La sobrina del doctor empezó a nombrar a aquellas de sus antiguas
amistades que no habían cesado de visitar la casa de la calle de
Angulema, citando por último a Felipe Auvray.
El enfermo recapacitó.
--¿Ese Felipe Auvray no es amigo de Amaury?
--Sí, señor.
--¿Uno muy elegante?
--¡Oh! no, tío.
--Pero joven y de gran posición, ¿no es eso?
--Sí.
--¿Noble?
--No.
--¿Te ama?
--Lo sospecho.
--¿Y tú a él?
--Ni un comino.
--A eso se llama contestar categóricamente. Pero, ¡vamos! ¿no amas a
otro?
--Mi pecho no alberga otro amor que el de usted, tío--respondió la joven
suspirando.
--Antoñita, eso no basta. Dentro de un mes o dos yo voy a dejar de
existir, y si sólo me amas a mí no quedará nadie que te ame.
--¡Oh! tío de mi alma, espero que se habrá usted equivocado.
--No lo creas, hija mía; no me equivoco: mis fuerzas me abandonan de día
en día. Todas las mañanas cuando voy a despedirme de mi pobre
Magdalena, me da el brazo José, que tiene cinco años más que yo.
Afortunadamente--prosiguió volviéndose al cementerio,--esa ventana abre
por casualidad sobre su tumba, de suerte que a lo menos podré
contemplarla en el momento de morir.
En aquel momento dirigió los ojos hacia el lugar donde reposaba
Magdalena, y levantose de súbito, apoyando la mano sobre uno de los
brazos de su butaca con una fuerza insólita, exclamando con visible
emoción:
--¿Quién es aquel que está ante la tumba de Magdalena? Dime, ¿quién es?
Después sentose de nuevo, diciendo:
--¡Ah! no es un extraño: es él.
--¿Quién?--exclamó Antoñita precipitándose al exterior.
--¡Amaury!--respondió el doctor.
--¡Amaury!--repitió Antoñita, apoyándose en el muro, porque se sintió
desvanecer.
--Sí. A su vuelta, ha querido hacer a esa tumba su primera visita.
Y dicho esto volvió a quedar el doctor en su inamovilidad y silencio de
costumbre.
Antoñita quedó asimismo muda e inmóvil, mas por una causa totalmente
diversa. El doctor no sentía nada; ella, en cambio, sentía
excesivamente.
El que acababa de llegar era, efectivamente, Amaury, quien se había
hecho llevar en seguida al cementerio. Una vez allí se arrodilló sobre
la tumba, oró durante diez minutos y luego dirigiose hacia la la puerta
con ánimo de retirarse.
Antoñita experimentó un extraño desfallecimiento, pues comprendió que
iba a entrar en la estancia.
Efectivamente, unos segundos después, oyéronse los pasos de alguien que
subía la escalera, abriose la puerta y apareció Amaury.
A pesar de estar advertida, Antoñita no pudo reprimir un grito que
pareció despertar al doctor de su letargo y de su postración.
--¡Amaury!--exclamó Antoñita.
--¡Amaury!--dijo tranquilamente el doctor, cual si se hubiese separado
la víspera de su pupilo.
Tendiole la mano y Amaury se le acercó y se postró ante él de hinojos.
--Bendígame, padre mío,--dijo.
El doctor puso, sin decir palabra, las manos sobre su cabeza.
Amaury permaneció unos momentos en esta posición mientras sus ojos
vertían abundantes lágrimas. Antoñita hacía lo mismo; sólo el viejo
permanecía impertérrito.
Por fin, levantose el joven y acercándose a Antoñita le besó la mano.
Luego, los tres se contemplaron un instante en el mayor silencio.
El efecto que el doctor produjo a Amaury era de los más deplorables.
Después de ocho meses de ausencia le encontraba más cambiado que si
hubiesen transcurrido ocho años. Su pecho se había encorvado, su frente
estaba llena de arrugas, la voz le temblaba, y sus cabellos se habían
puesto blancos como la nieve.
No era ya más que una ruina.
Respecto a Antoñita, no parecía sino que el tiempo, al trazar cada día
una nueva arruga en el rostro del anciano, había añadido una gracia más
al bello semblante de la joven.
En efecto, Antoñita estaba más encantadora que nunca y nada había más
hechicero que la elegante y ondulosa línea de su talle. Las rosadas
ventanas de su graciosa nariz, aspiraban ávidamente la vida, y sus
negros y rasgados ojos, parecían tan capaces de expulsar la melancolía
como el gozo, tan fáciles para la ternura como para la tristeza. Su
cutis tenía la frescura y el aterciopelado del albérchigo; su boca el
carmín de la cereza; sus manos eran diminutas, blancas, mórbidas y
venosas; sus pies minúsculos.
Amaury la estaba contemplando y no acertaba a reconocerla. Era una hurí,
una musa, un hada, que aparecía de pronto ante sus ojos.
Consistía esto en que antaño, cuando Antoñita estaba cerca de Magdalena,
la miraba raras veces y sin ninguna atención.
Por su parte, Antoñita le encontraba muy cambiado, quizá mejorado. La
soledad no le había perjudicado, y el pesar, en vez de ajar su
semblante, había impreso en él un sello de gravedad que no le sentaba
mal. El hábito de pensar, que su turbulenta ociosidad no conocía, había
dotado su mirada de una expresión más profunda y ensanchado su frente.
Además las largas excursiones por las montañas, habían fortificado su
organismo, como las ideas y reflexiones lo habían hecho a su vez con su
energía moral y su voluntad. La palidez de su rostro le hacía más
espiritual, más serio y sencillo, más hombre, en una palabra.
Al través de sus entornados ojos, Antoñita le contemplaba y sentía
agitarse en su espíritu mil confusos pensamientos.
El doctor rompió el silencio.
--Te encuentro mejor, Amaury--dijo,--y tú también debes encontrarme
mejor a mi, ¿no es verdad?--añadió con intención.
--Efectivamente--respondió el joven:--es usted muy dichoso y le doy por
ello mi enhorabuena. ¡Qué le vamos a hacer! Es la voluntad de Dios
manifestada por la Naturaleza que no tiene el hábito de obedecerme como
a usted. Ahora--añadió con gravedad,--estoy resuelto a vivir mientras al
Señor le plazca.
--¡Oh! ¡Gracias, Dios mío!--dijo Antoñita con las lágrimas en los ojos.
--¡Vas a vivir!--repuso el doctor.--Está bien. Así te he conocido yo
siempre, sincero y animoso. Apruebo tu resolución. ¡Vive!
A decir verdad no ocultaré que casi me avergüenza el pensar que el dolor
del padre ha sido más intenso y más mortífero que el del novio, pero al
reflexionarlo con detención pienso que quizá no es cosa tan admirable,
el sucumbir de pena, como el vivir en la viudez solo, grave y resignado,
tratando con generosa, bondad a los demás hombres, tomando parte en sus
actos sin menospreciarles, y en sus ideas sin que ejerzan en el ánimo
influjo alguno.
--Esa, padre, es la vida, que quiero llevar, ése es el papel que en
efecto me está reservado para el porvenir--dijo Amaury.--¿No es verdad
que el que haya aguardado más, será el que más habrá apurado el cáliz de
amargura?
--Perdónenme--exclamó Antoñita, sintiéndose conmovida, por aquel
pugilato de estoicos.--Bien está que hablen así dos hombres, fuertes,
grandes y superiores, pero, tengan en cuenta que yo estoy aquí y no
puedo oír estas cosas sin gran pesar de mi alma. Atiendan a que están
ante una mujer débil y medrosa, que no entiende nada de estas cosas,
pero a quien trastorna el tono en que están pronunciadas.
Dejemos a Dios estas altas cuestiones de la vida y de la muerte, y
hablemos de su regreso, Amaury, de la alegría con que le vemos después
de haberle esperado tanto tiempo.
Y diciendo esto la encantadora joven estrechó candorosamente las manos
de Amaury. Luego estampó un beso en las pálidas mejillas del doctor,
logrando así que aquellos dos filósofos se atemperaran a su humor más
plácido y más sereno.
--¡Vamos!--exclamó el doctor,--ya que este día pertenece a mis hijos por
entero, hay que aprovecharlo bien. Muy pronto me veré en la
imposibilidad de repetir semejante oferta.
De este modo pudieron Amaury y Antoñita renovar sus antiguas
conversaciones. Enterose el doctor de los propósitos del joven, poniendo
freno con la exquisita benignidad del talento reflexivo a las
exageraciones e instransigencias de la mocedad, y acogiendo las
ilusiones y ensueños con la amable sonrisa de la duda a que le daba
derecho su experiencia. En fin, no podía menos de ver con singular
contento cuán nobles cualidades atesoraba aquel corazón de valor
inestimable, que no podía apreciar su propio poseedor.
Con acento de entusiasmo hablaba Amaury de su desilusión, con vehemencia
de sus extinguidas pasiones, diciendo que no quería vivir más para sí,
sino para los demás, pues no aceptaba la existencia ni podía
comprenderla sin una total consagración al amor del prójimo.
El doctor aprobaba, tácitamente todas estas utopías y movía la cabeza
con grave continente al oír tales ensueños. Su discreción ocultaba su
juicio, pero su penetración lo veía todo y lo apreciaba en su justo
valor.
Después de comer tocole el turno a Antoñita, que estaba entusiasmada de
ver a Amaury, tan noble, tan generoso y tan vehemente. Trató de su
suerte como había tratado antes Amaury de la suya. Por la noche cuando
volvieron a encontrarse solos, dijo el doctor las siguientes palabras:
--Amaury, el infortunio ha madurado completamente tu juicio. A ti te la
confío para cuando yo haya dejado de existir. Lejos del mundanal
bullicio podrás en adelante juzgar a los hombres con mayor serenidad,
aconséjala, guíala, sé su hermano, en una palabra.
--¡Su hermano, sí!--exclamó Amaury con efusión,--un hermano adicto en
cuerpo y alma, se lo juro. Acepto, querido tutor, con gratitud, estos
deberes paternales que me impone su tierna solicitud, y a pesar de mi
juventud, prometo no abandonarla hasta que tenga a su lado un marido
digno de ella, que la ame de corazón.
Al oír estas palabras bajó Antoñita los ojos con aire triste y
meditabundo, mientras el doctor decía con viveza.
--Cabalmente de eso estábamos hablando a tu llegada, Amaury. Sería para
mí la dicha más grande verla ante de abandonar este mundo, feliz y
amada en casa de un esposo amante y digno de ella. Vamos a
ver, Amaury, ¿no conoces a alguno que pudiese llenar este fin?
Amaury permaneció silencioso.
--¿Qué contestas a eso?--insistió el anciano.
--Que es ésta una cuestión muy grave y vale la pena de meditarla con
calma. Conozco a la mayoría de los jóvenes de la nobleza...
--Vamos a ver: nombra algunos.
El joven buscó los ojos de Antoñita para interrogarla, pero ésta apartó
rápidamente la mirada.
--Arturo de Lancy, por ejemplo--dijo Amaury al verse en la precisión de
contestar.
--No me disgusta--respondió el doctor;--es joven capaz y arrogante,
tiene buen apellido y además brillante posición.
--Es verdad: pero no me atrevería a recomendar este partido a Antoñita;
es un libertino de costumbres muy relajadas que cifra todo su orgullo en
la pretensión de pasar plaza de seductor como Novelace o don Juan
Tenorio. Eso podrá satisfacer a los alocados como él; pero, francamente,
sería una garantía muy débil para la futura felicidad de Antoñita.
Esta respiró, dirigiendo a Amaury una mirada de agradecimiento.
--No hablemos más de él--dijo el doctor.--Cítanos otro.
--Gastón de Sommervieux...
--Tampoco me desagrada, es tan noble y rico como franco, y tengo
entendido que es un joven modesto, serio y de buenas costumbres.
--Ciertamente, pero ya que le enumeraron a usted todas sus cualidades
podían haber añadido un defecto capital. En toda su afectación y
aparatosa dignidad no hay más que un brillo superficial, y puedo
garantizarle que es un necio completo y un personaje vulgar.
--¡Calla!--exclamó el doctor como evocando un remoto recuerdo.--¿No me
presentaste un día a un tal Leoncio de Guerignou?
--Sí--respondió Amaury, sonrojándose.
--Ese joven me parecía destinado a hacer brillante carrera. ¿No es
consejero de Estado?
--Es cierto; pero no es rico.
--Antoñita lo es por los dos.
--Además--prosiguió Amaury, no sin cierta acritud,--parece que su padre
no desempeñó un papel muy honroso en la Revolución.
--Su abuelo, querrás decir en todo caso; y además, aunque esas hablillas
tuviesen fundamento, hoy no se hace ya a los hijos responsables de las
faltas de los padres. Así es que puedes presentar ese joven a Antoñita
por medio del señor de Mengis y si le place...
--¡Ah! ¡qué olvidadizo soy!--exclamó Amaury, dándose una palmada en la
frente.--Está visto que unos meses de ausencia han bastado para hacerme
perder por completo la memoria. Olvidaba que Leoncio juró vivir y morir
en el celibato. Es un propósito monomaníaco y las más adorables y
aristocráticas beldades del barrio de San Germán se han estrellado en su
sistemática esquivez.
--¡Pues bien!--dijo el doctor.--¿Tendremos que acudir a Felipe de
Auvray?
--Ya le he dicho, tío mío...--interrumpió Antoñita.
--Deja hablar a Amaury, hija mía.
--Querido tutor--contestó Amaury con visible malhumor,--no me pregunte
nada que ataña a ese Felipe a quien no volveré a ver en mi vida.
Antoñita le ha recibido a pesar de mis consejos y puede recibirle
todavía, si le parece bien, pero yo no podré perdonarle su indigno modo
de olvidar.
--¿Olvidar a quién?--preguntó el anciano.
--A Magdalena, señor.
--¡Cómo! ¿Magdalena?--exclamaron a un tiempo el doctor y Antoñita.
--Sí. En dos palabras van a conocer a ese hombre: Amaba a Magdalena; él
mismo lo confesó y hasta me suplicó que la pidiese para él en
matrimonio, precisamente el mismo, día en que acababa usted de
concederme su mano. ¡Pues bien! hoy ama a Antoñita como había amado a
Magdalena y como había amado a otras diez. Juzgue, pues, de la confianza
que puede merecer un carácter tan voluble que borra en menos de un año
una pasión que él aseguraba ser eterna.
Antoñita bajó la cabeza ante esta profunda indignación de Amaury y
permaneció como aterrada.
--Eres muy severo, Amaury--dijo el doctor.
--¡Oh! sí muy severo--añadió tímidamente Antoñita.
--¿Le defiende usted, Antoñita?--exclamó vivamente Amaury.
--Defiendo a nuestra pobre naturaleza humana--contestó la joven.--No
todos los hombres, Amaury, tienen su alma inflexible y su inmutable
constancia. Debe usted ser más generoso compadeciendo las debilidades de
que no participa.
--Según eso--replicó Amaury,--Felipe encuentra indulgencia en su
corazón... Y es Antoñita...
--Quien tiene razón--dijo el doctor terminando la frase.--- Condenas con
demasiado rigor, Amaury.
--Pero me parece...--replicó éste con vehemencia.
--Sí--interrumpió el anciano,--tu apasionada edad no es clemente, lo sé,
y no quiere transigir con las debilidades del corazón humano. Yo en mi
vejez, he aprendido a ser indulgente y ya experimentarás quizá algún día
a tu costa que las más indomables voluntades se doblegan con el tiempo y
que en el juego terrible de las pasiones el más fuerte no puede
responder de sí mismo; el más orgulloso no puede decir: «Yo seré el
mismo mañana.»
No juzguemos, pues, severamente a nadie, a fin de no serlo a nuestra
vez; el destino es el que nos conduce y no nuestra voluntad.
--¿De ese modo--exclamó Amaury,--me supone capaz de olvidar algún día a
Magdalena?
Antoñita palideció.
--Nada supongo, Amaury--dijo el anciano meneando la cabeza;--- he
vivido, he visto y sé. Sea de esto lo que quiera, puesto que has
aceptado el papel de padre joven de Antoñita, procura, amigo mío, ser
ante todo misericordioso y bueno.
--Y no me reprenda--añadió Antoñita con ligero acento de amargura,--el
haber confesado un instante que después de haber amado a Magdalena podía
amarse a otra. No me reprenda: estoy arrepentida.
--¡Ah! ¿Quién puede reprenderla, Antoñita, ángel de dulzura?--dijo
Amaury, que no había reparado en el amargo sentimiento que habían
inspirado sus palabras en la joven.
En aquel momento José, fiel a la consigna dada, vino a anunciar que ya
era la hora de partir y que estaba listo el coche que debía conducir a
Antoñita.
--¿Acompaño a Antoñita?--preguntó Amaury al doctor.
--No, amigo mío--replicó el doctor.--A pesar de tus funciones
paternales, eres muy joven todavía, y es preciso conservar ante el mundo
el más estricto decoro.
--Pero le advierto--dijo Amaury.--que ya he despachado el carruaje en
que he venido.
--No tengas cuidado: queda otro coche a tus órdenes. Aun hay más: como
no puedes continuar viviendo en la calle de Angulema y como sin duda
quieres visitar a Antoñita en París, te suplico que no le hagas visita
alguna sin ir acompañado de alguno de mis más íntimos amigos. Mengis,
por ejemplo, va a verla tres veces por semana y a horas fijas. El puede
acompañarte y lo hará con mucho gusto, como lo ha hecho siempre con
Felipe.
--De ese modo, ¿se me considera como una persona extraña?
--No, Amaury; eres mi hijo, a mis ojos y a los de Antonia; pero a los
del mundo, eres un joven de veinticinco años y nada más.
--No dejará de ser divertido, encontrarme sin cesar a ese Felipe que no
puedo sufrir y que pensaba no volver a ver jamás.
--- ¡Oh! déjele venir--exclamó Antoñita,--aunque no sea más que para
hacerse cargo del recibimiento que le hago y convencerse de que es muy
difícil el tratar de desanimarle cuando persiste en sus visitas.
--¿De veras?--dijo Amaury.
--Juzgará usted mismo.
--¿Cuándo?
--Desde mañana, el conde de Mengis y su esposa quieren consagrar a su
pobre reclusa las tertulias de los martes, jueves y sábados. Venga
mañana que es sábado.
--Mañana...--murmuró Amaury vacilando.
--¡Oh! venga, venga, se lo suplico--insistió Antoñita.--Hace tanto
tiempo que no nos vemos que debemos tener muchas cosas que decirnos.
--Ve, Amaury, ve--dijo el anciano.
--Pues bien, hasta mañana, Antoñita--dijo el joven.
--Hasta mañana, hermano mío--respondió Antoñita.
--Y yo, hijos míos, hasta dentro de un mes--dijo el doctor, que había
escuchado su discusión con melancólica sonrisa;--y si durante este mes
soy necesario por cualquier motivo, tendré abierta mi casa para ambos.
Y apoyado en el brazo de José, los acompañó hasta sus coches
respectivos.
Cuando se disponían a partir, les dio un abrazo, y les dijo:
--Adiós, amigos míos.
--Adiós, nuestro buen padre--contestaron los jóvenes.
--¡Amaury--exclamó Antoñita, en tanto que José cerraba la
portezuela,--acuérdese de los martes, jueves y sábados!
Y dirigiéndose al cochero, le dijo:
--Calle de Angulema.
--Calle de Maturinos--dijo Amaury al suyo.
--Y yo--murmuró el doctor, después de haberlos visto alejarse,--y yo al
sepulcro de mi hija.
--Y apoyado en el brazo de su fiel criado, el anciano tomó el camino del
cementerio para ir, como todos los días, a dar las buenas noches a
Magdalena.
Capítulo 44
Al siguiente día se presentó Amaury en casa del conde de Mengis, el cual
no era un extraño para él, por haberle visto más de veinte veces en casa
del doctor Avrigny. Verdad es que sus relaciones habían sido frías y
puramente corteses; hay cierto imán que atrae a la juventud hacia la
juventud, mientras que por el contrario hay cierta repulsión que aleja
al joven del viejo.
Una carta de Antoñita precedió a Amaury en casa del conde, pues la joven
había querido advertir a su anciano amigo de las intenciones del doctor
Avrigny, en cuanto al papel de protector que había dado, o más bien
dejado tomar a su pupilo, y prevenir de este modo preguntas, dudas o
admiraciones que hubieran podido embarazar u ofender a Amaury.
--Me alegro mucho--le dijo el conde,--- de que mi pobre y querido doctor
me haya dado por compañero en la tutela oficiosa de Antoñita un segundo
que merced a su juventud, sabrá leer mejor que yo en un corazón de
veinte años y que, por el privilegio que goza de ver a Avrigny, podrá
instruirse sobre los planes de mi amigo.
--¡Ay, caballero!--respondió Amaury con triste sonrisa.--Mi juventud ha
envejecido mucho desde que no tengo el honor de verle y he echado de
menos tantas cosa en mi propio corazón durante los seis meses que acaban
de transcurrir, que no sé en verdad si será bastante hábil para sondear
el corazón de los demás.
--Sí, ya sé--respondió el conde,--la desgracia que le ha sobrevenido y
comprendo cuán terrible ha sido para usted ese golpe. Su amor a
Magdalena era uno de esos amores fuertes que ocupan todo el lugar en la
vida; pero cuanto más amase a Magdalena más imperioso es el deber que
tiene de velar sobre su prima, sobre su hermana, porque así era, si mal
no recuerdo, como Magdalena llamaba a nuestra querida Antoñita.
--Sí, señor; Magdalena amaba santamente a nuestra pupila, aunque durante
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