--¡Ya nos han dejado solos, siquiera sea por un instante!
Aprovechémoslo, Magdalena: mírame, dime que me amas, pues a ser sincero,
desde que he visto a tu padre tan transformado, voy dudando ya de todo.
De mí, bien sabes que te amo, que te amo con todo mi ser.
--¡Sí, Amaury, lo sé!--dijo la joven, exhalando un gozoso suspiro de
esos que parecen aliviar un corazón oprimido.--Al verme así tan endeble,
me parece que únicamente tu amor me da la vida. ¡Qué singular es lo que
me pasa, Amaury! Viéndote a mi lado, respiro mejor y me siento más
fuerte. Antes de tu llegada y después de tu partida noto que me falta el
aire, y tus ausencias son demasiado prolongadas desde que no vives en
nuestra compañía. ¿Cuándo voy a tener el derecho de no separarme de ti,
que eres mi alma y mi existencia?
--Oyeme, Magdalena: ocurra lo que quiera, esta misma noche pienso
escribir a tu padre.
--¿Y qué ha de ocurrir, sino que al fin se realizarán los sueños de toda
nuestra vida? Desde que cumplimos tú veinte años y yo diez y ocho, ¿no
venimos considerándonos destinados el uno al otro? Escribe a mi padre
sin temor, que no habrá de resistir a nuestros ruegos.
--Bien quisiera yo participar de tu confianza, Magdalena... Pero por
desdicha veo de algún tiempo a esta parte a tu padre muy cambiado para
mí. Al cabo de haberme tratado durante quince años como si fuera su
propio hijo, viene a mirarme ahora como si fuera un extraño. Después de
haber vivido a tu lado como un hermano, hoy mi entrada te asusta y
lanzas un grito al verme...
--Me arrancó el gozo ese grito, Amaury; jamás me sorprende tu presencia,
puesto que siempre la aguardo; pero estoy tan débil y soy tan nerviosa,
que todas las impresiones me causan un efecto extraordinario. Pero no te
preocupes por eso; acostúmbrate a tratarme como a aquella pobre
sensitiva que días pasados atormentábamos por puro entretenimiento,
olvidándonos de que tiene vida como nosotros y de que tal vez le
hacíamos mucho daño. Ten en cuenta que yo soy lo mismo que ella. Tu
presencia me da el bienestar que sentía en mi niñez al sentarme en el
regazo de mi madre. Cuando Dios me la quitó te puso junto a mí para que
la reemplazaras. A ella debo mi primera existencia; a ti te soy deudora
de la segunda. Ella hizo que brillase para mí la luz del mundo; tú, en
cambio, me hiciste ver la del alma. Amaury, para que renazca eternamente
tuya, mírame siempre: no apartes de mí tus ojos.
--¡Oh! ¡siempre, siempre!--exclamó Amaury cubriendo sus manos de besos
ardientes y apasionados.--Magdalena: ¡te amo! ¡te amo con frenesí!
Mas al sentir estos besos la pobre niña levantose temblorosa y febril, y
con la mano puesta sobre el corazón, exclamó:
--¡Oh! así, no. Tu voz apasionada me trastorna; tus labios me abrasan.
Trátame con miramiento. Acuérdate de la pobre sensitiva; ayer quise
contemplarla y la encontré marchita, muerta.
--Haré lo que tú quieras, Magdalena. Siéntate y deja que me siente en
este almohadón, a tus pies. Si mi amor te conmueve demasiado te hablaré
como un hermano. ¡Gracias, Dios mío! Tus mejillas vuelven a tener su
color natural; ya ha desaparecido de ellas el brillo extraño que me
sorprendió cuando entré y la triste palidez que las cubría entonces. Ya
te encuentras mejor, Magdalena; ya estás bien, hermana mía.
Magdalena se dejó caer en la butaca, inclinando el rostro, medio oculto
por sus blondos cabellos, cuyos bucles acariciaban con leve roce la
frente del mancebo.
Confundíanse sus alientos.
--Sí, Amaury, sí--dijo la joven.--Tú me haces ruborizar y palidecer a tu
antojo. Eres para mí lo que el sol para las flores.
--¡Oh! ¡Qué placer! ¡Qué feliz soy al poder vivificarte así, con la
mirada, al poder reanimarte con una palabra! ¡Te amo, Magdalena, te amo!
Reinó el silencio un momento, durante el cual parecía haberse
concentrado toda el alma de Amaury en su mirada.
Oyose de pronto un leve ruido. Magdalena alzó la cabeza. Amaury se
volvió y vieron al señor de Avrigny que les miraba de hito en hito con
manifiesta severidad.
--¡Mi padre!--exclamó Magdalena echándose hacia atrás.
--¡Mi querido tutor!--dijo Amaury levantándose para saludarle y sin
poder disimular su turbación.
El padre de Magdalena, antes de responder, se quitó con calma los
guantes, dejó el sombrero sobre una butaca, y sólo entonces rompió el
glacial silencio que tuvo un rato en tortura a nuestros dos jóvenes,
para decir con acritud:
--¡Ya estás aquí otra vez, Amaury! ¡A fe mía que vas a hacer un gran
diplomático si sigues estudiando la política en los tocadores y las
necesidades y los intereses de tu país viendo bordar a las niñas! A ese
paso no serás por mucho tiempo simple agregado; pronto te nombrarán
primer secretario en Londres o en San Petersburgo, si así te engolfas en
la ciencia de los Talleyrand y los Metternich haciendo compañía a una
colegiala.
--Señor de Avrigny--contestó Amaury con acento en el cual vibraban a la
vez el amor filial y el orgullo herido.--Quizás a sus ojos descuide yo
algún tanto los estudios a que usted me ha destinado; pero puedo decirle
que el ministro nunca ha observado en mí esa falta y que ayer mismo
leyendo un trabajo que me había encomendado...
--¡Hola! ¿Conque el ministro te ha encomendado un trabajo?... ¿Y sobre
qué, vamos a ver? ¿sobre la formación de un nuevo Jockey-club, sobre los
principios del boxeo o de la esgrima, sobre las reglas del sport en
general o del steeple-chase en particular? ¡En tal caso, ya me explico
la satisfacción que muestras!
--Pero, querido tutor--repuso Amaury, sin poder reprimir una ligera,
sonrisa,--habré de hacerle observar que todos esos conocimientos
superfluos que usted me critica los debo a su cuidado casi paternal.
Usted me ha dicho siempre que la esgrima y la equitación, unidas al
conocimiento de algunos idiomas extranjeros, vienen a completar la
educación de un noble en nuestra época.
--Así es, no lo niego, cuando esas cosas se tornan como una distracción
a trabajos serios; pero no cuando se juzgan éstos como un pretexto para
divertirse. Veo que eres el prototipo de los hombres de nuestro siglo,
que creen poseer la ciencia infusa; que con pasarse una hora por la
mañana en la Cámara, otra en la Sorbona por la tarde y otra en el teatro
por la noche, se consideran capaces de eclipsar la gloria de Mirabeau,
de Cuvier y de Geoffroy, juzgando todas las cosas desde la altura de su
ingenio y dejando caer con desdén sus fallos de salón en la balanza
donde se pesan los destinos de la humanidad... ¿Conque ayer te felicitó
el ministro? ¡Enhorabuena! Vive de esas gloriosas esperanzas, descuenta
esos pomposos elogios, y el día en que llegue la ocasión te traicionará
la suerte. Porque a los veintitrés años, dirigido por un tutor bonachón,
te ves doctor en derecho, bachiller en letras y agregado de embajada;
porque asistes de uniforme a las fiestas palatinas; porque te han
prometido la cruz de la Legión de honor, lo mismo que a otros muchos que
aún no la tienen, crees ya haberlo hecho todo y que lo demás te lo
ofrecerá la suerte. Tú razonas así:--Soy rico, y por lo tanto, tengo
derecho a ser inútil; y con arreglo a tan luminoso raciocinio tu título
de nobleza ha venido a parar en privilegio de holgazanería.
--¡Padre mío!--exclamó Magdalena, atemorizada por la irritación
creciente del señor de Avrigny.--¿Qué es lo que dice usted? ¡Nunca le he
visto tratar a Amaury de ese modo!
--¡Señor de Avrigny!--decía el joven, aturdido por las palabras de su
antiguo tutor.
--¡Qué es eso!--repuso el padre de Magdalena con acento más tranquilo,
pero más mordaz todavía.--Te ofenden mis reproches porque son justos,
¿no es cierto? Pues no tendrás más remedio que habituarte a ellos si
sigues llevando esa vida ociosa, o renunciar a tratarte con un tutor
regañón y descontentadizo. Tu emancipación es de fecha muy reciente.
Las atribuciones que tu padre me legó sobre ti han dejado ya de existir
para la ley, pero subsisten todavía moralmente, y debo advertirte que en
esta época turbulenta en que las riquezas y las distinciones dependen de
un capricho de la muchedumbre o de una revuelta popular, nadie puede
contar sino consigo mismo y que a despecho de tu opulencia y de tu
título de conde, un padre de familia de elevada alcurnia y de cuantioso
caudal, obraría con acierto si te negara la mano de su hija,
conceptuando como insuficientes garantías tus triunfos en las carreras y
tus grados obtenidos en el Jockey-club como hombre diestro en deportes.
El señor de Avrigny se excitaba, más y más con sus propias palabras y
paseábase por la estancia visiblemente agitado, sin mirar a su hija, que
temblaba como la hoja en el árbol, ni a Amaury que le escuchaba de pie y
frunciendo el entrecejo.
La mirada del joven, que a duras penas lograba reprimir su enojo, vagaba
del señor de Avrigny, cuya irritación no atinaba a explicarse, a
Magdalena, estupefacta, como él.
--¿Aún no has comprendido--prosiguió el doctor interrumpiendo sus paseos
y parándose delante de ellos,--por qué te he rogado que no permanecieses
por más tiempo con nosotros? Pues fue porque no le está bien a un joven
rico y de ilustre prosapia consumir así el tiempo entre muchachas;
porque lo que es natural a los doce años resulta ridículo a los
veintitrés; porque, al fin y a la postre, mi hija puede salir
perjudicada de esas visitas tan repetidas.
--¡Caballero! ¡caballero!--exclamó Amaury.--¡Tenga usted compasión de
Magdalena! ¿No ve que la está matando?
Era verdad. Magdalena se había desplomado en su butaca, quedando inmóvil
e intensamente pálida.
--¡Oh! ¡hija mía!--gritó Avrigny, demudándose como ella.--¡Ah! ¡Tú le
das la muerte, Amaury!
Y alzándola en sus brazos la llevó al aposento contiguo.
Amaury siguió al doctor.
--¡No entres!--dijo éste deteniéndole en el umbral de la puerta.
--Magdalena necesita asistencia.
--¿Acaso no soy médico?
--Perdone usted, caballero; yo pensaba... no quería irme sin saber...
--Gracias por tu cuidado. Pero tranquilízate: yo estoy aquí para
asistirla. Puedes irte cuando quieras.
--¡Adiós! ¡Hasta la vista!
--¡Adiós!--repitió el doctor lanzándole una mirada glacial.
Después empujó la puerta, que volvió a cerrarse en seguida.
Amaury quedó como clavado en el sitio en que estaba, inmóvil y como
aturdido.
De pronto se oyó la campanilla que llamaba a la doncella, y al propio
tiempo entró Antoñita seguida de la señora Braun.
--¡Dios eterno!--exclamó Antoñita.--¿Qué le pasa, Amaury, que está usted
tan pálido? ¿Y Magdalena? ¿en dónde está?
--¡En su cama! ¡muy enferma!--exclamó el joven.--Entre usted a verla,
señora Braun, que la necesita.
La inglesa corrió a la estancia que Amaury le indicaba con la mano
mientras que Antoñita le preguntaba:
--¿Y usted por qué no entra?
--Porque me han cerrado la puerta y me han echado de esta casa.
--¿Quién?
--¡El! ¡el padre de Magdalena!
Y tomando el sombrero y los guantes, Amaury huyó como un loco del
palacio de Avrigny.
Capítulo 3
Cuando Amaury entró en su casa encontró a un amigo que le estaba
aguardando. Era un joven abogado condiscípulo suyo en el colegio de
Santa Bárbara primero, y en la facultad de derecho más tarde. Tenía, con
poca diferencia, la misma edad que Amaury. Vivía con desahogo, pues
disfrutaba de una renta que podría estimarse en unos diez mil pesos;
pero no era, como su compañero, de esclarecido linaje.
Se llamaba Felipe Auvray.
Por el ayuda de cámara tuvo Amaury noticia de aquella visita inoportuna
y su primera intención fue subir directamente a su cuarto, dejando a
Felipe que esperara hasta que ya, aburrido, se marchase, cansado de
aguardar.
Pero Auvray era tan buen amigo que le dio lástima y entró en su
despacho, donde sabía por el criado que estaba esperándole Felipe.
--¡Gracias a Dios!--dijo éste al ver a Amaury.--Una hora hace que te
aguardo. Ya lo habría dejado para mejor ocasión si no fuese porque tengo
que pedirte un gran favor, contando con tu amistad.
--Ya sabes, Felipe--respondió Amaury,--que te considero como mi mejor
amigo. Así, no habrás de enojarte por lo que ahora te diré. ¿Tienes que
pagar una deuda de juego o batirte en duelo? Esas son las dos únicas
cosas que no admiten demora. ¿Has de pagar hoy? ¿Has de batirte mañana?
En cualquiera de esos casos dispón en el acto de mi bolsa y de mi
persona.
--Nada hay de lo que imaginas--respondió Felipe.--Venía a hablarte de un
asunto bastante más importante, pero no de tanta urgencia.
--Entonces debo decirte francamente que estoy en una situación de ánimo
nada a propósito para prestar atención a tus palabras, no obstante el
gran interés que me inspira todo cuanto te concierne.
--Siendo así, permíteme que te pregunte a mi vez si por mi parte puedo
prestarte ayuda de algún modo.
--No es fácil, por desgracia. Lo más que puedes hacer es diferir por dos
o tres días la confidencia que querías hacerme ahora. Necesito estar
solo.
--¡Es posible que no seas feliz tú, Amaury, con un apellido ilustre y
una fortuna que nada tiene que envidiar a las primeras de Francia! ¡Se
puede ser desgraciado siendo conde de Leoville y poseyendo cien mil
francos de renta! A fe mía que no lo creyera si no lo oyese de tu propia
boca.
--¡Y sin embargo, así es, amigo mío! soy desgraciado, ¡muy desgraciado!
y tengo para mí, que cuando a nuestros amigos les aqueja un infortunio
estamos en el caso de dejarlos a solas con su aflicción. Si no
comprendes esto, Felipe, será porque jamás te ha herido la desgracia.
--Puesto que me lo pides, lo haré, contra mis deseos.--¿Quieres estar
solo? pues solo te dejo. ¡Adiós, Amaury! ¡adiós, amigo mío!
--¡Adiós!--respondió Amaury, dejándose caer en un sillón.
Y añadió:
--Di a mi ayuda de cámara que no quiero ver a nadie y que no permita que
se me moleste sin que yo llame. No estoy para soportar la menor molestia
ni deseo contemplar un rostro humano.
Auvray cumplió el encargo, y salió devanándose los sesos por atinar con
la causa de aquella misantropía que de un modo tan brusco había hecho
presa en el alma de su amigo.
Este, perplejo y malhumorado, evocaba entretanto sus recuerdos, pugnando
por explicarse la razón del extremado rigor que el señor de Avrigny
había usado con él.
Según ya hemos dicho, Amaury era un hombre que podía considerarse, en
todos conceptos, nacido con buena estrella.
Dotado por la Naturaleza de elegancia, apostura y distinción, había
recibido de su padre un apellido glorioso, cuyos méritos contraídos
cerca de la monarquía habíanse acrecentado en las guerras del Imperio, y
una fortuna que pasaba de millón y medio, confiada a la intachable
administración del doctor Avrigny, uno de los médicos más renombrados de
la época y amigo íntimo y muy antiguo de la familia de Leoville.
A mayor abundamiento, su fortuna, manejada con gran tacto por tutor tan
cuidadoso, aumentó durante su menor edad en más de un tercio.
Pero el doctor no se había limitado a velar por el patrimonio de su
pupilo, sino que había dirigido personalmente su educación como pudiera
haberlo hecho tratándose de un hijo.
Resultó de ello que Amaury, criado junto a Magdalena, que era casi de su
edad, se había acostumbrado a querer entrañablemente y con amor más que
fraternal, a la que le miraba como un hermano.
Así, ambos concibieron desde niños, en la sencillez de su alma inocente
y en la pureza de su corazón, el proyecto halagador de no separarse
nunca.
El amor intensísimo que Avrigny había profesado a su esposa, arrebatada
a este mundo por la tisis, en la flor de su juventud, y que había
cifrado más tarde en su única hija, unido al cariño casi paternal que
Amaury le inspiraba, hacía que éste y Magdalena ni por pienso hubiesen
nunca dudado de obtener su aquiescencia.
Todo se aunaba para infundir en sus almas la esperanza de ver unidos sus
destinos, y éste era siempre el tema de sus coloquios desde que uno y
otro habían leído claro en el fondo de su pecho.
Las frecuentes ausencias del doctor, cuya persona reclamaba a cada
instante la clientela, el hospital que dirigía y el Instituto del cual
era miembro, dejábanles tiempo de sobra para forjarse hermosos sueños
que por la memoria del tiempo pasado y fiando en la esperanza del
venidero juzgaban realizables.
Así las cosas, acababan de cumplir, Magdalena veinte años y Amaury
veintidós cuando cambió súbitamente el humor del doctor Avrigny que
comenzó a mostrarse grave y severo desde entonces.
Al pronto se atribuyó este cambio de carácter a la circunstancia de
haberse muerto una hermana a la cual quería acendradamente, y que le
legaba, para que velase por ella, una hija de la edad de Magdalena, su
mejor amiga, y su inseparable compañera de estudios y de recreos. Pero,
con el transcurso del tiempo, el semblante del doctor fue acusando cada
vez más severidad y llegose a notar que su mal humor solía desahogarse,
deshaciéndose en reproches sobre Amaury. No pocas veces alcanzaba el
chubasco a Magdalena, a aquella hija adorada, a la cual había prodigado
a raudales un amor del que sólo parecía susceptible un corazón materno.
Desde entonces se observó que la jovial y aturdida Antoñita era la
predilecta del doctor y que ella y no Magdalena poseía el privilegio de
decirle cuanto le venía en gana.
Delante de Amaury, no cesaba el doctor de encomiar las cualidades de
Antoñita, dejando traslucir en más de una ocasión el agrado con que
vería que Amaury renunciase a los planes que él mismo había trazado
respecto a su pupilo y a Magdalena, para dedicarse a aquella sobrina que
había prohijado, y en la cual parecía haber concentrado ya todo el
afecto.
Para Amaury y Magdalena, a quienes la fuerza de la costumbre no les
dejaba ver la verdadera causa de las rarezas del doctor, no obedecían
éstas a otra causa, que a pasajeras contrariedades, y estaban muy lejos
de advertir la pesadumbre real que motivaba aquella metamorfosis.
Así, conservaban casi toda su confianza, cuando un día y mientras
jugaban como dos niños, corriendo alrededor de la mesa de billar por
haberse empeñado Amaury en quitarle una flor a Magdalena, se abrió de
pronto la puerta y entró el doctor, el cual se encaró con ellos y en
tono áspero exclamó:
--¿Qué niñerías son éstas? ¿Piensas tener aún doce años, Magdalena?
¿Crees no haber pasado de los quince, Amaury? ¿Te imaginas que corres
todavía por el parque del castillo de Leoville? ¿A qué viene ese empeño
en arrebatarle a Magdalena una flor que te niega con sobrada razón?
Hasta hoy, había creído que esos pasos coreográficos, sólo estaban
reservados a los pastorcillos de la Opera; pero por lo visto andaba yo
equivocado.
--¡Pero, papá!--osó decir Magdalena, que acababa de advertir que el
doctor hablaba en serio.--Ayer aún...
--Una cosa era ayer, y otra es hoy--replicó con sequedad
Avrigny.--Sujetarse de ese modo a lo pasado es renunciar a dirigir lo
futuro. Para sentir tal afición a las costumbres de la infancia no valía
la pena de haber abandonado las muñecas y juguetes. A aquel de los dos
que no alcance a comprender que el tiempo transforma los deberes y
conveniencias sociales, yo cuidaré de hacérselo bien presente.
--Permítame usted, querido tutor--repuso Amaury,--que le tache de ser
demasiado severo con nosotros. Hoy se queja de nuestras niñerías, y yo
recuerdo haberle oído decir muchas veces, que entre las plagas de
nuestro siglo se contaba el afán de los niños por echarla ya de hombres.
--¿Lo dije así? Sería indudablemente por esos mozalbetes recién salidos
del colegio, que la echan de políticos altruistas; por esos Richelieu de
veinte años que alardean de misántropos; por esos poetas en capullo para
quienes la desilusión es una décima musa. Pero tú, querido Amaury, ya
que no por tu edad, por tu posición, debes pretender algo más serio. Y
si en realidad no es así, aparéntalo siquiera. Pero he venido para
hablarte de cosas graves. Retírate, Magdalena.
La joven salió, dirigiendo a su padre una mirada preñada de súplicas que
en otro tiempo hubiera desarmado su enojo por completo. Indudablemente
recordó el doctor por quién intercedían aquellos hermosos ojos, pues
permaneció irritado e inmutable. Dio algunos paseos por el aposento sin
pronunciar palabra, mientras que Amaury le seguía anhelosamente con la
vista. Por último se paró ante su pupilo y, sin atenuar la expresión de
severidad, manifiesta en su rostro, le dijo:
--Escúchame, Amaury. Quizás he tardado más de lo conveniente en decirte
lo que vas a oír, y es que un joven de veintidós años, como tú, no puede
vivir bajo un mismo techo que dos señoritas con las que no le une ningún
vínculo de parentesco. Esta separación es para mí muy penosa.
Difiriéndola por más tiempo, incurriría yo en una falta imperdonable.
Ahórrate reflexiones que serían de todo punto inútiles y no se te ocurra
hacer objeción alguna, pues mi resolución es inquebrantable.
--Pero, querido tutor--dijo Amaury con acento conmovido,--creía yo que
la costumbre de verme a su lado y de llamarme hijo le había hecho ya
considerarme como individuo de su familia, o por lo menos como digno de
ingresar en ella. ¿Me habrá cabido la desgracia de ofenderle
involuntariamente? ¿Me condena a alejarme de aquí por haberme retirado
su estimación?
--Querido Amaury--repuso el doctor,--siempre he creído, que una vez ya
arregladas contigo las cuentas de la tutela, quedábamos en paz.
--Pues se equivoca usted, señor de Avrigny--replicó Amaury,--porque al
menos yo no creeré nunca haberle pagado. Ha sido usted para mí más que
un tutor fiel un padre cariñoso y previsor; me ha educado, ha hecho de
mí lo que soy, me ha inculcado los sentimientos más nobles y generosos;
ha sido a la vez, tutor, padre, mentor, guía y amigo. Así, debo ante
todo obedecerle con respeto, y en virtud de ello me retiro. Adiós, padre
mío; confío en que algún día se acordará usted de su hijo.
Diciendo estas palabras, se acercó Amaury al doctor, tomole la mano casi
a la fuerza, y después de besársela salió.
Al otro día hízose anunciar en casa de su tutor, como si hubiera sido un
extraño, y esforzándose por aparecer sereno, participole con firmeza
desmentida a las claras por sus húmedos ojos, que había alquilado un
pequeño palacio en la calle de los Maturinos y que su visita era ya de
despedida.
Magdalena, que presenciaba esta entrevista, dobló la cabeza, abatida por
el paternal capricho, como lirio que troncha el cierzo helado, y cuando
alzó la vista para mirar a Amaury, su padre la vio tan demudada que se
estremeció de espanto.
Quizás comprendió el señor de Avrigny que su inexplicable rigor había de
parecer odioso a su hija, pues deponiendo su actitud severa tendió la
mano al joven, diciéndole:
--Amaury, no has interpretado bien mi pensamiento. Tu partida no reviste
el carácter de un destierro. Aquí estarás siempre en tu casa y cuando
vengas a vernos te recibiremos con los brazos abiertos.
Un destello de alegría brilló en los hermosos ojos de Magdalena y por
sus descoloridos labios vagó una débil sonrisa al oír las palabras de su
padre.
Pero Amaury, adivinando que el doctor hacía esta concesión
exclusivamente a su hija, saludó con humildad a su tutor y besó la mano
de Magdalena, revelando su semblante tan profunda tristeza que en esta
acción el amor parecía ceder su puesto al pesar.
Sólo a partir de aquel día, sólo cuando se vieron separados,
comprendieron ambos jóvenes cuánto se amaban y hasta qué punto la
intensidad de su afecto hacía que el uno fuese indispensable a la
existencia del otro.
Los vehementes deseos de volverse a ver después de separarse, la
sensación de grata sorpresa al encontrarse de nuevo, las pueriles
tristezas y las misteriosas alegrías, síntomas de esa enfermedad del
alma que llaman amor, todo lo fueron sucesivamente experimentando los
dos jóvenes, sin que ni una sola circunstancia escapara a la escrutadora
mirada, del doctor, quien en más de una ocasión había parecido como que
se arrepentía de haber sido condescendiente con Amaury, cuando ocurrió
la escena que queda relatada.
El joven recordaba, uno por uno todos estos acontecimientos, y hacía mil
conjeturas sin lograr hallar, por más que consultase su conciencia y
sondeara su memoria, una explicación razonable de aquel cambio
repentino.
Ocurriósele entonces la única idea que podía explicar de una manera
plausible la conducta de su tutor, esto es, supuso que, como por
considerar que su enlace con Magdalena, era ya asunto resuelto, no había
hablado nunca de ello al doctor, éste podía haber creído que su pupilo,
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