«Queda entablada la lucha entre el médico y la muerte. De nuevo tengo
que infundir la vida en el cuerpo aniquilado de mi hija. Si Dios me
ayuda confío en conseguirlo; pero, si me abandona a mis propias fuerzas,
no habrá remedio para Magdalena y mi pobre hija morirá.
»Ahora su sueño es febril y agitado, pero siquiera duerme, pronunciando
sin cesar el nombre de Amaury.
»¡Oh! ¡Yo soy culpable de todo! ¿Por qué he permitido que bailara?... Y
sin embargo, si otra vez me encontrase en iguales circunstancias
volvería a proceder como esta noche lo he hecho.
»Es preciso tratar el alma de mi hija con más delicadeza y más cuidado
que su cuerpo, porque la pena que a veces le causan sus pensamientos es
mucho más temible que la dolencia de su pecho. Antes se habrá desmayado
de celos, que de desfallecimiento físico.
»¡Sucumbió a los celos!... ¡Dios mío! ¡Era verdad lo que yo tanto
temía!... Tiene celos de su prima... ¡Pobre Antonia! Ella lo ha
advertido tan pronto como yo y en todos sus actos ha mostrado toda la
bondad y la abnegación de que su alma es capaz.
»Amaury es el único que ignora todo esto; él no ha sabido ver nada. En
verdad hay que convenir en que el hombre a veces es rematadamente ciego.
»Tentaciones me han dado de enterarle de lo que pasa; pero he tenido
miedo de que ahora se fijase más que antes en Antonia... No, no, vale
más que no sepa una palabra.
»¡Hija mía!
»Me pareció que despertaba. Acaba de murmurar palabras incoherentes, que
no he podido entender, y ha vuelto a dejar caer la cabeza sobre el
almohadón, sumida en su sopor.
»Estoy muy inquieto y como sobresaltado. Desearía hacer que despertase
cuanto antes... Quisiera averiguar si está mejor... Pero me detiene el
temor de encontrar que se ha agravado.
»Esperemos, pues, y velaré entretanto... ¡Dios mío! Cada vez que pienso
en que se ha repetido el caso de que Amaury la hiera sólo con tocarla...
¡Ese hombre acabará por matarla! Cuando pienso en que si no le conociera
ella podría vivir... Pero, no, no; si no fuera él sería otro; así lo
exige de un modo implacable la ley de la Naturaleza. Tanto los corazones
como las almas se buscan unos a otros. ¡Desgraciados de aquéllos cuyo
corazón y cuya alma se encierran en un cuerpo débil y sin resistencia!
Esos sucumben al choque que los despedaza.
»¡No y no! Ese casamiento es un sueño irrealizable; es un proyecto
utópico. Mi hija sería víctima de su propia dicha. ¿No la tengo ahí
moribunda por haber sido feliz un solo instante?»
30 de mayo.
«En los ocho días transcurridos nada he tenido que apuntar en mi diario.
»¡Ocho días, durante los cuales he vivido pendiente de los latidos de su
corazón y de las alteraciones de su pulso! ¡Ocho días, durante los
cuales no he salido de casa, no me he movido de este aposento ni me he
apartado siquiera de la cabecera de esa cama; y, no obstante, jamás han
pasado para mí en tan poco tiempo tantos sucesos, jamás he sufrido
tantas emociones ni me han asaltado tantas ideas! He dejado abandonados
a todos mis enfermos para pensar en uno solo.
»En esos días, el rey me ha enviado a buscar dos veces, participándome
que estaba indispuesto y que necesitaba de mis servicios. Yo he
respondido a su mensajero:
»--Diga usted al rey que mi hija se está muriendo.
»Gracias a Dios, está ya un poco mejor. Hora era de que la Parca
comenzara ya a cansarse. Jacob no había combatido más que una noche,
mientras que yo llevo ocho días con sus noches luchando contra la
muerte.
»¡Oh, Dios eterno! ¿Quién sería capaz de describir la angustia de
aquellos instantes en que creía próximo mi triunfo; en que veía cómo la
Naturaleza, (¡admirable auxiliar del arte, por la permisión divina!)
vencía a la enfermedad; en que tras una crisis que podría muy bien
calificarse de batalla, lograba yo descubrir una leve mejoría que venía
a henchir mi corazón de esperanza... y un simple acceso de tos o un
nuevo ataque de la fiebre se encargaba de desvanecer tan gratas
ilusiones?
»Todo volvía entonces a ser materia de duda, y yo descendía de nuevo
abatido por el desaliento al abismo de la desesperación, al ver que el
enemigo ahuyentado un instante reanudaba el combate con más
encarnizamiento que nunca.
»El horrible buitre que con su pico y sus garras destroza el pecho de mi
hija volvía a hacer presa en ella y entonces yo, prosternado y con la
frente inclinada, invocaba a Dios diciendo:--¡Dios mío, escucha mis
súplicas! ¡no me abandones! ¡Si tu providencia infinita no ayuda a mi
ciencia desmedrada y estéril, mi hija y yo estamos perdidos!
»Gozo fama de ser médico muy entendido; hay en París centenares de
personas que a mi saber y a mis desvelos deben su vida; yo, que he
devuelto tantas esposas a sus maridos, tantas madres a sus hijos, tantos
hijos a sus padres, tengo en estos momentos a mi hija moribunda, y no
soy dueño de decir: ¡La salvaré!
«No pasa día sin que tropiece en la calle con personas, que ni siquiera
se cuidan de saludarme, porque creen haberme pagado bien con su dinero,
y sin embargo, a haberlas yo abandonado, ahora reposarían para siempre
en el fondo del sepulcro, en vez de pasear a la luz del sol... ¡Y yo,
que he sabido combatir a la muerte y llegar a humillarla en pro de seres
extraños y hasta desconocidos para mí, tendré que sucumbir forzosamente
ahora que lucho por la vida de mi hija, que es mi propia existencia!
»¡Oh! ¡Qué amargo sarcasmo! ¡Qué lección tan terrible recibe del destino
mi vanidad de sabio!
«¡Ah! Es que las enfermedades de todos esos a quienes yo he curado eran
terribles, sí, pero no mortales necesariamente; eran enfermedades para
todas las cuales hay remedios conocidos. El tifus se cura con caldo y
agua de Sedlitz; las meningitis más graves, con tratamientos
antiflogísticos; las afecciones del corazón más rebeldes, con el método
de Valsava; pero ¡ay! la tisis... No hay más que una enfermedad, sólo
una, que ni el mismo Dios puede curar, si no es haciendo un milagro, y
precisamente es ésa la que me arrebata a mi hija.
»Con todo, tengo yo noticia de dos o tres ejemplos de tisis de segundo
grado, que ha sido radicalmente curada, y yo mismo he presenciado un
caso en el hospital. Tratábase de un pobre huérfano, sobre cuya tumba no
habría llorado nadie. Creo yo que Dios se apiadó de él porque lo vio tan
solo, tan abandonado en este mundo.
»Muchas veces doy gracias al Altísimo por haber infundido en mi alma la
vocación que me hizo abrazar esta carrera, que hoy me permite velar por
la vida de mi hija.
»¿Puede haber alguien capaz de tener, como yo tengo, la paciencia de
permanecer día y noche a la cabecera de mi enferma sin guiarle otro
estímulo que el sentimiento altruista de la ciencia? ¿Habría alguien
capaz de hacer por el oro o por la gloria lo que por amor paternal estoy
yo haciendo? No; no hay nadie capaz de eso. Si yo la abandonase un
momento y no estuviese a su lado para prever y combatir los riesgos que
puedan presentarse, ya habría sido amenazada su existencia varias veces.
»Cierto es también que constituye un suplicio muy superior a todos los
del infierno del Dante el ver con tal claridad en el pecho de una hija
los dos fieros adversarios, los dos principios de vida y de muerte,
cuando la vida, vencida, aniquilada, retrocede paso a paso para ir
abandonando el campo poco a poco a su enemigo implacable y eterno.
»Afortunadamente el progreso del mal parece haberse detenido por ahora y
me deja respirar con libertad un instante.
»Espero. ¿Podré también confiar? ¡Dios lo sabe!»
Capítulo 19
5 de julio
«Sigue muy mejorada y esta mejoría la debo a Amaury y a Antoñita. Amaury
se ha portado como hombre capaz de todo sacrificio por la mujer a quien
ama. Verdad es que él fue el causante del mal; pero justo es reconocer
que no podía hacer más por llevar a la cima la empresa de repararlo. Ha
dedicado a Magdalena todo el tiempo que le ha sido posible,
consagrándose a cuidarla y reanimándola con su cariño y su tierna
solicitud; y estoy seguro de que ella sola ha ocupado su pensamiento en
todo instante.
»Mas yo advertía una cosa; cuando Amaury y Antoñita me acompañaban cerca
de Magdalena, ésta parecía inquieta; miraba alternativamente al uno y al
otro como si quisiera sorprender sus miradas y sus gestos, y como casi
siempre tenía su mano en la mía, sin que ella se diese cuenta, yo sentía
en su pulso latir los celos.
»Si se le aproximaba uno solo de los dos, volvía el pulso a su estado
normal. Mas si los dos dejaban la habitación, ¡qué horrible debía ser
el sufrimiento de mi pobre hija! ¡Cómo se recrudecía su estado febril
hasta que alguno de ellos volvía a acompañarnos!
»Yo no podía hacer que Amaury se alejase, porque ella necesita como el
aire su presencia. Ya veremos más adelante.
»Y tampoco era dueño de alejar de aquí a Antoñita. ¿Cómo podía decirle a
esa pobre criatura, casta como la pura luz del cielo:--¡Vete!, Antoñita?
»Pero ella, que todo lo adivina, entró ayer en mi despacho y me dijo:
--Tío, creo que usted dijo un día que en cuanto volviera el buen tiempo
y Magdalena estuviese algo mejor, la llevaría a su quinta de
Ville-d'Avray. Pues bien, Magdalena se encuentra ya mejor, y estamos ya
en primavera, y si hemos de ir allá, hay que visitar primeramente la
quinta, que está deshabitada desde el año pasado, y sobre todo, tenemos
que preparar con especial cuidado la habitación de mi prima. Deje a mi
cargo esas cosas, que yo lo arreglaré todo.
»Adivinando yo su intención, en cuanto comenzó a hablar, la miré
fijamente clavando mis ojos en los suyos, que acabaron por bajar su
mirada, mientras su rostro se teñía de vivo carmín. Cuando volvió a
alzar la vista, arrojose llorando en mis brazos y yo la estreché contra
mi pecho.
»--¡Tío! ¡tío!--exclamó con voz ahogada por los sollozos.--No tengo yo
la culpa, se lo juro. Amaury no ha puesto en mí sus ojos, ni siquiera le
he llamado la atención, y desde que Magdalena está enferma se ha
olvidado hasta de sí mismo para pensar sólo en ella; y a despecho de
todo eso está celosa, y esos celos la matan. ¡Pobre Magdalena! Usted,
tío, sabe lo que ocurre tan bien como yo; es un sentimiento que se
revela en sus miradas ardientes, en su voz temblorosa, en sus
movimientos bruscos. Ya ve usted que debo partir; lo comprende usted muy
bien y si no fuera tan bueno, ya me lo habría indicado usted mismo.
»Por toda respuesta, imprimí un beso en su frente.
»Poco después entrábamos en el dormitorio de Magdalena, a la cual
encontramos inquieta y visiblemente agitada.
»No nos costó mucho trabajo adivinar la causa; Amaury se había marchado
hacía media hora y mi hija creía indudablemente que estaba con Antoñita.
»Me incliné hacia ella y le dije:
»--Hija mía, puesto que estás ya mucho mejor y de aquí a quince días
podremos irnos al campo, tu prima se ha ofrecido a aposentarnos, yendo
antes que nosotros para prepararlo todo en la quinta.
»--¿Qué dice usted, papá?--exclamó Magdalena.--¿Que Antoñita va a Ville
d'Avray?
»--Sí, Magdalena--contestó su prima.--Ahora tú ya estás mejor, como
acabas de oír de labios de tu padre, y tu doncella y la señora Braun y
Amaury bastarán para cuidarte. Creo que no necesita más un
convaleciente. Mientras tanto yo iré allí, prepararé tu cuarto, cuidaré
tus flores, arreglaré tus invernaderos; en fin, pondré todo en orden y
verás como cuando tú llegues lo encuentras a medida de tus deseos.
»--¿Y cuándo partes?--preguntó Magdalena con una emoción que no pudo
ocultar.
»--Dentro de breves momentos. Ya hemos dado orden de que enganchen.
»Magdalena, impulsada por el remordimiento, por la gratitud, o quizás a
la vez por ambas cosas, abrió entonces sus brazos a Antoñita y las dos
primas se abrazaron con efusión. Hasta me pareció oír que mi hija
deslizaba al oído de Antoñita esta palabra:--¡Perdón!
»Después, Magdalena pareció reunir sus fuerzas para preguntar:
»--¿No vas a aguardar a Amaury? ¿Vas a marcharte sin despedirte de él?
»--¿Despedirme? ¿Qué necesidad hay de eso, si hemos de volver a vernos
de aquí a dos o tres semanas? Hazlo tú en mi nombre, que eso le gustará
más.
»Y después de pronunciar estas palabras, salió de la habitación.
»Poco después, oímos rodar el coche que la llevaba, al mismo tiempo que
José entraba a anunciarnos que acababa de partir.
»En aquel momento yo, que tomaba el pulso a Magdalena, noté un cambio
muy sensible cuando ella oyó la noticia.
»De noventa pulsaciones, bajó setenta y cinco; luego fortalecida de
aquellas emociones que a cualquier observador superficial habrían
parecido bastante menos intensas, se durmió, tal vez con el sueño más
tranquilo que había podido conciliar desde la noche fatal en que Amaury
la llevó desde el salón al lecho en que aun estaba acostada.
»Como yo ya suponía que Amaury volvería pronto, adopté la precaución de
abrir la puerta con cuidado para que no la despertase el rumor de su
llegada.
»Esta no se hizo esperar. Cuando él entró, le indiqué con una seña que
se sentase en el lado hacia el cual tenía vuelta la cara mi hija, para
que pudiese verle así que abriera los ojos, ¡Ay de mí! Bien sabe Dios
que ya no estoy celoso. ¡Quiera El que no se cierren sus ojos, sino
después de gozar de dilatada existencia, y no importa que todas sus
miradas las dedique a su novio!
»Desde este momento se afirma la mejoría.
9 de junio
»Acentúase cada vez más la mejoría...¡Gracias, gracias, Dios mío!
10 de junio.
»Su vida está ahora en manos de Amaury. Si consiente en lo que le pido,
está salvada.»
Capítulo 20
Para relatar los anteriores sucesos nos hemos valido del diario del
doctor, por ser éste el mejor medio de enterarnos de todo lo ocurrido a
la cabecera del lecho de su hija y de compenetrarnos con el estado de
ánimo de los que en ella tenían cifradas sus más caras afecciones.
El señor de Avrigny no se equivocaba al decir que estaba mejor la
enferma. Gracias a los cuidados del padre y a la ciencia del sabio se
había operado el milagro, y por aquella vez la muerte había sido
vencida.
Con todo, el doctor, a pesar de toda su ciencia o tal vez a causa de
ella, que le descubría todos los misterios del organismo humano, había
vislumbrado interpuesta entre él y la enfermedad, una tercera
influencia que él se consideraba impotente para combatir y que tan
pronto venía en auxilio del mal con en el del médico. Esta tercera
influencia la representaba Amaury; por eso había estampado en su diario
que en manos de él estaba la vida de Magdalena.
Así, obrando en consecuencia, al día siguiente a aquél en que había
escrito esta triste confesión envió a Amaury un recado diciéndole que le
aguardaba, pues necesitaba hablarle. El joven, que aún no se había
acostado, acudió inmediatamente al despacho del doctor.
El padre de Magdalena, sentado junto a la chimenea con la cabeza oculta
entre las manos, estaba abstraído en tan hondas reflexiones que no lo
oyó entrar ni notó su presencia cuando llegó adonde él estaba, hasta que
Amaury, después de contemplarle un momento, le preguntó con acento de
inquietud:
--¿Qué ocurre? ¿Por qué me ha hecho usted llamar? ¿Ha recaído Magdalena?
--No, hijo mío, no--respondió el doctor.--Precisamente porque está mucho
mejor he querido hablar contigo. Siéntate, pues, y hablaremos.
Obedeció Amaury sin replicar, mas no libre de inquietud, porque el
acento del doctor, por lo solemne, le revelaba que iba a tratarse allí
de algún asunto muy serio.
Efectivamente, tan pronto como Amaury se acomodó en un asiento, le tomó
el doctor la mano y mirándole fijamente, le dijo:
--Escúchame, Amaury: tú y yo somos como dos soldados que han peleado
juntos en el campo de batalla; nos conocemos mutuamente, tenemos
perfecta idea de nuestro valor y de nuestras fuerzas, y así podemos
hablarnos con toda sinceridad, con absoluta franqueza.
--¡Ay!--repuso el joven.--Desgraciadamente, en esta larga lucha en la
que todos aguardamos que usted triunfe, le he servido de muy poco; ha
tenido usted en mí un mal auxiliar. Cierto es que si la intensidad del
amor y el fervor de la oración constituyesen méritos a los ojos de Dios
y sirviesen de ayuda a la ciencia, yo también podría atribuirme en
cierto modo la gloria de haber contribuido a que Magdalena hoy esté
convaleciente.
--Lo sé, Amaury, lo sé. Por eso, porque sé hasta qué punto la quieres,
espero de ti, en bien de ella, un ligero sacrificio.
--Hable usted. Estoy dispuesto a todo, menos a renunciar a ser su
esposo.
--No temas, hijo mío. Magdalena es tuya, o mejor dicho, no pertenecerá
nunca a otro hombre.
--¿Qué quiere usted decir?
--Oye, Amaury; escucha en mis palabras la observación del médico y no el
reproche de un padre. Yo comencé a temer por la salud de mi hija el
mismo día en que nació; pero las dos veces en que más seriamente me ha
alarmado desde que está en el mundo han sido: una, cuando le declaraste
tu amor, y la otra...
--No me la recuerde usted, padre mío. ¡Cuántas noches, mientras usted
velaba a su cabecera y yo lloraba en mi cuarto, me ha asaltado ese
recuerdo, causándome la tristeza propia del remordimiento! Pero por
fuerza tendrá usted que perdonarme, porque junto a Magdalena pierdo la
razón, todo lo olvido, el amor me trastorna...
--De todo corazón te perdono, hijo mío, porque si así no fuera no la
querrías. ¿Ves? En eso consiste la diferencia que hay entre tu amor y el
mío; yo presiento las desgracias futuras y tú olvidas las pasadas. Por
eso me parece conveniente y hasta juzgo que es preciso que apartes de
ella, siquiera sea temporalmente, tu amor ciego y egoísta, para que por
su salud pueda velar tan sólo el cariño previsor y desinteresado de su
padre.
--¿Qué dice usted? ¿Que abandone a Magdalena? ¡Imposible!
--Por unos cuantos meses solamente.
--Pero considere usted que Magdalena me quiere tanto como yo a ella; no,
tanto no, porque eso no puede ser. (Estas palabras de Amaury hicieron
sonreír al doctor.) ¿No teme usted que esa ausencia le perjudique aún
más que mi presencia?
--No, porque aguardará tu vuelta y para las heridas del alma no hay
bálsamo más eficaz que la esperanza.
--Pero, ¿adonde iré? ¿Y con qué pretexto?
--Por pretexto no te apures no hace falta, porque existe una razón
justísima. Yo conseguí para ti una misión que debías cumplir en la corte
de Nápoles, y en su virtud tú dirás o, aun mejor, lo diré yo, y así
quedas exento de responsabilidad, que en provecho de tu carrera tienes
que desempeñar esa comisión inmediatamente. Si mi hija se queja, yo le
diré que calle, que iremos a recibirte cuando regreses y, en vez de tres
meses, la separación no llegará a seis semanas.
--¿De veras? ¿Lo hará usted así?
--Sí, hijo mío; ya lo verás. A Magdalena le conviene el clima de Italia,
con su hermoso cielo y su aire tibio y suave. La llevaré a Niza, porque
ese viaje es poco costoso y puede hacerse sin gran fatiga, remontando
el Sena, siguiendo el canal de Briare y bajando luego el Saona y el
Ródano. Desde allí te escribiré que aceleres o dilates tu regreso, según
como esté mi hija. De este modo la ausencia es, y así lo debes
comprender, bastante soportable, endulzada por la esperanza de una
reunión próxima, y yo veré a Magdalena libre de esas fuertes emociones y
de esas terribles sacudidas debidas a tu presencia, que la postran y la
matan. Fija bien en tu memoria, lo que ahora voy a decirte y tenlo
siempre muy en cuenta: La he salvado ya dos veces; pero a la tercera
crisis no habrá remedio para ella y sucumbirá forzosamente. Esa crisis
tiene que sobrevenir con tu presencia.
--¡Oh! ¡Es horrible! ¡Qué situación, Dios mío!
--Te lo pido, pues, no ya por ti ni por mí, sino por ella. Te pido que
me ayudes a salvarla y lo harás si comparas esa separación tan corta con
la separación eterna, impuesta por la muerte.
--¡Qué remedio!... Haré lo que usted quiera, padre mío.
--No esperaba menos de ti, Amaury. ¡Gracias, hijo mío, gracias!--exclamó
el doctor sonriendo por primera vez desde hacía quince días.--Ahora es
cuando a modo de recompensa por tu abnegación puedo decirte: Esperemos.
Capítulo 21
Al otro día, el doctor, seguro ya de que Magdalena no sufriría por el
momento ninguna recaída, comenzó a salir de casa para dedicarse a sus
quehaceres habituales. Tenía que ir a palacio para explicar al rey su
conducta y debía también visitar al ministro de Negocios Extranjeros
para recordarle su promesa relativa a la misión que se encargaría a
Amaury.
Con sobrada razón podía haber dicho el doctor que el enfermo era él,
pues en aquellos quince días había envejecido quince años, y aunque no
pasaba de los cincuenta y cinco, había encanecido su cabeza por
completo.
Cuando regresó a su casa llevaba la seguridad de que el día que quisiese
tendría a su disposición la carta diplomática.
Al entrar se encontró con Felipe en el umbral.
Desde la noche del baile, Auvray había ido todos los días, sin faltar
uno, a informarse del estado de Magdalena. Solía recibirle Antoñita, y
después que ésta partió, era José quien le daba las noticias. No quiso
preguntarle nada a Amaury, porque, según su modo de ver las cosas,
exigíale su dignidad que le pusiera mala cara; pero Leoville no advirtió
nada de esto, porque no se acordaba ya de la existencia de su antiguo
amigo.
El señor de Avrigny, que estaba enterado de las atenciones o interés de
Felipe, le dio las gracias mientras le estrechaba la mano cariñosamente.
Después se dirigió al cuarto de su hija.
Transcurría a la sazón el mes de junio, y hacía un hermoso día, digno de
servir de despedida a la primavera, próxima ya a dejar paso al estío. El
doctor había permitido que al mediodía, por ser aquélla la hora de más
calor y no ofrecer peligro para la enferma, se abriesen por primera vez
las ventanas del aposento de Magdalena; de modo que encontró a ésta
sentada en su cama con el deseo retratado en el semblante de respirar
aquel aire que le estaba vedado todavía y contemplar de cerca aquel
frondoso verdor del parque, bajo cuya sombra no podía correr aún; pero
en cambio ya que nada de esto le estaba permitido, había hecho cubrir su
cama de flores, como se hace con los palios en la poética fiesta del
Corpus.
Amaury se había prestado a ello y le llevaba del jardín al lecho las
flores que ella quería.
--¡Papá!--exclamó al ver al doctor.--¡No puede usted imaginarse cuánto
le agradezco la sorpresa que Amaury, con el permiso de usted, me ha dado
al devolverme el aire y las flores! Me parece que respiro con más
libertad y me comparo con aquel pobre pajarillo que usted puso con un
rosal en el interior de la campana neumática. ¿Recuerda usted? Cuando se
le retiraba el rosal parecía pronto a morirse, y cuando se le devolvía
parecía también que se le restituía la vida. Diga usted, papá: Cuando a
mí me falta aire y me ahogo, como aquella infeliz avecilla, ¿no se me
podría también devolver la vida rodeándome de flores?
--Sí, Magdalena; sí, hija mía; ya lo haremos así--asintió el doctor.--No
pases pena: yo te llevaré a un país en que no mueren jamás ni las
flores, ni las niñas y allí vivirás tú entre rosas como una abeja o un
pájaro.
--¿Adónde me llevará usted, papá? ¿A Nápoles?
--No, hija mía, porque a Nápoles está demasiado lejos para ir allá de un
tirón sin hacer ni un descanso. Además, Nápoles ofrece el inconveniente
del sirocco, que agosta las flores, y la tenue ceniza del Vesubio, que
abrasa los pulmones de las niñas. No llegaremos allí; nos detendremos en
Niza...
Antes de proseguir, el doctor pareció titubear, consultando a su hija
con la mirada.
--¿Y qué?...--preguntó Magdalena, mientras su novio bajaba la cabeza.
--Amaury seguirá su viaje hasta Nápoles.
--¿Cómo es eso? ¿Nos deja?--exclamó Magdalena.
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