Pensé contarte entonces mi aventura, pero me arrepentí en el acto porque
se me ocurrió que tú, como más experto que yo en lides de amor, te
burlarías de mis perplejidades. En suma, paralizado por ellas, tuve tres
días la carta cerrada sobre mi mesa sin saber qué hacer con ella. Por
fin, cuando ya anochecía el tercero y mientras yo entristecido por su
ausencia, pues había salido aquella tarde, contemplaba su habitación
desierta, vi desprenderse de sus rosales una hoja que empujada por el
viento cayó revoloteando hasta la calle.
La manzana que a Newton le cayó en la nariz, fue para el sabio una
revelación de la gravitación universal. Del mismo modo una hoja flotando
a merced del viento, me reveló a mí el medio de correspondencia que
debía emplear. Envolví con la carta el primer objeto pesado que hallé a
mano, y lo tiré con habilidad a la habitación de mi vecina, hecho lo
cual y asombrado de mí mismo por este rasgo de audacia, cerré
prestamente la ventana y aguardé temblando por las consecuencias que
podía tener el acto de osadía perpetrado, porque si mi vecina regresaba
con su hermano, y éste leía la carta, quedaría muy comprometida la
infeliz muchacha.
Oculto tras de las cortinas, y con el corazón lleno de angustia, esperé
su vuelta. De pronto vi que entraba, y al advertir que no le acompañaba
nadie, respiré con libertad. Ligera y juguetona como siempre, recorrió
en todos sentidos su aposento sin tropezar con mi carta, hasta que por
último quiso la casualidad que pusiera el pie encima. Entonces se
inclinó para recogerla.
Yo estaba en ascuas. Latía mi corazón con violencia inusitada y
comparábame con la Lauzun, Richelieu y Lovelace.
Como ya te he dicho antes, comenzaba a anochecer. Mi vecina se acercó a
la ventana como queriendo averiguar de dónde podían haber arrojado la
misiva, y luego se dispuso a leerla. Entonces creí llegada la ocasión de
darme a ver, y a mi vez me asomé yo a mi ventana. Al oír el ruido que
hice al abrirla, volviose mi vecina y paseó su mirada con cierto asombro
no exento de curiosidad, de la carta a mi persona y de ésta a la carta.
Con elocuente mímica supe indicarle que era yo su autor, y cruzando las
manos, le rogué que la leyera.
Quedó perpleja un instante, mas se decidió muy pronto.
--¿A qué?
--A leerla, hombre, a leerla.
Comenzó por abrir la carta con la punta de los dedos; me miró sonriendo,
leyó unas cuantas líneas, volvió a sonreír, y por último, aumentando su
jovialidad, prorrumpió en una franca carcajada que a mí me dejó
desconcertada. Con todo, como acabó de leer la carta de cabo a rabo, ya
iba yo recobrando una ligera esperanza, cuando súbitamente vi que la
rasgaba. Estuve a punto de gritar, pero en seguida pensó que quizás
tomaba tal precaución por miedo a que la carta cayese en manos de su
hermano. Entonces juzgué que obraba bien y hasta aplaudí su idea por más
que se me antojaba que era demasiado cruel el encarnizamiento con que se
cebaba en mi desventurada epístola. Que la hubiese roto en cuatro
pedazos, pase; en ocho, aún podía tolerarse; pero que la rasgase en y
diez y seis, en treinta y dos, en sesenta y cuatro, que la redujese a
imperceptibles trozos, era ya refinamiento, y convertirla en un puñado
de átomos, era dar muestra de insigne perversidad.
Y es el casó que así lo hizo, y sólo cuando por ser ya los fragmentos
muy pequeños le fue imposible hacer una nueva división, abrió la mano, y
envolvió a los transeúntes en aquella nevada intempestiva; hecho esto
volvió a reírse en mis barbas y cerró la ventana, mientras una importuna
ráfaga de viento me traía un fragmento de mi carta y una muestra con él
de mi elocuencia. ¿A qué no imaginas cuál era? ¡Pues nada menos que
aquel que contenía la palabra ridículo!
Sentí que la furia me cegaba; pero, como al fin y a la postre ninguna
culpa tenía ella de este último incidente, únicamente achacable al
viento inoportuno, cerré también mi ventana con dignidad, y me puse a
discurrir, buscando el medio de vencer aquella, resistencia desusada en
la honorable corporación de las grisetas.
Capítulo 11
Los primeros planes que ideé se resintieron, como es natural, del estado
de exaltación en que me encontraba yo; así, no se me ocurrieron más que
feroces combinaciones y proyectos tan locos como salvajes, mientras
pasaba revista en mi memoria a todas las catástrofes amorosas ocurridas
en el mundo desde Otelo hasta Ansony.
Pero antes de adoptar ningún plan definitivo decidí acostarme con el fin
de que el sueño amansase mi furor, teniendo por bueno aquel proverbio
que dice que «la noche es buena consejera». Y así debe ser en efecto,
porque al otro día me levanté completamente tranquilo; aquellos planes
sanguinarios de la víspera, se habían trocado en resoluciones mucho más
parlamentarias, y yo me resolví a aguardar la noche para llamar a su
puerta, y una vez que me abriese arrojarme a sus pies, y repetirle
verbalmente lo que ya le había dicho en mi carta. Si rechazaba mi amor,
estando con ella a solas, siempre tenía el recurso de apelar a los
medios más violentos. No podía ser este plan más atrevido; pero en
cambio su autor lo era bien poco.
Dispuesto a ponerlo en práctica aquella noche, llegué valientemente
hasta el pie de la escalera, pero de allí no pasé. A la noche siguiente,
subí hasta el segundo piso; pero allí me detuvo mi falta de decisión. A
la tercera llegué hasta el rellano de su propio piso, pero me quedé
delante de su puerta, sin atreverme a llamar. Me pasaba a mí lo mismo
que a Querubín: No me atrevía a atreverme.
Pero a la cuarta noche, juré acabar de una vez y no ser por más tiempo
tan necio y tan cobarde. Entré en un café, tomé hasta seis tazas de este
brebaje, y reanimado mi valor por aquellos tres francos de energía, subí
sin retenerme los tres pisos, y con mano temblorosa y febril ademán, sin
querer pensar en nada por miedo de arrepentirme, tiré del cordón de la
campanilla, cuyo sonido me heló la sangre en las venas.
Diéronme entonces tentaciones de echar a correr, pero me quedé como
clavado en el suelo, retenido allí por mi propio juramento. No tardé en
oír pasos... Alguien abrió... Lancéme al interior de una habitación
oscura como boca de lobo, abrí una puerta por cuyos intersticios se
filtraba la luz y exclamé con acento de resolución suprema:
--¡Señorita!
Pero en el acto, me sentí asido por una mano varonil que me puso delante
de mi hermosa vecina, y mientras ésta se levantaba de su asiento
haciendo un mohín lleno de gracia, mi amigo Aumary, le dijo:
--Vida mía, tengo el gusto de presentarte a mi amigo, Felipe Auvray. Es
vecino tuyo y hace tiempo que desea conocerte.
Ya conoces el resto de la aventura. Pasé allí diez minutos, sin lograr
reponerme de mi aturdimiento, y abrumado al fin por el peso del ridículo
balbuceé algunas excusas y me retiré acompañado por las carcajadas de
Florencia que no pudo contener la hilaridad al ofrecerme su casa.
--¿Y a qué viene el recordar ahora tales cosas? A raíz de aquel suceso,
me pusiste mala cara, y tardó bastante en pasársete el enfado; pero creí
que ya me habías perdonado, en gracia a que tú mismo tuviste la culpa de
lo que te pasó entonces.
--De sobra lo sé y nunca te guardé rencor por ello. Pero debes reconocer
que esas cosas no sirven de gusto a nadie, y como tú, queriendo
resarcirme en cierto modo de la amarga impresión que dejó en mi ánimo la
desdichada aventura te opusiste a presentarme a tu tutor y contrajiste
solemne compromiso de hacerme en adelante cuantos favores pudieses, he
creído conveniente recordarte tu crimen para recordarte tu promesa, ya
que hoy necesito que me ayudes.
--Habla, Felipe--dijo Amaury, pugnando por contener la risa.--Estoy
arrepentido de mi culpa, tengo en cuenta el compromiso y aguardo la
ocasión de expiar aquel pecado... involuntario.
--Bueno. Sabe, pues, que ha llegado el momento--dijo Felipe con
gravedad.--Amaury: estoy enamorado.
--¡Diablo! ¿Lo dices en serio?
--Sí; y esta vez no es un amor pasajero, sino una afección honda y
duradera que llenará mi vida.
Amaury se sonrió, pensando en Antoñita.
--¿Y de seguro quieres pedirme que te sirva de intérprete cerca de tu
ídolo? ¡Desdichado! Me haces temblar... Pero prosigue. ¿Cómo te has
enamorado? ¿y de quién?...
--Ya no se trata de una modistilla cuyo amor se busca por capricho, sino
de una señorita de noble alcurnia a la que sólo puedo unirme en
matrimonio. Mucho he titubeado en decírtelo a ti, que eres mi mejor
amigo, pero al fin tenía que hacerlo y he creído llegado el momento
oportuno. No poseo títulos de nobleza, pero tampoco soy de origen
oscuro, pues pertenezco a una familia distinguida; hace poco heredé de
mi buen tío veinte mil francos de renta y su quinta de Enghien, y estas
circunstancias me animan a decirte a ti, que más que amigo eres para mí
un hermano y además estás propicio a darme reparación de las pasadas
ofensas: «Amaury, ¿quieres pedir en mi nombre a tu tutor la mano de su
hija Magdalena?
--¡Cómo! ¿qué es lo que dices?--exclamó Amaury, con la estupefacción
pintada en el semblante.
--Digo--respondió Felipe sin abandonar su aire solemne,--que suplico a
mi amigo y hermano Amaury, recordándole sus compromisos, que pida para
mí la mano de...
--¿De Magdalena?
--Si.
--¿De Magdalena de Avrigny?
--Sí; de la hija de tu tutor.
--Pero ¿no estabas enamorado de Antoñita?
--¿Yo? ¡Ca, hombre!
--Así, pues, ¿amas a Magdalena?
--¡Claro está! Por eso vengo a pedirte...
--¡Calla, desgraciado! ¡Está de Dios que siempre llegues tarde! Yo
también la amo.
--¿Qué dices? ¿Que tú la amas?
--Sí, y es el caso...
--¿Qué?...
--Que ayer mismo pedí y obtuve su mano.
--¿La mano de Magdalena?
--Sí: la mano de Magdalena.
Felipe se llevó las manos a las sienes como temiendo que su cabeza
estallara; luego, aturdido, sin darse cuenta de sus actos, se levantó
vacilante, tomó maquinalmente el sombrero y con paso de autómata salió
sin despegar ya los labios, como si aquel golpe le hubiese dejado mudo.
Amaury, compadecido de su amigo, estuvo tentado a correr tras él para
detenerle y prodígarle consuelos; pero en aquel instante oyó las diez y
se acordó de que a las once le esperaba Magdalena.
Capítulo 12
DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY
15 de mayo
«Por lo menos no me separaré de mi hija; se quedarán a mi lado; yo iré a
donde ellos vayan y viviré con ellos.
»Proyectan pasar el invierno en Italia, o para hablar con más propiedad,
mi prudente previsión les ha sugerido ese propósito. Así, pues,
presentaré mi dimisión de médico de cámara y me iré con mis hijos.
»Magdalena es rica y yo también lo soy. ¡Qué puedo necesitar yo, si lo
que guardé fue para ella!
»Seguro estoy de que mi partida causará a muchos gran sorpresa y que
tratarán de retenerme en nombre de la ciencia, diciéndome que no debo
dejar abandonada mi clientela, pero, ¿qué importa?
»Para mí la única persona en quien tengo que pensar es Magdalena; eso no
sólo constituye una dicha sino que es además un deber. Mis hijos
necesitan de mí y a ellos me debo. Les serviré de cajero; es necesario
que Magdalena sea la más deslumbradora entre todas, ya que es la más
hermosa, sin que su fortuna disminuya por tal causa.
»Nos procuraremos en Nápoles, en Villa Reale, un palacio cuya fachada dé
al Mediodía. Allí mi hija florecerá como una planta lozana restituida
al suelo natal.
»Yo dirigiré su casa, organizaré sus saraos, haré el papel de intendente
y les descargaré del peso de todos los cuidados materiales que la vida
social lleva consigo.
»Sólo habrán de pensar en ser felices y en quererse... Ya es bastante
ocupación, después de todo.
»Quiero además que este viaje, que para ambos es de puro recreo, sea
provechoso para Amaury y le sirva para adelantar en su carrera; así, sin
enterarles de nada, ayer mismo pedí al ministro que le encomendase una
importante comisión secreta y mi pretensión fue atendida.
»Todo lo que treinta años de trato con los hombres más eminentes y de
observación constante en el orden físico y en el moral me han producido
en influencia y en conocimientos, lo pondré a su disposición para que se
sirva de ello.
»Y no sólo me propongo ayudarle en el cumplimiento de la misión que le
encargan, sino que su trabajo lo llevaré a cabo yo mismo. Sembraré para
él a fin de que sólo tenga que tomarse el trabajo de recoger la cosecha.
»Todo lo que yo le doy pertenece a mi hija, como le pertenecen mi
fortuna, mi vida y mi pensamiento, que ya le había dado antes.
»Todo será para ellos; yo no quiero reservarme para mí otra, cosa que el
derecho de mirar de vez en cuando a Magdalena, escucharla cuando me
hable y verla hermosa y satisfecha.
»No me separaré de ella y me olvidaré, como me olvido ya, del instituto,
de los clientes y hasta del rey, que hoy ha enviado a preguntar por mi
salud. Todo lo olvidaré menos mis hospitales; los demás enfermos son
ricos v pueden acudir a otro médico, pero mis pobres no; si éstos no me
tuvieran a mí ¿quién los asistiría?
»Y el caso es que no tendré más remedio que dejarles, cuando me vaya con
mi hija. Algunas veces me pregunto si tengo derecho a abandonarles; pero
no paso a creer que haya nadie en el mundo que tenga sobre mí más
derecho que mi hija.
»Parece increíble la facilidad con que dudamos a veces de las cosas más
simples. Ya rogaré a Cruveilhier o a Jaubert que ocupen mi lugar.»
16 de mayo.
«Tan felices son que en mí se refleja su júbilo. No dejo de comprender
que el aumento de amor hacia mí que en ella advierto no es otra cosa que
un desbordamiento del que le profesa a él; pero a veces lo echo en
olvido, como quien viendo una representación dramática, llega a
imaginarse que presencia escenas de la realidad.
»Hoy le he visto venir tan regocijado que me privé de entrar en la
habitación de mi hija para no obligarles a que se hiciesen violencia
delante de mí.
»¡Ah! Son tan escasos en la vida estos momentos que, como dicen muy bien
los italianos, es un crimen ponerles tasa cuando se tiene la dicha de
disfrutarlos.
»Unos minutos después paseaban los dos por el jardín. Este es su edén.
En él están más aislados, sin que por eso estén solos; pero abundan los
árboles tras de los cuales pueden estrecharse la mano, y recodos en que
pueden acercarse el uno al otro.
»Contemplábales yo oculto tras de mi ventana y veía por entre las lilas
buscarse sus manos y confundirse sus miradas. También ellos parecían
nacer y florecer, como las plantas que los rodeaban. ¡Oh, primavera,
juventud del año! ¡Oh juventud, primavera de la vida!
»A pesar de todo no puedo pensar, sin estremecerme, en las emociones,
por agradables que sean, que esperan a mi pobre hija. Es tan delicada, y
tan débil de cuerpo y de espíritu que una alegría la trastorna tanto
como a otros una pena.
»¿Obrará el novio con la prudencia del padre? ¿La tasará ciertas cosas
como yo, que le taso el viento que puede perjudicarla? ¿Encerrará a la
delicada flor en una atmósfera tibia y embalsamada sin sobra de sol y
sin vientos tempestuosos?
»Ese joven fogoso y apasionado puede destruir en un mes con sus locos
transportes mi compleja tarea de diez y siete años de cuidado constante.
»Navega pues, supuesto que es preciso, frágil barquilla mía; ve a
desafiar la tempestad. Afortunadamente yo seré tu piloto; yo sabré
gobernarte y no te abandonaré a merced de las olas.
»¿Qué sería de mi vida, pobre hija mía, si te abandonara yo?
»Pensando en lo delicada y endeble que es tu constitución, siempre
creería verte enferma, o amenazada de estarlo. ¿Quién podría decirte a
todas horas:--Mira, Magdalena, que ese sol del mediodía quema
demasiado.--Mira, que esa brisa nocturna es fría con exceso.--Magdalena,
cúbrete la cabeza con un velo.--Magdalena, échate un chal sobre los
hombros?
»No; nadie te hablará así. El te amará, pero no pensará en otra cosa que
en quererte, mientras que yo pensaré en hacer que vivas.»
Capítulo 13
17 de mayo
«¡Desdichado de mí!
»Se desvanecieron otra vez mis sueños; volaron todas mis ilusiones.
»Cuando me levanté confiaba en pasar un día feliz, y Dios había
dispuesto que fuese de aflicción y de dolor.
»Amaury ha venido como siempre esta mañana. Los he dejado muy contentos
bajo la vigilante mirada de la señora Braun y he salido a mis quehaceres
acostumbrados.
»Me he pasado todo el día pensando en el gozo con que anunciaría a
Amaury la comisión que logré para él y los planes que he forjado. Cuando
llegué a casa eran más de las cinco y se disponían a sentarse ya a la
mesa.
»Amaury había salido para volver más pronto indudablemente, y se conocía
que no hacía mucho rato porque el semblante de Magdalena, estaba,
radiante aún de felicidad.
»¡Pobre hija mía! A creerla, nunca se encontró mejor.
»¿Me habré equivocado yo? Este amor que a mí me asustaba, tanto, ¿habrá
venido a dar vigor a esa complexión enfermiza y enclenque, cuya
destrucción temía? La Naturaleza está llena de abismos que la mirada más
escrutadora jamás alcanzará a sondear.
»Todo el día había estado pensando en la dicha que les tenía preparada,
lo mismo que el niño que guarda una sorpresa para una persona a quien
ama y que siempre está a punto de revelar el secreto. Temiendo descubrir
el mío a Magdalena, dejé a ésta en el salón y descendí al jardín.
Mientras me paseaba oía vagamente la sonata que estaba tocando al piano;
era una melodía que ejecutada por mi hija me llenaba de gozo el corazón.
»Aquel arrobamiento duró como un cuarto de hora.
»Complacíame yo en aproximarme a aquella fuente de armonía, y después de
deleitarme un instante me alejaba de ella para dar la vuelta al jardín.
»Cuando llegaba al límite de éste, casi yo no oía el piano, y únicamente
llegaban a mis oídos las notas más agudas bastante amortiguadas por la
distancia. Después, al regresar, entraba de nuevo en el círculo
armonioso, del cual volvían a alejarme mis paseos en dirección opuesta.
»A todo esto iba cerrando la noche.
»Súbitamente cesó de oírse el piano. Yo sonreí, adivinando la causa de
ello: Amaury acababa de llegar.
»Entonces volví al salón, pero por otro camino; por una senda oscura, a
lo largo del muro.
»En ella encontré a Antoñita, que estaba sentada en un banco, sola y muy
pensativa. Dos días hacía que tenía el propósito de hablarla, y juzgando
el momento favorable, me detuve ante ella.
»¡Pobre Antonia! Había creído yo que en cierto modo iba a ser un estorbo
para la feliz existencia que pensábamos pasar; que los sentimientos más
íntimos no debían ser manifestados entre testigos y por lo tanto,
juzgaba muy conveniente que ella no viniese con nosotros.
»Pero tampoco podía yo dejar aquí sola a la pobre criatura. Quería
separarme de ella; mas dejándola disfrutando también de una dicha
análoga a la nuestra. El cariño que yo siento hacia ella y el que
profesé a mi hermana, me obligaban a obrar así.
»Cuando me vio, alzó la vista y me dijo sonriendo:
»--Ya ve usted cómo no me engañaba cuando le dije que la felicidad de
ellos le haría dichoso.
»--Sí, hija mía, pero eso no es bastante; has de serlo tú también.
»--¿Yo? ¡Si ya lo soy! ¿Me falta algo, por ventura? Usted me quiere como
un padre; Magdalena y Amaury me quieren como una hermana: ¿qué más puedo
desear?
»--Una persona que te quiera como esposa, Antoñita; y ya me parece que
he encontrado esa persona.
»--¡Tío!--exclamó Antoñita con acento que parecía suplicarle que no
prosiguiese.
»--Escúchame, querida sobrina, y ya responderás luego.
»--Hable usted, tío.
»--¿Conoces a Julio Raymond?
»--¿Quién? ¿Ese joven que es procurador de usted?
»--Sí, el mismo. ¿Qué te parece?
»--Me parece muy simpático... aun cuando procurador.
»--¡Vaya! déjate de bromas. ¿Te repugnaría ese joven?
»--Para que a una mujer le cause repugnancia un hombre, tiene que amar
a otro, y como yo no me encuentro en ese caso, todos me son igualmente
indiferentes.
»--Pues bien, Antoñita: sabe que ayer vino Julio a verme; si tú no has
fijado en él tus ojos, él en cambio pronto ha puesto en ti los suyos...
Te advierto, que es un hombre destinado a tener gran porvenir; ya se ha
labrado por sí mismo una fortuna, y quiere compartirla contigo. Por lo
pronto comienza por dotarte en doscientos mil francos...
»--Mire usted, tío--repuso Antonia interrumpiéndole,--todo eso que usted
me dice, no deja de ser, y así lo reconozco, muy noble, y muy hermoso y
yo no puedo menos de darle por ello las gracias más cumplidas. No negaré
que Julio es entre los hombres de su clase, una excepción muy digna de
estima; pero ya le he dicho a usted en más de una ocasión, que no tengo
otro deseo que quedarme a su lado, viviendo en su compañía, mientras
usted lo permita. Ni concibo ni quiero otra felicidad, y si usted no
dispone otra cosa, ésa es la que yo elijo.
»Traté de insistir, queriendo convencerla de las ventajas que le
aportaba ese enlace. Yo le proponía un joven rico, y considerado; mi
vida no podía ser muy larga; ¿qué sería de ella, cuando le faltasen mi
apoyo y mi cariño?
»Me escuchó con calma, que revelaba su resolución, y cuando hube
terminado, me contestó:
»--Tío, yo le debo a usted obediencia como se la debía a mis padres, ya
que al morir éstos me confiaron a usted. Ordene, pues, y me apresuraré a
obedecerle; pero no intente convencerme, porque mi situación de ánimo es
tal, que mientras sea dueña de mi voluntad no aceptaré partido alguno,
así se trate de un millonario o de un príncipe.
»Tan gran firmeza revelaban su voz, sus ademanes y hasta sus menores
gestos, que el insistir yo, habría significado tanto como querer
convertir la persuasión en mandato. Así, pues, díjele que podía disponer
libremente de su mano, le dí cuenta de los planes que iba a exponer a
mis hijos, y le anuncié que vendría con nosotros, al oír lo cual movió
la cabeza y me respondió que quedaba muy agradecida a mi buena
intención, pero que no podía aceptar mi oferta. Protesté yo, y entonces
ella repuso:
»--Oiga usted, tío. Dios, que manda en los destinos del mundo, ha
dispuesto para unos la felicidad, y para otros la desdicha. Mi suerte es
la soledad. De muy joven he perdido ya mis padres. La animación y el
ruido de un largo viaje, y el variado espectáculo de pueblos y paisajes
no me convienen a mí. Me quedaré aquí en París, y acompañada de nuestra
aya, esperaré el regreso de ustedes. Sólo dejaré mi aposento para ir a
misa, o para salir a dar un paseo por la noche a este jardín, y cuando
ustedes vuelvan me encontrarán donde me han dejado, y yo les recibiré
con la misma calma en mi corazón, e igual sonrisa en mis labios; lo cual
no podría ser si usted se empeñara en introducir en mi existencia el
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