MONTANO.
¡Infame asesino! Toma tú esta espada que he quitado de manos del moro.
Guardad la puerta: no le dejeis salir, aunque sea preciso matarle. Yo
iré detras de ese malvado, el más abominable de cuantos existen en el
mundo.
(Vanse Montano y Graciano.)
OTELO.
Hasta el valor he perdido: un niño podria desarmarme. Pero ¿qué
importa? ¡Vaya con la virtud la honra! ¡Húndase todo!
EMILIA.
Quiero acordarme de las palabras de tu canto, señora mia, óyeme, si es
que aún tienes oidos. Moriré cantando como el cisne:
Cantad el sauce, y su verdor cantad.
Moro: ella fué honesta.
Moro: ella te amaba.
Verdad es: así yo me salve. Muero diciendo la verdad. Muero. (Cae.)
OTELO.
Otra arma tengo aquí: una hoja española, reciamente templada en las
aguas del Tajo. Ahora es cuando debo desnudarla, amado tio.
GRACIANO.
(Dentro.) Vana empresa será el defenderte: no tienes armas, has de
ceder.
OTELO.
Entra, y óyeme, ó embestiré desnudo como estoy.
(Sale Graciano.)
GRACIANO.
¿Qué sucede?
OTELO.
Espada tengo, la mejor que ciñó ningun guerrero: esta hoja y este
brazo han allanado obstáculos veinte veces mayores que tu resistencia.
Pero ¡qué insensato alarde! ¿Quién lidia contra la fortuna? Todo ha
cambiado: no me temes aunque me ves con armas. Este es el término de mi
viaje, la bahía y el puerto. ¿Te retiras tembloroso? ¿A qué ese miedo?
Aunque ataques á Otelo con una débil caña, Otelo cederá. ¿Y á dónde ha
de ir Otelo? Déjame ver tu rostro por última vez, infeliz esposa mia.
Tan pálido está como tu vestidura. Cuando los dos comparezcamos ante el
tribunal divino, esa mirada tuya bastará á arrojar mi alma del cielo,
y los demonios harán presa en ella con sus uñas. ¡Ay de mí, siervo del
pecado! ¡Furias, arrojadme del cielo con vuestros azotes! Demonios,
arrastradme en vuestro gran torbellino, hacedme hervir en azufre ó en
pilas de hirviente metal. ¡Desdémona, Desdémona!
(Salen Ludovico, Montano, Casio herido, y Yago preso.)
LUDOVICO.
¿Dónde está este infeliz temerario?
OTELO.
Aquí teneis al que fué Otelo.
LUDOVICO.
¿Dónde ese basilisco, ese horrible Yago?
OTELO.
¡Lástima que seas demonio, porque no podré matarte! (Le hiere.)
LUDOVICO.
Desarmadle.
YAGO.
Me has herido, pero no de muerte.
OTELO.
Y no lo siento. Quiero que vivas, porque el morir es una dicha.
LUDOVICO.
Otelo, tú que antes fuiste tan bueno y generoso, ¿cómo has caido en los
lazos de este traidor artero? ¿Qué dirán de tí?
OTELO.
Cuanto quieran, si así lo creeis; seré un delincuente honrado. Por
honor la maté, no por odio.
LUDOVICO.
En parte ya ha confesado su crímen. ¿Los dos concertasteis la muerte de
Casio?
OTELO.
Sí.
CASIO.
Y sin razon ninguna.
OTELO.
Téngolo por cierto y te pido perdon. Preguntad á ese demonio, qué
motivo le pudo inducir á infernar de ese modo mi cuerpo y mi alma.
YAGO.
No me pregunteis nada, no he de responder. Todo lo sabeis. Desde ahora
no he de hablar.
LUDOVICO.
¿Ni siquiera para rezar?
GRACIANO.
El tormento te obligará á mover la lengua.
OTELO.
Bien harás.
LUDOVICO.
Sabedlo todo, pues aún hay algo que no ha llegado á vuestra noticia.
En el bolsillo de Rodrigo se han encontrado dos cartas. Una de ellas
explica cómo Rodrigo se encargó de dar muerte á Casio.
OTELO.
¡Cobarde!
CASIO.
¡Infame!
LUDOVICO.
La otra carta contiene mil quejas contra Yago, pero se conoce que antes
de enviarle Rodrigo la carta, encontró á Yago, y éste resolvió todas
sus dudas y le decidió á lo que hizo.
OTELO.
¡Perro traidor! ¿Y cómo llegó á tus manos, Casio, aquel pañuelo de mi
mujer?
CASIO.
Le hallé en mi aposento, y él mismo acaba de confesar que le dejó allí
con este intento.
OTELO.
¡Necio, mentecato!
CASIO.
En la misma carta le echa en cara Rodrigo, entre otras mil acusaciones,
el haberle excitado en el cuerpo de guardia á que riñese conmigo, de
cuya riña resultó el perder yo mi empleo. Y él ha dicho antes de morir
que Yago le acusó y le hirió.
LUDOVICO.
Necesario es que vengais con nosotros sin demora. El gobierno queda en
manos de Casio. Y en cuanto á Yago creed que si hay algun tormento que
pueda hacerle padecer eternamente sin matarle, á él se aplicará. Vos
estareis preso, hasta que sentencie vuestra causa el Senado de Venecia.
OTELO.
Oidme una palabra, nada más, y luego os ireis. He servido bien y
lealmente á la República, y ella lo sabe, pero no tratemos de eso.
Sólo os pido por favor una cosa: que cuando en vuestras cartas al
Senado refirais este lastimoso caso, no trateis de disculparme, ni de
agravar tampoco mi culpa. Decid que he sido un desdichado: que amé sin
discrecion y con furor, que aunque tardo en recelar, me dejé arrastrar
como loco por la corriente de los celos: decid que fuí tan insensato
como el indio que arroja al lodo una pieza preciosa que vale más que
toda su tribu. Decid que mis ojos que antes no lloraban nunca, han
destilado luego largo caudal de lágrimas, como destilan su balsámico
jugo los árboles de Arabia. Contádselo todo así, y decid tambien que un
dia que en Alepo un turco puso la mano en un veneciano, ultrajando la
majestad de la República, yo agarré del cuello á aquel perro infiel y
le maté así. (Se hiere.)
LUDOVICO.
¡Lastimosa muerte!
GRACIANO.
Vanas fueron nuestras palabras.
OTELO.
Esposa mia, quise besarte antes de matarte. Ahora te beso, y muero al
besarte. (Muere.)
CASIO.
Yo lo recelé, porque era de alma muy generosa, pero creí que no tenia
armas.
LUDOVICO.
¡Perro ladron, más crudo y sanguinario que la muerte misma, más
implacable que el mar alborotado! ¡Mira, mira los dos cadáveres que
abruman ese lecho! Gózate en tu obra, cuyo solo espectáculo basta
para envenenar los ojos. Cubrid el cadáver: haced guardar la casa,
Graciano. Haced inventario de los bienes del moro. Sois su heredero. Y
á vos, gobernador, incumbe el castigar á este perro sin ley, fijando
el modo y la hora del tormento. Y ¡que sea cruel, muy cruel! Yo con
lágrimas en los ojos voy á llevar á Venecia la relacion del triste caso.
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