alma se consuma en tan triste soledad. Un espíritu débil que se asusta y
que llora merece alguna condescendencia.
»A veces llego a envidiar la suerte de Magdalena. Ella dejó este mundo
siendo amada y ahora es feliz allá arriba, mientras que yo vivo
enterrada en la soledad y el olvido, más odiosos que la tumba...
»Antonia de Valgenceuse.»
Capítulo 41
AMAURY A ANTONIA
«Colonia, 10 de diciembre.
»Se queja usted, Antoñita, de que le hablo poco de mí. Ahora mismo voy a
castigarla escribiéndole una carta egoísta hasta la exageración.
Comenzaré por dedicarme dos o tres páginas, y así tendré el derecho de
consagrarle luego algunas líneas. ¿Quedará usted con ello satisfecha?
»Ya estoy en Colonia, o mejor dicho frente a Colonia: en Deutz.
»Desde mi balcón de la fonda de Bellevue veo el Rhin y la ciudad.
Esta, al ponerse el sol, ofrece un aspecto por demás fantástico. El
astro del día se oculta detrás de ella y enciende el fondo del cuadro
haciendo destacarse las casas y las agujas de las iglesias entre
maravillosos efectos de claroscuro. El río corre, y sus aguas
presentando variados reflejos, ya rojos, ya oscuros, siniestros casi
siempre, completan la sorprendente belleza de la espléndida puesta de
sol.
»Yo me extasío ante ese cuadro que la catedral domina con sus dos
ciclópeas torres.
»Cuando los arquitectos inspirados por la fe y pagados por la vanidad
humana hayan terminado su obra, ya el sol no podrá hacer brillar la
majestad de Dios al través del edificio transformando en horno
resplandeciente el abismo que forman los dos sublimes fragmentos de esa
magna obra del hombre.
»Contemplo el cuadro con el interés de un artista.
»Lo confieso: me gusta esta ciudad que a un tiempo es antigua y es
moderna, que es venerable y coqueta, que piensa y ejecuta. ¡Ah! ¿Por qué
Magdalena no ha de estar aquí conmigo para contemplar juntos esa puesta
de sol incomparable?...
»Mi banquero me ha obligado a aceptar un vale que me da entrada en el
Casino. No asisto, por supuesto, a las veladas que allí se celebran;
pero durante el día me paso largos ratos hojeando los periódicos en el
salón de lectura.
»He de confesarle a usted, Antoñita, que al principio me causaban
indecible repugnancia aquellas doce columnas que haciéndose eco de
cuanto ocurre en el mundo no me decían ni una palabra de lo que a mí me
interesaba. Esa sociedad parisiense que ríe y se divierte sin cesar, y
todo ese equilibrio europeo incapaz de alterarse por el más hondo dolor
individual, me ponían colérico. Pero al fin hube de pensar:
»--¿Qué puede importarle a ese mundo indiferente la muerte de mi pobre
Magdalena? Todo se reduce a que haya en la tierra una mujer menos y en
el Cielo un ángel más...
»¡Cuán egoísta soy! ¡Empeñarme en verme acompañado en mi tristeza,
siendo así que no comparto la tristeza ajena!
»Por fin he llegado a recorrer con mi vista las columnas de esos
periódicos que me causaban enojo y hoy los leo con cierta curiosidad...
»¿Sabe usted que casi hace ya tres meses que falto de París? ¡Con qué
rapidez transcurre el tiempo lo mismo para el dolor que para el
gozo!... ¡Ah! A veces esta idea pone espanto en mi ánimo. Aún me parece
ver a Magdalena, postrada en su lecho de agonía, dándome una mano a mí y
otra a su padre, mientras que usted trataba en vano de dar calor a sus
pies, invadidos ya por el frío de la muerte...
»Existe, Antoñita, una gran verdad que sólo sabemos apreciar cuando
estamos en el extranjero, y es que la única vida que tiene realidad es
la vida de París. En los demás países del mundo se vegeta con más o
menos actividad, pero se vegeta al fin. Únicamente en París se agita el
espíritu y progresan las ideas.
»A pesar de reconocerlo así, Antoñita, yo sería capaz de permanecer aquí
mucho tiempo si a mi lado hubiese una persona con quien hablar de ella,
si compartiese usted conmigo la contemplación de estos cuadros
magníficos que a mi vista se ofrecen de continuo.
»¡Ah! ¡Si yo pudiese estrechar una mano cariñosa en esas horas de mudo
arrobamiento que paso de pie ante mi balcón!... ¡si me fuese dable el
ver reflejadas en una tierna mirada todas mis impresiones!... ¡si
hubiese un alma a quien poder confiar mis pensamientos!...
»Pero ¡ay!... mi destino no lo quiere. ¡Estoy condenado a vivir y morir
solo!...
»Me pregunta usted, Antonia, qué me pasa... ¿Qué quiere que yo le diga?
¿Debo entristecer con mis penas un corazón que con toda sinceridad se
rebela abiertamente contra la soledad que le hiela y manifiesta deseos
de compartir la vida de otro corazón que sienta lo que siente él?
»¡Quiera Dios que se cumpla su deseo! ¡Ojalá encuentre usted esa alma
que la suya está buscando y al disfrutar todas las dichas del amor no
llegue a conocer sus tempestades! Porque, ¿qué sería de usted, Antoñita,
si se viese arrollada por la ola del infortunio, cuando yo, que soy
hombre, he sucumbido a su empuje irresistible?
»¡Ah! Usted, Antoñita, no conoce aún el amor. El amor es fuente de goces
y de dolores, es embriaguez y fiebre, es elixir de vida y es ponzoña a
un mismo tiempo. Al embriagar mata. Cuando amamos, nuestro corazón deja
de latir en nuestro pecho para latir en el de otro... Renunciamos a
nosotros mismos para confundir nuestra existencia con otra formando
entre las dos una sola... Gozamos anticipadamente en la tierra de las
dichas celestiales...
»Pero cuando la muerte arrebata una de las dos mitades de nuestra alma
trocando nuestro dulce paraíso en un infierno de desesperación y de
dolor, entonces todo ha concluido. A aquel que sobrevive sólo le resta
una esperanza: la muerte, que al fin y al cabo reúne en su día a los
seres que ella misma ha separado.
»Usted, Antoñita, rebosante de vida y juventud, dotada de gracia y de
hermosura, tiene derecho a disfrutar la dicha que de seguro le reserva
el porvenir. No se deje, pues, dominar por el dolor que a su tío y a mí
nos arrastra hacia el sepulcro... El sentimiento de haber perdido a una
hermana no debe abrir en su alma un abismo tan profundo como lo abre la
pérdida de una novia, o de una hija.
»¡Y sin embargo, pudiendo reemplazar con creces su afecto, está usted
tan triste!... ¡Pobre Antoñita! Comprendo lo que le pasa, conozco bien
su mal. La devora el amor; su espíritu, queriendo desplegar la
actividad que hasta hoy se mantuvo en él latente, se revuelve y se agita
anheloso de tomar parte en las grandiosas luchas pasionales. Tiene usted
ansia de vida porque ésta es para su ingenua inocencia un libro del que
apenas ha alcanzado a vislumbrar el prólogo, y que en sus páginas
encierra un misterio que lo atrae... En descifrarlo quiere usted
ejercitar las portentosas facultades con que Dios la dotó... Nada hay
más justo, Antoñita: es muy legítimo y natural su deseo.
»No se sonroje por ello, hermana mía; no se avergüence de su destino y
de su naturaleza. Frecuente usted la sociedad y procure buscar en su
seno un corazón que sea digno del suyo. Yo, desde el umbral de la tumba
de Magdalena la seguiré con fraternal mirada haciendo votos por su
felicidad.
»Pero, ¿encontrará usted, Antoñita, ese corazón que pueda hacerla
dichosa?... ¡Ay! Como el suyo hay pocos, por desgracia, y una decepción
en esa materia, sería cosa terrible... Se aventura en ese albur la
existencia entera, y el peligro de errar aumenta con la amplitud del
campo en que se puede elegir... Hay que fiar la suerte de toda la vida
al capricho del azar, hay que seguir los impulsos de un instinto que
puede ser falaz, y eso es muy triste, Antoñita...
»Sea usted muy circunspecta; proceda con mucho tiento, y no olvide que
va en ello su felicidad... ¡Ah! Si yo estuviera en París la guiaría como
un hermano cariñoso, y a fe que habría de ser bien descontentadizo y que
sería preciso que el candidato a su mano reuniese en su persona prendas
no muy comunes para que yo le apoyase...
»A usted, Antoñita, nada le falta. Posee gracia, hermosura, fortuna,
nobleza; atesora todos los encantos de la Naturaleza avalorados por su
primorosa educación moral. Y no sería cosa de entregar una joya tan
preciada a un hombre incapaz de comprender su valor.
»Aunque sea a través de la distancia, tómeme por confidente, Antoñita.
Yo procuraré hacerme cargo de las cosas y prevenir los acontecimientos,
pues desde lejos, lo mismo que desde cerca, soy de usted en cuerpo y
alma.
»Amaury.»
»P. S. Tenga mucho cuidado con Felipe. Le conozco bien y sé que es muy
capaz de enamorarse de usted.
»Es un ente ridículo; pero su propia ridiculez puede comprometerla. Yo
le comparo a una máquina que tarda en calentarse, pero que, cuando al
fin hierve, es siempre de temer una explosión.
»Con toda sinceridad le confieso que no quisiera ver esa prosa mezclada
a la poesía, sobrado delicada para no empañarse a su contacto.»
DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY
«Dios me ha escuchado al fin. ¡Gracias, Dios mío! Noto ya en mi ser un
germen de destrucción que dentro de pocos meses me conducirá
indefectiblemente al sepulcro.
»Creo que no ofendo a Dios dejándome aniquilar por la enfermedad que El
me envía; no hago más que acatar sus designios.
¡Señor! ¡Señor! ¡Cúmplase Tu voluntad, así en la tierra como en el
Cielo!
»¡Magdalena, hija mía, aguárdame!»
Capítulo 42
ANTONIA A AMAURY
«6 de enero.
»¡Qué bien siente usted el amor, Amaury y cómo sabe expresarlo! Siempre
que leo su carta (y lo he hecho ya muchas veces) pienso en lo feliz que
era la mujer que logró inspirarle esa pasión y me causa honda tristeza
el considerar que toda su ternura y toda su abnegación carecen ya de
objetivo en este mundo.
»Me aconseja usted que frecuente la sociedad y busque en ella un afecto
capaz de llenar mi corazón... ¿Para qué? ¿Quién habría, entre todos
cuantos me dirigiesen palabras de amor, que pudiera ser para mí un amigo
como usted lo ha sido para Magdalena y sigue siéndolo, aun separado de
ella por la tumba? ¡Ay! No hay que hacerse ilusiones: esas almas
caballerescas constituyen en nuestra época raros casos de atavismo. Sólo
veo en torno mío hombres dominados por bajas pasiones, indiferentes a
todo lo que no sea dar satisfacción a su egoísmo e incapaces de sentir y
comprender el amor en toda su grandeza.
»Así, he decidido, hermano mío, que todos mis bienes vayan a los pobres
cuando mi alma abandone su envoltura carnal. Por eso, Amaury, soy tan
chancera y jovial; riendo, me eximo de pensar y tomo a chacota lo que de
otro modo me pondría triste y de mal humor.
»Pero dejemos a un lado ideas tan poco alegres y hablemos de Felipe
Auvray.
»Esto sí que es ya otra cosa. Acertó usted, Amaury, al decir que era
capaz de amarme: Felipe me ama. Aún no me ha declarado su amor y doy
gracias por ello a la prudencia de su carácter, que no le deja llegar a
tamaño atrevimiento; pero eso salta a la vista y estaría yo ciega si no
lo hubiera advertido.
»Le cree usted capaz de comprometerme, pero nada hay más lejos de la
verdad. La triste figura que el pobre mozo hace siempre en mi presencia
basta para dar a comprender a cualquiera que si tiene trazas de
comprometer a alguien, es solamente a sí mismo. Estoy segura de que
lucha con su pasión de un modo desesperado.
»No me es molesto, aunque él lo está muchas veces, y hay momentos en que
me mueve a lástima.
»¡Pobre muchacho! Le aseguro a usted, Amaury, que no es nada peligroso,
y le prometo que han de pasar más de seis meses antes que el apocado
Felipe se atreva a hacerme la menor insinuación amorosa.
»No he creído necesario hablarle, a mi tío de asunto tan baladí. No es
cosa de molestarle con tan poco fundamento; el pobre está cada día más
abatido y es muy de temer que no tarde mucho en reunirse con su hija. En
eso cifra él toda su dicha, que a mí me arrancará muchas lágrimas el día
en que él la alcance.
»Es indudable que está herido mortalmente, no sé si a causa de la pena o
de alguna dolencia originada por la concentración de su dolor.
»Acerca de esto consulté un día al doctor Gastón, aquel médico joven a
quien usted concede gran talento, y él me dijo que todo trastorno moral
en que se complazca el enfermo tiene grave transcendencia, sobre todo a
una edad ya avanzada. Me preguntó si podría conversar siquiera cinco
minutos con mi tío, asegurándome que con ello tendría suficiente para
examinar al doctor Avrigny y ver por los síntomas que le ofrezca si
además de la pena que le consume padece en efecto una verdadera
enfermedad física.
»Yo le prometí hacer cuanto estuviera en mi mano para que celebrase esa
entrevista, pero aun no lo he logrado hasta la fecha. He dicho a mi tío
que el doctor Gastón a quien él ha hecho nombrar médico de palacio y que
es uno de sus discípulos más queridos tenía que consultarle acerca del
tratamiento que debía adoptar para con un cliente suyo; pero él, lejos
de caer en la red me contestó:
»--Ya sé de quién se trata y no veo la necesidad de tal consulta. Dile,
hija mía, que es inútil todo remedio, pues la enfermedad de ese cliente
es mortal.
»Y al ver que yo no podía contener mis lágrimas, agregó:
»--No llores, Antoñita, no te intereses por esa persona. Aún le restan
algunos meses de vida y entretanto estará Amaury de vuelta.
»¡Dios mío! ¡Me asusto al pensar en que mi tío pueda morir estando usted
tan lejos y yo aquí sola, absolutamente sola!
»Echaba usted de menos una compañera con quien compartir el arrobamiento
que le produce la contemplación de los magníficos espectáculos que la
Naturaleza le ofrece a cada instante... ¿No me es a mí más necesario un
amigo que confunda sus lágrimas con las mías? Yo tengo, sí, ese amigo;
pero me separan de él la distancia y sus propios pesares, que lo alejan
de mí más que la distancia...
»¿Por qué está usted tan lejos y tan solo, Amaury, amigo mío? ¿Por qué
se condena voluntariamente a una soledad tan triste? ¿Qué ventajas le
reporta el permanecer extraño a cuanto hay en torno suyo? Si usted
regresase sufriríamos siquiera los dos juntos...
»¡Oh! ¡Vuelva, vuelva, usted, Amaury!... Se lo ruega su hermana,
»Antonia.»
ANTONIA A AMAURY
«2 de marzo.
«Habiéndome dicho el señor conde de Mengis que un sobrino suyo al pasar
por Heidelberg se enteró de que usted estaba en esa ciudad le escribo
esta carta confiando en que será más afortunada que las anteriores cuya
contestación aguardo todavía.
»¿Qué es lo que le pasa, Amaury? Hace cerca de dos meses que nada sé de
usted. Le he escrito en ese tiempo tres cartas y en todas le manifestaba
mi creciente angustia. ¿Las ha recibido usted? ¡Oh! Si hubiesen llegado
a sus manos, estoy segura de que no habría permanecido tan callado
sabiendo cuánta pesadumbre me causa su silencio.
»Al saber ahora que aún vive y a dónde debo dirigirle mis cartas escribo
por cuarta vez. Si ésta no obtiene respuesta inferiré que soy importuna
y no volveré a molestarle de nuevo.
»¡Ay! ¡Cuán desgraciada soy, Amaury! Tres personas había que me amaban,
y de ellas, una ha muerto, otra está al borde del sepulcro y la tercera
me olvida...
»¿Es posible que quien posee un corazón tan noble y tan generoso tenga
tan poca compasión de los que sufren?
»Si usted demora su vuelta y mi tío muere antes de que ésta se
verifique, yo ingresaré en un convento.
»Si no contesta a esta carta ya no volveré a escribir. ¡Amaury, tenga
usted compasión de su hermana!
»Antonia.«
AMAURY A ANTONIA
«10 de marzo.
»No he recibido esas cartas de que usted me habla, Antoñita, o por mejor
decir, no he querido recibirlas.
»La penúltima de ellas me causó una impresión tan terrible que salí de
Colonia sin itinerario fijo, impulsado solamente por la idea de huir del
mundo entero, hasta de usted misma...
»¿Conque, el doctor Avrigny está en camino de desligarse de la mísera
existencia antes que yo? ¡Siempre ese hombre me ha de aventajar en
todo! ¡Magdalena nos aguardaba a los dos y el que pretendía amarla con
más vehemencia será el último en reunirse con ella!
»¿Por qué su tío, Antoñita, no permitió que me quitase la vida? ¿Por qué
detuvo mi brazo con aquel falaz argumento:? «¿A qué matarnos, si la
muerte ha de venir por si sola?»
»En parte no le faltaba razón, puesto que él se está muriendo; pero o
nuestras naturalezas son distintas o él tiene la edad en su favor. Lo
cierto es que yo no puedo morir. ¡Oh, Antonia! Usted con su carta ha
hecho brillar esta terrible luz en mi espíritu. Poco a poco y sin darme
cuenta de ello he ido cediendo a las imperiosas exigencias de la
naturaleza y de la vida que de consuno reclamaban sus derechos.
»De día en día ha ido siendo más frecuente mi contacto con la sociedad
que me rodea, hasta que en una ocasión eché de ver que sólo me
distinguía de los demás hombres con quienes estaba reunido la gasa que
ostentaba en el sombrero. Al volver a casa encontré la carta en que
usted me pinta al padre de Magdalena próximo a reunirse con su hija,
mientras yo cada vez llevo más alta la frente y me intereso más por las
cosas terrenales.
»¿Serán acaso distintos el amor de padre y el de amante? ¿Será el uno un
amor del cual se muere y el otro un amor que no nos mata?
»He huido de Colonia porque allí había adquirido algunas relaciones y
sin quererlo yo mismo comenzaba a distraerme. He roto con todo y he
venido a refugiarme en Heidelberg, para escrutar aquí mi espíritu y
juzgar en la soledad y el silencio la metamorfosis que en mí se ha
efectuado durante estos seis meses. ¿Se habrán agotado mis lágrimas a
fuerza de llorar y se habrá cerrado mi herida por no tener ya sangre que
verter? ¿Sería posible que yo llegase a curar? ¡Oh! ¡Mísera humanidad!
¿Tan flacos somos que nada, ni siquiera el dolor, perdura en nosotros?
»No lo sé. Sólo tengo por cierto que yo no puedo morir entregándome a mi
pena.
»Queriendo sustraerme al bullicio de las poblaciones, me interno a veces
en las montañas y en el hermoso valle de Necker, en donde la naturaleza
inerte y majestuosa me brinda una paz y una tranquilidad que la
naturaleza viva y alegre de la ciudad no puede ofrecerme; pero también
allí veo en los brotes de las plantas los preludios de la primavera,
también allí se manifiesta la vida con todas sus energías en el
renacimiento universal que me rodea. Al buscar la muerte, encuentro por
doquier el esplendor de la vida, que se me muestra pujante y vigorosa.
¡Oh, sarcasmo cruel! ¡Cuántas veces me echo en cara mi ruin cobardía y
cuan odiosa se me hace esa necia sociedad a la cual me creí superior en
un instante de insensato orgullo!
»Hasta siento a veces tentaciones de ir a hacerme matar en áfrica, ante
el temor de que me falte la fuerza de ánimo suficiente para darme la
muerte por mí mismo.
»No sé si tengo cabal el juicio. Perdone usted, Antonieta, estas
incoherencias y con ellas mi silencio y el mal efecto que haya podido
causarle. Tenga usted en cuenta mis sufrimientos.
»¿Recuerda usted el consejo que da Hamlet a Ofelia? Pues así como él le
dice: Ingresa en un convento», yo también siento deseos de decirle a
»usted: «Get thee to a nunnery.»
»Sí, Antoñita. Enciérrate en un convento, porque en el mundo no hay
juramentos eternos, ni dolores profundos ni amor duradero: todo aquí es
falso y fugaz. Tropezarás con un hombre que parecerá que te ama, que así
te lo jurará de buena fe, quizá, que querrá morir contigo si tu mueres,
pero que lejos de ir a buscarte a la tumba, volverá a los pocos meses a
verse pletórico de vida y de salud. Get thee to a nunnery.
»Deseo ver al padre de Magdalena antes que vaya a reunirse con su hija,
para caer de hinojos a sus pies y pedirle perdón. Iré, pues, a París; no
sé cuándo, pero será antes del mes de mayo, yo se lo aseguro a usted.
»Se acerca ya el buen tiempo; iniciarase la era de los viajes, y a las
orillas del Rhin, vendrá a reunirse una sociedad de la que yo quiero
huir a toda costa. El mejor medio para evitar su encuentro, es
refugiarme en ese París que todo el mundo abandona en el verano.
»Además, allí me lleva el deseo de verla a usted, a quien debo una
expiación por mis culpas. Sus cartas, esas cartas que me han seguido y a
las que no he contestado, han conmovido mi ser. Al leerlas paréceme
tener delante a una hermana cariñosa, encantadora en su tristeza,
risueña y llorosa a un tiempo, pidiéndome estrecha cuenta por el
abandono de que en medio de mi dolor egoísta la hacía objeto,
olvidándome del suyo.
»Sí, Antoñita; quiero que usted me perdone, y para ello debo confiarle
mi suerte, someterme a sus generosas inspiraciones, y poner en sus manos
este pobre corazón abatido por el infortunio, lacerado por la pena.
»Amaury.»
DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY
«El doctor Gastón ha venido a visitarme pretextando querer celebrar
conmigo una junta; pero en realidad, con el solo propósito de verme. Ya
me explico su deseo: Antoñita le ha dicho que estoy enfermo y él ha
querido examinarme.
»Pero yo, sospechando la verdad, me he negado a recibirle. Quiero
guardar para mí solo, substrayéndolo a toda mirada extraña, el tesoro
que Dios se digna enviarme.
»Mucho tiempo he pasado en la incertidumbre; pero hoy ya los síntomas no
ofrecen la menor duda: estoy atacado de una cerebritis, de una de esas
raras dolencias que siguen casi siempre a un dolor moral intenso.
»Se me presenta magnífica ocasión de hacer en mi propio cuerpo estudios
que habrán de ser sumamente curiosos para la ciencia, pues nada hay más
interesante para el médico que seguir las fases que una enfermedad
recorre libremente al través de un organismo humano sin tropezar con
trabas que traten de detener sus progresos.
»Atravieso el primer período. En ocasiones noto que momentáneamente he
perdido la memoria, y a este fenómeno suceden extrañas exaltaciones,
dolores de cabeza, tan agudos como pasajeros, y contracciones parciales,
que con frecuencia, y cuando menos lo espero, me hacen caer en mi
asiento o privan de movimiento a mis brazos cuando los alargo en busca
de algún objeto.
»De aquí a dos o tres meses todo habrá terminado y no sufriré ya.
»¡Dos o tres meses! ¡Qué largo es ese plazo!
»Mas, ¡cuán ingrato soy! ¡Perdóname, Dios mío!
Capítulo 43
El 1.º de mayo hacia las once de la mañana como tenía de costumbre,
llegó Antoñita a Ville d'Avray, encontrando al doctor Avrigny inclinado
un grado más, hacia la sepultura.
Desde algún tiempo acá notaba en aquella inteligencia, antes vigorosa,
extrañas distracciones y algo así como un principio de insania.
El espíritu se perturba como la vista a fuerza de mirar siempre hacia un
mismo objeto y así la única idea que irradiaba en las tinieblas de
aquella triste existencia, la arrastraba como un fuego fatuo hacia los
abismos de la locura a fuerza de contemplar la muerte.
No obstante, el 1.º de mayo, haciendo un supremo esfuerzo, y como
estimulado por la rapidez del tiempo, quiso informarse con mayor
solicitud aún que en las anteriores visitas de la vida presente y de los
proyectos que su sobrina había trazado para el porvenir.
Antonia procuraba evadir la conversación siempre enojosa; pero el doctor
insistió diciendo con alegre y serena sonrisa:
--Oye, Antoñita, no trates de engañarme, hazte cargo de la realidad.
Presiento ya mi fin, y mi alma que, en efecto, está más impaciente que
el cuerpo, empieza por abandonar a intervalos este mundo para volar al
otro en ensueños y divagaciones. Este es mi estado y podrás creerme que
me congratulo de ello, porque el hecho de que un cerebro se rebele
contra mi voluntad es un síntoma de lúcido y antes de que me abandone
del todo, quiero pensar en ti, querida hija de mi hermana, para que tu
madre me reciba allá arriba con satisfacción. Primeramente: ¿A quién
sueles recibir en tu casa, Antoñita?
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