acabó en un lamento de acerbo dolor.
Amaury retrocedió asustado, con el rostro bañado en sudor frío.
Magdalena, cayendo hacia atrás, había vuelto a quedar sentada
oprimiéndose el pecho con una mano y llevándose el pañuelo a los labios
con la otra.
Por la mente de Amaury cruzó una idea espantosa y cayendo a los pies de
Magdalena rodeóle la cintura con su brazo, le arrancó el pañuelo de la
boca y examinándolo pudo observar en medio de la semioscuridad que tenía
algunas manchas de sangre.
Tomó entonces en brazos a Magdalena y corriendo como un loco la llevó a
su aposento, la depositó jadeante y afónica sobre el lecho y tiró con
todas sus fuerzas del cordón de la campanilla en demanda de socorro.
Pero en seguida, temiendo la mirada del desdichado padre de Magdalena y
comprendiendo que no tendría fuerzas para soportarla huyó de la
habitación, y como si acabara de cometer un crimen fue a refugiarse, en
la suya.
Capítulo 26
Allí estuvo más de una hora mudo, sin aliento, escuchando por la
entornada puerta los ruidos de la casa, sin atreverse a bajar para
adquirir noticias y sufriendo las torturas de la desesperación y de la
incertidumbre.
Oyó al fin ruido de pasos que subían la escalera y se acercaban luego a
su cuarto, a cuya puerta llamó José.
--¿Cómo está Magdalena?--preguntó Amaury con anheloso acento.
--«Esta vez le costará la vida y la habrás muerto tú.»
Tal fue la contestación que el fiel criado puso en su mano y que parecía
dictada por su propia conciencia.
Fácil es de comprender cuán terrible debió ser para Amaury aquella
noche. Como su cuarto estaba situado sobre el de Magdalena se la pasó
toda entera con el oído pegado al suelo, levantándose tan sólo para
abrir de vez en cuando la puerta por si pasaba algún criado a quien
poder pedir noticias.
Oía a veces rumor de idas y venidas reveladoras de nuevas crisis o
accesos de tos que desgarraban su pecho.
Ya amanecía cuando fue extinguiéndose el ruido poco a poco, lo cual hizo
creer a Amaury que Magdalena había acabado por dormirse. Queriendo
asegurarse de ello bajó al saloncito y estuvo escuchando un rato junto a
la puerta de su aposento, sin atreverse a entrar ni a volverse. Parecía
estar clavado en el suelo.
De pronto dio un paso atrás. Acababa de abrirse la puerta y el doctor
salió del cuarto de su hija.
El sombrío semblante del señor de Avrigny adquirió una expresión de
severidad terrible al ver a Amaury ante sí. El joven sintió que sus
piernas flaqueaban y cayó de hinojos pronunciando con ahogada voz esta
palabra:--¡Perdón!
Así estuvo un rato con los brazos extendidos y la frente inclinada,
sollozando y regando el suelo con sus lágrimas.
Por fin el doctor le tomó la mano y le obligó a levantarse.
--Levanta, Amaury--le dijo.--No tienes tú la culpa, sino la Naturaleza
que hace que el amor sea una atracción que da a unos la vida y un
contacto que a otros les causa la muerte. Ya lo había yo previsto, y por
eso tenía tanto empeño en que partieras cuanto antes.
--¡Padre mío! ¡Sálvela usted!--gritó Amaury.--¡Sálvela, aunque yo no la
vuelva a ver más!
--No es necesario que me lo ruegues para salvarla si puedo--repuso el
doctor;--pero, en esta ocasión, no debes dirigirme a mí ese ruego, sino
a Dios, que es el único que puede hacer el milagro.
--¿Qué dice usted? ¿Se perdió toda esperanza? ¿Estamos condenados de un
modo irrevocable?
--Yo haré en lo posible ensayar la ciencia humana; pero de antemano te
declaro que nada puede hacer contra esa enfermedad cuando llega al grado
a que ha llegado ya la que mina a Magdalena.
Y de los secos párpados del anciano rodaron dos gruesas lágrimas al
pronunciar estas palabras.
Amaury estaba enloquecido. Retorcíase los brazos con tal desesperación
que el doctor se compadeció de él y abrazándole le dijo:
--Oye, Amaury. Nuestra misión redúcese ya ahora a endulzar su muerte en
lo posible, yo con mi ciencia y tú con tu amor: cumplamos nuestro deber
con fidelidad. Ahora sube a tu cuarto; ya te llamaré cuando puedas ver a
Magdalena.
El joven, que esperaba oír de labios del doctor los más acerbos
reproches, quedó confundido por su triste magnanimidad. Habría preferido
que le maldijese a verse tratado con aquella sombría benevolencia.
Volviose a su habitación y quiso escribir a Antonia; pero no pudiendo
coordinar sus ideas, arrojó la pluma, y con la frente apoyada sobre el
borde de la mesa, quedó inmóvil y sin conciencia de sí mismo hasta que
vino a sacarle de su marasmo la voz de José, diciéndole que le aguardaba
el doctor.
Sin despegar los labios se levantó Amaury y siguió al criado. Pero al
llegar a la puerta del cuarto de Magdalena no pudo menos de detenerse:
sus fuerzas decaían y comprendió que le faltaba valor para presentarse
ante ella.
--Entra, Amaury, entra--dijo Magdalena, esforzándose para hacer oír su
voz.
La infeliz había conocido los pasos de Amaury.
Este estuvo a punto de precipitarse en el aposento; pero, dándose cuenta
en el acto de que así podría causar un efecto fatal en el ánimo de su
amada, procuró revestir su semblante con una expresión serena, y
empujando la puerta con suavidad, entró sonriente, aunque la
desesperación más sombría embargaba su alma.
Magdalena extendió hacia él sus brazos, tratando de incorporarse pero
aquel esfuerzo superaba a su energía y volvió a caer sin fuerzas sobre
la almohada.
Cuando vio esto Amaury se desvaneció su aparente tranquilidad y aterrado
por su palidez y enflaquecimiento lanzó un grito y se abalanzó a
abrazarla.
Levantose el padre de Magdalena; pero ésta hizo un ademán de súplica tan
insinuante que volvió a sentarse ocultando la frente entre sus manos.
Reinó un largo silencio que sólo interrumpía Amaury con sus sollozos.
Las cosas volvían al mismo estado que dos semanas atrás; pero con la
diferencia de que el nuevo accidente había sido una grave recaída.
Capítulo 27
AMAURY A ANTONIA
«¿Viviré o moriré?
»Esta es la pregunta que me hago día por día al ver cómo pierde fuerzas
Magdalena y se desvanecen todas mis ilusiones. Le juro a usted,
Antoñita, que al entrar por la mañana en su cuarto no le pregunto a su
padre por mera fórmula:
»--¿Cómo vamos?
»Así, que al responderme:--«Está peor», me asombro de que no me
diga.--«¿Estás peor?»
»Ya no puedo recrearme en mis ensueños. Mi incredulidad se rebeló en un
principio contra el fallo de la ciencia; pero hoy mi esperanza va
debilitándose. Antes del otoño Magdalena ya no será de este mundo.
»Pero crea usted, Antoñita, que tendrán que abrir dos tumbas.
»¡Oh, Dios mío! No pretendo blasfemar, pero considero que habrá sido
bien triste y bien miserable mi destino en esta vida. Habré llegado
hasta el umbral de toda felicidad para caer al pisarlo; habré columbrado
todas las alegrías para no alcanzar ninguna; me habré visto desposeído
de todos los dones de la suerte, que me habrán sido arrebatados uno a
uno. Siendo rico, joven y amado, ¿podía desear yo otra cosa que vivir?
¡Y lejos de eso moriré cuando Magdalena, que es mi vida, exhale el
postrer aliento!...
»Al pensar que soy yo quien.. ¡Dios mio! ¿Por qué me faltó el valor para
negarle aquella última entrevista? Es que me embargó el temor de que
creyera que no la amaba y de que se entibiara su cariño. Casi estoy por
decir que prefiero lo ocurrido pues así estoy seguro de morir cuando
ella muera.
»¡Oh, Antoñita! ¡Qué corazón tan grande el de su tío! Desde que me
escribió aquellas palabras no ha vuelto a dirigirme ni un reproche.
Sigue llamándome hijo como si adivinase que soy el prometido de
Magdalena, no sólo en este mundo sino también en el otro.
»¡Pobre Magdalena! Ignora que están contadas nuestras horas. Merced al
raro privilegio que tiene su enfermedad no advierte el peligro: habla
del porvenir, forja proyectos, traza planes, y su fantasía inventa las
cosas más novelescas.
»Jamás la he visto tan encantadora ni tan tierna y cariñosa para
conmigo. Sólo me riñe porque no la ayudo a levantar castillos en el
aire.
»Hoy por la mañana me ha dado un susto muy grande.
»--Amaury--me dijo,--ahora que estamos solos dame papel y tinta. Voy a
escribir.
»--¿Qué dices? ¿Qué vas a escribir estando tan débil como estás?
»--Ya me sostendrás tú, Amaury.
»Quedé inmóvil y mudo, aterrado al pensar que mi pobre Magdalena,
advertida, quizá por un fatal presentimiento, de su cercano fin, quería
escribir su última voluntad.
»Pero no tuve más remedio que prepararle todo para que escribiera.
Desgraciadamente no me había engañado en mis presunciones: estaba tan
débil que a pesar de sostenerla yo la acometió el vértigo y cayéndosele
la pluma de la mano se desplomó de nuevo sobre la almohada.
»Reposó un momento, y luego me dijo, con voz débil:
»--Tenías razón, Amaury: yo no puedo escribir. Hazlo tú, que yo te
dictaré.
»Tomé la pluma y con la frente bañada en angustioso sudor me dispuse a
obedecerla.
»Me dictó un plan de vida, distribuyendo el tiempo que íbamos a pasar
juntos.
»Su padre quiere celebrar mañana una consulta con algunos compañeros,
pues a pesar de ser médico tan eminente no tiene ya confianza en sí
mismo. Mañana, seis hombres vestidos de negro, seis jueces, pronunciarán
sentencia de vida o muerte, sobre nuestra pobre enferma. ¡Terrible
tribunal, encargado de adivinar los fallos de Dios!
»He ordenado que me avisen su llegada. Ellos no verán a Magdalena,
porque el doctor teme que al verlos se dé cuenta de su verdadero estado,
y ni siquiera sabrán que se trata de la hija de su compañero, porque él
ha temido que oculten la verdad si conocen esta circunstancia.
»Yo pienso asistir a la junta, escondido en cualquier parte.
»Ayer pregunté al padre de Magdalena qué propósito le guiaba al pedir
esa consulta.
»--No persigo un propósito, sino una esperanza--repuso.
»--¿Y cuál es?--le pregunté con ansiedad.
»--La de que pueda haberme engañado al hacer el diagnóstico o al tratar
la enfermedad; por eso he llamado a los que mantienen los sistemas
combatidos por mí más rudamente. ¡Ojalá me confundan y resulte yo al
lado de ellos más ignorante que un patán de aldea! Si alguno fuera capaz
de devolvernos a Magdalena, lejos de hacer lo que esos clientes que le
prometen a uno la mitad de su fortuna para enviarle luego veinticinco
luises por medio de un lacayo, yo, al salvador de mi hija, le diría:--Es
usted el Dios de la medicina y suyos son la gloria, la clientela y los
honores que yo le he usurpado y que usted solo merece. Pero ¡ay! mucho
me temo acertar en mis tristes vaticinios... Me parece que Magdalena
despierta; voy a verla. Hasta mañana, Amaury.
»Hoy a las diez me avisó José que los médicos estaban ya reunidos en el
despacho del doctor.
»Me dirigí a la biblioteca y allí pude convencerme de que me era fácil
verlo y oírlo todo desde aquel sitio.
»En el despacho estaban reunidos los profesores más eminentes de la
Facultad, los príncipes de la ciencia médica, seis hombres que no tienen
quien les iguale en toda Europa, y no obstante, todos ellos, al entrar
el padre de Magdalena, se inclinaron con respeto como súbditos que
rinden vasallaje a su señor.
»El doctor aparentaba perfecta tranquilidad; pero yo, que hace dos meses
le veo constantemente ocupado en su obra salvadora, conocí en la
contracción de sus labios y en su voz, alterada por la emoción, que en
su alma se libraba una batalla muy ruda.
»Expuso a sus colegas el motivo de la junta; les refirió la muerte de su
esposa, la delicada constitución de su hija, los cuidados, las
minuciosas precauciones de que había rodeado su vida desde el momento
del nacimiento hasta el presente, y les enteró de los temores que a él
le había inspirado al acercarse a la edad de las pasiones y del cariño
que a mí me profesaba. Habló de esto sin nombrarnos a ninguno de los
dos.
»Explicó la resistencia de un padre a consentir en que su hija se
casara, los múltiples accidentes que habían puesto en riesgo su vida, y
por fin llegó al terrible episodio en que otra vez amenazó la muerte a
aquella criatura a quien, desde que nació, consideraba como presa
legítima.
»Cuando así se expresaba me acometió tan gran temor de que me acusara
que temblando como un azogado busqué instintivamente apoyo en la pared.
Pero no hizo tal cosa, contentándose con referir el hecho simplemente.
»De la historia de la enferma, pasó luego a la de la enfermedad,
enumerando una por una todas sus peripecias, analizando todos sus
fenómenos, mostrándoles la muerte en el pecho de su hija, haciendo, por
decirlo así, la autopsia de aquel cadáver viviente con tanta claridad,
con tanta precisión, que hasta yo, completamente ajeno a la medicina,
podía seguir paso a paso los progresos de aquella destrucción que me
llenaba de horror.
»¡Desgraciado padre, que todo lo ha visto y averiguado y ha tenido
fuerza para resistirlo todo!
»A medida que él hablaba, pintábase la admiración en el semblante de sus
oyentes, y a cada pausa que hacía le felicitaban todos con sincero
entusiasmo. Al terminar su análisis, después de haber relatado la
enfermedad de su hija con todo lujo y pormenores y dejar ya trazado el
exacto inventario del sufrimiento que nos tortura a los tres, le
proclamaron unánimes su maestro.
»Razón tenían para ello. Nada se había escapado a su penetración y a su
sabiduría; su poder de investigación le daba el don de la clarividencia,
y casi le igualaba con el propio Dios.
»El se enjugaba mientras tanto la sudorosa frente, sintiendo
desvanecerse su última esperanza. Afirmábase en su ánimo la convicción
que tenía de no haberse equivocado.
»Pero, si no existía error en el diagnóstico, podía haberlo en el
tratamiento, y aferrado a esta esperanza comenzó a exponer los medios
que había puesto en práctica para combatir el mal; los sistemas, ya
propios, ya ajenos, que había seguido, y las armas esgrimidas contra la
horrible dolencia, imposible de vencer. ¿Qué otra cosa le quedaba por
hacer?
»Dijo que había pensado en apelar a un remedio que luego le pareció
demasiado fuerte, y lo desechó, para recurrir a otro, que más tarde le
pareció insuficiente. Por eso pedía la ayuda de sus colegas, confesando
que se veía reducido a la impotencia, detenido ante la insuperable valla
que constituye el límite de la ciencia humana, imposible de salvar.
»Los doctos consejeros estuvieron callados un momento, mientras la
frente del doctor se iluminaba con un rayo de esperanza. ¡Pobre padre!
Quizás se vanagloriaba de haberse engañado, y creía que sus sabios
colegas, ilustrados por sus preciosos análisis, antes de hablar callaban
y se recogían para proponer al fin algún remedio capaz de salvar a su
hija.
»Pero, ¡ay! aquel silencio motivábalo únicamente la admiración,
demostrada bien pronto por los elogios de que todos aquellos hombres
hicieron objeto al doctor Avrigny, a quien consideraban como honra y paz
de la Francia médica.
»Todos convinieron en que él, en aquella guerra admirable del hombre
contra la Naturaleza, había probado todo cuanto humanamente podía probar
la ciencia, cuyos recursos quedaban ya agotados. Si la enfermedad no
hubiese sido esencialmente mortal, el enfermo habría curado, gracias a
los medios usados por el doctor; pero, aunque éste hiciese nuevos
milagros, no había remedio; el paciente no podía vivir más allá de
quince días.
»Cuando oyó esta sentencia el doctor Avrigny palideció; faltáronle las
fuerzas y rompiendo en sollozos cayó en su asiento.
»--¿Qué interés le inspira a usted la enferma?--le preguntaron sus
colegas.
»--Ahora ya pueden saberlo ustedes: ¡esa enferma--contestó el pobre
padre,--es mi hija!
»No pude resistir más, y entrando en el despacho fui a arrojarme en sus
brazos.
»Todos se retiraron entonces silenciosamente, salvo uno que se acercó al
padre de Magdalena, cuando éste alzó la cabeza. Era un médico
presuntuoso y exclusivista, un hombre engreído que hasta entonces había
combatido al doctor Avrigny y pasaba por ser gran detractor suyo. Aquel
hombre, con amistosa y respetuosa expresión le dijo:
»--Yo también tengo a mi madre moribunda como usted tiene a su hija.
También yo, como usted, he hecho cuanto era posible hacer para
devolverle la salud. Al entrar en esta casa estaba yo convencido de que
para ella no había ningún remedio; pero aquí, al oírle a usted, he
variado de opinión: Le confío a usted, señor de Avrigny, la vida de mi
madre: usted la salvará.
»El doctor estrechó la mano a su colega lanzando un suspiro de tristeza.
»Después de esta escena fuimos los dos al cuarto de Magdalena, que nos
recibió alegre y sonriente. ¡Estaba bien lejos de imaginarse que
nosotros la considerábamos ya desde entonces como un cadáver, pues
acabábamos de oír su sentencia de muerte!»
Capítulo 28
AMAURY A ANTONIA
«Anoche, Antoñita, tenía que velar su tío; pero, aunque a mí no me
tocaba hacerlo, no pude conciliar el sueño ni por un instante.
»Creo que en cinco semanas no habré dormido en junto unas cuarenta y
ocho horas. ¡Gracias a que muy pronto descansaré por toda una eternidad!
»Hoy, cualquiera que viese mi rostro demacrado y mi frente rugosa, no
reconocería en mí, a aquel joven apasionado, alegre, lleno de vida y
henchido de esperanza hace dos meses. Estoy aniquilado, envejecido; en
cuarenta días he vivido cuarenta años.
»Viendo que no podía dormir, esta mañana me he levantado a las siete y
he bajado cuando el doctor salía del cuarto de su hija. Casi no me ha
visto. Parece dominado por una idea fija y en seis semanas no ha añadido
una palabra al diario en que siempre ha apuntado los sucesos culminantes
de su vida.
»Transcurren ahora los días lentos y tristes, sin acontecimientos que
vengan a romper la monotonía del dolor. Al día siguiente de la recaída
de Magdalena, escribió su padre:
»¡Ha recaído!
»Y nada más... ¡Oh! ¡De sobra sé lo que tendrá que escribir después de
esas dos palabras!
»Le detuve al pasar y le pregunté por Magdalena.
»--No está mejor, pero ahora duerme--contestó con aire distraído, casi
sin mirarme.--La señora Braun está haciéndole compañía; yo voy a
preparar el medicamento.
»Desde la noche del baile, el doctor ha convertido su habitación en
farmacia, y todas las medicinas las prepara él por sí mismo.
»Quise dirigirme al cuarto de Magdalena, pero él me detuvo diciéndome
estas palabras:
»--No entres: se despertaría.
»Y siguió su camino sin preocuparse más de mí, con la frente baja, la
mirada fija y un dedo sobre los labios, absorbido su pensamiento por una
idea exclusiva.
»Yo, no sabiendo qué hacer hasta que Magdalena despertase, ensillé a
Sturm y salí a dar un paseo. Llevaba un mes confinado en la casa y
necesitaba respirar el aire libre.
»Al llegar al bosque y cruzar la Avenida de Madrid, vino a mi mente el
recuerdo de un paseo que hace tres meses hice en circunstancias bien
distintas. Pisaba yo aquel día el umbral de la felicidad, mientras que
hoy me encuentro al borde de la desesperación más profunda.
»Aún no ha entrado el otoño, y ya empiezan a desprenderse las hojas. El
estío ha sido muy riguroso, cálido y seco, sin brisas templadas ni
refrescantes lluvias, y la próxima estación parece anticiparse como si
desease marchitar y aniquilar las flores de Magdalena.
»Eran poco más de las diez, hacía una mañana fría y nebulosa, y aun así
me pareció que había en aquellos sitios excesiva concurrencia. Fuime
hacia Marly y a las once volví a casa, rendido por el cansancio y la
pena. Sin embargo, pude observar que la fatiga corporal es casi siempre
un alivio para los dolores del alma.
»A la sazón acababa de despertar Magdalena.
»¡Pobre amor mío! Ella no sufre: se muere poco a poco, sin advertirlo
siquiera.
»Me ha reñido por mi prolongada ausencia, diciéndome que ha pasado mucha
inquietud, mientras yo falté de casa. Pero de usted nunca me habla.
¿Cómo se explica ese silencio, Antoñita?
»Me acerqué a su cabecera y procuré excusarme diciéndole que había
salido porque creí que dormía.
»Interrumpiéndome, me dio a besar su mano abrasadora y luego me suplicó
que le leyese algunas páginas de Pablo y Virginia.
»Precisamente fui a abrir el libro por el pasaje donde se describe la
despedida de los dos niños. Mientras leía costábame gran trabajo el
reprimir los sollozos que me ahogaban.
»De vez en cuando entraba el doctor a ver a su hija y en seguida se
marchaba, con aire preocupado. Reñíale cariñosamente Magdalena, al verle
tan cabizbajo; pero él no la escuchaba ni le contestaba. No parece sino
que a fuerza de estudiar la enfermedad ha acabado por no ver ya a la
enferma. A última hora ha vuelto a entrar para administrarle un
calmante, y después de recomendarle un reposo absoluto, me ha hecho
salir con él para dejarla descansar un rato.
Capítulo 29
»Por la noche me tocaba a mí velar.
»El doctor, la señora Braun y yo, nos relevamos por turno en compañía de
una enfermera que nos ayuda a cuidar a Magdalena. A pesar de sentirme
rendido de pena y de cansancio, reclamé mi derecho y el señor de
Avrigny, se retiró sin hacer la menor observación.
»Poco después, Magdalena se ha dormido con un sueño tan tranquilo como
si sus días no estuviesen ya contados. Yo estaba despierto; el sueño
huía ante los negros pensamientos que me dominaban. No obstante, a media
noche sentí nublarse mis ojos y aletargarse mi cabeza que después de
luchar un instante con el sueño dejé caer sobre el borde del lecho de mi
amada.
»Entonces soñé, y mi ensueño fue tan delicioso, que me desquitó con
creces de las terribles vigilias que acababa de pasar... Era una noche
del mes de julio, plácida y serena, y a la luz de la luna, Magdalena y
yo nos paseábamos en un país extraño, pero que a mí me era desconocido.
Conversábamos a orilla del mar, siguiendo la ondulada línea de una
preciosa bahía, y admirando desde la playa, los espléndidos efectos de
luz que el astro de la noche prestaba a las argentadas ondas. Yo le daba
el nombre de esposa y ella repetía el mío con voz suave, angelical.
»Desperté de pronto y la visión desapareció en el acto, volviendo a
contemplar mis atónitos ojos el aposento a media luz, el blanco techo,
la triste lamparilla y a mi lado el doctor, que silencioso y grave, con
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