--¡Pobre Amaury!--dijo en voz baja Antoñita.
--Ya estoy sereno--agregó Leoville.--Decía que no me conviene el sol
ardiente de Italia, sino las nieblas invernales del Norte; quiero
contemplar una naturaleza triste y desolada como está mi alma; nada más
a propósito que Holanda con sus pantanos, el Rhin con sus ruinas,
Alemania con su cielo nuboso. Por eso esta misma noche, con el permiso
de usted, querido tutor, partiré para Amsterdam y La Haya, de donde
regresaré por Colonia e Heidelberg.
Antonia escuchaba con inquieto afán las palabras de Amaury, pronunciadas
con singular amargura. El doctor, que al ver terminado el acceso
nervioso del joven había vuelto a sentarse para quedar abstraído en sus
tristes pensamientos, cuando aquél cesó de hablar se pasó la mano por la
frente como queriendo apartar de sí la nube que el dolor interponía
entre las ideas que ocupaban su mente y el mundo exterior, y repuso:
--Resumiendo: tú, Amaury, te vas a Alemania llevándote contigo a
Magdalena; tú, Antoñita, te quedas en esta casa, en la que ella ha
vivido; yo, me vuelvo a Ville d'Avray, en donde reposa su cuerpo. Pero
como tengo que quedarme aún algunas horas en París para escribir a mi
amigo el conde de Mengis y dictar algunas disposiciones, si no hay nada
más que hablar, hijos míos, separémonos ahora y a las cinco volveremos a
reunimos para comer juntos como lo hacíamos antes, en otro tiempo mejor.
Después, cada cual se marchará por su lado.
--Hasta la tarde, pues, querido tutor. Adiós, Antoñita--dijo Amaury.
--Hasta la tarde--repitió Antonia.
--Hasta luego, hijos míos.
Amaury salió, el doctor se retiró a su despacho, y Antoñita, no teniendo
ya que esforzarse para aparecer serena, se dejó caer en una butaca
sollozando.
Capítulo 36
Amaury fue puntual. A las cinco en punto, después de haber empleado el
día en hacer refrendar su pasaporte, en recoger algunos fondos de manos
de su banquero, en disponer su carroza de viaje para las seis y media de
aquella tarde y en llevar a cabo otras varias diligencias, llegó a casa
del doctor.
El momento fue terrible cuando al sentarse a la mesa fijaron los tres
sus ojos en aquel sitio vacío que otro tiempo ocupaba Magdalena.
Amaury estuvo a punto de dejar que estallara de nuevo su dolor, pero
haciendo un esfuerzo para dominarse se levantó y cruzando rápidamente el
salón dirigiose al jardín.
Poco después dijo el doctor a su sobrina:
--Antoñita, ve a buscar a tu hermano.
Antonia bajó al jardín. Allí encontró a Amaury sentado en el mismo banco
en que había dado a Magdalena el último beso que fue la causa de su
muerte y mordiendo desesperado el pañuelo como queriendo impedir que se
escapasen de su pecho los sollozos que le ahogaban.
--Amaury--dijo la joven tendiéndole la mano que él, emocionado, estrechó
en silencio--nos da usted mucha pena a mi tío y a mí.
Leoville, sin contestar, se levantó y dejándose conducir como un niño
por Antonia la siguió, volviendo con ella al comedor.
Sentáronse de nuevo a la mesa, pero Amaury se negó a probar bocado. El
doctor quiso hacerle tomar una taza de caldo, pero fue inútil su empeño;
el joven contestó que le era de todo punto imposible tornar ningún
alimento y volvió a caer en su abstracción.
Tras de las escasas palabras pronunciadas reinó un largo silencio
durante el cual el doctor con la cabeza hundida entre las manos, no veía
nada de cuanto pasaba en torno suyo. Mas los dos jóvenes, quizá porque
en sus corazones se encerraba un tesoro de ternura, pensaban al mismo
tiempo que en la muerta en los dos caros afectos que muy pronto tendrían
que abandonar. Miráronse y debieron leer recíprocamente en sus almas y a
un mismo tiempo el sentimiento de pena por la muerta y de dolor por la
ausencia que sobre ellos se cernía, pues Amaury dijo, rompiendo el
silencio:
--De los tres yo quedaré más abandonado que ninguno. Ustedes podrán
verse una vez cada mes, pero yo... ¡triste de mí!... ¿Quién me traerá
noticias suyas? ¿Quién les dará a ustedes las mías?
El doctor, como si despertase de un sueño, alzó la cabeza al oír esta
queja del joven y repuso:
--No pienses en escribirme, Amaury, pues te prevengo que no habré de
admitir ninguna carta.
--¡Ya lo están viendo ustedes!--exclamó Leoville.
--Nadie te priva de escribir a Antoñita, ni nadie le prohíbe
contestarte. Puedes, pues, dirigirte a ella.
--¿Lo permite usted?--preguntó Amaury, mientras que Antoñita fijaba en
su tío con ansiedad la mirada.
--¿Y por qué razón he de prohibir que dos hermanos se comuniquen su
dolor y rieguen una misma tumba con sus lágrimas?
--¿Y usted consiente, Antoñita?--preguntó Amaury.
--Si eso puede proporcionarle algún consuelo...--murmuró la joven
bajando los ojos, mientras sus mejillas se teñían de un vivo rubor.
--¡Oh! ¡Gracias! ¡gracias, Antoñita! Merced a usted mi partida será, si
no menos triste, por lo menos más tranquila.
La comida acabó sin que entre aquellas tres personas que tan oprimidos
sentían sus corazones se pronunciase una palabra más. La emoción que
embargaba sus almas hacía enmudecer sus labios.
Cuando a las seis y media José entró a anunciar que en el patio
aguardaba la silla de posta de Amaury, que acababa de llegar, y la del
doctor, que ya estaba esperando hacía rato, el señor de Avrigny se
sonrió; Amaury lanzó un suspiro y Antonia palideció densamente.
Se levantó el anciano, pero ambos jóvenes se abalanzaron hacia él, y al
volver a caer en su sillón, agobiado por el pesar y hondamente
conmovido, se encontró con que los dos estaban a su lado arrodillados.
--Abráceme usted, querido tutor--exclamó Amaury.
--Deme usted su bendición, tío mío--suplicó Antonia.
El doctor, con los ojos arrasados en lágrimas, los estrechó en sus
brazos y exclamó elevando los ojos al cielo:
--¡Oh, mis dos últimos amores en la tierra!... ¡Dios mío! ¡Haz que sean
felices y gocen tranquilidad; sí, que vivan tranquilos en este mundo, y
alcancen la dicha eterna en el otro!
Les besó la frente. Uniéronse las manos de los jóvenes, y ambos se
estremecieron, mirándose conmovidos y con la turbación de su ánimo
reflejada en el semblante.
--Dale un beso, Amaury--dijo el doctor, acercando a los labios del joven
la frente de Antoñita.
--¡Adiós, Antoñita!
--¡Adiós, Amaury! ¡Hasta la vista!
Despidiéronse con temblorosa voz, ahogada por la emoción.
El doctor, que en aquella ocasión era entre los tres el más dueño de sí
mismo, se levantó para poner término al dolor de aquella separación que
desgarraba su alma. Ellos hicieron lo propio y después de contemplarse
en silencio estrecháronse por última vez la mano, mientras el doctor
decía:
--¡Ea! ¡en marcha, Amaury! ¡Adiós!
--En marcha--repitió Amaury de un modo maquinal.--No se olvide de
escribirme, Antoñita. ¿Lo hará usted así?
La joven no se sintió con fuerzas para contestar ni para seguirles. Los
dos se despidieron de ella con un ademán y salieron precipitadamente.
Pero, merced a una extraña reacción, Antoñita, tan pronto como ellos
desaparecieron recobró toda su energía y corriendo a la ventana de la
estancia que daba al patio la abrió. Aun pudo ver que se abrazaban de
nuevo y cambiaban algunas palabras que ella logró adivinar más bien que
oyó.
--¡A Ville d'Avray, a reunirme con mi hija!--decía el doctor.
--¡A Alemania, llevándome a mi amada!--respondía Amaury.
--¡Y yo--exclamó Antonia,--aquí en esta casa desierta me quedo con mi
hermana... y con el remordimiento de mi amor!--agregó separándose de la
ventana para no ver la partida de los coches y con la mano puesta sobre
el corazón como queriendo amortiguar sus latidos.
Capítulo 37
AMAURY A ANTONIA
«Lille, 16 de septiembre.
»Por una casualidad, querida Antoñita, me veo precisado a detenerme en
Lille unas cuantas horas y aprovecho la ocasión para escribirle esta
carta.
»Cuando entrábamos en la ciudad se ha roto el eje del coche, y a causa
de este contratiempo he tenido que meterme en la posada más cercana. Vea
usted por qué mi egoísmo aumenta hoy su pena haciendo gravitar sobre
ella todo el peso de la que a mí me devora.
»Antes de salir de París, sentí que no podía alejarme sin ir a
despedirme de Magdalena; así, después de traspasar la barrera, he hecho
que mi carruaje diese la vuelta a los bulevares exteriores y a las dos
horas estaba yo en Ville d'Avray.
»Llegué al cementerio, que, como usted sabe, está rodeado por una tapia
muy baja. No queriendo yo enterar a nadie de mi visita escalé la tapia
en lugar de ir a pedir la llave al sacristán.
»Serían las ocho y media de la noche y reinaba en el fúnebre recinto la
oscuridad más completa. Avancé con sigilo en las tinieblas procurando
orientarme y llegué hasta la tumba de Magdalena... Pero, ¡cuál no sería
mi sorpresa cuando vi una sombra humana tendida sobre la sepultura! Dí
un paso más y reconocí al doctor. He de confesarle, Antoñita, que sentí
un impulso de cólera al ver que aquel hombre, que mientras vivió su hija
no se separaba de ella, me la disputaba ahora hasta en el sepulcro.
»Me apoyó en un ciprés y resolví aguardar a que él se hubiese marchado.
»De rodillas, con la cabeza inclinada casi hasta tocar en tierra, el
señor de Avrigny, murmuraba:
»--Magdalena, si es verdad que hay otra vida, si el alma no muere con el
cuerpo que le sirve de envoltura, si por la misericordia divina les es
permitido a los muertos visitar a los vivos, yo te suplico que te me
aparezcas tan pronto y tan frecuentemente como puedas, porque hasta el
momento en que haya de ir a reunirme contigo yo, hija mía, te aguardaré
a todas horas esperando siempre verte.
»Lo que el doctor estaba diciendo a su hija, era lo mismo que yo quería
pedirle. ¡Oh! Siempre aquel hombre había de anticipárseme en todo.
»Pronunció algunas palabras más en voz baja; se levantó y yo no pude
contener mi asombro al verle dirigirse en derechura hacia mí. Me había
visto y me había conocido.
»--Querido Amaury--me dijo,--aquí te dejo a solas con Magdalena, pues me
doy perfecta cuenta de esos celos que tienes de mis lágrimas y comprendo
el egoísmo de tu dolor que te hace desear mi partida para arrodillarte
tú también sobre la tumba. Tengo además en cuenta que tú te vas y no
podrás verla ya hasta tu vuelta, mientras que yo vivo ahí cerca y podré
ver esa sepultura mañana, pasado, todos los días y en todos los
instantes que yo quiera. ¡Adiós, Amaury, adiós!
»Y alejándose con lentitud sin aguardar mi respuesta, desapareció en la
oscuridad.
»A mi vez me arrojé sobre la tumba, y repetí su plegaria, no con su voz
grave y resignada, sino con el llanto y los sollozos de mi desesperación
y mi dolor.
»¡Oh, Antonia! ¡Qué alivio tan grande me proporcionó aquella explosión
de mi pena! Me era indispensable aquella postrera crisis y sólo al
recordarla, lloro y sollozo tanto que no sé si podrá usted leer esta
carta cuyas líneas llegarán a sus manos empapadas en mis lágrimas
ardientes.
»Ignoro cuánto tiempo estuve en el cementerio, quizás no habría salido
de aquel sagrado recinto si el postillón, desde lo alto de la tapia, no
me hubiera avisado que ya era hora de que volviese a mi coche.
»Entonces rompí una rama de los rosales que adornan el sepulcro, y me
alejé de allí, cubriendo de besos aquellas flores en cuyo aroma creía yo
respirar el puro aliento de mi pobre Magdalena.»
Capítulo 38
DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY
«¡Oh, Antoñita! ¡qué ángel perdimos al perder a Magdalena!
»La aguardé toda la noche y luego todo el día y toda la noche siguiente
y no ha acudido.
»Afortunadamente, pronto iré yo a reunirme con ella.»
AMAURY A ANTONIA
«Ostende, 20 septiembre.
»Me encuentro en Ostende.
»Estando ella y yo en Ville d'Avray cuando ella sólo contaba nueve años
y yo doce concebimos un día un proyecto cuya sola idea nos llenaba de
temor y regocijo. Nos proponíamos ir solos y de ocultis al otro lado del
bosque, a casa de un floricultor de Glatigny en busca de un ramo para
ofrecérselo al doctor en el día de su santo.
»¿Se acuerda usted de Magdalena cuando tenía esa edad? ¿Se acuerda usted
de aquel querubín rubio y hermoso al que sólo parecía que le faltaban
las alas?
»¡Ay! ¡querida Magdalena!
»El proyecto era grave y demasiado seductor para que dejáramos de
ponerlo en planta; así, que la víspera de la fiesta, aprovechando la
ausencia del padre de Magdalena, que había tenido que ir a París por
asuntos de su profesión y favorecidos por la esplendidez del día,
salimos corriendo del jardín al parque y de éste al bosque sin que nadie
nos viese.
»Al vernos fuera de casa nos detuvimos medrosos, mirándonos el uno al
otro, como perplejos ante nuestro atrevimiento.
»Aún me parece estar viendo a Magdalena con su traje de seda blanca, con
su cinturón de color azul celeste.
»El camino no me era del todo desconocido, porque alguna vez había
paseado por él con la familia del doctor. Ella lo conocía menos porque
nunca se fijaba en el terreno que pisaba, entretenida en la caza de
mariposas, pájaros y flores silvestres. A pesar de todo nos internamos
en el bosque resueltos a atravesarlo, y yo, orgulloso de la
responsabilidad que aquel acto implicaba para mí, ofrecí el brazo a
Magdalena, que se apoyó en él temblorosa y quizá algo arrepentida de su
propia osadía. Pero los dos éramos demasiado presuntuosos para volver
atrás, y guiándonos por las indicaciones de los postes, seguimos nuestro
camino hacia Glatigny.
»Me acuerdo de que se nos antojó muy largo el camino; que tomamos a un
corzo por un lobo, y a unos pacíficos campesinos por feroces bandoleros.
Pero, como ni el lobo nos atacó ni los bandidos se preocuparon para nada
de nosotros, recobramos toda nuestra presencia de ánimo y andando a
buen paso, al cabo de una hora llegamos a Glatigny.
»Allí preguntamos dónde vivía el famoso jardinero y nos guiaron hasta su
casa, que estaba situada a un extremo del pueblo. Penetramos en ella y
nos encontramos en medio de preciosos parterres y macizos de flores,
de entre los cuales salió un anciano de aspecto bondadoso, que al vernos
se sonrió y nos preguntó qué queríamos.
»--Venimos a comprar flores--contesté yo.
»Y sacando con majestad del bolsillo dos monedas de a cinco francos,
suma de nuestras dos fortunas reunidas, añadí:
»--Podemos gastar todo esto.
»Magdalena se había quedado detrás de mí, presa de la mayor turbación.
»--¿Todo ese dinero es para invertirlo en flores?--preguntó el
jardinero.
»--Sí--contestó Magdalena, adelantándose entonces,--y queremos que sean
las más hermosas que haya, para festejar con ellas a mi padre, el doctor
Avrigny en el día de su santo, que es mañana.
»--¡Ah! Si son para el señor doctor--repuso el buen viejo--por fuerza
han de ser las más hermosas. Ahora mismo voy a abrir los invernáculos
donde están las más raras y allí hay de sobra donde elegir, si no bastan
las de los parterres.
»--¡Ay, qué gusto!--exclamé palmoteando de alegría.--¿Y podemos
llevarnos las que queramos?
»--¿Todas, todas?--preguntó Magdalena.
»--Todas... mientras haya fuerzas para cargar con ellas, hijos míos.
»--¡Oh! ¡Es que tenemos más fuerza de la que usted cree!
»--Sí; pero el camino es largo de aquí a Ville d'Avray.
»Nosotros ya no escuchábamos al jardinero. Habíamos comenzado a hacer
nuestra cosecha de flores y sólo nos preocupábamos de cobrar un buen
botín en aquel saqueo que debió dejar arruinadas a mariposas y abejas.
»A cada instante volvíamos la cabeza para preguntar al jardinero:
»--¿Puedo cortar ésta?
»--Sí.
»--¿Y ésta?
»--También.
»--¿Y esta otra?
»--También; y lo mismo las demás.
»Estábamos trastornados de alegría. En poco rato reunimos no dos ramos,
sino dos gavillas de flores.
»--¿Y quién va a cargar con todo eso?--me dijo el jardinero.
»--Nosotros. Vea usted--replicamos levantando en alto cada uno su ramo.
»--Pero eso de atravesar solos el bosque... ¡Es extraño que el señor de
Avrigny haya concedido tal libertad a sus hijos!...
»--¿Y por qué no?--repuse con mucho orgullo.--Ya saben en casa que yo
conozco el camino.
»--De todos modos no estaría de más el volver acompañados.
»--¡Oh! Muchas gracias, pero es inútil. No hay necesidad de que nadie se
moleste por nosotros que sabremos regresar lo mismo que hemos sabido
venir.
»--Bien, bien, amiguitos: no hay más que hablar. ¡Feliz viaje! Sólo
quiero que el doctor sepa que le envía esas flores el jardinero de
Glatigny, cuya hija vive porque él le salvó la vida.
»Con los brazos cargados de flores y el corazón rebosante de alegría
salimos de casa del jardinero y emprendimos el camino hacia la quinta de
Ville d'Avray.
»Ya lo ve usted, Antoñita: el doctor Avrigny, que en cierta ocasión supo
salvar a la hija de aquel hombre, no ha logrado salvar ahora a su propia
hija.
»Una idea tan sólo nos preocupaba llevando cierta intranquilidad a
nuestro ánimo: la de que hubiese vuelto el doctor y al preguntar por
nosotros se hubiera descubierto la escapatoria... Nos habíamos
entretenido unas dos horas en casa del jardinero; por lo tanto hacía más
de tres que faltábamos de la nuestra.
»Para colmo de desdichas se me ocurrió la mala idea de echar por un
atajo que nos debía ahorrar buena parte del camino. Magdalena no tenía
ya miedo y además confiaba en mí de un modo absoluto; así, que no hizo
la menor observación y me siguió sin temor por una senda que yo creía
conocer, la cual me condujo a otra, y ésta a una encrucijada, para ir
por fin a perdernos en un dédalo de caminos muy pintorescos, pero no
menos desiertos. Anduvimos una hora al azar, y al fin no tuve más
remedio que confesar que me había extraviado, que no sabía dónde
estábamos ni qué dirección había que seguir.
»Magdalena rompió a llorar.
»¡Figúrese usted cómo estaría yo, Antoñita! La tarde declinaba; debía
ser ya la hora de comer y los dos empezábamos a sentirnos fatigados
bajo el peso de los ramos que agotaban nuestras fuerzas.
»Yo pensaba en Pablo y Virginia, en aquellos dos muchachos extraviados
también como nosotros, pero que siquiera contaban con Domingo y su
perro. Cierto es que los bosques de la isla de Francia son más
solitarios que los de Ville d'Avray; pero para nosotros, dada nuestra
situación de ánimo, en aquel instante, no había entre aquéllos y éstos
la menor diferencia.
»Con todo, convencidos de que las lamentaciones no nos sacarían del
apuro, sacamos fuerzas de flaqueza y caminamos una hora más. Pero todo
fue inútil; nuestro intrépido esfuerzo se estrelló contra la fatalidad
que nos había metido en aquel laberinto cada vez más intrincado.
Magdalena acabó por caer rendida al pie de un árbol y yo comencé a
sentir que mis fuerzas también me abandonaban.
»Hacía un cuarto de hora que estábamos así desesperados, abatidos, sin
saber qué partido tomar, cuando oímos un rumor a nuestra espalda y
volviendo la cabeza vimos a una pordiosera que venía hacia nosotros con
un niño de la mano.
»No pudimos contener un grito de alegría juzgándonos ya en salvo. Me
levanté y corrí hacia ella rogándole que nos enseñara el camino que
teníamos que seguir; pero la impaciencia de la miseria se sobrepuso a la
del miedo, pues en lugar de responderme y casi sin dejarme hablar, me
interrumpió para implorar con voz lastimera:
»--¡Caballero, señorita, tengan ustedes compasión de mí y de mi hijo!
¡Una limosna por el amor de Dios, y que El les premie a ustedes su
caridad como se merecen!
»Me eché mano al bolsillo y lo mismo hizo Magdalena, pero habíamos
gastado en flores todo nuestro dinero y no nos quedaba nada. Al darnos
cuenta de ello nos miramos los dos con cierto embarazo que la mendiga
debió tomar por vacilación, porque continuó diciendo:
»--¡Tengan piedad de nosotros! Enviudé hace tres meses; la enfermedad de
mi esposo acabó con nuestros pocos ahorros y hoy no puedo mantener a
este niño y a un hermanito suyo que he dejado en la cuna. ¡Pobrecillo!
El angelito no ha probado bocado desde ayer, porque no encuentro ni
limosna ni trabajo. ¡Caballero, señorita, ustedes que deben ser
bondadosos, compadézcanse de estos desgraciados!
»Magdalena y yo estábamos conmovidos. Teníamos hambre, porque desde la
mañana no habíamos comido nada, y aquella pobre criatura, aquel niño
infeliz, de menos edad y más débil que nosotros, no había probado bocado
desde el día anterior.
»--¡Sí, que son muy desgraciados! ¡Dios mío!--exclamó Magdalena con los
ojos arrasados en lágrimas. Pero con su prontitud y su gracia peculiares
dijo poniéndose en pie:
»--Mire usted, buena mujer: nosotros no llevamos dinero encima y nos
hemos perdido en el camino de Glatigny a Ville d'Avray; pero, si usted
nos guía y nos acompaña a casa del doctor Avrigny, que es nuestro padre,
éste sabrá recompensarle tal favor, pues si hay alguien en el mundo
capaz de socorrerla, es él, créalo usted.
»--¡Dios mío! ¡Gracias, por mis hijos, señorita!--respondió la mujer con
reconocimiento.--Pero, ¿cómo han podido ustedes extraviarse? ¡Si están a
dos pasos de Ville d'Avray!... Tomando esa senda de la izquierda verán
en seguida las primeras casas de la población.
»Estas palabras nos devolvieron como por encanto la alegría y el humor,
si bien, a decir verdad, pronto nos echamos a temblar pensando en el
recibimiento que nos aguardaba. Confieso por mi parte sin empacho que
seguía cabizbajo y preocupado a mi intrépida compañera que me precedía
conversando con su protegida y haciéndole preguntas acerca de su
desdichada situación.
»Al entrar en el parque oímos la voz de la señora Braun que nos llamaba
con insistencia. Detúvose Magdalena y volviéndose hacia mí me dijo:
»--¿Qué vamos a hacer? ¿Qué diremos ahora?
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