los últimos tiempos esta amistad pareció entibiarse. Pero el mismo
Avrigny decía que esto era una aberración de su enfermedad, un capricho
de su delirio.
--Pues bien, hablemos seriamente. Nuestro querido doctor desea casarla,
¿no es eso?
--Así lo creo.
--Y yo estoy seguro. ¿No le ha hablado a usted de cierto joven?
--Me ha hablado de varios.
--¿Pero del hijo de uno de sus amigos?
Amaury vio que no podía retroceder.
--Ayer pronunció delante de mí el nombre del vizconde Raúl de Mengis.
--¿De mi sobrino? Sí; sé que tal es el deseo de nuestro querido Avrigny.
¿También sabe que yo pensé en Raúl para Magdalena?
--Sí, señor.
--Ignoraba que Avrigny estuviese comprometido con usted; pero a la
primera palabra que me dijo de este compromiso, retiré, como sabe, mi
petición. Confiésole que casi la he renovado respecto a Antoñita, y mi
pobre anciano amigo me ha contestado que por su parte no pondría
inconveniente alguno a este proyecto. ¿Podré obtener el asentimiento de
usted como he obtenido el suyo?
--Sin duda ninguna, señor conde--replicó Amaury con cierta turbación;--y
si Antoñita ama a su sobrino... Pero perdone, ¿no estaba agregado el
vizconde a la embajada de San Petersburgo?
--En efecto, ejerce en ella el cargo de secretario segundo; pero ha
obtenido licencia.
--Entonces, ¿va a venir?--preguntó Amaury, no sin cierta brusquedad.
--Llegó ayer, y voy a tener el honor de presentárselo, porque hele aquí
que entra.
Efectivamente apareció a la sazón en el umbral de la puerta un joven
alto, moreno, de semblante tranquilo y frió y vestido con elegancia;
lucía en su solapa la cinta de la Legión de honor, de la estrella Polar
de Suecia y de Santa Ana de Rusia.
Amaury, a la primera ojeada, detalló todas las ventajas físicas de su
compañero en diplomacia.
Ambos jóvenes, cuando el conde de Mengis pronunció sus nombres, se
saludaron fríamente; pero como para ciertas personas, la frialdad es uno
de los elementos de los buenos modales, el conde no observó ese desvío
que su sobrino y Amaury se manifestaban, al parecer por instinto, el uno
al otro.
Sin embargo, cambiaron algunas frases corrientes. Amaury conocía mucho
al embajador que protegía a Mengis. Hablaron principalmente del concepto
de que disfrutaba la legación francesa en la corte del imperio
moscovita, haciendo el vizconde grandes elogios del Zar.
Al empezar a languidecer el diálogo, anunciaron a Felipe Auvray.
Como hemos dicho, tenía la costumbre de ir a casa del conde de Mengis
los martes, jueves y sábados, para acompañarle a visitar a Antoñita;
costumbre que había acabado por hacerse muy agradable a la anciana
condesa.
Amaury recibiole no solamente con frialdad, sino con altanería.
Felipe, al ver a su antiguo camarada, cuyo regreso ignoraba, se dirigió
hacia él alborozado, acercándosele con afectuosa familiaridad; pero
Amaury no correspondió más que con un ligero movimiento de cabeza, y
como el otro siguiese cumplimentándole muy cortés y obsequioso, le
volvió completamente la espalda y apoyose en la chimenea, aparentando
concentrar toda su atención sobre unos objetos de fantasía que decoraban
la sala.
Sonriose imperceptiblemente el vizconde, mirando a Felipe, quien con
ojos azorados y con el sombrero en la mano, permanecía clavado en su
sitio como pidiendo el socorro de un alma caritativa.
Por fortuna entró en esto la condesa, y Felipe, sintiéndose salvado,
acercose presuroso a ofrecerle sus respetos.
--Señores--dijo el conde,--no cabemos los cinco en el coche; pero, si no
me equivoco, Amaury ha traído su cupé.
--Así es--exclamó Amaury.--Puedo ofrecer un asiento al señor vizconde.
--Iba a pedirle ese favor--dijo el señor de Mengis.
--Ambos jóvenes se saludaron.
Amaury, como puede inferirse, se apresuró tanto a ofrecer al vizconde su
asiento en su cupé, temeroso de que le endosaran a Felipe.
Pero, al fin, se arregló todo. Felipe subió a la vetusta berlina de los
condes, y Raúl y Amaury siguieron en el cupé de este último.
Llegaron a la casita de la calle de Angulema en la cual Amaury no había
puesto los pies hacía ocho meses: los criados eran los mismos y al verle
prorrumpieron en exclamaciones de alegría, a las cuales respondió Amaury
vaciando sus bolsillos con amarga sonrisa.
Capítulo 45
El conde de Mengis detúvose en la sala, y dijo:
--Señores, les prevengo que van a encontrar al lado de Antoñita a seis
de mis contemporáneos a quienes tiene encantados, y que han tomado la
resolución de consagrarle con puntualidad tres noches por semana; es
preciso además que para agradar a Antonia los jóvenes complazcan a los
viejos. Ahora, señores, ya están avisados.
Entremos, si les place.
Ya se comprenderá que tertulias formadas por una joven de veinte años y
por ancianos de setenta serían muy sobrias y sobre todo poco ruidosas;
dos mesas de juego en un rincón, los bastidores de bordar de Antonia y
de la señora Braun en medio del salón y sillones al rededor para los que
preferían al wist o al boston, la conversación; tales eran los
accesorios de aquellas sencillas reuniones.
A las nueve se tomaba el te; a las once cada uno estaba ya en su casa.
Ya sabemos que Felipe era el único joven que hasta entonces había sido
admitido en aquel santuario. Pues así y todo, con elementos tan
monótonos, Antoñita había hecho confesar a sus amigos sexagenarios que
jamás habían gozado de mejores tertulias que las de su casa, aun en
tiempos en que sus cabellos blancos eran negros o rubios. Ciertamente,
era un hermoso triunfo y para alcanzarlo había necesitado Antoñita
valerse de su encanto seductor, de su carácter risueño y de su
amabilidad exquisita.
La impresión de Amaury al entrar en el salón fue profunda. Antonia
estaba sentada en el mismo sitio donde acostumbraba sentarse, pero
también era donde se sentaba Magdalena. Un año había transcurrido,
cuando Amaury entrando de puntillas en el salón, asustó a las dos primas
que lanzaron al verle un chillido. ¡Ay! esta vez nadie gritó; solamente
Antoñita al escuchar los nombres sucesivos de las personas que entraban,
no pudo menos de ruborizarse y temblar oyendo el de Amaury. Pero como
puede suponerse no debían limitarse a esto las emociones de los dos
jóvenes. Recuérdese que el salón caía al jardín. El jardín, pues, debía
encerrar para Amaury un mundo de recuerdos. En tanto que se organizaban
las partidas del wist y del boston, mientras que los aficionados a la
charla se agrupaban alrededor de Antoñita y de la señora Braun, Amaury,
que no podía olvidar completamente que estaba a inedias en su casa, se
deslizó y salió al corredor y desde allí al jardín.
El cielo estaba estrellado; el aire era tibio y embalsamado. Sentíase a
la primavera batir sus alas al cernirse sobre el mundo. La, Naturaleza
esparcía por toda la creación esa vida que se respira con las primeras
brisas de mayo. Después de algunos días magníficos y de algunas noches
serenas, las flores se apresuraban a abrir sus cauces y las lilas
estaban casi agostadas.
Así, que Amaury no encontró en aquel jardín las emociones que iba a
buscar en él. Allí como en Heidelberg su vida estaba en todas partes y
en todo. El recuerdo de Magdalena moraba en aquel jardín indudablemente,
pero tranquilo y consolador. Magdalena era la que le hablaba en la
brisa, la que le acariciaba en el perfume de las flores, la que sujetaba
su vestido a las espinas de aquel rosal, cuyas rosas había ella
arrancado tantas veces. Pero todo esto distaba mucho de ser triste y
melancólico y más bien toda aquella emanación de la joven era alegre y
parecía gritar a Amaury:
«--No te muerto, Amaury. Hay dos existencias: una sobre la tierra y otra
en el Cielo. ¡Desgraciados los que están todavía encadenados a la tierra
y bienaventurados los que se encuentran ya en el Cielo!»
Amaury creía hallarse bajo el peso de un encanto; avergonzábase de sí
mismo al sentir tan dulce impresión por verse en aquel jardín, paraíso
de su infancia, unida con la de Magdalena. Visitó el bosque de tilos
donde por primera vez se dijeron que se amaban y los recuerdos de este
primer amor le parecieron llenos de encantos, pero desnudos de toda
doliente impresión. Sentose entonces bajo el pabellón de lilas, en aquel
banco fatal donde había dado a Magdalena el mortal beso.
Trató de llenar su memoria con los detalles más punzantes de su
enfermedad: habría dado cualquier cosa por sentir correr nuevamente por
sus mejillas las copiosas lágrimas que seis meses antes habían brotado
de sus ojos; pero éstos se habían secado ya. Sintió que se apoderaba de
su ser una voluptuosa languidez; cerró los ojos; se concentro en sí
mismo; oprimiose el corazón para sacar de él algunas lágrimas; pero todo
fue inútil.
Parecía que Magdalena estaba a su lado; el aire que pasaba sobre su
rostro era el soplo de la joven; racimos de ébano que acariciaban su
frente eran sus cabellos flotantes; la ilusión era extraordinaria,
inaudita, viva; parecíale sentir hundirse el banco en el cual estaba
sentado, como si un dulce peso hubiese venido a aumentar el suyo; su
boca estaba jadeante, su pecho se levantaba y hundía; la ilusión era
completa. Murmuró algunas palabras incoherentes y alargó la mano...
Otra mano tomó la suya.
Amaury abrió los ojos y lanzó un grito de terror. Una mujer estaba a su
lado.
--¡Magdalena!--exclamó.
--¡Ay! no--respondió una voz;--es Antoñita.
--¡Oh, Antoñita!--exclamó el joven estrechándola contra su corazón y
hallando en la plenitud de una alegría sobrado grande tal vez, las
lágrimas que había buscado en vano en su dolor.--Ya lo ve usted; estaba
pensando en ella.
Este era el grito del orgullo satisfecho; había allí una persona para
ver llorar a Amaury y Amaury lloraba. Había una persona a la cual podía
contar lo que sufría y lo dijo con tan sincero acento que casi llegó a
imaginarse que él mismo creía en la sinceridad de su dolor.
--Sí--dijo Antoñita,--por lo mismo que he sospechado que estaba usted
aquí entregado al dolor, he venido a suplicarle que venga a la sala.
--Iré. Deje usted solamente que se sequen mis lágrimas.
Comprendiendo Antoñita que podía notarse su ausencia desapareció más
ligera que una gacela. Amaury siguió con los ojos la estela de su
vestido blanco y viola subir la escalera, rápida y fugitiva como una
sombra; en seguida se cerró tras ella la puerta que daba acceso a la
casa.
Diez minutos después, cuando Amaury entró en el salón, el conde de
Mengis fijó en él su mirada compasiva y dijo a su mujer que reparase en
los ojos enrojecidos del joven.
Capítulo 46
Creemos haber hecho en el último capítulo el elogio del constante buen
humor de Antoñita, y, una de dos; o han sido prematuras nuestras
apreciaciones, o la llegada de los flamantes huéspedes turbó el estado
de beatitud y calma de su espíritu, que repentinamente se tornó
caprichoso y versátil.
Es lo cierto que en el breve, transcurso de un mes cambiaron tres veces
de objeto las atenciones y preferencias de Antoñita, y a fuer de meros
cronistas nos limitaremos a consignarlo así.
Como reinaron los emperadores bizantinos, cuya historia está formada por
tres períodos, a saber: triunfo, decadencia y ruina, así Amaury, Raúl y
Felipe gozaron sucesivamente durante diez días cada uno la privanza de
Antoñita.
De tan efímeros reinados vamos a dar algunas noticias incompletas, que
seguramente el lector sabrá complementar con discreción y perspicacia.
En las cuatro veladas que siguieron a la ya consignada, el que obtuvo
mejor acogida fue, sin duda, Amaury, a pesar de la inteligencia y
habilidad con que Raúl desplegó las galas de su ingenio para hacerse
agradable. En cuanto a Felipe, diremos que pasó inadvertido, anulado en
absoluto, por el brillo de sus dos rivales, y por lo que toca a Antoñita
será justo consignar que, otorgando el premio de sus atenciones a tenor
del mérito de los solicitantes, estuvo encantadora con el primero,
graciosamente amable con el segundo, y fríamente cortés con el tercero.
Organizadas las partidas de juego y generalizada la conversación,
procuraba siempre Amaury ocupar el asiento más próximo a Antoñita, y
acontecía que en medio de la garrulería de los demás, ellos dos,
conversando en voz baja parecían silenciosos; tan quedamente departían.
Como Antoñita manifestase deseos de leer un libro italiano titulado Le
Ultime Lettere di Jacopo Ortis, Amaury, que tenía esa obra en su
biblioteca, y entre las más estimadas por cierto, fue al día siguiente a
entregársela a la señora Braun; pero habiéndose encontrado por
casualidad con Antonia en la antesala, no pudo menos de cambiar con ella
algunas palabras.
Otro día, encargose Amaury de buscar autógrafos notables para llenar un
álbum de Antoñita; algún tiempo después, como tardase mucho Froment
Messrice, el Benvenuto Cellini de la época, en cincelar una pulsera para
la joven, Amaury se la llevó triunfalmente después de arrebatársela al
artista, y por fin, cierta noche que jugaba distraído con una llavecita
de oro se la guardó por distracción en el bolsillo, viéndose obligado al
otro día por la mañana a devolverla por si Antoñita la necesitaba.
No paró todo en esto. Durante su viaje por Alemania, Amaury no había
montado a caballo, o por lo menos no lo había hecho en caballo de su
gusto y estaba deseoso de cabalgar, tanto como puede estarlo un buen
jinete privado por largo tiempo de su ejercicio favorito; así, todas las
mañanas salía a pasear sobre su fiel Sturm, dando sus matinales paseos
a capricho del noble bruto que parecía seguir con fruición el mismo
camino que en otro tiempo. Así, pues, nadie extrañará, que Antoñita, ya
que ella madrugaba más que la pobre Magdalena, contestase cotidianamente
desde la ventana por donde pocos meses antes había presenciado la
partida del joven y de su tío, al amable saludo de Amaury, saludo
siempre acompañado de una seña o de una sonrisa.
Desde aquel instante el inteligente Sturm disponíase a cambiar la
marcha, y apenas doblaba la esquina partía al galope, repitiéndose los
mismos hechos a la vuelta. El instinto de Sturm era admirable.
Después del interminable invierno que había pasado Amaury en Alemania,
sentíase renacer a nueva vida y era su corazón tan sensible como en la
adolescencia. Se sentía feliz, aunque no acertaba a dar con la causa de
su dicha, y alzaba con gallardía su frente tanto tiempo inclinada bajo
el peso del dolor y el desengaño, hallándose más dispuesto a la
indulgencia con los demás y más enamorado de la existencia.
Pero un día desvaneciose el encanto. Habiéndose mostrado Amaury más
galante que nunca y más delicadamente afectuoso con Antoñita, renovando
sus apartes con más frecuencia que otras veces y prolongándolos como
nunca, el conde, que aunque parecía absorto en el juego, lo veía todo,
acercose a Antoñita al despedirse y le dijo después de besarla en la
frente:
--Oiga, usted, hipocritilla: ¿Por qué tenía tan callado que Amaury, el
inconsolable disfrazado de hermano, procedía como novio tratando de
pasar por tutor para mejor cortejar a su pupila? ¡Qué diantre! Todavía
no es tan viejo que pueda asemejarse a un Bartolo, ni yo tan necio que
me resigne a desempeñar el papel de Geronte. ¡Vaya! ¡vaya!... Pero no se
sonroje usted por eso, porque nada de censurable hay en que él la ame.
--Si fuese cierto, señor conde, lo que usted dice--afirmó con entereza.
Antoñita si bien cubrió su semblante una fugitiva palidez,--no haría
bien en ello, porque yo no le amo.
Un movimiento repentino del conde reveló en éste la sorpresa y la duda
que le produjeron las palabras de su interlocutora; pero al ver que
alguien se les acercaba, se retiró prudentemente sin hablar más. Desde
aquel momento empezó el período de triunfo para Raúl, y el de decadencia
para Amaury. Como aquél era después de éste el más próximo y asiduo de
todos los admiradores de Antoñita, ella le dedicó sus más amables
sonrisas, sus más insinuantes miradas, sus más expresivas palabras y
animadas conversaciones. Esto causó desde luego la estupefacción de
Amaury, quien al siguiente día, al llevar a Antoñita una romanza que
ella le había pedido hacía una semana, fue recibido por la señora Braun;
y aunque no dejó de volver los días siguientes con varios pretextos, no
pudo ver a la graciosa y tornadiza joven, sino a la fría y enjuta señora
de compañía.
Por más que siguió pasando como antes todas las mañanas por delante de
la ventana, ésta no se abrió, y sus cortinas siempre corridas parecían
indicar que tenían la misión de velar el rostro de su bella propietaria.
No hay que decir si Amaury estaría desesperado, mientras Felipe
representaba como siempre su papel secundario, pasivo y silencioso.
Amaury se aproximó a él en cierto modo y le mostró algo mejor semblante,
por lo cual el buen muchacho no sabía cómo demostrar su agradecimiento,
pues en presencia de su antiguo compañero parecía un culpable necesitado
de ajena indulgencia: le oía con respetuosa y afectada atención,
aprobando en silencio cuanto Amaury le contaba.
Este no paraba mientes en tan deferente amabilidad y no tenía ojos sino
para fijarse en los galanteos cada día más asiduos de Raúl de Mengis, y
en sus progresos, visibles por momentos.
Antoñita se preocupaba de él casi exclusivamente, y le trataba con más
intimidad que a los otros, al paso que colocaba en segundo lugar a
Felipe; y por lo que toca a Amaury casi no podría decirse que fuese el
tercero en la serie de las preferencias de Antoñita, por lo que el grave
tutor juzgó que era impertinente semejante conducta, y a la quinta
noche, aprovechando un momento de general distracción, acercose a
Antoñita, y en voz baja y con amargo acento le dijo:
--¿Sabe usted, Antonia, que manifiesta honrar con muy poca confianza a
un amigo y a un hermano, ya que tal me considero? Conoce usted, sin
duda, el proyecto del conde de Mengis y aprueba su plan de casarla con
su sobrino...
Antoñita manifestó su desagrado con un ademán.
--¡Si no lo censuro! pero entiendo que no hay motivo para que se aparte
usted de mí, rehuyendo mi presencia como la de un importuno que la
molestase, sólo por haber hallado el hombre que sin duda llena sus
aspiraciones. Yo apruebo su elección, pues opino que no es posible
hallar un hombre a la vez más inteligente, noble y rico que el vizconde
de Mengis.
Escuchaba estas palabras con asombro Antoñita, pero no sabia con qué
razones interrumpirlas ni impugnarlas; sólo cuando Amaury hubo concluido
pudo exclamar:
--¡Casarme con el vizconde!...
--¿Y por qué no? ¿A qué fingir así?--dijo Amaury.--Yo no he de hallar
extraño que le haya dicho a usted lo mismo que a mí me ha revelado;
máxime, cuando sus propósitos armonizan con los de usted y también,
según parece, con sus inclinaciones.
--Pero, Amaury, yo le juro a usted...
--¡Extraño tesón! no hay para qué jurar ni negar nada; insisto en que
tiene usted razón y en que no podía ser su elección más acertada.
Por más que quiso replicar Antoñita, no le fue posible, pues sus
invitados se aproximaron para despedirse, y se fue Amaury con ellos sin
que le fuese dable agregar a lo dicho una palabra.
Capítulo 47
El día siguiente lo pasó Amaury esperando una carta que, según él
suponía, no dejaría Antoñita de enviarle para pedirle explicaciones
acerca de sus palabras de la noche anterior; pero en vano se cansó de
aguardar.
A la noche siguiente, que era jueves, dio principio el tercer período,
de auge y bienandanza para Felipe, y de caída terrible para Raúl, sin
ventaja alguna para Amaury, el primer desahuciado.
No se atrevía Felipe a dar crédito a la realidad, y era realmente
gracioso ver al pobre muchacho en el pináculo de la dicha comunicando
sus impresiones de felicidad a dos censores tan adustos, a dos rivales
tan formidables como Amaury de Leoville y Raúl de Mengis.
El infeliz no tan sólo no supo colocarse a la altura de su inmerecida
suerte, sino que se hallaba como asustado de tanta fortuna, confesándose
indigno de ella, y evitando las distinciones de que era objeto por parte
de Antoñita, con un gesto que imploraba la clemencia de sus dos rivales,
quienes por su parte aparentaban, no enterarse de nada, mostrando por
sistema una indiferencia glacial.
Esto no era obstáculo para que cada uno de lo desairados hiciese acerca
del caprichoso y raro proceder de Antoñita, comentarios nada favorables
para el último agraciado.
¿Era posible que Antoñita prefiriese a un hombre como aquél, indigno de
ella, tan altiva, tan aristocrática y tan... burlona?
Tan inverosímil fenómeno sólo podía explicarse por una humorada un tanto
extravagante, y pensando que sería una broma pasajera esperaron
impacientes la noche del sábado.
Pero el sábado llegó, y continuó el programa iniciado el jueves; es
decir, las atenciones de Antoñita, y el visible favor de que Felipe
disfrutaba, y su penosa turbación por esa causa.
No cabía duda de que era él el pretendiente preferido, y era esto tan
evidente que el pobre chico no sabía ni lo que le pasaba, y si le
hubiesen obligado a decir lo que sentía, habría confesado que siete
meses de desdenes no le habían atormentado tanto como aquellas dos
veladas de favor.
Ocioso es decir que por más que el modesto Felipe procuraba mostrarse
humilde como nunca ante su amigo Amaury, no conseguía ser tratado por
éste de otro modo que con una altivez antipática y humillante, sin que
hubiese una sola atenuante a semejante actitud por parte de Leoville
para con su antiguo amigo.
En tres consecutivas ocasiones, al pasar a caballo por delante de la
casa de su pupila, había visto el severo tutor a un individuo que
rondaba alrededor del edificio y que al verle escurrió el bulto, no sin
que Amaury notase una perfecta semejanza entre él y su ex amigo Felipe.
Este encuentro, que se repitió muchas veces, siempre que pasaba Amaury
por la calle de Angulema, le hizo indignarse en sumo grado, pues habría
razón para pensar que muy grande y manifiesta debía ser la preferencia
de una dama para que un hombre tan tímido como Felipe venciese su
natural poquedad con tan inusitado atrevimiento.
¡Cómo creer aquello en Antoñita! Parecía mentira que coquetease con
semejante majadero; y era lo peor que aquellas ligerezas acabarían por
comprometerla. No; él no debía consentirlas en su carácter de tutor, y
amigo y hermano, por lo que decidió pedirle en forma solemne una
explicación categórica de su conducta, como lo hubiera hecho en tal caso
el doctor Avrigny.
Mientras esto llegaba, proponíase pasar por la calle de Angulema unas
diez veces diarias para convencerse de que era Felipe y no otro quien
estaba comprometiendo a su pupila.
No menos excitado y estupefacto ante estos hechos se hallaba Raúl de
Mengis, quien se dedicó en los primeros momentos de su caída a estudiar
las causas de las bruscas variaciones que acusan los barómetros
femeninos, dándose luego a observar lo que pasaba a su alrededor con la
penetración y perspicacia de un diplomático, hasta que un día el conde,
a últimos de mayo habiéndole visto ganar en favor tanto que le creyó en
el apogeo de la dicha, preguntole cómo le iba con Antoñita, a lo que
Raúl respondió sin rodeos:
--De tal modo me va, querido tío, que a mi juicio, si me ha obligado
usted a hacer un viaje de ochocientas leguas para casarme en la calle de
Angulema, creo que ha sido inútilmente; debo manifestarle con toda
franqueza que renuncio generosamente a la mano de una Isabel que todas
las mañanas tiene rondando al pie de sus balcones un Leandro como Felipe
y un Lindoro como Amaury.
--Raúl--dijo con severidad el conde,--no se debe juzgar por las
apariencias.
--Querido tío--repuso Raúl,--no me fío precisamente de la policía de la
embajada, sino de mis propios ojos, que esta vez no me engañan.
No le pidió el conde explicaciones, como era de esperar, concretándose a
reprenderle ásperamente, y decirle que no consentía que se pusiese en
tela de juicio la intachable reputación de su protegida.
Ante tal actitud, Raúl se abstuvo de proseguir, pues además de ser
naturalmente discreto, estaba habituado a tratar al conde de Mengis con
todo el respeto que un sobrino de buena educación debe profesar a un tío
que teniendo cincuenta mil libras de renta se ha dignado instituirle su
heredero universal.
Tenía Raúl la costumbre de ir todas las mañanas a ver a un amigo que
vivía frente a la casa del doctor Avrigny, y fumar en su compañía un
cigarrillo mientras tenían un rato de conversación. Así, si bien le era
imposible saber lo que pasaba en la casa de la otra acera, porque sus
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