semblante impasible, pero con mirada terriblemente profunda, contemplaba
a Magdalena dormida.
»--Ya ves que has hecho mal en reclamar tu turno--me dijo fríamente.--No
me extraña, porque a los veintitrés años hay que dormir mucho más que a
los sesenta. Vete a descansar, Amaury; ya quedaré yo velando.
»Sus palabras no eran de acritud ni burla; antes al contrario, las dijo
con acento de compasión paternal por mi poca fortaleza. Pero al oírle
sentí, sin saber por qué, una sorda irritación semejante a un
sentimiento de celos o de envidia.
»Es que ese hombre tiene algo de sobrehumano, viene a ser un espíritu
intermedio entre el hombre y la divinidad, en quien no hacen mella las
emociones terrestres ni las necesidades de la materia parecen existir.
Ni siquiera le han hecho un día la cama durante el mes que acaba de
transcurrir; él vela incesantemente, siempre meditabundo y siempre
buscando un remedio imaginario. Es un hombre de hierro.
»En vez de subir a mi cuarto, he preferido bajar al jardín para sentarme
en el mismo banco donde estuvimos juntos la otra noche. Allí volví a
recordar aquella escena con todos sus pormenores... Sólo a través de la
ventana de su cuarto se veía una débil claridad, y yo, contemplando
aquella luz vacilante, la comparaba instintivamente con el resto de vida
que aun anima a mi pobre Magdalena, cuando se extinguió de pronto...
»No pude menos de temblar, sugestionado por aquella fatal coincidencia
en la que creí ver la imagen de mi propio destino. De igual modo va
apagándose el único rayo de luz que ha rasgado las tinieblas de mí
vida... Me volví a mi cuarto llorando como un niño.»
AMAURY A ANTONIA
«No estaba yo en lo cierto, Antoñita; también su tío tiene momentos de
desesperación y abatimiento profundos. Cuando entré esta mañana en su
despacho estaba con los brazos apoyados en la mesa y el rostro oculto
entre ellos. Creyendo yo que le había sorprendido durmiendo sentía
amenguarse mi pasada humillación y veía al doctor depender como todos de
su condición humana, cuando me dí cuenta de que me había engañado,
porque al oír mis pasos alzó la cabeza y volvió hacia mí su rostro
bañado en llanto.
»Sentí entonces que el corazón se me oprimía y me quedé sin aliento. Era
aquélla la primera vez que le veía llorar, y esto me revelaba que ya no
había esperanza.
»--¡Estamos, pues, perdidos!--exclamé.--¿No conoce usted ningún recurso?
¿No puede inventar ningún remedio?
»--Todo es inútil ya--me respondió.--Ayer preparé un nuevo medicamento
que resultó también ineficaz como los otros. ¡Oh! ¡Luego dicen que la
ciencia!... ¡La ciencia! ¿Qué es la ciencia?--continuó abandonando el
asiento para pasear, agitado, por la estancia.--¡Ja! ¡ja! No es más que
una sombra vana, una palabra huera y vacía de sentido... ¡Se
comprenderla su impotencia para vencer la naturaleza si se tratase de
devolver la vida a una vejez gastada, de reanimar una sangre empobrecida
por la edad; pero se trata de una criatura que entra ahora en la vida,
de una existencia joven y fresca a quien queremos salvar de las garras
de la muerte y... y ya lo estás viendo: tan imposible es eso en este
caso como lo es en el primero!
»Y el desolado padre, cuya agitación iba en aumento, se retorcía las
manos con dolor, mientras yo le contemplaba mudo y aterrado.
»Y, sin embargo--continuó como hablando consigo mismo,--¡si todos
cuantos cultivaron la Medicina hubieran cumplido con su deber trabajando
con el mismo ahinco que yo, algo más adelantada estaría hoy esta
ciencia! ¡Ah, miserables! ¿Para qué me sirve el estado en que hoy se
encuentra? Solamente para hacerme saber que le restan a mi hija ocho o
diez días de vida.
»Al oírle proferir estas palabras no fui dueño de mí mismo, y se me
escapó un grito de dolor, al cual respondió él con rabiosa excitación:
»--¡Oh! ¡Pero no, no! Yo he de salvarla: yo encontraré un filtro, un
elixir, el secreto de prolongarle la vida, así haya de componerlo con la
sangre de mis venas. ¡Yo le encontraré, sí, y mi hija vivirá!
»Le sostuve con mis brazos porque temí que se desplomase.
»--Oye, Amaury--me dijo.--dos ideas atenacean mi cerebro y amenazan
volverme loco. La primera es la de que si en un instante con el
pensamiento pudiese trasladar a mi hija a un clima más benigno, a Niza,
a Madera o a Palma, tal vez se salvaría. ¡Oh! ¿Por qué Dios no me ha
dado un poder igual a mi amor, el poder de disponer del tiempo, de
suprimir el espacio, de trastornar el mundo?... ¡Oh, rabia!... La otra
idea es que en cuanto se muera mi hija se descubrirá tal vez, o acaso
descubriré yo mismo el remedio que con tanto afán buscamos. Si así
ocurriera y fuese yo quien lo hallara, juro por mi nombre no revelarlo a
nadie en este mundo. ¿Qué me importan a mí las hijas de los demás?
¿Vienen acaso sus padres a salvar ahora a la mía?
»Cuando el doctor se expresaba de este modo, entró la señora Braun a
decirnos que había despertado Magdalena. Entonces, Antoñita, he tenido
ocasión de ver el maravilloso dominio que tiene ese hombre sobre su
voluntad. Gracias a un vigoroso esfuerzo de esta facultad supo revestir
su trastornada fisonomía con la expresión seria y grave que le es
habitual.
»Pero esa aparente calma va siendo más sombría cada vez.
»Me preguntó si le acompañaba; pero yo no poseo su energía ni su
estoicismo admirable; y necesitando mucho más tiempo que él para cubrir
con la máscara mi rostro, pasé más de media hora en esta triste labor.
»Esa media hora es la que le dedico a usted escribiéndole, Antoñita.»
AMAURY A ANTONIA
«¡Qué ángel va a abandonar este mundo!
»Al contemplar yo esta mañana a Magdalena adornada de esa suprema
belleza que los últimos fulgores de la vida prestan a los moribundos,
pensaba:
»--¡Oh! esa belleza, esas miradas y esa sonrisa iluminadas por un amor
profundo, todo eso, ¿no es el alma?... ¿Y acaso puede morir el alma?
»Y no obstante, Magdalena morirá.
»¡Y dejará esta vida y se eclipsará sin haberme pertenecido! ¡Y el día
del Juicio, el arcángel que ha de llamar a Magdalena para convertirla en
un serafín como él no le dará mi nombre!...
»¡Desventurada Magdalena! Ya va viendo acercarse a su ocaso el sol de su
existencia y empiezan a asaltarla tristes presentimientos. Hoy, antes de
entrar en su cuarto, me detuve un momento en el umbral, según suelo
hacerlo, para reunir mis energías, y oí que le decía a su padre con voz
infantil, llena de ternura:
»--¡Estoy muy mala!... ¿Pero usted, papá, me salvará? Porque si yo
muriera--añadió en voz baja,--moriría él también.
»--Sí, Magdalena mía, sí: si tú mueres, también yo moriré.
»Entonces entré y me senté a su cabecera. Iba a contestarle su padre,
pero ella con un ademán le suplicó que callase; cree la infeliz que a mí
se me oculta su estado y no quiere darme a conocer sus presentimientos y
sus temores. Al poco rato me ha rogado que saliese del saloncito y que
volviese a tocar aquel vals de Weber a que tanta afición muestra.
»Yo no me decidía a hacerlo; pero el doctor me indicó con una seña que
accediese a su súplica y entonces obedecí.
»Pero, ¡ay! esta vez no se levantó mi pobre Magdalena para venir hacia
mí sostenida por el mágico poder de esa sugestiva melodía. Casi no logró
incorporarse en el lecho, y al extinguirse la última nota lanzó un
suspiro y con los ojos cerrados se desplomó sobre la almohada.
»Asaltáronle luego pensamientos más graves y rogó a su padre que llamase
al cura párroco de Ville d'Avray que le administró la primera comunión,
y al cual, según dijo, vería con mucho gusto. Entonces el doctor se
trasladó a su despacho para escribir al cura y yo quedó acompañando a mi
amada.
»¡Oh! ¡Qué tristeza causa todo esto, Dios mío! Hay momentos en que se
desea la muerte más que la vida.
»Pero, ¿cómo se explica, querida Antoñita, que no hable de usted jamás,
y que tampoco su padre le recuerde que existe usted en el mundo?
»A no ser por la prohibición que usted me hizo de pronunciar su nombre
en presencia de ella, ya sabría a estas horas cuál es el motivo de un
silencio tan extraño.»
EL DOCTOR AVRIGNY AL CURA PáRROCO DE VILLE D'AVRAY
«Señor cura:
»Mi hija va a morir, y antes de comparecer en la presencia de Dios,
desearía ver al sacerdote que inculcó en su alma inocente la sagrada
doctrina de Cristo. Le suplico, padre mío, que venga lo antes posible.
Le conozco a usted lo bastante para saber que no tengo que añadir ni una
palabra más, porque cuando el afligido acude a usted en demanda de
auxilio jamás necesita hacerlo más que una sola vez.
»Aún espero de su bondad, otro favor. No le sorprenda mi petición, padre
mío: olvídese de que se la hace un hombre a quien inmerecidamente tiene
todo el mundo por una lumbrera médica de los tiempos actuales.
»El favor que quiero pedir a usted, consiste en esto:
»Creo recordar que en Ville d'Avray hay un pobre pastor, llamado Andrés,
que posee recetas maravillosas y que, a creer lo que dicen los aldeanos,
ha devuelto la salud a muchos enfermos que la Facultad había
desahuciado. Tengo una idea vaga de todo esto, y estoy seguro de que yo
no lo he soñado. Oí referir esas curas maravillosas en una época en que
yo era feliz y por lo tanto incrédulo.
»Tráigame, pues, a ese hombre, se lo suplico.
»Leopoldo de Avrigny.»
Capítulo 30
El padre de Magdalena encargó de llevar esta carta a un criado montado
en buen caballo, y aquella misma tarde cerca del anochecer llegaron el
cura y el pastor, quienes al recibir el mensaje se apresuraron acudir al
llamamiento.
Era el tal Andrés un aldeano tosco, sin instrucción y reconocíase en su
aspecto esta circunstancia de modo tal que si el doctor había llegado a
abrigar alguna esperanza en los recursos de aquel hombre, a las primeras
palabras hubo de convencerse de que tal ilusión no era más que una
quimera. Sin embargo, le acompañó al cuarto de su hija, so pretexto de
que venía a avisarle que el cura no tardaría en llegar. Magdalena que en
su niñez había visto con frecuencia a aquel pastor en la quinta, se
alegró mucho al verle.
Cuando salió de la estancia después de ver a la enferma le pidió el
doctor su opinión sobre el estado de Magdalena. Respondiole el patán con
la osadía y la necedad de su ignorancia que a su juicio estaba en verdad
muy grave; pero con el auxilio de las hierbas que traía ex profeso había
triunfado no pocas veces en casos más extremos aún que aquél. Y al
hablar así puso de manifiesto los hierbajos en cuestión cuya virtud,
según él, debía reduplicarse por razón de las épocas del año en que
había buscado en el campo aquellas plantas.
El padre de Magdalena las examinó con rápida mirada, y quedó convencido
que el efecto que de ellas esperaba no sería otro que el de una tisana
ordinaria; pero, como al fin y al cabo no podían perjudicar a la
enferma, dejó que el pastor las preparase y él fue a reunirse con el
cura.
--El remedio de Andrés--dijo al párroco--es pueril y ridículo, pero le
dejo hacer porque eso no envuelve ningún peligro, ni influirá para nada
en la hora de la muerte de mi hija, que ocurrirá en la noche del jueves
al viernes, o a lo sumo en la mañana del viernes. Tengo bastante
experiencia profesional--añadió con amargura--para estar bien seguro de
que no me equivoco en mis tristes augurios. Ya ve usted, señor cura, que
ninguna esperanza me resta ya en este mundo.
--Espere usted en Dios; confíe en El--repuso el cura.
--A eso quería yo venir a parar--dijo el doctor con cierta
vacilación.--Yo siempre he creído en Dios, siempre he confiado en El,
sobre todo desde que su bondad infinita me concedió una hija; y a pesar
de ello he de confesarle a usted que con sobrada frecuencia ha venido la
duda a turbar mi contristado espíritu. Todo aquél que analiza tiene que
ser escéptico por necesidad; a fuerza de ver materia, y nada más que
materia, se llega a dudar de que pueda existir un alma y quien duda del
alma está a dos pasos de dudar del Creador... Cuando se niega la sombra
se niega también el sol. En algunas ocasiones mi miserable vanidad
humana ha osado someter a su impío examen, a su análisis, hasta el mismo
Dios. ¡Oh! No se escandalice usted, padre mío, porque bien arrepentido
estoy al presente de mis necias rebeldías que ahora juzgo culpables y
odiosas. Hoy creo...
--Crea usted, amigo mío, y se salvará--dijo el cura.
--En esa promesa del Evangelio confío, padre mío. Sí, creo en Dios
omnipotente y en su bondad y misericordia infinitas; creo que el
Evangelio no sólo encierra símbolos sino también hechos ciertos; creo
que las parábolas de Lázaro y de la hija de Jairo no aluden a la
resurrección de las sociedades sino que refieren sucesos de orden
individual, reales y verdaderos; creo por último en el poder que el
Divino Redentor legó a los apóstoles, y por lo tanto, en los milagros
obrados por su intercesión divina.
--Entonces es usted feliz, hijo mío.
--¡Sí, lo soy!--exclamó el doctor cayendo de hinojos,--porque poseyendo
esa fe ciega puedo postrarme a sus pies y decirle: «Padre mío, nadie
mejor que usted merece que rodee su cabeza la aureola de los santos,
puesto que ha consagrado a curar a los enfermos y a socorrer a los
pobres su existencia entera. Todas sus acciones son puras y benditas a
los ojos de Dios. Es un santo, y pues lo es, haga un milagro: devuélvale
a mi hija la vida y la salud...» Pero ¿qué hace, padre mío?
El cura se había levantado, con la tristeza retratada en el semblante.
--¡Ay!--exclamó.--Me apena muy de veras su dolor; le compadezco y siento
en el alma no poseer la virtud que me atribuye, pues no me es dable otra
cosa que elevar mis preces a Aquel que dispone de los destinos humanos.
--Así, pues, todo es inútil--dijo el señor de Avrigny, levantándose
también.--Dios dejará morir a mi hija del mismo modo que dejó morir a mi
hijo.
Y salió detrás del cura, que horrorizado al oírle blasfemar de aquel
modo, abandonó el despacho precipitadamente.
Como era de esperar, ningún efecto produjo el brebaje de Andrés.
Magdalena durmió con sueño febril e inquieto, viéndose en su pesadilla
bien a las claras el influjo de la agonía que se avecinaba ya. Al rayar
el alba se despertó, lanzó un grito y extendiendo los brazos hacia su
padre, exclamó:
--¡Papá! ¡papá! ¿Verdad que no moriré?
Abrazóla el doctor respondiéndole con las lágrimas que brotaban de sus
ojos. Magdalena pareció tranquilizarse a costa de un gran esfuerzo y
preguntó por el cura.
--Ya ha venido--respondió el señor de Avrigny.
--Quiero verle en seguida--dijo Magdalena.
Entonces su padre envió a llamar al sacerdote, que no tardó en
presentarse.
--Señor cura--díjole Magdalena,--supliqué a papá que le llamase porque
siendo mi director espiritual de siempre, quiero confesarme con usted.
¿Está dispuesto a escucharme?
El sacerdote hizo un signo afirmativo. Magdalena volviose hacia su padre
y le dijo:
--Papá, déjeme usted sola un instante con este otro padre que es padre
de todos.
El doctor obedeció y después de besarle la frente salió del aposento.
Junto a la puerta estaba Amaury. El padre de Magdalena, sin despegar los
labios le llevó de la mano al oratorio de su hija; allí se arrodilló
ante la cruz y obligando también al joven a arrodillarse le dijo:
--¡Oremos, hijo mío!
--¡Dios eterno! ¿Ha muerto ya Magdalena?--gritó Amaury.
--No. Tranquilízate; aún la tendremos veinticuatro horas en nuestra
compañía y yo te prometo que tú estarás presente cuando muera.
Amaury dejó caer la cabeza sobre el reclinatorio, prorrumpiendo en
sollozos.
Haría un cuarto de hora que allí estaban de ese modo cuando se abrió la
puerta del oratorio y entró el sacerdote. Al ruido de sus pasos volvió
Amaury la cabeza y le preguntó:
--¿Qué hay?
--¡Es un ángel!--contestó el párroco de Ville d'Avray.
El señor de Avrigny alzó a su vez la cabeza y preguntó:
--¿A qué hora se le administrará la extremaunción?
--A las cinco de la tarde. Magdalena quiere que a esta última ceremonia
pueda asistir Antoñita.
--¿Es decir, que mi hija sabe ya que va a morir?
Se levantó y salió para ordenar que fuesen en seguida a buscar a su
sobrina; después de dada esta orden volvió adonde la guardaban Amaury y
el sacerdote y dirigiose con ellos al cuarto de Magdalena.
Hacia las cuatro de la tarde llegó Antoñita. A la sazón no podía darse
espectáculo más triste que el que ofrecía la habitación de la enferma. A
un lado de la cama veíase al doctor con semblante abatido, desesperado,
oprimiendo la mano de su hija, mirándola con la misma fijeza con que el
jugador mira la carta en que arriesga su fortuna y buscando como él un
postrer recurso en lo más hondo de su inteligencia.
Al otro lado Amaury, tratando de sonreír no hacía en realidad otra cosa
que llorar.
A los pies de la cama el sacerdote, con semblante noble y grave,
contemplaba a la pobre moribunda elevando de vez en cuando sus ojos
hacia el Cielo adonde su espíritu habría de volar pronto.
Súbitamente apareció Antoñita en el marco de la puerta, quedándose en la
sombra que envolvía uno de los ángulos del cuarto.
--No intentes ocultarme tu llanto, Amaury--decía Magdalena con acento
cariñoso.--Si no viese las lágrimas en tus ojos me avergonzaría yo de
las que asoman a los míos. Si lloramos, no es nuestra la culpa: ¡Es que
es muy triste separarse a nuestra edad, cuando la vida nos parecía tan
buena y veíamos el mundo tan hermoso! Pero lo más terrible, lo que más
me horroriza, es dejar de verte, Amaury, no estrechar ya tu mano, no
expresarte mi agradecimiento por tu amor, no dormirme esperando que te
me aparezcas en mis sueños. Déjame que te contemple por última vez para
poder acordarme de ti en la eterna noche de mi sepulcro.
--Hija mía--dijo el sacerdote.--En compensación de las cosas que
abandona usted en este mundo, gozará la gloria del paraíso.
--¡Ay! ¡Yo lo tenía en su amor!--suspiró Magdalena.
Y alzando la voz, añadió:
--¿Quién te querrá como yo te quiero? ¿Quién te comprenderá como yo he
llegado a comprenderte? ¿Quién sabrá someterse como yo a tu suave
autoridad, amado mío? ¿Quién cifrará como yo su amor propio y su orgullo
en tu amor? ¡Oh! Si yo conociese alguna capaz de eso, te juro, Amaury,
que le legaría con gusto tu cariño, porque ahora ya no me atormentan los
celos... ¡Pobre amor mío! Tengo tanta compasión de ti como de mí misma,
porque el mundo va a parecerte tan desierto como mi sepultura.
Amaury sollozaba; por las mejillas de Antoñita rodaban gruesas lágrimas;
el sacerdote, para no llorar, procuraba recogerse en la oración.
--¡No hables tanto, Magdalena: te fatigas demasiado!--dijo con acento de
ternura el doctor, único de los presentes a quien su amor había dado
fuerzas para conservar la serenidad.
Volviose hacia él la moribunda y le dijo con su voz más cariñosa:
--¿Qué podría decirte, padre mío, a ti que, desde hace dos meses, dices
y haces cosas tan sublimes; a ti, que de un modo tan admirable has
sabido prepararme para no quedar vislumbrada ante la bondad celeste; a
ti, cuyo amor es tan magnánimo que no has sentido los celos, o, lo que
tiene aún más mérito, has logrado aparentar no sentirlos? Ahora ya sólo
Dios podría inspirarte celos. Tu abnegación es sublime: me admira... Y
me causa envidia--agregó, bajando la voz.
--Hija mía--dijo el ministro de Dios,--su amiga, su hermana Antoñita ha
acudido a su llamamiento. Acaba de llegar; ahí está.
Capítulo 31
Antonia, al verse descubierta, lanzó un grito y vertiendo abundantes
lágrimas se acercó a la enferma. Magdalena hizo un movimiento instintivo
para echarse hacia atrás; pero, luego se rehizo y, dominando aquel mal
impulso abrió los brazos para recibir a su prima que se arrojó en ellos
con efusión, quedando así abrazadas un buen rato hasta que Antoñita se
desprendió y retrocediendo fue a ocupar el puesto del sacerdote, que
acababa de dejar la habitación.
A despecho de las inquietudes y desazones de aquellos dos meses y de la
profunda pena de aquel momento, Antonia estaba más hermosa que nunca;
rebosante de vida, parecía destinada a disfrutar una existencia
prolongada y feliz y podía creerse con derecho al amor de un corazón
tierno y apasionado. Así, podía sin dificultad interpretarse el primer
movimiento de Magdalena como un impulso de celos revelado también por la
involuntaria mirada en que envolvió a la vez a su hermosa prima y a su
desesperado novio que iba a dejar al lado de ella.
Su padre, para quien nada pasaba inadvertido, se inclinó y le dijo en
voz muy baja:
--Tú misma la has llamado; no ha hecho más que obedecerte.
--Sí, papá, y me alegro mucho de verla.
Y la infeliz moribunda miró a Antonia, sonriéndose con angélica
resignación.
Amaury no supo ver en aquel ímpetu de Magdalena otra cosa que un
sentimiento de celos, muy natural en un ser ya aniquilado respecto a
otro lleno de vigor y de vida. El mismo, comparando a la una con la
otra, sintió algo parecido (o al menos así lo creyó él) al sentimiento
experimentado por la hija del doctor, esto es, un sentimiento de odio y
de cólera contra la insultante belleza, causa de aquel cruel contraste,
y hasta le pareció que si no hubiese de morir como tenía resuelto,
llegaría a aborrecer a Antoñita, por considerarla como viviente ironía,
con la misma intensidad con que amaba a Magdalena.
Disponíase a tranquilizar a la moribunda deslizando un juramento en su
oído cuando se oyó una campanilla que le hizo estremecerse y quedar como
clavado en su sitio.
Era el sacerdote que volvía en compañía del sacristán de San Felipe de
Roule y de dos monaguillos para administrar a Magdalena los últimos
sacramentos.
Todos callaron al sonar la campanilla y se postraron de hinojos.
Únicamente Magdalena se incorporó como disponiéndose a recibir la visita
del Señor.
Entró el sacristán con la cruz, luego los monaguillos con la vela en la
mano, y por fin el venerable sacerdote portador del santo Viático.
--Padre mío--dijo Magdalena,--los pensamientos pecaminosos pueden llegar
a combatir nuestra alma hasta los umbrales de la eternidad.--Temo mucho
haber pecado desde que me confesó esta mañana y le agradeceré a usted
que antes de recibir el cuerpo del Señor, se digne permitirme que le
manifieste mis dudas.
Se apartaron Amaury y el doctor para dejar que el párroco se acercase a
la enferma, la cual en voz muy baja y mirando alternativamente a su
prima y a Amaury, le dijo algunas palabras. El santo varón, por toda
respuesta la bendijo. Después de esto comenzó la santa ceremonia.
Solamente aquel que se haya arrodillado en momentos semejantes al pie
del lecho de muerte de una persona querida es capaz de saber el efecto
que causan en nuestra alma las palabras que en tal caso pronuncia el
sacerdote y repiten los presentes. Amaury, con el corazón próximo a
estallar, retorciéndose los brazos y vertiendo amargo llanto, semejaba
la estatua de la desesperación y del dolor.
El señor de Avrigny, mudo e inmóvil, sin lanzar ni un suspiro ni
derramar ni una lágrima, mordía el pañuelo, tratando de recordar las
plegarias recitadas en su niñez y olvidadas hacía ya mucho tiempo.
Antonia, débil mujer, no podía contener los sollozos que la ahogaban.
Transcurrió la ceremonia en medio de aquellas tres penas manifestadas de
un modo tan diferente. Terminó el sacerdote su triste misión acercándose
a Magdalena, que, incorporada, con las manos cruzadas y los ojos alzados
al cielo recibió en sus secos labios la sagrada hostia.
Luego, abatida por este esfuerzo, se desplomó en su lecho, diciendo con
apagado acento:
--¡Dios mío! No permita Tu bondad que nunca sepa que cuando he visto a
mi prima he sentido deseos de que ella muriese también conmigo.
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