--No, hija mía, porque eso no es dejarnos--repuso el doctor, con viveza.
Y muy despacio y adoptando toda suerte de precauciones oratorias, dio
cuenta a Magdalena de su plan, que, como ya sabemos, consistía en llegar
hasta Niza y aguardar la vuelta de Amaury en aquel invernadero de
Europa, en la estación de invierno más espléndida del mundo.
Escuchole Magdalena con la cabeza baja y como absorbida por un
pensamiento fijo, y cuando acabó de hablar le preguntó:
--¿Vendrá también con nosotros Antoñita?
--Siento en el alma, hija mía--respondió el doctor,--verme obligado a
separarte de tu amiga, de tu hermana; pero fácilmente se te alcanzará
que no puedo dejar a cargo de personas extrañas la vigilancia y el
cuidado de mis casas de París y de Ville d'Avray. Tu prima, por lo
tanto, tendrá que quedarse aquí.
En los ojos de Magdalena brilló un rayo de júbilo: sentíase consolada de
la ausencia de su novio con la ausencia de Antoñita.
--¿Y cuándo partiremos?--preguntó con cierta impaciencia.
Al oír esta pregunta, alzó Amaury la frente y la miró sorprendido...
Como su pasión egoísta y ciega no le había dejado adivinar los misterios
que el cariño paternal del doctor había logrado descubrir, todo era para
él, motivo de asombro, porque todo lo ignoraba.
--La fecha de la partida, depende de ti, hija mía--respondió el señor de
Avrigny,--tan pronto como puedas soportar el traqueteo del coche,
después que hayas probado tus fuerzas, dando algunos paseos por el
jardín apoyada en mi brazo o en el de Amaury, emprenderemos el viaje.
--Pues no tengas cuidado, papá. Haré lo que me mandes y pronto estaré
dispuesta para la marcha.
El señor de Avrigny no se había equivocado en sus presunciones: de Ville
d'Avray a París, había aún poca distancia.
AMAURY A ANTONIA
«Me ruega usted, Antoñita, que la entere de todos los pormenores
relativos a la convalecencia de Magdalena, y me explico su curiosidad:
no le basta saber que está mejor, sino que quiere saber cómo ha
recobrado la salud. A decir verdad no podría usted encontrar un narrador
más apropiado que yo, porque, no estando usted aquí para poder hablar de
ella, los dos, me conceptúo dichoso al escribirle. ¡Cosa extraña! Con su
padre, que la quiere tanto como yo, me siento, no sé por qué, sin esa
confianza que usted me inspira. No sé si será la diferencia de edad o la
gravedad de su carácter la causa de ello; pero el hecho es que con usted
no me ocurre nada de eso; con usted, Antoñita, hablaría yo sin cesar
toda la vida.
»Una semana después de marcharse usted aún seguía yo preguntándome todas
las noches: ¿Viviré o moriré? porque entonces estaba en peligro
Magdalena. Ahora, querida Antoñita ya le puedo decir: Viviré, porque
le puedo anunciar que vivirá.
»Crea usted, Antoñita, que mi amor hacia Magdalena no es vulgar ni
pasajero; mi unión con ella no era matrimonio de conveniencia, ni
siquiera lo que se ha dado en llamar un matrimonio de inclinación: me
unía una pasión única, sin ejemplo: y si ella moría tenía yo que morir
también con ella.
»La misericordia de Dios no lo ha querido, ¡Gracias, Dios mío!
»Su padre no ha podido responder de su vida hasta anteayer, y aun eso
con una condición muy extraña; con la condición de que yo me separe de
Magdalena siquiera temporalmente.
»Al pronto yo temí que esta noticia envolviese nuevos peligros para
Magdalena; pero, indudablemente, a la pobre ya no le quedan fuerzas para
experimentar sensaciones muy vivas, porque al saber que nos reuniríamos
en Niza, donde ella me aguardaría, casi manifestó prisa por partir, cosa
que me causó gran extrañeza, acrecentada por la circunstancia de haberle
dicho su padre que usted no podría acompañarla.
»Hay que reconocer que los enfermos parecen niños grandes. Desde ayer es
para ella ese viaje un motivo de extraordinaria alegría.
»Cierto es que ella se imagina que partiremos juntos, siendo así que se
engaña porque su padre acaba de anunciarme que debo yo ponerme en camino
dentro de una semana, y aun dando por sentado que siga la mejoría, no es
de esperar que Magdalena esté en disposición de emprender el viaje antes
de tres semanas o de un mes, tal vez.
»No sé cómo hará su padre para lograr que ella me deje marchar; pero él
me ha dicho que eso corre de su cuenta, y ya debe tener su plan
trazado.
»Hoy ha sido el primer día en que Magdalena, ha podido al fin abandonar
el lecho; su padre la ha trasladado desde su cama a un sillón preparado
ex profeso junto a la ventana, y tan débil está aún que se habría
desmayado en el camino si la señora Braun no le hubiera dado a respirar
un frasco de esencias. A mí me dejaron entrar cuando ya estuvo sentada,
y entonces ¡oh Dios mío! sólo entonces me fue dable apreciar los
estragos que la terrible enfermedad ha causado a mi pobre Magdalena.
»Aun así está hermosa, más hermosa que nunca, pues con su larga bata
abrochada hasta el cuello, se asemeja a uno de esos ángeles tan bellos,
de diáfana cabeza y cuerpo inmaterial del Beato Angélico. Pero esos
ángeles tan hermosos están ya en el Cielo, mientras que Magdalena (y a
Dios le damos gracias por ello), está aún con nosotros. Así resulta que
lo que en ellos es una belleza divina, en Magdalena es un belleza que
casi espanta.
»¡Y qué dichosa se sentía, de estar allí tan cerca de la ventana!
Hubiera dicho cualquiera que veía el cielo por primera vez, que por
primera vez, también, aspiraba aquel aire tan puro y respiraba el aroma
de aquellas flores. Al través de su cutis blanco y transparente veíamos
cómo volvía a la vida. ¡Dios eterno! No sé si sucumbirá a los goces y a
los pesares humanos, sin poderlos resistir. También su padre parece
temer lo mismo, porque a cada momento se le acerca y, so pretexto de
estrecharle la mano, le toma el pulso.
«Anoche se mostraba muy contento porque durante el día había acusado el
pulso tres o cuatro pulsaciones menos por minuto que los días
anteriores.
»A media tarde, cuando ya el sol no daba en el jardín la ordenó
acostarse, sin escuchar sus súplicas. El mismo la transportó al lecho,
comprobando gozoso que ella soportaba mejor que la primera vez ese
transporte. No hubo necesidad de hacerla respirar esencias, lo cual era
buena prueba de que el aire y el sol habían contribuido a devolver
cierto vigor a su cuerpo.
«Cuando la acostaban, tocaba yo en el salón una melodía de Schubert. Ya
estaba a punto de terminarla, cuando la señora Braun vino de su parte, a
pedirme que siguiese. Por primera vez volvía Magdalena a oír música
desde la terrible noche en que la música pudo costarle la vida. Accedí a
su ruego, y cuando al terminar entré en su cuarto, la encontré sumida en
una especie de arrobamiento.
»--¡Oh! No puedes imaginarte, Amaury--me dijo--los crueles encantos que
yo encuentro en la terrible enfermedad que tanto alarma a todo el mundo,
pues me parece que no sólo mis sentidos corporales han duplicado su
virtud de percibir, sino que en mí se han despertado nuevos sentidos que
pudiéramos llamar sentidos del alma. Ahora mismo, en esa música que
acabas de hacerme oír y que he escuchado tantas veces, he percibido
nuevas melodías que no sospeché jamás y el aroma de mis flores me
produce sensaciones que nunca conocí y que quizá no vuelva ya a percibir
cuando haya recobrado la salud por completo. Cuando ayer... (no vayas a
burlarte de mí, Amaury) una silvia cantaba en un arbolito, en el cual
había un nido, ¿sabes lo que se me ocurrió pensar mientras la oía
cantar? Que si así como estoy contigo y con mi padre, hubiera estado
sola, habría concentrado mi espíritu en aquel canto, aplicando a
interpretar todas mis facultades, segura de llegar a comprender lo que
aquel pájaro decía a su hembra y a sus hijuelos.
»Yo miraba al padre de Magdalena, y asustado de oír aquellas ideas que
me parecían hijas del delirio, buscaba en sus ojos una respuesta a mis
dudas y a mis inquietudes; pero él, con un ademán procuró
tranquilizarme, y poco después abandonó el aposento.
»Entonces Magdalena se inclinó hacia mí y dijome al oído:
»--Amaury, ¿quieres tocar aquel vals de Weber que bailamos juntos?
»Yo me asusté ante la idea de hacerle oír la misma melodía que la había
causado una crisis nerviosa tan terrible, y no hallé otro medio de
excusarme que decirle que no la sabía de memoria.
»--No importa. Mañana la enviarás a buscar y la tocarás. ¿Verdad que lo
harás así?
»Yo se lo prometí, sin saber lo que decía.
»¿Tendrá razón su padre al decir que las emociones más perjudiciales son
las que más apetece?
»Al despedirme por la noche me hizo prometer de nuevo que al otro día la
complacería tocando el famoso vals de Weber.
»Ha pasado bien la noche última, durmiendo con un sueño más tranquilo y
reparador que el de costumbre. Tres veces, desde las diez de la noche al
amanecer, ha entrado su padre en el dormitorio y siempre la ha
encontrado descansando. La señora Braun, que la velaba, ha asegurado que
en toda la noche no se despertó más que dos veces, y después de tomar
un calmante, dando muestras de sentirse muy aliviada, había vuelto a
dormirse.
»Cuando esta mañana me ha explicado el doctor cómo había pasado la noche
su hija, según suele hacerlo cotidianamente antes de entrar yo en su
cuarto, le dí cuenta de la obstinación que mostraba Magdalena por oír el
vals en cuestión. Reflexionó unos instantes, al cabo de los cuales,
respondió:
»--¡Ya te lo decía yo! ¡Ya ves cómo eran ciertos mis temores! Mientras
tú no te vayas, siempre tendrá esa necesidad de emociones fuertes que me
da tanto cuidado. No tomes a mal lo que te digo, Amaury; pero, he de
confesarte con noble sinceridad que daría yo algo bueno por verte ya
lejos de ella.
»--Pero, ¿qué hago? ¿Toco o no toco el vals?
»--Tócalo. Yo estaré a tu lado. Haz caso de lo que yo te recomiende y no
accedas a los ruegos que ella pueda hacerte.
»Me dirigí al cuarto de Magdalena y encontré a ésta con el rostro
radiante y haciendo gala de tener muy buen humor. La fiebre había
seguido en su marcha descendente.
»--¡Ay, Amaury!--me dijo.--¡Si supieras qué bien he dormido y con qué
fuerzas me siento! Tan bien estoy, que si consintiese en ello mi
tiranuelo (y al decir esto, envolvió a su padre en una mirada de amor
inefable), creo que andaría, o más bien, sería capaz de volar, más
ligera que un pájaro. Pero él con su pretensión de conocerme mejor que
yo misma, me tiene aquí sujeta a este maldito sillón.
»--Te has olvidado ya, Magdalena--le repliqué,--que hace dos días
reducíase toda tu ambición a sentarte en ese maldito sillón como tú
dices, y ahí, junto a la ventana, creías estar en un paraíso terrenal.
Así pasaste ayer todo el día y te diste por muy contenta con ello.
»--Tienes razón, pero lo que ayer tenía yo por bueno no lo es ya hoy. Si
hoy tú sólo me quisieras lo mismo que ayer no me daría por satisfecha;
para mí, las sensaciones que no aumentan disminuyen. ¿A ver si adivinas
en dónde querría yo estar ahora? ¿Quieres que te lo diga? Pues quisiera
estar bajo un grupo de rosales, tendida sobre»el césped, que se me
figura suave como el terciopelo.
»--Me complace tu ambición por lo modesta--dijo el doctor.--De aquí a
tres días, podrás satisfacer tus deseos.
»--¡De veras!--exclamó Magdalena, palmoteando como un niño a quien se le
promete un juguete deseado con ansia mucho tiempo.
»Y aun hoy mismo te dejaré ir sin el auxilio de nadie a sentarte en el
maldito sillón. Hay que ensayar las piernas antes que las alas. La
señora Braun y yo marcharemos a tu lado por si acaso hubiera que
sostenerte.
»--Tal vez sea acertada esa previsión, papá, porque si he de ser franca,
he de confesar que soy como esos cobardes que alardean de su valor si
están lejos del peligro, y en cuanto se les presenta la ocasión de
demostrarlo cambian en el acto de lenguaje y de actitud. ¿Cuándo me
levantaré hoy? ¿Habré de aguardar, como ayer, al mediodía? Eso es mucho,
papá; considere usted que ahora son las diez escasas.
»--Bien, hija mía; hoy permitiré que te levantes una hora antes, y como
hace muy buen día y la temperatura es agradable, abriremos la ventana
para que respires el aire puro del exterior.
»Mientras abrían la ventana, y el aire y el sol inundaban el aposento,
inclinose a mi oído Magdalena para decirme:
»--¿Y el vals?...
»Le respondí con una seña afirmativa y con ella pareció quedar tranquila
y satisfecha.
»Pronto entraron a anunciarnos que el almuerzo estaba servido. Ya sabe
usted, Antoñita, que antes su tío y yo hacíamos las comidas separados,
para poder relevarnos a la cabecera de la enferma; pero desde que ésta
convalece, tal precaución es inútil, y hace unos cuantos días que
comemos juntos.
«Próximamente a las once se levantó de la mesa el padre de Magdalena,
diciendo:
»Cuando se quiere que los niños y los enfermos, hagan lo que se les
manda, no hay más remedio que cumplirles fielmente lo que se les
promete. Ahora la ayudaré a levantarse y tú podrás entrar dentro de unos
diez minutos.
«Efectivamente, poco después encontraba yo a Magdalena sentada junto a
la ventana, y, al parecer, muy contenta, contemplando el jardín.
«Entre su padre y la señora Braun la habían ayudado a trasladarse desde
el lecho hasta el sillón. Cierto es que sin el apoyo que ambos le
prestaron quizás se habría visto apurada para llegar hasta allí, pero,
¡cuánta, diferencia no había entre aquel día y la víspera, cuando hubo
que llevarla en brazos! Me senté a su lado y a los pocos instantes dio
muestras de sentir cierta impaciencia.
»El doctor, que parece leer por arte de magia en lo más hondo de su
corazón, la comprendió en el acto y levantándose dijo:
»--Amaury, permanecerás aquí con Magdalena sin separarte de ella,
¿verdad? Yo tengo que ausentarme por un par de horas. Prométeme no
abandonarla hasta que yo vuelva.
»--Váyase usted confiado. No la dejaré.
»El señor de Avrigny dio un beso a su hija y salió del aposento.
»--¡Vamos! ¡Pronto! ¡Pronto, Amaury!--exclamó ésta, acto continuo.--Ve a
tocar el vals de Weber. Esta idea me obsesiona y no puedo desterrarla de
mi mente: toda la noche he estado oyendo ese vals.
»--Pero, ¡si no puedes acompañarme al salón, Magdalena!
»--Demasiado lo sé, pues, por desgracia, casi no puedo tenerme en pie;
pero tú dejarás todas las puertas abiertas y así podré oírte bien.
»Recordé la recomendación de su padre, y seguro de que estaría muy cerca
velando por su hija, me levanté para ir a sentarme al piano. Con las
puertas abiertas podía yo ver desde allí a Magdalena, que en medio de
los cortinajes que servían de marco a su figura, parecía un cuadro de
Greuze. Vi que me hacía una seña con la mano; púseme el papel delante y
me preparé a tocar.
»--Empieza.--oí que decía una voz detrás de mí.
»--Volví la cabeza y vi al doctor.
»El vals, como usted ya sabe, Antoñita, era uno de esos enloquecedores
motivos de melancólico ardor que nadie sabía desarrollar sino el autor
de Freyschutz, con su poderoso genio.
»Yo no la sabía de memoria; tenía que ir, por lo tanto, descifrando las
notas mientras tocaba. No obstante, creí ver, como a través de una
espesa niebla, que Magdalena se alzaba de su sillón, y al volverme vi
que no me había engañado. Quise entonces detenerme, pero su padre, que
lo vio, me contuvo, diciendo:
»--Continúa.
»Y yo continué, sin que la interrupción fuese advertida por ella, cuya
poética naturaleza parecía animarse con la armonía e iba adquiriendo
fuerzas a medida que el compás se aceleraba.
»Permaneció un instante en pie e inmóvil, y echando a andar de pronto,
aquella débil enferma, que para ir de la cama a la butaca había
necesitado ayuda de dos personas, avanzó con paso seguro, deslizándose
sobre el pavimento como una sombra, sin buscar apoyo ni en la pared ni
en los muebles. Yo me volví hacia el doctor y viéndole muy pálido y
demudado, quise parar otra vez; pero él volvió a prohibírmelo, diciendo:
»--Continúa. Acuérdate del violín de Cremona.
»Y continué de nuevo. El compás se aceleraba por momentos y cuanto más
aumentaba la rapidez, más de prisa caminaba Magdalena, acercándose a mí,
hasta llegar a poner sobre mi hombro su diestra. Entonces su padre, que
había salido pocos momentos antes, volvió a entrar por una puerta
situada a nuestra espalda y repitió por tercera vez:
»--Continúa, continúa. ¡Bravo, hija mía! ¿Pues no decías esta mañana que
estabas tan extenuada y tan débil?...
»Y el pobre padre, lleno de mortal angustia, reía y temblaba a la vez.
»--Parece cosa de magia, papá--contestó Magdalena.--El efecto que me
causa la música es realmente maravilloso, tanto, que a mi juicio existen
melodías capaces de hacerme abandonar la sepultura. Así me explico cómo
comprendía tan bien las escenas de las monjas de Roberto el Diablo y
las Willis de la Gisela.
»--Así lo creo; pero no conviene abusar de esa facultad--replicó el
doctor.--Apóyate en mi brazo y tú, Amaury, continúa: esa música es
admirable. Pero después--me dijo en voz baja,--procura pasar de ese vals
a alguna melodía vaga que vaya expirando como un eco que se pierde en
lontananza.
»Comprendí su intención, y obedecí. La misma música que había causado en
ella tal exaltación, debía sostenerla hasta el momento en que llegase a
su sillón; mas entonces debía decrecer ya por grados, pues, cesando de
repente, podía producirle un efecto desastroso que determinase una
agravación del mal.
«Efectivamente, Magdalena volvió a sentarse sin aparentar cansancio, y
con semblante tranquilo y revelando alegría, se acomodó en el sillón. Yo
comencé a retardar el compás y la vi inclinar hacia atrás la cabeza, y
cerrar los ojos. El doctor, que no la perdía de vista y la contemplaba
fijamente, me indicó que tocase piano pianísimo; entonces reemplacé el
vals por algunos acordes que poco a poco fueron apagándose hasta quedar
extinguidos, como el lejano canto de un pájaro que huye cruzando el
espacio, hacia lugares remotos.
«Después me levanté y quise acercarme a Magdalena; pero su padre me
salió al paso y me dijo:
»--Ahora duerme; no vayas a despertarla.
»Y llevándome a la antesala, agregó:
»--Ya ves, Amaury, que es indispensable tu partida. Si eso hubiese
sucedido en mi ausencia, si yo no llego a estar aquí para dirigirte,
¡sabe Dios lo que sería de Magdalena a estas horas! Sólo el pensarlo me
aterra. Créeme: a toda costa es preciso que te marches.
»--Pero Magdalena se figura que aún tardaré en partir... ¿Cómo vamos a
decirle?...
»--No pases pena; ella misma te pedirá que te vayas.
»Y después que hubo pronunciado estas palabras, el señor de Avrigny
entró en el cuarto de su hija.
»Yo, entonces, me volví al mío y me puse a escribir a usted esta carta.
¿Cómo le parece a usted, Antoñita, que se las arreglará el doctor para
que su misma hija me ordene que parta?»
Capítulo 22
AMAURY A ANTONIA
«Mi partida se ha fijado para dentro de seis días y la misma Magdalena
ha sido quien me ha rogado que parta. No me había, pues, engañado el
doctor al prevenírmelo así.
»Ayer por la mañana estábamos reunidos en la misma sala en que ocurrió
la escena aquella del piano (que afortunadamente no dio malos
resultados, pues Magdalena cada día está mejor), cuando el señor de
Avrigny, después de hablar mucho rato de usted con ella en términos que
no repetiré por no herir su rara modestia, anunció que el lunes
regresaría usted de Ville d'Avray.
»Al oírlo se estremeció Magdalena y palideció densamente. Miré al
doctor, y viendo que tenía una mano de ella entre las suyas comprendí
que aquella sensación no debía haber pasado para él inadvertida.
»Al otro día debía Magdalena bajar al jardín para disfrutar allí, entre
las flores, el aire y los aromas que con tanto afán apetecía en los
días, anteriores. Pero vea usted, Antoñita, cuán razonable era la
comparación que su tío establecía entre los enfermos y los niños: ya no
parecía causarle impresión alguna la promesa que le había hecho su
padre; semejante a una nube, había pasado sobre su espíritu, y ya su
pensamiento se hallaba exclusivamente ocupado por un solo objetivo.
»Proponíame yo aprovechar el primer momento en que estuviese a solas con
ella para preguntarle qué era lo que causaba su ensimismamiento, cuando
entró José trayéndome una carta que abrí en seguida. El ministro de
Negocios Extranjeros me escribía rogándome que pasase a su despacho
porque tenía que hablarme.
»Apenas leí la carta se la entregué a Magdalena. Mientras ella la leía a
su vez sentía yo cierta inquietud. Comprendía la correlación que podía
tener aquella carta con lo que el doctor me había dicho la víspera a
propósito de mi viaje, y no podía menos de temblar, mirando a Magdalena.
¡Pero cuál no sería mi asombro cuando vi que se alegraba su semblante!
»Creí que en el mensaje no había, visto otra cosa que un suceso
ordinario y no quise revelarle la verdad. Me despedí, diciendo que
volvería en seguida, y salí dejándola a solas con su padre.
»No me engañaban mis presentimientos. El ministro, que se mostró conmigo
tan amable y complaciente como siempre, me dijo que me llamaba porque
había querido manifestarme personalmente que mi comisión, por virtud de
imprevistos acontecimientos políticos, se había hecho muy urgente y yo
debía disponerme para el viaje; pero, defiriendo a mis compromisos
contraídos con la familia de Avrigny me concedía, fiando en mi
discreción, el tiempo que necesitase para preparar a mi novia y a su
padre.
»Le dí las gracias por sus atenciones y le prometí responderle el mismo
día fijando la fecha de mi partida.
»Volví a casa muy preocupado, no sabiendo cómo darle a Magdalena tal
noticia. Cierto es que confiaba en el doctor, porque me había prometido
librarme de este apuro; pero casualmente acababa de salir hacía muy poco
rato y Magdalena había dado orden de que cuando yo llegara me hiciesen
entrar en su habitación.
»Yo escuchaba perplejo estas explicaciones que me daba la doncella,
cuando sonó la campanilla de Magdalena, que preguntaba si había yo
regresado.
»No había excusa posible; así, que me dirigí en el acto a su aposento.
Ella debió conocerme por el rumor de mis pasos, porque al entrar yo la
vi con los ojos fijos en la puerta, revelando en su»mirada la más
profunda ansiedad. Al verme llegar, me dijo:
»--Ven, ven, Amaury. ¿Has visto ya al ministro?
»--Sí--le contesté, con cierta vacilación.
»--Ya sé para qué te ha llamado: para decirte lo mismo que le dijo ayer
a papá a quien vio en palacio: que debías partir en seguida.
»--¡Magdalena! ¡amada mía!--exclamé.--¡Te juro que estoy dispuesto a
renunciar a esta comisión y aun a mi propia carrera, si es preciso,
antes que abandonarte!
»--¿Qué dices, Amaury?--replicó Magdalena, con viveza.--¡Eso es una
locura! No, no, Amaury; hay que tener juicio y pensar con sensatez.
Jamás me perdonarla yo el haber interrumpido tu carrera precisamente
cuando ésta empieza a infundir las más lisonjeras esperanzas.
»Yo la miré asombrado, no atreviéndome a dar crédito a mis oídos. Ella
entonces me dijo, sonriendo:
»--¿Verdad que no aciertas a explicarte cómo te habla de un modo tan
razonable una mujer tan excéntrica y tan caprichosa como yo? Pues ahora
te diré lo que acabamos de acordar papá y yo.
»Me acerqué a ella, me senté a sus pies como siempre, y mientras
acariciaba sus demacradas manos entre las mías, prosiguió:
»--Aún no estoy bastante fuerte para soportar las fatigas del viaje,
pero papá asegura que dentro de quince días podré ponerme en camino sin
ningún inconveniente. Así, pues, tu marcharás y yo iré tras de ti;
mientras tú cumples en Nápoles tu comisión, yo iré a aguardarte a Niza,
adonde llegarás casi al mismo tiempo que yo, gracias al vapor. ¡Oh! ¡Qué
hermosa invención es la del vapor! ¿verdad? Para mí, Fulton ha sido el
hombre más grande de las edades modernas.
»--¿Y cuándo debo partir?--le pregunté.
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