiro que más bien parecía un
gemido, cuya explicación esperó Felipe en vano durante unos momentos,
prosiguiendo después:
--Te voy a explicar los indicios que sirvieron a tu pobre y débil amigo
para conocer que estaba enamorado nuevamente.
Y exhalando un suspiro más hondo aún que el de Amaury, prosiguió:
--Al principio, como a pesar mío y casi inconscientemente, las piernas
me llevaban hacia la calle de Angulema, y cada vez que salía de casa por
la mañana para ir al Palacio de Justicia y por la tarde para dirigirme a
la Opera Cómica (ya sabes que siempre me ha gustado este género
genuinamente nacional) me encontraba sin saber cómo, tras una caminata
de una hora, frente a la casa del doctor Avrigny, no con la esperanza de
ver a la dama de mis pensamientos ni con otro motivo ni idea
preconcebida, sino porque me había impulsado la fuerza irresistible del
amor. ¿Por qué no confesarlo?
Se interrumpió Felipe un momento en medio de su perorata, esperando
conocer en el semblante de Amaury la impresión que le producían sus
palabras, de cuya elocuencia por su parte no estaba descontento; pero
sólo pudo notar que su oyente añadió un pliegue a los muchos que ya
surcaban su frente, y exhaló un suspiro aún más profundo que el
anterior. Esto le hizo creer que su auditorio estaba conmovido por la
fuerza emocional de su discurso y cobrando más ánimo, continuó así:
--El segundo de los síntomas que me hicieron conocer el estado de mi
alma fue una viva pasión de celos; pues cuando en los primeros días del
mes corriente Antoñita se mostraba contigo tan insinuante, no pude
impedir que germinase en mi corazón un odio feroz contra mi amigo de la
infancia; odio, pronto apagado por la reflexión de que no te sería fácil
corresponder a ese amor hallándote tan influido por el recuerdo de otro
amor que absorbía tu alma.
Estas palabras hicieron a Amaury estremecerse.
--¡Sí, amigo mío! Aquello no fue más que una sospecha fugaz como el
relámpago, que apenas nace muere: lo que me produjo más que odio, más
que despecho, más que cólera, fue el conocimiento de las ventajas que
por momentos ganaba el fatuo Mengis en el corazón de aquella que tan
absoluta y súbitamente se había hecho dueña de mi voluntad y de mis
sentimientos. No dejaba de observar un momento a mi rival, y veía cómo
se apoyaba con familiaridad en el respaldo de su butaca, y le hablaba en
voz baja, y se reían y, en fin, otras muchas cosas que apenas hubiese
podido tolerarte a ti, al amigo de la infancia. La irritación, los celos
terribles que todo esto despertaba en mí, fueron la prueba de mi
apasionamiento... ¡Pero tú no me escuchas, Amaury!
Es de creer que, al contrario, Amaury escuchábale demasiado bien, pues
el rostro se le encendía como si le caldeasen ondas de fuego, lo cual
hacía presumir que cada palabra de las que había oído repercutía
dolorosamente en su corazón. Taciturno y sombrío, ensimismose de modo
que sentía latir su corazón y le zumbaban los oídos al circular la
sangre en impetuosa carrera por las arterias cerebrales.
Muy acobardado por tan inquietante silencio, Felipe continuó:
--No aseguro que todo eso no indique un completo olvido de pasados
juramentos y una flagrante traición al recuerdo de Magdalena; pero no es
creíble que todos puedan ser como tú, modelos de constancia. Además ella
te amaba, estaba dispuesta a ser tu esposa, y a tu vez te disponías a
ser su compañero de por vida, idea grata a la cual ya te habías
acostumbrado, mientras que yo no había pensado ni esperado nada
semejante, sino de una manera fugaz, pues tú me arrebataste la
esperanza, no bien que fue nacida. No pienses que trato de atenuar mi
culpa; por mucho que la execres no he de quejarme de ello; pero
escúchame un momento más y dime luego si no existen circunstancias que
atenúan el delito que he cometido, dejando de amar a Magdalena para amar
a Antoñita.
--Hable usted; ya le escucho--dijo con viveza Amaury, aproximando su
silla para oír mejor a Felipe.
Capítulo 49
Y el émulo de Cicerón y de M. Dupín, envanecido por la impresión que su
dialéctica y su retórica parecían producir en el ánimo de su
interlocutor, prosiguió diciendo:
--En primer lugar, mi traición a Magdalena no era tan grave como
parecía, puesto que el objeto de mi nuevo amor era una persona que había
vivido siempre a su lado, una amiga, prima, hermana pudiéramos decir, en
quien me parece continuar mis pristinos amores, pues me retrata
constantemente a Magdalena en sus gestos, en sus palabras. Amar a la
segunda es como seguir amando a la primera.
--Has dicho bien--respondió el pensativo Amaury, con el rostro algo más
sereno.
--Ya ves, pues, que tenía razón--contestó Felipe con regocijo.--Ahora, y
en segundo lugar, no podrás menos de convenir conmigo en que el amor es
el más espontáneo y libre de nuestros sentimientos, y el que nace más
ajeno a la influencia de nuestra voluntad.
--¡Es muy cierto!--asintió Amaury.
--Todavía no he terminado--dijo Felipe con creciente entusiasmo.--En
tercer lugar, ya que mi juventud y mi vehemente facultad amorosa han
hecho resurgir en mí el amor intenso y vivaz, ¿estoy obligado a matar un
instinto noble, natural, legítimo, casi divino, por dejarme llevar de
preocupaciones y convencionalismos opuestos al orden de la Naturaleza, y
por tanto no posibles en lo humano y dignos de que Basón les llamara
errores fort?
--¡Claro está que no!--masculló Amaury.
--En tal caso--concluyó Felipe, con acento triunfal,--debes confesar que
no es tan grave mi delito, y hasta disculpar mi amor hacia Antoñita.
--¿Y a mí qué me importa que la ames o no?--dijo Amaury.
A tal grosería contestó Felipe sonriendo con la mayor impertinencia:
--Querido Amaury, eso es cuenta mía.
--¡Cómo! ¿Después de comprometer con tus audacias e impertinencias a
Antoñita, te atreverás a decir que ella te corresponde?
--No digo nada, querido Amaury, sino que buscando del mal el menos, si
bien la comprometo con mis paseos por la calle de Angulema (ya comprendo
que a ellos te refieres), por lo menos no la comprometo con mis
palabras.
--Señor Auvray, ¿tendría usted bastante audacia para decir en mi
presencia que le ama?
--Antes a ti que a otro: al fin eres su tutor.
--Está muy bien, pero se lo callaría usted.
--No veo el motivo si ello fuera verdad--dijo Felipe que empezaba a
salir de sus casillas.
--Le repito a usted que no se atrevería a decirlo.
--Y yo le repito a usted que como ello fuese verdad me juzgaría tan
orgulloso que se lo haría saber a todo el mundo, y lo publicaría a
gritos...
--¡Cómo! ¿Te atreves a decir?...
--La verdad.
--¿Se atreve usted a afirmar que Antoñita le ama?
--Me atrevo a decir que ha hecho buena acogida a mis pretensiones y que
ayer mismo...
--¡Acaba!
--Me autorizó para pedir su mano al doctor Avrigny.
--¡No es verdad!--exclamó Amaury.
--¿Cómo que no es verdad? ¿Usted se fija en que es un categórico mentís
el que acaba de darme?
--Ya lo creo.
--¡Y me lo da deliberadamente!
--Por supuesto.
--¿Y no retira usted ese insulto inmotivado que acaba de dirigirme?
--¡De ningún modo!
--¡Basta, Amaury!--dijo entonces Felipe animándose por grados.--Te
concedo que a pesar de mis atenuantes soy algo culpable en el fondo;
pero entre amigos y personas de cultura social se trata al prójimo con
más tolerancia. Eso, dicho en el Palacio de Justicia, como allí es
costumbre, puede pasar; pero aquí, de ningún modo; no puedo tolerarlo ni
aun viniendo de ti, y si te ratificas...
--Mira si lo hago, que repito que mientes.
--¡Amaury!--gritó Felipe exasperado.--Te advierto que, aunque abogado,
tengo algún valor además del cívico, y me siento capaz de batirme.
--¡Acabáramos! Ya ve usted que hasta le concedo la ventaja de la
elección de armas, porque soy yo el ofensor.
--Me son indiferentes, pues no he tenido hasta hoy en mi mano una
pistola ni una espada.
--Yo llevaré unas y otras al terreno, y sus testigos elegirán. Indique
usted la hora.
--A las siete de la mañana, si te conviene.
--¿Sitio?
--El bosque de Bolonia.
--¿Avenida?
--De la Muette.
--Está muy bien. Creo que tendremos bastante con un solo testigo para
los dos, pues cuanto menos publicidad demos al lance, tanto menos
padecerá la reputación de Antonia. Se trata de calumnias y...
--¿Cómo calumnias? ¿Te atreves a sostener que yo he calumniado a
Antoñita?
--No sostengo sino que mañana a las siete estaré en el bosque de
Bolonia, avenida de la Muette, con un testigo, y armas. ¡Hasta mañana!
--Mejor hasta la noche; pues hoy es jueves, día de recepción en casa de
Antoñita, y por nada me privaría de verla.
--Está bien; a la noche la veremos, y mañana nos veremos.
Dicho esto, Amaury se alejó furioso y regocijado al mismo tiempo.
Capítulo 50
Nunca Felipe había pasado una velada tan feliz y a la vez tan dolorosa
como lo fue aquélla para él. Feliz, porque Antoñita no tuvo sino dulzura
y amabilidad para su adorador, y dolorosa por la perspectiva de aquel
lance a que le arrastraba Amaury. Gracias a que algo se lo hacía olvidar
la incesante y gratísima conversación de Antoñita.
Amaury, por su parte, no dejaba de mirarlos a hurtadillas con
frecuencia, y al verlos tan entretenidos conversando y sonriéndose, no
dejaba de prometerse con cierta satisfacción cruel que se las pagarían
todas juntas, principalmente su amigo Felipe, quien por su parte
embobecido por las preferencias de Antoñita y atormentado por el
remordimiento, casi había echado en olvido su próximo duelo.
Aunque se sintiese en cierto modo pesaroso de su triunfo, era éste tan
notorio, que no había más remedio que saborear la amarga dicha y tomar
con calma las cosas. No dejaba de pensar a cada coquetona sonrisa de
Antoñita que acaso a la mañana siguiente le costaría demasiado cara;
pero aun así le parecía deliciosa, tanto como terrible la primera que el
adversario le lanzaría sobre el terreno y que él veía con toda realidad
en su imaginación.
Estaba escrito que el calavera sería infiel a la memoria de la pobre
muerta, pues el recuerdo de Magdalena en lo pasado y la visión del
fúnebre porvenir que le preparaba la venganza de Amaury se fueron
esfumando tras del gozo que le producía su triunfo del presente, y no se
volvió a dar cuenta exacta de su nada envidiable situación hasta que
llegado el momento de retirarse, Antoñita le tendió la mano dándole las
buenas noches de una manera encantadoramente afectuosa.
Sobrecogido entonces por un triste presentimiento aquella mano que acaso
no volvería a estrechar la besó repetidas veces mientras con visible
agitación y de un modo incoherente decía:
--Señorita, ¡cuánta dicha! Su amor... su bondad... Prométame que si
mañana sucumbo pronunciando su nombre me dedicará un recuerdo, una
lágrima, una palabra de compasión...
--¿A qué se refiere usted?... ¿Qué quiere usted decir?--preguntó
Antoñita, sorprendida y asustada.
Felipe no contestó, contentándose con dirigirle una patética mirada, y
salió en trágica actitud, con sentimiento de haber hablado demasiado.
Antoñita, que no podía permanecer indiferente después de lo que había
oído, pues comprendía que algo muy grave indicaban las incoherentes
palabras de Felipe, dirigiose a Amaury presurosa y cuando éste tomaba el
sombrero para retirarse, y sin aparentar inquietud; pero con el firme
propósito de conjurar cualquier peligro que por parte de Amaury pudiese
amenazar a su preferido, le dijo:
--No olvide usted que mañana es el primero de junio, y debemos ir a
visitar a mi tío.
--No lo he olvidado--contestó Amaury.
--Entonces nos encontraremos allí como de costumbre. A las diez, ¿no es
así?
--Sí, a las diez--repitió distraídamente Amaury;--pero si no pudiese ir
hasta las doce, yo le rogaría que dijese usted a su tío que tal vez me
retenga en París algún asunto urgente.
Estas palabras fueron dichas con tan fría entonación que Antoñita no
pudo menos de estremecerse; pero no dijo palabra, y acercándose al conde
de Mengis le rogó que permaneciese aún en la casa unos cuantos minutos.
Así lo hizo el conde, y cuando Antoñita, pudo hablarle a solas, le
enteró de las palabras de Felipe, de las reticencias de Amaury, y de sus
tristes presunciones.
No dejó de alarmarse el conde al relacionar lo que acababa de oír con
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