»La señora Braun, que acababa de echarnos la vista encima, venía
corriendo hacia nosotros.
»--¡Hola, traviesos! ¡Ya es hora que nos veamos!--gritó,--¡Ay, Dios mío!
¡Qué mal rato he pasado!... ¡El señor de Avrigny, que acaba de llegar,
preguntando por sus hijos, mientras los caballeretes andan perdidos por
ahí de ceca en meca! Por fortuna todo ha pasado ya, y no hay necesidad
de decir ni una palabra. Si él se enterase de esta escapatoria se
enfadaría conmigo y me echaría una reprensión que no merezco, puesto que
no tengo la menor culpa de nada.
»--¡Qué suerte!--exclamé.
»--¿Y esa infeliz que ha venido con nosotros?--preguntó Magdalena.
»--¿Qué?
»--Que se le debe dar la recompensa que le hemos ofrecido, y para ello
no hay más remedio que confesar que nos habíamos perdido y que ella nos
ha guiado hasta nuestra casa.
»--Sí, pero nos va a reñir--dije yo.
»--Pero tanto ella como su hijo están hambrientos--replicó
Magdalena.--¿No vale más que nos riñan y que esos pobres coman? ¿No lo
crees tú así también?
»¡Oh, Magdalena! ¡amada mía! ¡Qué bien retratan su alma esas palabras!
»El doctor, en lugar de reprendernos, nos colmó de besos. Aquella pobre
viuda, después de obtener informes de ella, quedó colocada en la granja
de Maursan, en donde hoy hay tres corazones más que ruegan a Dios por el
alma de nuestra querida Magdalena.
»¡Y pensar que no han transcurrido más que diez años desde que tuvo
lugar esta aventura!
»Esto es todo lo que acierto a escribirle hoy, Antoñita, y cuenta que
tengo enfrente la inmensidad del mar...
»¡Ay! También es inmenso mi dolor que se recrea en estos recuerdos de la
niñez del mismo modo que el Océano infinito se recrea en juguetear con
esos pequeños seres que pululan a millares, entre las rocas que azota
con sus olas encrespadas...
»Nessum maggior dolore
che ricordarsi del tempo felice
nella miseria!...
»Amaury.»
DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY
«¡Qué cosa más rara! Antes de ser padre negaba yo que existiera otra
vida.
»A partir del día en que nació Magdalena esperé. Desde el día en que
ella murió creí.
»¡Gracias, Dios mío, por haberme dado la fe allí donde pude no haber
hallado otra cosa que la desesperación!»
ANTONIA A AMAURY
«3 de octubre.
»Nada tengo, Amaury, que decirle a usted de mí. Solamente le hablaré de
mi tío, de Magdalena y de usted.
»Anteayer, 1.º de octubre, vi a mi tío, cumpliendo con el acuerdo que,
como usted recordará, tomamos, de vernos el día 1.º de cada mes.
»Pero con frecuencia me da noticias suyas el anciano José que viene a
París enviado por él para llevarle las mías.
»En nuestra entrevista hablamos poco. Mi tío parecía distraído, y yo,
temiendo contrariarle, me contentaba con mirarle de vez en cuando a
hurtadillas.
»Está muy cambiado, aunque para las personas indiferentes tal vez
pasaría inadvertido este cambio. Pero a mí no se me oculta: yo veo más
arrugas en su frente, menos brillo en su mirada y más preocupación en
toda su actitud. Aunque parece increíble, se ha desmejorado aun más de
lo que estaba cuando murió Magdalena, después de abatir su cuerpo y su
espíritu los dos meses mortales que duró la enfermedad.
»Cuando me vio, me dio un abrazo, y preguntóme si tenía algo que
contarle de mi nueva vida. Yo le respondía que nada, que únicamente
había recibido dos cartas de usted; y al querer entregarle la segunda,
diciéndole que en toda ella encontraría recuerdos de Magdalena, se negó
a tomarla a pesar de mi insistencia, y me dijo:
»--Ya sé yo lo que dice. Amaury vive como yo en el pasado; pero como le
llevo treinta y cinco años de delantera es indudable que llegaré yo
primero.
»Después de esto sólo me dirigió la palabra para hablarme de asuntos
generales. ¡Santo Dios! Me da miedo su abstracción; me espanta el ver su
indiferencia hacia las cosas relacionadas hasta con su propia vida.
»Cuando acabó la comida durante la cual casi no hablamos, le abracé
llorosa y él me acompañó hasta el coche que a la señora Braun y a mí nos
volvió a nuestra casa de París.
»Tal fue, Amaury, la entrevista que celebré con mi tío. Siempre que José
viene a París, le pregunto por su amo, y como mi tío, para quien todo es
indiferente, no le ha prohibido que responda a mis preguntas, me entero
de lo que hace y sé cómo vive.
»Todas las mañanas, sin preocuparse para nada del tiempo que pueda
hacer, baja al cementerio para dar, según él dice, los buenos días a
Magdalena.
»Después de pasar una hora junto a la tumba, vuelve a casa, se desayuna,
se retira a su despacho y abre los cuadernos en que desde que es hombre
viene escribiendo el diario de su vida. En ellos, durante los veinte
años que ha vivido Magdalena, no se ha olvidado nunca de apuntar las
acciones de su hija juntamente con las suyas, puesto que la vida del uno
ha sido la del otro. De ese modo puede decir a todas horas: «Hoy hace
tantos años que estaba aquí o allá, que hicimos tal cosa juntos; que
hablamos de tal asunto, etc.»
»Así vuelven a pasar ante su vista todas las escenas del pasado, cuyos
recuerdos le hacen llorar y sonreír a un tiempo; por más que siempre
acaba por llorar, porque la conclusión siempre es la misma: él recuerda
sus gracias, su hermosura, sus encantos, y siempre ha de acabar pensando
en que todos esos dones se han desvanecido al soplo de la muerte. Y si
alguna vez le parece eso increíble, bástale abrir la ventana y la vista
de su tumba le muestra la cruel realidad.
»Así se pasa las horas mi pobre tío saboreando las emociones que le
causa esta penosa revista. Ninguna noche se acuesta sin despedirse de
Magdalena; cuando se levanta va a darle los buenos días y en el resto
del día siempre lleva en la mano una rosa blanca cortada de los rosales
de su tumba y que al retirarse a descansar conserva hasta la mañana
siguiente en un jarro de Bohemia que Magdalena tenía siempre en su
cuarto.
»Con frecuencia habla también al retrato de su hija, a aquel famoso
retrato de Champmartín por cuya posesión manifestaba usted tanto
interés.
»Nunca abre un libro, ni una carta, ni lee periódicos, ni recibe a
nadie. Ha muerto para el mundo de los vivos: únicamente vive él para la
muerta.
»Ya está usted tan enterado como yo de lo que ocurre en Ville d'Avray.
Allí llora mi tío a Magdalena como yo la lloro en mi casa de la calle de
Angulema, como usted, allí donde se encuentra, la llora del mismo modo.
¿Quién sería capaz de haberla conocido y no llorarla?
»Mucho le agradezco a usted que me hable de ella; hábleme siempre de
ella, usted que la ha conocido mejor que yo.
»Al recordarla ahora se me figura una aparición celeste que me visita en
sueños. ¿Acaso no era una santa que Dios nos presentaba para servirnos
de ejemplo? Usted, Amaury, conoce una de sus buenas acciones; pero yo,
podría citarle mil que le ayudé a practicar, y no son pocos los pobres
que a estas horas deben bendecir su nombre.
»Antes, sólo elevaba mis oraciones a Dios; ahora, le ruego a Dios, pero
también le ruego a ella.
»Hábleme de Magdalena con frecuencia, con mucha frecuencia, pero hábleme
también de usted. ¡Ay! Le hago esta recomendación con el corazón
palpitante y temblándome la mano porque temo ofenderle o incurrir en su
desagrado. Quizás la achacará usted a curiosidad o a indiscreción de mi
parte.
»Para poner las manos en una heridas como las suyas hay que tenerlas muy
suaves y muy delicadas. Magdalena habría escrito esta carta con gracia
incomparable, con sin igual ternura; pero, ¿en dónde se podría encontrar
otra como ella? Yo sólo puedo hablarle con el instinto de mi corazón y
con mi amistad antigua y sincera, con mi hondo afecto de hermana.
»¡Oh, Dios mío! ¿Qué no daría yo por ser en realidad su hermana? ¡Ah! Si
lo fuera, me escucharía usted cuando yo le dijera:
»--Amaury, hermano mío, no seré yo quien te aconseje que olvides y
traiciones un recuerdo sagrado. Sé que tu corazón ha muerto para el amor
y que ninguna mujer habrá ya de conmoverte. Justo es que seas fiel a tu
muerta adorada; así obras con lealtad y así debes portarte. Pero aun
siendo el amor la cosa más sublime que existe sobre la tierra, ¿no hay
nada ya fuera de él? ¿Acaso no valen nada el arte, la ciencia, la
política y tantas y tantas manifestaciones de la actividad humana en que
se cifran las mas nobles ambiciones?
»--Sí, Amaury, piénselo bien. Usted es joven, es rico, disfruta de una
posición brillante y por lo mismo tiene grandes deberes que cumplir para
con sus semejantes; ha de procurar ser útil a la humanidad. Aun
concretándose simplemente a hacer limosnas podría considerar que la
caridad es una de las múltiples formas del amor, cuya manifestación
reviste tantos matices.
»Usted puede hacer la felicidad de muchos, porque es rico, y lo es ahora
doblemente porque su hermana Antoñita lo es también. No me he atrevido a
rechazar de un modo categórico la proposición de mi tío por no causarle
aflicción; pero mi vida es muy triste para consentir en asociarla con
otra. De ninguna manera podría yo emplear esta fortuna mejor que en
otorgar beneficios o estimular nobles ambiciones; y para ello, ¿a quién
he de confiarla sino a usted? En ningunas manos puede estar mejor que en
las suyas, hermano mío. Yo...
»Pero hablemos de usted y no de mí. ¡Qué no daría, yo por saber
enternecerle!
»¿No es verdad que ha abandonado ya su idea de morir? Eso sería
horrible; cometería usted un crimen. Mi tío llega ya al término de su
vida, mientras que usted está aún al principio de la suya. Pocos
conocimientos tengo yo en estos asuntos, pero creo que entre la suerte
de ambos y entre los deberes respectivos de uno y otro, media una
enorme distancia. Ya sé que usted no ha de amar, pero aun puede ser
amado y ¡debe ser tan grato el verse amado!
»No muera usted, Amaury, no muera usted. Piense constantemente en
Magdalena; pero cuando se encuentre a orillas del Océano contemple ese
Océano al mismo tiempo que recuerda su dolor. ¡Dios mío! ¿Por qué he de
carecer de elocuencia para poder convencerle? Déjese convencer siquiera
por las grandes cosas que admiran sus ojos, por esa eterna Naturaleza
cuyos inviernos son nuncio de primavera y la muerte es siempre en ella
el prólogo de una resurrección esplendorosa.
»¿No es verdad que, al parecer, bajo esas nieves y esos hielos
invernales no puede estar latente la vida para hacer su aparición
pujante y vigorosa algo más tarde? Pues así también palpita con ardiente
actividad la vida humana bajo las penas que inútilmente pugnan por
aniquilarla y destruirla. No sea usted ingrato rechazando los dones que
Dios le envíe; déjese consolar si le agrada que le consuelen; permítase
a sí mismo vivir y obedézcale si le ordena que viva.
»Perdóneme usted, Amaury, si le hablo de un modo tan expansivo y con tan
abierta franqueza. Al pensar que está tan lejos, tan desesperado y solo,
siento en mi alma una compasión y una ternura fraternales (iba a decir
maternales), y estos afectos que su desgracia me inspira, me infunden
fuerza y valor para dirigir esta súplica al amigo de mi niñez, para
lanzar este grito al novio de Magdalena:
»¡No muera usted, Amaury! ¡No muera usted!
»Antonia de Valgenceuse.»
Capítulo 39
AMAURY A ANTONIA
«15 de octubre.
»Estoy ahora en Amsterdam.
»Por mucha que sea mi indiferencia hacia el mundo exterior, querida
Antonia, por honda que sea mi abstracción, por atraído que me sienta
hacia el abismo en que se hundieran todas mis ilusiones, no puedo menos
de admirar a este pueblo holandés tan activo y flemático, metódico y
codicioso, sedentario y nómada al mismo tiempo, que tan fácilmente se
traslada a las costas asiáticas, pero que antes va a Java, al Malabar o
al Japón que a París.
»Los holandeses vienen a ser los chinos de Europa y los castores de la
humanidad.
»Recibí en Amberes su carta, cuya lectura fue muy grata para mi, querida
Antoñita. Sus consuelos son muy tiernos y mi herida muy profunda. Mas no
importa: siga usted escribiéndome y hábleme de su persona. Le suplico
que así lo haga. Hace usted mal en creer que me pueda ser indiferente
aquello que le concierne.
»Dice usted que su tío está cambiado. No debe usted inquietarse por eso,
Antoñita. A cada cual se le ha de desear lo que más apetece, y siendo
así que cuanto más abatido se siente él está más contento, tenga usted
por seguro que cuanto peor le parezca que se encuentra tanto mejor
juzgará estar el doctor.
»Quiere usted que le hable de Magdalena, y si he de decir verdad no
sabría de qué hablar si no hablo de ella; nada hay capaz de alegrar mi
entristecido corazón tanto como su recuerdo, que siempre vive en mi
pecho.
»¿Quiere usted que le explique cómo nos revelamos mutuamente nuestro
amor al mismo tiempo que este sentimiento se nos reveló a nosotros
mismos?
»Hace de esto unos dos años y medio.
»Era una tarde de primavera. Estábamos los dos sentados en el jardín, en
la plazoleta de los tilos que usted puede ver a todas horas desde la
ventana de su cuarto. Ambos nos sentíamos con humor para charlar y tras
de recordar todo el pasado nos complacíamos en tratar de adivinar lo que
nos reservaba el porvenir.
»Ya sabe usted que mi amada Magdalena ocultaba bajo su melancólica
apariencia un corazón que no estaba reñido con la jovialidad y la
alegría. No tardamos mucho rato en venir a parar al tema eterno y
hablamos del matrimonio, aunque sin hablar ni una palabra de amor.
»¿Qué cualidades había que poseer para conquistar el corazón de
Magdalena? ¿A qué encantos podría rendirse el mío?
»Contestando a estas preguntas enumerábamos las perfecciones que
exigiríamos en la persona objeto de nuestro amor y pudimos comprobar que
se asemejaban mucho.
»--Ante todo--decía yo,--querría conocer a fondo a la persona elegida y
saber de memoria todas las circunstancias de su existencia.
»--Yo también--repuso Magdalena.--Cuando pretende nuestro amor un
desconocido, éste oculta bajo su negro frac un tipo convencional y no
pudiendo nosotras leer en un rostro humano, si no logramos adivinar lo
que encubre su máscara resulta que no conocemos al marido hasta después
de casadas.
»--Entonces, eso es cosa resuelta--agregué yo.--A mí me gustaría
cerciorarme, por una prolongada intimidad, de todas las cualidades que
poseyera la dueña de mi corazón. No hay que decir que exigiría (y soy
parco) las tres esenciales, a saber: hermosura, bondad e inteligencia;
no se puede pedir menos.
»--Ni podría desearse más--repuso Magdalena.
»--¿Sabes que lo que dices acusa poca modestia?
»--No la creas. Yo, por mi parte, no me atrevería a exigir de un esposo
las condiciones correspondientes a las que quieres tú exigir de una
mujer: elegancia, abnegación y superioridad de espíritu.
»--¡Ya te costaría tiempo el encontrar las tres juntas!
»--Hasta en la modestia es mala la afectación... Pero, en fin, acaba de
trazar el retrato de tu novia ideal.
»--¡Oh! No tengo que añadir sino dos o tres rasgos secundarios. Quizá mi
deseo sea una puerilidad, pero me agradaría que hubiera nacido como yo
en noble cuna.
»--Si hablases de eso a mi padre, él, que a la nobleza de su estirpe une
la distinción de su talento, te expondría algunas teorías sociales
elevadas, a las que yo me adhiero instintivamente, deseando para mí un
esposo cuya ilustre prosapia no desdiga de la mía.
»--Y por último--agregué--aunque no peco de codicioso querría, en pro de
nuestra igualdad moral, a fin de evitar todas aquellas cuestiones
afectas a intereses materiales, que la elegida de mi corazón fuese poco
más o menos tan rica como yo. ¿No piensas también así, Magdalena?
»--Sí, Amaury; aunque nunca me he preocupado por eso, toda vez que mis
riquezas bastarían para los dos, comprendo por lo que dices que está muy
puesto en razón.
»--Sólo una cosa me falta saber ahora.
»--¿Y qué es?
»--Si al encontrar al hada de mis ensueños y hacerla reina de mi
albedrío querrá ella que reine yo en el suyo.
»--¿Por qué no?
»--¿Serías tú capaz de responderme de eso?
»--En absoluto: yo te respondo por ella. Pero y a mí ¿él me querría?
»--Te adorará, Magdalena: yo te lo aseguro.
»--Veamos. Llevemos esta ilusión al campo de la realidad; busquemos en
torno nuestro. Dime si entre las personas que nos tratan hay alguna de
quién tú sepas positivamente que reúne las circunstancias que cada cual
exigimos. Yo...
»Se interrumpió ruborosa y ambos instintivamente cruzamos una mirada.
Nuestro espíritu comenzaba a vislumbrar la verdad. Fijé mis ojos en los
de Magdalena y repetí, como si a mí mismo me hiciese aquella pregunta:
»--Una amiga muy conocida y muy querida desde la niñez...
»--Un amigo cuyo corazón no tuviese secreto para mí...--dijo Magdalena.
»--Buena, cariñosa, inteligente.
»--Elegante, generoso, de superiores dotes...
»--Rica y noble...
»--Noble y rico...
»--En suma: todas tus perfecciones y todos tus encantos, Magdalena.
»--En suma, todas tus cualidades, Amaury.
»--¡Oh!--exclamé con el corazón palpitante de gozo.--¡Si me amase una
mujer como tú!...
»--¡Dios mío!--exclamó Magdalena palideciendo.--¡Habías pensado en mí!
»--¡Magdalena!
»--¡Amaury!
»--¡Sí! ¡sí! ¡Te amo, Magdalena!
»--¡Te amo, Amaury!
»Esta doble exclamación abrió nuestras almas y ambos leímos a un tiempo
en nuestros corazones, rebosantes de amor.
»¡Ay! ¡Qué mal hago, Antoñita, en evocar estos recuerdos! ¡Son muy
gratos, pero son muy dolorosos también!
»Tenga usted la bondad, cuando me conteste, de dirigirme la carta a
Colonia, desde donde le escribiré mi próxima.
»¡Adiós, hermana mía! ámeme un poco y compadezca mucho a su hermano,
»Amaury»
--¡Es muy singular lo que me sucede!--decía para sí Amaury mientras
cerraba la carta repitiendo in mente su contenido.--De cuantas mujeres
conozco, Antoñita sería la única capaz de dar realidad a los ensueños
que acariciaba yo en otro tiempo, si esos ensueños no hubiesen dejado de
existir con Magdalena. También Antonia es una amiga de la infancia,
hermosa, buena, inteligente, noble y rica... Pero, no es menos
cierto--añadió con melancólica sonrisa--que ni yo amo a Antoñita ni ella
me ama a mí.
Capítulo 40
ANTONIA A AMAURY
«5 de noviembre.
»He estado otra vez en casa de mi tío; le he vuelto a ver y he pasado en
su compañía un día parecido al del mes pasado. Hemos hallado en su
persona los mismos síntomas de abatimiento y he dicho y he escuchado
casi las mismas palabras que en la anterior entrevista; así, que casi no
puedo decir a usted nada nuevo que se refiera a su estado, pues de sobra
lo conoce.
»Ni tampoco tengo nuevas noticias que darle en todo lo que a mí afecta.
»Con la bondad que le caracteriza me dice usted que quiere saber de
mí.--¿Qué puedo yo decirle, Amaury? Sólo Dios ve y juzga mis
pensamientos; y mis acciones se repiten a diario con una uniformidad,
con una monotonía desesperante.
»Durante el día me ocupo en los quehaceres domésticos y en las labores
propias de mi sexo: a ratos bordo y a ratos toco el piano.
»Algunas veces vienen a visitarme los antiguos amigos de mi tío y su
presencia rompe en tales ocasiones esta monotonía de mi vida. Pero, si
he de ser sincera, diré que sólo dos nombres oigo pronunciar con
agrado.
»Es el primero el del conde de Mengis, pues él y su esposa se muestran
conmigo muy amables y me tratan como a una hija.
»El segundo nombre, Amaury, es el de su amigo Felipe Auvray. Este es el
único que sin ser sesentón tiene entrada en mi casa, y yo le recibo en
presencia de la señora Braun, naturalmente. Y si goza tal privilegio,
bien sabe Dios que no lo debe a su insulsa conversación, sino a la
circunstancia de ser amigo de usted, hermano mío.
»El me habla poco de usted, pero en cambio le hablo yo, y como él le
conoce tanto, aprovecho esa circunstancia y aun abuso de ella siempre
que viene a verme. Cuando entra me saluda, y si hay otra visita guarda
silencio con aire meditabundo y se contenta con mirarme de un modo tan
insistente que yo acabo por sentirme desazonada y molesta.
»Si me encuentra sola con la señora Braun se muestra más animado; pero
así y todo, me veo obligada a soportar casi todo el peso de la
conversación, que indefectiblemente recae sobre Magdalena o sobre usted.
»No debo ocultar esta confesión a un hombre de sentimientos tan nobles y
delicados como usted... El cariño es el alimento del alma, y usted
constituye el único afecto de mi infancia, el único que hoy tengo y el
único que me resta en lo futuro.
»Con toda sinceridad le declaro que me consume este aislamiento en que
vivo, y del cual me quejo a usted porque en mi alma no cabe el
disimulo... ¿Obro bien? No lo sé; pero yo quisiera distraerme, salir,
frecuentar la sociedad... vivir, en suma.
»Estas habitaciones me dan frío; en ellas tengo miedo, y al encontrarme
ante un busto marmóreo o uno de esos inmóviles retratos que adornan sus
paredes, resurge en mí la Antoñita de siempre. ¡Temo que soy la misma,
Amaury!
»El melancólico y tristón Felipe, goza el privilegio de que me río de él
para mi fuero interno cuando le tengo en mi presencia, y con la señora
Braun cuando se ha marchado... A ése no tengo que respetarle...
»Puede usted reñirme por esta tendencia a la burla que yo misma me echo
en cara, sobre todo tratándose de uno de sus mejores amigos. Puede usted
reñirme, Amaury, pues es el único capaz de corregir mis defectos si así
se lo propone... Pero no me gusta oírle hablar de usted: querría oírle a
usted mismo.
»¿Cuál es ahora su disposición de ánimo? ¿En qué piensa? ¿Qué siente?
»¡Oh! ¡Cuán triste es mi posición, colocada entre usted y mi tío!... Me
espantan, me aniquilan, esos dos grandes dolores...
»Tenga usted en mí, hermano mío, un poco de confianza y no deje que mi
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