--¡A ver! Explícate; dime por qué.
--Querido tío, lo que tengo que decirle es cosa muy seria.
--¿De veras?
--Mire usted si lo será, que casi no me atrevo...
--En verdad, tiene que ser algo muy serio para que te dé tanto reparo a
ti, querida sobrina. Pero veamos, ¿de qué se trata?
--De cosas que no son propias ni de mi edad, ni de mi posición.
--Vamos, habla de una vez, tontuela. Ya sé yo que tu jovialidad encubre
una inteligencia sesuda y grave y que tras de tu frivolidad aparente
escóndese un carácter más prudente y razonable que el nuestro. Habla,
pues, sin recelo, máxime si, como supongo, vienes a hablarme de mi
hija...
--Sí, tío, precisamente vengo a hablarle a usted de Magdalena.
--¿Y qué tienes que decirme?
--Tengo que decirle, tío, mejor dicho, debo decirle a usted... perdóneme
si soy tan atrevida, pero debo decirle que quiere demasiado a mi prima y
acabará por matarla...
--¡Yo! ¡Matarla, yo! ¿Qué es lo que estás diciendo?
--Digo, tío, que su lirio, como usted la llama, es cosa muy frágil, muy
delicada, y que combatido por dos amores a la vez no resistirá, sino que
habrá de quebrarse.
--No te entiendo, Antoñita, si no te explicas mejor.
--Sí que me entiende usted, tío--dijo la joven rodeando con sus brazos
el cuello de Avrigny.--¡Ya lo creo que me entiende!... Tan bien como yo
le he comprendido.
--¿Pero estás loca, chiquilla?--exclamó el doctor, aterrado.--¿Que tú me
has comprendido, dices?
--Sí, señor.
--¡No puede ser!
--Tío--dijo la joven sonriendo tan melancólicamente que no se comprendía
cómo podían sonreír así aquellos labios tan sonrosados--tío, no hay
corazón impenetrable para los ojos de los que aman; yo que le quiero a
usted he alcanzado a leer en el suyo.
--¿Y qué has visto en él?
Antonia miró a su tío e hizo un gesto de vacilación.
--¡Vamos! ¡habla!--ordenó el doctor.--¡No me martirices más con tus
reticencias!
Antonia, acercando sus labios al oído de Avrigny le dijo en voz muy
baja:
--Está usted celoso, tío.
--¿Yo?--exclamó el doctor.
--Sí--afirmó la joven--y esos celos llegan a hacerle obrar mal.
--¡Dios de bondad!--exclamó el doctor inclinando la cabeza con profundo
abatimiento.--Yo creía que sólo Tú, con tu omnisciencia infinita,
conocías mi secreto.
--¿Acaso hay en ello algo que pueda causar horror? Los celos constituyen
una pasión execrable, pero que no es tan difícil de vencer, después de
todo. Yo también he tenido celos de Amaury.
--¿Tú? ¿Celos de Amaury, dices?
--Sí--repuso Antoñita bajando a su vez la frente;--los tenía porque él
venía a robarme a mi hermana y porque cuando vivía con nosotros mi prima
sólo tenía ojos para él y ni siquiera se acordaba de que yo estaba con
ellos.
--¿Así, pues, has sentido tú lo mismo que siento yo?
--Poco más o menos, sí; pero gracias a Dios yo he logrado dominarme,
puesto que vengo a decirle: «Tío, los dos se aman con locura y es
conveniente casarlos, porque separarlos sería la muerte de ambos.»
El doctor movió la cabeza tristemente y sin despegar sus labios mostró a
Antoñita las últimas líneas que acababa de trazar. Su sobrina las leyó
en voz alta, y dijo:
--Tranquilícese usted, tío; Magdalena no ha sufrido ni un solo acceso de
tos.
--¡Dios mío!--exclamó Avrigny mirando a su sobrina con asombro
manifiesto.--¡Todo lo adivina esta criatura! ¡Lo ha comprendido todo!
--Sí, tío, sí, he llegado a comprender toda la ternura que encierra su
corazón. Mas reflexione que si Magdalena se ha de casar alguna vez, ¿no
hemos de preferir todos que se case con Amaury? ¿Es que habremos de
creer que su dicha constituirá nuestra desgracia? ¿Acaso hemos de
echarle en cara su alegría? Dejemos que sean felices y no tratemos de
oponernos insensatamente a su destino. No por eso irá usted a quedarse
solo, porque tendrá en su compañía a su sobrina, a su Antoñita, que
tanto le quiere, que a nadie ama más que a usted y que jamás se separará
de su lado. No sabrá reemplazar a Magdalena, demasiado lo comprendo,
pero sí será otra hija, aunque no tan rica ni tan hermosa, que no se
enamorará como ella, pues aunque la pretendiesen y poseyera las dotes de
Magdalena no habrá de querer a nadie, porque le consagrará toda su vida
y le consolará... Así como usted será a su vez su consuelo.
--Pues Felipe Auvray, ese amigo de Amaury ¿no está enamorado de ti? Y tú
¿no le correspondes?
--¡Tío!... ¡Tío!...--exclamó Antoñita, como queriendo reconvenirle.
--Está bien, no hablemos de ello. Todo se hará como quieras, que en
resumen es lo mismo que yo tenía en proyecto. Pero es necesario hacer
que se explique Amaury, porque hemos podido equivocarnos... Si así
fuera... Si no amase a Magdalena...
--No es posible equivocarse, tío, y usted está bien seguro de su amor...
como también lo estoy yo.
Avrigny no replicó porque su convicción era la misma de su sobrina.
Se abrió de pronto la puerta del aposento y José, el ayuda de cámara del
doctor, entró para anunciarle que el criado del conde Amaury de Leoville
traía para él una carta de parte de su amo.
Avrigny y su sobrina cambiaron una mirada de inteligencia, pues los dos
supusieron en el acto cuál sería el contenido de la misiva de Amaury.
El doctor dijo al criado:
--Venga la carta y di a Germán que espere un momento y podrá llevarse la
respuesta.
Pocos instantes después tenía Avrigny la carta entre sus manos sin
atreverse a abrirla.
--¡Valor, tío!--díjole Antoñita para darle ánimo.
Obedeció maquinalmente el doctor, abrió la carta y después de leerla de
un tirón alargóla a su sobrina que con un gracioso ademán la rechazó y
le dijo:
--¿Para qué, tío? ¡Si ya me imagino lo que dice!
--Tienes razón--asintió el padre de Magdalena, contestando a Antonia con
las palabras de Hamlet a Polonio (Words, Words, Words):--¡Palabras,
palabras, palabras!
--¿Sólo palabras ha visto usted en esa carta?--preguntó con viveza
Antonia arrebatándosela y devorándola de una ojeada.
--Palabras solamente--replicó el doctor;--palabras con que esos artistas
de la frase saben suplantarnos en el corazón de nuestras hijas que no
tienen empacho en sacrificar a esa retórica huera el cariño que les
profesamos.
--Tío--dijo con gravedad Antonia devolviéndole la carta;--créame usted:
Amaury quiere a Magdalena con amor puro y sincero. Y yo, que he leído
esta carta como usted, he visto algo más en ella y le respondo que la ha
escrito con el corazón, no con el entendimiento.
--Entonces...
Antonia ofreció a su tío una pluma que él aceptó para escribir acto
continuo:
«Querido Amaury: Ven a verme mañana. Te aguardaré a las once.
»Tu padre,
»Leopoldo de Avrigny.»
--¿Y por qué no le cita usted para esta misma noche?--preguntó Antoñita,
que por encima del hombro de su tío leía lo que éste iba escribiendo.
--Porque serían muchas emociones juntas, para mi pobre hija. Ahora irás
a decirle que le he escrito ya y que crees que vendrá mañana por la
mañana.
Y haciendo entrar al ayuda de cámara de Leoville le entregó la
respuesta.
Capítulo 7
Cuando al día siguiente despertó Magdalena, a quien la intensa emoción
sufrida había rendido hasta el extremo de dejarla sumida en un sopor
profundo, era ya bien entrada la mañana.
Llamó a su doncella y le mandó que abriese las ventanas.
Por el muro exterior trepaba un frondoso jazmín a la sazón en plena
florescencia y cuyas ramas penetrando algunas veces en la estancia
embalsamaban el ambiente con el fragante aroma de sus flores.
Magdalena, como todo temperamento nervioso, adoraba las flores y sus
perfumes, que por cierto le eran muy perjudiciales, y pidió que le
diesen su jazmín acostumbrado.
Antonia paseábase ya por el jardín sin otro abrigo que un sencillo
peinador de batista. Su salud robusta permitiale hacer muchas cosas que
a Magdalena le estaban vedadas en absoluto.
La hija de Avrigny, bien arropada en su lecho, tenía que pedir que le
acercasen las flores; en cambio Antonia corría a buscarlas con la
ligereza de un pájaro, sin miedo a la brisa matutina y al relente de la
noche. Esto era lo único que podía envidiarle Magdalena, ya que era más
hermosa y más rica que su prima.
Pero en aquella ocasión Antoñita, contra su costumbre, en lugar de
correr en busca de sus flores paseábase lentamente en actitud
meditabunda y casi triste.
Magdalena, incorporada en su lecho, la siguió con la mirada, en la que
se revelaba cierta inquietud, y luego cuando Antoñita, que había
desaparecido acercándose a la casa, volvió a aparecer lejos del
edificio, se dejó caer de nuevo en la cama lanzando un hondo suspiro.
--¿Qué tienes, hija mía?--preguntó el doctor, que entraba a verla, y
habiendo levantado con sigilo el cortinaje presenció aquel pequeño
combate de la envidia contra los buenos sentimientos que abrigaba el
corazón de Magdalena.
--Tengo, papá, que me parece Antoñita muy feliz--contestó la
joven.--Ella es libre en absoluto en tanto que yo estoy condenada a
eterna esclavitud. Que el sol del mediodía es demasiado ardiente... Que
el aire matinal es demasiado frío... ¡Siempre la misma canción! ¿Para
qué quiero unos pies tan gustosos de correr, sino se les deja salirse
con la suya? Me tratan como a una pobre flor de invernadero, condenada a
vivir en un medio artificial. ¿Será que estoy enferma, papá?
--No, hija mía, no, ¡qué niñería! No padeces ninguna enfermedad, pero tu
constitución es muy delicada. Tú misma acabas de decirlo: Eres una flor
de invernadero, una de esas flores que así se guardan porque se las
tiene en gran estima. Ya habrás visto que son las más cuidadas. ¿Qué es
lo que puede faltarles? ¿Carecen por ventura de algo que puedan poseer
sus compañeras? ¿No disfrutan como ellas de la vista del cielo? ¿No las
acaricia el sol del mismo modo? Me dirás que eso es al través de los
cristales, pero cuenta también que éstos las resguardan del viento y de
la lluvia, que tronchan las demás flores.
--No diré lo contrario, papá; pero más me gustaría ser violeta o
margarita al aire libre como Antonia, que verme convertida en la planta
preciosa y delicada que tanto pondera usted. Mírela; vea cómo ondean al
aire sus sueltos cabellos; así se orea su frente mientras la mía... ¡Oh!
Observe usted cómo abrasa.
Al decir esto Magdalena tomó la mano de su padre, acercándola a su
frente.
--Pues por eso mismo temo tanto los efectos de ese aire glacial. Cuando
hagas que los sueños de un corazón ilusionado dejen de abrasar tu frente
te permitiré correr como tu prima. Si tienes empeño en salir de tu
invernáculo y vivir al aire libre, te llevaré a Hyéres, a Niza o a
Nápoles, y en un edén de esos tres que te he nombrado yo te dejaré hacer
lo que quieras.
--Pero... ¿vendrá él con nosotros?--preguntó Magdalena mirando a su
padre con cierta timidez.
--Sí; vendrá, ya que te es necesaria su presencia.
--¿Y no le reñirá usted? No será un papá tan malo como lo fue ayer
¿verdad?
--No abrigues ningún temor. Ya sabes que me he arrepentido, puesto que
anoche mismo le escribí para que venga.
--Y ha hecho usted muy bien, papá, pues si le prohibiesen quererme
amaría a mi prima y entonces yo sucumbiría de pena.
--¿Quién habla de morir, hija, mía?--dijo el doctor acariciando sus
manos.--No pienses en esas cosas que me causan tristeza, pues aunque sé
que no las dices de veras, me parece, cuando te oigo hablar así, que
estoy viendo a un niño jugando con un arma envenenada.
--¡Pero si yo no digo que deseo morir ni mucho menos, papá, yo te lo
juro! Me siento ahora demasiado feliz para pensar en tal cosa. Además,
¿no es usted el primer médico de París? Pues no dejaría así como así que
se muriese su hija.
Avrigny lanzó un suspiro.
--¡Ay!--murmuró.--Si mi ciencia y mi saber tuviesen la eficacia que
imaginas, aún viviría tu madre, hija mía... Pero ¿quieres decirme en qué
piensas, Magdalena, para perder así el tiempo? Mira que son ya las diez
y Amaury debe venir a las once, pues a esta hora le he citado.
--Ya lo sé, papá; llamaré a Antoñita que me ayudará a vestirme y dentro
de un momento me tendrá usted, a su disposición. ¡A ver si ahora me
llamará, como siempre, perezosa!
--Porque lo eres, te llamo así, Magdalena.
--Considere usted, papá, que no me encuentro bien sino en la cama.
Mientras estoy levantada siento dolor o cansancio.
--¿Acaso te has sentido enferma estos días alguna vez, sin
participármelo?
--No, papá; siempre me he encontrado bien. Luego, ya sabe usted que lo
que me atormenta no puede calificarse propiamente de dolor, pues es un
malestar sordo y febril, y aun no es continuo, porque me deja en paz
algunos ratos. Ahora mismo estoy bien, no siento nada... Te tengo a mi
lado y pronto veré a Amaury... Soy feliz y me encuentro muy a gusto.
--Mira: ahí tienes a Amaury.
--¿En dónde está?
--En el jardín, hablando con Antoñita. Por lo visto ha equivocado la
hora--dijo sonriéndose el doctor;--yo le decía en mi carta que viniera a
las once y él habrá leído con los ojos del deseo que la cita era a las
diez.
--¡Que está con Antoñita en el jardín!--exclamó Magdalena incorporándose
para mirar en aquella dirección.--Es cierto... ¡Papá, llama a Antoñita
en seguida, por favor! Quiero vestirme y necesito su ayuda.
Avrigny se aproximó a la ventana y llamó a su sobrina.
Amaury, sorprendido, no queriendo que se notase en la casa su prematura
llegada, se escondió rápidamente tras un grupo de árboles, creyendo que
así no sería visto.
Poco después entró Antoñita en el dormitorio de Magdalena y el doctor
se retiró mientras su hija se disponía a vestirse; y una hora más tarde
Antoñita quedaba en el aposento en tanto que su prima y el doctor
aguardaban a Amaury en el mismo saloncito donde ocurrió la escena de la
víspera.
Un criado anunció al conde de Leoville y al entrar éste el doctor se
adelantó a recibirle sonriente; Amaury le estrechó la mano con timidez y
Avrigny, le condujo ante Magdalena, que le miraba asombrada.
--Hija mía--le dijo;--te presento a Amaury de Leoville, tu prometido.
Amaury--añadió volviéndose hacia el joven,--he aquí a Magdalena de
Avrigny, tu futura esposa.
Magdalena lanzó un grito de alegría y Amaury cayó de hinojos. Mas de
pronto levantose porque acababa de ver que Magdalena vacilaba y estaba a
punto de desplomarse.
El señor de Avrigny se apresuró a acercar una butaca en la que Magdalena
se dejó caer más bien que se sentó, porque, en efecto, sentíase
desfallecer por momentos. Tantas emociones trastornaban su espíritu
aniquilando sus fuerzas, y para ella el gozo era casi tan peligroso como
la pena.
Al volver a abrir los ojos vio a Amaury arrodillado junto a ella y a su
padre estrechándola contra su pecho. Besaba el uno sus manos y el otro
prodigábale cuidados, llamándola con los nombres más cariñosos. Su
primer beso fue para su padre; su primera mirada fue para su prometido.
Los dos sintieron a un tiempo el torcedor de los celos.
--Querido Amaury--dijo el señor de Avrigny,--hoy eres mi prisionero y
tenemos que pasar juntos el día haciendo proyectos, y forjando
novelas... Digo, dando por supuesto que quieras admitir en tu
intimidad, a un padre tan déspota como yo.
--Así, pues, padre mío (ya que ahora bien puedo llamarle así), su
frialdad no reconoció otra causa que la que yo había supuesto: mi falta
de franqueza con usted.
--Sí, Amaury; pero no hablemos ya de eso--repuso sonriéndose el
doctor.--Te perdono tu disimulo si tú me perdonas a mí mi mal humor.
Quedamos así en paz, ¿no te parece? Pensemos desde hoy solo en amarnos,
¡ingratos! Así lo exige mi condición de tirano implacable y
desnaturalizado.
A tal punto habían llegado las cosas que únicamente faltaba fijar la
época, en que había de celebrarse la boda.
Como es natural, Amaury quería apresurarla y se oponía enérgicamente a
todo aplazamiento; pero al fin la certeza de su dicha le hizo someterse
a las razones que le expuso el padre de Magdalena.
Verdad es que éste se mostró de todo punto inflexible pues decía con
razón:
--La sociedad en que vivimos no gusta de que se la den sorpresas
especialmente en esta clase de asuntos y suele vengarse de ello
esgrimiendo el arma de la calumnia.
En resumen, no había más remedio que dejar pasar el tiempo preciso para
poder hacer la presentación de Amaury como yerno de Avrigny.
Entonces pidió el joven que se llevase a cabo cuanto antes aquella
formalidad.
En su virtud, fijose la presentación para la semana siguiente, y para
dos meses más tarde quedó acordada la fecha del casamiento.
De todo ello se trató en presencia de Magdalena, sin que ésta despegase
los labios, pero sin que perdiese ni una palabra de cuanto allí se
habló. Sus mejillas ruborosas y su mirada, un tanto inquieta prestaban a
su semblante una expresión de candor inefable. La felicidad revelada en
su rostro, realzaba su belleza: sus miradas vagaban de su novio a su
padre, y de éste a su novio, haciéndoles por igual con coquetería
encantadora los honores de su gracia.
Cuando ya no hubo nada que decidir entre todos levantose el doctor y con
un ademán indicó a Amaury que le siguiese:
--Desde hoy, niña mimada, atrévete a estar enferma, y verás cómo te las
entiendes conmigo--dijo a su hija al disponerse a salir.
--Gracias a usted, hoy entro en convalecencia, y ya considero que he
recobrado la salud de un modo definitivo. ¡Qué bueno es usted, papá!
Pero, dígame, ¿adonde se lleva a Amaury? ¿Por qué no se queda aquí?
--Porque ahora lo necesito. Lo siento mucho, pero es una ausencia
necesaria. A la poesía del amor sigue la prosa del matrimonio. Mas no te
apenes, por eso, hija mía, porque, si te dejamos un momento, lo hacemos
para tratar de tu dicha.
Amaury se acercó a ella, y besando sus cabellos le dijo en voz muy baja:
--Te prometo volver en seguida.
El doctor había pensado que tenían que fijar las condiciones del
contrato. Conocía él muy bien la fortuna de Amaury, casi doblada por su
integérrima administración; pero el joven no tenía la menor idea de la
cuantía de la de su suegro, que, dicho sea de paso, casi igualaba a la
suya.
Avrigny, señaló la cantidad de un millón de francos como dote de su
hija. Al saberlo Amaury, creyó atinar con la causa de aquella
sistemática oposición que a su amor había hecho el padre de Magdalena;
pensó que quizás esperaba proporcionarle a ésta un esposo, si no más
rico que él, por lo menos en situación más brillante que la suya; que
ocupase un puesto conquistado por sus méritos en lugar de una posición
heredada de sus padres. Y como esta explicación era la más razonable, a
ella se atuvo Leoville.
Verdad es que pronto desterró de su mente estas ideas retrospectivas.
Generalmente buscan refugio en los recuerdos del pasado, los que tienen
cerrado el porvenir; los que lo ven abierto ante sí precipítanse en él
sin reflexionar jamás.
Media hora escasa duró la conferencia entre Amaury y el doctor, pues
viendo éste la impaciencia del joven, se compadeció de él, y fingiendo
que no la advertía, dio por terminado el asunto, y dejó en libertad a su
antiguo pupilo, que se apresuró a volver al salón, en busca de
Magdalena.
Capítulo 8
Pero la joven estaba a la sazón en el jardín, adonde había bajado,
dejando sola a Antoñita, y ante ésta, se encontró Amaury cuando entró en
la vasta pieza.
Antonia hizo ademán de retirarse en el acto, pero comprendiendo que, si
se marchaba de aquel modo, parecía rehuir la presencia de Leoville como
si se sintiese pesarosa de su dicha, se detuvo y volviendo la cabeza le
dijo, sonriendo de un modo encantador:
--¿Es usted feliz ya, Amaury?
--¡Mucho, Antoñita! Aunque me había dejado usted adivinar algo esta
mañana, no podía yo sospechar en modo alguno la realidad. ¿Y
usted?--agregó, acompañándola hasta su asiento. Dígame: ¿Cuándo podré
felicitarla yo a usted?
--¿Felicitarme a mí? ¿De dónde saca usted que pueda ocurrir tal cosa?
¿Es posible que llegue nunca ese caso?
--Sí, Antoñita; casándose usted. Ni su linaje, ni su edad, ni su figura
dan motivo para suponer ni por asomo que pueda usted quedarse para
vestir imágenes.
--Pues oiga usted lo que voy a decirle ahora, en este momento cuya
solemnidad dará suficiente valor a mis palabras para que queden por
siempre grabadas en su memoria: No me casaré jamás.
Y al pronunciar Antoñita estas palabras era su acento tan grave y
revelaba tal resolución, que Amaury quedó asombrado al oírla.
--¡Vaya! ¡vaya!--exclamó procurando tomar en broma la afirmación de
Antoñita.--¡A otro perro con ese hueso! ¿Va usted a decirme eso a mí que
conozco tanto al feliz mortal que habrá de hacerle mudar de intención?
--¡Oh! ¡Ya sé, ya, adónde quiere usted ir a parar!--repuso Antonia con
melancólica sonrisa,--pero se equivoca usted Amaury; esa persona a que
se refiere no ha puesto nunca en mí sus ojos ni ha pensado en mí para
nada. No hay nadie que pretenda a una huérfana que carece de bienes de
fortuna, y yo, si he de serle franca, tampoco amo a ningún hombre...
--Ahora es usted quien se engaña--replicó Amaury,--pues no puede usted
ser pobre, siendo la sobrina, del doctor Avrigny, y la hermana de
Magdalena. Cuenta usted, Antonia, con doscientos mil francos de dote, y
en estos tiempos, ese capital, representa, muchas veces, el triple de la
fortuna de las hijas de algunos pares de Francia.
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