Ginebrinos, y un catedrático aleman llamado Robel. Al fin me tomó por su criada el Judío Don Isacar, y me llevó, hermosa señorita, á casa de vm., donde no he pensado mas queen la felicidad de vm., interesándome mas en sus aventuras que en las mias propias; y nunca hubiera mentado siquiera mis cuitas, si no me hubiera vm. picado cun poco, y si no fuese estilo de los que van embarcados contar cuentos para matar el tiempo. Señorita, yo tengo experiencia, y se lo que es el mundo: vaya vm. preguntando á cada pasagero uno por uno la historia de su vida, y mande que me arrojen de cabeza en el mar, si encuentra uno solo que no haya maldecido cien veces la exîstencia, y que no se haya creido el mas desventurado de los mortales. CAPITULO XIII. De como Candido tuvo que separarse por fuerza de la hermosa Cunegunda y la vieja. Oída la historia de la vieja, la hermosa Cunegunda la trató con toda la urbanidad y decoro que se merecia una persona de tan alta gerarquí y tanto mérito, y admitió su propuesta. Rogó á todos los pasageros que le contaran sus aventuras uno después de otro, y Candido y ella confesáron que tenia la vieja razon. ¡Qué lástima es, decia Candido, que hayan ahorcado, contra lo que es práctica, al sabio Panglós en un auto de fe! Cosas maravillosas nos diria cerca del mal físico, y del mal moral, que cubren mares y tierras, y yo tuviera valor para hacerle con mucho respeto algunos reparillos. Miéntras contaba cada uno su historia, iba andando el navío, y al fin aportó á Buenos-Ayres. Cunegunda, el capitan Candido y la vieja se fuéron á presentar al gobernador Don Fernando de Ibarra, Figueroa, Mascareñas, Lampurdan y Souza, el qual señor tenia una arrogancia que no desdecia de un sugeto posesor de tantos apellidos. Trataba á los hombres con la mas noble altivez, alzando el pescuezo, hablando en tan descompasadas y recias voces, y en tono tan altivo, y afectando ademanes tan arrogantes, que á quantos le saludaban les venían tentaciones de hartarle de bofetadas. Era con esto enamorado hasta no mas, y Cunegunda le pareció la mas hermosa criatura de quantas habia visto. Lo primero que hizo fué preguntar si era muger del capitan. Sobresaltóse Candido del tonillo con que acompañó esta pregunta, y no se atrevió á decir que fuese su muger, porque verdaderamente no lo era; ni ménos que fuese su hermana, porque no lo era tampoco; puesto que esta mentira oficiosa era muy freqüentemente usada do los antiguos: pero el alma de Candido era tan pura que no pudo desmentir la verdad. Esta Señorita, díxo, me debe favorecer con su mano, y suplicamos ámbos á Vueselencia que se digne ser padrino de los novios. Oyendo esto Don Fernando de Ibarra, Figueroa, Mascareñas, Lampurdan y Souza, se alzó con la izquierda mano los bigotes, se rió con ademan burlon, y mandó al capitan Candido que fuera á pasar revista á su compañía. Obedeció este, y se quedó el gobernador á solas con la baronesita; le manifestó su amor, previniéndola que el dia siguiente seria su esposo por delante ó por detras de la iglesia, como mas á Cunegunda le potase. Pidióle esta un quarto de hora para pensarlo bien, consultarlo con la vieja, y resolverse. Entráron Cunegunda y la vieja en bureo, y esta dixo: Señorita, vm. tiene setenta y dos quarteles y ni un ochavo, y está en su mano ser muger del señor mas principal de la América meridional, que tiene unos estupendos bigotes, y así no viene al caso echarla de incontrastable firmeza. Los Bulgaros la violáron á vm.; un inquisidor y un Judío han disfrutado sus favores: las desdichas dan derechos legítimos. Si yo fuera vm., confieso que no tendría reparo ninguno en casarme con el señor gobernador, y hacer rico al señor capitan Candido. Así decia la vieja con toda aquella autoridad que su prudencia y sus canas le daban, y miéntras estaba aferrando áncoras un navichuelo que traía un alcalde y dos alguaciles; y era esta la causa de su arribo. No se habia equivocado la vieja en sospechar que el ladron del dinero y las joyas de Cunegunda en Badajoz, quando venia huyendo con Candido, era un frayle Francisco de manga ancha. El frayle quiso vender á un diamantista algunas de las piedras preciosas hurtadas, y este conoció que eran las mismas que le habia comprado á el propio el Inquisidor general. Fué preso el santo religioso, y confesó de plano á quien y como las habia robado, y el camino que llevaban Candido y Cunegunda. Ya se sabia la fuga de ámbos: fuéron pues en su seguimiento hasta Cadiz, y sin perder tiempo salió un navío en su demanda. Ya estaba la embarcación al ancla en el puerto de Buenos-Ayres, y acudió la voz de que iba á desembarcar un alcalde del crímen, que venia en busca de los asesinos del ilustrísimo Señor Inquisidor general. Al punto dió órden la discreta vieja en lo que habia que hacer. Vm. no se puede escapar, dixo á Cunegunda, ni tiene nada que temer, que no fué vm. quien mató á Su Ilustrísima; y fuera de eso el gobernador enamorado no consentirá que la toquen en el pelo de la ropa: con que no hay que menearse. Va luego corriendo á Candido, y le dice: Escápate, hijo mio, si no quieres que dentro de una hora te quemen vivo. No daba el caso un instante de vagar; pero ¿cómo se habia de apartar de Cunegunda? ¿y donde hallaria asilo? CAPITULO XIV. Del recibimiento que á Candido y á Cacambo hiciéron los jesuitas del Paraguay. Se había traído consigo Candido de Cadiz uncriado corno se encuentran muchos en los puertos de mar de España, que era un quarteron, hijo de un mestizo de Tucuman, y que habia sido monaguillo, sacristan, marinero, metedor, soldado y lacayo. Llamábase Cacambo, y queria mucho á su amo, porque su amo era muy bueno. Ensilló en un abrir y cerrar de ojos los dos caballos andaluces, y dixo á Candido: Vamos, Señor, sigamos el consejo de la vieja, y echamos á correr sin mirar siquiera hacia atrás. Candido vertia amargas lágrimas diciendo: ¡Oh mi amada Cunegunda! ¿con que es fuerza que te abandone quando iba el señor gobernador á ser padrino de nuestras bodas? ¿Qué va á ser de mi Cunegunda, que de tan léjos habia traído? Será lo que Dios quisiere, dixo Cacambo: las mugeres para todo encuentran salida; Dios las remedia; vámonos. ¿Adonde me llevas? ¿adonde vamos? ¿qué nos haremos sin Cunegunda? decia Candido. Voy á Santiago, replicó Cacambo; vm. venia con ánimo de pelear contra los jesuitas, pues vamos á pelear en su favor. Yo se el camino, y le llevaré á vm. á su reyno; y tendrán mucha complacencia en poseer un capitan que hace el exercicio á la bulgara; vm. hará un inmenso caudal: que quando no tiene uno lo que ha menester en un mundo, lo busca en el otro, y es gran satisfaccion ver y hacer cosas nuevas. ¿Con que tu ya has estado en el Paraguay? le dixo Candido. Friolera es si he estado, replicó Cacambo; he sido pinche en el colegio de la Asuncion, y conozco el gobierno de los padres lo mismo que las calles de Cadiz. Es un portento el tal gobierno. Ya tiene mas de trescientas leguas de diámetro, y se divide en treinta provincias. Los padres son dueños de todo, y los pueblos no tienen nada: es la obra maestra de la razon y la justicia. Yo por mí no veo mas divina cosa que los padres, que aquí estan haciendo la guerra á los reyes de España y Portugal, y confesándolos en Europa; aquí matan á los Españoles, y en Madrid les abren de par en par el cielo: vaya, es cosa que me encanta. Vamos apriesa, que va vm. á ser el mas afortunado de los humanos. ¡Qué gusto para los padres, quando sepan que les llega un capitan que sabe el exercicio bulgaro! Así que llegáron á la primera barrera, dixo Cacambo á la guardia avanzada que un capitan queria hablar con el señor comandante. Fuéron á avisar á la gran guardia, y un oficial paraguayés fué corriendo á echarse á los piés del comandante para darle parte de esta nueva. Desarmáron primero á Candido y á Cacambo, y les cogiéron sus caballos andaluces; introduxéronlos luego entre dos filas de soldados, al cabo de las quales estaba el comandante, con su bonete de Teatino puesto, la espada ceñida, la sotana remangada, y una alabarda en la mano: hizo una seña, y al punto veinte y quatro soldados rodeáron á los recienvenidos. Díxoles un sargento que esperasen, porque no les podia hablar el comandante, habiendo mandado el padre provincial que ningún Español descosiese la boca como no fuese en su presencia, ni se detuviese arriba de tres horas en el pais. ¿Y donde está el reverendo padre provincial? dixo Cacambo. En la parada, desde que dixo misa, y no podrán vms. besarle las espuelas hasta de aquí á tres horas. Si el señor capitan, que se está muriendo de hambre lo mismo que yo, dixo Cacambo, no es Español, que es Aleman; con que me parece que podemos almorzar miéntras llega Su Reverendísima. Fuése incontinenti el sargento á dar cuenta al comandante. Bendito sea Dios, dixo este señor: una vez que es Aleman, bien podemos hablar; llévenle á mi enramada. Lleváron al punto á Candido á un retrete de verdura, ornado de una muy bonita colunata de mármol verde y color de oro, y de enjaulados donde habia encerrados papagayos, páxaros-moscas, colibríes, gallinas de Guinea, y otros páxaros raros. Estaba servido en vaxilla de oro un excelente almuerzo; y miéntras comian granos de maiz los Paraguayeses en escudillas de palo, y en campo raso al calor del sol, se metió el padre reverendo en la enramada. Era este un mozo muy galan, lleno de cara, blanco y colorado, las cejas altas y arqueadas, los ojos despiertos, encarnadas las orejas, roxos los labios, el ademan altivo, pero no aquella altivez de un Español, ni la de un jesuita. Fuéron restituidas á Candido y á Cacambo las armas que les habian quitado, y con ellas los dos caballos andaluces; y Cacambo les echó un pienso cerca de la enramada, sin perderlos de vista, temiendo que le jugaran alguna treta. Besó Candido la sotana del comandante, y se sentaron ámbos á la mesa. ¿Con que es vm. Aleman? le dixo el jesuita en este idioma. Sí, padre reverendísimo, dixo Candido. Miráronse uno y otro, al pronunciar estas palabras, con un pasmo y una alteracion que no podian contener en el pecho. ¿De qué pais de Alemania es vm.? dixo el jesuita. De la sucia provincia de Vesfalia, replicó Candido, natural de la quinta de Tunder-ten-tronck. ¡Dios mio! ¿es posible? exclamó el comandante. ¡Qué portento! gritaba Candido. ¿Es vm.? decia el comandante. No puede ser, replicaba Candido. Ambos á dos se tiran uno á otro, se abrazan, y derraman un mar de lágrimas. ¿Con que es vm., reverendo padre? ¡vm., hermano de la hermosa Cunegunda; vm., que fué muerto por los Bulgaros; vm., hijo del señor baron; vm., jesuita en el Paraguay! vaya, que en este mundo se ven cosas extrañas. ¡Ha Panglós, Panglós, qué júbilo fuera el tuyo si no te hubieran ahorcado! Hizo retirar el comandante á los esclavos negros y á los Paraguayeses, que le escanciaban vinos preciosos en vasos de cristal de roca, y dió mil veces gracias á Dios y á San Ignacio, estrechando en sus brazos á Candido, miéntras que por los rostros de ámbos corrian copiosos llantos. Mas se enternecerá vm., se pasmará, y perderá el juicio, continuó Candido, quando sepa que la baronesita su hermana, á quien cree que le han pasado el vientre, está buena y sana.--¿Adonde?--Aquí cerca, en casa del señor gobernador de Buenos-Ayres, y yo he venido con ella á la guerra. Cada palabra que en esta larga conversación decian era un prodigio nuevo: toda su alma la tenian pendiente de la lengua, atenta en los oidos, y brillándoles en los ojos. A fuer de Alemanes, estuviéron largo espacio sentados á la mesa, miéntras venia el reverendo padre provincial; y el comandante habló así á su amado Candido. CAPITULO XV. Que cuenta la muerte gue dió Candido al hermano de su querida Cunegunda. Toda mi vida tendré presente aquel horrorosa dia que vi dar muerte á mi padre y á mi madre, y violar á mi hermana. Quando se retiráron los Bulgaros, nadie pudo dar lengua de esta adorable hermana, y echáron en una carreta á mi madre, á mi padre, y á mí, á dos criadas, y tres muchachos degollados, para enterrarnos en una iglesia de jesuitas, que dista dos leguas de la quinta de mi padre. Un jesuita nos roció con agua bendita, que estaba muy salada; me entráron unas gotas en los ojos, y advirtió el padre que hacian mis pestañas un movimiento de contraccion; púsome la mano en el corazon, y le sintió latir: me socorriéron, y al cabo de tres semanas me hallé sano. Ya sabe vm., querido Candido, que era muy bonitillo; creció mi hermosura con la edad, de suerte que el reverendo padre Croust, rector de la casa, me tomó mucho cariño, y me dió el hábito de novicio: poco despues me enviáron á Roma. El padre general necesitaba una leva de jesuitas alemanes mozos. Los soberanos del Paraguay admiten lo ménos jesuitas españoles que pueden, y prefieren á los extrangeros, de quien se tienen por mas seguros. El reverendo padre general me creyó bueno para el cultivo de esta viña, y vinimos juntos un Polaco, un Tirolés, y yo. Así que llegué, me ordenáron de subdiácono, y me diéron una tenencia: y ya soy coronel y sacerdote. Las tropas del rey de España serán recibidas con brío, y yo salgo fiador de que se han de volver excomulgadas y vencidas. La Providencia le ha traído á vm. aquí para favorecernos. Pero ¿es cierto que está mi querida Cunegunda aquí cerca en casa del gobernador de Buenos-Ayres? Candido le confirmó con juramento la verdad de quanto le habia referido, y corriéron de nuevo los llantos de entrámbos. No se hartaba el baron de dar abrazos á Candido, apellidándole su hermano y su libertador. Acaso podrémos, querido Candido, le dixo, entrar vencedores los dos juntos en Buenos-Ayres, y recuperar á mi hermana Cunegunda. No deseo yo otra cosa, respondió Candido, porque me iba á casar con ella, y todavía espero ser su esposo. ¡Tú, insolente! replicó el baron: ¡tener descaro para casarte con mi hermana, que tiene setenta y dos quarteles! ¡y tienes avilantez para hablarme de tan temerario pensamiento! Confuso Candido al oir estas razones, le respondió: Reverendo padre, no importan un bledo todos los quarteles de este mundo; yo he sacado á la hermana de vuestra reverencia de poder de un Judío y un inquisidor; ella me está agradecida, y quiere ser mi muger: maese Panglós me ha dicho que todos éramos iguales, y Cunegunda ha de ser mia. Eso lo verémos, picaruelo, dixo el jesuita baron de Tunder-ten-tronck, alargándole con la hoja de la espada un cintarazo en los hocicos. Candido desenvayna la suya, y se la mete en la barriga hasta la cazoleta al baron jesuita; pero, al sacarla humeando en sangre, echó á llorar. ¡Ay, Dios mio, dixo, que he quitado la vida á mi amo antiguo, á mi amigo y mi cuñado! El mejor hombre del mundo soy, y ya llevo muertos tres hombres, y de estos tres los dos son clérigos. Acudió á la bulla Cacambo que estaba de centinela á la puerta de la enramada. No nos queda mas que vender caras nuestras vidas, le dixo su amo; sin duda van á entrar en la enramada: muramos con las armas en la mano. Cacambo que no se atosigaba por nada, sin inmutarse cogió la sotana del baron, se la echó á Candido encima, le puso el bonete de Teatino del cadáver, y le hizo montar á caballo: todo esto se executó en un momento. Galopemos, Señor: todo el mundo creerá que es vm. un jesuita que lleva órdenes, y ántes que vengan tras de nosotros, estarémos ya fuera de las fronteras. Todo fué uno el pronunciar estas palabras, y volar gritando: Plaza, plaza al reverendo padre coronel. CAPITULO XVI. Donde se da cuenta de los sucesos de nuestros dos caminantes con dos muchachas, dos ximios, y los salvages llamados Orejones. Ya habian pasado las barreras Candido y su criado, y todavía ninguno en el campo sabia la muerte del jesuita tudeseo. El vigilante Cacambo no se habia olvidado de hacer buen repuesto de pan, chocolate, jamon, fruta, y botas de buen vino, y así se metiéron con sus caballos andaluces en un pais desconocido, donde no descubriéron sendero ninguno trillado: al cabo se ofreció á su vista una hermosa pradera regada de mil arroyuelos, y nuestros dos caminantes dexáron pacer sus caballerías, Cacambo propuso á su amo que comiese, dándole con el consejo el exemplo. ¿Cómo quieres, le dixo Candido, que coma jamon, después de haber muerto al hijo del señor baron, y viéndome condenado á no volver á mirar á la bella Cunegunda? ¿Qué me valdrá el alargar mis desventurados años, debiendo pasailos léjos de ella en los remordimientos y la desesperacion? ¿Qué dirá el diarista de Trevoux? Dicho esto, no dexó de comer. El sol iba á ponerse, quando á deshora oyen los dos asendereados caminantes unos blandos quejidos como de mugeres; pero no sabian si eran de gusto ó de sentimiento: levantáronse empero á toda priesa con el susto y la inquietud que qualquiera cosa infunde en un pais no conocido. Daban estos gritos dos mozas en cueros, que corrian con mucha ligereza por la pradera, y en su seguimiento iban dos ximios dándoles bocados en las nalgas. Movióse Candido á compasion; habia aprendido á tirar con los Búlgaros, y era tan diestro que derribaba una avellana del árbol sin tocar á las hojas; cogió pues su escopeta madrileña de dos cañones, tiró, y mató ámbos ximios. Bendito sea Dios, querido Cacambo, dixo, que de tamaño peligro he librado esas dos pobres criaturas: si cometí un pecado en matar á un inquisidor y á un jesuita, ya he satisfecho á Dios, librando de la muerte á dos muchachas, que acaso son señoritas de circunstancias; y esta aventura no puede ménos de grangearnos mucho provecho en el pais. Iba á decir mas, pero se le heló la sangre y el habla quando vió que las dos muchachas se abrazaban amorosamente de los monos, inundaban en llanto los cadáveres, y henchian el viento de los mas dolientes gritos. No esperaba yo tanta bondad, dixo á Cacambo; el qual le replicó: Buena la hemos hecho, Señor. Los que vm. ha muerto eran los amantes de estas dos niñas. ¡Amantes! ¿cómo es posible? Cacambo, tu te estás burlando: ¿cómo quieres que tal crea?' Señor amado, replicó Cacambo, vm. de todo se pasma. ¿Porqué extraña tanto que en algunos países sean los ximios favorecidos de las damas, si son quarterones de hombre, lo mismo que yo quarteron de Español? Ha, repuso Candido, bien me acuerdo de haber oido decir á maese Panglós que antiguamente sucedian esos casos, y que de estas mezelas procediéron los egypancs, los faunos, los sátiros, que viéron muchos principales personages de la antigüedad; pero yo todo lo tenia por fabuloso. Ya puede vm. convencerse ahora, dixo Cacambo, de que son verdades, y ya ve los estilos de la gente que no ha tenido cierta educacion: lo que me temo, es que estas damas nos metan en algun atolladero. Persuadido Candido por tan sólidas reflexîones, se desvió de la pradera, y se metió en una selva, donde cenó con Cacambo; y despues que hubiéron ámbos echado sendas maldiciones al inquisidor de Portugal, al gobernador de Buenos-Ayres, y al baron, se quedáron dormidos sobre la yerba. Al despertar sintiéron que no se podian menear; y era la causa que por la noche los Orejones, moradores del pais, á quien habian dado el soplo las dos damas, los habian atado con cuerdas hechas de cortezas de árboles. Cercábanlos unos cincuenta Orejones desnudos, y armados con flechas, mazas y hachas de pedernal: unos hacian hervir un grandísimo caldero, otros aguzaban asadores, y todos clamaban: Un jesuita, un jesuita; ahora nos vengarémos, y nos regalarémos; á comer jesuita, á comer jesuíta. Bien le habia yo dicho á vm., señor, dixo en triste voz Cacambo, que las muchachas aquellas nos jugarian una mala pasada. Candido mirando los asadores y el caldero, dixo: Sin, duda que van á cocernos ó asarnos. Ha, ¿qué diria el doctor Panglós si viera lo que es la pura naturaleza? Todo está bien, norabuena; pero confesemos que es triste cosa haber perdido á mi Cunegunda, y ser espetado en un asador por unos Orejones. Cacambo, que nunca se alteraba por nada, dixo al desconsolado Candido: No se aflija vm., que yo entiendo algo el guirigay de estos pueblos, y les voy á hablar. No dexes de representarles, dixo Candido, que es una inhumanidad horrible el cocer la gente en agua hirviendo, y accion de mal cristiano. Señores, dixo alzando la voz Cacambo, vms. piensan que se van á comer á un jesuíta; y fuera muy bien hecho, que no hay cosa mas conforme á justicia que tratar así á sus enemigos. Efectivamente el derecho natural enseña á matar al próxîmo, y así es estilo en todo el mundo: y si no exercitamos nosotros el derecho de comérnoslos, consiste en que tenemos otros manjares con que regalarnos; pero vosotros no estais en el mismo caso, y cierto vale mas comerse á sus enemigos, que abandonar á los cuervos y las cornejas el fruto de la victoria. Mas vms., señores, no se querrán comer á sus amigos; y creen que van á espetar á un jpsuita en el asador, miéntras que el asado es vuestro defensor, y enemigo de vuestros enemigos. Yo soy nacido en vuestro mismo pais; este señor que estais viendo es mi amo, y léjos de ser jesuita, acaba de matar á un jesuita, y se ha traído los despojos: este es el motivo de vuestro error. Para verificar lo que os digo, coged su sotana, llevadla á la primera barrera del reyno de los padres, é informaos si es cierto que mi amo ha muerto á un jesuita. Poco tiempo será necesario, y luego nos podeis comer, si averiguais que es mentira; pero si os he dicho la verdad, harto bien sabeis los principios de derecho público, la moral y las leyes, para que nos hagais mal. Pareció justa la proposicion á los Orejones, y comisionáron á dos prohombres para que con la mayor presteza se informaran de la verdad: los diputados desempeñáron su comision con mucha sagacidad, y volvieron con buenas noticias. Desatáron pues los Orejones á los dos presos, les hiciéron mil agasajos, les diéron víveres, y los conduxéron hasta los confines de su estado, gritando muy alegres: No es jesuita, no es jesuita. No se hartaba Candido de pasmarse del motivo porque le habían puesto en libertad. ¡Qué pueblo, decia, qué gente, qué costumbres! Si no hubiera tenido la fortuna de atravesar de una estocada de parte á parte al hermano de mi baronesita, me comian sin mas remision. Verdad es que la naturaleza pura es buena, quando en vez de comerme me lian agasajado tanto estas gentes, así que han sabido que no era jesuita. CAPITULO XVII. Cuéntase el arribo de Candido con su criado al pais del Dorada, y lo que alli viéron. Quando estuviéron en la raya de los Orejones, Ya ve vm., dixo Cacarnbo á Candido, que este hemisferio vale tan poco como el otro; créame, y vólvamónos á Europa por el camino mas corto. ¿Cómo me he de volver, respondió Candido, ni adonde he de ir? Si me vuelvo á mi pais, los Abaros y los Bulgaros lo talan todo á sangre y fuego; si á Portugal, me queman; si nos quedamos en este pais, corremos peligro de que nos asen vivos. Mas ¿cómo nos hemos de resolver á dexar la parte del mundo donde reside mi baronesita? Encaminémonos á Cayena, dixo Cacambo; alli hallarémos Franceses, que andan por todo el mundo, y que nos podrán valer: y acaso tendrá Dios misericordia de nosotros. No era cosa fácil ir á Cayena: bien sabian, á poco mas ó ménos, hácia que parte se habian de dirigir; pero las montañas, los rios, los despeñaderos, los salteadores, y los salvages cran en todas partes estorbos insuperables. Los caballos se muriéron de cansancio; se les acabáron las provisiones; y se mantuviéron por espacio de un mes con frutas silvestres. Al cabo se halláron á orillas de un riachuelo poblado de cocos, que les conserváron la vida y la esperanza. Cacambo, que era de tan buen consejo como la vieja, dixo á Candido: Ya no podemos ir mas tiempo á pié, sobrado hemos andado; una canoa vacía estoy viendo á la orilla del río, llenémosla de cocos, metámonos dentro, y dexémonos llevar de la corriente: un río va siempre á parar á algun sitio habitado; y si no vemos cosas gratas, á lo ménos verémos cosas nuevas. Vamos allá, dixo Candido, y encomendémonos á la Providencia. Navegáron por espacio de algunas leguas entre riberas, unas veces amenas, otras áridas, aquí llanas, y allá escarpadas. El río se iba continuamente ensanchando, y al cabo se encañaba baso una bóveda de espantables breñas que escalaban el cielo. Tuviéron ámbos caminantes la osadía de dexarse arrastrar de las olas debaxo de esta bóveda; y el río, que en este sitio se estrechaba, se los llevó con horroroso estrépito y no vista velocidad. Al cabo de veinte y quatro horas viéron otra vez la luz; pero la canoa se hizo añicos en los baxíos, y tuviéron que andar á gatas de uno en otro peñasco una legua entera: finalmente avistáron un inmenso horizonte cercado de inaccesibles montañas. Todo el pais estaba cultivado no ménos para recrear el gusto que para satisfacer las necesidades; en todas paftes lo útil se maridaba con lo agradable; víanse los caminos reales cubiertos, ó por mejor decir ornados de carruages deforma elegante y luciente materia, y dentro mugeres y hombres de peregrina hermosura: tiraban con raudo paso de estos carruages unos avultados carneros encarnados, muy mas ligeros que los mejores caballos de Andalucía, Tetuan y Mequinez. Mejor tierra es esta, dixo Candido, que la Vesfalia; y se apeó con Cacambo en el primer lugar que topó. Algunos muchachos de la aldea, vestidos de tisú de oro hecho pedazos, estaban jugando al tejo á la entrada del lugar; nuestros dos hombres del otro mundo se divertian en mirarlos. Eran los tejos unas piezas redondas muy anchas, amarillas, encarnadas y verdes, que despedian mucho brillo: cogiéron algunas, y eran oro, esmeraldas y rubíes, de tanto valor que el de ménos precio hubiera sido la mas rica joya del trono del Gran Mogol. Estos muchachos, dixo Cacambo, son sin duda los infantes que estan jugando al tejo. En esto se asomó el maestro de primeras letras del lugar, y dixo á los muchachos que ya era hora de entrar en la escuela. Ese es, dixo Candido, el preceptor de la familia real. Los chicos del lugar abandonáron al punto el juego, y tiráron los tejos, y quanto para divertirse les habia servido. Cogiólos Candido, y acercándose á todo correr al preceptor, se los presentó con mucha humildad, diciéndole por señas que sus Altezas Reales se habian dexado olvidado aquel oro y aquellas piedras preciosas. Echóse á reir el maestro de leer, y las tiró al suelo; miró luego atentamente á Candido á la cara, y siguió su camino. Los caminantes se diéron priesa á coger el oro, los rubíes y las esmeraldas. ¿Donde estamos? decia Candido: menester es que esten bien educados los infantes de este pais, pues así los enseñan á no hacer caso del oro ni las piedras preciosas. No estaba Cacambo ménos atónito que Candido. Al fin se llegáron á la primera casa del lugar, que tenia trazas de un palacio de Europa; á la puerta habia agolpada una muchedumbre de gente, y mas todavía dentro: oíase resonar una música melodiosa, y se respiraba un delicioso olor de exquisitos manjares. Arrimóse Cacambo á la puerta, y oyó hablar peruano, que era su lengua materna; pues ya sabe todo el mundo que Cacambo era hijo de Tucuman, de un pueblo donde no se conocia otro idioma. Yo le serviré á vm. de intérprete, dixo á Candido; entremos, que este es un meson. Al punto dos mozos y dos criadas del meson, vestidos de tela de oro, y los cabellos prendidos con lazos de lo mismo, los convidaron á que se sentaran á mesa redonda. Sirviéron en ella quatro sopas con dos papagayos cada una, un buytre cocido que pesaba doscientas libras, dos monos asados de un sabor muy delicado, trescientos colibríes en un plato, y seiscientos páxaros-moscas en otro, exquisitas frutas, y pastelería deliciosa, todo en platos de cristal de roca; y los mozos y sirvientas del meson escanciaban varios licores sacados de la caña de azúcar. La mayor parte de los comensales eran mercaderes y carruageros, todos de una urbanidad imponderable, que con la mas prudente circunspeccion hiciéron á Cacambo algunas preguntas, y respondiéron á las de este, dexándole muy satisfecho de sus respuestas. Quando se acabó la comida, Cacambo y Candido créyeron que pagaban muy bien el gasto, tirando en la mesa dos de aquellas grandes piezas de oro que habian cogido; pero soltarón la carcajada el huésped y la huéspeda, y no pudiéron durante largo rato contener la risa: al fin se serenáron, y el huésped les dixo: Bien vemos, señores, que son vms. extrangeros; y como no estamos acostumbrados á ver ninguno, vms. perdonen si nos hemos echado á reir quando nos han querido pagar con las piedras de nuestros caminos reales. Sin duda vms. no tienen moneda del pais, pero tampoco se necesita para comer aquí, porque todas las posadas establecidas para comodidad del comercio las paga el gobierno. Aquí han, comido vms. mal, porque estan en una pobre aldea; pero en las demas partes los recibirán como se merecen. Explicaba Cacambo á Candido todo quanto decia el huésped, y lo escuchaba Candido con tanto pasmo y maravilla como tenia en decírselo su amigo Cacambo. ¿Pues qué pais es este, decían ambos, ignorado de todo lo demas de la tierra, y donde la naturaleza entera tanto de la nuestra se diferencia? Es regular que este sea el pais donde todo está bien, añadia Candido, que alguno ha de haber de esta especie; y diga lo que quiera maese Panglós, muchas veces he advertido que todo iba mal en Vesfalia. CAPITULO XVIII. Donde se da cuenta de lo que en el pais del Dorado viéron. Cacambo dió parte de su curiosidad á su huésped, y este le dixo: Yo soy un ignorante, y no me arrepiento de serlo; pero en el pueblo tenemos á un anciano retirado de la corte, que es el sugeto mas docto del reyno, y que mas gusta de comunicar con los otros lo que sabe. Dicho esto, llevó á Cacambo á casa del anciano. Candido representaba la segunda persona, y acompañaba á su criado. Entráron ámbos en una casa sin pompa, porque las puertas no eran mas que de plata, y los techos de los aposentos de oro, pero con tan fino gusto labrados, que con los mas ricos techos podian entrar en cetejo; la antesala solamente en rubíes y esmeraldas estaba embutida, pero el órden con que estaba todo colocado resarcia esta excesiva simplicidad. Recibió el anciano á los dos extrangeros en un sofá de plumas de colibrí, y les ofreció varios licores en vasos de diamante, y luego satisfizo su curiosidad en estos términos. Yo tengo ciento setenta y dos años, y mi difunto padre, caballerízo del rey, me contó las asombrosas revoluciones del Perú, que habia el presenciado. El reyno donde estamos es la antigua patria de los Incas, que cometiéron el disparate de abandonarla por ir á sojuzgar parte del mundo, y que al fin destruyéron los Españoles. Mas prudentes fuéron los príncipes de su familia que permaneciéron en su patria, y por consentimiento de la nacion dispusiéron que no saliera nunca ningun habitante de nuestro pequeño reyno: lo qual ha mantenido intacta nuestra inocencia y felicidad. Los Españoles han tenido una confusa idea de este pais, que han llamado El Dorado; y un Inglés, nombrado el caballero Raleigh, llegó aquí cerca unos cien años hace; mas como estamos rodeados de intransitables breñas y simas espantosas, siempre hemos vivido exentos de la rapacidad europea, que con la insaciable sed que los atormenta de las piedras y el lodo de nuestra tierra, hubieran acabado con todos nosotros sin dexar uno vivo. Fué larga la conversacion, y se trató en ella de la forma de gobierno, de las costumbres, de las mugeres, de los teatros y de las artes; finalmente Candido, que era muy adicto á la metafísica, preguntó, por medio de Cacambo, si tenian religion los moradores. Sonrojóse un poco el anciano, y respondió: ¿Pues cómo lo dudais? ¿creeis que tan ingratos somos? Preguntó Cacambo con mucha humildad qué religion era la del Dorado. Otra vez se abochornó el viejo, y le replicó: ¿Acaso puede haber dos religiones? Nuestra religion es la de todo el mundo: adoramos á Dios noche y dia. ¿Y no adorais mas que un solo Dios? repuso Cacambo, sirviendo de intérprete á las dudas de Candido. Como si hubiera dos, ó tres, ó quatro, dixo el anciano: vaya, que las personas de vuestro mundo hacen preguntas muy raras. No se hartaba Candido de preguntar al buen viejo, y queria saber qué era lo que pedian á Dios en el Dorado. No le pedimos nada, dixo el respetable y buen sabio, y nada tenemos que pedirle, pues nos ha dado todo quanto necesitamos; pero le tributamos sin cesar acciones de gracias. A Candido le vino la curiosidad de ver los sacerdotes, y preguntó donde estaban; y el venerable anciano le dixo sonriéndose: Amigo mio, aquí todos somos sacerdotes; el rey y todas las cabezas de familia cantan todas las mañanas solemnes cánticos de acciones de gracias, que acompañan cinco ó seis mil músicos.--¿Con que no teneis frayles que enseñen, que arguyan, que gobiernen, que enreden, y que quemen á los que no son de su parecer?--Menester seria que estuviéramos locos, respondió el anciano; aquí todos somos de un mismo parecer, y no entendemos que significan esos vuestros frayles. Estaba Candido como extático oyendo estas razones, y decia para sí: Muy distinto pais es este de la Vesfalia, y de la quinta del señor baron; si hubiera visto nuestro amigo Panglós el Dorado, no diria que la quinta de Tunder-ten-tronck era lo mejor que habia en la tierra. Cierto que es bueno viajar. Acabada esta larga conversacion, hizo el buen viejo poner un coche tirado de seis carneros, y dió á los dos caminantes doce de sus criados para que los llevaran á la Corte. Perdonad, les dixo, si me priva mi edad de la honra de acompañaros; pero el rey os agasajará de modo que quedeis gustosos, y sin duda disculparéis los estilos del pais, si alguno de ellos os desagrada. Montáron en coche Candido y Cacambo; los seis carneros iban volando, y en ménos de quatro horas llegáron al palacio del rey, situado á un extremo de la capital. La puerta principal tenia doscientos y veinte piés de alto, y ciento de ancho, y no es dable decir de qué materia era; mas bien se echa de ver quan portentosas ventajas sacaria á los pedruscos y la arena que llamamos nosotros oro y piedras preciosas. Al apearse Candido y Cacambo del coche, fuéron recibidos por veinte hermosas doncellas de la guardia real, que los lleváron al baño, y los vistiéron de un ropage de plumion de colibrí; luego los principales oficiales y oficialas de palacio los conduxéron al aposento de Su Magestad, entre dos filas de mil músicos cada una, como era estilo. Quando estuviéron cerca de la sala del trono, preguntó Cacambo á uno de los oficiales principales como habian de saludar á Su Magestad; si hincados de rodillas ó postrados al suelo; si habian de poner las manos en la cabeza ó en el trasero; si habian de lamer el polvo de la sala; finalmente quales eran las ceremonias. La práctica, dixo el oficial, es dar un abrazo al rey, y besarle en ámbas mexillas. Abalanzáronse pues Candido y Cacambo al cuello de Su Magestad, el qual correspondió con la mayor afabilidad, y los convidó cortesmente á cenar. Entre tanto les enseñáron la ciudad, los edificios públicos que escalaban las nubes, las plazas de mercado ornadas de mil colunas, las fuentes de agua clara, las de agua rosada, las de licores de caña, que sin parar corrian en vastas plazas empedradas con una especie de piedras preciosas que esparcian un olor parecido al del clavo y la canela. Quiso Candido ver la sala del crimen y el tribunal, y le dixéron que no los habia, porque ninguno litigaba: se informó si habia cárcel, y le fué dicho que no; pero lo que mas extrañó y mas satisfaccion le causó, fué el palacio de las ciencias, donde vió una galería de dos mil pasos, llena toda de instrumentos de física y matemáticas. Habiendo andado en toda aquella tarde como la milésima parte de la ciudad, los traxéron de vuelta á palacio. Candido se sentó á la mesa entre Su Magestad, su criado Cacambo, y muchas señoras; y no se puede ponderar lo delicado de los manjares, ni los dichos agudos que de boca del monarca se oían. Cacambo le explicaba á Candido los donayres del rey, y aunque traducidos todavía eran donayres; y de todo quanto pasmó á Candido, no fué esto lo que le dexó ménos pasmado. Un mes estuviéron en este hospicio. Candido decia continuamente á Cacambo: Ello es cierto, amigo mio, que la quinta donde yo nací no se puede comparar con el pais donde estamos; pero al cabo mi Cunegunda no habita en él, y sin duda que tampoco á tí te faltará en Europa una que bien quieras. Si nos quedamos aquí, serémos uno de tantos; y si damos vuelta á nuestro mundo no mas que con una docena de carneros cargados de piedras del Dorado, serémos mas ricos que todos los monarcas juntos, no tendrémos que tener miedo á inquisidores, y con facilidad podrémos cobrar á la baronesita. Este razonamiento petó á Cacambo: tal es la manía de correr mundo, de ser tenido entre los suyos, de hacer alarde de lo que ha visto uno en sus viages, que los dos afortunados se determináron á dexarlo de ser, y á despedirse de Su Magestad. Haceis un disparate, les dixo el rey: bien se que mi pais vale poco; mas quando se halla uno medianamente bien en un sitio, se debe estar en él. Yo no tengo por cierto derecho para detener á los extrangeros, tiranía tan opuesta á nuestra práctica como á nuestras leyes. Todo hombre es libre, y os podeis ir quando quisiéreis; pero es muy ardua empresa el salir de este pais: no es posible subir el raudo río por el qual habeis venido por milagro, y que corre baxo bóvedas de peñascos; las montañas que cercan mis dominios tienen quatro mil varas de elevacion, y son derechas como torres; su anchura coge un espacio de diez leguas, y no es posible baxarlas como no sea despeñándose. Pero, pues estais resueltos á iros, voy á dar órden á los intendentes de máquinas para que hagan una que os pueda transportar con comodidad; y quando os hayan conducido al otro lado de las montañas, nadie os podrá acompañar; porque tienen hecho voto mis vasallos de no pasar nunca su recinto, y no son tan imprudentes que le hayan de quebrantar: en quanto á lo demás, pedidme lo que mas os acomode. No pedimos que Vuestra Magestad nos dé otra cosa, dixo Cacambo, que algunos carneros cargados de víveres, de piedras y barro del pais. Rióse el rey, y dixo: No se qué, pasion es la que tienen vuestros Europeos á nuestro barro amarillo; llévaos todo el que querais, y buen provecho os haga. Inmediatamente dió órden á sus ingenieros que hicieran una máquina para izar fuera del reyno á estos dos hombres extraordinarios: tres mil buenos físicos trabajáron en ella, y se concluyó al cabo de quince dias, sin costar arriba de cien millones de duros, moneda del pais. Metiéron en la máquina á Candido y á Cacambo: dos carneros grandes encarnados tenian puesta la silla y el freno para que montasen en ellos así que hubiesen pasado los montes, y los seguian otros veinte cargados de víveres, treinta con preseas de las cosas mas curiosas que en el pais habia, y cincuenta con oro, diamantes, y otras piedras preciosas. El rey dió un cariñoso abrazo á los dos vagamundos. Fué cosa de ver su partida, y el ingenioso modo con que los izáron á ellos y á sus carneros á la cumbre de las montañas. Habiéndolos dexado en parage seguro, se despidiéron de ellos los físicos; y Candido no tuvo otro hipo ni otra idea que ir á presentar sus carneros á la baronesita. A bien que llevamos, decia, con que pagar al gobernador de Buenos-Ayres, si es dable poner precio á mi Cuncgunda: vamos á la isla de Cayena, embarquémonos, y luego verémos qué reyno habernos de poner en ajuste. CAPITULO XIX. De los sucesos de Surinam, y del conocimiento que hizo Candido de Martin. La primera jornada de nuestros dos caminantes fué bastante agradable, llevados en alas de la idea de encontrarse posesores de mayores tesoros que quantos en Asia, Europa y Africa se podian reunir. El enamorado Candido grabó el nombre de Cunegunda en las cortezas de los árboles. A la segunda jornada se atolláron en pantanos dos carneros, y pereciéron con la carga que llevaban; otros dos se muriéron de cansancio algunos dias despues; luego pereciéron de hambre de siete á ocho en un desierto; de allí á algunos dias se cayéron otros en unas simas: por fin á los cien dias de viage no les quedáron mas que dos carneros. Candido dixo á Cacambo: Ya ves, amigo, que deleznables son las riquezas de este mundo; nada hay sólido, como no sea la virtud, y la dicha de volver á ver á Cunegunda. Confiéselo así, dixo Cacambo; pero todavía tenemos dos carneros con mas tesoros que quantos podrá poseer el rey de España, y desde aquí columbro una ciudad, que presumo que ha de ser Surinam, colonia holandesa. Al término de nuestras miserias tocamos, y al principio de nuestra ventura. En las inmediaciones del pueblo encontráron á un negro tendido en el suelo, que no tenia mas que la mitad de su vestido, esto es de unos calzoncillos de lienzo crudo azul, y al pobre le faltaba la pierna izquierda y la mano derecha. ¡Dios mió! le dixo Candido, ¿qué haces ahí, amigo, en la terrible situacion en que te veo? Estoy aguardando á mi amo el señor de Vanderdendur, negociante afamado, respondió el negro. ¿Ha sido por ventura el señor Vanderdendur quien tal te ha parado? dixo Candido. Sí, Señor, respondió el negro; así es práctica: nos dan un par de calzoncillos de lienzo dos veces al año para que nos vistamos; quando trabajamos en los ingenios de azúcar, y nos coge un dedo la piedra del molino, nos cortan la mano; quando nos queremos escapar, nos cortan una pierna: yo me he visto en ámbos casos, y á ese precio se come azúcar en Europa; puesto que quando en la costa de Guinea me vendió mi madre por dos escudos patagones, me dixo: Hijo querido, da gracias á nuestros fetiches, y adóralos sin cesar, para que vivas feliz; ya logras de ellos la gracia de ser esclavo de nuestros señores los blancos, y de hacer afortunados á tu padre y á tu madre. Yo no se ¡ay! si los he hecho afortunados; lo que se es que ellos me han hecho muy desdichado, y que los perros, los monos y los papagayos lo son mil veces ménos que nosotros. Los fetiches holandeses que me han convertido, dicen que los blancos y los negros somos todos hijos de Adan. Yo no soy genealogista, pero si los predicadores dicen la verdad, todos somos primos hermanos; y cierto que no es posible portarse de un modo mas horroroso con sus propios parientes. O Panglós, exclamó Candido, esta abominacion no la habias tú adivinado: se acabó, será fuerza que abjure tu optimismo. ¿Qué es el optimismo? dixo Cacambo. Ha, respondió Candido, es la manía de sustentar que todo está bien quando está uno muy mal. Vertia lágrimas al decirlo contemplando al negro, y entró llorando en Surinam. Lo primero que preguntáron fué si habia en el puerto algun navío que se pudiera fletar para Buenos-Ayres. El hombre á quien se lo preguntáron era justamente un patron español que les ofreció ajustarse en conciencia con ellos, y les dió cita en una hostería, adonde Candido y Cacambo le fuéron á esperar con sus carneros. Candido que llevaba siempre el corazon en las manos contó todas sus aventuras al Español, y le confesó que queria robar á la baronesita Cunegunda. Ya me guardaré yo, le respondió, de pasarlos á vms. á Buenos-Ayres, porque seria irremisiblemente ahorcado, y vms. ni mas ni ménos; que la hermosa Cunegunda es la dama en privanza de Su Excelencia. Este dicho fué una puñalada en el corazon de Candido: lloró amalgamente, y despues de su llanto, llamando aparte á Cacambo, le dixo: Escucha, querido amigo, lo que tienes que hacer; cada uno de nosotros lleva en el bolsillo uno ó dos millones de pesos en diamantes, y tu eres mas astuto que yo: vete á Buenos-Ayres, en busca de Cunegunda. Si pone el gobernador alguna dificultad, dale cien mil duros; si no basta, dale doscientos mil: tu no has muerto á inquisidor ninguno, y nadie te perseguirá. Yo fletaré otro navío, y te iré á esperar á Venecia; que es pais libre, donde no hay ni Bulgaros, ni Abaros, ni Judíos, ni inquisidores que temer. Parecióle bien á Cacambo tan prudente determinacion, puesto que sentia á par de muerte haberse de separar de amo tan bueno; pero la satisfaccion de servirle pudo mas con el que el sentimiento de dexarle. Abrazáronse derramando muchas lágrimas; Candido le encomendó que no se olvidara de la buena vieja; y Cacambo se partió aquel mismo dia: el tal Cacambo era un excelente sugeto. Detúvose algún tiempo Candido en Surinam, esperando á que hubiese otro patron que le llevase á Italia con los dos carneros que le habian, quedado. Tomó criados para su servicio, y compró todo quanto era necesario para un viage largo; finalmente se le presentó el señor Vanderdendur, armador de una gruesa embarcacion. ¿Quanto pide vm., le preguntó, por llevarme en derechura á Venecia, con mis criados, mi bagage, y los dos carneros que vm. ve ? El patron pidió diez mil duros, y Candido se los ofreció sin rebaxa. ¡Hola, hola! dixo entre sí el prudente Vanderdendur, ¿con que esté extrangero da diez mil duros sin regatear? Menester es que sea muy rico. Volvió de allí á un rato, y dixo que no podia hacer el viage por ménos de veinte mil. Veinte mil le daré á vm., dixo Candido. Toma, dixo en voz baxa el mercader, ¿con que da veinte mil duros con la misma facilidad que diez mil? Otra vez volvió, y dixo que no le podia llevar á Venecia si no le daba treinta mil duros. Pues treinta mil serán, respondió Candido. Ha, ha, murmuró el holandés, treinta mil duros no le cuestan nada á este hombre; sin duda que en los dos carneros lleva inmensos tesoros: no insistamos mas; hagamos que nos pague los treinta mil duros, y luego verémos. Vendió Candido dos diamantes, que el mas chico valia mas que todo quanto dinero le habia pedido el patron, y le pagó adelantado. Estaban ya embarcados los dos carneros, y seguia Candido de léjos en una lancha para ir al navío que estaba en la rada; el patron se aprovecha de la ocasion, leva anclas, y sesga el mar llevando el viento en popa. En breve le pierde de vista Candido confuso y desatentado. ¡Ay! exclamaba, esta picardía es digna del antiguo hemisferio. Vuélvese á la playa anegado en su dolor, y habiendo perdido lo que bastaba para hacer ricos á veinte monarcas. Fuera de sí, se va á dar parte al juez holandés, y en el arrebato de su turbacion llama muy recio á la puerta, entra, cuenta su cuita, y alza la voz algo mas de lo que era regular. Lo primero que hizo el juez fué condenaile á pagar diez mil duros por la bulla que habia metido: oyóle luego con mucha pachorra, le prometió que exâmininaria el asunto así que voliera el mercader, y exîgió otros diez mil duros por los derechos de audiencia. Esta conducta acabó de desesperar á Candido; y aunque á la verdad habia padecido otras desgracias mil veces mas crueles, la calma del juez y del patron que le habia robado le exâltaron la cólera, y le ocasionáron una negra melancolía. Presentábase á su mente la maldad humana con toda su disformidad, y solo pensamientos tristes revolvia. Finalmente estando para salir para Burdeos un navío francés, y no quedándole carneros cargados de diamantes que embarcar, ajustó en lo que valia un camarote del navío, y mandó pregonar en la ciudad que pagaba el viage y la manutencion, y daba dos mil duros á un hombre de bien que le quisiera acompañar, con la condición de que fuese el mas descontento de su suerte, y el mas desdichado de la provincia. Presentóse una cáfila tal de pretendientes, que no hubieran podido caber en una esquadra. Queriendo Candido escoger los que mejor educados parecian, señaló hasta unos veinte que le parecieron mas sociables, y todos pretendían que merecían la preferencia. Reuniólos en su posada, y los convidó á cenar, poniendo por condicion que hiciese cada uno de ellos juramento de contar con sinceridad su propia historia, y prometiendo escoger al que mas digno de compasion y mas descontento con justicia de su suerte le pareciese, y dar á los demas una gratificacion. Duró la sesion hasta las quatro de la madrugada; y al oir sus aventuras ó desventuras se acordaba Candido de lo que le habia dicho la vieja quando iban á Buenos-Ayres, y de la apuesta que habia hecho de que no habia uno en el navío á quien no hubiesen acontecido gravísimas desdichas. A cada lástima que contaban, pensaba en Panglós, y decia: El tal Panglós apurado se habia de ver para demostrar su sistema: yo quisiera que se hallase aquí. Es cierto que si está todo bien, es en el Dorado, pero no en lo demas de la tierra. Finalmente se determinó enfavor de un hombre docto y pobre, que habia trabajado diez años para los libreros de Amsterdan, creyendo que no habia en el mundo oficio que mas aperreado traxese al que le exercitaba. Fuera de eso este docto sugeto, que era hombre de muy buena pasta, habia sido robado por su muger, aporreado por su hijo, y su hija le habia abandonado, y se habia escapado con un Portugués. Le acababan de quitar un miserable empleo con el qual vivia, y le perseguian los predicantes de Surinam, porque le tachaban de sociniano. Hase de confesar que los demas eran por lo menós tan desventurados como él; pero Candido esperaba que con el docto se aburriria ménos en el viage. Todos sus competidores se quejáron de la injusticia manifiesta de Candido; mas este los calmó repartiendo cien duros á cada uno. CAPITULO XX. De lo que sucedió á Candido y á Martin durante la navegacion. Embarcóse pues para Burdeos con Candido el docto anciano, cuyo nombre era Martin. Ambos habian visto y habian padecido mucho; y aun quando el navío hubiera ido de Surinam al Japon por el cabo de Buena Esperanza, no les hubiera en todo el viage faltado materia para discurrir acerca del mal físico y el mal moral. Verdad es que Candido le sacaba muchas ventajas á Martin, porque llevaba la esperanza de ver á su Cunegunda, y Martin no tenia cosa ninguna que esperar: y le quedaba oro y diamantes; de suerte que aunque habia perdido cien carneros grandes cargados de las mayores riquezas de la tierra, y aunque le escarbaba continuamente la bribonada del patron holandés, todavía quando pensaba en lo que aun llevaba en su bolsillo, y hablaba de Cunegunda, con especialidad después de comer, se inclinaba al sistema de Panglós. Y vm., señor Martín, le dixo al docto, ¿qué piensa de todo esto? ¿qué opinion lleva cerca del mal físico y el mal moral? Señor, respondió Martin, los clérigos me han acusado de ser sociniano; pero la verdad es que soy maniquéo. Ese es cuento, replicó Candido, que ya no hay maniquéos en el mundo. Pues yo en el mundo estoy, dixo Martin, y es la realidad que no está en mi creer otra cosa. Menester es que tenga vm. el diablo en el cuerpo, repuso Candido. Tanto papelea en este mundo, dixo Martin, que muy bien puede ser que esté en mi cuerpo lo mismo que en otra parte. Confieso que quando tiendo la vista por este globo ó glóbulo, se me figura que le ha dexado Dios á disposicion de un ser maléfico, exceptuando el Dorado. Aun no he visto un pueblo que no desee la ruina del pueblo inmediato, ni una familia que no quisiera exterminar otra familia. En todas partes los menudos exêcran de los grandes, y se postran á sus plantas; y los grandes los tratan como viles rebaños, desollándolos y comiéndoselos. Un millon de asesinos en regimientos andan corriendo la Europa entera, saqueando y matando con disciplina, porque no saben oficio mas honroso; en las ciudades que en apariencia disfrutan la paz, y en que florecen las artes, estan roidos los hombres de mas envidia, inquietudes y afanes, que quantas plagas padece una ciudad sitiada. Todavía son mas crueles los pesares secretòs que las miserias públicas; en una palabra, he visto tanto y he padecido tanto, que soy maniquéo. Cosas buenas hay, no obstante, replicó Candido. Podrá ser, decía Martin, mas no han llegado á mi noticia. En esta disputa estaban quando se oyéron descargas de artillería. De uno en otro instante crecia el estruendo, y todos se armáron de un anteojo. Veíanse como á distancia de tres millas dos navios que combatían, y los traxo el viento tan cerca del navío francés á uno y á otro, que tuviéron el gusto de mirar el combate muy á su sabor. Al cabo uno de los navios descargó una andanada con tanto tino y acierto, y tan á flor de agua, que echó á pique á su contrario. Martin y Candido distinguiéron con mucha claridad en el combes de la nave que zozobraba unos cien hombres que todos alzaban las manos al cielo dando espantosos gritos; en un punto se los tragó á todos la mar. Vea vm., dixo Martin, pues así se tratan los hombres unos á otros. Verdad es, dixo Candido, que anda aquí la mano del diablo. Diciendo esto, advirtió cierta cosa de un encarnado muy subido, que nadaba junto al navio; echáron la lancha para ver que era, y era uno de sus carneros. Mas se alegró Candido con haber recobrado este carnero, que lo que habia sentido la pérdida de ciento cargados todos de diamantes gruesos del Dorado. En breve reconoció el capitán del navío francés que el del navío sumergidor era Español, y el del navío sumergido un pirata holandés, el mismo que habia robado á Candido. Con el pirata se hundiéron en el mar las inmensas riquezas de que se habia apoderado el infame, y solo se libertó un carnero. Ya ve vm., dixo Candido á Maitin, que á veces llevan los delitos su merecido: este pícaro de patrón holandés ha sufrido la pena digna de sus maldades. Está bien, dixo Martin, pero ¿porqué han muerto los pasageros que venian en su navío? Dios ha castigado al malo, y el diablo ha ahogado á los buenos. Seguían en tanto su derrota el navío francés y el español, y Candido en sus conversaciones con Martin. Quince dias sin parar disputáron, y tan adelantados estaban el último como el primero; pero hablaban, se comunicaban sus ideas, y se consolaban. Candido pasando la mano por el lomo á su carnero le decía: Una vez que te he hallado á tí, tambien podié hallar á Cunegunda. CAPITULO XXI. Donde se da cuenta de la plática de Candido y Martín, al acercarse á las costas de Francia. Avistaronse al fin las costas de Francia. ¿Ha estado vm. en Francia, señor Martin? dixo Candido. Sí, Señor, respondió Martin, y he corrido muchas provincias: en unas la mitad de los habitantes son locos, en otras muy retrecheros, en estas bastante bonazos y bastante tontos, y en aquellas lo dan por ladinos. En todas la ocupacion principal es enamorar, murmurar la segunda, y la tercera decir majaderías.--¿Y ha visto vm. á Paris, señor Martin?--He visto á París, que es una menestra de páxaros de todas clases, un caos, una prensa, donde todo el mundo anhela por placeres, y casi nadie los halla, á lo ménos segun me ha parecido. Estuve poco tiempo; al llegar, me robáron quanto traía unos rateros en la plaza de San German; luego me reputáron á mi por ladron, y me tuviéron ocho dias en la cárcel; y al salir libre entré como corrector en una imprenta, para ganar con que volverme á pié á Holanda. He conocido la canalla escritora, la canalla enredadora, y la canalla convulsa. Dicen que hay algunas personas muy cultas en este pueblo, y creo que así será. Yo por mi no tengo hipo ninguno por ver la Francia, dixo Candido; bien puede vm. considerar que quien ha vivido un mes en el Dorado no se cura de ver cosa ninguna de este mundo, como no sea Cunegunda. Voy á esperarla á Venecia, y atravesarémos la Francia para ir á Italia: ¿me acompañará vm.? Con mil amores, respondió Martin; dicen que Venecia solo para los nobles Venecianos es buena, puesto que hacen mucho agasajo á los extrangeros que llevan mucho dinero: yo no le tengo, pero vm. sí, y le seguiré adonde quiera que fuere. Hablando de otra cosa, dixo Candido, ¿cree vm. que la tierra haya sido antiguamente mar, como lo afirma aquel libro gordo que es del capitan del buque? No por cierto, replicó Martin, como ni tampoco los demas adefesios que nos quieren hacer tragar de algun tiempo acá. ¿Pues para qué fin piensa vm. que fué criado el mundo? continuó Candido. Para hacernos dar al diablo, respondió Martin. ¿No se pasma vm., siguió Candido, del amor de las dos mozas del pais de los Orejones á los dos ximios, que conté á vm.? Muy léjos de eso, repuso Martin; no veo que tenga nada de extraño esa pasion, y he visto tantas cosas extraordinarias, que nada se me hace extraordinario. ¿Cree vm., le dixo Candido, que en todos tiempos se hayan degollado los hombres como hacen hoy, y que siempre hayan sido embusteros, aleves, pérfidos, ingratos, ladrones, flacos, mudables, viles, envidiosos, glotones, borrachos, codiciosos, ambiciosos, sangrientos, calumniadores, disolutos, fanáticos, hipócritas y necios? ¿Cree vm., replicó Martin, que los milanos se hayan, siempre engullido las palomas, quando han podido dar con ellas? Sin duda, dixo Candido. Pues bien, continuó Martin, si los milanos siempre han tenido las mismas inclinaciones, ¿porqué quiere vm. que las de los hombres hayan ariado? No, dixo Candido, eso es muy diferente porque el libre albedrío..... Así discurrian, quando aportáron á Burdeos. CAPITULO XXII. De los sucesos que en Francia aconteciéron á Candido y á Martin. No se detuvo Candido en Burdeos mas tiempo que el que le fué necesario para vender algunos pedernales del Dorado, y comprar una buena silla de posta de dos asientos, porque no podia ya vivir sin su filósofo Martin. Lo único que sintió fué tenerse que separar de su carnero, que dexó á la Academia de ciencias de Burdeos, la qual propuso por asunto del premio de aquel año determinar porque la lana de aquel carnero era encarnada; y se le adjudicó á un docto del Norte, que demostró por A mas B, ménos C dividido por Z, que era forzoso que fuera aquel carnero encarnado, y que se muriese de la moniña. Todos quantos caminantes topaba Candido en los mesones le decian: Vamos á Paris. Este general prurito le inspiró al fin deseos de ver esta capital, en lo qual no se desviaba mucho de la dirección de 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 67 68 69 70 71 72 73 74 75 76 77 78 79 80 81 82 83 84 85 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95 96 97 98 99 100 101 102 103 104 105 106 107 108 109 110 111 112 113 114 115 116 117 118 119 120 121 122 123 124 125 126 127 128 129 130 131 132 133 134 135 136 137 138 139 140 141 142 143 144 145 146 147 148 149 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 160 161 162 163 164 165 166 167 168 169 170 171 172 173 174 175 176 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 188 189 190 191 192 193 194 195 196 197 198 199 200 201 202 203 204 205 206 207 208 209 210 211 212 213 214 215 216 217 218 219 220 221 222 223 224 225 226 227 228 229 230 231 232 233 234 235 236 237 238 239 240 241 242 243 244 245 246 247 248 249 250 251 252 253 254 255 256 257 258 259 260 261 262 263 264 265 266 267 268 269 270 271 272 273 274 275 276 277 278 279 280 281 282 283 284 285 286 287 288 289 290 291 292 293 294 295 296 297 298 299 300 301 302 303 304 305 306 307 308 309 310 311 312 313 314 315 316 317 318 319 320 321 322 323 324 325 326 327 328 329 330 331 332 333 334 335 336 337 338 339 340 341 342 343 344 345 346 347 348 349 350 351 352 353 354 355 356 357 358 359 360 361 362 363 364 365 366 367 368 369 370 371 372 373 374 375 376 377 378 379 380 381 382 383 384 385 386 387 388 389 390 391 392 393 394 395 396 397 398 399 400 401 402 403 404 405 406 407 408 409 410 411 412 413 414 415 416 417 418 419 420 421 422 423 424 425 426 427 428 429 430 431 432 433 434 435 436 437 438 439 440 441 442 443 444 445 446 447 448 449 450 451 452 453 454 455 456 457 458 459 460 461 462 463 464 465 466 467 468 469 470 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 481 482 483 484 485 486 487 488 489 490 491 492 493 494 495 496 497 498 499 500 501 502 503 504 505 506 507 508 509 510 511 512 513 514 515 516 517 518 519 520 521 522 523 524 525 526 527 528 529 530 531 532 533 534 535 536 537 538 539 540 541 542 543 544 545 546 547 548 549 550 551 552 553 554 555 556 557 558 559 560 561 562 563 564 565 566 567 568 569 570 571 572 573 574 575 576 577 578 579 580 581 582 583 584 585 586 587 588 589 590 591 592 593 594 595 596 597 598 599 600 601 602 603 604 605 606 607 608 609 610 611 612 613 614 615 616 617 618 619 620 621 622 623 624 625 626 627 628 629 630 631 632 633 634 635 636 637 638 639 640 641 642 643 644 645 646 647 648 649 650 651 652 653 654 655 656 657 658 659 660 661 662 663 664 665 666 667 668 669 670 671 672 673 674 675 676 677 678 679 680 681 682 683 684 685 686 687 688 689 690 691 692 693 694 695 696 697 698 699 700 701 702 703 704 705 706 707 708 709 710 711 712 713 714 715 716 717 718 719 720 721 722 723 724 725 726 727 728 729 730 731 732 733 734 735 736 737 738 739 740 741 742 743 744 745 746 747 748 749 750 751 752 753 754 755 756 757 758 759 760 761 762 763 764 765 766 767 768 769 770 771 772 773 774 775 776 777 778 779 780 781 782 783 784 785 786 787 788 789 790 791 792 793 794 795 796 797 798 799 800 801 802 803 804 805 806 807 808 809 810 811 812 813 814 815 816 817 818 819 820 821 822 823 824 825 826 827 828 829 830 831 832 833 834 835 836 837 838 839 840 841 842 843 844 845 846 847 848 849 850 851 852 853 854 855 856 857 858 859 860 861 862 863 864 865 866 867 868 869 870 871 872 873 874 875 876 877 878 879 880 881 882 883 884 885 886 887 888 889 890 891 892 893 894 895 896 897 898 899 900 901 902 903 904 905 906 907 908 909 910 911 912 913 914 915 916 917 918 919 920 921 922 923 924 925 926 927 928 929 930 931 932 933 934 935 936 937 938 939 940 941 942 943 944 945 946 947 948 949 950 951 952 953 954 955 956 957 958 959 960 961 962 963 964 965 966 967 968 969 970 971 972 973 974 975 976 977 978 979 980 981 982 983 984 985 986 987 988 989 990 991 992 993 994 995 996 997 998 999 1000