»--El domingo por la mañana--respondió sin titubear Magdalena.
»Me acordé, Antoñita, de que usted llegaba el lunes de Ville d'Avray y
pensé en que no la vería antes de mi marcha. Iba a decirle esto a
Magdalena, cuando prosiguió diciendo:
»--Partes de aquí el domingo por la mañana; tomas la posta hasta Châlons
(escúchame: todo esto me lo ha explicado papá); desde Châlons sigues tu
viaje por el río hasta Marsella, y de aquí, en un buque del Estado que
sale el día primero de cada mes, vas a Nápoles en seis días. Te concedo
el plazo de diez días para desempeñar tu comisión. En diez días puede
hacerse mucho ¿no te parece? Al expirar ese plazo emprendes el viaje de
vuelta, y a fines de julio llegas a Niza, en donde estaremos
aguardándote desde el 15 o el 20. Sólo se trata de seis semanas de
ausencia, pasadas las cuales nos reuniremos bajo aquel hermoso cielo
para no volver a separarnos ya más. Niza constituirá nuestra tierra de
promisión, nuestro paraíso recobrado. Después que las suaves brisas de
Italia me hayan acariciado dulcemente devolviéndome la salud del cuerpo
y me haya restaurado tu amor el vigor del espíritu, nos casaremos;
entonces papá volverá a París y nosotros seguiremos nuestro viaje. ¿Qué
te parece? ¿Verdad que es un proyectó magnífico?
»--Si, Magdalena; solamente es de sentir que comience por una
separación.
»--Ya te lo he dicho antes, Amaury: esa separación la exige tu carrera y
yo acato esa exigencia con la abnegación debida.
»Yo estaba cada vez más sorprendido, sin acertar a explicarme en modo
alguno una serenidad y una sensatez como aquéllas en una niña tan mimada
y caprichosa como Magdalena; pero ni interrogándola ni pidiéndole toda
suerte de explicaciones, pude lograr esclarecer el misterio. Ella me
repitió sin cesar que por propia voluntad se sacrificaba para complacer
al ministro, merced al cual lograría yo ascensos en mi carrera.
»¿No le causa a usted todo esto tanta extrañeza como a mí, querida
Antoñita? A causa de ello he estado pensativo todo el día. ¡Yo no
hubiera osado hablar a Magdalena de ese viaje y ella se me anticipa,
salvando todo obstáculo y allanando toda dificultad!
»¡Oh! ¡Qué razón tienen los que dicen que el corazón de la mujer es un
arcano!
»Ayer pasamos todo el día ideando proyectos y trazando planes. Magdalena
recobra poco a poco el buen humor a medida que su salud y sus fuerzas se
restablecen.
»Su padre se mira en ella. Ya he visto dibujarse en sus labios algunas
sonrisas que han ensanchado mi corazón henchiéndole de gozo.»
Capítulo 23
AMAURY A ANTONIA
«Hoy hemos celebrado una gran solemnidad: Magdalena debía bajar al
jardín, según su padre se lo había prometido.
»Hacía un tiempo delicioso. Nunca he visto un cielo más espléndido ni
más alegre; la Naturaleza parecía haberse adornado con sus más hermosas
galas y el rigor de la temperatura era templado por el soplo de la
brisa.
»Yo, para prevenir cualquier accidente, propuse al doctor que entre los
dos transportásemos a Magdalena, sentada, en su sillón; y aunque ella se
opuso en un principio, ofendida en su amor propio de convaleciente y
creyendo inútil semejante precaución, accedió al fin cuando le hicimos
formal promesa de permitirle pasear por el jardín. Entonces procedimos a
llevarla con exquisito cuidado, y poco después se encontraba a sus
anchas en el lugar anhelado que los días anteriores sólo le era dable
contemplar sentada ante la ventana.
»Si usted, querida Antoñita, hubiese estado entre nosotros, habría
disfrutado del hermoso espectáculo de la juventud que vuelve a la vida
con nuevos alientos, con ansias de amor y de dicha. Dilatábase su pecho,
por tanto tiempo oprimido, como si quisiera hacer provisión del aire
puro que respiraba. Desde su asiento alcanzaba a cortar las flores que
echaba a brazadas sobre su regazo, las estrechaba contra su seno y las
besaba como amigas de las cuales la separase una larga ausencia que la
hubiese hecho temer no volverlas a ver ya. Dando libre expansión a los
sentimientos que llenaban su alma, prorrumpía en exclamaciones admirando
la Naturaleza, daba gracias a Dios y vertía copioso llanto de gratitud
hacia su padre. Era una flor más entre aquellas de que estaba rodeada;
un hermoso lirio, humedecido por el beso del rocío.
»Su padre y yo estábamos enternecidos y veíamos con lágrimas en los ojos
aquella dicha inefable y ultra-terrena. ¡Allí, sólo faltaba usted,
Antoñita!
»No bastándole a Magdalena aquella, contemplación tranquila y reposada,
me indicó que me acercase y, levantándose, se apoyó en mi brazo.
Entonces el doctor hizo un ademán y ella dijo, como queriendo contestar
de antemano a una objeción que esperaba:
»--Recuerde usted, papá, su promesa. Me dijo usted que me permitiría
pasear por el jardín.
»--Sí, y lo permito con gusto; pero procura no andar muy de prisa.
»--Padre mío--dije yo,--recomiende usted a Magdalena que vaya apoyada en
mí.
»Me respondió con un simple movimiento de cabeza y yo entonces creía que
estaba celoso porque Magdalena, al levantarse del sillón buscó apoyo en
mi brazo; pero si así fue pasó aquella impresión con la rapidez del
relámpago, pues en el acto nos indicó con una seña que podíamos
emprender el paseo.
»No nos alejamos mucho.
»Magdalena parecía ver por vez primera los árboles, las flores y el
césped que adornaban el jardín. Arrancábanle exclamaciones de asombro
los insectos, las aves y los reptiles; sorprendíanle, en fin, todas las
manifestaciones de la Naturaleza, que, justo es reconocerlo, nunca había
semejado ser tan viviente como entonces.
»Las hierbas, los arbustos, todo parecía poblarlo un mundo de seres
alegres y animados, que con sus ruidos, sus gritos y sus cantos parecían
entonar un himno de gracias a Dios, que los había creado.
»Dimos la vuelta entera al jardín (¿lo creería usted, Antoñita?) sin
pronunciar palabra. Únicamente Magdalena lanzó algunas exclamaciones de
entusiasmo; yo no hacía otra cosa que contemplarla.
»En una ocasión volví la cabeza para buscar con la mirada a su padre, y
a través del follaje le vi sentado en el mismo sillón de Magdalena y
besando las flores que ella había besado también momentos antes.
»Terminábamos nuestra vuelta cuando él nos salió al paso y examinando a
su hija vio con satisfacción que había soportado muy bien la fatiga de
aquel pequeño esfuerzo; pero, aunque ella, se empeñó en dar otra vuelta,
el doctor fue inflexible y la obligó a sentarse nuevamente.
»Permanecimos en el jardín hasta las tres de la tarde. En aquellas horas
pasadas al aire libre Magdalena pareció recobrar más que nunca sus
debilitadas fuerzas; ahora creo poder separarme de ella sin temor a que
sobrevengan complicaciones de ningun género.
»No terminaré despidiéndome de usted, amiga mía, porque con ese motivo
pienso escribirle una carta muy extensa en la que habré de hacerle mis
recomendaciones: entre todas, la primera debe ser la de hablarle de mí a
Magdalena todos los días, sin olvidar ni uno solo.»
Sábado, a las cinco de la tarde.
«Me marcho mañana, querida Antoñita. No le he escrito a usted en estos
cuatro días transcurridos, porque no podía comunicarle otra cosa que la
mejoría de Magdalena, y de eso ya está usted bien enterada por dos
cartas que le ha escrito su tío.
»Todos los días ha ensayado Magdalena sus fuerzas bajo la vigilancia
constante del doctor, que es un verdadero modelo de padres.
»A la hora presente se levanta sola, sin ayuda de nadie va al jardín y
tampoco la necesita para volver a casa; yo casi tengo celos de su salud,
porque gracias a ella ya no tiene que buscar el sostén de mi brazo, en
el que antes se apoyaba.
»Por lo demás, debo decirle a usted que tiene en ella una amiga sincera
que la quiere con amor acendrado, según yo he tenido ocasión de
observarlo por mí mismo.
»Cuando al pensar en mi próxima partida se oscuraece su frente, su padre
sólo tiene que decirle:
»--¡Vamos, ánimo, hija mía, que no te quedarás sola; yo seguiré a tu
lado y el lunes vendrá Antoñita!
»Entonces se despeja su frente y contesta al punto:
»--Si, sí: es precisa esa partida.
»Hoy mismo lo repetía, aun sabiendo que debo marchar mañana.
»Sin embargo, he observado que a su padre le inquieta la proximidad del
momento de mi marcha.
»Esta tarde, al separarme de Magdalena, me ha seguido y, llamándome
aparte, me ha dicho:
»--Amaury, mañana partes. Ya has visto que Magdalena es más razonable de
lo que te imaginabas y has tenido ocasión de observar cómo va recobrando
la salud cuando no sufre ninguna fuerte emoción. Por lo tanto procurarás
dominarte y evitarle en lo posible la impresión que ha de causarle tu
marcha. Aparenta frialdad, si es preciso, pues la expansión de tu amor
es lo que me da más miedo. Ya has podido notar dos veces sus efectos:
una, cuando estuvo a punto de desmayarse al declararle tu pasión; la
otra, cuando el bailar contigo la puso al borde del sepulcro. Tú ejerces
sobre su naturaleza, nerviosa y delicada, una influencia fatal; tus
palabras, tu aliento y hasta tu presencia, la trastornan. Trátala como a
una flor, y así como yo procuro rodearla de una atmósfera templada,
rodéala tú también de un amor suave y sereno. Ya se me alcanza lo
difícil que es esto para un hombre joven y fogoso como tú; pero
considera que en lo que te pido va su propia vida y que, si vuelve a
repetirse la crisis, ya no respondo de nada. Además, en el momento de la
despedida yo estaré también presente y te infundiré valor.
»Le prometí lo que quiso. ¿Qué otra cosa podía hacer?
»Tampoco a mí se me esconde que la vida de mi pobre Magdalena está
pendiente de un hilo que puede romper cualquiera emoción violenta, y yo
la quiero demasiado para negarme a hacer por ella, ya que es preciso, el
sacrificio de aparentar que no la quiero tanto como la adoro realmente.
»Al separarme del doctor subí a mi cuarto para escribirle a usted esta
carta que ahora dejo interrumpida y continuaré más tarde, pues acabo de
recibir recado de Magdalena diciéndome que me aguarda, y corro a verla.»
Capítulo 24
A las diez.
«Puede usted reñirme, Antoñita; bien lo merezco porque temo haber
cometido una gran locura.
»Magdalena estaba sola. Me llamaba, para decirme que quería hablar
conmigo antes de mi marcha, y para ello me pedía con adorable inocencia
una cita que otra cualquiera, habría rehusado concederme de seguro si yo
hubiera osado pedírsela.
»Quizá no me crea usted, Antoñita, pero le aseguro por mi honor que
acordándome de la promesa que yo había hecho al doctor, quise en un
principio renunciar a aquella hora de dicha con que Magdalena me
brindaba y por la cual habría dado gustoso en cualquiera otra ocasión un
año de mi vida.
»Tratando de resistir a mi propio deseo le respondí que la señora Braun,
obedeciendo a instrucciones del señor de Avrigny, no se prestaría en
modo alguno a secundar nuestros planes.
»--¿Y qué necesidad tenemos de la señora Braun?--repuso Magdalena.
»--No olvides que sólo la separa de ti un simple tabique y que tan
pronto como oiga el más leve rumor entrará creyendo que no te sientes
bien y me encontrará contigo.
»--Así ocurriría, no lo dudo, si tú vinieras aquí.
»--¡Cómo! ¿Pues adonde he de ir?
»--Al jardín. Yo bajaría a reunirme contigo a la hora en que
conviniéramos.
»--¿Qué dices? ¡Al jardín! Pero ¿lo has pensado bien? ¿Y el relente de
la noche?
»--No le tengo miedo. Ya oíste decir ayer a mi padre que sólo es
peligroso al anochecer y que a medida que avanza la noche se siente el
mismo calor que hace durante el día. Sin embargo a guisa de precaución
bajaré bien embozada en mi chal.
»Yo sentíame arrastrado contra mi voluntad por sus palabras; pero aun
hallé fuerzas para insistir todavía diciéndole:
»--¿Y te parece bien que nos veamos solos y a deshora?
»--Haciéndolo así durante el día no veo la razón para que no lo podamos
hacer de igual modo por la noche--me contestó con candidez admirable.
»--Sí--repuse algo confuso;--pero de día...
»--¿Qué diferencia hay?--preguntó.
»--Una muy grande--repliqué sonriendo a pesar mío.
»--¿No te quejabas estos días atrás de que en nuestro viaje sería
molesta para nosotros la presencia de mi padre? Al decir eso bien
tendrías el propósito de que viajásemos solos los dos día y noche...
»--Sí; pero contaba con que estuviéramos ya casados para entonces.
»--Ya sé que las casadas gozan ciertos privilegios negados a las
solteras, ¡como si al casarse quedase una niña alocada convertida ipso
facto en mujer juiciosa!... Pero, ¿no nos hemos desposado? ¿No es
público y notorio que nuestro casamiento se celebrará muy pronto? ¿No
estaríamos ya casados a estas horas si yo no hubiese caído enferma de
gravedad?
»No era fácil responder a estas preguntas. Ella prosiguió con más ahinco
al ver que yo callaba:
»--¿Irás a negármelo? ¿Serás capaz de darme un chasco como ése la
víspera de tu marcha, cuando tienes que decirme tantas cosas y hacerme
tantas promesas? ¡Si supieras qué triste voy a quedar después que tú te
vayas! ¿Qué menos puedes hacer que dejarme al partir el recuerdo de esas
palabras tiernas y cariñosas que me hacen tan dichosa pronunciándolas
tus labios?
»No pude resistir más, y juzgando que mi posición era ya ridícula y mi
rigor impertinente me juré velar por los dos y le prometí acudir al
jardín así que diesen las once.
»Hay que ser justo, Antoñita, y reconocer que para negarse a acceder a
su demanda se habría necesitado poseer toda la discreción de los siete
sabios de Grecia, y quizá me quede corto.
»Me limité a recomendarla que no se olvidase de bajar bien abrigada. Así
acababa de prometérmelo cuando entró su padre a verla.
»Cuando, a las diez, salimos juntos del aposento, me dijo el doctor:
»--Ya has tenido ocasión de ver que he fiado en tu palabra, porque te he
dejado solo con ella. Comprendí que tenías que decirle muchas cosas. Te
doy las gracias porque has sabido proceder con una cordura cuya mejor
recompensa es la tranquilidad que ahora goza Magdalena, merced a la cual
pasará una buena noche. Mañana por la mañana podrás pasar una hora en su
compañía, y dentro de mes y medio volverás a encontrar en Niza a tu
futura esposa ya restablecida y muy contenta de reunirse contigo.
»Al escuchar sus palabras sentí el aguijón del remordimiento y estuve a
punto de revelárselo todo; pero pensé en Magdalena para quien el
disgusto que ello le hubiera ocasionado habría sido más pernicioso que
la entrevista en proyecto, y esta consideración me dio fuerzas para
abstenerme de decir nada a su padre.
»Por lo demás, cuando sea necesario yo velaré sobre mí y sabré
dominarme.
»Oigo dar las once. ¡Buenas noches, Antoñita! La dejo a usted para ir en
busca de Magdalena, que ya me estará aguardando.»
A las 2 de la madrugada.
«Tan pronto como llegue a sus manos esta carta póngase en camino y
venga, porque nos hace mucha falta su presencia.
»¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Magdalena se muere sin remedio! ¡Oh! ¡Qué
miserable soy! ¡Venga, venga usted a escape!
»Amaury.»
EL DOCTOR AVRIGNY A ANTONIA
«Aunque te necesitamos y por mucho que te alarmes cuando sepas el estado
de Magdalena, no vengas, Antoñita, no vengas, hija mía, hasta que ella
misma se decida a llamarte. Desgraciadamente estoy temiendo que no
tardará mucho en hacerlo. ¡Ten compasión de mí, tú que sabes hasta qué
punto la quiero!
»Tu tío
»Leopoldo de Avrigny.»
Capítulo 25
Veamos lo que había acontecido.
Cuando terminó su carta Amaury salió de su cuarto teniendo la fortuna de
no tropezar con nadie. Atravesó el salón, se paró un momento a escuchar
junto a la puerta del cuarto de Magdalena y no oyendo ningún ruido
supuso que habría aparentado que se acostaba para engañar a la señora
Braun. Entonces se dirigió a la escalinata y bajó al jardín.
Por las ventanas del aposento de Magdalena no salía ni un rayo de luz.
En medio de la oscuridad en que estaba envuelto el edificio, tan sólo
una ventana aparecía iluminada en aquella amplia fachada: la del doctor
Avrigny.
Amaury dirigió a ella su mirada, sintiendo en su pecho la inquietud de
un vago remordimiento.
Por Magdalena velaban a un mismo tiempo su padre y su novio; pero ¡cuán
diferente era el objeto de esta vela! Velaba el uno por amor
desinteresado, consultando la ciencia para tratar de arrebatarle a la
muerte su presa casi segura; velaba el otro por un amor egoísta que
había aceptado la cita solicitada sabiendo lo fatal que podía ser
aquella entrevista para la que la pedía.
Hubo un momento en que Amaury sintió vehementes deseos de retroceder y
de decirle a Magdalena a través de la puerta de su cuarto:
--¡No salgas, Magdalena! Tu padre vela y podría venir a sorprendernos...
Pero en aquel momento se apagó la luz del doctor y apareció en la
escalinata una sombra que después de estar inmóvil un momento se deslizó
hasta el jardín. Amaury, comprendiendo que aquella sombra era Magdalena,
se precipitó hacia ella y la detuvo.
La joven ahogó un grito que estuvo a punto de arrancarle la presencia de
su novio y sintiendo instintivamente que obraba mal se apoyó temblando
en el brazo de Amaury. Este sentía latir aquel pobre corazón que buscaba
en él su apoyo.
Detuviéronse ambos un instante sin proferir palabra y casi sin aliento,
embargados por una intensa emoción.
Luego Amaury la condujo al frondoso sitio lleno de flores en donde ella
acostumbraba sentarse cuando bajaba al jardín durante el día; la hizo
sentarse en el banco y él tomó asiento a su lado.
Magdalena estaba en lo firme al no temer el relente de la noche. Era una
magnífica noche de estío, templada y serena, una de esas noches en las
que innúmeras estrellas semejan en su constante centelleo extensa
polvareda de diamantes. La brisa suave y acariciadora como un soplo de
amor, arrancaba a la arboleda misteriosos murmullos.
La rumorosa capital parecía descansar a la sazón; su ensordecedor ruido
había cedido el paso a ese murmullo apagado y armonioso que por lo
incesante parece la respiración de la ciudad dormida.
Allá, al extremo del jardín, cantaba un ruiseñor cuyos acentos suaves y
melodiosos al principio convertíanse de pronto en brillante cascada de
notas claras y agudas. Era aquélla una de esas noches armoniosas que
parecen hechas ex profeso para los ruiseñores, los poetas y los amantes,
y que en una naturaleza tan nerviosa como la de Magdalena no podía menos
de causar una impresión muy profunda.
La hija del doctor parecía respirar aquella brisa, contemplar aquel
cielo fulgurante, oír aquellos acentos y aspirar las embalsamadas
emanaciones de aquella vívida naturaleza por la primera vez en su vida y
al mirar al firmamento, sumergida en éxtasis delicioso, corrían por sus
mejillas dos lágrimas semejantes a dos gotas de rocío caídas del cáliz
de alguna flor de las que el aire mecía sobre su cabeza acariciándola
blandamente.
También Amaury sentía en alto grado el influjo de aquella noche cuyas
ardientes emanaciones aspiraba también él; pero lo que derramaba sobre
Magdalena una suave languidez hacía circular torrentes de fuego por las
venas de su novio.
Los dos permanecieron un rato silenciosos, hasta que por fin rompió ella
a hablar diciendo:
--¡Qué noche más hermosa! ¿Te parece a ti que en Niza, cuyo clima tanto
pondera todo el mundo, puede haberlas como ésta? Podría creerse que
antes de separarnos Dios ha querido ofrecernos esta compensación para
que en nuestro pecho guardemos un recuerdo tan sublime.
--Si, tienes razón, Magdalena, pues a mi se me figura que hoy empiezo a
vivir y que ahora es cuando empiezo a quererte. Esta noche con sus
armonías despierta en mi corazón ciertas fibras que hasta hoy estaban
aletargadas. Si alguna vez he dicho que te amaba hazte cuenta que mentía
o al menos no lo dije como debía decírtelo, como te lo diré ahora.
Escucha, Magdalena: ¡te amo! ¡te amo!
Y efectivamente, Amaury pronunció estas palabras con tal acento de
pasión, que Magdalena sintió estremecerse todo su cuerpo.
--¡También yo--dijo, apoyando la frente en el hombro de su
novio,--también yo te amo!
Amaury cerró un momento los ojos, sintiéndose desfallecer, ebrio de
dicha.
--¡Dios mío!--dijo.--Cada vez que pienso en que mañana me he de separar
de ti, Magdalena adorada, cada vez que pienso en que al volver a verte
habrá un tercero ahí cuya presencia me prive de caer a tus pies, de
estrecharte contra mi pecho, te juro que estoy tentado a abandonarlo
todo por ti.
Y al decir esto Leoville ceñía con su brazo el talle de Magdalena, que
se dobló acercándose más a su novio.
--No, no, de ningún modo--dijo en voz baja.--Tiene razón mi padre: debes
marchar. Tienes que dejarme recobrar las fuerzas para poder soportar
nuestro amor que, como sabes muy bien, ha estado a punto de hundirme en
el sepulcro. He podido morirme, y si esto hubiera ocurrido, en lugar de
estar ahora junto a ti, alegre y dichosa, estaría a estas horas tendida
en el fondo de una tumba... Pero, ¿qué tienes, amor mío?
--No me hables así, Magdalena, no me digas nada de eso: harías que
perdiera la razón.
--No; soy feliz y afortunadamente salvada y vuelta al mundo, estoy aquí
a tu lado en esta noche plácida en que todo parece hablarnos con el
lenguaje del amor. ¿No te imaginas oír a los ángeles murmurando palabras
parecidas a las nuestras?
Y enmudeció, como queriendo escuchar las fantásticas voces del espacio.
Se alzó entonces una leve brisa y los ondulantes cabellos de Magdalena
acariciaron el rostro de Amaury, quien sintiéndose muy débil para
resistir una sensación tan fuerte, echó hacia atrás la cabeza y exhaló
un hondo suspiro.
--¡Magdalena!--murmuró.--¡Por favor! ¡Ten compasión de mí!
--¡Que tenga compasión de ti! Pues ¿acaso no eres feliz? Yo me creo
sumergida en un éxtasis divino. ¿No será esta misma la felicidad que nos
aguarda en el Cielo? ¿Podrá existir en el mundo otra mayor?
--¡Sí, sí que existe!--exclamó Amaury, volviendo a abrir los ojos y
viendo que la hermosa cabeza de la joven se inclinaba hacia él.--Sí,
Magdalena mía: existe otra mayor todavía.
Y ciñole el cuello con sus brazos. Juntáronse sus cabezas, y sus
cabellos y sus alientos se confundieron.
--¿Y cuál es, Amaury?--preguntó Magdalena.
--La de expresarse dos su amor juntos y en un mismo beso... ¡Te amo,
Magdalena!
--¡Te amo... Am!...
Sus labios buscaron los de Amaury, que llegaron a rozar los de su amada;
pero la última palabra, que más bien era un grito de amor indecible,
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