cambio de lo que me hablaba, que la convertiría en cosa muy distinta de
lo que debe ser.
»No quise insistir más; pero hube de preguntarme qué era lo que podría
impulsar a Antoñita a convertirse en religiosa cambiando en celda la
habitación de una joven como ella, hermosa, gentil, llena de gracia y
que poseía un dote de doscientos mil francos.
»Mas, ¿para qué había de entretenerme en buscar la razón de tan
inexplicables caprichos, y en apiadarme de Antonia, en vez de ir al
salón directamente?
»No sé cuánto tiempo habría estado yo allí contemplando a mi sobrina, es
decir a mi segunda hija, a no haber sido porque ella algo confusa quizá
por mis miradas y queriendo esquivar mis futuras preguntas, me pidió
permiso para retirarse a su aposento.
»--No, hija mía, no--le dije;--yo soy quien se retira. Tú puedes tomar
el fresco sin cuidado. ¡Ojalá pudiera Magdalena hacer lo mismo!
»--Tío--repuso Antoñita levantándose,--le juro por las estrellas que
tachonan el cielo y por la luna que nos alumbra con su suave resplandor,
que si me fuese factible el dar mi salud a Magdalena, se la daría con
toda mi voluntad. ¿No sería mejor que el peligro en que se encuentra, lo
corriese una triste huérfana como yo, que no ella rodeada de riquezas y
de afecto?
»Abracé a Antoñita, que había pronunciado estas palabras en un tono de
sinceridad que no dejaba lugar a la más leve sombra de duda; y mientras
ella volvía a tomar asiento en su banco, yo me dirigí hacia la
escalinata para subir al salón.
Capítulo 14
»Al poner el pie en la primera grada, oí la voz de Magdalena, suave como
el cántico de un ángel, y esto vino a disipar mi tristeza.
Instintivamente me detuve para escuchar embelesado, sin parar mientes
en lo que pudiera hablar: pero algunas palabras que llegaron
distintamente a mis oídos lograron excitar mi curiosidad, y entonces ya
no me contenté con oír, sino que quise escuchar y enterarme de la
conversación que arriba se sostenía.
»Detrás de la cortina, que para interceptar el aire de la noche, había
sido corrida ante la ventana que da al jardín, abierta a la sazón, veía
yo la sombra de sus dos cabezas, inclinada y muy juntas.
»Como si temieran ser oídos, hablaban en voz baja. Yo les escuché
inmóvil, petrificado, reteniendo el aliento y con el pecho oprimido,
pues sus palabras caían sobre mi corazón como gotas de agua helada.
»--Voy a ser feliz, Magdalena--decía Amaury.--Todos los días podré ver
tu adorable cabeza encerrada en el marco que mejor le sienta: el claro
cielo de Nápoles y Sorrento.
»--Sí, Amaury--contestaba Magdalena.--Y yo podré decir como Mignon:
¡Qué hermoso es el país en que florece el naranjo! Pero tu amor, que
refleja el paraíso, es para mí aún más hermoso.
»--¡Ay!--suspiró Amaury.
»--¿Qué te pasa?--le preguntó Magdalena.
»--¿Por qué la dicha va siempre acompañada de una sombra que por muy
leve que sea, lleva, la inquietud consigo?
»--¿Qué quieren decir con eso? ¡Explícate!
»--Quiero decir que para nosotros sería Italia un edén en donde yo
repetiría contigo las palabras de Mignon: Sí, aquí debemos amar; aquí
debemos vivir, a no ser por una cosa que llenará de turbación nuestra,
existencia e infundirá tristeza a nuestro cariño.
»--¿Qué cosa es esa?
»--No oso decírtela, Magdalena.
»--Pues, quiero que me la digas. Habla.
»--Es que creo que para ser completamente dichosos, deberíamos estar
solos los dos; creo que el amor es una flor delicada y pura, que con la
presencia de un tercero se agosta y se marchita, y que para vivir
confundidos en una sola alma y en un solo pensamiento no deberíamos ser
tres...
»--¿Qué quieres decir, Amaury?
»--¿No me comprendes, Magdalena?...
»--¿Lo dices porque nos acompaña mi padre? ¿No consideras que sería una
ingratitud dejarle sospechar, siendo como es el autor de nuestra dicha,
que ésta no es completa por impedirlo su presencia? Considera que mi
padre no es una persona extraña; no es un tercero, no; nos ama tanto a
ti como a mí, y en la misma moneda debemos los dos pagarle.
»--Está bien, Magdalena--dijo Amaury fríamente.--Puesto que disentimos
en ese punto, no hablemos más de ello; olvida mis palabras, y hazte
cuenta que no te he dicho nada.
»--¿Te has enojado, Amaury?--repuso con viveza Magdalena.--Perdóname si
te he puesto de mal humor. ¿No sabes acaso que el amor filial es muy
diferente del que se tiene al marido?
»--Ya lo sé; pero el amor de un padre no es celoso ni absorbente como el
del esposo; lo que para él es una costumbre es para mi necesidad. La
Biblia, que es el gran libro de la humanidad, dijo ya hace veinticinco
siglos: Dejarás a tus padres para»seguir a tu esposo.
»Tentaciones me dieron de interrumpirles, gritando:
»--También la Biblia dijo a propósito de Raquel: ¡No quiso que la
consolasen, porque sus hijos habían dejado de existir!
»Yo estaba como clavado en el suelo, saboreando la triste satisfacción
de oír la defensa que de mí hacía mi hija, por más que a mi juicio
aquello no bastaba, pues habría preferido oírla declarar a Amaury, que
tenía necesidad de mí, como yo de ella, y aún confiaba en que llegaría,
a hacerlo; pero lejos de eso contestó:
»--Tal vez estés en lo cierto; pero no podemos evitar que nos acompañe
sin causarle una gran pena, y debemos considerar que, si alguna vez
puede ser un estorbo para la expansión de nuestro cariño, en cambio
otras completará nuestros recuerdos y nuestras impresiones.
»--No lo creas, Magdalena. Tienes que desengañarte. Cuando estemos en
presencia de tu padre, ¿crees que podré expresarte como ahora mi pasión?
Cuando nos paseemos los tres juntos bajo los floridos naranjos de que
hablábamos hace un momento, o a orillas del mar límpido y sereno, ¿
crees que podré rodear con mi brazo tu cintura, o imprimir en tus labios
un beso apasionado?
»¿No menguará él con su gravedad nuestro júbilo? ¿Acaso su edad le
dejará comprender nuestras locuras? Ya verás cómo su severidad habitual
envolverá en su sombra toda nuestra alegría, mientras que si los dos nos
encontrásemos solos, ¡cuántas cosas nos diríamos! y ¡ cuánto
callaríamos!»Pero con tu padre nunca tendremos libertad; habremos de
callar, cuando queramos hablar y habremos de hablar cuando más deseos
tengamos de callar. Con él habrá que hablar siempre, y siempre de los
mismos asuntos; no habrá que pensar en aventuras ni en excursiones
arriesgadas, ni en nada que nos reserve ignotos atractivos; siempre
iremos por el camino trillado, siempre sujetos a la regla y a las
conveniencias. No sé si sé expresarme, Magdalena; hacia tu padre siento
a un tiempo gratitud, respeto y cariño acendrado; pero has de convenir
conmigo en que un compañero de viaje, debe inspirar otro sentimiento que
el de la veneración. No hay cosa más incómoda en semejantes
circunstancias que las reverencias del respeto. A ti, con tu amor filial
y tu virginal castidad, no se te había ocurrido pensar nunca en esto, y
ahora piensas en ello por primera vez, según me revela tu rostro
meditabundo. Cuanto más medites acerca de esta cuestión, más claramente
verás que estoy en lo cierto, y que cuando viajan tres juntos siempre
hay por lo menos dos que se aburren.
»Yo aguardaba con angustia la respuesta de mi hija que no se hizo
esperar. Después de cortos instantes de silencio, dijo:
»--Y aun cuando yo pensase como tú, ¿qué íbamos a hacerle? Todo está ya
preparado para ese viaje; de modo que aunque tuvieras razón ya no habría
tiempo. Por otra parte, ¿quién se atrevería a decirle a mi padre que es
para nosotros un estorbo? ¿Lo harías tú? Yo, jamás.
»--Bien lo sé; precisamente por eso me desespero. Ya que tu padre posee
una gran inteligencia y una sutil penetración que le permite leer a
fondo en lo más recóndito de nuestra naturaleza, bien podría tener igual
privilegio respecto a nuestra mente y no caer en esa cargante manía
senil, propia de todo anciano, de querer imponerse a los jóvenes a toda
costa. No quisiera agraviarle al acusarle; pero no es posible
desconocer que se obedecen lamentablemente los padres que, no sabiendo
adivinar los sentimientos de sus hijos ni contando con su edad, se
empeñan en someterlos a los gustos y caprichos de la de ellos. Ya ves;
nosotros tenemos en perspectiva un viaje que habría podido ser delicioso
y que por una falta...
»--¡Calla!--exclamó Magdalena.--¡Calla! No soy dueña de enfadarme por
esas exigencias que después de todo nacen de tu mismo amor; pero...
»--¿Qué? Las crees fuera de razón en absoluto, ¿verdad?--repuso Amaury
en tono ligeramente irónico.
»--No digo tanto... Mas hablemos bajo, porque tengo miedo hasta de oír
mi propia voz. Lo que ahora te diré creo que es una impiedad manifiesta.
»Y Magdalena bajó la voz, en efecto, para decir:
»--Oye, Amaury; lejos de creer que tus exigencias son insensatas, pienso
también como tú, y si no te he dicho nada, es porque no tenía valor para
confesarme a mí misma una cosa semejante. Pero tanto te suplicaré y
tanto habré de repetirte que te quiero, que al fin tendrás que hacer
algo por mí. No tendrás más remedio que resignarte como me resigno yo
también.
»Me fue imposible oír más. Las últimas palabras hirieron mi corazón,
como pudiera hacerlo la punta aguda y fría de un puñal, y no pude
resistir aquella situación.
»Comprendía entonces cuán ciego y egoísta había sido. Yo, que había
visto que Antoñita me estorbaba, no me había dado cuenta de que yo a
ellos les estorbaba a mi vez.
»Afortunadamente la reacción fue tan rápida, como el golpe. Con
semblante tranquilo y disimulando mi tristeza, subí la escalinata y
penetré al salón.
»Al verme, se levantaron los dos. Besé a mi hija en la frente, y
estreché la mano a Amaury.
»--¡Hijos míos! Soy portador de una nueva bastante desagradable--les
dije.
»Aun cuando mi acento debía revelarles que no se trataba de una
desgracia muy grande, sobre todo para ellos, vi que ambos temblaban.
»--Sí, hijos míos, sí, me veo obligado a renunciar a mi sueño dorado,
que consistía en hacer el viaje los tres juntos. Yo me quedaré aquí,
porque el rey se niega a concederme el permiso que yo le había pedido,
dignándose decirme que le soy útil y hasta indispensable, y rogándome,
por lo tanto, que me quede. ¿Qué podía responder yo? El ruego de un rey
es una orden para el vasallo.
»--Es usted muy malo, papá--dijo Magdalena,--puesto que prefiere agradar
al rey a darle gusto a su hija.
»--¡Qué vamos a hacerle, querido tutor! No hay más remedio que bajar la
cabeza ante una imposición de esa índole--dijo a su vez Amaury, sin
poder ocultar su gozo bajo la apariencia de la pena.--Aun cuando usted
esté lejos de nosotros, siempre pensaremos en usted, y lo tendremos
presente.
»Intentaron darle vueltas a este tema; pero yo imprimía a la
conversación otro giro; me apenaba mucho su inocente hipocresía.
»Comuniqué a Amaury lo que tenía que decirle; mi misión diplomática
obtenida para él, y la idea de hacer que este viaje de recreo fuese de
provechosa utilidad a su carrera.
»Me pareció que quedaba muy agradecido a mis gestiones; pero, a decir
verdad, lo que entonces le absorbía por completo era su amor y no otra
cosa. Al retirarse le acompañó Magdalena hasta la puerta, y por
casualidad no se fijó en que a la sazón estaba yo detrás de ésta.
»--¿Verdad--le dijo,--que los acontecimientos parece que adivinan
nuestros deseos y se adelantan a ellos?... ¿Qué piensas de todo esto?
»--Pienso que no habíamos contado con la ambición y que los que
calumnian a esa debilidad humana hacen muy mal en ello... ¡Cuántos
defectos hay que a veces son más beneficiosos que las propias virtudes!
»Así, creerá mi hija que me quedo en París por ambición.
»¡Todo sea por Dios! Quizás esto sea lo mejor.»
Capítulo 15
En los días sucesivos nada vino ya a turbar la alegría de los novios, y
durante una semana pudo verse asomar a todos los labios la sonrisa, sin
que la menor sombra flotase en el ambiente ni pudiese vislumbrarse que
entre los cuatro corazones reunidos allí había dos amargados por la pena
que allá en la soledad hacía a sus semblantes recobrar la triste
expresión oculta bajo la ficción del disimulo.
Cierto es que el padre de Magdalena tan alarmado como antes por el
estado de su hija, no la perdía de vista en los contados momentos que
pasaba en casa.
Desde que había quedado acordado su casamiento, Magdalena estaba a
juicio de todos más robusta que nunca; pero los ojos del médico y del
padre alcanzaban a ver en ella síntomas de dolencia física y moral que
a todas horas se manifestaban claramente.
No podía negarse que las mejillas, generalmente pálidas de Magdalena,
habían recobrado el color de la salud; pero este color, sobrado vivo
quizá, se concentraba demasiado en los pómulos, dejando el resto del
semblante envuelto en una palidez que dejaba trasparentarse una red de
azuladas venas casi imperceptibles en otra persona cualquiera y que
marcaba una huella sensible en el cutis de la joven.
El fuego de la juventud y del amor brillaba en sus ojos, pero en sus
fulgores, el doctor sabía advertir a veces algún que otro relámpago de
fiebre.
Pasábase el día saltando por el salón o corriendo locamente por el
jardín, como la muchacha más animada y robusta; pero, por la mañana
antes de llegar Amaury y por la noche cuando éste se marchaba, parecía
extinguirse todo el ardor juvenil que sólo la presencia de su novio
parecía reanimar, y su débil cuerpo, libre de toda traba femenina,
doblábase como una caña y necesitaba apoyo, no ya para andar, sino hasta
para permanecer en reposo.
Su propio carácter, suave y benévolo de ordinario, parecía haber sufrido
recientemente, aunque respecto a una sola persona, ciertas
modificaciones. Si aparentemente Antonia, a quien Magdalena había
considerado como hermana suya desde que su padre la había prohijado dos
años antes, seguía siendo la misma para la hija del doctor, ésta, a los
ojos escrutadores de su padre que era observador profundo, había
cambiado mucho para con su prima.
Siempre que la graciosa morenita, con su cabellera negra como el ébano,
sus ojos rebosantes de vida, sus labios purpurinos y su aire de vigorosa
y alegre juventud entraba en el salón, dominaba a Magdalena un
sentimiento instintivo de pesar que habría tenido semejanza con la
envidia, si su corazón angelical hubiera sido capaz de abrigar tal
sentimiento; y esa desnaturalizaba en su ánimo todos los actos de su
prima.
Cuando Antonia se quedaba en su cuarto y Amaury preguntaba por ella,
bastaba aquella simple muestra de interés debido a la amistad para
provocar una respuesta agria y desabrida.
Cuando Antonia estaba presente y a Amaury se le ocurría mirarla, poníale
mala cara Magdalena, y le hacía bajar con ella al jardín.
Cundo estaba en él Antonia y Amaury, ignorante de ello, proponía a su
novia bajar a dar un paseo, siempre encontraba Magdalena un pretexto
para no abandonar el salón, ya brillase un sol abrasador, ya reinase una
vivificadora brisa.
En suma, Magdalena tan encantadora, tan graciosa, tan amable para todos,
cometía en menoscabo de su prima todas esas faltas que un niño mimado
suele cometer con cualquier otro niño que le estorba o molesta.
Cierto es que Antonia por propio instinto y conceptuando como cosa muy
natural el proceder de su prima, aparentaba no dar ninguna importancia a
aquellos actos que tiempo atrás habrían herido tanto su corazón como su
orgullo; antes bien, parecía que las faltas de Magdalena le inspiraban
compasión. Siendo ella quien debía perdonar parecía que era quien
imploraba perdón, por culpas imaginarias. Todos los días antes de llegar
Amaury y después de partir éste, se acercaba a su prima, y entonces,
como si Magdalena se hubiese dado cuenta de su injusticia le estrechaba
la mano con efusión, o se colgaba de su cuello deshecha en llanto.
¿Habría entre sus dos corazones alguna misteriosa comunicación
desconocida para todos?
Siempre que el doctor trataba de excusar a Magdalena, Antoñita sonriendo
hacíale callar en el acto.
Acercábase ya a todo esto la noche del baile. El día anterior las dos
jóvenes hablaron mucho de los trajes que habían de lucir, y con asombro
de Amaury, Magdalena pareció preocuparse bastante menos del suyo que del
de su prima. Quiso proponer Antonia que vistiesen iguales, según su
costumbre, es decir, un vestido de tul blanco con transparente de raso;
pero empeñose Magdalena en que el color que mejor sentaba a Antonia era
el de rosa, y la interesada aceptó en el acto el parecer de su prima, no
volviendo a hablarse ya del asunto. Al otro día, fijado para la solemne
fiesta en que el doctor debía hacer pública entre sus convidados la
dicha de sus hijos, Amaury no se separó apenas de Magdalena mientras
ésta preparaba su tocado con visible agitación y cuidado singular, sobre
todo para Amaury, que conocía la natural sencillez de la hija del
doctor. ¿A qué obedecía aquella prolijidad y aquel deseo de agradar?
¿Olvidaba acaso que para él siempre sería la más hermosa de todas?
El joven dejó a Magdalena a las cinco para volver a las siete. Quería
que antes de llegar los convidados y de verse obligada Magdalena a
atender a unos y a otros le dedicase a él por lo menos una hora; quería
contemplarla a su placer y hablarla, en voz muy queda sin que nadie
tuviera que escandalizarse de ello.
Al entrar Amaury no le quedaba a la joven por hacer otra cosa que
ceñirse una corona de camelias de nívea blancura que preparada tenía
sobre la mesa; pero, se quejaba de no estar bien vestida. Su palidez
asustó a Amaury. Habiendo sufrido durante el día múltiples desazones que
acabaron con sus fuerzas, sólo se sostenía gracias a una violenta
reacción moral y a la energía que le prestaban los nervios.
No recibió a Amaury con su sonrisa acostumbrada; lejos de ello, se le
escapó, al verle entrar, un movimiento de despecho, y le dijo:
--De seguro esta noche te pareceré muy fea ¿verdad? Hay días horribles
en los que no hago cosa derecha, y hoy es uno de esos. Luzco un peinado
risible y un vestido muy mal hecho: en fin, parezco un espantajo.
La costurera que la ayudaba hacía vivas protestas, sin salir de su
asombro.
--¿Tú, un espantajo?--exclamó Leoville.--¡Calla! ¡calla! Yo te aseguro
que el peinado te sienta a las mil maravillas, que el traje es
elegantísimo y que tú eres tan hermosa como un ángel.
--Pues entonces la culpa no es de la modista ni del peluquero, sino
exclusivamente mía. ¡Dios de bondad! ¿Cómo haces, Amaury, para tener un
gusto tan detestable como el de quererme a mí?
Acercósele Amaury y quiso besar su mano; pero Magdalena fingió no
advertir su ademán a pesar de haber delante un espejo y señalándole a la
costurera una arruga casi invisible del corpino, dijo:
--Hay que quitarla en seguida, porque, si no, tiro en el acto este traje
y me visto con el primero que encuentre a mano.
--No se enfade, señorita; esto es obra de un instante; pero, eso sí,
tiene que quitárselo.
--Ya lo estás oyendo, Amaury; tienes que dejarnos solas. No quiero
presentarme con este pliegue que me afea horriblemente.
--¿Y prefieres que te deje, Magdalena? En fin, hágase tu voluntad. Ya te
obedezco: no quiero que se me acuse de un crimen de lesa belleza.
Y Amaury se retiró a la habitación contigua, sin que Magdalena, ocupada
real o aparentemente en el arreglo del vestido, tratase de detenerle.
Como aquella compostura no debía durar mucho, Leoville echó mano a una
revista que encontró sobre la mesa y se puso a hojearla por puro
entretenimiento. Mientras su mirada recorría las líneas impresas, su
espíritu estaba ausente, preso en la vecina estancia, de la cual
solamente le separaba una puerta; así, pues, escuchaba las frases con
que Magdalena seguía expresando su indignación contra el peluquero y las
reprensiones que dirigía a la costurera, y hasta oía cómo su impaciente
piececito golpeaba el pavimento del tocador.
De pronto se abrió la puerta situada frente a esta pieza y apareció la
prima de Magdalena. Siguiendo el consejo de ésta se había puesto
Antoñita un sencillo traje de crespón rosado sin adornos ni flores, y no
ostentaba ni aun la más insignificante joya: no podía estar vestida con
más sencillez ni ver realzada de un modo más adorable su belleza
hechicera.
--¡Cómo!--exclamó la joven al ver a Leoville.--¿Estaba usted ahí? No lo
sabía yo.
E hizo ademán de retirarse acto seguido.
--¡No se vaya usted!--dijo Amaury con viveza.--Déjeme siquiera que la
felicite; esta noche está usted encantadora.
--¡Chist!--repuso Antonia en voz muy baja.--No diga usted esas cosas.
--¿Con quién estás hablando, Amaury?--preguntó Magdalena, apareciendo
entonces en la puerta, arrebujada en un amplio chal de cachemira y
lanzando una rápida mirada a su prima, que dio un paso pretendiendo
retirarse.
--Ya lo estás viendo, Magdalena: hablo con Antoñita, y estaba
felicitándola por su elegancia.
--Tan sinceramente como acababas de felicitarme a mi, de seguro. Más te
valdría, Antoñita, venir a ayudarme que no escuchar sus falaces
lisonjas.
--¡Si acababa de entrar en este mismo instante! A haber sabido que me
necesitabas habría venido mucho antes.
--¡Calle! ¿Quién te ha hecho ese traje?
--¿Quién, me lo ha de hacer? Yo misma. Ya sabes que lo tengo por
costumbre.
--Y haces perfectamente: nunca te hará una modista un vestido semejante.
--He querido hacer el tuyo y tú no lo has consentido.
--¿Quién te ha vestido?
--Yo.
--¿Y quién te ha peinado?
--Yo. ¿No ves que voy peinada como siempre?
--Es cierto--asintió Magdalena con amarga expresión.--Tu hermosura no
necesita de adornos que la realcen.
--Oye, Magdalena,--repuso Antonia acercándose a su prima y deslizando en
su oído estas palabras que Amaury no pudo oír:--Si por cualquier motivo
no quieres que se me vea en el baile, dímelo francamente y me volveré a
mi habitación.
--¿Y con qué derecho y por qué razón habría yo de privarte de ese
gusto?--preguntó Magdalena en voz alta.
--Yo te juro que eso no constituye ningún gusto para mi.
--Pues, hija, yo creía--repuso con sequedad Magdalena--que todo aquello
que para mí era una dicha lo era también para mi amiga y mi prima, para
mi buena Antoñita.
--¿Necesito acaso el son de los instrumentos, el resplandor de las luces
y el bullicio del baile para participar de tu dicha? No, Magdalena, no;
yo te vuelvo a jurar que en la soledad de mi cuarto elevo mis preces al
Altísimo y hago votos por tu felicidad como pudiera hacerlos en la
fiesta más solemne. Esta noche, además, no me encuentro bien del todo;
estoy algo indispuesta.
--¿Que estás indispuesta, tú, con tal brillo en esos ojos y tal
animación en esa tez? ¿Pues cómo estaré yo entonces, con esta palidez en
el rostro y este cansancio en los ojos?
--Señorita--dijo entonces la modista,--ya está arreglado el vestido.
--¿No querías que te ayudase?--preguntó Antonia con timidez.--¿Qué
hacemos? Dime.
--Haz tú lo que te plazca--contestó la hija del doctor;--creo que no soy
yo quien debo ordenarte nada. Puedes venir conmigo, si quieres; puedes
quedarte con Amaury, si eso te agrada más.
Y así que hubo pronunciado estas palabras, abandonó la estancia para
entrar en su tocador, haciendo un ademán de displicencia que no pasó
inadvertido para Amaury de Leoville.
Capítulo 16
--Aquí estoy--dijo Antonia, siguiendo a Magdalena y cerrando tras sí la
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