AMAURY
Por Alejandro Dumas
Traducción por Florencio S. de Yarza
La Nación. Buenos Aires - 1911
Prefacio
Existe en Francia una cosa tan peculiar, tan genuina del carácter
nacional, que con dificultad se encuentra en otro país cualquiera: la
conversación, en cuya especialidad no hay nadie que pueda competir con
los franceses.
En el resto del globo se discute, se argumenta, se perora; sólo en
Francia se conversa por costumbre.
No pocas veces, estando yo en Italia, en Alemania o en Inglaterra, me ha
ocurrido anunciar de pronto que al día siguiente me volvía a París. Si
alguno, admirado de tan súbita resolución, me preguntaba:
--¿A qué vas a París?
Yo le respondía sencillamente:
--A conversar.
Y no era flojo su asombro al saber que yo, ahito de conversación,
pensaba en hacer un viaje de centenares de leguas sólo por darme el
gusto de conversar.
Nadie podía explicarse un capricho semejante; sólo me comprendían los
franceses. Estos solían exclamar:
--¡Qué dicha! ¡qué placer!
Y sucedía a veces que alguno de ellos se venía conmigo.
A decir verdad no hay nada más grato que esas minúsculas tertulias que
en un salón elegante improvisan unas cuantas personas charlando a su
sabor, dando vueltas a una idea mientras dura el hechizo que produjo,
para abandonarla después de sacar de ella todo el partido posible,
cediendo al atractivo de otra nueva que a su vez surge en medio de las
bromas de unos, de los discreteos de otros y de las agudezas de todos,
lo cual no obsta para que súbitamente, al llegar al punto culminante de
su desenvolvimiento, se desvanezca como pompa de jabón tocada por la
dueña de la casa, que mientras sirve el te lleva de grupo en grupo el
hilo de la charla general, recopilando opiniones, pidiendo pareceres,
planteando problemas y obligando casi siempre a cada corrillo a verter
su correspondiente frase en ese tonel de las Danaides que se llama «la
conversación».
Por el estilo del salón que describo hay en París cinco o seis en los
cuales no se baila, ni se carta, ni se juega, y sin embargo no se sale
de ellos nunca antes del amanecer.
Cuéntase entre estos salones el de un buen amigo mío, el conde M... Digo
amigo mío y en realidad no haría mal en decir amigo de mi padre, pues es
el caso que el conde de M... quien por nada de este mundo es capaz de
confesar motu proprio su edad (ni, por otra parte, tampoco hay quien
le pregunte sobre ella), no dejará de tener sus sesenta y tantos años
bien cabales, aunque no represente más allá de los cincuenta, gracias al
extremado esmero con que cuida su persona. Es uno de los últimos y más
genuinos representantes del tan calumniado siglo XVIII, lo cual debe sin
duda explicar la escasez de sus creencias, circunstancias que (dicho sea
en su honor), no le ha hecho caer, como a la mayoría de los incrédulos,
en el afán de empeñarse en que los demás dejen de creer también.
Puede decirse que hay en él dos principios, uno hijo del corazón y otro
del entendimiento, que mutuamente se repelen. Es egoísta por sistema y
generoso por naturaleza. Nacido en tiempo de nobles y filósofos, el
instinto aristocrático viene a equilibrar en su espíritu la
independencia del pensador. Conoció a los hombres más conspicuos del
pasado siglo. Fue bautizado por Rousseau con el título de ciudadano;
Voltaire le auguró que sería poeta; Franklin le recomendó simplemente
que fuese un hombre honrado y bueno.
Juzga el año terrible, el cruento 93, como juzgaba San Germán las
proscripciones de Sila y las matanzas de Nerón. Con escéptica mirada ha
presenciado el desfile de los asesinos, de los septembristas, y de los
guillotinadores, primero en carro y luego en carreta. Ha conocido a
Florián y a Andrés Chénier, a Demoustier y a Madama de Stael, a Bertin y
a Chateaubriand; ha rendido homenaje a madama Tallién, a madama
Récamier, a la princesa Borghése, a Josefina, y a la duquesa de Berry.
Ha asistido al encumbramiento de Bonaparte y a la caída de Napoleón. El
padre Maury y Talleyrand le llaman discípulo: es un diccionario de
fechas, un catálogo de acontecimientos, un archivo de anécdotas, una
mina de agudezas.
Nunca ha querido escribir por temor de perder su preeminencia, pero en
cambio presume de narrador.
He ahí por qué su salón, como he dicho más arriba, es uno de los cinco o
seis salones de París en los que, sin haber juego, música, ni baile, se
pasan de un modo grato las horas hasta bien entrada ya la madrugada.
Cierto es que en las esquelas de invitación escribe de su puño y letra:
Se conversará, como otros estampan: Se bailará. Fórmula es ésta que
suele alejar a banqueros y agiotistas; pero que atrae a los hombres de
ingenio, siempre gustosos de hablar; a los artistas, dispuestos a
escuchar, y a los misántropos de todo género, que nunca complacieron a
la dueña de la casa bailando un solo, con el fútil pretexto de que la
contradanza recibe ese nombre por ser lo contrario de lo que se llama
danza.
Es innegable, además, que posee un admirable talento para cortar con una
sola palabra, ya el desarrollo de cualquiera teoría que esté en pugna
con el modo de pensar del auditorio, ya toda discusión que tienda a
hacerse pesada.
Cierto día, un joven melenudo y de barbuda faz hacía en su presencia
desmedidos elogios de Robespierre, declarándose acendrado partidario de
su sistema, lamentando su prematuro fin y augurando su rehabilitación
como un acto de justicia.
--Ese grande hombre no ha sido bien comprendido--dijo al terminar su
perorata.
--Pero sí guillotinado, afortunadamente--replicó el conde de M...
Esta frase dio fin a la conversación por aquel día.
Hace un mes próximamente asistí yo a una de estas reuniones. A última
hora se había hablado ya de tantas cosas que, agotados los temas, vínose
a tratar de amor. A la sazón, la conversación se había hecho general y
entre los grupos cruzábanse algunas palabras sueltas.
--¿Quién habla por ahí de amor?--preguntó el conde de M...
--El doctor P...--contestó una voz.
--¡Ah! ¡Es curioso! ¿Y qué dice el doctor?
--Que el amor es una congestión cerebral de carácter benigno que se
puede curar poniendo al enfermo a dieta, aplicándole sanguijuelas y
usando de sangrías moderadas.
--¿Así opina usted, doctor?
--Claro que sí; por más que conceptúo preferible la posesión. Ese sí que
es el remedio más eficaz.
--Está bien; pero supongamos que ésta no se consigue y que en tal trance
no acudimos a usted, que ha hallado la panacea universal, sino a alguno
de sus colegas, menos prácticos que usted en la terapéutica, y que le
espetamos esta pregunta concreta: «¿Podemos morirnos de amor?»
--Eso no se pregunta a los médicos, sino a los enfermos--repuso el
doctor.--Respondan ustedes, señoras, y ustedes también, caballeros.
Arduo por demás era el problema y, como no podía menos de esperarse,
dividiéronse las opiniones. Los jóvenes, que creían tener sobrado tiempo
para morir de desesperación, respondieron que sí; los viejos, cuya vida
pendía ya de un ataque de gota o de un simple catarro, contestaron que
no; las mujeres se limitaron a hacer un gesto de duda. Eran demasiado
altivas para negar y sobrado sinceras para afirmar.
A todo esto empeñábanse todos en explicar sus votos respectivos; así,
que no había manera de entenderse.
--¡Ea!--dijo el conde de M...--Yo voy a dilucidar la cuestión.
--¿Usted?
--Sí, señores, yo mismo.
--¿Cómo?
--Explicándoles a ustedes el amor que mata y el amor que no trunca la
existencia.
--¿Así, pues, hay varios amores?--preguntó una mujer que era tal vez, de
todas las presentes, la que menos debiera haber hecho tal pregunta.
--Sí, señora--respondió el conde.--Crea usted que costaría trabajo
enumerarlos. Pero vamos al asunto. Aún no son las doce; de modo que
disponemos de unas horas. Está cayendo una copiosa nevada; aquí nos
calentamos ante un fuego magnífico, y ustedes forman un auditorio muy de
mi gusto; conque, prepárense a oírme. ¡Augusto! Ordene usted que cierren
bien las puertas y tráigame aquel manuscrito que usted sabe.
Obedeció el interpelado, que era el secretario del conde, joven amable y
distinguido, del cual se susurraba que podía ser acreedor a un título
más íntimo; y, a la verdad, el paternal cariño que el conde le mostraba
parecía justificar esta creencia.
La palabra manuscrito originó un movimiento de impaciente curiosidad y
todo el mundo se dispuso a escuchar con religiosa atención.
--Perdonen ustedes--dijo el conde.--No hay novela sin prólogo, y yo debo
concluir el mío. Adelantándome a toda sospecha he de advertir en primer
término que nunca inventé yo nada. Explicaré cómo ha venido a mis manos
ese manuscrito. Hace año y medio fui nombrado albacea de un amigo mío, y
al registrar y clasificar sus papeles me topé con unas Memorias. El,
como médico que era, escribió en ellas una especie de autopsia... (No
hay que asustarse, señoras; me refiero a una autopsia moral, a una de
esas autopsias del corazón que a ustedes les gustan tanto.) Con esas
Memorias encontré otro diario de distinta letra, unido a sus recuerdos
del mismo modo que la biografía de Kressler anda confundida con las
meditaciones del gato Muur. Yo conocía aquella letra: era la de un joven
a quien había visto muchas veces en casa de mi amigo, por ser éste tutor
del tal mancebo. Los dos manuscritos, que sueltos resultaban
incomprensibles, completábanse mutuamente constituyendo una historia que
me pareció muy... ¿cómo diré?... muy humana. Interesome mucho, a causa
tal vez del escepticismo que me atribuyen... ¡Felices aquéllos a quienes
se crea una reputación, sea cual fuere!... Decía, pues, que a causa del
escepticismo que se me atribuye, casi nunca encuentro cosas que me
interesen, y viendo que ese relato me había subyugado el corazón en
absoluto... (perdone usted, doctor; yo bien sé que propiamente hablando,
esa víscera nada tiene que ver en tales asuntos; pero por fuerza hay que
valerse del lenguaje corriente para hacerse entender). Juzgué pues, que
una historia que de tal modo me había cautivado tenía que embelesar
también a mis contemporáneos. Y además, ¿a qué ocultarlo? no era la
vanidad del todo ajena a mi propósito: ambicionaba el título de escritor
aunque para alcanzarlo hubiese de perder mi fama de hombre de ingenio,
como le sucedió a M... aquel consejero de Estado a quien todos ustedes
conocen. Me puse a la tarea de ordenar ambos diarios y enumerar sus
hojas colocándolas de modo que la narración fuese inteligible; borré
después los nombres propios, que sustituí por otros muy diferentes, y
puse todo el relato en tercera persona, acabando por encontrarme con dos
tomos bastante voluminosos...
--Que usted no hizo imprimir porque aún viven los personajes de esa
historia. ¿No es así?
--Ni por pienso. De los dos personajes principales, el uno murió ya hace
año y medio, y el otro salió de París hace dos semanas; y yo les creo a
ustedes sobrado atareados y olvidadizos para conocer a un muerto y a un
ausente, por mucha semejanza que exista en los retratos. Dista mucho de
ser ése el motivo que me ha impulsado a ocultar los nombres de ellos.
--¿Pues cuál es?
--¡Chitón! No se lo digan ustedes a Lamennais, ni a Béranger, ni a
Alfredo de Vigny, ni a Soulié, ni a Balzac, ni a Deschamps, ni a
Sainte-Beuve, ni a Dumas. Me han dicho que cuente con uno de los
primeros sillones que queden vacantes en la Academia a condición de que
siga sin escribir absolutamente nada. Así que esté nombrado, recobraré
mi libertad de acción y haré de mi capa un sayo. Augusto--prosiguió el
conde, dirigiéndose al joven, que acababa de entrar con el
manuscrito,--siéntese usted y lea: le escuchamos.
Obedeció Augusto, tomando asiento en el acto, y cuando todos nos hubimos
acomodado bien para ser, como suele decirse, todo oídos y no perder
detalle del relato, el joven comenzó así su lectura:
Capítulo 1
Al dar las diez de la mañana de uno de los primeros días de mayo del año
1838, se abrió la puerta cochera de un pequeño palacio de la calle de
los Maturinos para dar paso a un joven montado en magnífico corcel de
pura raza inglesa. Tras él y a la debida distancia salió un criado
vestido de negro y montado también en un caballo de pura sangre, pero
visiblemente inferior al primero.
No había más que ver a aquel jinete para clasificarlo entre los que,
sirviéndonos de una palabra de la época, llamaremos lechuguinos. Era un
joven que aparentaba tener unos veinticuatro años, y vestía con
estudiada sencillez, que revelaba en él esos hábitos aristocráticos que
se adquieren desde la cuna y que no puede crear la educación en aquellos
que no los posean ya de un modo natural.
Forzoso es reconocer que su fisonomía estaba en perfecta consonancia con
su apostura y su traje, y que no era fácil el imaginar facciones más
elegantes que las de su rostro orlado de negros cabellos y negras
patillas que le servían de marco y al que prestaba un carácter altamente
distinguido la mate y juvenil palidez que lo cubría. Cierto es que dicho
joven, último representante de una de las más linajudas familias de la
monarquía, llevaba uno de esos antiguos apellidos que van de día en día
extinguiéndose, hasta el punto de que muy pronto no figurarán ya sino en
la historia. Se llamaba Amaury de Leoville.
Si del examen externo, esto es, del aspecto físico, pasáramos al del
ente moral, veríamos en su sereno semblante reflejado fielmente su
espíritu. La sonrisa que de vez en cuando erraba por sus labios como si
a ellos quisieran asomarse las impresiones de su alma, era la sonrisa
del hombre feliz.
Vayamos en pos de ese hombre privilegiado que recibió de la suerte, con
el don de una ilustre prosapia, los de la fortuna, la distinción, la
belleza y la dicha, porque es el protagonista de nuestra historia.
Salió de su casa al trote corto, y a este paso llegó al bulevar: dejó
atrás la Magdalena, y tomando por el arrabal de San Honorato entró en la
calle de Angulema.
Allí acortó el paso mientras fijaba con persistencia su mirada, que
hasta entonces había vagado al azar, en un punto de la calle.
Lo que tanto atraía su atención era un lindo palacio situado entre un
florido patio y uno de los extensos jardines, ya muy raros en París, que
los ve desaparecer poco a poco para ceder el puesto a esos gigantes de
piedra sin aire, sin espacio y sin verdor, llamados casas, con notoria
impropiedad. Frente al edificio se detuvo el caballo, como obedeciendo a
la costumbre; pero el joven, tras de lanzar una intensa mirada a las
ventanas, que aparecían cerradas o imposibilitaban toda investigación
indiscreta, siguió su camino, volviendo de vez en cuando la cabeza y
consultando con frecuencia el reloj como queriendo asegurarse de que no
era aún la hora en que debían serle abiertas las puertas de aquella
hermosa mansión.
No le quedaba otro recurso que el de matar el tiempo de algún modo.
Desmontó, pues, en casa de Lepage y se entretuvo en romper algunos
muñecos, cuya suerte corrieron después varios huevos, sirviéndole por
último, de blanco, hasta las moscas.
Como los ejercicios de destreza aguijonean el amor propio, el joven, aun
sin otros espectadores que los criados, estuvo cerca de una hora
consagrado a este deporte. Después volvió a montar a caballo, dirigiose
al trote hacia el Bosque de Bolonia, y habiéndose tropezado con un amigo
en la alameda de Madrid le habló de las últimas carreras y de las
próximas a celebrarse en Chantilly, y así conversando transcurrió otra
media hora.
Encontráronse en la puerta de San Jaime con un tercer paseante, el cual,
recién llegado del Oriente, les relató de un modo tan interesante la
vida que había llevado en el Cairo y en Constantinopla, que en tan amena
conversación pasó una hora o quizá más. Entonces nuestro héroe ya
manifestó impaciencia, y despidiéndose de sus amigos, se dirigió al
galope a la esquina de la calle de Angulema que da a los Campos Elíseos.
Detúvose en aquel sitio, consultó el reloj, y viendo que señalaba la
una, se apeó, dejó el caballo a cargo del criado, adelantose hacia la
casa ante cuya fachada se había detenido tres horas, y llamó a la
puerta.
Si Amaury hubiese abrigado algún temor, no habría dejado de parecerle
bien extraño a quien hubiere observado la sonrisa con que le recibían
todos los criados, desde el conserje que acudió a abrirle la verja hasta
el ayuda de cámara que al pasar encontró en el vestíbulo, sonrisa
reveladora de que lo consideraban como miembro de la familia que
habitaba en el palacio.
Por eso al preguntar el joven si el señor de Avrigny estaba visible, le
contestó el criado, como quien habla a una persona con la cual no rezan
ciertas trabas impuestas por conveniencias sociales:
--No lo está, señor conde, pero en el saloncito encontrará usted a las
señoras.
Y como se dispusiese a adelantarse para anunciarle, el joven le indicó
que era cosa innecesaria. Amaury, a fuer de buen conocedor del terreno,
llegó en seguida a la puerta del saloncito en cuestión, que precisamente
estaba entreabierta, y antes de entrar permaneció un instante en el
umbral como fascinado por el cuadro que se ofrecía ante su vista.
Dos lindas jóvenes, que contarían de unos diez y ocho a veinte años,
bordaban en un mismo bastidor, casi enfrente la una de la otra mientras
que una inglesa, situada junto a la ventana, las contemplaba con
curiosidad cariñosa, olvidándose de reanudar la lectura del libro que
tenía en la mano a la sazón.
Justo es reconocer que nunca el arte pictórico reprodujo un grupo más
seductor que el que formaban, casi juntas, las cabezas de aquellas dos
criaturas, tan diametralmente opuestas en sus rasgos físicos y en su
carácter, que no parecía sino que el propio Rafael las había unido para
hacer un estudio de dos tipos graciosos en igual medida, aunque
ofreciendo con su unión el contraste más vivo.
Era la una, en efecto, rubia y pálida con largos bucles a la inglesa,
ojos de cielo y cuello de cisne; un tipo, en fin, que traía a la memoria
a aquellas delicadas y vaporosas vírgenes osiánicas prestas a deslizarse
sobre las nieblas que coronan las cimas de las áridas montañas escocesas
o a esfumarse entre las brumas que invaden las llanuras británicas; una
de esas visiones que tienen a un tiempo naturaleza de mujer y de hada,
sólo vislumbradas por el genio de Shakspeare, que logró transportarlas
del mundo de la fantasía al de la realidad; portentosas creaciones que
nadie había alcanzado adivinar antes que él, que nadie ha repetido
después, y a las que él puso los dulces nombres de Cordelia, Ofelia o
Miranda.
Tenía la otra, en cambio, negros cabellos cuya doble trenza servía de
orla al ovalado rostro; con sus ojos brillantes, sus labios purpurinos y
sus vivos y resueltos ademanes, semejaba una de aquellas doncellas
doradas por el sol del Mediodía, a las cuales reunía Bocaccio en la
villa Palmieri para leerles los alegres cuentos de su Decamerón.
Rebosaba su cuerpo vida y salud; chispeábale en la mirada el donaire
cuando éste no brotaba de sus labios; su tristeza, si alguna vez la
sentía, nunca llegaba a velarle por completo la expresión risueña que
animaba habitualmente su rostro, y aun al través de su melancolía
dejábase adivinar su sonrisa como se presiente el sol tras una nube de
estío.
Así eran las dos jóvenes que, inclinadas sobre el mismo bastidor, hacían
surgir sobre el lienzo un ramo de flores en el cual, fieles a su
temperamento, ponía la una lirios y jacintos de suave blancura, mientras
la otra lo adornaba con claveles y tulipanes que le prestaban animación
con sus encendidos tonos.
Pasados unos instantes de muda contemplación, empujó Amaury la puerta, y
penetró en la sala.
Al oír el ruido las dos jóvenes volvieron la cabeza, lanzando un grito
como gacelas sorprendidas por el cazador, al tiempo que animó un
fugitivo rubor las mejillas de la rubia y una suave palidez blanqueó
ligeramente el rostro de la morena.
--Ya veo que he hecho mal en no dejar que me anunciasen--dijo el joven,
adelantándose hacia la rubia, sin cuidarse de su amiga--pues te he
asustado, Magdalena. Perdona mi ligereza: siempre me conceptúo hijo
adoptivo del señor de Avrigny y procedo en esta casa como si todavía
fuese uno de sus comensales.
--Haces muy bien, Amaury--respondió Magdalena.--Además, creo que aunque
quisieras obrar de otro modo no sabrías, pues no se pierden así en pocas
semanas las costumbres adquiridas en el transcurso de diez y ocho años.
Pero, ¿no le dices nada a Antoñita?...
Amaury se apresuró a estrechar la mano a la morena, diciéndole
sonriente:
--Perdóneme usted, querida Antoñita; ante todo tenía que presentar mis
disculpas a la que había asustado mi torpeza: he oído el grito de
Magdalena e instintivamente he corrido hacia ella.
Y volviéndose hacia el aya, añadió:
--Señora Braun, tengo el honor de saludarla.
Con cierta expresión de tristeza sonrió Antoñita al estrechar la mano
del joven, pensando que también ella había gritado, sin que su voz
llegase a los oídos de Amaury.
La institutriz no había visto nada, o mejor dicho, lo había visto todo,
pero habíase detenido su mirada en la superficie de las cosas sin querer
profundizar.
--No se excuse, conde--dijo;--antes bien, convendría que con frecuencia
se hiciese lo que usted hizo, para curar a esa criatura de su
impresionabilidad nerviosa. Debe eso consistir en su cavilosa
imaginación. Creo yo que se ha construido para sí un mundo aparte en el
cual busca refugio tan pronto como dejan de sujetarla al mundo material.
No sé qué es lo que pasa en ese mundo; pero si esto continúa acabará de
seguro por abandonar los dos, y entonces su existencia será el sueño y
en sueño se convertirá su vida.
Magdalena clavó en el rostro del joven una amorosa mirada que parecía
decirle:
--De sobras sabes tú en quién pienso cuando estoy tan abstraída:
¿verdad, Amaury?
Antonia, que sorprendió esta mirada se levantó, pareció quedar perpleja
un instante y después, abandonando definitivamente su interrumpida
labor, sentose al piano y se puso a ejecutar de memoria una fantasía de
Thalberg.
Magdalena continuó bordando y Amaury ocupó un asiento a su lado.
Capítulo 2
El joven dijo a su amada en voz baja:
--¡Es un horrible tormento, Magdalena, el no poder vernos con libertad y
a solas muy de tarde en tarde! ¿Crees que es casualidad o que tu padre
lo ha dispuesto de este modo?
--No sé qué pensar, Amaury--respondió Magdalena.--Sólo puedo decirte que
lo siento como tú. Cuando podíamos vernos a todas horas no sabíamos
apreciar en su justo valor nuestra dicha. No en vano dicen que la sombra
es lo que hace que el sol sea deseable.
--¿Hay inconveniente en que hagas comprender a Antoñita que nos
prestaría un señalado servicio alejando de aquí por un rato a la señora
Braun? Me parece que se queda aquí más por costumbre que por prudencia,
y no creo que tu padre le haya dado el encargo de vigilarnos.
--Ya se me ha ocurrido muchas veces, y es el caso que no sé a qué
atribuir el sentimiento que me veda el hacer eso. Siempre que abro la
boca para hablar de ti a mi prima siento que se ahoga la voz en mi
garganta. Y sin embargo, no ignora ella que te quiero.
--También yo lo sé, Magdalena; pero necesito que me lo digas tú misma en
alta voz. Para mí no hay dicha comparable a la que disfruto al verte, y
así y todo preferiría privarme de ella a tener que contemplarte ante
personas extrañas, frías e indiferentes que obligan al disimulo. No
acierto a expresarte lo que en este momento me mortifica semejante
tiranía.
Magdalena se levantó y dijo sonriente:
--Amaury, ¿quieres ayudarme a buscar en el jardín algunas flores? Estoy
pintando un ramo y el que hice ayer se ha marchitado ya.
Antonia dejó el piano al oír esto y cruzando con ella una mirada de
inteligencia repuso:
--Magdalena, no debes salir al aire libre y exponer tu salud con el
tiempo frío y nebuloso que está haciendo. Ya iré yo. ¡Verás qué ramo tan
precioso voy a traerte! Señora Braun, hágame el favor de traerme al
jardín el ramo que verá usted en un jarro del Japón sobre una mesita del
cuarto de Magdalena, porque hay que hacerlo enteramente igual a ése.
Diciendo esto bajó al jardín por la escalinata, mientras que el aya, que
no tenía que cumplir orden alguna respecto a Amaury y a Magdalena y que
conocía los vínculos de afecto que les unían desde la niñez, iba en
busca del ramo.
Siguióla Amaury con los ojos, y así que la perdió de vista tomó con
dulzura la mano de Magdalena, exclamando con acento apasionado:
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